29 de julio de 2014

Sentido de patria

Gustavo Espinoza M.

Cuando el poeta nacional Marco Martos Carrera sintió la necesidad de exponer su sentido de patria, acudió a la belleza literaria y nos dijo: “No es este tu país / porque conozcas sus linderos / ni por el idioma común / ni por el nombre de sus muertos / Es este tu país / porque si tuvieras que hacerlo / lo elegirías de nuevo / para construir aquí / todos tus sueños…”.

Con destreza, desbrozó un camino que le permitió deslindar con los elementos tradicionales de la peruanidad: el territorio geográfico, la lengua y los héroes nacionales; y abrir paso a la esperanza de un país mejor, construido por el esfuerzo militante y activo, y por la voluntad de millones de hombres y mujeres que habitan este suelo.

Este recurso le ayudó a contrastar dos concepciones que pueden enfrentarse, aunque respondan siempre a un mismo declarado patriotismo. Por un lado, el sentido formal de lo que constituye la patria. Y, por otro, lo que se integra a partir del sueño de los peruanos orientados por los más altos ideales humanos.

La proximidad de las fiestas nacionales constituye un aliciente que nos invita a reflexionar sobre estos elementos, y vincularlos al contexto concreto: a las tareas que los peruanos de hoy tenemos ante los ojos y que se han convertido en retos para las nuevas generaciones. Veamos.

El Perú es uno de los países más antiguos del mundo. Cuando en los años cincuenta estudiábamos la “historia antigua”, los textos escolares nos llevaban de la mano a las culturas milenarias: el antiguo Egipto, la Mesopotamia, la pequeña Fenicia, el Imperio Persa. Eran poblaciones que habitaban el planeta tres mil o cuatro mil años antes de nuestra era y asomaban al horizonte como las civilizaciones más primitivas.

Hoy, la Cultura Caral representa, quizá, la expresión más antigua de la peruanidad. Surgida cinco mil años antes de la era cristiana, y expresión de un universo próspero, nos muestra la imagen de una civilización de la que no se tenían noticias. Al mismo tiempo, nos habla de comunidades humanas existentes en nuestro suelo, que portaban expresiones de vida de inmenso valor. El descubrimiento de Ruth Shady le ha entregado un nuevo mensaje a nuestra historia.

Podemos, los peruanos de hoy, hablar entonces de culturas nacionales alimentadas desde hace casi siete milenios y nutridas de valores que se han ido acumulando en la experiencia de lo que hoy llamamos “poblaciones originarias”, y que no son otra cosa que la vida que alumbra las expectativas de nuestros pueblos.

De esas experiencias es que nace la pluralidad de la cultura, la diversidad de lenguas aborígenes, las costumbres ancestrales, los mitos y leyendas; pero también las grandes creaciones peruanas desde las ruinas de Choquequirao, el Santuanrio de Ampay y la Fortaleza de Keulap, hasta Machu Picchu.

Es esa historia la que fue capaz de forjar culturas tan importantes como Nazca o Paracas; Moche o Chavín de Huántar; Tiahuanaco o Chimú: para citar tan solo algunas de las múltiples expresiones de riqueza humana, que precedieran al grandioso Imperio de los Incas. Y fue éste, el que extendió el caudal de nuestra cultura hacia los más diversos rincones de América en un sueño abruptamente interrumpido por la conquista y el coloniaje.

Mariátegui recuerda que la destrucción de la economía y de la cultura incaicas, fue “una de las responsabilidades menos discutibles del coloniaje, no por haber constituido la destrucción de las formas autóctonas, sino por no haber traído consigo su sustitución por formas superiores”. Y es que, en efecto, la destrucción de la estructura Inka no permitió forjar una cultura nueva, sino que abrió paso a una conquista violenta que ensombreció la vida nacional.

Ese hecho dio sustento a las expresiones más heroicas de nuestra historia. Las acciones rebeldes de Manco Inca, la valerosa resistencia de Juan Santos Atahualpa, la epopeya de Tupac Amaru, y Micaela Bastidas las luchas de Francisco de Zela, Crespo y Castillo, el Cura Muñecas, Aguilar y Ubalde y Mateo Pumacahua; el sacrificio de Mariano Melgar, la muerte de José Olaya; fueron todos hitos de una misma voluntad: liberar al país del yugo extranjero para afirmar el verdadero sentido nacional de nuestra historia.

A ella se sumaron los mensajes y el ejemplo de los peruanos que forjaron un sentido creador a ésta, nuestra “Nación en proceso de formación”, como la definiera El Amauta. Desde María Alvarado, Mercedes Cabello, Clorinda Matto o Angela Ramos; hasta Miguel Grau, Francisco Bolognesi, Alfonso Ugarte, Ramón Castilla, Daniel Alcides Carrión y González Prada.

Las luchas valerosas de nuestros pueblos en distintas etapas, tanto en acciones de orden nacional como social, complementaron el mensaje y afirmaron el papel de una clase social -los trabajadores- y un movimiento siempre vivo: el campesinado, que luchó siempre por la dignidad y la justicia afirmando el pensamiento de hombres grandes, como César Vallejo o José Carlos Mariátegui.

En el Perú -como quedó demostrado hasta la saciedad- no se produjo nunca la fusión de dos culturas, orientada a forjar una tercera que naciera de ambas. Hubo más bien un proceso de destrucción sistemática de la cultura nuestra, en el empeño por desaparecer lo que los conquistadores juzgaron siempre “una raza inferior”, “un pueblo sometido”. Hoy, la vida se ha encargado de desmentir tamaño despropósito.

Y eso, no sólo ha ocurrido aquí, en este territorio de algo más de un millón de kilómetros cuadrados que nos alberga; sino que se afirma en el extenso suelo americano, que a partir del siglo XV fuera hollado y sometido por los conquistadores. Las poblaciones originarias de América, desde Alaska hasta la Patagonia, procuran con esfuerzo, retomar el camino que fuera interrumpido por el fenómeno guerrero y opresor de la conquista.

Alguien podría decir que “ya es muy tarde”, que ya “ha pasado mucho tiempo”`. Pero no es así. Los pueblos de España pasaron casi un milenio bajo el dominio Moro, pero alcanzaron a recuperar su identidad. Los Balcánicos -incluida la pequeña Bulgaria- vivieron 800 años sometidos al yugo turco, pero alcanzaron finalmente su independencia y reconstruyeron su cultura.

Los pueblos de América lo vienen haciendo desde una óptica nueva, Solo que en las condiciones de hoy, eso no será posible en los moldes heredados a partir de la conquista. Las banderas que ahora se enarbolan, recogen dos grandes expresiones de la dignidad humana: la lucha por Independencia y Soberanía.

Ellas nos permitirán, a partir de nuestra condición de territorio invadido, recuperar nuestra propia vigencia, y forjar desde ella la sociedad del futuro.

Nosotros le llamaremos la Sociedad Socialista porque en la base de nuestra historia está la vida comunitaria y social de nuestros pueblos; y porque estará basada en los más altos y genuinos valores de la comunidad humana, pero se alimentará de las batallas que se libran en todo el continente contra el dominio opresor del Imperio, que busca perpetuar la discriminación y la barbarie.

Hombres netos de América, como Emiliano Zapata o Augusto C. Sandino, jugaron en el pasado un rol decisivo en esta tarea. Hoy, el empeño continúa en nuevas condiciones. Eso explica la lucha de nuestros pueblos hermanos que más allá de fronteras formales recogen la semilla del pasado y siguen un nuevo derrotero. Ese, es Cuba, desde Hathuey hasta nuestros días; Venezuela o Chile; Bolivia, Ecuador o Uruguay; El Brasil de Tiradantes, el Uruguay de los Charrúas; o el México desde Moctezuma hasta nuestro tiempo. A él, aportamos los peruanos.

Para nosotros, la tarea consiste en recuperar las riquezas básicas hoy nuevamente en manos de consorcios y monopolios foráneos; reconstruir la economía nacional en beneficio de las grandes mayorías; integrar al país con un claro sentido liberador y democrático; respetar la interculturalidad; incorporar a las acciones esenciales a los pueblos tradicionalmente discriminados, sometidos y marginados; en suma, mostrar sentido de Patria y hacernos dignos de su historia. Así concretaremos el anhelo del poeta, y construiremos aquí todos los sueños.

 
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