27 de mayo de 2017

TRUMP ES SÓLO UN SÍNTOMA DE LA ENFERMEDAD

Manuel E. Yepe

“Olvidemos la destitución de James Comey. Olvidemos la parálisis en el Congreso. Olvidemos la idiotez de la prensa que reporta el declive hacia la tiranía como si fuese un enfrentamiento deportivo entre las corporaciones republicanas y los demócratas corporativos, o un reality show protagonizado por nuestro maniático Presidente y los idiotas que lo rodean”.

Así comienza un análisis de las causas de la crisis del sistema electoral, y por extensión del político y social, de Estados Unidos presentado por el premio Pulitzer Chris Hedges en su columna habitual en Truthdig y en otras publicaciones alternativas.

“Olvidemos el ruido. La crisis que enfrentamos no encaja en las imágenes públicas de los políticos que integran nuestro gobierno disfuncional. La crisis que enfrentamos es el resultado de un golpe corporativo de cuatro décadas, a cámara lenta, que ha hecho impotente al ciudadano, nos ha dejado sin auténticas instituciones democráticas y ha permitido a los poderes corporativo y militar convertirse en omnipotentes. Esta crisis la ha generado un sistema electoral corrupto con soborno legalizado. Donald Trump, es el síntoma de la enfermedad, no el padecimiento mismo”.

Hedges considera que la declinación hacia el despotismo en Estados Unidos comenzó a partir del perdón otorgado a Richard Nixon, cuyos delitos administrativos en la presidencia eran crímenes impugnables aunque ahora hayan pasado a ser legales, así como han sido legalizados los asaltos extrajudiciales, incluyendo los asesinatos selectivos y encarcelamientos masivos de disidentes y radicales, especialmente de ciudadanos negros.

Todo comenzó, según Hedges, con la creación de cuerpos corporativos financiados por fundaciones y organizaciones que tomaron el control de la prensa, los tribunales, las universidades, la investigación científica y los dos principales partidos políticos.

Forma parte del origen del descalabro actual el hecho de que la policía militarizada comenzara a matar ciudadanos desarmados y a diseminar por todo el país el horrendo sistema estadounidense de encarcelamiento masivo y penas de muerte. Súmese a ello el despojo de los derechos constitucionales más básicos: privacidad, debido proceso, hábeas corpus, elecciones justas y disidencia. El desbarajuste se aceleró cuando operadores políticos como Roger Stone (un cercano asesor de Trump), emplearon dinero público en la creación de anuncios políticos negativos y narrativas falsas para engañar al público, convirtiendo el debate político en burlesco.

Apunta Hedges que “hoy estamos atrapados como ratas en una jaula… Un narcisista y un imbécil pueden ser los operadores de los circuitos eléctricos encendiéndolos y apagándolos, pero el problema está en que el estado corporativo lo controla todo; o lo desmontamos o estamos condenados”.

Mumia Abu-Jamal, el preso político más conocido de Estados Unidos, dijo telefónicamente a Hedges desde la prisión donde está encarcelado en Frackville, Pennsylvania, que considera que el estado corporativo necesita que exista una ilusión de normalidad y de orden. “En Roma, los emperadores ofrecían pan y circo. En Estados Unidos, lo que ofrecen son imágenes de amas de casa en telenovelas, deportes y cuentos morales de gente mala y policías buenos. Este país se jacta de haber sido fundado en principios de libertad. Pero en verdad fue fundado en los de la esclavitud, el holocausto y el genocidio. Fuerzas racistas, violentas y despóticas siempre han sido parte del paisaje del país y a menudo han sido toleradas y habilitadas por el Estado para perseguir a la gente pobre de color y a los disidentes. Trump, es una vergüenza para el estado corporativo y los órganos de seguridad interna, puede ser removido de la Presidencia, pero un golpe palaciego sólo consolidaría el poder del estado profundo y sería utilizado de pretexto para intensificar las medidas internas de represión. Millones de personas, incluyendo a indocumentados, los que tienen condenas por delitos graves, los encerrados en cárceles y la gente pobre de color, que ya han sido despojados de sus derechos, y algunos asesinados indiscriminadamente por la policía. Son estas las realidades del terror de estado cotidiano a que están sometidas estas minorías, situación que solo terminará cuando acabe el proceso de saqueo corporativo… con o sin Trump”.

Hedges considera que las élites corporativas, asustadas por lo que el científico social Samuel Huntington llamó “el exceso de democracia que se originó en la década de 1960”, han venido destruyendo metódicamente el edificio democrático y al hacerlo se aseguran de que el nuevo sea puesto en manos de enemigos de una sociedad abierta y que la ciudadanía quede aislada del gobierno. Cuando las instituciones democráticas dejan de funcionar, cuando el consentimiento de los gobernados se convierte en una broma, los déspotas, los teóricos de la conspiración, los altos mandos militares, los multimillonarios, los estafadores y los protofascistas, llenan el vacío político.

26 de mayo de 2017

Venezuela sumida en la guerra civil

Atilio A. Boron

Siguiendo el guión pautado por los expertos y estrategos de la CIA especializados en desestabilizar y demoler gobiernos, en Venezuela la contrarrevolución produjo un “salto de calidad”: del calentamiento de la calle, fase inicial del proceso, se pasó a una guerra civil no declarada como tal pero desatada con inusual ferocidad. Ya no se trata de guarimbas, de ocasionales refriegas o de violentos disturbios callejeros. Los ataques a escuelas, hospitales infantiles y maternidades; la destrucción de flotas enteras de autobuses; los saqueos y los ataques a las fuerzas de seguridad, inermes con sus cañones de agua y gases lacrimógenos ante la ferocidad de los mercenarios de la sedición y el linchamiento de un joven al grito de “chavista y ladrón” son síntomas inequívocos que proclaman a los gritos que en Venezuela el conflicto ha escalado hasta convertirse en una guerra civil que ya afecta a varias ciudades y regiones del país. Si algo faltaba para caer en cuenta de la inédita gravedad de la situación y de la determinación de las fuerzas sediciosas de consumar sus designios hasta sus últimas consecuencias el emblemático incendio de la casa natal del Comandante Hugo Chávez Frías pone doloroso fin a cualquier especulación al respecto. 

Sería ingenuo y suicida pensar que la dinámica de este enfrentamiento, concebido para generar una devastadora crisis humanitaria, puede ser otra cosa que el prólogo para una “intervención humanitaria” del Comando Sur de Estados Unidos. Esta amenaza exige de parte del gobierno bolivariano una respuesta rápida y contundente, porque a medida que pase el tiempo las cosas irán empeorando. El patriótico y democrático llamado del presidente Nicolás Maduro a una Constituyente sólo sirvió para atizar la violencia y el salvajismo de la contrarrevolución. La razón es bien clara: esta no quiere una solución política de la crisis que ella misma ha creado. Lo que pretende es profundizar la disolución del orden social, acabar con el gobierno chavista y aniquilar a toda su dirigencia, propinando un brutal escarmiento para que en los próximos cien años el pueblo venezolano no vuelva a tener la osadía de querer ser dueño de su destino. Los intentos de acordar con un sector dialoguista de la oposición fracasaron por completo. No por falta de voluntad del gobierno sino porque, y esa es la ominosa realidad, la hegemonía de la contrarrevolución ha pasado, en la coyuntura actual, a manos de su fracción terrorista y esta es comandada desde Estados Unidos. 

En Venezuela se está aplicando, con metódica frialdad y bajo el permanente monitoreo de Washington, el modelo libio de “cambio de régimen”, y sería fatal no tomar conciencia de sus intenciones y sus consecuencias. El gobierno bolivariano ha ofrecido en innumerables ocasiones el ramo del olivo para pacificar al país. No sólo su oferta fue desechada sino que la derecha golpista escaló sus actividades terroristas. Ante ello, la única actitud sensata y racional que le resta al gobierno del presidente Nicolás Maduro es proceder a la enérgica defensa del orden institucional vigente y movilizar sin dilaciones al conjunto de sus fuerzas armadas para aplastar la contrarrevolución y restaurar la normalidad de la vida social. Venezuela es objeto no sólo de una guerra económica, una brutal ofensiva diplomática y mediática sino que, ahora, de una guerra no convencional que ha cobrado más de medio centenar de muertos y producido ingentes daños materiales. “Plan contra plan”, decía Martí. Y si una fuerza social declara una guerra contra el gobierno se requiere de éste una respuesta militar. El tiempo de las palabras ya se agotó y sus resultados están a la vista. 

Y esto es así porque lo que está en juego no sólo es la Revolución Bolivariana; es la misma integridad nacional de Venezuela la que está amenazada por una dirigencia antipatriótica y colonial que se arrastra en el estiércol de la historia para implorar al jefe del Comando Sur y a los mandamases de Washington que acudan en auxilio de la contrarrevolución. Si esta llegara a triunfar, ahogando en sangre al legado del Comandante Chávez, Venezuela desaparecería como estado-nación independiente y se convertiría, de facto, en el estado número 51 de Estados Unidos, apoderándose mediante esta conspiración de la mayor riqueza petrolera del planeta. Sería ocioso detenernos a elaborar el tremendo retroceso que tal eventualidad tendría sobre toda Nuestra América. Queda muy poco tiempo, días apenas, para erradicar esta mortal amenaza. La absoluta y criminal intransigencia de la oposición terrorista cierra cualquier otro camino que no sea el de su completa y definitiva derrota militar. Desgraciadamente ahora le toca hablar a las armas, antes de que, como dijera en su tiempo Simón Bolívar, el chavismo tenga que reconocer que también él ha “arado en el mar” y que toda su esperanzadora y valiente empresa de emancipación nacional y social haya saltado por el aire y desaparecido sin dejar rastros. No hay que escatimar esfuerzo alguno para evitar tan desastroso desenlace.
 
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25 de mayo de 2017

¿Qué explica la creación o la destrucción de empleo?

Daniel Albarracín

El mercado de trabajo, no es exactamente un mercado, porque hay regulaciones y negociaciones y para eso la política de empleo, la política económica y la negociación colectiva juegan un papel; tampoco es de trabajo (porque lo que se mercadea no es empleo ni trabajo, dado que la mercancía en juego es la fuerza de trabajo en sí; ni es libre, porque los empleadores pueden imponer la mayoría de las condiciones. De tal manera que, históricamente, las patronales y gobiernos han tenido pocos problemas si crecía el desempleo si con ello se normalizaba un contexto en virtud del cual los trabajadores empezaban a aceptar unas condiciones de empleo peores, peor pagadas, menos estables y con menos garantías. Únicamente el contrapeso de la lucha sindical y la movilización obrera puede poner límites a este sobrepoder.

En el desarrollo del capitalismo la dinámica de empleo ha estado ligada al ciclo económico y a la política económica, condicionada su calidad por la política de empleo. La cuestión tecnológica sólo ha incidido de manera transicional en los procesos de reestructuración y organización del trabajo, como una expresión de la tendencia recurrente al crecimiento del peso de la composición orgánica del capital, es decir, el aumento del peso del capital muerto o constante sobre el vivo o variable, o dicho de otra manera, del aumento relativo del peso del capital (maquinaria, edificios, materias primas) en términos de valor trabajo acumulado en relación al peso del trabajo directo de las personas (horas de trabajo humano).

El aumento de la tasa de desempleo ha sido fruto más bien de dos factores, básicamente

En primer lugar, como expresión de la relativa incapacidad de renovar las inversiones en los ciclos de retroceso de la tasa de beneficio efectivo y crisis de acumulación, que tiene como uno de sus síntomas las dificultades de creación de empleo nuevo.

En segundo lugar, si bien de manera más importante, como variable de ajuste de los empleadores y de los gobiernos para hacer lo posible de cara a poner en dificultades a los y las trabajadoras en relación a su capacidad de negociación de sus condiciones laborales. Aquellos tienen la capacidad de contratar, para el grueso de empleos donde a los trabajadores sólo les cabe tomar o dejar un empleo, a las condiciones que ellos desean. El límite son las condiciones de negociación sindical, la correlación de fuerzas política y, principalmente, la frontera de la reproducción social de la fuerza de trabajo, siguiendo el planteamiento que en su día suscitó Karl Marx.

Sobre este punto, Michal Kalecki (1943) en su artículo sobre “Los aspectos políticos del pleno empleo”, desarrolló algunos análisis brillantes y concluyentes al respecto. Esto es, la dimensión conflicto de clases y de negociación político sindical resultan clave para comprender el nivel de empleo que al final se va a producir. En suma, el paro hay que interpretarlo como violencia política trasladada al mundo del trabajo.

Debemos tener en cuenta que la política económica, en el marco del ciclo sujeto por la dinámica del acumulación a largo plazo en forma de ondas largas (Mandel, E.), es la que propicia un nivel de inversión que determina el nivel de empleo. Por su parte, la política de empleo determina la calidad del empleo o, en última instancia, la preferencia o discriminación de unos grupos de trabajadores u otros (sólo la regulación del tiempo de trabajo podría influir en la variable cantidad de empleo, de todas las dimensiones de la política de empleo).

La variable tecnológica, desde este punto de vista, juega un papel menor en la evolución del empleo, aunque desempeña un papel muy importante en su distribución intersectorial, dadas las diferentes composiciones orgánicas del capital entre sectores, y naturalmente es determinante en las condiciones de trabajo (y sólo muy indirectamente en las condiciones de empleo, que están sujetas a variables sociopolíticas y sindicales). A lo largo de la historia, la destrucción de empleo en un sector ha venido acompañada de la creación en otros. Sólo los procesos de relocalización que realmente se dan son los que explican que en un territorio se pierda empleo en forma absoluto, pero, en última instancia, al final el trabajo ha de realizare en algún sitio. Las partes de la cadena de valor más intensivas en trabajo humano se han desplazado a las periferias y países emergentes, con un protagonismo muy claro en el caso de Asia.

Sin embargo, hay una fuerte confusión en este campo, porque la tendencia al aumento relativo del peso del capital frente al trabajo se ha venido interpretando erróneamente como un efecto sustitución absoluto del trabajo por el capital, generando un imaginario apocalíptico de un mundo dominado por las máquinas, o en su visión idealizada, de un mundo liberado por las mismas.

Sin embargo, a escala mundial jamás se trabajó más que hoy, en términos tanto de personas como de horas de trabajo: más de 3 000 millones de personas trabajan a lo largo y ancho del planeta. Lo concentración de ese trabajo ha variado mucho, eso sí, merced más bien a los mencionados procesos de relocalización del empleo, porque la mayor parte del trabajo se ha derivado hacia el Este, y algunas semiperiferias emergentes. Así, se vive en los países centrales y, especialmente, en la semiperiferia como España, como que el proceso de reestructuración industrial ha supuesto una pérdida neta de empleo. En efecto, el empleo industrial se fue a otros sitios, pero no desapareció.

En cualquier caso, el error de interpretación radica en dar por sentado que la tendencia (que sólo es una tendencia) del aumento relativo del capital sobre el trabajo haya supuesto una disminución absoluta de la presencia del trabajo en el proceso de producción, porque esto no resiste la prueba de ninguna evidencia. El aumento relativo del capital, merced a la automatización de muchos procesos de producción, no ha eliminado a los trabajadores. Sí ha aumentado la capacidad de producción (aunque la productividad apenas crece en las últimas décadas o crece a un ritmo cada vez más lento al no tener por debajo ninguna revolución industrial sustancial como fueron las tres primeras que en su día se dieron). De hecho, los cambios del trabajo digital han propiciado mejoras en el abaratamiento de costes administrativos y mejoras de comunicación, pero no han elevado la productividad de manera significativa. La automatización ha modificado las formas de organización laboral pero, como decimos no explican por sí misma la destrucción de empleo.

Para aclararlo un poco más, y resolver la paradoja, ¿cómo es posible que el proceso relativo de sustitución de trabajo por capital no se traduzca necesariamente en destrucción de empleo, si acaso sólo de manera temporal?. Pues por la sencilla razón de que los capitalistas lo que quieren es acumular, y para eso necesitan emplear tanta fuerza de trabajo como sea posible para todas las iniciativas económicas que vean que son rentables.

Ahora bien los trabajos se han movido de lugar y han asistido a una transformación, subsumiéndose en el capital. Ahora trabajamos dando servicio al cliente final, manteniendo las máquinas, operándolas o reparándolas, diseñándolas y produciéndolas. Y, entre tanto, todavía perviven muchos trabajos manuales (que nunca dejaron de ser intelectuales, porque esa distinción es meramente nominal; ni las intelectuales dejaron de ser manuales, y sino preguntémonos si no que es golpear un teclado...).

Además, otro punto a tener presente es que el capital no es más que trabajo vivo acumulado concentrado en una máquina, en un programa o en un código. El origen del valor sigue estando en el trabajo, así como el de la riqueza en la naturaleza.

¿Qué sucederá en el futuro? Bueno, aquí la variable determinante no es precisamente la de la innovación tecnológica, porque las innovaciones digitales apenas han contribuido a reorganizar el trabajo y facilitar las comunicaciones, pero no lo han hecho igual con la productividad, como decimos. Han reducido costes en algunos procesos, pero no han aumentado la producción, que sigue racionalizándose debida a la crisis capitalista de largo plazo existente. El conflicto de clases dirimirá si las clases dirigentes podrán imponer condiciones draconianas sobre el trabajo y aumentarán los niveles de beneficio, pero hoy por hoy sus agresiones no han sido suficientes para hacerlo porque, entre otras cosas, necesitarán una gran destrucción de capital ficticio que aún sigue cargando sobre el proceso de acumulación.

Por último, es duro decirlo, posiblemente el futuro tecnológico deberá pensarse de una manera muy distinta a la que se nos promete en la ciencia ficción o las utopías literarias. El descenso de la disponibilidad de energías fósiles y muchas materias primas habrá de obligarnos a pensar en una tecnología ligera que aumente la ecoeficiencia de procesos productivos basadas en materias sostenibles, pensando en más en producir lo justo con recursos escasos, más que en la masividad productiva. Es más la tecnología del futuro, en un mundo lleno y con nuevas escaseces de materiales y de energías convencionales, como las derivadas de los fósiles, exigirá una concepción de la tecnología en la que, por razones energéticas, la intervención humana cobrará un mayor papel, no sólo en su diseño, seguimiento y operativa, sino también en su reparación, y como motor en sí de algunos de sus procesos intermedios.

Sobre la RBU y el impuesto a los robots como soluciones

En mi opinión, la Renta Básica Universal es una medida viable a la que no hay que oponerse. Pero no me parece una prioridad. Exige una amplísima reforma fiscal, que exigiría un cambio político revolucionario previo. Facilitaría rentas a muchas personas garantizando su capacidad de elegir, entre otras cosas su trabajo y su ocio, garantizando su dignidad. Ahora bien, la cuestión del trabajo sigue en pie. Necesitamos otro mundo laboral, más democrático, más amable, al servicio de la sociedad, que acepte una biografía en la que quepan muchas cosas aparte del trabajo, y debemos combatir el yugo que sufre el trabajo bajo la dictadura del beneficio privado.

Cabe hacerse también otra pregunta sobre la RBU. Si se proveen rentas mediante está fórmula, ¿también garantizaríamos la provisión de los servicios colectivos que darán cohesión a la sociedad? ¿Será la iniciativa privada quien lo satisfará? ¿Estamos actuando en la distribución, pero quizá en la producción de estos servicios no? ¿O no es mejor dedicar nuestros recursos a garantizar la educación, atención de las personas dependientes, sanidad, alimentación saludable y transportes públicos para que todos accedamos gratuitamente a estos bienes elementales?. Yo creo que hay que garantizar que lo público y las comunidades se doten y organicen a sí mismas de modelos de provisión de estos servicios y financiarlos debidamente desde lo público. Esto me parece más prioritario.

En lo que respecta a un impuesto sobre los robots resulta un tanto absurdo. A quien hay que gravar es a sus propietarios, a sus rentas y a sus patrimonios. El problema, en suma, no es tecnológico, es social y político, dicho de otro modo, de modelo de sociedad.

Daniel Albarracín forma parte del Consejo Asesor de Viento sur.