Marco Sifuentes
“Comenzó como oscuro ladronzuelo de la intimidad ajena (es lo que hace un hacker informático, aunque el anglicismo trate de inocular dignidad a ese innoble oficio)…”
Eso dijo Mario Vargas en su columna “Julián Assange en el balcón” de hace una semana. Al margen de cuán bien dateado esté Vargas Llosa sobre el caso Assange (llega a decir que “no es objeto en estos momentos siquiera de una investigación judicial en los Estados Unidos” cuando un Gran Jurado de Alexandria, estado de Virginia, hace meses, le abrió el expediente 10-3793 por conspiración y espionaje), creo que vale la pena corregir un prejuicio de nuestro Nobel.
Ser hacker no es exactamente un “oficio”, menos aún, ser un “oscuro ladronzuelo de la intimidad” propia o ajena. Quizás nuestro más grande escritor se quedó con la imagen fascinante de Lisbeth Salander, pero no, el “hacker” no tiene usualmente tanto glamour como la chica del dragón tatuado.
Para decirlo en sencillo, un hacker es una persona que disfruta programando apasionadamente. Es, por tanto, más un pasatiempo que un oficio.
Son fanáticos de “romper” (explorar, apropiarse, “to hack”) los códigos de un sistema, básicamente por el placer de hacerlo. Los creadores de Apple, de Microsoft, de Facebook, de la Internet misma: todos eran hackers. No hay nada (necesariamente) criminal en sus actividades y, de hecho —contrario al prejuicio en el que caemos todos, Vargas Llosa incluido— existe algo llamado la “ética hacker”.
Así como los valores de la ética protestante anglosajona fueron el principal motor de la sociedad capitalista en los últimos 200 años, la ética hacker es la base fundacional de la etapa actual: la sociedad de la información.
Al margen del innegable narcisismo de Assange, el fenómeno Wikileaks no se entiende fuera del contexto de la ética hacker. En la escala de valores de la vieja ética protestante, que marca el desarrollo de la sociedad capitalista, priman la acumulación de dinero, la laboriosidad diligente, casi automática, la aceptación de la rutina, la obsesión por la eficacia y los resultados.
Desde esta lógica, Wikileaks, una organización que genera problemas en vez ingresos, no tiene ningún sentido.
Pero desde esta lógica tampoco tienen sentido los tuiteros que difunden información sin que nadie les pague y, además, se retuitean entre sí en vez de competir; los fanáticos que suben a Internet y hasta subtitulan series y películas gratis; el famoso Gerardo Lipe y sus émulos, dedicados a colgar programas enteros de la televisión peruana en YouTube sin recibir un sol a cambio; ni siquiera tiene sentido, como ya se ha dicho alguna vez, Gastón Acurio compartiendo sus recetas secretas y promocionando a quienes en teoría son su competencia.
Todos ellos, todos nosotros, somos, bajo distintos grados de influencia, herederos de un sentido común popularizado por los hackers originales de los 70. Para la ética hacker importan el acceso ilimitado, irrestricto y libre a la información, la libertad, compartir lo que nos apasiona, la transparencia. Más que las ganancias, importa el reconocimiento de tus pares. ¿Así tiene más sentido Wikileaks, no? Y también la “piratería”, las redes sociales, el ciberactivismo y todo eso que Vargas Llosa insiste en ver desde el balcón.
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