Rocío Silva Santisteban
Mi padre, quien amaba a su tierra con la racionalidad de un historiador y la pasión de un hijo único, solía decir que en la tierra del Cumbe había cajamarqueses, cajamarquinos y cajamarcudos. Él consideraba que había transitado los tres estadios, pero a su vez intentaba remolinarse en su condición de cajacho, que era como una cuarta versión que todo cajamarquino lleva en su núcleo duro.
Algunos periodistas limeños consideran que los pobladores que en estos momentos se han levantado contra el oprobio en las laderas de la laguna El Perol son, simplemente, cajamarcudos en estado puro, porque los perciben como borregos que siguen los lineamientos de los extremismos, de los rojos, de los ex terroristas, de los resentidos sociales ante el beneficio que la mina les ha dado a los otros, a los cajamarqueses. Estos “electarados” que reclaman por el derecho al agua son para Jaime de Althaus los artífices de un estado de terror y para Aldo Mariátegui los plausibles de ser comprados, porque “el billete es un bálsamo que calma a cualquier crispado. Repartan plata y verán cómo estos payasos extremistas se quedan solitos”. Así miran estos periodistas, con el color del cristal de sus metalizados ojos, la realidad nacional. Como dice Carlos Monge, es un discurso racista y clasista.
Estas palabras, más otras que explican la situación de los cajamarquinos a la terquedad del serrano o que incluso le reclaman al gobierno que declare “estado de emergencia y que entren las tropas”, exacerban aún más los ánimos adentro de la zona, pero lamentablemente se expanden por todas las ondas electromagnéticas y hertzianas del Perú. ¿Con qué tipo de irresponsabilidad nos estamos encontrando para que la opinión de cuatro limeños difundida a través de los megaparlantes de los medios caliente aún más a la indignada población?
Mientras escribo esta kolumna “jueves por la noche”, la situación está a punto de reventar y yo espero que el domingo, mientras usted la lee, los cajachos de corazón hayan permitido un espacio de diálogo a partir de una flexibilidad de esos 15 puntos rígidos. Un diálogo con las más altas autoridades del Estado. El dilema modernos vs atrasados es perverso e inmoral, pero ahora también lo es el oro vs el agua. No permitamos que el agua sea postergada por el oro ni que los inflados bolsillos de algunos inversionistas sean más rotundos que los vacíos bolsillos de miles de campesinos, pero tampoco podemos permitir que en la tierra de los cuismanco se produzca un “cajamarcazo”. Ollanta Humala no debe de emular la tesis del “perro del hortelano” e intentar que el Perú avance a sangre y fuego; pero, a pesar de que los indignados no tienen gravámenes ni óbolos voluntarios sino solo su vida para ofrecer, ¡no debe haber ni un muerto más por conflictos sociales!
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