28 de agosto de 2022

Perú: Seiscientas ediciones

César Hildebrandt

Seiscientas ediciones. Seiscientas semanas de vértigo, penurias, tropiezos, campañas, investigaciones decisivas, desafíos. Doce años cuidando el lenguaje, preservando valores que hoy pocos respetan, equivocándonos con pasión, amando, en suma, el oficio de contar cosas que en verdad sucedieron.

Todo empezó cuando Rebeca Diz me propuso hacer una revista de la que nunca podrían despedirme (y de la que tampoco podría irme). Me había ido de “Caretas” por la tele, había huido de “Sí”, había terminado con “Liberación” y tenía el prontuario de despidos más rico de la TV: 14 patadas en el trasero por desobediente, bronquero e insumiso. Era hora de buscar un puerto, sobre todo en el momento (2010) en el que los ahorros estaban terminando de esfumarse. Llevaba cuatro años sin un trabajo estable y lo mío se limitaba a escribir una columna en “La Primera”. De modo que acepté que el entusiasmo, la fe y la inversión de Rebeca Diz derrotaran mis pronósticos sombríos.

El comienzo de esta revista fue casi el final. No vendíamos lo suficiente, no teníamos un centavo de publicidad ni de respaldo y éramos esquilmados, sin saberlo, por la empresa que nos editaba. Lo que quedaba de Alan García estaba feliz y me lo mandaba a decir. Los cacos, en general, celebraban el cierre precoz de esta aventura.

Pero ocurrió el milagro. Cambiamos de editora, subimos el tiraje, mejoramos el contenido y la diagramación. Estábamos decididos a pelear y hubo meses en los que Rebeca y yo no pudimos ni cobrar el sueldo. Pero salimos adelante. Los lectores, nuestros únicos socios, nos respaldaron. Hicimos lo que cualquier publicación sueña hacer: nos convertimos para algunos (los suficientes) en una adicción.

García, el hombre que hizo de la socialdemocracia peruana una pandilla de cazafortunas, había fracasado.

Entonces llegó Humala, el hombre por el que me habían echado de Canal 2. Yo me había negado a sumarme a la campaña en contra suya y entonces un gerente con cara de dólar me llamó y me dijo que mi contrato se rescindía. La Chichi era la feliz ahora.

Llegó Humala y de inmediato se notó la farsa. El nacionalista era un cachaco que tenía un cuarto de Odría, un cuarto de Benavides, un cuarto de Velasco y un cuarto de amigo de lo ajeno. Su mujer era peor, para espanto del feminismo y contento de los brasileños corruptores. Las denuncias de esta revista sacudieron a la pareja del delito y eso hizo que la Sunat nos persiguiera tratando de encontrar alguna falta o delito. Un día –lo recordaremos siempre– nos visitaron en las vísperas de la Navidad. La arpía de Palacio se quedó con los crespos hechos. Ahora hace queques. Antes, con venezolanos y brasileños, hacía cochinadas.

Terminado el sainete del nacionalismo, tuvo que llegar, para evitar que lo hiciera Miss Yakuza, el señor PPK, que era como un Rico McPato que en vez de metros hablaba en yardas y que en vez de hectáreas calculaba acres. PPK, como todos los viejos, insinuaba la propia calavera cada vez que reía con su risa de Navidad nevada, pero era un señor respetable. Es decir, lo fue hasta que apareció su socio chileno y hasta que Kenji, el chico del perro, se metió en Palacio a canjear la libertad del patriarca ladrón.

Miss Yakuza envenenó 73 veces al viejo, que no necesitaba sino una sola dosis, y entonces subió Vizcarra, que sobrevolaba Palacio como un gallinazo oliendo su banquete cadavérico.

Vizcarra, como casi todos los presidentes del Perú, daba una buena primera impresión y, sin duda, no lo hizo tan mal como hubiesen querido sus adversarios. Tan mal no lo hizo que cerró el Congreso de hienas, lo que le costaría la cabeza más tarde. Digamos que él puso lo suyo a la hora de la decapitación: está acusado firmemente de recibir también sobornos, el viejo mal de las presidencias nativas (aunque en su caso las habría pedido cuando era gobernador de Moquegua).

La crisis moral y política de este país en caída libre tuvo un rostro cabal, aunque episódico, en el señor Manuel Merino de Lama, dotado de habilidades diferentes y a quien Fernando Belaunde Terry habría puesto, meritocráticamente, en alguna remota subprefectura.

La calle tumbó a este pobre diablo, con alto costo, y entonces llegó el señor Sagasti, que parecía salido de “Ellos y Ellas” cuando “Caretas” se editaba grandota y en blanco y negro. Era lo que podíamos recordar del Palais Concert, el bar Zela y el Negro Negro: un señor que recitó a Vallejo cuando juró la presidencia que le habían prestado y que ocultaba con triquiñuelas y pañuelos, como hacemos los hombres de las quintas edades, las grietas del cogote. Era la sombra de José Antonio pero sin Chabuca. Cumplió discretamente su papel de toro sobrero y entonces llegó el 2021.

Miss Yakuza tenía todas las de ganar. Es más, la prensa grandota, obesa de avisajes y parca en lectores, ya la había coronado. La televisión de la rapiña ya lo había decidido: Fujimori, su presidente favorito, volvería a iluminarnos. El Perú del tractor y la yuca, de la Chacón y la Chávez, de Galarreta y Bartra, estaba en trance de reencarnación.

Pero resultó que apareció un profesor chiflado que parecía salido de un “Coquito” socialistón, un marxista vintage que hablaba entre tropezones y caídas, que había sido dirigente extremista del magisterio y militante de un confuso partido de centro al mismo tiempo, que hablaba como el mito decía que había hablado Raymondi y que parecía, con su sombrerito, Speedy Gonzales pasado por el Movadef. O sea, un Frankenstein de Cartoon Network. ¿Eso iba a ganarle a Miss Yakuza? ¡De ninguna manera!

No fue Castillo –lo diremos mil veces– el que derrotó a quien ya se sentía presidenta. Fue la memoria. El antifujimorismo es la memoria colectiva, el trauma nacional, la fijación de escenas cruciales en la historia reciente del país. ¿Otra vez la concentración maligna del poder y la metástasis de la vulgaridad? ¿Otra vez el hedor? La gente, el pueblo en urnas, salvó al país de tamaña reincidencia. Y lo hizo por 44,000 votos.

El gran problema es que Castillo no era Speedy Gonzales. Era, más bien, el coyote al que todo le sale mal y a quien el correcaminos beep beep siempre burlará. Es, además, el socio de truhanes en licitaciones amañadas y el amigo de asaltantes y gentuza de todos los linajes. Castillo ha perdido el derecho de exigir respeto.

En todos estos años, me he ceñido a la norma ancestral de este oficio: publicar lo que verifiquemos como cierto sin que importen las consecuencias. Eso significa también distanciarnos de todo poder, el privado y el público, y aceptar que la soledad puede ser nuestra mejor compañía.

En estos años de vorágine el país se ha degradado, la política es un decorado de comedia involuntaria y los partidos yacen en el Presbítero Maestro. Y el mundo ha cambiado para mal, aunque se niegue a admitirlo. Vamos a paso ligero hacia un cambio de era y civilización y lo estamos haciendo con los mismos políticos que nos juraron que la estabilidad de los estados nación sería eterna y que el bienestar social sería el premio a la buena conducta de la economía.

Hoy todo eso está en destructiva revisión mientras que en el Perú el menú informativo es cada día más aldeano. Gracias a la pobreza mental de sus clases dominantes, nuestro país no tiene idea del reacomodo geológico que ha de venir. El periodismo en el Perú es un hombre que bosteza parado en un puente que se va a caer. Desde este semanario modesto de 600 números trataremos de hacer lo que hemos hecho siempre: gritarle a ese hombre que haga algo, que se mueva, que no todo está perdido.

Fuente: HILDEBRANDT EN SUS TRECE N°600, del 26/08/2022   p12

https://www.hildebrandtensustrece.com/suscripcion/tarifa

No hay comentarios: