21 de abril de 2018

Guía inútil de terruqueo cíclico

Marco Sifuentes

Como suele suceder cada vez que alguna figura prominente de algún grupo terrorista abandona la prisión, se ha desatado la histeria colectiva. En vista de que todo esto ha pasado antes y volverá a pasar, esta columna le trae los pasos del baile que debe seguir para ser parte de este popular fenómeno colectivo cíclico. ¡Únase al terruqueo! ¡Sea popular! 

Para empezar, llénese de lugares comunes. Agite su puño al viento, como el abuelo Simpson, e indígnese contra la piñata de turno (¿Jueces? ¿Caviares? ¿CIDH? ¿Masones? ¿Reptilianos? ¿Todos a la vez? ¡Mucho mejor!). Manosee palabras como ‘sangre’, ‘asesinato’ y ‘víctimas’. Puntos extras si las mezcla con keywords como ‘marxismo’ o ‘izquierda’, así deja aun más en claro que a usted no le importan ni los asesinatos, ni las víctimas ni la sangre, sino la descalificación moral de sus adversarios ideológicos. 

Invoque los indultos de la época pos-Fujimori (no se equivoque, eso significa Paniagua y Toledo; de los indultos de Alan, sí, de ESOS indultos, nada). Ya sabemos que esto no se trata de indultos, que los que están saliendo a la calle son gente no indultada, sino que ha cumplido su condena. No importa. Tampoco importa que haya sido precisamente Fujimori quien indultó más condenados por terrorismo que todos los gobiernos posteriores juntos. Ssshhh. Eso no se dice. Menos aun insinúe siquiera que los indultos del fujimorismo fueron correctos, que era gente injustamente en prisión, como comprobó el padre Lanssiers. Eso jamás. Eso sería cuestionar el desastroso sistema de juicios sumarios de los 90 y que es, precisamente, el origen de todas las victorias judiciales que ha obtenido el terrorismo desde que, en el 2000, el Perú regresó al orden legal internacional. Ya sabe: de todo eso, NADA. Usted solo repita “García Sayán” como lorito. 

Imprescindible: difunda fake news. No aportan nada; al contrario, solo contribuyen a exacerbar más los ánimos, tanto del que las difunde como del que las desmiente. Esa es, precisamente, la idea. Ya se va dando usted cuenta de cuál es el ritmo de esta danza. No olvide terruquear al desmentidor. Esto es clave. Es muy importante terruquear, en general. Terruquear a todo el que no entre al baile. Terruquear a diestra y, sobre todo, siniestra. Quizás le parezca a usted que es muy ligero andar acusando a cualquiera de tener simpatías con el terrorismo, que se trata de una marca muy dolorosa para nuestra sociedad como para frivolizar así la palabra ‘terrorista’, que es muy bajo utilizar el dolor ajeno para demoler a una persona solo por una agenda política subalterna. Si usted cree eso, no lo dude: será terruqueado. Mejor terruquee usted. 

El baile acaba cuando se ha diluido ya por completo el escándalo de corrupción de turno, usualmente vinculado al entorno fujiaprista, que pasó piola gracias a esta histeria. Cuando eso suceda, vaya por una cerveza, olvídese para siempre del terrorista liberado, guarde silencio sobre las razones de fondo de su liberación y espere a que se reinicie el baile. No tendrá que esperar mucho.

20 de abril de 2018

A propósito de las Cumbres

Gustavo Espinoza M.

Luego de días tensos, culminaron en Lima los dos más esperados eventos en lo que va del año: la Cumbre de las Américas, prevista por los gobiernos en el marco de la OEA; y la Cumbre de los Pueblos, convocada por las organizaciones sociales y políticas de nuestro país, con la idea de esbozar un camino distinto al trazado por la clase dominante.

El primero de estos certámenes era no una reunión de países, sino de Jefes de Estado y de Gobierno. La suma total era, originalmente, de 35, pero uno de ellos fue excluido por orden expresa de la Casa Blanca, sumisamente acatada por el gobierno peruano. Quedaban 34; pero finalmente arribaron 12. Otros, acreditaron representantes de menor nivel y hasta hubo quien hizo acreditar a su hija dándole una jerarquía administrativa que la prensa servil y obsecuente admitió como una gracia. Donald Trump –el amo yanqui- no concurrió y tuvo el descaro de admitir que su ausencia, se debería a su intención de preparar la guerra contra Siria.

Los países del Alba, no vinieron; y otros importantes, dejaron de asistir quizá en rechazo a la discriminación ridícula impuesta contra el Presidente Nicolás Maduro. Así, no estuvieron los mandatarios de Nicaragua, El Salvador, Cuba y Uruguay; pero tampoco los Jefes de Estado de Paraguay, Haití, República Dominicana y otros países. Concurrieron, si, quienes, cuya sola presencia era una socarrona ironía: para tomar medidas contra la corrupción, estuvieron Peña Nieto, Temer, Macri, y algunos más. Moreno, el mandatario ecuatoriano, debió irse apenas llegó, noticiado de la aciaga suerte de tres rehenes que él se resistió salvar.

Los organizadores de la cita aseguran que “fue un éxito”. Y arguyen tres razones: Estuvieron 33 países, emitieron una declaración común y articularon su rechazo al gobierno de Venezuela. Por un éxito como este, hace muchísimos años, Pirro, el rey Persa, dijo los suyos: “otra victoria así, y estamos perdidos”.

Si claro, si de 34 convocados concurren 12 y el resto vino acreditado por delegados, nadie en su sano juicio, puede hablar de “éxito”. ¿Hubo una declaración “de consenso”? y cómo no. Si se trataba de condenar la corrupción, ¿alguien podría negarse a firmar el documento? Ni Peña Nieto -ni Temer- se habrían atrevido a estar en contra, ni a decir que ellos sí, eran partidarios de la corrupción. Y lo de la “condena a Venezuela” resulta aún más falso. Hubo un documento distinto suscrito sólo por 16 países –menos de la mitad de los esperados- que opusieron su firma en la base de ese papelote que quisieron hacerlo posar como “Declaración de la Cumbre” con la complicidad de la “prensa grande”. También allí fracasaron.

La otra Cumbre –la de “los Pueblos” fue mucho más productiva. No sólo generó amplios debates, espacios unitarios, dialogo fructífero y voluntades comunes; sino también importantes movilizaciones sociales y de masas. El acto inaugural –en la Derrama Magisterial- el martes 10 fue, sin duda, muy representativo. La Marcha Antiimperialista del jueves 12 por las principales avenidas de la ciudad, fue la más grande de ese signo en lo que va del siglo XXI, superada tan sólo por acciones de orden interno; como la lucha contra la corrupción y la Mafia APRO-KEIKISTA. Y el “cierre” el sábado 14 en la explanada del Rectorado de la Ciudad Universitaria de San Marcos, un ejemplo de arte, cultura y solidaridad manifiesta.

Cuba, Venezuela, Bolivia brillaron con luz propia. Pero junto a ellos estuvieron jóvenes de todos muchos países: Chile, Paraguay, Colombia, Ecuador, Costa Rica, Panamá, Guatemala, El Salvador; para citar sólo algunos

La “Prensa Grande” –escrita, radial y televisada- pretendió ocultar los eventos, pero se dio cuenta que eso, no era posible. Entonces buscó “embolsarlos”. Pero perdió la batalla en el intento. Atilio Borón –el prestigiado filósofo argentino- dio clases de paciencia y sabiduría ante un panel obtuso, integrado por Aldo M., Fernando Carvalho y Patricia del Rio. Y el Canal 31 -Phillips Butthers- debió suspender su programación prevista para el viernes 13 porque su “invitado especial” -el jefe de la página editorial de un calificado diario- no quiso debatir conmigo sobre el tema Venezuela y otros, referidos a la Cumbre. En suma, mostró la horfandad de sus raídas banderas.

Bien podemos considerar exitosos los eventos de la Cumbre de los Pueblos. Pero aun ellos pudieron -y debieron- ser mejores. No tiene sentido, sin embargo esbozar reproches. Se hizo lo que se pudo, y no siempre lo que se quiso. Y lo que ocurrió en los días transcurridos entre el 10 y el 14 de abril, constituye una apreciable experiencia para todos.

Ahora, hay que mirar adelante. Consolidar la unidad lograda, pero ampliarla en dos sentidos: en extensión y en profundidad.

Mirando lo primero hay que acabar con la falsa polarización discriminatoria. No tiene sentido insistir en diferenciar segmentos del campo popular motejando a unos como “reformistas” y a otros como “revolucionarios”. Otro será el momento para ese deslinde. Y ojalá que cuando eso ocurra, unos y otros jueguen un buen papel en esta historia. Tampoco tiene sentido relegar a alguien bajo el argumento falaz de que apenas “es un caudillo”. Ojalá podamos unir a todos los caudillos tras una misma bandera. Finalmente no hay que anteponer objetivos electorales para el cumplimiento de tareas que son eminentemente políticas. Hay que construir una base política solida y unitaria. Con ella -y solo con ella- podremos luchar en todos los terrenos, incluido el terreno electoral.

Y la Unidad tiene que proyectarse “hacia abajo”. Y no quedarse “en las altas esferas”. Porque es abajo donde hay que luchar para unir al pueblo, organizara las masas, crear conciencia y sentimiento de clase y promover y alentar las luchas.

Más allá de las palabras, las acciones marcarán el rumbo de nuestro pueblo. A los 80 años de la muerte de Cesar Vallejo y a los 88 de la Partida del Amauta, hagamos honor a los viejos ideales que ellos nos legaron.

Gustavo Espinoza M. Colectivo de dirección de Nuestra Bandera.

Se publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

19 de abril de 2018

El control social de la mente en la era digital

Marcos Roitman Rosenmann

Los dispositivos para el dominio de la mente y el cuerpo, con el fin de garantizar la sumisión al poder, se han reforzado en la era digital. Joseph Goebbels, a la sazón ministro de Ilustración y Propaganda en la Alemania del Tercer Reich, comprendió el significado de la difusión masiva de mensajes.

Goebbels hizo fabricar una radio de bajo costo para que fueran adquiridas por las clases trabajadoras y los sectores medios. Se le denominó la radio del pueblo. Limitada a la recepción de emisoras alemanas, en 1933 su producción incorporaba una esvástica encima del dial. Fue una revolución. Goebbels convenció a Hitler.

El control de la mente del pueblo alemán se extendió. Las ondas hertzianas fueron el mecanismo utilizado para penetrar en los hogares. Noticias, discursos, partes de guerra, concursos, música, etcétera. Todo estaba diligentemente seleccionado. El nazismo hizo del radiotransmisor un instrumento de control político. Era perfecto. Las familias arremolinadas frente al aparato recibían las instrucciones para acudir a manifestaciones, estar a la moda o participar en actos políticos.

Por primera vez los radioescuchas, en tiempo real, asistían a una transmisión deportiva. Nadie dudó de su eficacia. El pueblo alemán fue agradecido. Se transformó en un devoto nazi pasivo, gracias a este regalo envenenado de Goebbels.

En 1933, sólo 25 por ciento de hogares poseía una radio. En 1941, en plena ofensiva nazi, la proporción se elevó a 67 por ciento. Todos los fabricantes de aparatos de radiodifusión fueron obligados a producir el modelo. Su precio, 76 marcos, era una bicoca frente a los oscilantes 200 a 400 que costaban los convencionales.

Hoy, junto al ordenador personal, en sus diferentes modalidades, tabletas, smartphones, se hace posible dirigir, controlar, manipular y proyectar el mundo acorde con las grandes compañías del big data. Los vínculos existentes entre Microsoft y Apple con el poder y su complicidad se hacen patentes cuando se destapan los escándalos de la dominación informática. Tanto Bill Gates como el desaparecido Steve Jobs siguieron la senda inaugurada por el Tercer Reich.

Bajo una especie de mecenazgo, actos de filantropía, donan y reparten ordenadores a países dependientes, colegios públicos, instituciones públicas, ministerios, etcétera. A la par, crean aulas de informática en universidades de los cinco continentes. Todo bajo el sello de una obra en bien de la comunidad, ocultando la verdadera razón de tales comportamientos. Acceder a información global, antes insospechada y menos aún posible de almacenar, dirigir y manipular. Hoy, estas empresas construyen perfiles específicos para usuarios individualizados. La línea entre el espacio público, lo privado y lo íntimo ha desaparecido. Han penetrado hasta lo más profundo de nuestro ser. No hace falta una orden de registro dictada por un juez para entrar en tu domicilio y realizar un registro. No es necesario abrir cajones, hurgar en el desván de tu casa para descubrir tus gustos de lectura, pasatiempos y amistades. La información se consigue de forma sibilina, menos tosca, sin violencia física. El control del cuerpo y la mente se hace global. De la biopolítica a la sicopolítica. El poder entró vía web. Se rastrean tus correos electrónicos, compras, cuentas bancarias, vacaciones. Con un algoritmo adecuado se construye el perfil que define tu personalidad, comportamiento, aficiones, ideología, si eres sumiso, dócil, conflictivo, etcétera. Gracias al GPS, la localización no es un problema.

Los estándares de la web están controlados. Google, Facebook, Amazon, Youtube y PayPal pertenecen al consorcio W3C, articulado al protocolo Http, sin el cual la World Wide Web no existiría. Los navegadores Chrome, Safari, Mozilla y Firefox tienen dueños: Microsoft y Apple. La informática de la dominación, ensamblada a los servicios de inteligencia, facilita el control de la mente. Por nuestras entradas editan perfiles exactos. No se trata sólo del uso de nuevas formas de identificación, como el reconocimiento facial. Saben los gustos, controlan nuestras emociones, sentimientos. Tienen acceso al conjunto de los ingresos, la ubicación. No es extraño que los dispositivos de hardware tengan como función prioritaria acceder a la web y sus servicios. Los nuevos amos de esta red, a decir del colectivo Ippolita, en su ensayo ¿La red es libre y democrática?, concluyen: Poseen los códigos del software que usamos, las informaciones que les regalamos, la potencia de cálculo y la mano de obra para mantener todo en constante movimiento (mano de obra gratuita de los usuarios). Los nuevos amos digitales han plasmado una mentalidad, han proporcionado una idea del mundo y cada día van anunciando la buena nueva de la web 2.0. Más de 20 años después de la puesta online del primer sitio www, nos descubrimos adeptos a una nueva religión, de la que desconocemos origen y estructura, pero cuya liturgia aplicamos cada día con meticulosa diligencia.

El capitalismo de la era digital articula un sistema totalitario, en el cual, curiosamente, nos sentimos cada vez más libres, creyendo que nuestras navegaciones en red acaban con el control social del poder analógico ejercido por una clase social o una élite dominante transversal. La gratuidad de los servicios de la web debería hacernos pensar. El capitalismo no regala nada a cambio de nada. Sin dudarlo, el complejo industrial, militar, tecnológico y financiero ha sido capaz de entrar en nuestra mente, minar la capacidad de resistencia, favoreciendo la adoración de nuevos dioses articulados a los dispositivos fetiches de la web.