25 de febrero de 2017

Perú: Toda la verdad

Sinesio López

Una gran desconfianza reina en el país. Los peruanos tenemos la impresión de que se nos ocultan muchas cosas que debiéramos saber sobre la corrupción. Los medios y las redes quieren embarrar a todos para salvar a los verdaderos culpables o atenuar sus responsabilidades. Esa confusión se extiende incluso a los que protestan contra ella. Muchos contestatarios creen erróneamente que todos los políticos son corruptos. Los peruanos necesitamos saber toda la verdad por varias razones.

En primer lugar, necesitamos saber todo lo cantado por Barata, el representante de Odebrecht en el Perú. Hasta ahora sólo la Fiscalía, gracias a la justicia norteamericana y brasileña, monopoliza la información sobre las coimas. Tomadas prontamente las medidas del caso, la Fiscalía debe informar a todos los ciudadanos y debe hacerlo ya para acabar con la desconfianza generalizada.

En segundo lugar, es probable que lo dicho por Barata no sea toda la verdad. En todo caso, todo lo que ha dicho puede ser contrastado con los hechos. Esa es la tarea de jueces y fiscales. Pero es probable que Barata no haya dicho todo lo que sabe sobre la corrupción de su empresa y de los políticos en el Perú.

En tercer lugar, Barata sólo se refiere a las coimas y a los depósitos de dinero, pero no alude al conjunto de normas, dispositivos y adendas que es la contraparte gubernamental de la coima. Esta contraparte no se reduce al visto bueno de las licitaciones dado por los coimeados sino también y principalmente al tinglado normativo que deciden los presidentes y los ministros. Los fiscales y los jueces (también los medios) sólo miran la coima y la ruta del dinero, pero están dejando de lado todo el arreglo normativo expresamente establecido para hacer viables las coimas. Están pescando a las pirañas, pero dejan escapar a los tiburones.

En cuarto lugar, la corrupción no se reduce a la coima sino que se extiende a las donaciones, las conferencias sobrepagadas, etc., etc. La ruta del dinero no se dirige sólo a las pirañas sino que es probable que llegue hasta los tiburones y, viceversa, cuando llega a los tiburones es probable que chorree a las pirañas. En quinto lugar, Barata, hasta donde se sabe, se refiere a las coimas repartidas a los funcionarios corruptos, pero no dice nada de las sobreganancias repartidas entre Odebrecht y sus socios peruanos. Graña y Montero está pasando piola y los fiscales están silbando al techo.

En sexto lugar, no solo Odebrecht ha actuado en el Perú sino también otras empresas brasileñas que operaban con las mismas prácticas corruptas. Pero de ellas sabemos poco o nada. En sétimo lugar, la corrupción no se circunscribe a las empresas brasileñas y a los ministerios que tienen que ver con la infraestructura. Lamentablemente ella se extiende a casi todos los ministerios sin que los organismos de control hayan hecho algo para evitarlo. La corrupción los pone en la picota y los involucra. Hace poco García se vanagloriaba, como si fuera una condecoración, de haber sido investigado 39 veces y de haber salido ileso en todos los juicios. En todo caso, debemos un reconocimiento a los presidentes (Paniagua, Belaúnde, Haya, Bustamante y Rivero) que nunca fueron citados por los jueces porque actuaron con pulcritud y limpieza.

24 de febrero de 2017

Perú: Poder y corrupción

Alberto Adrianzén

Desde hace unas semanas uno de los temas que hoy se debaten es la relación que existiría entre lo que muchos llaman el modelo o sistema o desarrollo económico y la corrupción. Dicho con otras palabras, si existe un modelo, a diferencia de otros, que permite y hasta propicie la corrupción.

Como era de esperarse, los campos sobre este tema ya se formaron. Para unos, es el llamado modelo neoliberal el causante de la corrupción, para otros son los modelos estatistas y centralizados, que limitan el desarrollo del mercado, los únicos que llevan a prácticas corruptas.

Sin embargo, la vida, como siempre, es decir lo que hoy sucede en la región, nos muestra otra realidad: que hay corrupción tanto en gobiernos de derecha como de izquierda.

Por ello, el tema de la corrupción nos debería llevar en cada caso a preguntarnos lo siguiente: quién o quiénes detentan el poder político y económico, cómo ese poder es administrado y a quién representa. En una economía donde existe libertad de mercado, pero donde el Estado, como diría Francisco Durand, ha sido capturado por los intereses privados y donde hay un sistema político informal y muchos de los políticos buscan principalmente enriquecerse, es altamente probable que la corrupción sea una práctica usual. Igual se puede decir de una economía que funciona bajo el control de un poder que es estatizado y centralizado por una burocracia o por un grupo político que no es fiscalizado ni rinde cuentas.

Y es que en realidad la corrupción no es solo un problema de pillos o de falta de reglas o de normas mal hechas o confusas como afirma, por ejemplo, Alfredo Bullard en un artículo publicado en El Comercio (El antisistema: 18/02/17). Las normas y las reglas, así como las instituciones, no son otra cosa que expresión de una determinada correlación de fuerzas. Es el poder político el que decide, en función de esa correlación, qué reglas y qué instituciones deben existir, y qué se vigila y se sanciona. Un ejemplo fue el New Deal de Franklin Roosevelt en EE.UU. luego de la crisis de los años treinta que impuso una serie de normas y que creó un conjunto de instituciones orientadas no solo a una mayor participación del Estado en la economía sino también a una mayor regulación de la economía capitalista a favor de los trabajadores y de las clases medias. Otro son las recientes medidas de Donald Trump, que está deshaciendo los tímidos controles que Obama le impuso al sistema financiero.

Por eso, las normas, las reglas y las instituciones nos conducen a un tema central que es la manera en la cual un grupo social ejerce el poder político y económico.

En el caso peruano, en esta última etapa, la corrupción ha estado asociada, por un lado, a una economía que se fundamentaba en que el Estado al ser incapaz de hacer tareas complejas y corrupto debía actuar como subsidiario del sector privado ya que éste es el motor del desarrollo. Para ello había que promover la libertad económica, privatizar el Estado, abrir nuestra economía, flexibilizar el mercado laboral y sumarnos al Consenso de Washington. Las consecuencias fueron un Estado más pequeño y débil en su capacidad de regulación, vigilancia, sanción y planificación, capturado por los intereses privados y una crisis del mundo del trabajo, en particular de los sindicatos, que redujo su capacidad de respuesta.

Y, por el otro lado, a un sistema político que perdía poder porque ese poder, finalmente, estaba en manos de los poderes fácticos, de los grupos económicos y de una tecnocracia que administra el Estado y que actúa como lobista de esos grupos privados al pasar del sector privado al público y viceversa. Ejemplo de ello son las innumerables adendas a los contratos entre el Estado y el sector privado y que terminan, casi siempre, favoreciendo a los segundos, como también ministros y asesores que transitan libremente de un lado y del otro.

En ese sentido, se equivoca Bullard cuando afirma que “nos hemos acostumbrado a vivir sin sistema”. El sistema existe y tiene como expresiones centrales hoy día la captura del Estado por los privados, los lobbies, la corrupción y el crecimiento de economías informales e ilegales; como también la existencia de partidos y ligados a lobbies, mafias y a sectores ilegales y de políticos que ejercen su poder como verdaderos “padrinos”.

23 de febrero de 2017

Trump: ¿una nueva etapa de la historia?

Leonardo Boff

Ya hace años se notaba, un poco en todas partes del mundo, la ascensión de un pensamiento conservador y de movimientos que se definían como de derechas. Con eso se apuntaba a un tipo de sociedad en la cual el orden prevalecía sobre la libertad, los valores tradicionales se imponían a los modernos, y la supremacía de la autoridad se sobreponía a la libertad democrática.

Este fenómeno se deriva de muchos factores, pero principalmente por la erosión de las referencias de valor que daban cohesión a una sociedad y proporcionaban un sentido colectivo de convivencia. El predominio de la cultura del capital con sus propósitos ligados al individualismo, a la acumulación ilimitada de bienes materiales y principalmente a la competición dejando de hecho escaso espacio para la cooperación, contaminó prácticamente a toda la humanidad, generando confusión ético-espiritual y pérdida de pertenencia a una única humanidad, habitando una Casa Común. Emergió la sociedad líquida, en el lenguaje de Bauman, en la cual nada es sólido, a lo que hay que añadir el espíritu posmoderno del every thing goes, del vale todo, en la medida en que lo que cuenta es realizar el objetivo buscado por cada uno, de acuerdo a sus preferencias.

Ante esta dilución de estrellas-guía surgió su opuesto dialéctico: la búsqueda de seguridad, de orden, de autoridad, de normas claras y de caminos bien definidos. En la del conservadurismo y de la derecha en política, en ética y en religión se encuentra este tipo de visión de las cosas. Está a un paso del fascismo como se verificó en la Alemania de Hitler y en la Italia de Mussolini.

En Europa, en América Latina y en Estados Unidos estas tendencias han ido ganando fuerza social y política. En Brasil este espíritu conservador, derechista fue el que moldeó el golpe de clase jurídico-parlamentario que destituyó a la Presidenta Dilma Rousseff. Lo que siguió ha sido la implantación de políticas claramente de derechas, anti-pueblo, negadoras de derechos sociales y retrógradas en términos culturales.

Pero esa tendencia conservadora ha alcanzado su dimensión más expresiva en la potencia central del sistema-mundo, Estados Unidos, confirmada por la elección de Donald Trump como presidente de ese país. Aquí el conservadurismo y la política de derechas se muestran sin metáforas y de forma descarada e incluso áspera.

En sus primeros actos, Trump ha empezado a desmontar las conquistas sociales alcanzadas por Obama. Nacionalismo, patriotismo, conservadurismo, aislacionismo son sus características más claras.

Su discurso inaugural es aterrador: “de hoy en adelante una nueva visión gobernará nuestra tierra. A partir de este momento Estados Unidos será lo primero”. Lo “primero” (first) aquí debe ser entendido como “sólo (only) Estados Unidos va a contar”. Radicaliza su visión al término de su discurso con evidente arrogancia: ”Juntos haremos que Estados Unidos vuelva a ser fuerte. Haremos que Estados Unidos vuelva a ser próspero. Haremos que Estados Unidos vuelva a ser orgulloso. Haremos que Estados Unidos vuelva a ser seguro de nuevo. Y juntos haremos que Estados Unidos sea grande de nuevo”.

Subyacente a estas palabras funciona la ideología del “destino manifiesto”, de la excepcionalidad de Estados Unidos, siempre presente en los presidentes anteriores inclusive en Obama. Es decir, Estados Unidos posee una misión única y divina en el mundo, la de llevar sus valores de derechos, de la propiedad privada y de la democracia liberal al resto de la humanidad.

Para él, el mundo no existe. Y si existe es visto de forma negativa. Rompe los lazos de solidaridad con los aliados tradicionales como la Unión Europea y deja a cada país libre para eventuales aventuras contra sus contendientes históricos, abriendo espacio al expansionismo de potencias regionales, incluyendo eventualmente guerras letales.

De la personalidad de Trump se puede esperar todo. Habituado a negocios tenebrosos como son, de modo general, los negocios inmobiliarios neoyorquinos, sin ninguna experiencia política, puede desencadenar crisis enormemente amenazadoras para el resto de la humanidad, como por ejemplo, una eventual guerra contra China o Corea del Norte, donde no se excluiría la utilización de armas nucleares.

Su personalidad denota características psicológicas desviadas, narcisista y con un ego superinflado, mayor que su propio país.

La frase que nos asusta es esta: de hoy en adelante una nueva visión gobernará la tierra. No sé si está pensando solo en Estados Unidos o en el planeta Tierra. Probablemente las dos cosas para él se identifican. Si fuera verdad, tendremos que rezar para que no ocurra lo peor para el futuro de la civilización.