27 de agosto de 2023

Perú: De dónde vengo

César Hildebrandt

Pertenezco a una generación que ha visto todas las atlántidas, todas las pompeyas, todas las romas. Se nos cayó la estantería mientras fumábamos un pitillo. Se nos cayó la casa, el horizonte. Al futuro se le borró la cara.

Creímos en Cuba y de pronto, de un día para el otro, nos dimos cuenta de que el socialismo de las palmeras y las libertades era, en verdad, un gulag isleño. Si para que te crean necesitas de un garrote, ya no importa qué digas ni cuántas horas emociones a tus oyentes. La rabia es que el asesinato moral de la revolución cubana fue festejado en Washington, esa guarida, y en Europa, esa casa de tolerancias.

Después vino Chile y el proyecto de un socialismo en democracia cayó cuando la CIA y el ejército de Pinochet decidieron que sólo un escarmiento de asesinos liberaría al país del “cáncer marxista”. Esa experiencia nos dejó más huérfanos que nunca. ¿O sea que Fidel Castro tenía razón? ¿Habíamos sido imbéciles al imaginar que la derecha armada, que eso es el ejército, iba a permitir un cambio radical? Sí, lo habíamos sido. No había salida, pensamos. Si imponías el socialismo por el terror, eras Stalin. Si te ilusionabas pensando que la persuasión y el ejemplo bastarían, terminarías suicidándote en un palacio en llamas. La derecha no perdonaba y parte de la izquierda ni te entendía.

Juan Velasco intentó desnaturalizar al ejército, borrarle la identidad, desanclarlo del fondo pantanoso. Fracasó al final y todo terminó en Morales Bermúdez, que a su vez terminó en Richter Prada y en los montoneros entregados en Lima al gorilismo argentino. Los milicos peruanos volvieron a la normalidad y el septenato de Velasco se trató como una enfermedad institucional. Velasco fue borrado de la memoria castrense, pero el odio de la derecha lo inmortalizó.

Creímos en tantas cosas que casi nos da vergüenza enumerarlas.

Creí en Felipe González y el PSOE y me salió una OTAN como buba y los GAL como pólvora y un líder que engordaba la cara y el bolsillo mientras aceptaba todas las alfalfas.

Creí en Javier Diez Canseco y vino el cáncer con su cara de cobrador coactivo. Creí menos en Alfonso Barrantes y también vino el cáncer para exigirle cuentas que no eran suyas. De la izquierda peruana no queda, por ahora, sino una brisa fétida: huele a caja desfalcada, a interés a rebatir, a obra dada a dedo. Huele a derrota y a Cerrón.

Había creído en Arguedas pero jamás imaginé –perdonen la torpeza– que la angustia lo devoraría y que un gatillo lo llevaría a la calma. Creí, en el colmo de la necesidad, en Vargas Llosa y miren lo que pasó: terminó pensando como su hijo Alvarito, que en realidad es hijo de Milton Friedman.

Vamos, lo diré de una vez: amé a Ho Chi Minh y a sus bravos cueveros, celebré los misiles rusos que derribaban aviones yanquis en el cielo de Vietnam. Nunca pensé que esa gesta terminaría en Bitel.

Creí en el mayo francés tanto como en la primavera de Praga y de ambos episodios el tiempo se encargó a su manera. De la promesa de la segunda revolución francesa, con Sartre a la cabeza, surgió una derecha experta en crisis y, más tarde, un Mitterrand descafeinado y cainita y, en el fotograma final, un Hollande de cartón y niebla. Lo que De Gaulle intentó levantar, la Francia del orgullo y la soberanía, es ahora el hoyo 18 del golf que se juega en el Masters de Augusta. Y los rebeldes de Checoslovaquia, los que lucharon con Dubcek en contra de las tropas del Pacto de Varsovia, han terminado en los suburbios de la OTAN y la Europa subalterna.

Y tendré que admitirlo: Alan García me dio la impresión de ser la promesa cumplida de Basadre. El Perú era posible, el Apra podía volver de su largo secuestro en un hotel de derechas. Lo que vino fue la leche Enci, las carnes dudosas, la inflación y los negocios con Zanatti. Y después, el BCCI, las mansiones y el robo descarado. Era un matrimonio gay: Tony Soprano y Bettino Craxi habían contraído nupcias. El padrino era un tal Graña.

Vengo de muchas decepciones y debo asistir al triunfo de lo que más detesto: la zafiedad, la ignorancia. El zapping me lleva a Willax y me digo: es Fox después de un derrame cerebral. Es el paraíso de la estupidez. Es la derecha en versión del loco Poggi. Es el país que moldeamos con bosta. Es el fujimorismo casi en plan borbónico. Es lo que merecemos.

Vengo de la desilusión, pero no estoy arrepentido. No cambiaría ni una sola de mis apuestas. No renunciaría a ninguna de mis ilusiones. Ni siquiera a las que aún conservo.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 650 año 14, del 25/08/2023, p16

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