En buena cuenta, el Ministerio de Salud y el Ministerio de la Mujer condenaban, atrozmente, sin el menor remordimiento, a una niña de once años a gestar un embarazo concebido por violación, a ser madre, con el consiguiente perjuicio para su salud física y psicológica, y el evidente riesgo de su vida. La revictimizaban. La torturaban. El caso revela el modo en que las instituciones públicas de nuestro país castigan a quienes deberían proteger y se hacen de la vista gorda con quienes deberían sancionar. Esta es mi tierra, este es mi Perú, podría repetir.
Lo que las instituciones peruanas pretendían hacer con Mila es lo que, de ordinario, frecuente y cotidiano, se hace con miles de otras niñas violadas, agredidas sexualmente en espacios cerrados y sobre todo en el seno de la familia, pues el agresor en la mayoría de casos suele ser alguien que pertenece a ella. La indiferencia y lenidad de los órganos de gobierno y los tribunales hacia la violencia sexual contra las niñas y mujeres se explica por el predominio de prejuicios, mitos y concepciones en quienes ejercen tales cargos de responsabilidad, que subordinan los derechos de las niñas y mujeres. Así lo hizo, con absoluta impudicia, la primera junta médica que vio el caso de Mila y consideró “viable” el embarazo.
La protesta que surgió a raíz de la difusión del caso de Mila cambió por excepción el curso ya trazado para ella por las autoridades regionales. Trasladada a Lima, una nueva junta médica decidió que se puede aplicar el aborto terapéutico a la niña, como es su derecho, como lo fue siempre. Suponemos, a estas alturas, que ya se procedió a ello y la niña ha sido restituida al cuidado de su madre, con el apoyo psicológico del caso, aunque el Ministerio de Salud no ha vuelto a informar sobre el tema. Sería inconcebible que la decisión de esta nueva junta médica hubiese sido bloqueada de algún modo, pues constituiría ya un caso de ensañamiento contra una niña víctima de violación.
Y es que, tan pronto como se supo la decisión de la junta médica de Lima de practicar el aborto terapéutico, surgieron las esperables protestas de los inefables “provida”, esos que ponen los derechos de las niñas y las mujeres por debajo de los de un cigoto, según les dicta su fanatismo y desvarío. Los alucinados “provida” se habían mantenido callados hasta entonces sobre el caso de Mila, mientras la condenaban a ser madre forzada siendo nada más que una niña, pero echaron espuma, clamaron al cielo y ajustaron el cilicio, apenas la nueva junta médica decidió que debía primar el derecho de la niña a la salud y la vida. A esta gente le tiene sin cuidado perseguir ferozmente a una chiquilla de once años.
Entre las reacciones de los “provida” destacan por su infamia y atrocidad los de dos congresistas de Renovación Popular, el partido del inútil alcalde de Lima, Rafael López Aliaga. El primero de ellos es el exmarino de extrema derecha Jorge Montoya, quien opta por amenazar e intimidar a los médicos y funcionarios que autorizaron el aborto terapéutico, a los cuales acusa de “asesinar a un ser humano indefenso”, nada menos, exigiendo “de manera inmediata” que se le envíe “la información y sustento médico (...) donde comprueben científica y médicamente que existía prueba indubitable de daño en la salud con muerte de la madre o del concebido”.
Montoya recalca que “han cometido de manera perversa un homicidio” atribuyendo la responsabilidad a “una presión absurda e ideológica contraria ampliamente a la vida y protección de los seres humanos”. Aquí, el que actúa con cálculo perverso y atravesado es el propio Montoya al insistir en incriminar arbitrariamente, para intimidarlos, a los médicos y funcionarios que dieron pase al aborto terapéutico, que es legal en nuestro país desde hace un siglo, que se cumple el próximo año, dato que seguramente ignora el temerario almirante de tina. Quiere atacar el derecho de la niña por el lado que cree más débil, proclamando absurdamente “asesinato” y “homicidio”.
La segunda declaración infame fue la de la congresista Milagros Jáuregui de Aguayo, posesa pastora de alguna secta religiosa, quien no se detuvo ante la crueldad de revictimizar a la niña, culpándola ominosamente para el resto de su vida: “Lamentablemente el sacrificio del hijo de Mila vivirá con ella”, escribió, añadiendo: “y con todos aquellos que tomaron la decisión de este procedimiento”, con lo cual sigue la línea de intimidación trazada por Montoya. Que doña Milagros haya sido designada para presidir la comisión de la mujer del Congreso es muy revelador de lo ínfimo que los derechos de las niñas y las mujeres valen para los actuales tunantes de la plaza Bolívar.
Ni médicos, ni funcionarios, ni fiscales, ni jueces deben permitir que los intimiden con amenazas tan baratas y chantajes tan absurdos, que brillan por su ignorancia, cuando solo cumplen como es debido con respetar y defender los derechos de las niñas y las mujeres al aplicar el aborto terapéutico. Simplemente están acatando la ley y los protocolos pertinentes. Negar su aplicación sí que es un grave atropello a los derechos fundamentales de niñas y mujeres, por lo cual el Estado peruano viene siendo condenado en las instancias internacionales de protección de los derechos humanos y en particular de los derechos de la niñez. No se dejen apalabrar por una tira de fanáticos que viven en el medioevo y escupen fobias y creencias retrógradas.
Hablar de “asesinato” u “homicidio” de “un ser humano indefenso” es de una ignorancia inadmisible, de campeonato, aún para un congresista. Un cigoto no es un ser humano indefenso. El concebido no es aún una persona: la ley distingue ambos conceptos. Según el orden jurídico, la persona se origina con el nacimiento. El concebido goza de diversos grados de protección, según su desarrollo; por eso, la norma autoriza hasta cierto plazo el aborto en general en los países donde es legal. En el aborto terapéutico aplicado a Mila, predominan los derechos de una persona, que es la niña de once años, que tiene derecho a la salud, a la vida, a jugar y estudiar, y a un futuro. Los fanáticos prefieren el cigoto que le dejó ese canalla que es el padrastro violador y les importa un comino la salud, la vida y el futuro de la niña, a la que pretenden seguir persiguiendo.
Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 649 año 14, del 18/08/2023, p13
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