Eduardo González
El terrorismo como método criminal tiene diversas formas: ataques dinamiteros indiscriminados, ejecuciones arbitrarias, secuestros, matanzas y otros actos que, presuntamente, deben desmoralizar —aterrorizar— a un grupo que se conceptúa enemigo.
En tanto método, ninguna tendencia o nación tiene la exclusividad de su uso. Nacionalistas cometieron magnicidios en Europa y apristas los cometieron en el Perú. En la Segunda Guerra Mundial, los alemanes desaparecieron prisioneros y los rusos ejecutaron a oficiales de los países ocupados. Volviendo a nuestro caso, las alegaciones indican que los extremismos se parecen: a fines de los 70, para atacar al gobierno militar al que consideraban su enemigo, marinos de ultraderecha atacaron barcos cubanos y Sendero Luminoso dinamitó la tumba del general Velasco.
Estos son hechos, pero no sabemos cómo nombrarlos. Y mientras menos los nombramos, más se hunden en la desmemoria o en un retrato a la medida de quienes quieren mantener la impunidad. En el Perú se enfrentaron grupos subversivos y el Estado, ambos usando métodos de terror, pero solo los subversivos son llamados “terroristas” y, en consecuencia, el conflicto armado es conocido coloquialmente como “la época del terrorismo”.
Cuando el renunciante canciller Béjar dijo que el terrorismo se había iniciado antes de 1980, se refería al método, y no faltaba a la verdad. Cuando el público escuchó que el terrorismo había sido iniciado por la Marina, entendió que Béjar se refería al período histórico, y lo consideró un ultraje.
Nuestra historia reciente es, entonces, una colección de hechos innombrables. Preferimos el silencio, o bien una narrativa estándar y tranquilizante: lo que ocurrió lo hicieron otros, no nosotros. Esa autocensura es mucho más grave que el caso Béjar y no se limita al “conflicto armado” o a la “época del terrorismo”, sino que invade toda nuestra vida en común e impide ver los problemas a la cara.
En tanto método, ninguna tendencia o nación tiene la exclusividad de su uso. Nacionalistas cometieron magnicidios en Europa y apristas los cometieron en el Perú. En la Segunda Guerra Mundial, los alemanes desaparecieron prisioneros y los rusos ejecutaron a oficiales de los países ocupados. Volviendo a nuestro caso, las alegaciones indican que los extremismos se parecen: a fines de los 70, para atacar al gobierno militar al que consideraban su enemigo, marinos de ultraderecha atacaron barcos cubanos y Sendero Luminoso dinamitó la tumba del general Velasco.
Estos son hechos, pero no sabemos cómo nombrarlos. Y mientras menos los nombramos, más se hunden en la desmemoria o en un retrato a la medida de quienes quieren mantener la impunidad. En el Perú se enfrentaron grupos subversivos y el Estado, ambos usando métodos de terror, pero solo los subversivos son llamados “terroristas” y, en consecuencia, el conflicto armado es conocido coloquialmente como “la época del terrorismo”.
Cuando el renunciante canciller Béjar dijo que el terrorismo se había iniciado antes de 1980, se refería al método, y no faltaba a la verdad. Cuando el público escuchó que el terrorismo había sido iniciado por la Marina, entendió que Béjar se refería al período histórico, y lo consideró un ultraje.
Nuestra historia reciente es, entonces, una colección de hechos innombrables. Preferimos el silencio, o bien una narrativa estándar y tranquilizante: lo que ocurrió lo hicieron otros, no nosotros. Esa autocensura es mucho más grave que el caso Béjar y no se limita al “conflicto armado” o a la “época del terrorismo”, sino que invade toda nuestra vida en común e impide ver los problemas a la cara.

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