16 de abril de 2025

Perú: Sólo a golpes entiendes

Carlos León Moya

"La gente, se puede ver, está más furiosa que antes"

El maltrato infantil en el Perú, por suerte, ha ido bajando con los años. Pero cuando yo era niño estaba normalizado. Una de las frases más comunes, muy reforzadora también, era “solo con golpes entiendes”.

Por un lado, quiere decir que el niño “no entiende con palabras”. Hablar es inútil. Diálogo, persuasión: cojudeces. El niño te pasea. Hace cualquier cosa. Para que el padre logre que su hijo haga lo que él o ella deseen, debía amenazarlo con golpearlo y cumplir la amenaza cuando sea el momento.

Sin embargo, esta frase –“solo con golpes entiendes”– no se decía antes, sino después de la golpiza. Era una conclusión. Una reafirmación. No era un “cómo se nota que no entiendes con palabras, te voy a pegar entonces porque solo entiendes a golpes”. Eso es una advertencia final. Una última esperanza. No, no, eso no existía. Era después. Con el niño haciendo la tarea encomendada con la cara roja y comiéndose el moco, pensando en irse de la casa como el Chavo de la vecindad, la madre lo veía con dulzura y con las manos en la cintura decía fuerte para que la escuche también un público imaginario: “solo con golpes entiendes”.

Es decir, no había otra salida. Se intentó el diálogo –dos, cuatro minutos– y fracasó. Solo quedaba el maltrato físico. Y funcionaba. ¿Ven qué bien escoge el arroz? Le dije que lo haga y no me hizo caso por estar mirando la tele. Yo no iba a estar esperándolo, quiere hacer las cosas cuando le dé su regalada gana. A golpes lo traje, hermana, no había otra. Solo a golpes entiende.

Alberto Flores Galindo incluyó estas prácticas en lo que llamó “la tradición autoritaria”. La idea era triste: en el Perú la democracia tenía un piso endeble porque nuestras prácticas cotidianas eran más bien autoritarias. Nuestra historia lo era. Nuestra tradición. No éramos la América de Tocqueville, con una democracia enraizada en lo cotidiano. Éramos el Perú. Por eso, el régimen político que existía entonces –la democracia de 1989– era como una nube, ligera, volátil. Ahorita llegaba el viento de la tradición y se la llevaba.

Flores Galindo murió en marzo de 1990. En abril de 1992 llegó el autogolpe y el texto se volvió profético. La madre de la Historia aparecía en el cielo y le decía al Perú: “solo a golpes entiendes”.

Por supuesto, la tradición importa, pero no es tan determinante. En noviembre del 2000 la democracia volvió a regir en el Perú. A ver cómo le hacíamos con la tradición.

Van 25 años. Medio que ha quedado vaciada en los últimos tres años, como los huevos a los que les sacan la clara y la yema por un huequito. Es un régimen que no responde a la gente y que legisla a espaldas de esta en beneficio propio. Que va sacando de carrera electoral a sus potenciales rivales y busca controlar ahora a los organismos electorales. Hay quienes hablan de coalición autoritaria, de autoritarismo legislativo, y habrá que ver si sobrevive a las elecciones de 2026.

Pero hoy, jueves, ha vuelto a tambalear por tercera vez en los últimos meses. ¿La razón? Una nueva protesta masiva de transportistas. Un paro. ¿Por qué? Porque los extorsionan y los matan, y la policía, que fue descabezada por el gobierno, ha sido incapaz de evitarlo. Además, los cambios que el congreso hizo en la legislación volvieron más fácil el trabajo de los delincuentes.

Paro grande, fuerte, en Lima, y con la prensa cubriendo con el afecto que no tuvieron con las protestas del 2022/2023. La gente, se puede ver, está más furiosa que antes. El país entero rechaza al gobierno, pero es espectador. Sin embargo, hay quienes van mostrando la rabia acumulada, mezclada con miedo. No miedo al gobierno, sino al río de sangre generado por su frivolidad, su incompetencia y su estupidez.

Las protestas sirven para empujar las demandas que no son oídas, o son rechazadas, por los representantes. ¿Pero qué pasa cuando los representantes no representan a nadie salvo a sí mismos, y deliberadamente no escuchan a nadie más? Es el diálogo imposible. Esa vía está rota. Solo queda la protesta. Mientras más fuerte y más constante, mejor. Este gobierno débil e inútil se sostiene más por el miedo que por la fuerza. Miedo a la gente. Miedo a lo que pasará con ellos después. Miedo, al fin y al cabo. Es duro para ceder, pero no por fuertes, sino por conchudos. Y lo único que los ha hecho retroceder, y que les desdibujará la ostra en adelante, es la protesta.

Veía hace un rato la televisión, los manifestantes furiosos rumbo al centro de Lima, y pensaba en esta frase de infancia: “solo con golpes entiendes”. Estaba mal dirigida hacia un niño, y escondía el rechazo paterno a cualquier tipo de diálogo. Pero veo a la gente protestando, y cómo son recibidos por la policía que nunca los defendió y pienso, claro, el gobierno y el congreso actúan así. No como los niños, sino como los padres de antes. Yo no escucho, solo golpeo. Yo no hablo, solo hago. Nadie me puede decir nada. Te quejas, te mando a la policía. Qué te has creído.

Por supuesto, no hay diálogo posible con ellos. Ellos lo han cerrado. Solo entienden una lógica: no es la democrática y pública, sino la autoritaria y doméstica. Solo perderán piso cuando la gente se les vaya encima, como ahora. Porque no entienden a palabras. Solo entienden a golpes. A protesta con rabia.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 728 año 15, del 11/04/2025

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