César Lévano
En las campañas electorales del 2006 y el 2011 Nadine Heredia se mostró como el ala izquierda del dúo matrimonial. Después, ya instalada en Palacio, se convirtió en el ala derecha, neoliberal, neocolonialista y antipopular, que coordinaba con el ministro de Economía Luis Castilla, portavoz del Banco Mundial y del FMI.
Creo que fui el primer analista que se percató de ese papel nefasto de Nadine Heredia, y que lo señalé sin tapujos.
Esa es la gran infidelidad política y social que pesa sobre la esposa del presidente Ollanta Humala.
Ese rol reaccionario de ella ha sido confesado más de una vez. En la sonada entrevista grabada que el periodista Gabriel Gargurevich Pazos le hizo para la revista Cosas, la señora expuso su papel de cogobernante no elegida. Sin modestia alguna, dijo:
“Aunque seas presidenta del Partido Nacionalista, aunque seas una persona inteligente que pueda aportar y contribuir en las decisiones de tu esposo, o puedas dar opiniones a los ministros para que tomen una mejor decisión, aunque sea como amiga… Eso no importa, tu rol es regar las plantitas de Palacio de Gobierno.”
Expresó luego: “Yo soy presidenta del partido y veo las cuestiones referidas a la bancada, cuando hay iniciativas legislativas tengo que verlas algunas veces con los ministros y otras veces con los asesores de los ministros”.
La señora Nadine se presentaba así como el poder detrás del trono. De paso, exhibía a su esposo como un gobernante que no gobernaba. Por algo, después del diálogo, ella intentó suprimir párrafos. Me imagino que los aquí citados.
Ahora, en la Comisión del Congreso que investiga a Martín Belaunde Lossio se ha lanzado un chisme, que Alan García había hecho circular, sobre una supuesta infidelidad conyugal de Nadine. Eso es una bajeza digna del jefe aprista.
El presidente Humala ha respondido diciendo: “Con las mujeres no se metan”. A los políticos –y Nadine Heredia lo es– hay que exigirles manos limpias, transparencia moral. La compra de prendas de lujo, disfrazadas con una tarjeta de crédito ajena, no convencen a nadie. A la señora Nadine le conviene, para salvar su dignidad de mujer y de política, exhibir su cuenta bancaria y explicar diversos negocios de su familia, no solo de sus hermanos.
El jefe del Estado resulta agraviado con el chisme sobre una aventura conyugal. Esa habladuría lo presenta en actitud ridícula. Al defender a Nadine se defiende a sí mismo; pero lo hace mal. Si el remedio fuera no meterse con las mujeres, Keiko Fujimori se convertiría en una ciudadana por encima de toda sospecha.

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