28 de febrero de 2024

Perú: Volvió la yuca

Juan Manuel Robles

La conexión entre Alberto Fujimori, los cómicos ambulantes, los panelistas de Laura Bozzo y los diarios chicha a fines de los noventa no era solo de afinidad y complicidad turbia (el entretenimiento de la peor calaña, monitoreado desde el SIN, como distracción mientras el autoritarismo corrupto arreciaba). Fujimori mismo se convirtió en un personaje del nuevo tiempo y del nuevo pueblo: chabacano, reilón, irresponsable y profundamente cínico; lo que llamamos un tremendo conchudo, un criollo de esos que se ríe en tu cara luego de hacértela. Era tan descarado que dejaba casi servido el libreto para la imitación de Fernando Armas. Ya años antes, Carlos Álvarez —que luego se pasaría al lado oscuro— lo caracterizaba anunciando la nueva cédula electoral que incluiría retratos de los candidatos: “si quieres al Chino, marca el 95; y si no te gusto, tacha mi foto”. Y la sonrisa de la boca torcida.

Entre el Fujimori severo de abril de 1992 y el escurridizo mandatario de noviembre del 2000 (el golpe y la fuga, dos manifestaciones de la cobardía), hay un largo esplendor en que ese señor vivió burlándose de todo el mundo en un sketch alucinado que llegó al paroxismo con El baile del Chino. Quedó poco del japonés silencioso, que nunca fue un santo pero hacía sus movidas con discreción y frialdad, retratado en “Ciudadano Fujimori” de Luis Jochamowitz. Su lenguaje —criticado por las élites— se hizo cada vez más cutre, barrunto, básico, con errores de conjugación y jergas baratas, mientras el hombre se volvía más extrovertido que nunca. El séquito de geishas de la prensa conocía ese humor, esa chispa, esa puesta en escena en la que los reporteros dóciles tenían la misma función que cumplen las risas grabadas.

Ese personaje desapareció con la caída y la fuga. Ese Chino campechano ya estaba totalmente derrotado y apagado cuando lo capturaron como un delincuente común en Santiago de Chile (la mano cubriéndole el rostro atribulado en la parte trasera de un auto). Desde su salida del Perú, el único asomo de aquel Chino divertido fue la postulación al senado japonés, cuando estrenó pelo crespo y novia. Pero, salvo ese episodio, tras su caída, Fujimori se convirtió en prófugo y reo, un hombre signado por el deshonor, que después, en la cárcel, adoptó su más notable papel: el del enfermo terminal.

No es fácil aparentar que padeces un cáncer terminal durante doce años, y Fujimori lo hizo con esmero, fotogénicamente. Y ya estaba olvidada su antigua personalidad criolla, seguramente reservada para las enfermeras que le hacían mimos en su prisión dorada. Para afuera, solo se mostraban distintas posiciones en el lecho de muerte.

Eso se acabó el lunes pasado, cuando Alberto Fujimori, ahora sí con un indulto que no será interrumpido —no con Fuerza Popular y la derecha radicalizada por el “anticomunismo” gobernando el país—, sacó del baúl de los recuerdos ese personaje que ahora ya no tiene por qué ocultar: el Fujimori que nos dice les metí la yuca. No solo no estoy enfermo sino que yo lidero Fuerza Popular, me meto en política las veces que me dé la gana, me río del pasado, del presente y del futuro. Y hablo como le gusta a la gente.

¿Se acuerdan de que a los izquierdistas les achacaban que pasaban por agua tibia a los subversivos, como si fueran “primos equivocados”? Bueno, Fujimori, en el relanzamiento de su gran sketch, se ha permitido hablar del criminal Vladimiro Montesinos como un compadre que cometió “errores”, al que lo “mareó” el dinero. Willax, la nueva Geisha TV, le permite decir eso con todo desparpajo. Por cierto, ¿a qué dinero se refiere, ese que “mareó” a Montesinos? ¿Al que nos robaron los dos? El posfujimorismo fue el aprendizaje traumático, en VHS, de que Fujimori y Montesinos eran una misma cosa, siameses unidos por el bolsillo, socios, cómplices. Montesinos era el tío de Kenji, y los tres pasaban buenos ratos en el SIN. Pero ya no importa, de eso no se habla, esas preguntas ya no se hacen y quien las haga recibirá una llamada de la patronal.

Fujimori lo sabe perfectamente.

Phillip Butters, a quien no pude evitar ver porque Twitter lo puso en la sección “Para ti” (ya tomé previsiones para que no vuelva a ocurrir), tuvo una observación atinada: la paradita de Fujimori. Todo un bacán. No lo había visto así desde alguno de los montajes propagandísticos en que un montón de militares, en segundo plano, desarticulaban alguna base terrorista y él hablaba con cara de comandante. El tipo vuelve a ser el de antes, es el guapo que retorna al barrio por lo que cree suyo. Su impunidad es absoluta y ha conseguido que la derecha comience a pensar que él —no su hija, no sus émulos— puede ser el elegido.  

Me gustaría tener esperanza en la derecha, los periodistas liberales y algunos empresarios y dueños de medios decentes, que lucharon contra Fujimori con valentía, más allá de los privilegios con que contaban. Me gustaría pensar que ellos podrían detener esta sinrazón, este gigantesco mensaje de impunidad. Pero no soy ingenuo: hace rato que esos señores demostraron que, si la amenaza es un Pedro Castillo o el “comunismo”, pues borramos casete y sea usted bienvenido, ciudadano Fujimori.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 674 año 14, del 23/02/2024

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