Juan Manuel RoblesOjalá todos los grupos radicales sean como Perú Libre, debe pensar la derecha señera que le tuvo terror al lápiz y hoy lo maneja a discreción, tajándolo malamente, sacándole punta, usándolo como lo que es: un movimiento para hacer bulto y ganar votaciones. El lápiz pasó de bonito símbolo de escritura para transformar —el pueblo raso que despierta gracias a la luz alfabetizadora, mismo Sierra Maestra— a arma punzocortante en la cantina-hemiciclo. Qué bajo ha llevado Perú Libre la etiqueta de radical, y qué triste. Porque si bien la palabra radical en el Perú nos remite a fanáticos que hicieron daño, la ausencia absoluta de radicalismos es síntoma de otro extremo: que no hay gente que esté dispuesta a dar todo por lo que cree —o al menos, dispuesta a dar mucho, a perder cosas—. No hay Davides contra Goliats, hay pigmeos aspirando a que algún sacudón los haga elevarse a parásitos del gigante.
Perú Libre, salvo excepciones, es un ejemplo cabal de eso.
No eran radicales, pues. Eran una mancha de oportunistas ávidos de llegar al banquete del poder, la investidura, la inmunidad mágica, los gastos de instalación, la escolta y todas esas cojudeces que a nosotros, sus votantes, nunca nos importaron, pues entendíamos —estúpidamente— que a ellos tampoco. ¿Qué puede significar un gran sueldo al lado de la gloria de generar cambios contra los poderes fácticos?
Debo decir que fuimos idiotas pero también —en mi defensa— que fuimos muchos. Me refiero a aquellos que creímos en el radicalismo de estas gentes y lo aceptamos y abrazamos. El país ha tocado fondo, dijimos. La pandemia del covid nos demostró que somos una nación más cercana al cuarto mundo que al segundo en el que nos creímos alguna vez, con la tinta fresca del TLC (ese país alucinado donde, aparentemente, el único hambre palpable era el que quedaba después de cenar en Central). Los neoliberales de siempre, sus técnicos con paradita de charla TED, demostraron ser unos inútiles, seres grises sin ninguna inteligencia social. Obsoletos y farsantes.
El Perú quedó destruido, decepcionado, desilusionado y un grupo radical izquierdista emergía tras años de presencia en el interior del país. Básicamente, en un buen escenario podían convertirse en un contrapeso a años de desatención del aparato estatal. Podrían hacer presión para recuperar el gas para los intereses peruanos, ser emuladores de experiencias como la de Evo Morales en Bolivia, y hacer crecer, en algo, los índices de desarrollo humano. Allí estaban Cerrón y Castillo, dispuestos a mandarse contra los ejércitos del Perú oficial, que iban por ellos con las peores artes.
Radicales, sí. ¿Pero con qué corazón alguien de una mínima consciencia social podría negarles el voto para dárselo a la jefa de la mafia, la sobrina de Montesinos?
Qué feo es verlos ahora, pactando justamente con esa gente, a punto de sellar esa vergonzosa alianza. El primer escalón de cualquier programa de cambio implicaba atacar y demoler al fujimorismo, cuna de espanto, germen ideológico de todo aquello que se quería dejar atrás. ¿Se puede perder eso de vista solo por rabia a los “caviares”? “Claro que sí”, dice lo que queda de Vladimir Cerrón, que existe por inercia en el Twitter pero ya está muerto. La excusa del líder máximo ha sido que, como las condiciones no estuvieron dadas para una transformación, toca ser realistas. Ya llegarán las condiciones históricas para la revolución.
Nadie se cree el cuento. ¿Reservar energías para el “gran momento”? Perú Libre se irá en picada, sus representantes terminarán en el olvido o pasarán a los grupetes horrendos que bien conocemos. Lo que están procurando es aferrarse al poder mientras pueden, haciendo algo que creen inteligente: negociar cuotas.
Estoy seguro de que Evo Morales —que se prestó para darles apoyo moral y hasta viajó al Perú— los desprecia y se ríe de ustedes. Y no porque crea que Morales es un santo. No existe líder relevante que se respete que no haya traído al diablo a sentarse a la mesa. Pero es él quien hace ese llamado, una vez que ha obtenido logros y ha demostrado que tiene un poder que emana de la fuerza del pueblo. Una vez que ha vivido en el cuerpo las luchas (contra la derecha asesina, contra ciertas embajadas). En cambio, hay que ser demasiado poca cosa para pactar con los responsables del sistema al que supuestamente combates, aceptando ponerte de segundón. Seguir sus condiciones creyéndote vivísimo.
Y eso es lo que me da más risa. La sonrisa audaz de Waldemar, la cachita de Vladimir.
Porque, como sabe todo el mundo —salvo ellos, posiblemente—, no están “negociando” nada. No hay estrategia posible en alcanzar el poder al lado del fujimorismo ramplón y sus satélites. No es que el lápiz acceda al control para avanzar luego en la agenda de transformaciones, presionando desde las instituciones. Perú Libre no está compartiendo el poder. Está cambiando votos por la tarjeta de invitación a una fiesta que se acaba pronto. Que disfruten la champaña y el whisky (¡el caviar!). Lo cierto, radicales blandos, es que el poder está intacto, y seguirá así después de ustedes, cuando sus “amigos” fujimoristas los manden a la cárcel. Desde allí podrán verlos en televisión, con una sonrisa de nostalgia.
Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 642 año 14, del 30/06/2023, p12
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