22 de agosto de 2017

11 tesis sobre Venezuela y una conclusión escarmentada

Juan Carlos Monedero

“Y se empeñaba en repetir lo mismo: “Esto no es como en una guerra… En una batalla tienes el enemigo delante… Aquí, el peligro no tiene rostro ni horario”. Se negaba a tomar somníferos o calmantes: “No quiero que me agarren dormido o amodorrado. Si vienen por mí, me defenderé, gritaré, tiraré los muebles por la ventana… Armaré un escándalo…”
Alejo Carpentier, La consagración de la primavera

1. Es indudable que Nicolás Maduro no es Allende. Tampoco es Chávez. Pero los que dieron el golpe contra Allende y contra Chávez son, y eso también es indudable, los mismos que ahora están buscando un golpe en Venezuela.

2. Los enemigos de tus enemigos no son tus amigos. Puede no gustarte Maduro sin que eso implique olvidar que ningún demócrata puede ponerse al lado de los golpistas que inventaron los escuadrones de la muerte, los vuelos de la muerte, el paramilitarismo, el asesinato de la cultura, la operación Cóndor, las masacres de campesinos e indígenas, el robo de los recursos públicos. Es comprensible que haya gente que no quiera ponerse del lado de Maduro, pero conviene pensar que en el lado que apoya a los golpistas están, en Europa, los políticos corruptos, los periodistas mercenarios, los nostálgicos del franquismo, los empresarios sin escrúpulos, los vendedores de armas, los que defienden los ajustes económicos, los que celebran el neoliberalismo. No todos los que critican a Maduro defienden esas posiciones políticas. Conozco gente honesta que no soporta lo que está pasando ahora mismo en Venezuela. Pero es evidente que del lado de los que están buscando un golpe militar en ese país están los que siempre apoyaron los golpes militares en América Latina o los que priman sus negocios por encima del respeto a la democracia. Los medios de comunicación que están preparando la guerra civil en Venezuela son los mismos conglomerados mediáticos que vendieron que en Irak había armas de destrucción masiva, que nos venden que hay que rescatar a los bancos con dinero público o que defienden que la orgía de los millonarios y los corruptos hay que pagarla entre todos con recortes y privatizaciones. Saber que se comparte trinchera con semejante gente debiera llamar a la reflexión. La violencia siempre debe ser la línea roja que no debe traspasarse. No tiene sentido que el odio a Maduro ponga a nadie decente al lado de los enemigos de los pueblos.

3. Maduro heredó un papel muy difícil -gestionar Venezuela en un momento de caída de los precios del petróleo y de regreso de Estados Unidos a Latinoamérica después de la terrible aventura en Oriente Medio- y una misión imposible -sustituir a Chávez-. La muerte de Chávez privó a Venezuela y a América Latina de un líder capaz de poner en marcha políticas que han sacado de la pobreza a 70 millones de personas en el continente. Chávez entendió que la democracia en un solo país era imposible y puso sus recursos, en un momento de bonanza gracias a la recuperación de la OPEP, para que se iniciara la etapa más luminosa de las últimas décadas en el continente: Lula en Brasil, Correa en Ecuador, Morales en Bolivia, Kirchner en Argentina, Lugo en Paraguay, Mujica en Uruguay, Funes en El Salvador, Petro en Bogotá e incluso Bachelet en Chile referenciaban esa nueva etapa. La educación y la salud llegaron a los sectores populares, se completó la alfabetización, se construyeron viviendas públicas, nuevas infraestructuras, transportes públicos (después de la privatización de los mismos o la venta y cierre de los trenes), se frenó la dependencia del FMI, se debilitó el lazo con los Estados Unidos creándose la UNASUR y la CELAC. También hay sombras, principalmente vinculadas a la debilidad estatal y a la corrupción. Pero haría falta un siglo para que los casos de corrupción en los gobiernos progresistas de América Latina sumen, por citar sólo un asunto, el coste de la corrupción que significa el rescate bancario. La propaganda de los dueños de la propaganda terminan logrando que el oprimido ame al opresor. Nunca desde la demonización de Fidel Castro fue ningún líder latinoamericano tan vilipendiado como Chávez. Para repartir entre los pobres, hubo que decirle a los ricos, de América y también de Europa, que tenían que ganar un poco menos. Nunca lo toleraron, lo que puede entenderse, especialmente en España, donde, en mitad de la crisis, responsables económicos y políticos del Partido Popular robaban a manos llenas al tiempo que decían a la gente que tenía que apretarse el cinturón ¿Iba Chávez ese “gorila” a frenarles sus negocios? Desde que ganó las primeras elecciones en 1998, Chávez tuvo que enfrentarse a numerosos intentos de derribarlo. Por supuesto, con la inestimable ayuda de la derecha española, primero con Aznar, luego con Rajoy, y la ya conocida participación de Felipe González como lobbista de grandes capitales. (Es curioso que el mismo Aznar que hizo negocios con Venezuela y con Libia luego se convirtió en ejecutor cuando se lo ordenaron. Gadafi incluso le regaló a Aznar un caballo. Pablo Casado fue el asistente de Aznar en esa operación. Luego, cosas de la derecha, celebraron su asesinato).

4. Chávez no legó a Maduro los equilibrios nacionales y regionales que construyó, que eran políticos, económicos y territoriales. Eran una construcción personal en un país que salía de tasas de pobreza del 60% de la población cuando llegó Chávez al gobierno. Hay cambios que necesitan una generación. Ahí es donde la oposición pretende estrangular a Maduro, con problemas mal resueltos como las importaciones, los dólares preferenciales o las dificultades para frenar la corrupción que desembocan en desabastecimiento. Sin embargo, Maduro supo reeditar el acuerdo “cívico-militar” que tanto molesta a los amigos del golpismo. Algo evidente, pues Estados Unidos siempre ha dado los golpes buscando apoyos en militares autóctonos mercenarios o desertores. El ejército en América Latina solo se entiende en relación con Estados Unidos. Les han formado, sea en tácticas de tortura o en “lucha contrainsurgente”, sea en el uso de las armas que les venden o en el respeto debido a los intereses norteamericanos. En Venezuela, los mismos que formaron a los asesinos de la Escuela Mecánica de la Armada argentina o que sostuvieron al asesino Pinochet lo tienen complicado (el asalto por parte de mercenarios vestidos de militares a un cuartel en Carabobo buscaba construir la sensación de fisuras en el ejército, algo que a día de hoy no parece que exista). Igual que ha comprado militares, Estados Unidos siempre ha comprado jueces, periodistas, profesores, diputados, senadores, presidentes, sicarios y a quien hiciera falta para mantener a América como su “patio trasero”. El cártel mediático internacional siempre le ha cubierto las espaldas. Es la existencia de Estados Unidos como imperio lo que ha construido el ejército venezolano. Los nuevos oficiales se han formado en el discurso democrático soberano y antiimperialista. Son mayoría. Hay también una oficialidad -la mayoría ya jubilándose- que se formó en la vieja escuela y sus razones para defender la Constitución venezolana serán más particulares. Las deficiencias del Estado venezolano afectan también al ejército, aún más en zonas problemáticas como las fronteras. Pero los cuarteles en Venezuela están con el Presidente constitucional. Y por eso es aún más patético escuchar al demócrata Felipe González pedir a los militares venezolanos que den un golpe contra el gobierno de Nicolás Maduro.

5. A esas dificultades de heredar los equilibrios estatales y los acuerdos en la región (la amistad de Chávez con los Kirchner, con Lula, con Evo, con Correa, con Lugo), hay que añadir que la pugna de Arabia Saudí con el fracking y con Rusia, hundió los precios del petróleo, principal riqueza de Venezuela. Esta inesperada caída del precio del petróleo colocó al gobierno de Maduro en una situación complicada (es el problema de los “monocultivos”. Basta para entenderlo pensar qué ocurriría en España si se hundiera un 80% el turismo por causas ajenas a ningún gobierno. ¿Sacaría Rajoy siete u ocho millones de votos en una situación así?). Maduro ha tenido que reconstruir los equilibrios de poder en un momento de crisis económica brutal.

6. La oposición en Venezuela lleva intentando dar un golpe de Estado desde el mismo día que ganó Chávez. Venezuela fue el mascarón de proa del cambio continental. Acabar con Venezuela es abrir la espita para que ocurra lo mismo en los sitios donde aún no ha regresado el neoliberalismo. A las oligarquías les molestan los símbolos que debilitan sus puntos de vista. Pasó con la II República en 1936, pasó en Chile con Allende en 1973. Acabar con la Venezuela chavista es regresar a la hegemonía neoliberal e, incluso, a las tentaciones dictatoriales de los años setenta.

7. Venezuela tiene además las reservas de petróleo más grandes del mundo, agua, biodiversidad, el Amazonas, oro, coltán -quizá la reserva más grande del mundo de coltán-. Los mismos que han llevado la destrucción a Siria, a Irak o a Libia para robarles el petróleo, quieren hacer lo mismo en Venezuela. Necesitan ganarse previamente a la opinión pública para que el robo no sea tan evidente. Necesitan reproducir en Venezuela la misma estrategia que construyeron cuando hablaban de armas de destrucción masiva en Irak. ¿O no se creyó mucha gente honesta que había armas de destrucción masiva en Irak? Hoy, aquel país antaño próspero es una ruina. Quien se creyó aquellas mentiras del PP, que mire cómo está hoy Mosul. Enhorabuena a los ingenuos. Las mentiras siguen todos los días. La oposición puso una bomba al paso de policías en Caracas y todos los medios impresos publicaron la foto como si la responsabilidad fuera de Maduro. Un helicóptero robado lanzó granadas contra el Tribunal Supremo y los medios lo silencias. Son actos terroristas. De esos que abren portadas y los telediarios. Salvo cuando suceden en Venezuela. Un referéndum ilegal en Venezuela “presiona al régimen hasta el límite”. Un referéndum ilegal en Catalunya es un acto cercano al delito de sedición.

8. El cártel mediático internacional ha encontrado un filón. Se trata de una reedición del miedo ante la Rusia comunista, la Cuba dictatorial o el terrorismo internacional (nunca dirán que el ISIS es una construcción occidental financiada con capital norteamericano principalmente). Venezuela se ha convertido en el nuevo demonio. Así se les permite acusar de “chavistas” a los adversarios y les evita hablar de la corrupción, del vaciamiento de las pensiones, de la privatización de los hospitales, las escuelas y las universidades o de los rescates bancarios. Mélenchon, Corbyn, Sanders, Podemos o cualquier fuerza de cambio en América Latina son descalificados con la acusación de chavistas, ahora que acusar de comunistas o de etarras tiene poco recorrido. El periodismo mercenario lleva años con esa estrategia. Nadie nunca ha explicado qué política genuinamente bolivariana va en los programas de los partidos de cambio. Pero da lo mismo. Lo importante es difamar.Y gente de buena voluntad termina creyendo que hay armas de destrucción masiva o que Venezuela es una dictadura donde, curiosamente, todos los días la oposición se manifiesta (incluso atacando instalaciones militares), donde los medios critican libremente a Maduro (no como en Arabia Saudí, Marruecos o Estados Unidos) o donde la oposición gobierna en alcaldías y regiones. Es la misma táctica que construyó durante la guerra fría el “peligro comunista”. Por eso en España, con Venezuela, tenemos una nueva Comunidad Autónoma de la que solamente falta que nos digan al final de los telediario el tiempo que va a hacer en Caracas ese día. De cada cien veces que se dice “Venezuela”, noventa y cinco sólo buscan distraer, ocultar o mentir.

9. Venezuela tiene un problema histórico que no ha resuelto. Al carecer de minas durante la colonia, no fue un Virreinato, sino una simple capitanía general. El siglo XIX fue una guerra civil permanente, y en el siglo XX, cuando se empezó a construir el Estado, ya tenían petróleo. El Estado venezolano siempre ha sido rentista, carente de eficacia, agujereado por la corrupción y rehén de las necesidades económicas de los Estados Unidos acordadas con las oligarquías locales. El choque entre la Asamblea y la jefatura del Estado actual debiera haberse zanjado jurídicamente. Señales de la ineficiencia vienen siendo evidentes desde hace tiempo. El rentismo venezolano no se ha superado. Venezuela redistribuyó la renta del petróleo entre los más humildes, pero no ha superado esa cultura política rentista ni ha mejorado el funcionamiento de su estado. Pero no nos engañemos. Brasil tiene una estructura jurídica más consolidada y el Parlamento y algunos jueces han dado un golpe de Estado contra Dilma Roussef. Donald Trump puede cambiar a la Fiscal General y no pasa nada, pero si lo hace Maduro, Jefe del Estado igualmente elegido en unas elecciones, se le acusa de dictador. Una parte de las críticas a Maduro son tramposas porque olvidan que Venezuela es un sistema presidencialista. Es por eso que la Constitución permite al Presidente convocar una Asamblea Constituyente. Gustará más o menos, pero el artículo 348 de la Constitución vigente de Venezuela faculta al Presidente en esa tarea, igual que en España el Presidente del Gobierno puede disolver el Parlamento.

10. Zapatero y otros ex Presidentes, el Papa, Naciones Unidas vienen pidiendo a ambas partes en Venezuela que dialoguen. La oposición reunió en torno a siete millones de votos (si bien es más complicado que puedan llegar a ese acuerdo en torno a un candidato o candidata a la Presidencia del país). Maduro, en un contexto regional muy complicado, con fuertes estrecheces económicas que afectan a la compra de insumos básicos, incluidas medicinas, ha juntado ocho millones de votos (aunque sean siete, según las declaraciones tan sospechosas del Presidente de Smarmatic, que acaba de firmar un contrato millonario en Colombia). Venezuela está claramente dividida. La oposición, como otras veces, ha optado por la violencia y luego no entiende que Maduro sume tantos millones de apoyos. Si en España un grupo quemase centros de salud, quemase escuelas, disparara contra el Tribunal Supremo, asaltara cuarteles, contratara a marginales para sembrar el terror, impidiese con formas de lucha callejera el tránsito e, incluso, quemase vivas a personas por pensar diferente ¿alguien se extrañaría que la ciudadanía votase en la dirección contraria a esos locos?

11. Fracasada la vía violenta, a la oposición venezolana le quedan dos posibilidades: seguir con la vía insurreccional, alentada por el Partido  Popular, Donald Trump y la extrema derecha internacional, o intentar ganar en las urnas. Estados Unidos sigue presionando (en declaraciones a un semanario uruguayo, el Presidente Tabaré dijo que votó para expulsar ilegalmente a Venezuela del Mercosur por miedo a las represalias de los países grandes). 57 países de Naciones Unidas han exigido que se respete la soberanía de Venezuela. Como Estados Unidos no logra mayoría para forzar a Venezuela, insiste en inventar espacios (como la Declaración de Lima, sin ninguna fuerza jurídica porque no han conseguido mayoría en la OEA). La derecha mundial quiere acabar con Venezuela, aunque eso le cueste sangre y fuego a la población venezolana. Por eso algunos opositores, como Henry Ramos-Allup, han llamado al fin de la violencia. Venezuela tiene en el horizonte elecciones municipales y regionales. Es el escenario donde la oposición debiera demostrar esa mayoría que reclaman. Venezuela tiene que convocar esas elecciones y es una oportunidad excelente para medir electoralmente las fuerzas. Porque, de lo contrario, el choque que estamos viendo se enquistará y se convertirá en una gangrena terrible. ¿A quién le interesa una guerra civil en Venezuela? No nos engañemos. Ni al PP ni a Trump le interesan los derechos humanos. Si así fuera romperían con Arabia Saudí, que va a decapitar a quince jóvenes por manifestarse durante la Primavera Árabe, o dan latigazos a las mujeres que conducen; o con Colombia, donde van 150 asesinados por los paramilitares en los últimos meses; o en México, donde se asesina cada mes a algún periodista y aparecen fosas comunes con decenas de cadáveres. Penas de 75 años están pidiendo en Estados Unidos contra manifestantes contra las políticas de Trump. Venezuela se ha convertido en España en la 18 Comunidad Autónoma sólo porque el Presidente Rajoy ha tenido que comparecer como testigo por la corrupción en su partido. Es más airoso hablar de Venezuela que de la corrupción de los 800 cargos del PP imputados. Hay ingenuos que les creen. ¿Qué dirán ahora que el grueso de la oposición ha aceptado participar en las elecciones regionales? El pacto entre el PSOE y Podemos en Castilla-La Mancha ha sido presentado por la derecha manchega como el comienzo de la venezonalización de España. Cuánta caradura y cuánta estupidez. Hay gente que les cree. Mientras, el PP guarda silencio ante, por ejemplo, las persecuciones que la dictadura monárquica marroquí hace en España de los disidentes políticos, o encarcela por orden del dictador Erdogan a un periodista crítico con la dictadura turca. ¿Nos va a decir alguien que a estos gobiernos les interesan los derechos humanos?

Conclusión: no hace falta comulgar, ni mucho menos, con Maduro y su manera de hacer las cosas, para no aceptar el golpe de estado que se quiere construir en Venezuela. Estamos hablando de no volver a cometer los mismos errores creyéndonos las mentiras que construyen los medios. Venezuela tiene que solventar sus problemas dialogando. Y es evidente que tiene problemas. Pero dos mitades enfrentadas no van a ningún lado monologando. Aunque a una parte le apoyen los países más poderosos del ámbito neoliberal. Ni el PP ni la derecha quieren diálogo. Quieren que Maduro se entregue. ¿Y cree alguien que los ocho millones de votantes de la Asamblea Constituyente se iban a quedar de brazos cruzados? El nuevo gobierno les reprimiría e, incluso, les asesinaría. Los medios dirían que la democracia venezolana se estaría defendiendo de los enemigos de la democracia. Y volvería a haber gente ingénua que les creería. Desde el resto del mundo, en nombre de la democracia, bastan dos cosas: exigir y alentar el diálogo en Venezuela, y  entender que sería bueno no permitir ni al PP ni a las derechas internacionales, empezando por Donald Trump, reeditar una de sus miserias más horribles que consiste en sembrar dolor en otros sitios para ocultar el dolor que construyen en nuestros propios países.

21 de agosto de 2017

Regreso al futuro

David Brooks

Con amenazas de guerra nuclear, intervenciones militares en los países del traspatio que no se hinquen ante el poder imperial, y el Klan y los neo-nazis festejando su odio, todo sólo en una semana, de repente el futuro fue sustituido por el pasado.

Unas 24 horas después de que Trump comentó que está contemplando una opción militar para Venezuela, ya que en ese país la gente está sufriendo y se están muriendo, en Charlottesville, Virginia, ultraderechistas armados golpearon a manifestantes pacíficos, y en un incidente terrorista –equivalente a los atentados recientes en Europa usando vehículos como armas– un blanco asociado con los neonazis atropelló a 20 personas, matando a una mujer. El gobernador declaró estado de emergencia y la Guardia Nacional se preparó para entrar en acción. Todo esto en un país donde circulan más de 300 millones de armas en manos privadas, y donde en promedio mueren a balazos 93 personas todos los días, siete de éstas menores de edad.

Lo ocurrido el sábado en Charlottesville, Virginia, no es nada nuevo, pero sí es diferente, porque los participantes ahora afirmaron que forman parte de las filas de Trump. David Duke, ex líder de un sector del Ku Klux Klan, declaró ahí: vamos a cumplir con las promesas de Donald Trump. Las imágenes de los cientos de asistentes al acto denominado Unir a la derecha no ocultaron quiénes eran: esvásticas, águilas fascistas, consignas de sangre y tierra (de la frase nazi blut und boden), algunos coreando los judíos no nos remplazarán, junto con banderas de la Confederación y muchos con cachuchas y pancartas con Trump o su consigna de campaña Haremos grande de nuevo a Estados Unidos.

La respuesta ambigua y tardía de Trump el sábado –lamentando la violencia y el odio de todos los bandos sin condenar a los supremacistas blancos– fue tan aguada que líderes de su propio partido lo criticaron. No es la primera vez que Trump rehusa condenar expresamente este tipo de actos de violencia por gente que forma parte de su base, y que afirman que lo llevaron al triunfo. La semana pasada hubo un atentado terrorista contra una mezquita en Minneápolis (el presidente ha guardado silencio sobre ese incidente).

Son agrupaciones que marchan al estilo nazi, una de los cuales, Vanguard America, tiene un manifiesto que se titula Fascismo Americano, combinadas con agrupaciones supremacistas blancas con largas y sangrientas historias de linchamientos y asesinatos de afroestadunidenses, activistas de izquierda y actos violentos antisemitas, y, por supuesto, violencia contra migrantes de países no europeos.

Esto no es nada nuevo. En este país, ha habido más de 30 atentados de terror cometidos por estadunidenses blancos desde el 11 de septiembre de 2001, cuyas víctimas son la mayoría de los estadunidenses afectados por el total de actos de terror. En 1995, el peor atentado terrorista en terreno estadunidense antes del 11-S fue cometido por ultraderechistas estadunidenses, quienes detonaron una bomba en un edificio federal en Oklahoma City que mató a 168 personas (incluyendo 19 niños) e hirió a 500 (para ver la lista completa).

La historia del fascismo en Estados Unidos ha estado presente desde los años 30 del siglo pasado, incluida la fundación de un Partido Nazi Americano. Pero ahora ellos, junto con las agrupaciones de supremacía blanca que tienen siglos de antecedentes en un país cuya Casa Blanca –y gran parte de su economía– fue construida por esclavos negros, gozan de un nuevo momento gracias a Trump. Ahora el Klan puede marchar en público sin cubrir sus rostros con una capucha.

Pero la semana pasada empezó con otro tipo de nostalgia: Trump amenazó a Corea del Norte con fuego y furianuclear. A pesar de que los generales y jefes diplomáticos, incluyendo el propio secretario de Estado, Rex Tillerson, de inmediato buscaron tranquilizar a sus ciudadanos y aliados en otras partes del mundo al solicitar que, en esencia, no le hicieran caso al comandante en jefe, el ahora resucitado Dr. Strangelove de la Casa Blanca siguió amenazado. Peor aún, algunos empezaron –es en serio– a calcular las dimensiones mortíferas de un hipotético conflicto nuclear. Por su parte, analistas financieros estaban tratando de calcular que efecto tendría un guerra entre dos poderes nucleares sobre los mercados, reportó el Wall Street Journal.

Aunque el mensaje de los adultos en el kínder de Washington insistieron que no había guerra inminente, algunos medios indicaron que, con los protocolos que existen, si el comandante en jefe ordena un ataque nuclear, no requiere de la autorización del Pentágono ni del Congreso, y no existe un mecanismo que pueda frenarlo más que la renuncia de los altos mandos militares o, aunque no se sabe porque no hay precedente, se considera que su gabinete lo puede declarar mentalmente incapacitado.

Y, también con nostalgia por otros tiempos, cuando Estados Unidos era grande, el presidente más presidencial, según él, declaró que si el gobierno de Venezuela no hace lo que él dicta, no descartará una operación militar. A Trump no le han informado que, a estas alturas, es de mala educación amenazar a América Latina con otra intervención militar gringa (eso se hace ahora de otra manera, suavecito, con lo que llaman diplomacia y dólares para apoyar las fuerzas de la democratización).

Las cosas están tan alarmantes que muchos apuestan, para dormir un poco más tranquilos, que los generales controlarán al civil demente en la Casa Blanca.

Aún no se sabe si esos países latinoamericanos o la ONU que, por su supuesta preocupación por la democracia y la crisis socioeconómica exigieron que el gobierno de Venezuela cambiara sus políticas, ahora ofrecerán el mismo tipo de intervención humanitaria en Estados Unidos en nombre de poner fin a la violencia aquí, asistir a uno de cada seis estadunidenses que padecen hambre y rescatar a esta democracia.

20 de agosto de 2017

Los peligrosos valores del neoliberalismo

Rafael Silva

 "Bajo el capitalismo se han globalizado la injusticia, la desesperación y el desprecio" (Aminata Traoré)

Hablamos del neoliberalismo como la base moral, conceptual, política, social y económica de nuestra sociedad actual, aquél conjunto de valores que predominan en el modelo de sociedad que padecemos. El neoliberalismo configura en el fondo toda la cosmovisión de la mayoría social, aglutinando la mayoría de los valores y comportamientos colectivos de los que hacemos gala. Pero...¿cuáles son esos valores? Hagamos primero una somera introducción: el neoliberalismo como modelo económico, social y político presenta las siguientes características: teóricamente se basa en los postulados del economista Milton Friedman y su Escuela de Chicago. Alcanzó dimensión mundial durante la década de los 80 con los gobiernos de Ronald Reagan en los Estados Unidos y de Margaret Thatcher en el Reino Unido (que fueron tomados como referentes), y se exportó de manera feroz a los países de América Latina durante la década de los 90. Su modelo da prioridad a la lógica del mercado en la regulación, no sólo de la economía, sino de toda la sociedad en su conjunto. El neoliberalismo es adalid de las grandes privatizaciones de empresas, servicios y sectores públicos en aras del capital privado, reduciendo drásticamente los fondos públicos destinados a su sostenimiento. Propugna la liberalización del comercio internacional, y demoniza al Estado como interventor en la economía y promotor de políticas sociales. Tiende a concentrar la regulación económica global en una serie de instituciones internacionales, normalmente dominadas por el capitalismo norteamericano (BM, FMI...), defiende la desregulación de los mercados financieros, así como la sustitución de la regulación económica estatal por la autorregulación controlada por las grandes empresas transnacionales. Su catálogo general fue enunciado en el famoso Consenso de Washington.

El neoliberalismo conforma hoy día el pensamiento único, en el sentido de recoger los principales dogmas que se aplican a los campos político, social y económico, y que están ampliamente extendidos, difundidos y practicados por la inmensa mayoría de los países, y a su vez amplificados bajo el altavoz de sus voceros mediáticos. Es el pensamiento dominante de nuestro tiempo, donde además, la globalización capitalista deja poco resquicio para poder escapar de él. Pero más allá de sus concepciones políticas y sociales, que las podemos comprobar hoy día en la mayoría de los países del globo, nos interesan en este artículo los peligrosos valores en los que se basa. Sin pretender hacer un catálogo exhaustivo, podrían ser los siguientes:

1.- El consumismo. El consumismo determina la identidad por lo que se tiene, y no por lo que se es. La fiebre consumista es necesitada por el propio motor económico capitalista, que está en la base del neoliberalismo, como un nuevo grado evolutivo del sistema capitalista. Pero el consumismo desaforado deviene en otras consecuencias colaterales, ya que no sólo somos consumidores, sino también trabajadores, y la competencia por obtener bajos precios de los productos que compramos se traduce también en bajos salarios en nuestras condiciones laborales, como forma principal de abaratamiento de costes. De hecho, las sucesivas reformas laborales llevadas a cabo durante los últimos años, han incidido especialmente en hacernos competitivos en un mercado globalizado, y esto sólo se consigue reduciendo los costes laborales y salariales. La consecuencia inmediata y palpable es la precariedad laboral imperante hoy día. Pero nuestra sociedad consumista también funciona gracias a otros mecanismos implementados en ella, y que garantizan su retroalimentación, como son la publicidad (cada vez más agresiva), la obsolescencia programada de los productos (cada vez más corta), y el crédito fácil y accesible (que fomenta el endeudamiento privado). Para los lectores y lectoras interesadas en profundizar sobre este asunto, les recomiendo la serie de artículos "Capitalismo y Sociedad de Consumo".

2.- El culto y adoración por los ricos y poderosos. El dinero, la fama, el poder, las riquezas, las influencias, etc., van modelando un mundo artificial basado en el culto a las posesiones materiales, y a la veneración de los más ricos y poderosos, que son tomados como referentes y modelos a seguir. Sus "éxitos" personales y empresariales son amplificados y vanagloriados, y su grado de influencia en las decisiones políticas y económicas llega a ser muy potente. Los más ricos y poderosos, grandes empresarios y grandes fortunas (a los que se suman hoy día los actores y actrices, deportistas o escritores, etc., de primera línea) son la expresión misma de la desigualdad, ya que mientras la sociedad permite (y alaba) el crecimiento exponencial de su riqueza, permite que existan millones de personas que están justo en el otro extremo, es decir, en situación de pobreza y exclusión social.

3.- La banalidad y la frivolidad sociales. Como en cualquier sistema de pensamiento dominante que se precie, el neoliberalismo despliega para su supervivencia y dominación un conjunto de prácticas, hábitos y comportamientos sociales destinados a la distracción de las mayorías sociales, para desviar su foco de atención sobre los asuntos realmente importantes. En este sentido, tanto la propia evolución tecnológica (con las redes sociales) como los mensajes y formatos de los medios de comunicación contribuyen continuamente a esta filosofía de la banalidad, de lo superfluo, de lo intrascendente, de lo inmediato, de la alienación, de la frivolidad y de la estupidez social, que exaltan en grado sumo.

4.- La visión uniforme y excluyente de la sociedad. Inmerso en una especie de cultura del odio, el neoliberalismo, como pensamiento dominante, descalifica y sataniza a cualquier sistema o modelo de sociedad alternativo al mismo. En este sentido, su carga cultural se utiliza como arma arrojadiza contra los pueblos que libremente decidan emanciparse de la cultura y los valores del neoliberalismo, y pongan en práctica otros modelos. El neoliberalismo por tanto no sólo es el pensamiento mayoritario, sino que además ejerce activamente todo su poder e influencia para no dejar de serlo.

5.- La legitimación de la desigualdad. Para el neoliberalismo, la desigualdad es un proceso natural, una característica inherente de nuestras sociedades. El neoliberalismo no entiende la desigualdad como una consecuencia lógica de su propio modelo, de sus propias decisiones, es decir, de sus propias políticas, sino que concibe, justifica y explica las desigualdades como si éstas fueran un accidente natural, contra lo que no se puede luchar, como un terremoto o una tormenta. Para los fanáticos del pensamiento neoliberal, la desigualdad es intrínseca a los seres humanos, y tal como existen personas altas y bajas, gordas y flacas, negras o blancas, existe la desigualdad económica, política, social y de género entre ellas. Por tanto, las políticas neoliberales jamás tendrán en cuenta las desigualdades sociales como un problema, ni se preocuparán por reducirlas o eliminarlas.

6.- La competitividad. Pudiéramos afirmar que la competitividad es la base de la esencia capitalista propiamente dicha, pues al estar ésta basada en la legitimación y búsqueda del mayor beneficio económico, obtenido éste de cualquier forma y por cualquier medio, el ser competitivos está como decimos en la base de la concepción capitalista, y por tanto, también neoliberal. Básicamente la competitividad es la lucha por ser el mejor, por ser superior al otro. E incluso pudiéramos aceptar, desde el punto de vista antropológico, que cierto grado de competitividad es inherente al ser humano, pero nunca en el grado sumo en que es justificado por el neoliberalismo. Este sistema hace de la competitividad un credo, una máxima suprema, un dogma per se, y premia y reconoce a los más competitivos (es decir, a los más agresivos) como los ganadores y supervivientes del sistema. Este valor está muy relacionado con los anteriores, en el sentido de legitimar las desigualdades, y de reconocer y ofrecer culto a los que ganan, es decir, a los más ricos y poderosos de la sociedad.

7.- El individualismo. Y para ser competitivos, para ser más agresivos, el neoliberalismo necesita despojarse de todas las ataduras y dependencias sociales. De hecho, el neoliberalismo no cree en la sociedad, no cree en el ser humano como ser social. El individualismo es la máxima expresión de este valor, pues impide y reniega de la socialización, y desacredita todo lo que huela a iniciativa, servicio o bien común, poniendo el foco de atención en los méritos, la capacidad y los logros personales, en su justificación de que el "éxito" de las personas, siempre tomadas aislada e individualmente, es responsabilidad únicamente de ellas y ellos mismos.

8.- La mercantilización de todos los aspectos y facetas de la vida humana. Este valor tiene mucho que ver con el primero que hemos mencionado, es decir, con el consumismo en sentido estricto. Para fomentar la iniciativa privada y los nuevos nichos de mercado, el neoliberalismo no puede poner trabas ni barreras a cualquier parcela de la actividad humana. Y en este sentido, las ópticas neoliberales intentan abrir a la pura mercantilización (es decir, a convertir en un objeto más del mercado, sujeto a consumo, a oferta y demanda) todas las actividades, parcelas, aspectos y facetas de la vida humana. Comenzando por el propio trabajo (que se convierte en un simple "empleo"), incluso los derechos humanos más básicos y fundamentales se van convirtiendo en mercancía (la vivienda, la alimentación, los suministros básicos, los servicios públicos del Estado Social o del Bienestar, etc.). Y así, en su fundamentalismo de mercado, el neoliberalismo apuesta por una reducción del tamaño del sector público (Estado y sus Administraciones, y empresas públicas), para así reconvertirlas al mercado de la iniciativa privada. La mercantilización es un valor muy peligroso, pues cuando nos introducimos en su dimensión, renunciamos a la rentabilidad social que pudiera tener dicho producto o servicio, y sólo atendemos a su rentabilidad económica, destinada a enriquecer a los agentes o actores económicos que intervienen en su mercantilización.

9.- La alergia a los mecanismos de reparto. El neoliberalismo desprecia absolutamente todo lo que implique reparto. Y ello porque el reparto implicaría cierto grado de solidaridad, lo cual es contrario al neoliberalismo. Bajo sus dogmas y principios, que estamos relatando, todo lo que implique algún tipo de reparto o de redistribución (y sobre todo si es controlada por la intervención pública) es absolutamente descartado. Y así, por ejemplo, el reparto de cuotas de mercado, el reparto (o redistribución) de la riqueza, el reparto del trabajo, etc., son siempre mal vistos por el neoliberalismo, que ataca ferozmente cualquier iniciativa que tienda a implementarlos, aunque sea tímidamente.

10.- La privatización de los servicios públicos. Es en realidad continuación y consecuencia directa de los valores que hemos relatado más arriba. Porque está en la base conceptual del neoliberalismo la creencia de que la iniciativa privada siempre gestiona mejor que la pública, y además ésta resulta insostenible. Su famoso mantra de que el "todo gratis" (que ya de por sí resulta una falacia, pues los servicios públicos se financian a través de los impuestos de todos) es insostenible, les lleva a justificar que la iniciativa privada se introduzca y se vaya apropiando de la gestión de los servicios públicos y universales (que dejarán de serlo), incluso los que atienden a los derechos humanos más fundamentales.

11.- El emprendimiento. El paradigma del emprendimiento personal propugna básicamente que todos debemos hacernos empresarios, hombres y mujeres de empresa, o bien autónomos, tanto de nosotros mismos, como también de los demás. Es la quintaesencia que en realidad obedece a los valores de la competitividad y del individualismo, mencionados anteriormente. Y así todo forma parte de una cadena evolutiva conceptual: soy individualista (no creo en la sociedad), soy competitivo (tengo que competir con el resto de los individuos para poder triunfar a toda costa), soy empresario (aunque sea de mí mismo). Podríamos decir que es la forma natural de expresarse socialmente en el neoliberalismo, es decir, poseer tu propia empresa. Para el pensamiento neoliberal, los empresarios son los grandes creadores del empleo y de la riqueza de una sociedad (lo cual es absolutamente falso), y a ellos/as debemos agradecerles el crecimiento económico, la iniciativa y el riesgo personales, la creación de empleo y el aumento de la riqueza de un país. En este sentido, el "emprendedor" es venerado siempre como modelo a seguir.

12.- La normalización de la corrupción. De cara a la galería, el pensamiento neoliberal y sus adalides fomentan un discurso contrario a la corrupción, la atacan y dicen velar por minimizarla, e incluso erradicarla, pero en el fondo, el neoliberalismo normaliza, suaviza y disculpa la corrupción como no puede ser de otra manera, pues prácticamente el conjunto de sus valores tienden a introducir o permitir cierto grado de corrupción. Y ello porque la corrupción sí que es parte inherente del sistema (y no las desigualdades, tal como ellos creen), la corrupción (o al menos cierto grado de ella) es la materia prima del pensamiento capitalista y neoliberal, pues desde el punto de vista en que se legitima la competitividad, el emprendimiento, la competencia, el individualismo y el desprecio al bien común, la mercantilización de todas las actividades, y el culto fanático al consumismo, todo ello no puede sostenerse sin que la corrupción sea siquiera mínimamente tolerada y auspiciada. Porque...¿acaso no es corrupción un desahucio? ¿No es corrupción soportar una tasa de paro del 20%? ¿No es corrupción la privatización de un sector público rentable socialmente? ¿No son corrupción los recortes en sanidad o educación, ejecutados además por personajes que poseen enormes cuentas en paraísos fiscales? ¿No son corrupción las "puertas giratorias"? ¿No es corrupción rescatar a los bancos, mientras hay gente buscando comida en la basura? El neoliberalismo necesita corruptos y corruptores, así como un sistema que los encubra y los proteja. Hablamos entonces de una cierta corrupción institucionalizada.

13.- El desprecio a los animales y a la naturaleza. El pensamiento neoliberal no es sólo egocéntrico, individualista y perverso, sino que también ejerce un desprecio absoluto al resto de animales, y al planeta y la naturaleza donde todos habitamos, y de la que todos formamos parte. Desde este punto de vista, tanto los recursos naturales como el resto de animales son sometidos bajo el neoliberalismo a todo tipo de experimentos y de explotación, y jamás son reconocidos como sujetos de derechos. El neoliberalismo (como fase evolutiva del capitalismo) legitima la explotación salvaje de todos los recursos naturales, el saqueo y destrucción de la propia naturaleza como objeto de despojo, la mercantilización de personas y recursos en su endiablado ciclo de expansión del capital, y el uso y abuso de los animales únicamente en su vertiente de servidores del hombre y para el hombre. El expolio de los recursos naturales (que a veces sirve incluso de excusa para las guerras y conflictos armados), la explotación de las especies animales, y el propio cambio climático son acciones y consecuencias directas de las indecentes políticas llevadas a cabo bajo el neoliberalismo.

14.- El culto al heteropatriarcado. El conjunto de las desigualdades llevadas al terreno de las relaciones humanas no comprenden sólo a las desigualdades económicas, entre ricos y pobres, entre incluidos y excluidos, sino que también se introducen en otros campos, como son aquéllos que tienen que ver con el sexo (desigualdades de género), con las razas o etnias (racismo, discriminación, xenofobia, etc.), y con la diversidad sexual (discriminación hacia el mundo LGTBI). En este sentido, el culto al patriarcado (en concreto al heteropatriarcado, es decir, al patriarcado bajo los valores de la heterosexualidad) es legitimado desde el neoliberalismo, aunque aquí es donde quizá las posturas estén más relajadas y permisivas, y hayan evolucionado en mayor grado hacia la integración de todos los colectivos. De todos modos, en nuestras sociedades neoliberales, y en conjunción con todo lo anterior, los valores patriarcales se continúan transmitiendo y cultivando, que son aquéllos que básicamente relegan a la mujer a un segundo plano, y la discriminan con respecto al hombre en cuestiones económicas (división sexual del trabajo, feminización de la pobreza, brecha salarial, etc.), y sociales (micromachismo, cosificación de la mujer, violencia de género, etc.).

15.- La negación de ciertos derechos y la exaltación de otros. El neoliberalismo, a medida que nos introduce más en su terreno, y para legitimar sus posturas, ha de manipular en su favor el catálogo de los Derechos Humanos, despreciando o ignorando muchos derechos reconocidos desde hace siglos (o décadas), y dándole valor a otros muchos de forma interesada. El paradigma del derecho que el neoliberalismo defiende a capa y espada es el de la propiedad privada, que según su pensamiento, es un derecho básico, fundamental e inalienable, hasta tal punto que no sólo colocan por delante de otros muchos derechos, sino que además instauran variantes del mismo para poderlos defender. Por ejemplo, mientras no se defiende el derecho humano a una vivienda, se defiende el derecho a la propiedad (privada) que un banco puede ejercer sobre una vivienda. Para ellos es superior el derecho de propiedad que un banco pueda poseer sobre una vivienda que el derecho de una persona o familia a poderla habitar si lo necesita. Y de esta forma, camuflan muchos derechos que no existen bajo su dogma "liberalizador" (como el derecho a la "libertad de enseñanza"), mientras denigran o no reconocen ciertos derechos individuales o colectivos (como el derecho a la paz, el derecho al aborto, el derecho a un puesto de trabajo, etc.). Otra variante se produce con los derechos emergentes, pues mientras atacan a los colectivos LGTBI, dicen defender "el derecho a la vida" (y por ello están en contra del aborto, en realidad bajo una concepción fundamentalista religiosa), o dicen defender el "derecho a ser padres" (y por eso muchos defienden, por ejemplo, la gestación subrogada).

En fin, los 15 principios o valores del neoliberalismo que hemos presentado aquí no agotan el catálogo, como ya advertimos al principio, sólo intentan componer un puzzle para que los lectores y lectoras tengan una visión de conjunto, cuanto más compacta, coherente y homogénea mejor, sobre las peligrosas bases del pensamiento neoliberal. Cuidado con el neoliberalismo, pues como estamos viendo, si no somos capaces de revertir y minimizar el efecto de estos perversos valores, estaremos caminando hacia sociedades cada vez más injustas, crueles, despóticas, insensibles y deshumanizadas. El neoliberalismo y los agentes sociales, políticos, económicos y mediáticos que lo defienden y lo desarrollan representan un gran peligro para la Humanidad. Sólo desde una decidida lucha por rescatar los valores que defienden a la sociedad, al componente social del ser humano, a la naturaleza, a los derechos humanos y del resto de animales y especies, recuperando la armonía, la igualdad, la inclusión, el pensamiento crítico, la dignidad, la cooperación, la solidaridad, el buen vivir, los bienes y servicios públicos, la democracia y el respeto a la soberanía popular, será posible ir poco a poco revirtiendo los peligrosos valores de este neoliberalismo que nos destruye.


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