Eduardo González Viaña
El racismo en el Perú es una pasión patética. El noventa y tantos por ciento de los peruanos somos, en diferentes medidas, mestizos. Sin embargo, sin mirarnos en el espejo, o tal vez después de haberlo hecho y de frotarnos con mucho jabón la cara, hay quienes comienzan a tratar de blanquearse, llamando a los demás “provincianos”, “serranos”, “chutos”, “terrucos”…
En 1950, durante la dictadura de Odría, un congresista que le era adicto presentó un proyecto de Ley por el cual la ciudad de Lima debía ser amurallada.
El señor Faura, dueño de una inteligencia tan privilegiada como la que exhiben generalmente los hombres de derecha, aducía que esos muros servirían para contener a los provincianos y cerrarles toda posibilidad de habitar en Lima.
La periodista Rosa María Palacios glosa las palabras de un general de la policía peruana apellidado Arriola, según el cual los “provincianos” que lleguen a Lima serán registrados, sus voces y rostros serán grabados y todas sus pertenencias les serán revisadas. Como lo dice bien Rosa María, las personas que salen y entran a Lima son millones, como millones somos también los “provincianos” que aquí residimos.
Probablemente, las suposiciones del general, según las cuales un provinciano sería una persona identificable por su bajo nivel económico, social y cultural, convierten a millones de peruanos en sospechosos.
No comparto los adjetivos de Rosa María que califica a este señor de cretino y estúpido porque, según puede observarse, esas convicciones tan poco científicas son compartidas por algunos peruanos que sienten la necesidad de crear o de imaginar grupos inferiores con la finalidad de sentirse “alguito más”. Incluso, en su desbocada ignorancia, suelen definir y confundir el lugar de nacimiento con una raza supuesta.
El racismo en el Perú es una pasión patética. El noventa y tantos por ciento de los peruanos somos, en diferentes medidas, mestizos. Sin embargo, sin mirarnos en el espejo, o tal vez después de haberlo hecho y de frotarnos con mucho jabón la cara, hay quienes comienzan a tratar de blanquearse, llamando a los demás “provincianos”, “serranos”, “chutos”, “terrucos”… Es una manera de querer hacer olvidar su tal vez visible inferioridad.
Hace poco, un periodista denostó de los futbolistas ecuatorianos por su origen racial africano: “Ustedes le hacen una prueba de ADN a (Felipe) Caicedo y no es un humano, es un mono, un gorila”. Y Phillip Batters- el periodista- no es precisamente un blanquito pecoso, sino un zambito con anteojos.
Como lo he dicho anteriormente, el perfil físico de un racista peruano no es precisamente el de un rubio miembro del Ku Klux Klan ni el de un germánico admirador de Hitler. No tiene esos caracteres. Si hay algo que lo identifica es su ignorancia. No han leído jamás un libro, y lo que saben sobre la actualidad lo han aprendido en las portadas que ojean de relancina en los kioscos de periódicos. Los deportes, las fotos de traseros y las consignas bestiales contra la gente del campo les bastan para alimentar su espíritu.
Y eso es lo peligroso. Hemos vivido hace poco el espanto sin fin de una guerra étnica. A la violencia surgida en el campo se opuso una guerra de tierra arrasada, pueblos borrados del mapa, familias sospechosas por tan solo el lugar de su nacimiento o sus centímetros de sangre indígena, cuarteles convertidos en cementerios y grupos impunes encargados de las muertes selectivas.
Decenas de miles de personas fueron empujadas a las prisiones luego de procesos que no duraban más de una hora y cuyos resultados no son demasiado creíbles.
Embistiendo contra el Perú andino, la guerra étnica de Fujimori no solo mató personas. Mató también el amor y el respeto por la vida. En las palabras de su capellán −el señor Cipriani−, convirtió los derechos humanos en una “cojudez”. Exterminó del espíritu juvenil las ideas de sacrificio y de filantropía. Hizo que los dueños de los bancos y de la prensa salieran del closet para mendigar las dádivas de Montesinos. Al resto del Perú lo convirtió en testigo pasivo de una sangrienta infamia.
El Perú es una nación puesta de cabeza. El ejemplo más patético es este moreno de anteojos que predica racismo contra los afrodescendientes y es, al mismo tiempo, uno de los hombres de radio más populares del país. Por su parte, el terrorista Fujimori podría salir de la cárcel mañana o pasado si su gente del Congreso persiste en su afán de liquidar la democracia.
Las palabras del general mencionado deben ser una broma. No creemos que desconozca la Constitución del Perú que nos permite a todos viajar de uno a otro lado del país libremente. Sin embargo, nuestra admirada Rosa María hace bien en advertirnos contra la estupidez y la ignorancia. De otra manera, tendremos que levantar muros en torno de Lima y tendremos que pedirle a Francisco Pizarro que custodie la capital.
https://elcorreodesalem.
Radio PRODEMU FM
Perú: Lo que se viene
Los próximos días, serán convulsos. En todo el país –y no solo en Lima- se movilizarán decenas de miles de personas convocadas por un programa mínimo, hoy reducido a 2 puntos: la renuncia de Dina Boluarte y el cierre del Congreso. Pareciera que por falta de consenso, no se han incluido otros: Asamblea Constituyente y libertad para Castillo.
Lo de Dina Boluarte y el Congreso, resultan obvios. Están en la raíz de la protesta. Constituyen su esencia y la encarnan. Y son el común denominador que une a la inmensa mayoría de peruanos, hartos ya de las iniquidades de nuestro tiempo.
Lo de la Asamblea Constituyente está relacionado a la construcción de un nuevo marco constitucional. No es un acto, sino un proceso. Y debe iniciarse con una consulta destinada a que la población opine en favor de una nueva Constitución. Sólo así se abrirá paso y marchará.
Lo de Castillo tiene otra connotación. Algunos la eluden porque creen que implica identificarse con el Maestro depuesto. No es así. Implica sólo demandar su libertad para que responda sin coacción, a los procesos pendientes.
Una justicia transparente deberá esclarecer los hechos. Por ahora, asoma sepultado por el inmenso peso de acusaciones fantásticas. Pero está virtualmente secuestrado, y sin garantías. Debe tener derecho a la defensa.
El 19 de julio, fecha escogida como inicio de esta jornada, tiene historia. 46 años del Paro del 1977 contra Morales Bermúdez, que marcó el inicio de su caída. Por eso se le recuerda. Expresó la voluntad de millones de peruanos que buscaron evitar la recomposición del Perú oligárquico.
Esta vez, la acción prevista no se circunscribirá a lo que ocurra este 19. Se prolongará hasta las Fiestas Patrias. Y constituirá, por eso mismo, el más genuino, auténtico y patriótico Saludo a la Bandera que pueda enarbolar el pueblo.
Formalmente se ha denominado a lo que habrá de ocurrir como la “Toma de Lima”. En verdad, Lima fue tomada en un inicio por la aristocracia criolla, que se dio maña para retener los hilos del Perú Republicano.
Luego, por el narcotráfico; después por la mafia neoliberal fujimorista; y finalmente, por la delincuencia. Hoy, está en mano de ella; sólo, que ella gobierna.
En buena medida Dina Boluarte y Alberto Otárola, encarnan la esencia de ese poder que se tomó a la mala el 7 de diciembre; y que busca perpetuarse a sangre y fuego.
Por eso acuña dos términos que considera complementarios: violencia y muerte. Se los atribuye al pueblo, como si éste fuera el responsable de ambos.
Es claro que la violencia se producirá cuando el Gobierno decida reprimir al pueblo como ya lo hiciera en los meses pasados. Y que los muertos, no serán policías ni militares, sino pobladores; es decir, manifestantes que rechazan al régimen. En otras palabras, la violencia la ponen “los de arriba”; y los muertos “los de abajo”.
Hay un telón de fondo en todo esto: el miedo que escarapela el cuerpo de los gobernantes. Les aterra que la gente salga a la calle. Admiten las encuestas, que les son absolutamente adversas. Pero les invade el pánico, el solo saber que la gente esté movilizada.
Por ahora se ufanan diciendo que el Gobierno “se ha estabilizado” porque cumplió 7 meses. En Bolivia, Jeanine Añez cumplió 1 año; pero igual, fue presa. Y hoy está condenada a 16 años tras las rejas ¿tendrá Dina alguna diferencia? No. Las dos derribaron a un gobierno legítimo e hicieron “sucesión constitucional”, con el apoyo de “mandos” comprados. Terminarán en lo mismo.
Por ahora las autoridades declaran “Estado de Emergencia”. Fichan a todos los ciudadanos que vienen a Lima. Les toman fotos, graban sus voces, anotan datos personales, huellas, direcciones y otros.
Pero, además, bloquean las carreteras poniéndolas bajo control militar. Aun así, los uniformados no se muestran muy dispuestos a ser víctimas de nuevos engaños. Ahora exigirán órdenes expresas y escritas, para actuar. No vaya ser que, después resulten ser los únicos responsables de las muertes que ocurran.
Por ahora los llenan de dinero. Destinan millones para diversas partidas, copiando la modalidad corruptora del fujimorismo ¿les dará resultado?
Perú 21 clama diciendo que la acción del 19, es sinónimo de desgobierno y caos. Victoria del terrorismo. En esa línea, Dina puede repetir lo de Luis XV: “después de mí, el diluvio”.
El Gobierno busca tender cortinas de humo. Asoma en eso “la pestilencia” y la titular de Cultura. Pero también, la designación de la nueva jefa del seguro social, que vuelve dichosa a las primeras planas. En verdad se trata de error tras error. En otras palabras, Dina más Dina. Lo que habrá de suceder confirmará una vez más que en todos los peruanos hay sangre. Unos, las tienen en las venas; y otros, en las manos. Sólo que, como se sabe, la sangre es más densa que el agua. No coagula fácilmente. Deja huella. Tendrán que pagar por ella.
Se publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.
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