22 de enero de 2024

Perú: Más horrible que nunca

Juan Manuel Robles

Vivimos encerrados en el miedo de otros. Sufrimos las consecuencias del triunfo de la paranoia de la derecha, que literalmente boicoteó a un presidente “comunista” que de comunista no tenía nada. Ni socialista, ni chavista, ni evista (esto último hubiera sido deseable). El caso es que esta operación de pánico y violencia ha sido tan visceral que ha generado una desconfianza hacia cualquier idea de integración, incluso las que solían exponer los neoliberales progresistas (que hoy miran para otro lado y solo tratan de salvar el pellejo). Esto trae consecuencias palpables para la ciudad de Lima, que acaba de cumplir 489 años y es más horrible que nunca.

La Lima conservadora cierra de nuevo las puertas que tanto trabajo costó abrir. Hace diez años, los planes de revitalizar el espacio público, quitar cercas e invitar a más limeños, podían abrirse paso en la discusión. Es cierto que esa discusión podía ser salvaje y matonesca, como bien supo el alcalde de San Isidro, Manuel Velarde, quien pasaba por “rojo” entre ciertas señoras sanisidrinas por peatonalizar un par de calles de su distrito (y al mismo tiempo aparecía bien fotografiado por la entonces “no ultra” revista “Cosas”). Pero era claro que Lima debía apuntar a ser la ciudad de todos, con más espacios para disfrutarla, y esto no se veía como un asunto de socialistas ni resentidos (mucho menos “filosenderistas” en el poder): era más un esfuerzo de profesionales que conocían las experiencias europeas, que hablaban en términos de “puesta en valor”. Era parte de crecer y ser modernos. Así se abrieron parques que hasta el siglo pasado habían sido fortines de la Lima rancia. Así pasaron al uso general los acantilados de Miraflores y Barranco, y hasta podías fumarte un porro un sábado en la tarde allí. Se empezó a ver feo y fuera de onda que alguien diga “aquí no entran cholos”.

Hoy la derecha, en su delirio restaurador, está dispuesta a reivindicar el derecho de cerrar cualquier espacio. Porque miren lo que nos ocurrió con tanto “no a la discriminación”: nos salió un presidente campesino, burro y con sombrero y aliados color puerta (y madera “senderista”). Miren lo que pasa cuando abres las puertas de la capital del glorioso Virreinato del Perú a todas las sangres: vienen de Puno a hacer terrorismo. Pues que se sepa en esta tierra divina, esta villa de Santa Rosa, nadie nunca más nos obligará a dejar pasar a otros, ni se censurará a quien erija nuevos muros.

El resultado es una renuncia al anhelo de hacer una ciudad habitable para todos, donde la mayoría de ciudadanos encuentren espacios de convergencia. Cerrar y excluir dejó de sonar retrógrado: suena precavido y realista. Va acorde con el control político de quienes tienen el poder —y matan— sin haber ganado elecciones.

El alcalde de Lima, Rafael López Aliaga, anuncia convertir en clubes privados los parques zonales. El año pasado, arruinó una piscina pública de San Juan de Lurigancho cubriéndola de arena, y encima se permitió hacer la broma de mal gusto de decir que se trataba de una nueva “playa artificial”. ¿Qué, no era una broma?

En distritos como Magdalena y Lince, los espacios ganados por peatones y ciclistas, así como las terrazas gastronómicas, se destruyeron con la entrada de nuevas administraciones. Hay en esos actos un temperamento y un mensaje. Se trata de zarpazos “antiprogre” o sea, anticaviar, o sea, anticomunismo. Ese componente emocional se ve claramente en el desmantelamiento de las bioferias, que mostraron todo su potencial salvador en la pandemia del covid. La ciudad, ya fea y gris, se ha vuelto más triste por gente que opera bajo la lógica de la extirpación de idolatrías.

Es increíble que, en contraste, un hombre de derecha turbio como Castañeda parezca un ejemplo de proyección social con su circuito mágico de las aguas (con rejas y todo).

Por si fuera poco, la delincuencia prolifera y genera una energía contra el uso de la ciudad. La ciudad se vuelve peligrosa por definición, y los que contribuyen a cerrar espacios generan que la ciudadanía pierda territorio por walk over. Es algo de lo que también se hablaba hace no mucho. De que un espacio tomado por los vecinos se vuelve, por definición, más seguro. Hoy ha ganado el candado y el sereno que se ensaña contra las clases de yoga al aire libre.

Hasta el propio Congreso de la República sesiona de manera virtual. Parece un detalle menor, pero esa virtualidad del Poder Legislativo es también parte del abandono; han decidido, así como así, no ocupar el lugar venerable de la ciudad que les corresponde, un epicentro simbólico y con historia. Les importa un pepino.

En su aniversario, parece que Lima se vuelve a acercar a la ciudad cercada y enrejada que ha sido tantas veces. La vida se da en los cubículos laborales, en las horas de transporte sobrepoblado y en búnkeres masivos para vivir en cubitos que se pagan en veinte años. El sálvese-quien-pueda traza las líneas maestras. Los urbanistas ya tiraron la toalla, más o menos como todos. Para más horizontes solo queda Netflix, cuyos ejecutivos dicen, con razón, que Lima es una gran ciudad para los negocios.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 669 año 14, del 19/01/2024

https://www.hildebrandtensustrece.com/

No hay comentarios: