Juan Manuel RoblesLa revista “Semana Económica” publicó recientemente una encuesta que mide la aprobación de Dina Boluarte entre los CEO del Perú. Pues resulta que el 71% de esos hombres y mujeres importantes aprueba a la sucesora constitucional. Una cifra que solo se comprende cuando uno mira la misma encuesta del año pasado, sobre la aprobación de Pedro Castillo. A Castillo lo aprobaba el 1% de los CEO, o directores ejecutivos, como se les decía antes de que la huachafería se imponga. Cuando uno ve el enorme contraste, entiende que esas encuestas no son reflejo de ningún análisis objetivo de la realidad, o al menos de una reflexión seria (como podría esperarse de señores con formación superior y posgrados en el extranjero). Son el indicador de la histeria y la pataleta, la reacción infantil que, cuando viene de personas que tienen poder de decisión, hace mucho daño.
El 1% de Castillo es una evidencia rotunda del boicot que sufrió el presidente desde el primer día de su gobierno. Ese 1% es la pataleta casi unánime de señores muy poderosos que renuncian velozmente al beneficio de la duda, con un gobierno apenas iniciado, y con una administración que había dejado intactos los engranajes macroeconómicos (hasta el eterno Julio Velarde fue respaldado). Por supuesto que un presidente elegido por Perú Libre iba a generar desconfianza. Pero esta encuesta no es expresión de ese rechazo simbólico ideológico: es más bien el resultado de una travesura. Si ejecuta el sondeo la misma gente que conspira para que un gobierno se termine, pues sale lo que sale. Lo que asombra es que ni siquiera disimularon: uno por ciento.
Pasado un año, el 71% con el que ahora cuenta Dina Boluarte es, por otro lado, la expresión de la satisfacción de haber logrado sacar a Castillo (o que se fuera solo, para ponerlo en sus términos). Es una cifra contundente a favor de una presidenta que no demuestra ninguna virtud o brillo, y que no podría salir a ninguna plaza del país sin ser abucheada (o algo peor).
¿Qué hace que esa aprobación sea tan grande?
Pues es simple: la tranquilidad. “Un margen de maniobra más amplio para desplegar sus estrategias de negocios”, dice la publicación empresarial, sobre los nuevos tiempos. Los directores ejecutivos ya se olvidaron del activismo chonguero y ahora miran al futuro más relajados.
Es una serenidad espeluznante, por supuesto. Y solo existe en sus cabezas. Me recuerda a esos años en que Lima aparecía como una de las tres ciudades más seguras de la región (según otra revista pomposa de análisis económico). La gente leía esos titulares y le parecía una broma de mal gusto, teniendo como teníamos cada vez más raqueteros y asaltantes. Pero sí, era real. Claro, como en el meme del gato, había un detalle que no decían: se referían a que era una ciudad segura… para hacer negocios.
La tranquilidad que les da Dina Boluarte es algo así. Y provoca repulsión, por supuesto. ¿Cómo es que esta gente puede aprobar abrumadoramente a una presidenta responsable de la muerte de setenta peruanos? ¿Cómo avalarla si casi todos esos fallecidos fueron resultado de un abuso de la fuerza que a estas alturas está probado?
Sí, ya sé: a los empresarios nunca les ha importado que la gente muera. Los CEO no tienen ese tipo de sensibilidad, no está bien vista en su línea de negocios: son gente de números, pragmática. Gente que carga con sus propios sentenciados (no a muerte, pero sí al despido, al recorte, a la pulverización del sindicato).
(¿Estoy caricaturizando? No, la única caricatura aquí son las cifras del sondeo, esas tortas chistosas).
Sin embargo, que a los CEO les parezca algo menor lo que ocurre en el país es preocupante no porque sea muestra de ausencia de empatía, ética, valores (esas cosas tan inservibles). Es preocupante porque esta es nuestra clase dirigente. Nuestra élite. Quienes tienen la sartén por el mango. Su miopía gremial, su corta inteligencia, son asuntos de interés público.
¿Esos individuos, que saben tanto, no entienden lo que genera un gobierno que no fue elegido por nadie y mata impunemente? ¿No se dan cuenta de cómo ha dejado de dañada la relación con la ciudadanía, específicamente con el sur, ese sur rico en donde la paz social, necesaria para hacer dinero, siempre pende de un hilo? ¿No entienden que el rencor no es una cosa de resentidos, sino una variable objetiva que, incentivada, afecta el futuro?
Okey, no les interesan los muertos. Hablemos de cosas técnicas. ¿Creen que es saludable la alianza entre la presidenta y este Congreso de delincuentes? ¿Creen que es algo menor este hackeo a la Constitución que ya parece un festín? ¿Creen que es divertido el desequilibrio de poderes, que estén tomando medidas puntuales para capturar las instituciones electorales, y torcer los comicios que vienen?
No soy idiota. No me imagino un mundo en que los CEO más importantes del Perú hayan evitado boicotear a un presidente comunista (aunque no sea comunista). Solo me pregunto: ¿Cómo se puede pasar de usar toda la presión a no hacer la más mínima presión? ¿Cómo sentir tanto encono contra Castillo y ninguno contra quien ordena asesinar adolescentes?
Esos CEO cantan victoria, desubicados. Han renunciado a toda capacidad de análisis. Han decidido avalar lo que el politólogo Alberto Vergara hizo bien en llamar “la barbarie”. Y tienen tanto poder que aquello que se ve en el sondeo se traslada a los principales canales y diarios, con ayuda de “analistas” chupes. Nos quieren imponer una tranquilidad de facto, de presentadores de televisión que se hacen los suecos.
No lo permitamos.
La marcha del 19 de julio también debería recordarles a esos señores y señoras que su tranquilidad es falaz, que este país tiene un asunto pendiente. Que Dina Boluarte cruzó la línea al plantear un tipo de autoridad que no fue la que el Perú eligió. Que el crimen no puede pasar. Eso deberían oírlo bien esos CEO. Y que si van a jugar a boicotear a un presidente porque les parece muy rojo (usando todo su poder, con éxito), cuando el país se levante entero, al menos háganse cargo. Usen sus bonitos directorios. Si no sienten nada por los adolescentes asesinados, al menos hagan eso que nos pedía Gareca: piensen.
Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 644 año 14, del 14/07/2023, p12
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