16 de marzo de 2025

Perú: No aprendimos nada con el COVID-19

Ronald Gamarra

"Entonces abundaron los buenos propósitos. Nos enmendaríamos. Reconstruiríamos desde sus bases el sistema de salud"

El 10 de marzo de 2020, la Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró la emergencia mundial por la pandemia de covid-19. Las semanas anteriores habían estado signadas por una preocupación creciente ante el desarrollo de la enfermedad en China, donde el gobierno ya aplicaba estrictas medidas sanitarias desde enero. Entre tanto, comenzaban a identificarse casos cada vez más frecuentes en Europa y los Estados Unidos, pero había confianza en la capacidad para controlar su expansión.

A fines de febrero empezaron a identificarse en Italia casos de contagio por covid entre personas no relacionadas con viajes a zonas de infección. Se trataba de ocurrencias estrictamente locales. Así fue como se constató que el virus ya estaba instalado fuera de China. Ante ello, otros países intensificaron la búsqueda y constataron que también tenían lances autóctonos.

Cuando los casos locales comenzaron a ser identificados en Italia y España, la extensión de la enfermedad entraba a una fase masiva. Los sistemas de salud colapsaron casi de inmediato, la demanda de atención se multiplicó de manera exponencial. Desbordados, los gobiernos empezaron a decretar el confinamiento de la población, que pronto se generalizó a la mayor parte de la tierra. Mientras China lograba controlar la enfermedad en abril, el mundo entraba en conjunto a una larga fase de contagio, enfermedad y muerte.

En nuestro país, la alarma sonó empezando marzo, cuando se identificó el primer caso, el de un piloto de aviación comercial. Pero es seguro que el virus ya estaba caminando entre nosotros desde hacía varias semanas, como en otros países. El 15 de marzo se decretó el confinamiento general, con la esperanza de ralentizar el contagio. Y vino un período aciago, en el cual supimos en carne propia que estábamos todos abandonados a nuestra triste y esquiva suerte, en el cual cada día y a cada hora nos enterábamos de la enfermedad o la muerte de familiares, amigos y conocidos.

Fueron más de 300 mil nuestros muertos por la pandemia de covid. Una cifra terrible y cruel, aproximadamente, un fallecido por cada 100, uno de los índices de letalidad más altos del mundo. Resultado de la absoluta impotencia del sistema de salud del país, carente de camas UCI, desprovisto de oxígeno para los enfermos, falto de espacio en los hospitales, huérfano de los indispensables niveles primario y secundario del sistema de salud que deberían cubrir los barrios, distritos y provincias.

Entonces abundaron los buenos propósitos. Nos enmendaríamos. Reconstruiríamos desde sus bases el sistema de salud, creando la red de postas y policlínicos que tanto nos hacen falta. Destinaríamos el presupuesto que fuera necesario y sancionaríamos a los corruptos que roban el presupuesto para la salud. Mejoraríamos la calidad y la preparación del personal médico y sanitario. Nos abrazaríamos todos, unidos en la necesidad de salvar la nación y proteger el futuro de las próximas generaciones.

Vanas esperanzas. Las mierdas de siempre estaban al acecho y no dudaron en dar un golpe de mano en plena pandemia, imponiendo de buenas a primeras como presidente al ambicioso Merino. Era la continuación de la pataleta de Keiko Fujimori, la mala perdedora de las elecciones de 2016, que así intentaba volver al poder. La nación, indignada, echó a Merino en una semana de manifestaciones y cacerolazos. Pero el daño ya estaba hecho. En los dos años de la emergencia por la pandemia tuvimos cuatro presidentes, nada menos.

Hoy gobiernan, tras una marioneta con Rolex sentada en el palacio presidencial, los mismos integrantes del pacto que aupó ilegalmente a Merino. Los fachas antivacunas y propaladores de bulos que solo servían para sembrar el desconcierto. Los propagandistas del dióxido de cloro. Los momios que afirmaban que las vacunas nos implantarían un chip. Los resultados de su gestión están hoy a la vista de todos. Entre la actual coalición de derecha que gobierna tras Dina Boluarte y el desgobierno de Pedro Castillo, hay continuidad en la destrucción y saqueo del sistema de salud.

Cinco años después de la declaración de emergencia por la pandemia del coronavirus, el sistema de salud de nuestro país está peor que nunca. Es inevitable recordar a Vallejo en su poema sobre el dolor: “Jamás, señor ministro de salud, fue la salud más mortal”. Metáfora en el poema de César Abraham, triste y dolorosa realidad de cada día en nuestro país, donde la gente no tiene cómo atenderse de sus avatares de salud con la debida dignidad y eficacia, a menos que tenga dinero, mucho dinero contante y sonante, y a veces ni siquiera con dinero.

Los dos grandes sistemas públicos están en colapso, a pesar de que la pandemia cesó hace ya buen tiempo. El sistema del Ministerio de Salud y el sistema de la seguridad social, ambos manejados por el gobierno, viven bajo una permanente crisis de dirección, que tiene como correlato una administración desastrosa en todos los niveles. El resultado es la peor calidad en la atención a los pacientes, que son ignorados sistemáticamente por las autoridades a todo nivel, con gran peligro para sus vidas.

En el mundo, la reacción ante la pandemia fue tan desoladora como en Perú. Nunca se vio mayor incapacidad de unir fuerzas ante una amenaza común. Cada país bailó con su propio pañuelo, y los Estados ricos despojaron sin rubor a las naciones pobres del acceso equitativo e igualitario a la vacuna. Ya desde entonces, Trump echó a rodar toda clase de embustes sobre la pandemia, a la vez que enfilaba contra la OMS, de la cual acaba de retirar a los Estados Unidos. En vez de unir conocimientos, recursos y experiencias para fortalecer la salud a nivel global, sabotean lo poco que existe.

Si volviera a presentarse una emergencia de salud comparable a la del covid o la gripe española de hace un siglo, ¿alguien duda cuál sería el resultado? Una nueva tragedia mundial. Y en nuestro país, con mayor razón. Si ni siquiera son capaces de controlar el dengue y otras enfermedades que ya no se registraban aquí. Si ni siquiera pueden acabar con la tuberculosis, que nuestros vecinos del continente ya desterraron. Si estamos llenos de canallas y saqueadores en el gobierno, el Congreso y la administración de los sistemas de salud. Si el mayor esfuerzo político del Minsa en estos años ha sido para suprimir el examen nacional de medicina y rebajar la calidad exigida para ser contratado como médico del servicio público.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 724 año 15, del 14/03/2025

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