25 de enero de 2009

El Perú y la vitamina L

Luis Jaime Cisneros

Hace bien el Ministerio de Educación en celebrar el éxito de su batalla por la lectura. Sociedad que no lee es una masa inerte de huesos a la intemperie. La lectura nos permite robustecer la fe en el hombre. Mediante ella lograremos revalorar lo esencial de nuestra condición humana. Somos seres pensantes, dialógicos. Gracias a la lectura, somos personas. Lo anunció en alta voz Gracián en todos sus libros. Lo ratificamos cada vez que comprobamos cuánto hemos crecido por adentro cada vez que un nuevo libro se incorpora a nuestra vida y renueva nuestra fe en las facultades creadoras del hombre. Y todo eso porque leer no es una actividad que satisfaga a la vista. Si lo que leemos nos enardece o entristece; si la sola lectura nos escarapela, es que nuestras meras raíces espirituales se han visto convocadas y dan prueba, al responder, de nuestra buena salud espiritual.
A la escuela corresponde despertar en los alumnos el hábito de leer. No se trata de estudiar para aprobar un curso, ni de estudiar para dar examen. Se trata de aprender a vivir gracias a la lectura. Se trata de descubrir (y comprobar) cómo el lenguaje es capaz de ayudar a nuestra propia realización como humanos. No es cuestión de aprender a reconocer las letras, ni de acertar con el significado de las palabras. Se trata de fortalecer nuestra imaginación, de depurar nuestra vida interior, de ir formando nuestra aptitud para apreciar la belleza y de ir formando nuestra necesidad de buscar el conocimiento para fortalecer espíritu, imaginación e inteligencia.
Es bueno reflexionar sobre el momento en que escribo estas líneas. Muchos celebran el triunfo de la era tecnológica y aceptar estar en la hora de los cambios exigidos por la sociedad de masas. Por un lado comprueba que, efectivamente, lo que aprendí en mis etapas escolares y universitarias puedo considerarlo como caduco, y advierto que lo que vengo enseñando ha de sufrir, de pronto, una quiebra singular. Ese es, para muchos, el progreso.
Lo grave es que también comprobamos que la educación se ha deteriorado en todas partes. Unos lo reconocen en los estudios superiores, los más confirman la inseguridad de toda la escuela secundaria, y todos creen tener ideas felices para reformar la escuela inicial. El mundo está perdiendo la fe. Hay crisis en las religiones, pero cada vez es más urgente la necesidad de un encuentro espiritual. La prensa internacional celebra el vuelco significativo que representa la ascensión al poder de Obama, cuyo discurso inaugural ha aludido, en forma clara y rotunda, a la necesidad de salvar el espíritu. El dinero, que nos ha dominado durante una larga época, respaldando la política capitalista, comienza a escuchar voces dispares.
Algunas instituciones universitarias han perdido la fe en su objetivo esencial y han cedido a la tentación bursátil: dan la impresión de ofrecer mercadería para vestir bien, oscureciendo así su natural deber de convocar a la búsqueda del conocimiento y a trabajar para su perfección. La investigación científica se va debilitando en nuestros centros superiores de enseñanza, y nos parece natural que nuestros egresados emigren y permanezcan fuera del país.
Si digo todo esto y lo relaciono con la lectura, es porque debemos reconocer una confusión de la que hay que librarse cuanto antes. ¿Para qué nos proponen la lectura en la escuela y en la universidad? ¿Por qué deberíamos aprender a leer en la casa, antes de la hora escolar? Hay que decirlo: para reforzar nuestra condición humana. Para ser hombres libres. Para fortalecer el espíritu. Para confirmar que, felizmente, somos ese animal racional de la definición escolar. Rezamos, y para mejorar nuestra aptitud crítica, leemos.
La lectura nos vincula con el pasado y nos abre el camino hacia el porvenir. Leer nos permite descubrir cómo el lenguaje nos une con nuestro semejantes. Si no sabemos nada sobre el lenguaje, no sabremos nada sobre los otros. Y si no sé nada sobre los otros, sabré muy poco de nosotros mismos, que somos el prójimo de todos ellos. Cada vez que leo un libro confirmo que ‘soy’ en este mundo. Y cada vez que renuevo la lectura, advierto cómo mejorar mi relación con la verdad y la belleza. Y, sobre todo, reconozco cuánto debo a esos libros iniciales, que me enseñaron a atizar el fuego para dar calor al espíritu y valorar la inteligencia.

http://www.larepublica.pe/aula-precaria/25/01/2009/el-peru-y-la-vitamina-l

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