10 de agosto de 2013

PELOTAS


Jerónimo Centurión

Estamos cada vez más sensibles. Será el invierno frío y húmedo. Será que tanta mentira repetida nos terminó colmando la paciencia. Será que esta vez y como siempre, nos ilusionamos más de la cuenta y terminamos lamentándonos sin saber bien qué hacer. O acaso será que en estos días de celebración nacionalista, en la que nos invaden de comerciales, banderas y cánticos, las empresas recordándonos una peruanidad abstracta y a medio cocer, recobramos la memoria y nos ponemos a pensar en la historia reciente del Perú: que un chinito con tractor, apoyo evangélico y aliados apristas nos vendió un cuento que no tardaría en derrumbarse y convertirse en el gobierno más corrupto de la historia; que luego vino un cholo sano y sagrado que nos llenó de esperanza, salimos con él a las calles, vencimos a la mafia para que él se emborrachara de poder y acabara con la mística de un solo trago. La macroeconomía, el PBI y el consumo seguían, sin embargo, creciendo. La corrupción también, claro, pero eso a estas alturas ya se vuelve un tema secundario. Luego, cuando nuestra decepción parecía tocar fondo, volvió García, sí, aquel que destruyó la economía con una eficiencia difícil de igualar en la historia. Sí, volvió Alan para salvarnos del izquierdista Humala, volvió Alan con el apoyo de todos los medios y empresas para hacerle frente al cuco y vaya si se creyeron el cuento. La llamada Alianza Popular Revolucionaria Americana se convirtió en el partido de derecha más extrema y fascista que jamás haya tenido el país. Luego le tocó el turno a Humala, el joven militar que se reveló ante a Fujimori y que influenciado por una familia excéntrica, pero de izquierda, y una esposa progre, logró una confluencia optimista. En primera vuelta, un tercio del país votó por él y por un plan de clara tendencia socialista. Luego, alteró su propuesta de gobierno para obtener un 15 por ciento más de votos, aquellos que lo hicieron imponerse frente a Keiko. Yo me encuentro entre los que votaron en primera y segunda vuelta por Humala. El presidente, sin embargo, ante la ausencia de partidos políticos y de una oposición organizada, se olvidó de quienes lo ubicaron donde está y se dejó lavar la cabeza por quienes manejan el poder económico.

Hoy, Humala se ha vuelto “Cosito”, diminutivo cariñoso de “Cosa” que es como Nadine, su empoderada e inteligente mujer lo llama. Pero eso es anecdótico. Ser saco largo o dejar que sea su esposa quien tome las más importantes decisiones no tiene nada de malo, podría ser sumamente positivo, lo que molesta es que hagan todo lo opuesto a lo que prometieron y no nos hablen claro ni expliquen por qué.

La semana pasada, en las marchas, contra la denominada repartija, la mayoría había votado como yo, es decir, por Humala en ambas vueltas. Y el sentimiento de decepción era colectivo, generalizado. La elección de personajes asociados a la corrupción toledista y fujimorista fue la gota que derramó el vaso. Pero la sensación era de rabia ante el silencio, ante el cambio abrupto e inconsulto de dirección.

Debo decir que debemos perderle el miedo a la palabra política y más aún a decir soy de izquierda, si creemos que el libre mercado y el capital no pueden solucionarlo todo y debe existir un Gobierno para regular una competencia económica que es a todas luces injusta y desigual, no debe darnos vergüenza decir que somos de izquierda, socialistas o de centro izquierda, como quieran. Las marchas rebosaban entusiasmo y energías bienvenidos, el Gobierno, en fin, demostró una torpeza y patanería sorprendentes, pero sentí que nos faltó articulación y propuesta. Nuestra indignación es política, propongamos alternativas políticas.

Logramos hacerlos reconocer su tremendo error al nombrar a un defensor del pueblo y miembros del TC impresentables. Pero debemos hacerles recordar que un tercio del país esperábamos otra cosa y no debemos ser ninguneados. Humala perdió una nueva la oportunidad de hablar claro, de devolvernos un poco de esperanza, de quitarnos así sea por el invierno, la sensación de haber sido una vez más engañados. Tal vez sea su tono dubitativo, sombrío y esa portátil ridícula lo que han convertido el tercer mensaje de Humala en una suerte de opaco déjà vu, algo que ya vivimos y no nos interesa recordar.


http://diario16.com.pe/columnista/8/jeronimo-centurion/2721/pelotas

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