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16 de diciembre de 2025

Perú: Democracia para las mujeres

Paula Távara

Porque lo que es bueno para la democracia es bueno para las mujeres.

Este 25 de noviembre conmemoramos el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres. La fecha no fue elegida al azar, sino para recordar a las hermanas Mirabal, mujeres líderes de la lucha por la democracia en República Dominicana, que fueron brutalmente asesinadas por la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo.

Esta fecha nos da así la oportunidad de recordar el valioso aporte de las mujeres a la construcción de la democracia, y lo relevante que es la preservación de este régimen para nosotras.

Y es que, según todos los estudios, los países con regímenes más autoritarios son también los más restrictivos para las libertades y derechos de las mujeres.

Solo hace falta ver cómo en Afganistán el retorno del talibán ha vuelto a expulsar a las mujeres y niñas de la educación formal; cómo Rusia y Turquía están reduciendo las protecciones contra la violencia de género; cómo dictaduras como la española o la chilena mantuvieron la prohibición del divorcio hasta bien entrado el siglo XX; y cómo hoy en día el régimen de Bukele —que tanto emociona a los políticos peruanos de diversas tiendas— prohíbe expresiones como identidad de género, inclusión o educación sexual en los libros escolares.

Obviamente las mujeres también sufren discriminación y otras violaciones de derechos en democracia. Pero cuando hay poderes autónomos, tribunales independientes, libertades civiles y representación diversa en los puestos de gobierno, las mujeres tenemos más herramientas para protegernos contra los retrocesos y la violencia.

Por eso es posible vincular muy directamente los retrocesos en cuanto a democracia en nuestro país con los retrocesos en cuanto a derechos de las mujeres.

Rodrigo Gil Piedra, en su libro Entre Dios y el Estado (IEP, 2024), señala con bastante claridad cómo la “politización proactiva” del movimiento conservador toma fuerza a partir de las elecciones de 2016, las mismas en que empieza la crisis política que nos ha llevado a tener siete presidentes en nueve años, con un cierre del Congreso y tres vacancias presidenciales de por medio.

Esta politización terminará de cobrar fuerza, nos dice Gil, hacia las elecciones de 2021, llevando a un “encumbramiento de una agenda moral provida y profamilia evidenciada en un implacable posicionamiento contra el reconocimiento de derechos sexuales y reproductivos de las mujeres”.

Así, en nuestro país, estos años de involución democrática han sido también años de involución en cuanto a nuestros derechos, especialmente a partir de las acciones de un movimiento conservador ya asentado en el poder y, en más de una ocasión, transversal a todo el espectro político.

Disfrazando sus iniciativas bajo conceptos que se presentan como inofensivos y sobre los que nadie podría oponerse en principio, como la protección de la familia o la niñez, los aliados de este régimen no democrático en el que nos encontramos siguen buscando limitar la autonomía de las mujeres.

Ejemplo de esto es cómo se ha eliminado la educación sexual integral de todo contenido escolar, siendo que esta tenía especial relevancia para la prevención de violencia sexual y embarazos adolescentes.

Además, justificándose en una supuesta protección de “el niño por nacer”, se ha buscado perseguir y criminalizar al personal de salud que cumple con la aplicación del protocolo terapéutico en niñas (es decir, menores de 14 años) embarazadas víctimas de violencia sexual.

Se ha abolido también, y se sigue avanzando en ello, toda mención al “género”, negándole el reconocimiento a las mujeres en su diversidad y pretendiendo perpetuar la idea de que las mujeres lo somos solo en tanto nacidas con vagina.

Ni qué decir del abandono que los diferentes gobiernos han dado a las niñas y adolescentes de zonas como Condorcanqui, víctimas de la violencia sexual generalizada por parte de docentes (la que incluso pretendieron llamar “práctica cultural”). O de las menores que se encuentran en Centros de Asistencia Residencial del MIMP, violentadas por personal que debía cuidarlas. Todos estos hombres, heterosexuales cisgénero, pagados por el propio Estado.

Detrás de las censuras a textos educativos, de la persecución al personal de salud o de propuestas que pretenden penalizar a las mujeres que denuncian violencia, lo que hay no es una protección a la justicia o la infancia, sino un férreo intento de control de nuestros cuerpos. Y esto no es sino violencia ejercida desde el poder.

En plena crisis de inseguridad ciudadana, además, es relevante recordar que esta afecta de forma particular a las mujeres, víctimas de trata de personas, viudas de choferes asesinados, extorsionadas en los pequeños negocios con los que miles sostienen a sus familias como jefas de hogar.

A estas alturas ya está más que claro que tener mujeres en cargos de gobierno no asegura la defensa de nuestros derechos. Sin embargo, también hemos visto en este último quinquenio múltiples esfuerzos por eliminar la paridad en la postulación a cargos públicos, y las listas electorales que hemos conocido hasta ahora no cuentan casi con ninguna mujer a la cabeza.

Pero también se ha visto en otros momentos y otras materias cómo nuestra presencia en la política habilita un “horizonte de posibilidades”, y da voz a las mujeres para pelear por los temas que más afectan nuestras vidas, como el amplio consenso de mujeres parlamentarias para eliminar el matrimonio infantil en nuestro país.

Por eso estamos llamadas a interesarnos por lo que pase con la democracia en nuestro país, porque una democracia debilitada, como bien hemos visto, nos afecta más a nosotras, a nuestra libertad, a nuestros cuerpos y a nuestros derechos conquistados.

Porque lo que es bueno para la democracia es bueno para las mujeres.

Fuente: https://larepublica.pe/opinion/2025/11/23/democracia-para-las-mujeres-por-paula-tavara-hnews-2051554

3 de diciembre de 2025

Perú: Niñas y mujeres awajún, 524 veces violencia sexual

Irma Del Águila

Las mujeres awajún están organizadas y exigen derechos al Estado peruano.

En la provincia de Condocanchi, las mujeres awajún exigen que los fiscales, jueces, psicólogos, médicos legislas sean todas mujeres, "subrayado que sea mujer", reitera Rosemery Pioc del Consejo de Mujeres Awajún Wampis (Comuawuy). Las razones que esgrimen las dirigentas son concluyentes:

Entre 2010 y 2025, la UGEL Condorcanqui ha registrado 524 denuncias por agresiones y violencia sexual contra niñas y adolescentes. El drama añadido a las niñas y mujeres awajún es que cuando se producen abusos y agresiones sexuales en las escuelas y también en el propio hogar. "No han parado los casos de violencia, se han incrementado más bien. A parte de escuelas, está la comunidad, los tíos, abuelos, el entorno familiar", destaca Rosemary Pioc.

En definitiva, ser mujer y ser indígena son factores de altísima vulnerabilidad en la región Amazonas. La violencia sexual es las escuelas merece un aparte. En el vínculo entre maestros y alumnas se crea una relación de poder asimétrica, por el cargo que ocupa el docente pero también por su condición de varón al que se añade, a veces, el origen étnico mestizo (aunque no siempre es el caso, también existen docentes indígenas). En palabras de la antropóloga Marisol de la Cadena, "Las mujeres son más indias", es decir, que las niñas y adolescentes awajún ocupan el último peldaño de un ordenamiento social regional (y nacional) fuertemente signado por las jerarquías.

Así, señala de la Cadena "el género se convierte en eje fundamental junto con la estratificación económica, para la construcción de jerarquías étnicas dentro de la comunidad e incluso en el marco de unidades domésticas" (1992). La violación y agresión sexual contra mujeres indígenas en las escuelas y en el seno familiar nos confronta ante un problema social de una complejidad que rebasa lo estrictamente legal y normativo. Aquí lo íntimo, el hogar, es también público, que es decir político.

Aferrarse al viejo análisis que distingue entre la "dimensión social" de la realidad que atañe a las cuestiones de la estructura (p.ej. nuestro mercado oligopólico, nuestra estructura productiva primario exportadora, etc.) de la "dimensión individual" que tiene que ver con consideraciones ideológicas (superestructuras), concretamente identitarias (género, etnicidad, etc.) y donde ambas dimensiones operan por cuerdas separadas, es caer en el fetichismo formalista. En los hechos, y abusando de la metáfora, las relaciones de poder en la política, la economía productiva y la sociedad peruana arman un tejido complejo donde los hilos de la trama (superestructura) atraviesan los hilos de la urdimbre (estructura). Un Estado no hace política pública eficiente con hilachas sueltas y remiendos. Si divide la realidad social en categorías (estructura, superestructura) es para efectos del análisis formal pero ese análisis no reemplaza al "hecho social" que se tiene que abordar como un tejido, de forma unitaria y compleja.

De ahí que las intervenciones estratégicas en políticas públicas en países democráticos y modernos sean transeccionales. Las propias mujeres awajún en Condorcanqui demandan intervenciones en diferentes ámbitos sociales, legales e íntimos incluso. Refugios para las niñas, en primer lugar, "nosotras como organización pedimos que alguna entidad o una ONG construya un albergue, es urgente. Recibimos denuncias, pero no tenemos dónde atender a las víctimas. Los refugios son salvaguardarlas", señala la presidenta del Consejo de Mujeres Awajún Wampis. Inútil es reiterar que la eficiencia del trabajo de una red de salud en Condorcanqui requiere del enfoque de género. Rosemery Pioc pide el apoyo psicológico a las víctimas con psicólogas que vivan permanentemente en las comunidades. Y, sobre todo, médicas legistas mujeres porque, "desde la cultura originaria nunca una mujer que tiene una pareja va a desnudarse delante de un varón".

"Desafío Condorcanqui", un espacio de apoyo a las organizaciones de mujeres awajún en Condorcanqui ha brindado talleres de capacitación a mujeres dirigentes awajún y apoyo psicológico temporal. Se han instalado fiscalías que atienden los casos abiertos por violación sexual, lesiones y feminicidios. Pero el reto ahora mismo necesita de un compromiso mayor del Estado peruano. Necesita de una mirada integral, que abarque a todos los sectores. Cuando una niña o una adolescente contrae VIH en Condorcanqui (y las cifras son tres veces superiores el promedio nacional), compromete al sector salud pero no solo, interpela también a la escuela, a la familia, a la seguridad del orden interno, a la comunidad indígena, a la parroquia y a otros espacios que tal vez no la protegieron de la mejor manera y que no formaron a las niñas y niños en educación sexual integral. "Son violentadas a los diez, doce, catorce [años], es de todos los días", concluye Pioc.

En definitiva, las mujeres awajún están organizadas y exigen derechos al Estado peruano.  Y llevan debida cuenta: van 524 veces violencia sexual.

Fuente: https://larepublica.pe/opinion/2025/11/23/ninas-y-mujeres-awajun-524-veces-violencia-sexual-por-irma-del-aguila-hnews-259325

30 de noviembre de 2025

El mito de la libre elección

Ana de Miguel Álvarez

¿Somos libres de elegir lo que queramos?

La filosofa y feminista Ana de Miguel nos comparte su análisis sobre la supuesta libertad de elegir en una estructura patriarcal que nos socializa

El mito de la libre elección remite a una de las preguntas clave de la teoría feminista actual. La pregunta sobre cómo se reproduce y legitima la desigualdad en las sociedades formalmente igualitarias. En sociedades que han dejado atrás los patriarcados de coacción y viven en patriarcados que necesitan legitimarse en el consentimiento1 y la libre elección de cada persona.  

Entonces, ¿cómo se reproduce la desigualdad? ¿Cómo se está reproduciendo el rosa y el azul, con su conjunto de normas, valores y sentidos de la vida diferenciados?  

Una respuesta extendida niega tal desigualdad: chicas y chicos ya viven en igualdad. Y si hay diferencias en sus comportamientos son eso, diferencias, no desigualdades. La libre elección individual se convierte en el factor explicativo de las conductas sesgadas por el sexo-género. Si las niñas juegan con maquillaje y llevan el pelo largo: pues nada, es su libre elección, ¿desde los 2 años?, sí, ¿dónde está el problema? No hay tal problema porque la niña que libremente lo elige se corta el pelo, juega al fútbol. Al igual que el niño que quiere llevar su falda y su Barbie a segundo de infantil encuentra la indiferencia teñida de respeto a su decisión.

En el fondo, bajo este discurso de la libre elección individual subyace un neodeterminismo bastante popular y de sentido común. ¿He hecho yo alguna diferencia en la educación de mis hijos? Se preguntan madres y padres. No, yo apoyo la igualdad, por tanto, todas las diferencias que observo se tienen que deber a una cierta tendencia natural. Ellas son de Venus y ellos son de Marte.

El razonamiento anterior parece impecable. Impecable desde una visión tan cándida como errónea sobre cómo se han conducido realmente los progenitores y sobre cómo funciona la sociedad. Es un razonamiento que ignora la existencia de estructuras ideológicas y materiales que condicionan nuestra subjetividad desde el nacimiento. Un razonamiento cuyo paralelo sería negar la influencia de las estructuras económicas en las libres elecciones individuales de las personas. Que un adolescente elige libremente pasar el año escolar en Canadá, aprendiendo inglés y otro no salir de su barrio, ni en verano, cómo es la diversidad humana. Celebremos la diversidad que lleva a unos a lucir sus vacaciones en la costa y a otros a dar un like desde su undécimo contrato basura. Si en estos últimos casos nuestro sentido común nos hace ver que estas no son libres elecciones –aunque es lo que intenta el neoliberalismo actual- sino producto de una desigualdad económica injusta, ¿cómo es posible que en lo que hace a las “libres elecciones” basadas en la desigualdad patriarcal persista una ceguera voluntarista que se expresa como: “que lo haga sólo la que lo elija”

Un debate habitual es el de cómo es posible distinguir entre lo que sí es libre elección y lo que es fruto de un sistema de opresión. Y, sobre todo, el de quienes están cualificadas y desde qué criterio para hacerlo sin caer en el llamado problema del paternalismo, digamos maternalismo. Es decir, sin sostener que una minoría puede saber mejor que la propia interesada qué es mejor para ella o dónde está asintiendo en condiciones de ausencia de igualdad y libertad frente a una situación o frente a otros.

Hay una respuesta posible, que remite al proceso colectivo en que llevamos los últimos siglos y se llama feminismo.  Es la teoría y la práctica del movimiento, su caja de herramientas, la que nos ha ido permitiendo redefinir como injusticias y abusos lo que en su día se definió como “si ellas lo quieren así”. El feminismo puede aquí interpretarse como el camino que hemos recorrido para discernir qué es fruto de un sistema de coacción que lleva a la servidumbre voluntaria2 y qué fruto de una libertad y un proyecto de vida que exige unas condiciones básicas de igualdad y reciprocidad.

El feminismo nos ha hecho comprender que las mujeres que soportan malos tratos y violencia en sus relaciones no lo “eligen libremente” por mucho que aguanten durante años. Que quienes renuncian a tanto para cuidar sin apoyo a sus hijos o sus mayores no lo hacen exactamente porque quieren y les da la gana. Durante siglos sí fue así, ahora ya no. El problema que hoy como ayer afrontamos con la visión individualista y neoliberal de lo social es que las estructuras de poder que determinan nuestras vidas siguen siendo opacas, invisibles. Hasta que el pensamiento crítico nos alienta a descubrir que los discursos tipo “que se prostituya solo la que quiera”, “que deje el trabajo asalariado para cuidar solo la que quiera” son equivalentes a “que trabaje de forma precaria solo el que quiera”. Por no citar a Spinoza y su planteamiento de la cuestión: podemos saber lo que queremos, pero ¿sabemos las causas de por qué lo queremos?  

El problema que revela el mito de la libre elección es que el ser para los otros de las mujeres ya no puede legitimarse en la naturaleza o en la tradición. Tiene que hacerlo apelando a su libertad. Negando las condiciones sociales de la vida humana y responsabilizando – más bien culpando- a cada persona de no ser la emprendedora y la triunfadora, la mujer 10 que con toda libertad puede elegir ser.

Ana de Miguel Álvarez. Profesora Titular de Filosofía Moral en la UNED. Ha sido miembro del Seminario Feminismo e Ilustración fundado por Celia Amorós en la Universidad Complutense de Madrid y dirige en la actualidad el ya clásico curso Historia de la Teoría feminista fundado en 1991. Entre sus publicaciones destaca Neoliberalismo Sexual. El mito de la libre elección (2015, 20 ediciones) y Ética para Celia. Contra la doble verdad (2021).

Notas-

1 Diferencia acuñada por Alicia Puleo en su texto “Patriarcado” en Celia Amorós (dir.) Diez palabras clave sobre mujer, Pamplona, Verbo Divino, 1995.  
2 Servidumbre voluntaria es un concepto de la filosofía política que ha recuperado con fuerza los enfoques neorepublicanos de la libertad.

Fuente: https://desdelosmargenes.com/articulo/el-mito-de-la-libre-eleccion/

17 de junio de 2025

Perú: Dina, el feminismo te repudia

Rocío Silva Santisteban

"Fue su genuflexión ante el poder del fujimorismo que la puso en ese puesto para deshacer la democracia desde adentro"

Hoy el feminismo en el Perú no está solo en las ONG de Lima. El corazón y las venas que palpitan en diversas regiones de nuestro país con movilizaciones en Cusco, Huamanga, Moyobamba o monitoreos de feminicidios en Tacna y batucadas en Arequipa y Huancavelica son quienes le dan su oxígeno y sangre al feminismo peruano. Jóvenes quechuahablantes que activan en Wayra Warmikuna (Apurímac), o poetas que toman las calles como La Nueva Equitativa, en Cusco –claro homenaje a Clorinda Matto de Turner– o el Colectivo Trenzar en Lima, con la apuesta de una casa abierta, entretejen una nueva cara, poderosa, verde, joven y diversa, que ha cambiado radicalmente al feminismo peruano y a sus instituciones.

Desde esos nuevos aires, las colectivas, espacios fundacionales y feminismos diversos han cuestionado de arranque la presidencia de Dina Boluarte. Exacto: ese mismo 7 de diciembre de 2022 en que la vicepresidenta de Pedro Castillo decidió traicionarlo (“si a mi presidente lo vacan, me voy con él”) y entornillarse en el sillón presidencial hasta el 2026, las acciones de cuestionamiento al comportamiento de Boluarte han ido creciendo en rechazo y repudio.

“Ninguna mujer con Dina” ha sido una de las consignas en calles, polos y banners, junto con la repetida en calles del sur andino: “Esta democracia ya no es democracia”.  El asesinato de 49 compatriotas por marchar y defender su voto –especialmente la tremenda masacre de Juliaca, 18 muertes en una sola tarde– inflamaron la indignación de muchas mujeres del sur andino que, como Edith Ramos, cantautora puneña, entonó a capella una canción que minutos antes había compuesto: “Que cante el pueblo su dolor/ Deja que lloren a sus muertos/ Deja que griten su indignación //Qué buscas con acallarlo/ qué buscas con desangrarlo/ qué buscas con desunirlo…” y estaba dirigida a DinAsesina, así como el muñecón quemado un año después en la plaza de armas de Juliaca.

No es cierto, por lo tanto, que el feminismo se haya quedado callado ante la incompetencia, mendacidad, frivolidad y autoritarismo de una presidenta que, en lugar de representar a las mujeres, está desarmando al Ministerio de la Mujer en coordinación con los sectores ultraconservadores, para traerse abajo las políticas de igualdad y de asistencia a la violencia de género que tantos años nos ha costado de lucha. No solo eso, además se ha victimizado en un intento de exculpar sus responsabilidades y echársela a los medios por “acoso político”. Esa instrumentalización de los derechos de las mujeres es perversa. Y no olvidemos que Boluarte se plegó a la canonización del corrupto exdictador cuando falleció decretando tres días de pompas fúnebres: fue su genuflexión ante el poder del fujimorismo que la puso en ese puesto para deshacer la democracia desde adentro. 

Contra esta posición han escrito en los diarios múltiples voces feministas –Irma del Águila, Cecilia Méndez, ­Indira Huilca, Mirtha Vásquez– e institucionalmente Manuela Ramos en febrero de 2023 señaló que Boluarte “no es la primera presidenta sino la primera dictadora”. El 13 de octubre de 2023 se realizó en Chaclacayo el Encuentro Feminismos Diversos por el Buen Vivir, cuyo lema principal era “contra la dictadura de Dina Boluarte”, con la participación de más de doscientas mujeres feministas de todo el Perú. E incluso el 17 de diciembre del 2022 DEMUS publicó un pronunciamiento que señalaba claramente “condenamos la instrumentalización que hace Dina Boluarte de su condición de mujer y la lucha por la #IgualdadDeGéneroYA para negar el legítimo rechazo de la población a su gobierno”.

Esta columna no es una respuesta al editorial de César Hildebrandt de dos semanas atrás, pero en parte es su efecto. Conozco a César desde 1986 en que trabajaba en la revista Sí y, por eso mismo, me sorprendió su editorial, especialmente porque considero que él es una persona ultrainformada. ¿Por qué hemos sido una vez más invisibilizadas en nuestra respuesta rotunda a DinAsesina?

El tema lo dejo como pregunta abierta.

Pero sí quiero dejar en claro lo siguiente: la lucha por nuestros derechos en nuestras diversidades pasa por priorizar que el cuestionamiento de base es contra el patriarcado machista latinoamericano, sus discursos estereotipados y sus prácticas violentas. El enemigo no son los varones sino el orden patriarcal. Un enemigo sostenido, muchas veces como en los casos de Dina y Keiko, por las propias mujeres. Lo dijo Steven Biko hace muchos años: no hay mejor arma del opresor que la mente del oprimido. En efecto, Dina es el producto dúctil del patriarcado y la estupidez humana: su frivolidad, insensibilidad, lascivia por el poder y contradicciones lo demuestran.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 737 año 16, del 13/06/2025

https://www.hildebrandtensustrece.com/

https://www.leerydifundir.com/2025/06/peru-dina-feminismo-te-repudia/

 

24 de mayo de 2025

Perú: El feminismo y la señora Boluarte

César Hildebrandt

"La señora encarna, como caricatura, todo el mito machista en su versión chihuahuense"

Las mujeres siempre dominaron mi escena. Tuve tres hermanas, una madre protagónica, una familia anversa donde había tías matriarcas y se repetían leyendas de toda índole sobre el rol principal del hembraje ancestral.

Jamás subestimé a una mujer y en el trabajo, cuando la tele me chupaba la sangre, mis reporteras eran la sal y pimienta del menú. Nadie tuvo que enseñarme nada respecto de la importancia de lo femenino porque nunca, a la hora de medir cualidades, se me ocurrió hacer distingo de géneros. Así fue en todas las revistas que fundé y los programas que tuve. Así ha sido en mis gustos literarios y plásticos. En mis paredes están colgados cuadros de Elda di Malio y Luz Letts y cuando era un mocoso mi primer amor imposible fue la Sagan, a quien fue fácil traicionar después con De Beauvoir, Yourcenar, Duras, Sarraute, Mistral, Woolf, Laforet, Poniatowska.

En resumen, creo ser un feminista implícito y sin aspavientos. Y por eso creo, modestamente, que las feministas más encarnizadas deberían mostrar su pública vergüenza por la conducta de Dina Boluarte. Al fin y al cabo, aunque sea sólo un dato de la estadística, es la primera mujer sentada a la diestra del poder en ese palacio donde –estoy seguro– pena la sombra del general Benavides.

Y lo cierto es que la señora desacredita a las mujeres y embarra su reputación de luchadoras y exitosas (a pesar de las inequidades subsistentes).

¿Por qué no hacer un deslinde higiénico con una señora que parece inventada por el machismo?

En efecto, si el machismo más hirsuto concibiera un escenario perfecto para repetir sandeces y prejuicios, pensaría en darle un papel de importancia a alguien como Dina Boluarte.

La señora encarna, como caricatura, todo el mito machista en su versión chihuahuense. Es traidora, como en los valses con más tundete y llanto. Es tan oportunista que, a su lado, Porky parece un místico zen. Es frívola como un personaje de Televisa, canalla en plan de mandar matar y luego culpar a los muertos, mucho más mentirosa que Bernie Madoff, tan inescrupulosa como madame K, tan viajera como un chipe amarillo y tan inútil como creer que Netanyahu es aún un ser humano.

Pero hay más: la señora chapa relojes y alhajas porque se las regala un mentecato educado en el barril del Chavo, es ignorante de concurso, ridícula hasta la pena y mala como una obra de teatro gritada en andaluz.

Podría ser una dama magnífica, provinciana como Chabuca Granda y de buena fe como Susana Baca. Pero no. Eligió ser una bruja con la escoba que seguramente le cedió Oscorima. Y políticamente hablando, se ha prestado a ser la que firma las leyes del Congreso del hampa. El Congreso del hampa la deja simular que ella preside el país y ella paga firmando, a veces con ayuda de terceros cuyo paradero determinarán los peritajes del futuro, lo que Rospigliosi y su gavilla traman para eludir la justicia, favorecer el crimen y asegurarse las elecciones del 2026. La señora Boluarte es una creación de Steven Seagal.

¿Por qué no censurarla desde el feminismo? ¿No sería ese gesto una expresión elemental de legítima defensa y un modo de sacar la cara por los millones de mujeres peruanas que sostienen hogares y resisten la pobreza, la desigualdad y el maltrato de género?

No, no la censuran. La única explicación a la mano es que se ha impuesto la omertá del feminismo extremo, esa ley del silencio que, a nivel global, barre bajo la alfombra todo lo que puede ser incómodo, todo lo que puede contrariar la visión de quienes están convencidas de que, en la venganza mundial contra el patriarcado, vale cualquier cosa. Eso incluye admitir la mugre.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 734 año 16, del 23/05/2025

https://www.hildebrandtensustrece.com/

12 de mayo de 2025

Eso que llaman amor es trabajo doméstico no remunerado

Jennie Dador Tozzini  (Las Tejedoras)

Las mujeres peruanas ocupamos nuestro tiempo tres veces más que los hombres en el trabajo no remunerado. En 2010 dedicábamos 5.45 horas a actividades domésticas y en 2024 disminuyó a 5.07; en catorce años solo ganamos 38 minutos de tiempo para nosotras. Esta situación difícilmente se revertirá en el futuro, pues enfrentamos una crisis de los cuidados debido al aumento de la longevidad y el deterioro de la calidad de vida; así, las mujeres pasarán de cuidar niños a cuidar ancianos y, a esto, debemos agregar la necesidad de contar con ingresos propios, para aprovechar el capital educativo obtenido, participar social y políticamente, y realizar sus propios sueños. No basta proclamar la paridad, hay que atacar los nudos estructurales de la desigualdad que limitan a las mujeres: el uso del tiempo es uno de ellos.

Aquí, el estado civil importa. Las mujeres siempre trabajan más que los hombres: las solteras cuentan con más tiempo, y con menos las que crían maridos, hijos e hijas   Estas diferencias se profundizan en mujeres y niñas que viven en situaciones de pobreza, en zonas rurales o de desastres. Usted elige: criar marido e hijos, mantenerse soltera o nos empeñamos y apostamos por una ciudadanía cuidadora universal, donde cada individuo cuida de sí mismo y de otros, porque llegado el momento, todas y todos necesitaremos cuidados y, también, deberemos proveerlos.

Apostemos por la creación de un Sistema Integral de Cuidados con corresponsabilidad entre los distintos actores sociales y corresponsabilidad de género o redistribución del trabajo dentro de los hogares, con derechos para quienes se encargan de ello, y por la formación de una ciudadanía cuidadora porque, recuerda, el trabajo de cuidados y no el capital es lo que sostiene la vida.  

“En catorce años solo ganamos 38 minutos de tiempo para nosotras.”

* Jennie Dador Tozzini. Feminista y abogada.

*​* Las Tejedoras. Colectivo de mujeres diversas, desde diferentes trayectorias, tendencias políticas, territorios y experiencias, que se levantan en voz unida con el objetivo común de rehabilitar la esperanza en la construcción del país. Se comprometen y convocan a un diálogo abierto, y a tejer lazos para contribuir a un proyecto democrático que impidan que el autoritarismo y la corrupción se apoderen de las instituciones.

https://larepublica.pe/opinion/2025/05/07/eso-que-llaman-amor-es-trabajo-domestico-no-remunerado-por-las-tejedoras-hnews-575202

4 de marzo de 2025

México: Mujeres liderando el cambio: ciencia y política al frente

Iliana Sánchez Chávez

Las mujeres hemos demostrado que no hay límites cuando se trata de transformar la historia. Durante siglos, nuestra participación en la ciencia y la política fue invisibilizada o limitada. Hoy, nuestro país vive un momento trascendental: por primera vez, una mujer lidera la Presidencia de la República y otra mujer encabeza el gobierno de la Ciudad de México. Estos avances no son concesiones ni casualidades; son el resultado de décadas de lucha, valentía y reformas construidas a partir del esfuerzo colectivo de miles de mujeres que alzaron la voz y abrieron camino para las generaciones actuales. Gracias a ellas, hoy no slo podemos votar, sino también ser votadas y gobernar.

Nuestra primera Presidenta, la doctora Claudia Sheinbaum Pardo no sólo es una líder política, sino también una científica con un doctorado en Ingeniería Energética. Este hecho es simbólico porque demuestra que la ciencia y la política no son caminos separados, sino campos que pueden complementarse. La toma de decisiones informada y basada en la evidencia científica es crucial para enfrentar los desafíos de nuestra nación.

Por otra parte, la Ciudad de México cuenta con una Jefa de Gobierno como la licenciada Clara Brugada Molina quien ha puesto la lucha por la justicia social y los derechos de las mujeres en el centro de su administración.

Desde la ciencia hasta la política, las mujeres hemos jugado un papel importante en la construcción de un México más justo, equitativo y con visión de futuro. Sin embargo, aún enfrentamos desafíos significativos.

La historia nos ha enseñado que la presencia de las mujeres en la ciencia ha sido crucial para el desarrollo del conocimiento. Sin embargo, su reconocimiento ha sido tardío y, en muchos casos, insuficiente. En México, tuvimos a Matilde Montoya, la primera médica del país, y a Katya Echazarreta, la primera mexicana en viajar al espacio, pero entre ellas hubo muchas más que abrieron camino.

Helia Bravo Hollis fue pionera en la biología; María Agustina Batalla Zepeda hizo valiosas contribuciones a la botánica; María Elena Caso realizó el estudio más completo sobre estrellas de mar, y María Teresa Gutiérrez Vázquez revolucionó los estudios demográficos con un enfoque de geografía poblacional, anticipando problemáticas actuales.

En el ámbito de la divulgación científica, Alejandra Jáidar Matalobos impulsó la publicación de textos en español para acercar la ciencia a un público más amplio. Susana Azpiroz Riveiro rompió barreras en la agronomía, logrando que hoy casi la mitad de los estudiantes en esa área sean mujeres. Ana María López-Colomé hizo grandes aportes en bioquímica, mientras que Susana López Charretón, reconocida por la UNESCO, ha sido una de las virólogas más destacadas.

A pesar de estos avances, los datos siguen mostrando desigualdad. Según la UNESCO, solo el 33% de los investigadores en el mundo son mujeres y apenas el 12% son miembros de academias científicas. En México, aunque el número de mujeres en carreras de Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas (STEM, por sus siglas en inglés) ha crecido un 42% en la última década, siguen siendo minoría: solo 3 de cada 10 profesionistas en ciencia y tecnología son mujeres. Este desafío no puede ignorarse. Invertir en la educación y la formación de niñas y jóvenes es fundamental para construir un futuro más justo y equitativo para todas y todos.

Así como en la ciencia, en la política las mujeres hemos tenido que abrirnos paso, y actualmente somos referentes en paridad de género a nivel mundial como uno de los seis países en el mundo con un Congreso compuesto en más del 50% por mujeres y cada vez hay más gobernadoras, alcaldesas y legisladoras ocupando importantes espacios de decisión.

La llegada de una mujer a la Presidencia de la República es un mensaje poderoso para todas las niñas y jóvenes: ahora más que nunca se están rompiendo las barreras de género. No hay límites para nosotras. Es tiempo de mujeres, y no llega sola, llegamos todas.

Y esto se ha llevado al pleno de los hechos, con la creación de la Secretaría de las Mujeres, con el objetivo de impulsar políticas públicas que aseguren la igualdad sustantiva. Además, con una Presidenta científica, el reconocimiento a la ciencia como motor de transformación cobra una fuerza inédita en nuestra región.

En la Ciudad de México, nuestra Jefa de Gobierno ha marcado un precedente en la lucha por los derechos de las mujeres. Con políticas públicas enfocadas en la seguridad, la educación y la erradicación de la violencia de género, su administración ha demostrado que la agenda feminista no es un discurso, sino una acción concreta.

La capital del país es punta de lanza en la protección de los derechos de las mujeres, con el programa territorial “Siemprevivas”, los “Senderos Seguros” y el fortalecimiento de las Unidades Territoriales de Atención y Prevención de la violencia de género, así como la sensibilización desde las escuelas públicas, que han mejorado la seguridad y el bienestar de miles de mujeres.

Desde el Congreso de la Ciudad de México, hemos impulsado reformas y acciones concretas para que más mujeres accedan a posiciones de liderazgo.

El pasado 13 de febrero presenté un punto de acuerdo que fue aprobado por unanimidad, en el que exhortamos a la Secretaría de Educación, Ciencia, Tecnología e Innovación y a las 16 alcaldías, a fortalecer programas que fomenten la participación equitativa de mujeres y niñas en la ciencia y la tecnología. Este esfuerzo no busca privilegios, sino igualdad de oportunidades.

No se trata sólo de reconocer a las mujeres que nos precedieron, sino de asegurar que las futuras generaciones tengan las herramientas para innovar y transformar. Cada niña que sepa que puede ser científica, presidenta, o lo que sueñe, es un paso hacia la igualdad real.

Si bien México ha avanzado significativamente, el camino hacia la equidad plena no ha terminado. De acuerdo con ONU Mujeres (2024), sólo 26 países cuentan con mujeres como jefas de Estado o de Gobierno. Si seguimos al ritmo actual, la paridad de género en altos cargos de decisión podría tardar más de un siglo en lograrse a nivel global. Por eso, no podemos conformarnos. Necesitamos más mujeres en todos los espacios: en la política, la ciencia, la tecnología y la economía.

La Cuarta Transformación es una oportunidad histórica para construir un país donde el género no limite los sueños ni las oportunidades. Desde la política hasta la ciencia, las mujeres mexicanas estamos demostrando que podemos liderar, innovar y transformar nuestras comunidades.

El cambio ya comenzó y no vamos a retroceder. Sigamos abriendo puertas, eliminando barreras y asegurando que ninguna niña o mujer vea su futuro limitado por su género.

La transformación tiene rostro de mujer y vamos por más.

Iliana Sánchez Chávez. Diputada local por Cuauhtémoc en el Congreso de la Ciudad de México.

Fuente: https://revistazocalo.com/mujeres-liderando-el-cambio-ciencia-y-politica-al-frente/

16 de enero de 2025

«El problema del feminismo blanco es creer que la cultura occidental es la más adecuada para la igualdad»

Ana Requena Aguilar

Entrevista a la escritora y abogada feminista pakistaní Rafia Zakaria

La autora de ‘Contra el feminismo blanco’ critica duramente un marco feminista que sigue teniendo como centro y referencia a las mujeres blancas, sus características, vidas, necesidades e historias.

Detrás de un título algo provocador –Contra el feminismo blanco (Editorial Contintametienes)- hay un libro para pensar y aprender. Lo firma Rafia Zakaria, una abogada feminista pakistaní, escritora, columnista en varios medios de comunicación, que, harta de ver cómo el racismo y la blanquitud se reproducen en la academia, el activismo, las ONG y también en el feminismo, se puso a escribir un manual no apto para ofendiditos u ofendiditas occidentales. Zakaria diserta desde la experiencia concreta y desde todo el conocimiento y experiencia acumulado, no solo desde la teoría, sino desde la práctica, que ella reivindica como fundamental, por encima de nociones elitistas de feminismo que alejan a muchas mujeres de él. Hace unas semanas, la abogada y escritora estuvo en Madrid para participar del ciclo de pensamiento organizado por la asociación Mujeres de Guatemala y La Casa Encendida.


¿Cómo define feminismo blanco y por qué acabar con él?

Uno de los conceptos centrales del libro es la idea de blanquitud, no en el sentido del color de la piel, sino como un sistema de dominación. La blanquitud es el sistema de colonialismo y subyugación, el deseo de mantener ese sistema y su centralidad en nuestro mundo, de modo que, de forma directa o indirecta, se mantiene el statu quo. Implica poner a la gente blanca esencialmente en el centro y priorizar sus preocupaciones y agendas. La razón por la que escribí este libro es que sentía que había un montón de interacciones que estaban teniendo lugar atravesadas por la raza y que, sin embargo, funcionaban bajo la idea de que en general, tienen lugar en igualdad de condiciones, con la misma cantidad de poder. Y eso era completamente erróneo. Hoy en día es muy raro que alguien vaya a ser abiertamente racista, la mayor parte del racismo sucede debajo de la superficie. Así que este concepto busca crear un vocabulario que permita que eso salga a la luz para que la gente entienda que todas nuestras interacciones están cargadas de diferencias de poder y, si no las reconocemos, entonces estamos participando de ello.

¿Cómo diría que funciona el feminismo blanco, de qué maneras concretas se reproduce la blanquitud, también en el feminismo?

Uno de los principales problemas es que las mujeres blancas asumen que la cultura blanca, es decir, la cultura europea occidental y norteamericana, es más adecuada para la igualdad de género y para la libertad de las mujeres que otras culturas. Voy a dar un ejemplo que me acaba de pasar. Hace un par de días hablaba con un grupo de mujeres, la mayoría blancas, y me preguntaban dónde había estado en los últimos tiempos. Conté que acababa de volver de Qatar e inmediatamente una de ellas dijo ‘oh la situación de las mujeres allí debe ser muy mala, debe haber sido difícil para ti estar allí’. Cuando la gente se entera de que soy musulmana sé que van a empezar con el ‘¿qué opinas del velo? ‘. No puedo decirte el número de veces que como mujer marrón y musulmana sufro esta suposición de que vengo de una cultura que es extremadamente represiva en la que las mujeres no tienen idea de cómo luchar por su libertad, así que tenemos que hacerlo por ellas y decirles qué hacer.

No creo que las mujeres blancas tengan una intención maliciosa, o que lo hagan para hacerme sentir por debajo de ellas, pero lo hacen. Exponen la suposición de que otras mujeres están de alguna manera por debajo y tienen menos idea de lo que es ser feminista, cuando la verdad es que las mujeres en estas culturas, como con las que crecí en Pakistán, luchan tanto para sobrevivir como mujer que son mejores luchadoras, grandes y fuertes, porque saben lo que es ir en contra de los hombres todo el tiempo. Hay muchas mujeres blancas que tienden a hablar mucho y a ocupar todo el espacio, y es muy difícil para ellas ceder ese espacio para que las mujeres marrones, negras, asiáticas, etc. también puedan hablar. Aunque estas mujeres son mayoría, tienen muy poca voz dentro del movimiento feminista global.

Pone el ejemplo del sufragismo, que siempre aparece como un hito en la historia del feminismo, tal y como la solemos escuchar y relatar.

Si sabemos algo sobre el sufragismo es por supuesto sobre el sufragismo blanco. El feminismo no empezó cuando las mujeres blancas decidieron luchar por el voto o en la Revolución Francesa. Esa es precisamente la cuestión: ¿qué marco consideramos feminista? Si tienes a una mujer blanca y sólo te fijas en las características de su vida y de sí misma, y si esas son las únicas mujeres en las que estás pensando cuando piensas en el feminismo, entonces eso es lo que encontrarás porque otras características que puedan tener otras mujeres marrones, negras, etc., ni siquiera forman parte del marco, así que quedan fuera. Empezar tu marco con el movimiento sufragista deja fuera a millones y millones de mujeres y a muchísima historia. La consecuencia, y digo esto como alguien que creció en Pakistán, es que si eres una chica pakistaní piensas que allí no ha habido feministas en absoluto, que todas están en América o en Europa. Eso es simplemente incorrecto, y si estamos tratando de crear un movimiento feminista que sea inclusivo pero seguimos haciendo esto, naturalmente que muchas de esas mujeres y chicas dirán ‘no queremos tener nada que ver, esto no se aplica a nuestras vidas’. Cuando creas una historia que deja fuera a tanta gente, naturalmente esas personas no van a estar interesadas en el propósito de esa historia.

En el libro hace una diferencia muy interesante entre los términos ingleses expertise y experience, que en español sería como diferenciar entre las mujeres que son expertas en sentido más teórico, de leer, escribir, estudiar, y las que tienen experiencias en el feminismo, que lo viven desde sus heridas y vivencias. ¿Cuáles son las consecuencias de que generemos esa diferencia?

Empecé mi carrera como abogada, trabajando con mujeres en un refugio para víctimas de violencia. Habían perdido sus hogares, estaban allí con sus hijos, no sabían qué iba a pasar en el futuro, y se les estaba pidiendo que mostraran un increíble grado de fuerza para ser capaces de, básicamente, sobrevivir. Hay millones de mujeres en todo el mundo que están experimentando esto en un nivel u otro. Sin embargo, al mismo tiempo, mis experiencias como estudiante de posgrado en aulas de teoría feminista eran muy diferentes, ya que no se hablaba de los retos reales a los que se enfrentan las mujeres en su día a día. Había conversaciones teóricas muy profundas sobre qué es el feminismo y sobre si deberíamos incluir esto o aquello. No estoy diciendo que esas conversaciones no sean importantes, pero me sentía frustrada porque creía que era urgente hablar de lo que las mujeres necesitan y merecen de la sociedad. Y no había urgencia en esas conversaciones. Tenía la sensación de que esas mujeres se sentían cómodas en su papel de teóricas. También veía que en el caso de las mujeres que estaban creando un importante discurso feminista antirracista dentro del mundo académico, su trabajo no estaba saliendo a la luz. En última instancia, quería señalar que las mujeres que sobreviven a estas situaciones difíciles, sus voces, deben ser fundamentales para el feminismo.

¿Cree que esa diferenciación que se hace está de alguna manera relacionada con las tensiones y debates feministas de los últimos años, con la ‘pelea’ por marcar cuál debe ser la agenda feminista y quiénes son las que pueden hablar en nombre del ‘verdadero’ feminismo?

Absolutamente. En inglés, la palabra que usamos para ello es gatekeeping, que significa que esencialmente están tratando de controlar quién pertenece y quién no pertenece. Eso sucede de varias formas, por ejemplo, cuando se les dice a las mujeres que necesitan estudiar feminismo o que su comprensión de las partes teóricas del feminismo es defectuosa o que no conocen la definición de feminismo. Todas estas réplicas me parecen discriminatorias y excluyentes. Es una forma de mantener a las mujeres fuera del feminismo, de intimidarlas para que guarden silencio, porque entonces piensan ‘quizás yo no sepa nada de feminismo’. Les quitas la confianza para hablar y participar.

Por eso, cuando la gente me pregunta cuál es la definición de feminismo, utilizo una muy sencilla: cualquiera que esté comprometido con la justicia igualitaria de género y con la transformación de las instituciones sociales, políticas y culturales para que reflejen esa igualdad. Y la práctica es crucial. Eso es todo. Las mujeres deberían poder hablar de sus experiencias y conectar a partir de ellas. Y las mujeres que tienen menos poder en la sala son las que deberían poder hablar más, porque son las que más necesitan que se oiga su voz. Estaría bien que alguna gente dejara de preocuparse tanto por la definición de feminismo y viera cómo interactúan en su vida diferentes tipos de discriminación, alienación o subordinación.

¿Está esa diferente forma de entender o definir el feminismo en la base de la disputa por los derechos trans, la autodeterminación de género y lo queer? Es decir, ¿es el intento por definir y controlar qué es el feminismo lo que está condicionando que haya quien señale eso como un problema, una especie de enemigo para las mujeres?

Existe una conexión muy importante. Personalmente, creo que toda la controversia en torno a los derechos trans es una distracción. El verdadero peligro para las mujeres no son las mujeres u hombres trans. Esto que se repite de las mujeres en los deportes, por ejemplo. El hecho es que las oportunidades para las categorías femeninas de todos los deportes son muy pequeñas en comparación con lo que los hombres tienen. Así que una forma de abordar esto sería, tal vez, aumentar la cantidad de recursos disponibles para el deporte femenino. Pero, por supuesto, nadie habla de eso porque es mucho más fácil que las mujeres se peleen entre ellas y se pidan definir qué es esto o lo otro. Es parte de la manera en la que el patriarcado crea ansiedad interna entre las mujeres, incluso por lo poco que tienen. Es una mentalidad de escasez que sucede cuando has sido subyugada durante mucho tiempo. Quiero decir, es asombroso pensar en todas las cosas que estamos viendo -por ejemplo, imágenes en directo de Marte-, pero que todavía estamos en una situación en la que las mujeres tienen que discutir si es importante que estén en la junta de su empresa mientras tantos hombres sienten la necesidad de afirmarse y de excluir a las mujeres de la toma de decisiones, de posiciones importantes y de la formulación de políticas.

Parece anatema, pero esa es nuestra realidad. Y es una realidad urgente porque estamos en un momento de transformación. En todo el mundo, los sistemas políticos están cambiando la importancia que damos a la democracia, a la igualdad. Y si las mujeres no presentamos al menos una apariencia de frente unido, en el que insistamos en mantener nuestros derechos, será un mundo muy oscuro. El nivel de misoginia en este momento en el mundo parece ser mayor de lo que era en épocas anteriores. No es sólo el tipo habitual que ha existido siempre, siento que hay mucha rabia entre los hombres y el deseo real de hacer daño y de ver a las mujeres subyugadas.

En los últimos años, el término ‘empoderamiento’ se ha convertido en un ‘clásico’ de los encuentros, las políticas y las medidas sobre igualdad y mujeres. Usted es muy crítica con la evolución de ese término y su aplicación. ¿Qué ha pasado con el empoderamiento?

Lo describiría de dos maneras. Por un lado, el término procede originalmente de un colectivo de mujeres indias que lo definió como el movimiento para transformar las instituciones sociales, culturales y políticas de modo que reflejen la igualdad de género. Pasó de eso a ser adoptado por la ONU y formar parte de instrumentos transnacionales. El problema fue que pasó de ser una palabra que tenía significado a una de moda que sonaba bien y que todo el mundo quería poner en sus papeles. Ahora puede significar cualquier cosa, desde la compra de un determinado tipo de sujetador deportivo a luchar contra las guerrillas armadas en Nigeria. Cuando un término se diluye de esa manera, desafortunadamente, tiene muy poco impacto. Por eso ya no soy un gran fan de la palabra empoderamiento.

Por otro lado, soy columnista de un periódico paquistaní desde 2009. Durante gran parte de la guerra contra el terrorismo, yo estuve allí y se invertían cantidades increíbles de dinero en Afganistán y Pakistán para esta idea del empoderamiento. Era una situación muy difícil: como feminista diriges un refugio y de repente, el gobierno de Estados Unidos quiere darte 40 millones y quieres aceptarlo, pero al mismo tiempo era un feminismo ‘de goteo’. Es decir, pones dinero desde arriba y te permite hacer cosas, pero como no hay aceptación de los interesados, de abajo, tan pronto como Estados Unidos se fue, o tan pronto como se acabó la subvención, el proyecto se acabó. Se pusieron millones, por ejemplo, en proyectos para que las niñas afganas pudieran aprender a patinar o jugar al baloncesto o cosas que son buenas, pero si hablamos de una sociedad en la que las mujeres no tienen educación básica y viven en zonas muy alejadas, separadas unas de otras, sin atención sanitaria básica, entonces esa priorización es errónea. ¿Por qué se les da prioridad a que jueguen al baloncesto en lugar de a que puedan recibir las vacunas básicas? Por un lado, bombardeas su aldea y, por otro, decides que vas a construir una escuela en algún lugar.

Entiendo que entonces eso desacreditó esa idea del empoderamiento…

Manchó la idea del empoderamiento y del feminismo para toda una región del mundo, de modo que ahora si estás hablando sobre los derechos de las mujeres es algo controvertido y se considera inherentemente pro-estadounidense. Ese fue el otro motivo por el que llegué a la idea de la blanquitud, porque lo que intentaba mostrarles es que lo que realmente rechazan es la blanquitud, no el empoderamiento de las mujeres. Cuando se habla o se discute sobre los principios feministas, inmediatamente se te considera pro-occidental, pro-estadounidense, anti-Pakistán, anti-Afganistán. Por eso es tan importante separar estas ideas, porque está perfectamente bien que la gente se sienta como se siente sobre la blanquitud y el colonialismo, porque esa ha sido la base de su subyugación. Pero decir que todo discurso sobre la emancipación de las mujeres es de alguna manera occidental es incorrecto. Así que ahora el trabajo dentro de estas sociedades tiene que ser, y está sucediendo, observar a las mujeres dentro de sus propias culturas y saber que lucharon estas luchas desde hace mucho y crear una especie de narrativa indígena del feminismo.

Fuente: https://www.eldiario.es/sociedad/rafia-zakaria-problema-feminismo-blanco-creer-cultura-occidental-adecuada-igualdad_128_11933962.html

5 de enero de 2025

Perú: Estado fallido y derechos de las mujeres

Jennie Dador Tozzini

Mientras más se amplía el poder del Congreso, más crece el desequilibrio entre poderes y menos alternativas se construyen para la igualdad real de las mujeres, porque lo que no es bueno para la democracia no es bueno para las mujeres.

El Estado peruano es un Estado fallido, incapaz de garantizar su funcionamiento, servicios básicos y una vida sin violaciones de derechos humanos a su población, especialmente a las mujeres; aunque a decir de algunos, este Estado todavía conserva su capacidad represiva, lo que lo colocaría en uno de institucionalidad gravemente afectada.

El desarrollo neoliberal, sin regulaciones adecuadas ni capacidad real para fiscalizar y sancionar, no ha logrado transformarse en una posibilidad de vida digna para las personas. Vivimos en un microcosmos de feroces contradicciones. Mientras más crece el PBI, asistimos al crecimiento de todo tipo de violencias, empezando por la feminicida con su extremada crueldad, la sextorsión y la “sicariatización” de la sociedad, donde cualquier conflicto se resuelve aniquilando al rival; la ingobernabilidad, la corrupción, la presencia de economías criminales e ilegales y la ingobernabilidad de los territorios.

Las estadísticas registran una mayor presencia de mujeres en ocupaciones precarias, pero baja en puestos de decisión; acoso sexual en lo laboral, la educación y la política. Todo ello en un contexto en que el Congreso se niega a legislar sobre un sistema de cuidados que permita contar con servicios esenciales de cuidados (guarderías, escuelas con jornada extendida, casas para adultos mayores) y una corresponsable división sexual del trabajo.

No importa cuántos presidentes y Congresos se sucedan, cada vez más se apuesta por el control de nuestras vidas. Este año nos arrebataron a las mujeres la posibilidad de ser nombradas por el lenguaje inclusivo, instruidas y prevenidas con la educación sexual integral, y la opción de maternar con anticoncepción y aborto. Mientras más se amplía el poder del Congreso, más crece el desequilibrio entre poderes y menos alternativas se construyen para la igualdad real de las mujeres, porque lo que no es bueno para la democracia no es bueno para las mujeres.

Jennie Dador Tozzini. Feminista. Secretaria ejecutiva de la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos (CNDDHH)

https://larepublica.pe/opinion/2025/01/01/estado-fallido-y-derechos-de-las-mujeres-95816

19 de diciembre de 2024

700 millones de mujeres fuera del mercado laboral

Sergio Ferrari

Más de 700 millones de mujeres en el mundo quedan al margen del mercado laboral porque se dedican a los trabajos domésticos y a atender a otros sin recibir salario alguno.

Rosalía cuida día y noche a su bebé mientras su esposo trabaja afuera. Gloria se ocupa desde hace cinco años de su madre, que sufre de Alzheimer. Ambas, además, limpian la casa, hacen las compras, preparan la comida para toda la familia y llevan la administración de los gastos familiares.

Forman parte de esas centenas de millones de mujeres que se dedican a cuidar bebés, niños y ancianos; que asisten a personas con discapacidades o enfermedades; que asumen prácticamente todas las tareas domésticas cotidianas y aseguran el funcionamiento integral del hogar. Significan días y noches de trabajo que no se contabilizan ni se pagan. Y, al mismo tiempo, son tareas imprescindibles que les impiden encontrar un empleo remunerado que se adapte a su situación familiar y social.

Un estudio reciente de la OIT (El impacto de las responsabilidades de cuidado en la participación de las mujeres en la fuerza laboral) calcula que en 2023 unos 748 millones de personas mayores de 15 años en 125 países no figuraron en la fuerza laboral, aunque realizaron tareas imprescindibles de cuidados domésticos. Significativamente, 708 millones de mujeres y tan solo 40 millones de hombres, números que evidencian que las responsabilidades de cuidado constituyen, paradójicamente, la principal barrera que impide que la mujer ingrese y permanezca en el mercado laboral. Para los millones de varones excluidos de este mercado, las principales barreras son, fundamentalmente, sus limitaciones de nivel escolar o problemas de salud, https://www.ilo.org/es/resource/news/708-millones-de-mujeres-no-pueden-participar-en-el-mercado-laboral-debido.

“Condenadas” al cuidado


Estas cifras además dimensionan algo que, aunque conocido, es importante subrayarlo: el rol preponderante que las mujeres asumen en la crianza de los hijos y el cuidado de personas con discapacidades o enfermedades crónicas, así como en las tareas del hogar.

Desde una perspectiva geográfica, el porcentaje más alto de mujeres excluidas del sector “asalariado” se encuentra en África del Norte (63%), seguido por el de los Estados Árabes (59%). En Asia y el Pacífico, el porcentaje es 52%. En América Latina y el Caribe, 47%. En Europa Occidental y Asia Central, el porcentaje es menor (21%), casi como en América del Norte (19%). Los países de Europa Oriental tienen el porcentaje más bajo (11%).

Si se toman como referencia las estadísticas de los seis años anteriores a 2023, se observa que la tendencia de este tipo de exclusión ha ido en aumento. En 2018 fueron 647 millones las personas excluidas de la fuerza laboral debido a sus responsabilidades de cuidado: aproximadamente 606 millones mujeres y 41 millones varones.

Si bien la prestación de cuidados domésticos puede ser gratificante, cuando se realiza en exceso y obstaculiza las oportunidades económicas de sus prestadores, puede atentar contra sus derechos humanos. El informe de la OIT lo expresa sin ambigüedad: “Las responsabilidades de cuidado están excluyendo y frenando a millones de mujeres en todo el mundo de tener un empleo remunerado, y con los cambios climáticos y demográficos que aumentarán la demanda de cuidados, se necesitan urgentemente medidas para apoyar (y valorizar) la economía del cuidado”.

Valorizar el trabajo doméstico normalmente invisibilizado

Estas profundas desigualdades laborales debidas al género motivaron a la OIT a adoptar en junio la Resolución sobre el trabajo decente y la economía del cuidado. Para este organismo de Naciones Unidas especializado en el mundo del trabajo se trata de un “documento histórico”, nada menos que “el primer acuerdo tripartito global sobre el tema”. En la medida en que los Estados avancen en su aplicación, proyecta la OIT, podría allanarse el camino para que los mismos aborden los problemas y los desafíos y aprovechen las oportunidades que ofrece la economía del cuidado doméstico.

La Resolución sostiene que “una economía del cuidado que funciona bien no solo apoya a individuos y familias, sino que también contribuye a una fuerza laboral más saludable, crea empleos y mejora la productividad”. Por esa razón cuestiona las barreras estructurales que dificultan la participación y el progreso de la mujer, resultantes de su actividad sin salario. Y exige políticas y sistemas que contrarresten las desigualdades que actualmente padecen quienes proporcionan cuidados, https://www.ilo.org/sites/default/files/2024-06/ILC112-Resolution-V-%7BRELMEETINGS-240620-001%7D-Web-SP.pdf).

Los datos de la OIT muestran que desde 2018 ha habido algunos progresos. Muchos países han avanzado en la promoción de la participación de mujeres que ofrecen cuidados domésticos mediante aumentos presupuestarios para ese rubro y la educación de la primera infancia. Sin embargo, subraya la Resolución, en un mundo que se remodela velozmente por los cambios demográficos, este tipo de ajustes presupuestarios, aunque bien intencionados, no es suficiente. “Si queremos abordar la creciente desigualdad y avanzar hacia una mayor justicia social”, reclama la Resolución, es “esencial” una inversión adecuada en políticas de cuidado.

Reivindicaciones feministas y sindicales

De más en más, la reflexión, las propuestas y las acciones en torno al trabajo de cuidados domésticos forman parte de las preocupaciones centrales de sindicatos y movimientos feministas en general, y en América Latina en particular.

A fines de octubre, y en ocasión del Día Internacional de los Cuidados, la Confederación Sindical de Trabajadores de las Américas (miembro de la Confederación Sindical Internacional) emitió una declaración en la que sostiene que “reorganizar los cuidados domésticos hacia la igualdad conlleva la exigencia de una agenda integral que incluye enfrentar las desigualdades de género, raza, edad y condición migratoria, entre otras”. Y argumenta enfáticamente que “invertir en cuidados requiere un enfoque basado en los derechos humanos”. En otras palabras, concebir el cuidado “como derecho humano, universal y con justicia de género”. Con esto en mente, la Confederación anticipa un trípode de propuestas, comenzando con un mayor diálogo social para avanzar políticas públicas integrales de cuidados. Las mismas tienen que conformarse como un pilar de la seguridad social y articularse con las políticas de salud, educación, protección social y desarrollo. La adopción de “políticas públicas universales con perspectiva de género, interseccionales y multidimensionales”, sostiene la Confederación, hará posible “Reconocer, Redistribuir, Reducir, Remunerar y Representar los trabajos de cuidados (teniéndose en cuenta) la diversidad de la clase trabajadora”.

El logro de esta meta, argumenta la Confederación, requiere “organizar la agenda sindical para colocar la temática de los cuidados junto a la justicia de género”, de manera que sea una temática de la cual se apropien todas y todos los trabajadores (https://csa-csi.org/2024/10/29/cuidados/#).  

A fines de agosto 2024, en sitio de Internet Capire que la Marcha Mundial de Mujeres coordina en diálogo con La Vía Campesina y Amigos de la Tierra, publicó las conclusiones del seminario Socializar el trabajo de cuidados: experiencias y luchas feministas. Realizado virtualmente, este evento convocó amujeresdirigentes sindicales y de movimientos feministas de América Latina, Europa y África (https://capiremov.org/es/analisis/socializar-los-cuidados-transformar-la-economia/). Las participantes coincidieron en que “los cuidados se entienden como trabajo, prácticas y relaciones que dan forma a la sostenibilidad de la vida”. Por otra parte, que se trata no sólo de atender directamente a una persona, ya que también abarca “todas las condiciones que hacen posible la vida; es decir, las personas, los alimentos, las semillas y los bienes comunes, así como las múltiples formas de relaciones económicas que van más allá de lo que se compra y se vende en el mercado”. En este marco interpretativo, los cuidados tienen lugar en relaciones de interdependencia, y tanto la autonomía como la autodeterminación se reivindican como principios.

Del análisis de Capire surge una clave de interpretación para el contexto latinoamericano: los cuidados domésticos ocuparon un lugar central en la respuesta de las mujeres ante la ofensiva del neoliberalismo empeñado en privatizar incluso los servicios públicos de educación y salud. Y llama a tener presente la memoria y la actualidad de esas luchas como punto de referencia “para sospechar de las propuestas de organismos como el Fondo Monetario Internacional (FMI) en materia de cuidados”. Según Capire, el FMI propone “una perspectiva de inclusión de las mujeres en el sistema [pero] sin transformar las estructuras de opresión. Por lo tanto, no atiende a la mayoría de las mujeres de la clase trabajadora”.

El desafío es enorme. Desde la perspectiva feminista, frente a las amenazas contra la supervivencia de la humanidad y del medio ambiente, son necesarios cambios radicales. Se debe romper con la lógica actual de la producción, acumulación y la reproducción. El trabajo de cuidado y la sustentabilidad –humana y del planeta–serán pilares de esa nueva apuesta social.  

Se publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

26 de noviembre de 2024

La guerra de Milei contra las mujeres

Andrés Kogan Valderrama

Sobre el documento que se debatió el lunes en la Asamblea General y fue aprobado por 170 países, 13 se abstuvieron mientras que el gobierno de Milei ordenó a la delegación argentina se opusiera

La reciente votación de Argentina en contra de una resolución de la ONU que pretende prevenir y eliminar todas las formas de violencia contra las mujeres y niñas (1), es un capítulo más de los delirios negacionistas y conspiranoides de un gobernante como Javier Milei.

Lo menciono ya que Argentina fue el único país del mundo que se atrevió a votar en contra de una resolución tan básica e importante, que incluso gobiernos autoritarios que vulneran los derechos de las mujeres día a día, como Irán y Rusia, no fueron capaces de votar en contra de algo así.

Las razones para votar en contra de parte de Argentina, se enmarca dentro de la llamada batalla cultural contra lo woke que estaría dando Javier Milei, junto a otros personajes en aquel país como Agustín Laje y Emmanuel Dannan, quienes pretenden estar a la vanguardia de lo estúpidamente incorrecto de las ultraderechas actuales.

De ahí que lleven al extremo un discurso ideológico dogmático que cree que existe un plan mundial macabro de la ONU para destruir a las naciones llamado globalismo, siendo las políticas de género su instrumento principal para llevarlo a cabo.

Parece una mala broma, pero no lo es, Javier Milei cree realmente que el patriarcado y la lucha de las mujeres por vivir en un mundo menos violento y más igualitario, es un plan de la izquierda mundial para destruir a los hombres e imponer un dominio totalitario en contra de nosotros.

En consecuencia, Milei niega la desigualdad de género, señalando que en el fondo es una guerra entre sexos promovida por la izquierda mundial, la cual luego de la caída del muro de Berlín y de la Unión Soviética, creó una nueva oposición para seguir generando conflictos.

Es el mal llamado marxismo cultural, usado hasta el cansancio de parte de la ultraderecha actual, que hace que cualquier reivindicación colectiva o de algún grupo en particular, sea visto como parte de un plan promovido por una ensalada de actores, que va desde la Agenda 2030 de la ONU, el grupo de Puebla, Disney, China y de George Soros.

No hay que sorprenderse por tanto que Argentina haya votado en contra también de una resolución sobre los derechos de los pueblos indígenas en la ONU (2), con la misma retórica contra el globalismo y de un plan maquiavélico para destruir a los países.

Podrá parecer ser ridículo todo esto, pero estos discursos se siguen viralizando y atraen a mucha gente, sobre todo hombres, quienes votan a personajes como Milei o Trump, dentro de un mundo cada vez más distópico y surreal, que busca desesperadamente certezas de cualquier manera.

Ante esto, sin duda este tipo de votaciones contra las mujeres es una amenaza para su integridad física y de toda índole, pero por lo mismo, a no bajar los brazos, que los intentos de Milei por negar desigualdades de género y de toda índole es solo un intento desesperado de una masculinidad tradicional y enojada, que se resiste a toda costa a la pérdida de privilegios.

En otras palabras, finalmente la batalla cultural de Milei no es otra cosa que una guerra para seguir defendiendo el racismo, el machismo, la homofobia, la transfobia, el especismo, la destrucción de la Naturaleza y de toda forma de discriminación y rechazo a la pluralidad existente, así como pasó hace un siglo atrás con el fascismo y nacionalsocialismo, sólo que ahora endiosan el mercado en vez del estado.

Dicho lo anterior, que este 25 de noviembre, Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres, sea un momento especial de conmemoración, en donde todos y todas acompañemos la lucha histórica que han dado las compañeras en Argentina, que hoy en día más que nunca necesitan de nuestro apoyo y solidaridad.

1:  https://www.infobae.com/politica/2024/11/14/argentina-fue-el-unico-pais-de-la-onu-que-voto-en-contra-de-una-resolucion-para-eliminar-y-prevenir-la-violencia-contra-las-mujeres/

2:  https://www.infobae.com/politica/2024/11/11/argentina-fue-el-unico-pais-de-la-onu-que-voto-en-contra-de-una-resolucion-sobre-derechos-de-los-pueblos-indigenas/

Andrés Kogan Valderrama​. Sociólogo, Diplomado en Masculinidades y Cambio Social Magíster en Comunicación y Cultura Contemporánea

Se publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

https://www.leerydifundir.com/2024/11/la-guerra-milei-las-mujeres/

15 de noviembre de 2024

Un muy largo camino por recorrer

Natalia Sobrevilla

Una hipótesis sobre el machismo en las recientes elecciones estadounidenses

Esta semana ha sido agotadora para los interesados en la política internacional, como suelen ser las que coinciden con unas elecciones tan trascendentales como las de los Estados Unidos. Quienes nos dedicamos compulsivamente a seguir los avatares electorales, cada año ya tenemos mapeados los estados de ese país que están en juego, las posibilidades de los colegios electorales, así como lo que dicen las encuestas y los especialistas. Este año, a pesar de la trascendencia de este combate entre los demócratas y republicanos, me encontré un poco apática la noche del martes, quizás porque intuía que la noche no sería larga y que Donald J. Trump se impondría sin demasiada dificultad sobre Kamala Harris.

Vi los resultados junto a mis padres, demócratas de carné, desde que en el año 2000 mi madre se hiciera ciudadana estadounidense con la única ambición de votar por Al Gore ya que desde los años 80 es una convencida ambientalista. Quizás el famoso conteo y reconteo de la Florida de entonces sea demasiado lejano para muchos, pero el martes por la noche ella sentía una creciente incomodidad ante un posible segundo periodo del millonario devenido en político que piensa que las protecciones al medio ambiente son inútiles.

A mí, en cambio, me recordó la noche del 2 de noviembre de 2004 que viví en la Universidad de Yale con los estudiantes y profesores de Ciencia Política. A pesar de mis más de ocho meses de embarazo pasé la noche en blanco, siguiendo cada estado en disputa y viendo con creciente horror que George W. Bush era elegido con todas las de la ley y con amplia mayoría. Ya nadie podría decir que había llegado a la Casa Blanca de chiripa. Algo semejante sucede esta vez con Trump: ha ganado no solo los colegios electorales, sino también el voto popular, el Senado y la Cámara de Representantes. Su poder será completo, ya que incluso la Corte Suprema está controlada por quienes lo apoyan.

Todo lo anterior ocurre a pesar de haber llevado a cabo una campaña caracterizada por la negatividad, donde ha amenazado a sus opositores con querer destruirlos, advirtiendo que habrá deportaciones masivas de inmigrantes ilegales, a quienes además responsabiliza hasta de comer perros y gatos. Ha sido elegido, aparentemente, sin tomar en cuenta que un juzgado lo ha encontrado culpable y su sentencia se debe dictar en los próximos días. Es una vez más presidente, aún cuando sus seguidores tomaron el Capitolio el 6 de enero de 2021 y destruyeron mucho de lo que encontraron a su paso y de que atacaron a legisladores demócratas. Nada de eso le ha importado a gran parte del electorado, que ha salido masivamente a votar por él. ¿Qué pasa con sus votantes? Claramente, no consideran que ninguno de estos hechos sea determinante y están en todo su derecho de apoyar a quien consideran que mejor los representa. La democracia es así y la elección ha sido, sin lugar de dudas, de los republicanos.

En las próximas semanas veremos esbozar muchas explicaciones de por qué se dieron estos resultados; sin embargo, aquí compartiré algo de lo que me parece que ocurrió el martes. Toda elección americana es un referéndum sobre la capacidad del partido en el poder y, en este caso, los demócratas con Joe Biden no han sido percibidos como exitosos. Hace muchos años, en otra elección, se acuñó la frase it’s the economy, stupid, y este año es sin duda parte de la explicación. Muchos sienten en sus bolsillos que hace cuatro años estaban mejor que ahora, y que la inflación ha crecido de manera acelerada. Esta es además una tendencia mundial.

El presidente saliente es visto como ineficaz y su edad le ha pasado factura, a pesar de solo ser dos años mayor que Trump, quien se ha convertido en el hombre de mayor edad en llegar a la Casa Blanca. La situación fue tal, y sus apariciones como un anciano desorientado preocuparon tanto a sus correligionarios que, en el mes de julio, Biden se vio obligado a renunciar a una posible reelección para dejarle el camino abierto a su vicepresidenta, Kamala Harris, quien muy rápidamente consiguió el apoyo de la mayoría del partido y logró recaudar millones de dólares en muy poco tiempo. Inicialmente tuvo un gran rebote en las encuestas, pero desde hacía por lo menos un mes sus posibilidades de ganar se hicieron cada vez menores. Las encuestas presentaban un empate técnico, con el apoyo casi absoluto de las personas de las ciudades por Harris y las del campo por Trump.

¿Era realmente posible que una mujer de ascendencia afroamericana y de la India fuera elegida presidenta de los Estados Unidos? Ahora queda claro que no, y eso me preocupaba desde el inicio. En un país racista y machista como los Estados Unidos, me parecía una fantasía. Durante las últimas semanas hablé mucho sobre ello con mi padre, quien llegó a Boston en 1959 como médico para hacer una residencia en un hospital universitario. En ese momento, el único lugar que ocupaban las mujeres afroamericanas era el de enfermeras —las menos— y como personal de limpieza —la mayoría—. No había una sola que fuera médico, o siquiera del personal administrativo. Cuando viví en New Haven hace veinte años el panorama no había cambiado demasiado: no conocí casi a ninguna académica afroamericana, las mujeres de esa ascendencia seguían ocupando principalmente las posiciones de limpieza, y las pocas alumnas afroamericanas que tuve en el curso que dictaba sobre raza y etnicidad en América Latina me contaban de las dificultades que vivían allí a pesar de ser estudiantes en una universidad de elite.

Trump ha sido elegido las dos veces que compitió contra una mujer, y cuando lo tuvo que hacer contra un hombre fue derrotado. Fue eso, o fue la pandemia lo que llevó a que Biden se impusiera, es imposible de saberlo. Lo que sí queda claro al ver los resultados es que los hombres han votado mayoritariamente por Trump: no solo los blancos y los mayores, sino también los jóvenes, los latinos, e incluso los de ascendencia afroamericana. Creo que, como en México, sólo habrá una presidenta mujer cuando las candidatas de ambos partidos sean mujeres. Es una triste realidad, pero de momento, queda mucho camino que recorrer.

https://jugo.pe/un-muy-largo-camino-por-recorrer/

26 de septiembre de 2024

Sí, todos los hombres

Octavio Salazar

Perdura en nosotros la necesidad de demostrar que nos ajustamos al mandato de masculinidad, para lo cual son fundamentales los grupos de iguales y la apelación permanente a prácticas que avalan nuestra virilidad.

Llevo años trabajando con hombres jóvenes y no tan jóvenes en cuestiones relacionadas con igualdad, y muy especialmente en tratar de hacerles ver la conexión que existe entre la cultura machista y la violencia. La violencia en general y, de manera más singular, las que sufren las mujeres. En la mayoría de los casos siempre me he encontrado con una tendencia a enfocar esta realidad como si fuera algo externo a ellos, algo que les pasa a otros. Esos “otros”, no ellos, que son los machistas y no digamos los violentos. Salvo excepciones, les cuesta admitir que a diario todos reproducimos machismo y que hemos sido socializados de tal manera que nuestra identidad se ha construido sobre una cultura de dominio, de relevancia pública y de subjetividad y autonomía incontestables. Un paradigma que, a su vez, necesita del que concibe a las mujeres con un estatus inferior al nuestro, además de como  permanentemente disponibles para satisfacer nuestros deseos y necesidades. Justamente esa relaciones jerárquicas, de poder, son las que el feminismo, con la ayuda de la herramienta crítica que supone el género, ha ido desvelando y sometiendo a crítica. Unas jerarquías sobre las que, no lo olvidemos, construimos unas democracias incompletas y unos sistemas constitucionales hechos a imagen y semejanza de los varones.

Lo expuesto no implica que todos los hombres seamos agresores sexuales o maltratadores de nuestras parejas, pero sí que todos llevamos en nuestro interior un largo y complejo proceso de socialización que nos ha preparado para sentirnos los dominantes y protagonistas, para normalizar el uso de la violencia, para negar la voz de aquellas a las que no estimamos equivalentes a nosotros y para sentirnos parte de una fratría que nos permite reafirmarnos en nuestras fantasías de omnipotencia. Bastaría con repasar, por ejemplo, los imaginarios colectivos que durante siglos han ido construyendo las referencias asimétricas que han definido el estatus de hombres y mujeres. Desde la mitología clásica a Instagram, pasando por el cine o por la obra de ilustres escritores, tenemos un larguísimo repertorio que avala eso que el feminismo ha identificado con la “cultura de la violación”, la cual, lejos de desaparecer, no ha hecho sino adquirir nuevas formas y ropajes en las sociedades “pornificadas” que habitamos.

Hemos sido educados pues en unos esquemas que han prorrogado y justificado no solo la subordinación de las mujeres sino también su deshumanización. O, lo que es lo mismo, su concepción como instrumentos de los que nos valemos para hacer reales nuestros sueños de grandeza o para dar rienda suelta a esa, según algunos, incontrolable fuerza animal que es nuestra sexualidad. Justamente la manifestación más extrema y contundente de cómo ser hombre implica con frecuencia convertirte en un depredador, tal y como por otra parte avalan los sistemas políticos y jurídicos surgidos de la racionalidad masculina.

En la actualidad, además, uno de los pocos escenarios en que muchos hombres siguen encontrando la posibilidad de ser dominantes y de seguir creyendo que la mujer con la que comparte intimidad no es un sujeto con deseos sino más bien un objeto de usar y tirar. Desde estas claves, es fácil desconectar éticamente de la mujer convertida en víctima y así lograr ese nivel de falta de responsabilidad que una parte importante de hombres evidencian con respecto a las violencias que sufre la mitad de la Humanidad. En el mejor de los casos, nos apuntamos a dinámicas paternalistas y proteccionistas que, de nuevo, nos sitúan a nosotros fuera del tablero. Piensen si no en cuántas advertencias de cuidado hacen los padres a sus hijas cuando salen de noche y las escasas que, me temo, reciben sus hijos con respecto a comportamientos abusivos en fiestas y alrededores.  Es evidente, o debería serlo, que mientras ellas siguen sufriendo miedos en el espacio público, nosotros, como mínimo, estamos a salvo de sufrirlos.  Esta diferencia, piénsenlo bien, colegas, es ya un privilegio del que no somos conscientes y que se suma a la larga lista que deriva de entenderlas a ellas como unas eternas menores de edad.

Del contexto descrito deberíamos extraer algunas lecciones sobre cómo estamos mirando el horrible caso de Dominique Pélicot.  De entrada, la concepción de los agresores sexuales o en general de los hombres machistas como una suerte de monstruos, tal y como muchos medios por ejemplo lo han definido, desenfoca absolutamente la raíz del problema que no es individual sino colectiva. Los agresores sexuales suelen ser tipos absolutamente “normales” en sus vidas diarias, incluso reconocidos y queridos por la comunidad, tal y como por ejemplo hemos visto magníficamente retratado en la serie francesa “El caso del Sambre”.

Con carácter general no son seres tóxicos, ni tienen una patología que merezca una suerte de tratamiento médico, ni constituyen una suerte de excepciones raras en medio de un colectivo de ángeles.  Son el producto más extremo de la cultura machista que todos compartimos y que habita en cada uno de los espacios en que desenvolvemos nuestras vidas. En algunos casos, ligeramente erosionada gracias a la fuerza transformadora del feminismo y en muchos hombres, claro, limitada o bien atada por la asunción ética del reconocimiento de las mujeres como seres equivalentes.  Pero incluso en el caso de los más concienciados, yo el primero, son frecuentes los ejemplos de actitudes y comportamientos que, sin llegar al extremo de una agresión, evidencian nuestro lugar dominante y el espacio de lucha que sigue siendo la vida para la mayoría de las mujeres. Pensemos, por ejemplo, con cuanta frecuencia les negamos la voz o la autoridad, en cuántas intentamos quedar por encima porque somos los importantes o en de qué forma tan frecuente las reducimos a ese lugar de “seres para otros” que les niega capacidad de autodeterminación.

Ligado a lo anterior, perdura en nosotros la necesidad de demostrar que nos ajustamos al mandato de masculinidad, para lo cual son fundamentales los grupos de iguales y la apelación permanente a prácticas que avalan nuestra virilidad. Todo ello sumado a esos silencios, abrumadores silencios, con los que amparamos los comportamientos machistas de colegas a los que, incluso, con frecuencia, les reímos las gracias.

Debería ser para todos evidente que cuando hablamos de violencias tan brutales como las que representa una violación, el silencio, como nos ha mostrado también el caso de Avignon, es un ejercicio más de aval y casi me atrevería a decir de complicidad. O, como mínimo, pone de manifiesto que el  #NotAllMen, convertido en pancarta de machos agraviados, se equivoca al no tener en cuenta que #YesAllMen, por acción u omisión, formamos parte de esa cadena brutal que constituye el machismo. En nuestras manos está pues romperla, hacer saltar por los aires los pactos – incluidos los no escritos – que sostienen nuestro poder y empezar a dar muestras de que la discriminación sistémica que sufren las mujeres, y no digamos las violencias ligadas a ella, nos interpelan en cuanto ciudadanos que, se supone, creemos en la igualdad y la dignidad de todos los seres humanos. Situarnos en el lado del agravio es darle alas al machismo. Continuar en la comodidad del silencio es amparar que todo siga igual. Empezar por desmontar al machista que todos llevamos dentro es el primer paso para construir otro proyecto de humanidad.

Fuente: https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/si-hombres_129_11651969.amp.html#amp_tf=De%20%251%24s&aoh=17267779839915&csi=0&referrer=https