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12 de septiembre de 2021

Aristócrata sudaca

Daniel Espinoza

En su última canallada (“Kabul y el Occidente”, “El Comercio”, 05/09/21), el nobel Mario Vargas Llosa escribe que “el mundo libre necesita defenderse y para eso necesita el liderazgo –real, no ficticio– de los Estados Unidos… el país más próspero…”. ¡Qué vergonzoso rezago del siglo XX es este aristócrata sudaca! “Nunca hemos estado mejor”, dice también el marqués citando a Karl Popper y refiriéndose a la civilización humana, ¡imagínese! ¿En qué dimensión paralela habita este octogenario? El gran literato insiste en confirmarnos –como si hiciera falta– que su pluma es tan fina como gruesa su visión de la realidad.

No parecen preocuparle demasiado el cambio climático o la amenazante elevación de los mares. No parece estar al tanto de que la contaminación plástica hoy inunda hasta nuestra sangre. En realidad, estamos con la mierda hasta el cuello y ante una cuenta regresiva que se acorta, dando saltos, con cada nueva cumbre climática internacional. Todo parece indicar que las desgracias que esperábamos para el año 2080 –que se jodan nuestros nietos– llegarán mucho antes. La civilización que celebra nuestro nobel y reliquia se parece mucho a un adicto a la heroína que acaba de administrarse una sobredosis: “nunca ha estado mejor”, pero pronto estará muerto.

Vargas cita también a Rudyard Kipling, recordándonos de manera tácita ese concepto decimonónico y colonialista tan ruin como útil para la propaganda angloamericana: The White Man’s Burden (“la carga del hombre blanco”). En la fosilizada mente de nuestro reaccionario más insigne –nuestro vicealmirante Montoya de las letras–, el europeo sigue destinado a civilizar un mundo repleto de criaturas miserables y de piel oscura, quienes estarían completamente perdidas sin él.

La matonería yanqui le ha insuflado nueva vida a esa tara milenaria que consiste en llamar “bárbaros” a quienes se pisotea y masacra sin piedad.

Visiones eminentemente supremacistas –como las de este tenaz guerrero cultural– no se extinguirán cuando Vargas deje la propaganda, pero su jubilación al menos nos liberará de uno de los exponentes más descarados de la retórica imperialista (superado solamente por hipócritas insufribles de la talla de Andrés Oppenheimer o Moisés Naím). Y ese supremacismo no es solo racial sino también de clase, pues pretende vendernos la absurda idea de que los logros democráticos de Occidente se dieron gracias a sus iluminadas élites –esas que conducen las salvajes agresiones bélicas que vemos hoy en el mundo–, cuando la verdad es que se consiguieron a pesar de ellas, en las luchas sociales que los reyes y marqueses perdieron contra la gente común.

LA ÚLTIMA MASACRE YANQUI

Uno de los primeros atentados terroristas posteriores a la huida estadounidense de Afganistán fue protagonizado por uno de sus drones a control remoto. El ataque mató a 10 personas, incluidos siete niños. Lejos de tener que ver con “ISIS-K” –la facción afgana del Estado Islámico–, la familia masacrada estaba compuesta por personas que colaboraron activamente con la ocupación estadounidense, es decir, con los esfuerzos para civilizarlos, en el lenguaje vargasllosiano.

El padre de familia que conducía el auto bombardeado con misiles “Hellfire” de 45 kg, fabricados por Lockheed Martin y Boeing –a $ 150 mil la pieza–, trabajaba para la oenegé “Nutrition and Education International”, que tiene su matriz en California, EE.UU.

Otro de los adultos volado en pedazos se llamaba Ahmad Naser, tenía 30 años y era sobrino de Ahmadi. Naser había solicitado una visa especial para emigrar a EE.UU., pues no se sentía seguro en su país luego de haber trabajado para el ejército estadounidense como guardia de seguridad en Camp Lawton, una base militar en Herat, la tercera ciudad más grande de Afganistán.

“El grave peligro que enfrentaban (Naser) y su familia venía directamente de su compromiso con las tropas americanas y de la OTAN”, escribió su supervisor a mediados de agosto entre las recomendaciones que el asesinado recabó con la esperanza de obtener el visado. “…Naser no representa ningún tipo de peligro para la seguridad de EE.UU. o sus ciudadanos”, agregó.

El peligro para la seguridad del ciudadano estadounidense proviene de sus élites corruptas y guerreristas. Ellos necesitan enemigos para alimentar su máquina de guerra y los crean deliberadamente asesinando inocentes a mansalva. Y luego de crear a sus enemigos, los arman, como quedó perfectamente comprobado con el caso sirio, donde enormes arsenales estadounidenses –destinados a los “rebeldes moderados”– pasaron a manos de al-Qaeda y el EI, “por accidente” (nuestras élites y sus medios de comunicación siguen otorgándole el beneficio de la duda a los psicópatas de la CIA, a pesar de que ya llevan 70 años haciendo lo mismo).

Como otros baños de sangre “civilizantes” ocurridos en las dos últimas décadas en Yemen, Siria, Libia, Irak, entre otros, la masacre de la familia Ahmadi quedará impune. Esa es la “civilización” que celebra el marqués, una donde un dron a control remoto hace de juez y verdugo de tres ciudadanos decentes y siete niños. Quienes se rasgan hoy las vestiduras en la prensa mainstream hablando de “terrucos” no emiten condena alguna para los crímenes del poder hegemónico y eso solo puede calificarse de una manera: cobardía. Debemos tener muy claro que su obsesión por cubrir exclusivamente lo local no es excusa para sus omisiones y tergiversaciones sobre lo que sucede a nivel global.

OCUPACIÓN “FEMINISTA”

Vargas repite la monserga de que la mujer afgana necesita del ejército yanqui. Esa línea propagandística –hipócrita, cuando menos– se originó nada más y nada menos que en un despacho de la CIA. Así lo reveló WikiLeaks en marzo de 2010, cuando hizo público un documento secreto que estipulaba de manera explícita que a los europeos había que venderles la ocupación de Afganistán a través de su simpatía por la mujer afgana: “La mujer afgana podría servir como mensajero ideal para humanizar el rol de la (coalición) en el combate contra los talibanes”.

El resultado de ese tipo de documentos es activar a cientos de propagandistas –periodistas, líderes de opinión, políticos y estrellas de cine– para que empiecen a venderle la idea al mundo, lo que también aparece en el documento confidencial: “crear oportunidades en los medios para que las mujeres afganas puedan compartir sus historias con las francesas, alemanas y otras europeas”.

Debemos recordar, dicho sea de paso, que los extremistas talibanes se desprendieron de los grupos islamistas radicales armados y patrocinados por la CIA durante la década de 1980, tal como detallamos en esta columna hace tres semanas (“La última debacle americana”).

Las madres de los siete niños de la familia Ahmadi –y las de otros miles de infantes masacrados por misiles occidentales– no están interesadas en que ningún ejército invasor ice las banderas del feminismo en su nombre. La falta de consideración de los invasores hacia esas mujeres y madres afganas también quedó en evidencia gracias a las denuncias que algunos soldados estadounidenses con fibra moral hicieron en contra de sus superiores, quienes les habían ordenado que se hicieran de la vista gorda con respecto a sonados casos de pedofilia, ¡en sus propias bases militares! La violación de niños afganos sucedía en bases estadounidenses y usted puede leerlo todo en el “New York Times” (21/09/15):

“En las noches podíamos escucharlos gritar, pero no podíamos hacer nada al respecto”, le explicó el soldado Gregory Buckley a su padre en 2012, poco antes de ser baleado.

En lugar de acabar con el abuso sexual infantil y castigar a los pedófilos, “el ejército estadounidense los armaba y, en algunos casos, los ponía al mando de poblados”. Ese es el “feminismo” que exporta occidente en sus portaviones y bombarderos, el que ensalza el nobel, uno en el que las mujeres y madres deben sufrir la atrocidad de que sus hijos sean ultrajados en las bases militares de los civilizadores.

ESCUADRONES DE LA MUERTE

“The Intercept” reportó lo siguiente en diciembre del año pasado: “Comenzando en 2018 y por lo menos durante un año, agentes afganos, presuntos integrantes de la unidad paramilitar ‘01’–entrenada por la CIA y operando en tándem con las Fuerzas Especiales estadounidenses, con apoyo aéreo–, desataron una campaña de terror contra civiles”.

“Diez ataques resultaron en el asesinato de 51 (personas)”, informó también el medio independiente norteamericano. Los muertos fueron casi siempre hombres jóvenes y niños, incluyendo algunos de 8 y 9 años de edad. Las víctimas no tenían ninguna relación con los talibanes, de acuerdo con los múltiples testigos y deudos. Los asesinatos tampoco se dieron en combate, sino que fueron ejecuciones sumarias, en algunos casos realizadas luego de asaltar centros de educación religiosa.

“Algunos murieron solos, otros junto con sus familias y amigos …”. Asimismo, residentes de varios distritos de Vardak, provincia oriental de Afganistán, hablaron de “una retahíla de masacres, ejecuciones, mutilaciones, desapariciones forzadas, ataques a centros médicos y bombardeos aéreos sobre estructuras conocidas por albergar civiles”. Los americanos “pisotean todas las reglas de guerra, derechos humanos… todo lo que dijeron que traerían a Afganistán”, señaló para “The Intercept” la máxima autoridad provincial de Vardak.

La gran prensa y sus propagandistas jamás nos mostrarán la realidad tal como es: no hay diferencias sustanciales entre el talibán y la plutocracia occidental guerrerista que pisotea el planeta impunemente, excepto que una controla los medios de comunicación y la otra no. Diga lo que diga Vargas, esa élite –el verdadero enemigo– no representa a ninguna ciudadanía.


Fuente: HILDEBRANDT EN SUS TRECE N°556, del 10/09/2021   p15

5 de septiembre de 2021

¿Quién nos salvará de la ciencia?

Daniel Espinoza

La semana pasada escribimos sobre los controversiales experimentos de laboratorio diseñados para potenciar conocidos patógenos –como el coronavirus–, haciéndolos más transmisibles y letales. Las investigaciones de “ganancia de capacidad” (en inglés, “gain of function”) –como las que se llevaron a cabo en los últimos años en el Laboratorio de Virología de Wuhan, en China– fueron financiadas por USAID, organismo controlado por el gobierno de Estados Unidos, a través de EcoHealth Alliance. Vimos que algunos receptores de dicho dinero fueron quienes, a través de varios medios de comunicación periodísticos y científicos reputados, le vendieron al mundo la idea de que una potencial fuga del SARS-CoV-2 de un laboratorio solo podía ser una “teoría de conspiración”.

Como prometimos, hoy ahondaremos en el origen militar de esta controvertida línea de investigación, con sus múltiples riesgos y dudosos beneficios. Repasaremos una pequeña fracción de las varias filtraciones de peligrosos patógenos que han sucedido en el pasado reciente, un asunto virtualmente desconocido incluso para los asiduos a la literatura científica.

ATAQUE Y DEFENSA

Como le dijo Richard Ebright al periodista científico Paul Thacker a inicios de agosto, los primeros experimentos de “ganancia de capacidad” se dieron en 2005 y 2006, con la reconstrucción del virus de influenza que ocasionó la pandemia de 1918, más conocida como la Gripe Española. Estos se llevaron a cabo en Nueva York y Atlanta.

“Este virus no había estado presente en el planeta por décadas… y cuando lo estuvo, infectó al menos a dos tercios de la población global y mató al menos al 1 % de los infectados”, dijo Ebright, director del laboratorio de microbiología del Instituto Waksman, localizado en Nueva Jersey.

El Congreso de Estados Unidos objetó entonces que los experimentos se habían llevado a cabo sin ningún tipo de análisis previo de riesgos y beneficios.

“Pero la historia comienza un poco antes”, detalla Ebright, “en 2001”. Poco antes del ataque terrorista a las Torres Gemelas de Nueva York, sucedió un ataque con ántrax a través del sistema de correos estadounidense. Poco después, en noviembre de ese año, el Congreso decidió destinar ingentes recursos para la defensa contra el terrorismo biológico.

Uno de los promotores de estas medidas fue el vicepresidente Dick Cheney, uno de los arquitectos de las debacles americanas de Afganistán e Iraq y –coincidentemente– uno de sus más grandes beneficiarios materiales debido a su participación en Halliburton, contratista privado del Departamento de Defensa de EE.UU. (DoD, por sus siglas en inglés). Como explica Ebright, el DoD contaba entonces con controles muy estrictos, implementados para cumplir con la Convención de Armas Biológicas, un tratado internacional que prohíbe su desarrollo y proliferación:

“Lo que hizo Cheney fue transferir la investigación (en armas biológicas) del DoD al Instituto Nacional de Salud (NIH, por sus siglas en inglés) y, específicamente, al Instituto Nacional de Enfermedades Alérgicas e Infecciosas (NIAID, por sus siglas en inglés) …transformándolos en anexos del sector Defensa. Eso convirtió a Anthony Fauci (director de NIAID) en un jugador de peso”.

Luego, entre 2003 y 2004, la Academia Nacional de Ciencias formó un comité para analizar el “uso dual” de esa línea de investigación biomédica. En otras palabras, las investigaciones tendrían fines tanto militares como sanitarios. El comité en cuestión identificó “siete áreas de investigación de alto riesgo”, explica el microbiólogo citado. Estas eran actividades que aumentaban la virulencia, transmisibilidad y rango de organismos anfitriones potenciales para un determinado patógeno, entre otros “logros”. Cinco de esas siete líneas de experimentación fueron clasificadas como “ganancia de capacidad”, mientras que las otras dos tienen que ver con la “evasión de diagnóstico o detección” y la instrumentalización del patógeno como arma de guerra.

En 2011, los científicos Ron Fouchier y Yoshihiro Kawaoka anunciaron que podían crear una peligrosa versión de la gripe aviar (H5N1) que, a diferencia de las anteriores cepas, se transmitía por aerosoles. Según Ebright, este virus rara vez infecta al ser humano, pero cuando lo hace mata a la mitad de los afectados. Fouchier y Kawaoka –trabajando en Holanda y Estados Unidos, respectivamente– recibieron financiamiento del NIAID.

El experimento encontró oposición en el Congreso y la Casa Blanca estadounidenses, que insistieron en preguntarle al NIAID y a su mandamás, Fauci, sobre la razón por la que lo habían realizado, particularmente sin haber llevado a cabo un análisis detallado de los riesgos y beneficios. Ebright explica que Anthony Fauci –quien hoy dirige la respuesta estadounidense al Covid-19– simplemente financiaba proyectos a discreción, sin supervisión de nadie, por tratarse de un campo donde la regulación aún no se había establecido de manera firme.

Las autoridades también objetaron el hecho de que la experimentación fuera llevada a cabo fuera del territorio estadounidense. La respuesta de Fauci y del director del Instituto Nacional de Salud, Francis Collins, fue que la investigación era “fundamental para la seguridad” de su país, como explicaron en un artículo de opinión para el “Washington Post” (30/12/11).

Ante las críticas, Fauci decretó una moratoria para los experimentos de “ganancia de capacidad”. Pero ni bien las autoridades se distrajeron, cuenta Ebright, Fauci y Collins “levantaron la moratoria y expandieron el financiamiento”. Los sistemas para fiscalizar estas líneas de investigación llegarían años después, pero serían incapaces de ejercer un verdadero control. Los peligrosos y controversiales experimentos continuarían sin ningún tipo de análisis independiente sobre sus evidentes riesgos.

En 2014 sucederían tres fugas de laboratorio en Estados Unidos: una en el Centro de Control de Enfermedades de Georgia, donde se daría un accidente con ántrax; otra en Maryland, donde se encontrarían contenedores del virus de la viruela con filtraciones en una oficina de la Food and Drug Administration y, finalmente, en Utah, donde también se daría un accidente con ántrax, esta vez en instalaciones del DoD.

Para entonces, se había establecido un ente de carácter federal para velar por la seguridad biológica, la Junta Asesora Nacional Científica para la Bioseguridad (NSABB, por sus siglas en inglés), que señaló su intención de investigar estos tres incidentes. “La respuesta del Instituto Nacional de Salud de EE.UU. fue despedir a los miembros del NSABB y nombrar a otros más manejables”, cuenta Ebright. En respuesta, los recién despedidos formaron un grupo independiente, el Cambridge Working Group.

La sucesión de eventos relatada captó la atención del gobierno de Barack Obama en 2014, que decidió ponerle pausa al financiamiento para experimentos de “ganancia de capacidad”. Dieciocho proyectos fueron detenidos con la finalidad de someterlos a una urgente fiscalización. Un par de meses más tarde –con el gobierno distraído nuevamente en otros asuntos–, siete de estos proyectos fueron exonerados por el director del Instituto Nacional de Salud, (otra vez) Francis Collins, quien aseguró que eran “urgentemente necesarios para la salud pública de EE.UU.”.

Y así llegamos a 2017 y el gobierno de Donald Trump, que suspendió la pausa e implementó otro organismo destinado a fiscalizar los experimentos de “ganancia de capacidad”. Como explica Ebright, dicha entidad quedaría anulada en la práctica debido a que las entidades que llevan a cabo o financian tales experimentos –NIAID y el NHI– descubrieron que podían esquivar su vigilancia mediante un mecanismo tan sencillo como absurdo:

“En tres años y medio –le dijo Ebright a ‘Disinformation Chronicles’–, solo tres proyectos de investigación, de varias docenas, han sido enviados al comité para un análisis de riesgos y beneficios… Fauci y Collins se dieron cuenta de que si no informaban sobre qué proyectos debían ser fiscalizados y no los enviaban al ente supervisor, el sistema quedaba efectivamente anulado”. Todo esto se ve enormemente facilitado por el hecho de que el mencionado organismo creado por Trump (conocido por las siglas P3CO) es totalmente opaco: no se conoce la identidad de sus miembros ni el proceso que siguen para determinar la seguridad de los proyectos. Para colmo, sus decisiones finales son secretas.

BREVE HISTORIAL DE FUGAS

Un informe del medio periodístico norteamericano “Mother Jones” cuenta que la era moderna de filtraciones de patógenos de laboratorio comenzó en 1973, en Inglaterra, cuando una especialista se infectó con viruela y contagió a otras tres personas, de las cuales murieron dos. En 1977, una variante de la influenza salió de un laboratorio chino y viajó por el mundo entero. Como se trató de una versión suave, el evento no ocasionó demasiado revuelo.

En 1979 les tocaría el turno a los soviéticos. Una nube de ántrax escapó de un laboratorio secreto debido a un filtro de aire defectuoso y las esporas volaron al poblado de Sverdlovsk, matando a 66 personas. La veracidad del incidente pudo comprobarse recién en 1992, luego de la caída de la URSS.

Si bien las medidas de seguridad se han redoblado desde el siglo pasado, la enorme proliferación de laboratorios de (supuesta) alta seguridad ha hecho que la posibilidad de filtraciones sea más alta que nunca. Un estudio de “USA Today” reveló en 2015 que más de 100 laboratorios estadounidenses habían sufrido accidentes “escandalosos” en los últimos años. El ataque con ántrax descrito en párrafos anteriores –ocurrido en 2001– salió del Fort Detrick, un famoso laboratorio militar de Maryland, Estados Unidos. Mató a 5 personas y suscitó las políticas impulsadas por el infame Dick Cheney.

Solo podemos consignar aquí algunos casos aislados. El informe citado bajo este subtítulo habla de cientos, cada uno más escandaloso que el anterior. Lo señalado constituye solo la punta del iceberg de la negligencia científica y da cuenta de que no existe nada parecido a una fiscalización seria e independiente de la experimentación con patógenos letales. Pero algunos virus podrían ser algo más que el síntoma de un mal mucho más extendido entre la humanidad: la corrupción sistémica.

Fuente: HILDEBRANDT EN SUS TRECE N°555, del 27/07/2021   p21