Universitarios, ¿minoría privilegiada o compromiso social?
José Manuel Pérez Rivera
Hace algunos años, cuando leí el conocido libro de E. F. Schumacher “Lo
pequeño es hermoso” hubo una idea que me impactó. En el capítulo
dedicado al problema del desempleo en la India, Schumacher plantea una
pregunta ciertamente pertinente a la que hasta la fecha yo no había
prestado demasiada atención: ¿Para qué es la educación?. Al responderla
el célebre economista alemán comentaba que el coste de una carrera
universitaria de cinco años para un hindú equivalía a ciento cuenta años
de trabajo de un campesino. Esta respuesta daba lugar a un
cuestionamiento no menos importante. “¿Ha de ser la educación un
“pasaporte al privilegio” o algo que la gente pueda tomar casi como un
voto monástico, una obligación sagrada de servir a la gente?”. Ni
que decir tiene que la primera opción es la elegida mayoritariamente por
la mayor parte de las personas que pasan por la universidad en todos
los países del mundo. Según Schumacher, este “egoísmo innato por parte de la gente que está bien preparada para recibir pero no para dar”, lleva a que esta minoría privilegiada desee ser educada “de
una manera que los mantenga aparte e inevitablemente aprenderán y
enseñarán las cosas equivocadas, es decir, cosas que los mantienen
aparte, con desprecio por la mano de obra, desprecio por la producción
primaria, desprecio por la vida rural, etc…”.
Tiempo después encontré similares críticas a la falta de implicación de
las personas instruidas en autores como Iván Illich o el ensayista
mexicano Gabriel Zaid. De este último autor mantengo vivo el recuerdo de
la lectura de algunas obras suyas como “La feria del progreso” (1982),
donde no escatimaba críticas contra los trepas universitarios,
preocupados únicamente de obtener beneficios económicos, prestigio
social y poder. Me ha alegrado comprobar, -leyendo algunos de sus
recientes artículos en la prestigiosa revista Letras Libres-, que no ha
variado un ápice su postura al respecto de la mayor parte de la clase
universitaria. Así, en un artículo titulado “muros profesionales”
(02/01/2012), comenta cómo en la actualidad contamos con suficientes
recursos económicos y técnicos para acabar con el hambre en el mundo, “pero
los universitarios en el poder de los países capitalistas, comunistas y
del Tercer Mundo siempre han tenido cosas más importantes que hacer.
Los muros que impiden acabar con el hambre no son físicos, ni están
sostenidos por intereses económicos ni políticos. Por el contrario,
facilitar que los pobres salgan de pobres sería un gran negocio
económico y político. Los muros invisibles son las convicciones
profesionales impermeables a la realidad. Desde que el poder está en
manos de universitarios, las necesidades sociales están sujetas a las
necesidades intelectuales de los expertos, funcionarios, políticos y
comentaristas. Si hay ideas que no les entran en la cabeza, que no
encajan en sus marcos teóricos y consensos profesionales, no pasan a la
práctica”.
Sin lugar a dudas, la crítica más conocida a la falta de compromiso
social de los universitarios proviene del famoso discurso que dictó
Salvador Allende en la Universidad de Guadalajara (México, 2 de
diciembre de 1972). Allende hacía un llamamiento a los universitarios
para que entendieran que los cambios estructurales económicos necesarios
para salir de la situación de penuria que afectaba a los países
suramericanos “ se requiere un profesional comprometido con el cambio
social; se requiere un profesional que no se sienta un ser superior
porque sus padres tuvieron el dinero suficiente para que él ingresara a
una universidad; se necesita un profesional con conciencia social que
entienda que su lucha, si es arquitecto, es para que se construyan las
casas necesarias que el pueblo necesita. Se necesita un profesional que,
si es médico, levante su voz para reclamar que la medicina llegue a las
barriadas populares y, fundamentalmente, a los sectores campesinos …Se
necesitan profesionales que no busquen engordar en los puestos públicos,
en las capitales de nuestras patrias. Profesionales que vayan a la
provincia, que se hundan en ella ”.
Podríamos seguir citando a cientos de autores con críticas similares
hacia lo que suele denominarse el “tejido social culto” de nuestros
respectivos países. De entre ellos, pocos son los universitarios de todo
tiempo y lugar que han sentido esta obligación moral de devolver a la
sociedad el esfuerzo colectivo de trabajo y dinero que ha costado su
carrera universitaria. Muy distinta sería nuestra sociedad si se
adquiriera esta conciencia colectiva sobre la necesidad de devolver a la
sociedad su inversión en la educación superior de un reducido y
privilegiado grupo de jóvenes. Los universitarios tendrían que
reflexionar en torno a esta idea y pensar qué pueden hacer para mejorar
las expectativas de vida de los ciudadanos de la localidad en la que
viven. Y esto no sólo afecta a los estudiantes en curso o a los recién
titulados, sino al conjunto de las personas que cuentan con un título
universitario.
Necesitamos, -en la misma línea que reclamaba Salvador Allende-, médicos
que se preocupen no sólo de curar a los enfermos, sino de evitar que
enfermen denunciando las causas ambientales que hay detrás de la
proliferación de enfermedades como el cáncer, la diabetes, la fatiga
crónica; abogados que no se ocupen de salvar de la cárcel a los
corruptos que han hundido la economía española, sino que se impliquen en
la persecución de los ladrones de guante blanco y asesoren a las ONG en
sus denuncias contra los delitos ambientales o financieros; arquitectos
que no se vendan a los espurios intereses de promotores y
constructores, sino que aporten su conocimiento para avanzar en la
sostenibilidad ambiental de nuestras ciudades; historiadores que hagan
frente al nihilismo antihistórico de los políticos en nuestro país, para
quienes la memoria histórica, aún la más inmediata, es un pesado lastre
del que quieren deshacerse para no asumir responsabilidades por su
ineptitud y negligencia; científicos que dejen de trabajar para las
empresas de armamento que se lucran con la muerte y trabajen para las se
preocupan en salvar vidas humanas; economistas que desarrollen
alternativas más sostenibles que el vigente sistema capitalista;
periodistas independientes que informen con veracidad de los
acontecimientos locales, nacionales e internacionales; profesores con
vocación en la formación de ciudadanos despiertos, lúcidos y críticos…
Sí, es verdad. Todos conocemos a algunos universitarios comprometidos
con el más noble ejercicio de su labor profesional. Pero son una minoría
entre el amplio número de jóvenes que han pasado y pasan por las
universidades. La actual situación de crisis multidimensional
(económica, ecológica, social y ética) requiere la implicación activa y
comprometida de toda la sociedad, en especial de aquellos que han
alcanzado los niveles más elevados de formación académica.
Afortunadamente, movimientos como el 15M, entre cuyos integrantes
abundan estudiantes o licenciados universitarios, nos hace albergar
esperanza sobre un mayor compromiso social de la clase universitaria
española.
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