21 de junio de 2018

Trabajadores de la agroexportación con derechos negados

Pedro Francke

Hoy hay más de 270 mil trabajadores bajo el régimen laboral agrario, el 90 por ciento de ellos registrados por grandes empresas de más de 100 trabajadores. Sin embargo, la situación de los trabajadores no es nada buena. Ganan en promedio 1,400 soles, pero sin derecho a gratificaciones, sin CTS ni mitad de vacaciones, lo que para ese salario implica por cada trabajador una pérdida de 4,900 soles anuales en favor de las empresas.

Como ven, no es poca cosa, y ese es el extra que se llevan los empresarios cada año por trabajador. Una empresa como la de José Chlimper, Agrokasa, aunque hoy contrata a 1,700 trabajadores MENOS que hace una década, como tienen 4,700 obreros deja de pagarles de esta manera a sus trabajadores unos 23 millones de soles anuales que se guarda en su bolsillo. No es que no tenga para pagarles, ojo, porque tiene activos por 240 millones de dólares y utilidades anuales de 35 millones de soles. Ayer, una comisión del Congreso dominada por el fujimorismo aprobó que Chlimper siga teniendo este beneficio por 10 años más, hasta el 2031: todo indica que editar videos tramposamente, paga bien.

Los trabajadores de la agroexportación tienen además riesgos adicionales sobre su salud. Un estudio de la OIT – Organización Internacional del Trabajo (donde participan gobiernos, empleadores y trabajadores de todo el mundo) sobre los riesgos de salud de estos trabajadores encontró que “A partir de estudios de casos, se sabe que la agricultura presenta riesgos de enfermedades ocupacionales debido a las condiciones del trabajo realizado, entre otras: las largas jornadas bajo el sol, la posición en la que realizan sus labores y el contacto constante con agroquímicos”.

A pesar de que generan estos problemas de salud, las grandes empresas agroexportadoras como parte de sus privilegios solo pagan a EsSalud 4 por ciento del salario en vez del 9 por ciento que aportan todos los demás sectores, lo que hace que aporten 163 millones anuales frente a una atención a sus trabajadores que cuesta 466 millones. Eso significa que el diferencial entre aportes y gastos de 300 millones lo terminamos pagando todos los asegurados mediante desabastecimiento de medicinas, exámenes no disponibles y largas colas de espera por falta de recursos humanos e infraestructura.

Sumen a eso los millonarios beneficios tributarios que reciben, por la reducción del Impuesto a la Renta a la mitad, la depreciación acelerada que permite disminuir las ganancias declaradas y por tanto disminuir aún más el Impuesto a la Renta, la devolución acelerada del IGV y un descuento adicional de una quinta parte de sus impuestos si invierten en zonas eriazas.

Uno pensaría que con todas estas condiciones, el crecimiento de la agroexportación hubiera significado para sus trabajadores una mejora en sus salarios relativos. Pero no. A pesar del recorte de sus derechos, mientras en los últimos 14 años los salarios en las ciudades aumentaron 2,8 por ciento anual, en el campo solo lo hicieron en 2,3 por ciento.

Promover al agro no es igual a regalar enormes sumas a un pequeño grupo de ultra-ricos. Tenemos un enorme potencial biodiverso de nuestra sierra y selva, donde se concentra la población campesina y la pobreza más dura porque permanecen muy poco desarrolladas ante la falta de apoyo. Hay productos con muchas posibilidades económicas: quinua, maca, sacha inchi, lúcuma, aguaymanto, aji amarillo, chirimoya, guanábana, tumbo, yacón, café y cacao orgánico y/o con denominación de origen, a lo que podemos añadir el turismo en sus diversas vertientes. Hay que promover la diversificación y el avance tecnológico en este campo, con riego tecnificado y crédito, favoreciendo la investigación en universidades regionales, fortaleciendo los CITES y dando apoyo de crédito o capital de riesgo a negocios innovadores en las regiones donde hay más exclusión.

20 de junio de 2018

Para no ser víctimas otra vez

Claudia Cisneros 

Trescientas ochenta y cuatro peruanas no vieron hoy debutar a Perú en el Mundial tras 36 años de derrotas. Nos faltaron en la hinchada 384 mujeres que desde el 2015, año en que se inició la clasificación para este sueño, fueron derrotadas por sus parejas, asesinadas para decirlo sin rodeos. Perú país de feminicidas, de machistas.

Coincidentemente, Dinamarca, nuestro primer rival, es el país de Europa en el que más mujeres se sienten violentadas por sus parejas. Los académicos le han llamado “la paradoja nórdica” porque pese a que en esas naciones la equidad de género es un valor fundamental tienen las tasas más altas de Europa en violencia contra la mujer a manos de sus parejas. La prevalencia en Dinamarca es de 32% mientras en la Unión Europea es de 22%.

Una de las explicaciones es el contragolpe producto del reacomodo de las placas tectónicas estructurales de viejos a nuevos roles hombre-mujer. O, dicho de otro modo, producto de la agudización de las contradicciones. Otra es que las mujeres danesas están más dispuestas a denunciar. A no ser víctimas otra vez. Y tras la derrota del 1-0… de eso tenemos que hablar, Perú. Hablemos de dejar de ser víctimas por propio designio.

A minutos de empezar lo que todxs esperábamos fuera el inicio de una épica que rompa la maldición del peruano perdedor, la paradoja se estaciona frente a mi televisor: euforia, esperanza y hermandad en el fútbol; fractura de géneros en lo social, corrupción y podredumbre en lo político. Un país presto a vibrar junto por el más serio juego, y, al mismo tiempo, desgarrado porque se nos descompone irremediablemente ante los ojos. Y quizás la respuesta está en el “irremediablemente”.

Con este partido se inicia el fin de un conjuro maligno de casi cuatro décadas de pesimismo, de derrotismo, de desprecio y autodesprecio. Se interrumpe otra vez la esperanza y la celebración. El video desde Rusia de un imbécil machito peruano se ha vuelto viral por hacerle decir a una rusa que sí quiere cachar con él, cuando es evidente que la chica solo le seguía inocentemente la buena onda futbolera. Los que aún no entienden nada han salido a culpar a la rusa. Es deprimente y apuesto que son más los machitos que lo celebran en privado como “broma pe¨.

He escuchado a mis vecinxs acompañar al seleccionado cantando el Himno Nacional. ¿Qué? Se escuchan voces de mujeres, hombres y niños. A capela, con fuerza, con intención. ¿En qué otro momento de tu vida, peruanx, cantas el himno con tal amor? De pronto nuestro himno que siempre pareció oprimido, pesimista y lúgubre suena a sinfonía del Olimpo. No hay ningún otro ruido en la ciudad. Todos se han tragado su caos, le han puesto pausa. Durante los próximos 90 minutos nuestras calles y pistas parecerán del primer mundo. Es probable que los pájaros se confundan.

El partido ha sido difícil. El tono de esta crónica ha tenido que cambiar. Así somos, peruanos, aceptémoslo: nos volvemos eufóricos y lo queremos todo. Y si no se da, volvemos a confinarnos en el derrotismo.

No soy una gran futbolera, pero apoyo a la selección. Sin embargo, jamás pensé decir esto, jamás: lo que ha hecho este grupo humano, siendo un juego no es juego. Representa la mejor oportunidad de esperanza que hemos tenido en casi 40 años; el país en estos momentos infiltrado por la narcopolítica —secuestradas casi todas sus instituciones por la corrupción—, extendida a todo el espectro ideológico, ni demócratas, ni la izquierda, ni los defensores de buenas causas fueron inmune a los dineros inmundos, a la malsana corrupción que nos hunde sin pausa. Y el desánimo, y el derrotismo otra vez. Pero estos peruanos sencillos, sin aspavientos, argollas ni apellidos de élite, nos han demostrado que es posible librarnos del confinamiento en la derrota. Que sí podemos ser buenos, ser grandes, ser héroes, ser lo mejor, que sí podemos ganar. Con decencia, con disciplina, trabajo honesto y “entrega innegociable”, dejando atrás la pendejada, la argolla, la criollada, la corrupción que nos impedía alzarnos y volar. Ganemos o perdamos hoy, mañana o salgamos pronto del Mundial, ya-hemos-ganado.

No hemos podido ganar a uno de los equipos más sólidos del mundo, pero vaya que lo hemos hecho sufrir. Hasta la milésima final no dejó de haber entrega ni hambre de gol. Aunque eso a algunos les sepa a conformismo o a vil consuelo. Pero así somos, pues (algunos) peruanos, nos entregamos complacientemente a la derrota. Y yo entiendo, para quienes han vivido 40 años así, perder otra vez es un espiral que los devuelve al confinamiento, a la profecía auto-cumplida y circular de estar predestinado a ser siempre perdedor. Pero este equipo nos sigue demostrando que el problema realmente no está en perder. Perder es siempre una posibilidad.  Pierden los mejores también. El problema es que no estás viendo, peruano, lo que se ha logrado y por qué se ha logrado.

Sí, Cuevita falló, se achicó, ¿y no soportamos el yerro de quien lo entrega todo? Todos somos Cuevita cualquier día importante de nuestras vidas, pero ¿cuántos trabajamos como él, con honestidad, sudor y entrega por nosotros pero por los demás? Unos días Cueva, otros Gallese. Dios, puño en alto, Gallese, minuto 19, saliendo mucho de su arco pero con los ojos como proyectiles absolutamente concentrados en la trayectoria de ese centro danés. Confianza absoluta en el riesgo de dejar su arco custodiado por otros peruanos, se ha erigido de entre un amasijo de hombros y hombres de colores que ya no se distinguen y con la punta del puño en alto, estirado en todos su 187 centímetros que ha convertido en 250 mil, ha sido más alto que cualquier danés y ha expulsado al peligro como quien expulsa al mismo demonio de su cuerpo, de su casa, de su cancha. Necesitamos 100 mil como él. Un millón. Mejor diez.

Minuto 39. Advíncula con delicadeza evita que el rival termine de entrar en el área peruana, se gana una amarilla, pero el riesgo del tiro libre es menor que ese danés en trayectoria de gol. Se alinea la barrera, dispara el danés, Gallese responde, rebota inevitablemente, velocidad por potencia menos resistencia del viento, distancia, impacto, física, karma, acción-reacción, Gallese va cayendo pero sus ojos no han dejado de ver la pelota alejarse de él y mientras sus piernas responden a la física y a las nuevas órdenes de su cerebro, sus ojos ya tienen la pelota de vuelta, gateando, saltando, achicando distancia su cuerpo, su arma, su escudo, se ha abalanzado sobre el balón y lo ha escondido en su corazón. Cuánto amor de la gente, cuánto reconocimiento. Necesitamos Advínculas. Qué preciso cada vez, qué sobrio, discreto y consistente defendiendo el área. Tremendo guardameta también. Todos han cumplido.

Soy peruana y este seleccionado sí me representa. Un capitán impecable, un director fuera de lo ordinario, un equipo que es familia, que es máquina, que ya es gloria aunque mañana quede eliminado del Mundial. Porque después de 36 años cambió la raíz, cambió lo que parecía imposible de cambiar. A punta de entrega, de trabajo duro, de amor, de disciplina, de sacrificios y más entrega. Por qué no creer que ese cambio también es posible en las otras esferas nacionales. ¿¡Por qué tú, peruano, peruana, que hoy cantaste el himno con amor, por qué no la peleas así por el Perú?! Tú, juez o fiscal, policía o dirigente, político o empresario, periodista mercenario, ciudadano común ¿qué te pasa que no trasladas ese amor propio a lo que haces, a lo que te dedicas? Esa entrega, no al dinero corrupto o al miedo con el que contribuyes a que seamos todos peor como nación. Soy peruana y tú, juez corrupto, narcopolítico, policía trafero, no me representas. No nos representan. Merecemos mejores funcionarios, mejores líderes. Merecemos políticos que nos representen. Que representen el bien común, esta bandera. No bandidos traidores a sus colores.

Epílogo y comienzo

Ramos ha levantado del piso a dos compañeros que se han sumido en la derrota. Han sucumbido a la gravedad. Algunos días somos Galleses, Advínculas o Cuevas, pero siempre hay Ramos que nos levantan. Esperanza. Acabo de ver un video desde Rusia. Cuatro peruanos con la camiseta bicolor y un mensaje: “Cuatro niñas dan a luz cada día, 10 feminicidios cada mes #AsíNoJuegaPerú”. Espero que se haga viral.

Gareca ha dicho que está amargado por el resultado pero que el equipo hizo méritos para ganar. Esfuerza una sonrisa de fe y sentencia: “Hay que prepararnos para Francia”. Lección: hay que seguir trabajando.

La calle retoma el ruido de la ciudad. Poco a poco volveremos al caos que nos gobierna. ¿Cuántas mujeres se perderán el final del Mundial? ¿Cuántos feminicidas, machistas violentos seguirán enfermando a la sociedad? El narcotráfico infiltrado en la política a través de Fuerza Popular nos augura un infierno a la mexicana. ¿Hasta cuándo el pesimismo, la complacencia en el desgarro, el confinamiento en la derrota? Ya basta, peruano. Dejemos de ser víctimas otra vez por consigna. Necesitamos jugárnosla por el país como se la juegan ellos, los 23, con fe, corazón, y, como dice su artífice, “con entrega innegociable”.

Todos a la cancha. El Perú no se regala. 

19 de junio de 2018

Transiciones

Verónika Mendoza

El 23 de marzo, Martín Vizcarra asumió la presidencia de la República en un ambiente de tranquilidad, e incluso, cierto alivio. Y a pesar del hastío por tanta corrupción desparramada, el pueblo peruano le daba una oportunidad al nuevo presidente con una amplia aprobación en las encuestas iniciales. Pero han pasado apenas dos meses y medio y una fuerte caída en las mismas ha sellado el fin de la “luna de miel”, mucho más pronta y abruptamente que con cualquiera de los últimos expresidentes en el mismo periodo. Era de esperarse, Vizcarra no solo carga el lastre del gobierno del cual fue parte sino también el de una crisis política sistémica y prolongada porque el caso “PPK” fue apenas un síntoma de una corrupción generalizada que está carcomiendo nuestras instituciones por dentro.

Por ello, cuando Vizcarra asumió el cargo, desde el Nuevo Perú afirmamos que, para superar esta crisis, tenía la tarea histórica de iniciar una transición hacia una democracia de y para la gente con reformas profundas y urgentes: enfrentar decididamente la corrupción cambiando los mecanismos que la facilitan e institucionalizan, reactivar la economía de la gente y promover una reforma electoral integral para poner fin a la penetración del dinero ilícito en la política.

Pero en lugar de marcar un quiebre, optó por el continuismo pretendiendo una “gobernabilidad” en las alturas dándole concesiones a un fujimorismo cada vez más desvergonzado y autoritario. ¿Pero qué tipo de pacto se puede tener con quienes usan el Congreso para despilfarrar el dinero público, blindar a sus congresistas vinculados con la corrupción y el narcotráfico, reescribir la historia para lavarse la cara y buscar impunidad, pagar favores a sus financistas con leyes a medida y bloquear avances en igualdad de derechos?

Con un gobierno débil y continuista y una mayoría parlamentaria más preocupada por copar el poder a cualquier costo, nuestras instituciones se debilitan y pierden legitimidad ante la ciudadanía. Lo han expresado los miles de peruanos y peruanas en las calles las últimas semanas. Es necesario dar un “giro de timón” o se seguirá diezmando la poca confianza que le queda a la gente en las instituciones y la democracia e irá quedando un terreno fértil para salidas extremistas y autoritarias tanto por derecha como por izquierda.

Por eso necesitamos encauzar esta crisis iniciando una transición que nos permita recuperar la democracia de manos de las mafias y lobbies para ponerla al servicio de la gente. Eso implica, entre otras cosas, una reforma electoral integral, para ponerle fin a este círculo vicioso en el que negocios legales o ilegales financian partidos y campañas para luego cobrársela con leyes a medida, obras a dedo o impunidades. Es tiempo de abrir y democratizar la política con nuevas voces y sectores hoy excluidos. Nunca más un Congreso como este lleno de corruptos, lobistas y narcos. Ya sea que ocurran en un año (porque este Congreso no da más) o en tres, necesitamos nuevas elecciones de verdad, para renovar la política.

Hoy vemos cómo se reeditan prácticas y personajes montesinistas –compra de votos, extorsión con videos, ataques a los medios de comunicación, jefes de seguridad y asesores. Esto debería interpelarnos y convocarnos a completar aquella transición que emprendimos al liberarnos de la dictadura de los 90s y que, como constatamos ahora, quedó inconclusa.