26 de septiembre de 2017

Perú: Los apátridas nos gobiernan

Claudia Cisneros

El poder político está capturado por profesionales del deshonor, la mentira, el negocio oscuro, los privilegios de clase y argollas de poder. Es casi imposible esperar que las cosas en el Perú empiecen a cambiar con las estructuras políticas que actualmente (des)componen el tejido social. La derecha no entiende ni quiere entender que el indicador económico no es señal de desarrollo. Su obsoleta mirada del mundo les impide incorporar conceptos de acortar brechas de desigualdad, mejorar la distribución, trabajar por objetivos de equidad y mayor participación política y cívica de las personas, de su mejor educación y formación.

Y es sencillo entender por qué no les interesa actualizarse respecto de este sentido común de primer mundo. Y es que quienes controlan el poder político y económico en el Perú son personas para las que el país no es un fin en sí mismo sino solo un medio donde hacer florecer sus negocios –políticos y financieros– y asegurar su fortuna y privilegios. El Perú solo es su país en tanto sea la chacra donde pueden mangonear a quienes someten como peones; su chacra para explotar y disfrutar recursos sin importar derechos laborales, cuidado del medio ambiente y salud de la población, todos conceptos que ellos trastocan llamándolos tramitología. Para ellos las vidas de otros peruanos es un trámite engorroso si les dificulta hacer dinero.

A esa derecha bruta en valores y empatía no le interesa en lo más mínimo que en nuestra sociedad prosperen valores como la inclusión, la transparencia, la equidad, los derechos civiles y políticos porque los consideran una obstrucción a sus estrategias de enriquecimiento. A esa derecha indolente no le interesa integrarse con el cholo, con el indio, con el nativo, el mestizo, el peruano al fin. En verdad los desprecia. Solo son para ellos fuerza de trabajo, sujetos de explotación. Por eso, por ejemplo, murieron tantos quechuahablantes durante el terrorismo y a ellos no les importó. Ni siquiera ahora les importa. Si la masacre hubiera sido a su gente de apellidos compuestos y de alcurnia, estarían horrorizados con lo que pasó; con la cantidad de fosas con restos de los suyos; con la cantidad de desaparecidos suyos. Pero como no los sienten suyos, les da igual. De hecho por eso pueden, tan fácilmente, aceptar que Alberto Fujimori, uno de los mayores perpetradores de delitos contra la nación, contra los pobres, contra los inocentes, pueda ser eximido de su prisión. Total, sus víctimas no eran los de su collera, eran esos otros, sin nombre, sin estatus, sin valor humano para ellos.

Ese es el país de tantos “tecnócratas-apátridas” en la política, tan orgullosos ellos de sus títulos y posgrados y a la vez tan desvergonzadamente antiperuanos. Dispuestos a trastocar cualquier valor trascendente para un país –Justicia, Democracia, Institucionalidad, Equidad, Honestidad– si conviene a su argolla de poder o a su CV. Así son los lobistas que entran al servicio público, no para diseñar las mejores estrategias y políticas públicas que reduzcan brechas de desigualdad, que den acceso a buena educación, salud, calidad de vida, sino para hacer currículum y ver a quién ayudan de su entorno que luego pueda devolverles el favor al regresar al sector privado. Ese es el perfil de nuestro tecnócrata-aprendiz-de-político-promedio: un Zavala, una Aráoz, un Giuffra o un PPK.

El JNE nos condenó en las últimas elecciones a elegir entre la derecha bruta, ignorante y achorada del Keikismo y la derecha tecnócrata, apátrida y lobista-corporativista de PPK. El JNE, movido por intereses aprofujimoristas, sacó de carrera a Guzmán que venía creciendo meteóricamente; a Keiko le perdonó tramposamente la vida cuando no la eliminó por los mismos motivos que fue necesario sacar al tramposo Acuña; y en el colmo, el JNE le salvó el pellejo al Apra bajando la valla para que su inscripción no feneciera y entraran algunos chaveteros. Algún día, alguien tendrá que responder por ese fraude que nos colocó en esta situación de país imposible: entre una derecha revanchista, obstruccionista y degradante, llena de vulgares y mafiosos; y otra derecha educada en títulos pero no en humanidad ni honestidad. PPK ha decidido blindarse protegiendo a los sospechosos, creyendo que accediendo a sus exigencias de cuotas de poder los acallará. No sabe que así indulte a Fujimori, regale ministerios al Apra, entregue la dignidad del país, no lo dejarán en paz, no lo dejarán seguir. Y ya no tendrá quién lo defienda. Los apátridas vulgares, tanto como los “refinados”, matan al pueblo y lo destruyen. Convierten al Perú en un país imposible. Solo la participación política de otra estirpe de peruanos podrá darnos una esperanza de cambio.

25 de septiembre de 2017

La crisis capitalista, una verdad de perogrullo

Homar Garcés

Aunque sus apologistas suelen negarlo y encubrirlo, no resulta nada exagerado afirmar que el sistema capitalista -pese a sus variadas mutaciones históricas- sufre una fuerte crisis estructural, mitigada en algunos casos, pero que no deja de ser una realidad altamente preocupante para sus beneficiarios directos. Simultáneamente a ello, se observa a nivel mundial una disputa creciente en el campo capitalista, llena de tensiones múltiples por espacios geoestratégicos, geopolíticos y económicos que pone en grave riesgo la paz del planeta, vaticinándose, incluso, la factibilidad de un estallido bélico entre las actuales grandes potencias, aún más catastróficas que los ocurridos en el siglo pasado.

Tal realidad exige posiciones revolucionarias de nuestros pueblos que, por un lado, confronten en esencia el carácter expoliador y depredador del capitalismo, tanto en lo que respecta al trabajo humano como en lo referente al extractivismo de los recursos diversos que nos ofrece la naturaleza, contraponiéndose, por tanto, a su lógica; y, por el otro, sirvan para construir paradigmas e instrumentos efectivos que disipen cualquier tipo de agresión, injerencia y conflicto (interno y externo) que quebrante la paz en algún momento dado.

En el primer caso, es necesario comprender que el mercado capitalista internacional se halla fuertemente influenciado y controlado por las grandes corporaciones transnacionales (básicamente estadounidenses), lo cual obstaculiza grandemente el surgimiento de economías nacionales autárquicas. Esta circunstancia induce a sus propietarios a idear (convenciéndose a sí mismos que pueden hacerlo por encima de cualquier barrera moral que se les interponga) la dominación absoluta del mundo en beneficio de sus ingentes capitales. Para lograrlo, no escatiman elemento alguno a fin de fomentar disturbios y crisis que distraigan la atención de los pueblos que aspiran someter. Esta es una verdad de Perogrullo, fácilmente rastreable en los acontecimientos desencadenados en naciones como Libia y Siria, por citar los más recientes, y como se desprende de las amenazas proferidas por el presidente gringo en contra del gobierno de Venezuela, bajo la excusa de defender la democracia y a los venezolanos.

Respecto a la segunda situación, venciendo todas las resistencias culturales que surjan -dada la influencia de la ideología dominante entre muchos- debe propiciarse el establecimiento de un poder popular realmente soberano y dotado de un espíritu subversivo de primera línea que lo haga capaz de asumir el rol protagónico y dinámico del proceso de transformación estructural del orden imperante. Por consiguiente, este poder popular soberano no debería ni podría circunscribirse a lo meramente político sino que ha de apuntar igualmente a la distribución autodeterminada de la riqueza social -tanto material como cultural-; dando una respuesta sistémica que de verdad trascienda el sistema capitalista. No es la instauración de un capitalismo de Estado que conserve inalterables las leyes del valor de cambio, de la plusvalía y del beneficio, de manera que únicamente se produzca el simple reemplazo de una minoría parasitaria por otra. Además, habrá de comprenderse que la toma del poder real no estriba en la conquista legal del poder constituido. Esto último desembocará, indefectiblemente, en una lucha frontal contra el partidocentrismo que conduzca a la autoafirmación del sujeto popular y que nutra la unidad, la autoridad y la conciencia de dicho poder popular soberano.

Bajo este enfoque general, se impone trabajar con conceptos abiertos y no dogmáticos, construir el actor social y político colectivo (sin obviar sus componentes culturales, espirituales y económicos), su conciencia y su organización democrática; y profundizar el cuestionamiento del Estado burgués liberal. Como corolario, la presente etapa de luchas por objetivos comunes libradas por los pueblos de nuestra Abya Yala -como en el resto de la Tierra- representa una base sólida importante (e interesante) para impulsar y consolidar la posibilidad nada incierta de este poder popular soberano.

Se publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

24 de septiembre de 2017

El golpe militar de Estados Unidos en cámara lenta

Stephen Kinzer

En una democracia, nadie debe sentirse cómodo al saber que los generales han impuesto disciplina a un jefe de estado electo. Se suponía que eso nunca ocurriría en Estados Unidos. Ahora ha sucedido.

Entre las imágenes políticas más duraderas del siglo 21 estuvo la junta militar. Era un grupo de oficiales de expresión adusta, por regla general de tres miembros, que se alzaba para controlar un Estado. La junta toleraba a las instituciones civiles que aceptaran ser serviles, pero al final imponía su propia voluntad. Hace tan solo unas décadas, juntas militares gobernaban importantes países como Chile, Argentina, Turquía y Grecia.

En estos días, el sistema de la junta está regresando nada menos que a Washington. El poder supremo para conformar la política exterior y de seguridad de Estados Unidos ha caído en manos de tres militares: el general James Mattis, secretario de Defensa; el general John Kelly, jefe de personal del presidente Trump; y el general H. McMaster, asesor de seguridad nacional. No se ponen sus medallas para pasar revista a desfiles militares ni para enviar a escuadrones de la muerte a matar a sus oponentes, como lo hicieron los miembros de las viejas juntas. Sin embargo, su aparición refleja una nueva etapa en la erosión de nuestras normas políticas y la militarización de nuestra política exterior. Otro velo está cayendo.

Dada la ignorancia del presidente acerca de los asuntos mundiales, la aparición de una junta militar en Washington puede parecer un alivio. Después de todo, sus tres miembros son adultos maduros con experiencia global –a diferencia de Trump y algunos de los dementes agentes políticos que lo rodearon cuando se mudó a la Casa Blanca. Ya han ejercido una influencia estabilizadora. Mattis se niega a unirse a la prisa por bombardear a Corea del Norte; Kelly ha impuesto cierto orden al personal de la Casa Blanca; y McMaster se distanció deliberadamente de los elogios de Trump a los nacionalistas blancos después de la violencia en Charlottesville.

Ser gobernados por generales parece una alternativa preferible. No lo es.

Los militares, como todos nosotros, son productos de sus antecedentes y ambiente. Los tres miembros de la junta de Trump tienen entre ellos 119 años de servicio en uniforme. Naturalmente, ven el mundo desde una perspectiva militar y conciben soluciones militares a sus problemas. Eso conduce a un conjunto distorsionado de prioridades nacionales, con las “necesidades” militares siempre clasificadas como más importantes que las locales.

Trump ha dejado en claro que cuando él debe tomar decisiones de policía exterior, se defiere a “sus generales”. Mattis, el hombre fuerte de la nueva junta, es el exjefe del Comando Central, el cual dirige las guerras estadounidenses en Oriente Medio y Asia Central. Kelly es también un veterano de Irak. McMaster ha comandado casi sin interrupción a tropas en Iraq y Afganistán desde que encabezó una compañía de tanques en la Guerra del Golfo de 1991.

Los jefes militares son entrenados para luchar en guerras, no para decidir si la lucha tiene sentido estratégico. Pueden decir a Trump cuántas tropas son necesarias para mantener nuestra actual misión en Afganistán, por ejemplo, pero no están capacitados para preguntar o responder a la pregunta más amplia de si la misión sirve al interés a largo plazo de Estados Unidos. Esa es tarea de diplomáticos. A diferencia de los soldados, cuyo trabajo es matar gente y romper cosas, los diplomáticos están capacitados para negociar, desactivar conflictos, evaluar fríamente el interés nacional y diseñar políticas para promoverlo. A pesar de la relativa reserva de Mattis acerca de Corea del Norte, los tres miembros de la junta de Trump promueven el enfoque de confrontación que ha traído la guerra prolongada en Afganistán, Iraq y más allá, al tiempo que alimentan la tensión en Europa y Asia oriental.

Nuestra nueva junta es diferente a las clásicas como, por ejemplo, el “Consejo Nacional para la Paz y el Orden” que ahora gobierna en Tailandia. Primero, el interés de nuestra junta es solo las relaciones internacionales, no la política interna. En segundo lugar, no tomó el poder por medio de un golpe, pero deriva su autoridad del favor de un presidente electo. En tercer lugar y lo más importante, su objetivo principal no es imponer un nuevo orden, sino hacer cumplir uno viejo.

El mes pasado, el Presidente Trump se enfrentó una decisión crucial acerca del futuro de la guerra de Estados Unidos en Afganistán. Este fue un potencial punto de inflexión. Hace cuatro años Trump tuiteó: “Salgamos de Afganistán”. Si hubiera seguido ese impulso y anunciado que traería de vuelta a las tropas estadounidenses, la élite política y militar de Washington habría quedado atónita. Pero los miembros de la junta entraron en acción. Persuadieron a Trump de que anunciara que en lugar de retirarse, haría lo contrario: rechazar la “salida rápida” de Afganistán, aumentar la fuerza de las tropas y continuar “matando terroristas”.

No es una gran sorpresa que Trump haya sido llevado hacia la corriente principal de la política exterior; lo mismo sucedió con el presidente Obama a principios de su presidencia. Lo más ominoso es que Trump ha entregado gran parte de su poder a los generales. Lo peor de todo es que muchos estadounidenses encuentran esto tranquilizador. Están tan disgustados por la corrupción y la miopía de nuestra clase política que recurren a los soldados como alternativa. Es una tentación peligrosa.

Foto: El Asesor de Seguridad Nacional, H. R. MacMaster y el Jefe de Personal de la Casa Blanca, John Kelly, observan la presentación del presidente junto al Secretario de Estado Rex Tillerson y el Vicepresidente Mike Pence, en agosto.

(*) Stephen Kinzer. Miembro principal del Instituto Watson de Asuntos Internacionales y Públicos de la Universidad de Brown.

(Tomado de The Boston Globe)

Traducción: Germán Piniella para Progreso Semanal.