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21 de febrero de 2021

Un capítulo más

César Hildebrandt

Los pesimistas profesionales disfrutan con el Perú. No hay expectativa sombría que aquí no se cumpla. No hay empeoramiento que aquí no se dé. No hay pre­dicción malsana que aquí no encuentre el escenario de su realización.

Y siempre podemos estar más abajo, descomponernos más, apestar más agudamente.

Vizcarra es un asco y, al mismo tiempo, parte de la tradición. Vizcarra es un forajido y, al mismo tiempo, purito folklore. Vizcarra es un canalla y, al mismo tiempo, un continuador. Vizcarra es historia.

Y no hablemos de la historia ancestral, aquella que nos relata cómo fue que el primer presidente del Perú terminó aliado de los españoles y cómo es que después la independencia, que nos fue impuesta, se convirtió en un negocio con el tema de la consolidación, punto de partida de grandes fortunas de nuestra burguesía falsificada. Hay que decirlo: muchos de los grandes patri­monios se obtuvieron porque hubo gente que le cobró al país los sacrificios que no había he­cho en la guerra contra España. Y eso se pagó con la plata que nos dejó, en abundancia, la mierda aviar usada como abono.

Hablemos de los últimos capítulos de esta tragedia llamada Perú.

En 1980 regresamos al régimen de las elecciones. Nos gobernó un señor que hablaba como un virrey benévolo, que jamás robó personalmente pero que sí dejó que otros lo hicieran. Durante su mandato un loco que se creía el Mao de Huamanga empezó a acribillamos para fundar una Kampuchea andina.

Vino después un señor que se trajo abajo todo, excepto su bolsillo, su hacienda, sus alforjas. El primer García robó desde los fondos de la campaña electoral hasta las comisiones italianas del tren eléctrico y se hizo rico en palacio. No sólo eso: inventó a Fujimori, el chino de la yuca y el tractor que le ofreció impunidad a cambio de asesoría y ayuda de la prensa y la televisión.

Fujimori, que era profundamente japonés y que odiaba de reojo al Perú, nos pudrió íntegramente y, para evitarse incomodidades, cerró el Congreso, profirió una constitu­ción que ni siquiera Odría habría instigado y le dio el mando de las cosas diarias a Montesinos, un psicópata que se alegró cuando su padre cometió suicidio. El pueblo peruano, que había temido y adorado a Bolívar, premió a Fujimori con una reelección arrolladora en 1995. Javier Pérez de Cuéllar, que había sido dos veces secretario general de la ONU, obtuvo un tercio de los votos del autócrata. Le pasó lo mismo que al escritor Mario Vargas Llosa, despreciado por el electorado por anunciar que tendría que hacer los ajustes económicos que Fujimori juraba que no habría de hacer.

En esa década de desaparición de derechos y privatización salvaje, la derecha se sintió en el vie­jo Ancón del Yatch Club. La podredumbre fue su hábitat. Y la izquierda, que pagaba el pato de lo que habían hecho las fieras de Sendero, no supo librar una sola batalla digna.

Fujimori salió por un video que expresaba lo que era su régimen y huyó al Japón, donde más tarde quiso ser senador pero no pudo porque no le alcanzaron los votos.

De modo que elegimos a Toledo, el lustrabotas bamba, el iluminado de los apus, el cholo sagrado que se había educado en Stanford y que farfullaba un castellano fronterizo. ¿Nos reconciliábamos con lo andino? ¡No! Premiábamos el ascenso social, nos jactábamos de tener a un indio que hablaba tanto el inglés que se había olvidado del español. ¡Darling!

Ya sabemos ahora qué hizo Toledo y cómo fue que el sueño de un gobierno reconstructor acabó en una tranca interminable y ante papeles cofirmados por Josef Maiman en Costa Rica.

En el año 2006 volvimos los ojos a Alan García. Lo habíamos perdonado, claro está. Era mejor que ese comandante con cara de agregado militar venezolano. Otros cinco años de desigualdad, corrupción y parloteo patriótico. Quien se había hecho rico en el quinquenio 85-90 del siglo pasado se hizo aún más rico entre el 2006 y el 2011. También permitió que otros robaran como él y fue dócil con la CONFIEP, con los mineros, con los brasileños. A sus propiedades inmuebles nacionales e internacionales añadió una casa de 840,000 dólares en Miraflores y nadie se sorprendió. Después nos enteraríamos de algunos detalles. Cuando la fiscalía lo rodeó a pun­ta de testaferros que cantaban, se suicidó. La gran prensa lo presentó como un mártir de la severidad judicial. Eso somos.

Cuando el comandante que era aliado de Chávez firmó un papel en el que se comprometía a no cambiar nada, estuvo listo para su elección. Rehén del papel suscrito, manejado por su hacendaría cónyuge, el comandante se ganó a tembladera de pulso el apodo cruel de “Cosito”. Otros cinco años de parálisis disimulados con algunas obras sociales: el bomberismo de la compasión apagaba algunos incendios. El barrio debía seguir igual. Lampedusa editado en la imprenta de “El Comercio”.

Lo más reciente es aún más pintoresco. El señor Pedro Pablo Kuczynski daba la apariencia de ser un gringo que quería ser presidente como una distinción otoñal y resultó ser un criollazo de bajo el puente obsesionado con aumentar los acres de su norteña propiedad. Nada dramático hubiese pasado, sin embargo, si la heredera de la cepa fujimorista no hubiese decidido traerse abajo el gobierno. El encumbramien­to de Vizcarra no habría sido posible si Keiko Fujimori no lo hubiese tramado como una venganza. La Trump peruana y el venido de Moquegua, traido­res recíprocos, se encontrarían ferozmente. El resultado sería el congreso actual.

¿No les dice nada a los peruanos que sus presidentes sean lo que han sido estos últimos años?

¿No les dice nada que la señora Keiko, con la franquicia de su padre asesino y ladrón en la mano, haya estado a punto, dos veces, de ser presidenta?  

¿No les dice nada que el señor Manuel Merino haya podido ser ungido, aunque sea por pocos días, presidente de emergencia?

Mi modesta teoría es que la corrupción nos es inherente. No es que en otras partes no haya po­dredumbre de la cosa pública. Es que aquí, desde que empezamos como país independiente, la sanción social no se cumple. No tenemos voluntad de rectificación. La complicidad siempre nos llama.

José de la Riva Agüero y Sánchez Boquete, nuestro primer presidente, traicionó al país, fue deportado y volvió al Perú en 1833. A su regreso, le dieron el título de Gran Mariscal y lo nombraron diputado. 

Somos el único país del mundo en el que un presidente y comandante en jefe del ejército huye en plena guerra y cuando esta empieza a perderse. Mariano Ignacio Prado Ochoa regresó al Perú en 1886 y juró como presidente de la Sociedad de Fundadores de la Independencia y Vencedores del 2 de Mayo. Su fortuna mal habida fundaría un imperio duradero y su hijo, Manuel Prado Ugarteche, sería dos veces presidente del Perú. Así somos los peruanos.

Vizcarra es un impresentable. Pero es el eslabón de una larga y ominosa cadena.

Fuente: HILDEBRANDT EN SUS TRECE N° 527, 19/02/19  p12

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14 de febrero de 2021

Heraud, la oveja negra

César Hildebrandt

Cuando el país que amo y que nos decepciona está a punto de hacerme trizas, pienso en Javier Heraud.

Mi esperanza se sostiene en Javier Heraud.

Hace unas noches vi el documental que hizo Javier Corcuera sobre el poeta acribillado y sentí que el Perú puede salvarse.

Que haya gente como Corcuera ya es bastan­te. Que Corcuera recuerde a Heraud es doble­mente estimulante.

Digámoslo de una vez: por lo que enfrentó, Javier Heraud es nuestro Miguel Hernández, nuestro García Lorca. Lo hicieron cadáver a balazos en medio del río Madre de Dios. Tenía 21 años. Era apenas un mayor de edad para el régimen civil de aquella época. Había escrito un puñado de poemas que no parecían salidos de la literatura sino de la naturaleza: fluían, brotaban, polinizaban, aleteaban. Debían no leerse sino casi murmurarse.

Y, sin embargo, la prensa de siempre maldijo a Heraud y lo mató dos veces. Lo llamó comunista -ese fue el titular de “La Prensa” de Beltrán dando cuenta de su muerte- y por eso lo decla­ró morible, asesinable, cancelable.

Luego vinieron riadas de porquería. Sobre su nombre se colgaron todos los desprecios.

Y sí, Heraud había estado en Cuba cuando Cuba era el amanecer de algo bueno. En esos años primordiales, ¿quién con alma no vio en Cuba un capítulo del futuro?

En ese paraíso tropical del hombre nuevo y la igualdad nuevecita y reluciente se escondía, sin embargo, el germen del bolchevismo comisarial. Pero eso vino después, mucho después de 1963, el año de la muerte de Heraud en Puerto Maldonado.

Heraud no podía saber que Cuba iba a ser una provincia ultramarina de la Unión Soviética, una Lituania con palmeras.

Lo que Heraud vio fue la primera alegría del socialismo alfabetizador, la pachanga de la liberación, la rumba santa de los milicianos que entraron a los ca­sinos mafiosos y rompieron lo que encontraban a su paso. Era la hora de la justicia social. Ya habría tiempo para otras sonoras matanceras.

Heraud vino al Perú después de pasar por un breve curso de guerrillero en La Habana. Creyó, en su ingenuidad de niño inmenso, que era fácil repetir la hazaña del Granma y que la hierba seca de la explotación y la desigualdad extende­ría el incendio tras la primera chispa guerrillera.

¿Quién pudo convencerlo de tamaño disparate?

No lo sé. A lo mejor, nadie lo persuadió. A lo mejor, Heraud quería intentarlo. A lo mejor, quería morirse entre pájaros y árboles.

En todo caso, el poeta que era un río se halló en una balsa y disparado por decenas de habi­tantes desde una orilla del Madre de Dios. Ni siquiera el trapo blanco que flameó Alain Elías detuvo la balacera. Un campesino los había de­latado.

Se había entrenado desde febrero hasta octu­bre de 1962 en Cuba. Un poeta menor y envi­dioso dijo años después que todo había sido una farsa.

No, la farsa vino después.

Heraud dio su vida por el Perú. El Perú le pagó con el silencio. Fue considera­do un mal ejemplo, la oveja negra salida de un colegio caro, el clasemediero que traicionó a sus iguales. ¿Po­día haber alguien peor?

¿Fue un héroe? Claro que sí. Si te matan en medio de la selva porque quieres re­fundar el país que te hiere y te subleva, ¿qué eres? Heraud, en todo caso, no fue el bandido castrista que pintaron los diarios de la época. Se jugó entero por un ideal y fue devorado por su propia ilusión.

Fueron pobladores los que detectaron en aquel grupo que había entrado por la frontera boliviana a forasteros dignos de sospecha. Heraud creyó que esa gente los acogería.

Quizá el poeta ignoraba cuán resignado estaba aquel pueblo que debía redimir. Quizá nunca se interesó en la historia del Perú. Porque eso lo habría llevado a la conclusión de que la pri­mera rebeldía republicana de nuestro país hubo de importarse de argentinos, chilenos y grancolombianos. Y que durante la ocupación chilena las traiciones no escasearon en la sierra de los grandes hacendados y en la cos­ta de los exportadores de azúcar. En la selva lo único importante que ocurrió fue que perdimos territorios a manos de Brasil y Co­lombia y vimos el intento de una república autónoma en Loreto, en 1896.

Eso importa poco ahora. Lo decisivo es que Javier Heraud Pérez quiso hacer justicia por su propia mano guerrillera y fue baleado hasta la muerte cuando huía, desarmado, en una balsa al lado de Alain Elías.

Nos hemos librado de Heraud porque así de astutos somos los peruanos. Borrándolo, nos sal­vamos de recordar que un hom­bre bueno hasta el aturdimiento llegó a la conclusión de que al Perú sólo lo salvaría la indigna­ción armada.

¿Cómo era eso posible en un país donde Manuel Prado era presidente y Belaunde sería su sucesor? ¿Cómo era eso posible en una nación donde la prosperidad se veía en los nuevos ba­rrios y en el alza de nuestra minería? ¿No ve­nían empresas de Utah a invertir en el cobre? ¿No era la revolución verde, la mejora genética de los sembríos, una promesa de abundancia?

A Heraud se le maltrató como a pocos. Nadie salido del sistema reconoció en él ni siquiera la generosidad de su sacrificio. Y cuando, muchos años después, llegó Sendero Luminoso y la revolución tuvo cara de Pol Pot y hábitos malignos de Mao, todo fue más fácil. A todo intento de cambiar las cosas se le llamaría “terrorismo” y cualquier redistribución de la renta recibiría el sambenito de “populista”.

En el discurso de los vencedores, de los que controlan la gran prensa y la televisión, la his­toria con mayúsculas y la opinología en letra menuda, en esa narrativa imaginaria el estable­cimiento es Roma y quienes disentimos somos bárbaros.

El problema es que el Perú es una Roma que sólo construyó el coliseo. Y si los bárbaros son como Javier, ya sabemos quiénes habrán de prevalecer.

Fuente: HILDEBRANDT EN SUS TRECE N° 526, 12/02/2021  p12

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17 de enero de 2021

Abolengo calato

César Hildebrandt

El señor Jaime Cillóniz, el que retuvo durante quince minutos a una muchacha aterrorizada, dice que tiene abolengo, que viene de las mejores familias, que la huella seminal que lo precede tiene un árbol ilustre de apellidos, haciendas, miriñaques.

Claro que Cillóniz tiene abolengo.

Qué duda cabe.

Su linaje es el de los señoritos que fueron realistas durante la guerra de la independencia, chilenófilos a la hora de la ocupación, civilistas cuando de simular preocupación social se trataba, pierolistas en el momento de la reconciliación “aristocrática”, beltranistas en el turno de Bustamante y Rivero, y apostólicos y romanos cuando Velasco les hizo temblar el esqueleto y bailar el primer baile del chino. Hablo, o sea, de los hijos de la guayaba de toda la vida.

Cillóniz desciende de un caballo castellano y conquistador, chocanesco y ágil. Su boca procede del arcabuz de sus ancestros y su racismo viene del escroto mismo del cura Valverde. Sus odios se remontan al almagrismo, que nada encontró en Chile, y su desprecio por los mestizos es el mismo de los que en el Club Nacional festejaban “los bailes de las debutantas” vestidas a lo Versalles.

Me place ver a este hombre ruinoso sacar la cara por la raza que lo profirió y atreverse a decir lo que tantos viejos y tantas viejas quisieran gritar. Casi me da ganas de pedirle al JNE que haga una excepción y que inscriba la candidatura de Cillóniz a la presidencia de la república.

Este señor de horca, cuchillo y ascensor tendría, por lo menos, el coraje de ser la bestia que es y no aceptar el disfraz que la CONFIEP y los consejeros mediáticos querrían imponerle.

Si Cillóniz ganara la presidencia, volveríamos a los tiempos en que a Arguedas la madrastra lo obligaba a comer en la cocina. Volveríamos a las haciendas serranas que tenían el tamaño de Ámsterdam. Vol­veríamos, aún más atrás, al sacro imperio de la ley del embudo y a la exclusión, a máuser limpio, de todos los herejes.

Cillóniz no es un machista crepuscular. Cillóniz es, como Hernando de Lavalle lo fue alguna vez, el hombre. El que habrá de restau­rar los buenos tiempos. El que nos devolverá el país inmóvil que San Martín y Bolívar quisieron refundar.

Cillóniz es la derecha sin maquillaje, calata, melancólica y levemente opiácea. Cillóniz se come un canapé en el Palais Concert y escupe cuando ve, aunque sea de lejos, al cojo Mariátegui, ese comunista de mierda. Cillóniz ama la muerte (ajena), como los generales franquistas. Cillóniz, en suma, quiere que el Perú siga siendo la república adjunta al imperio que esté de moda. En el siglo XIX fue el británico, que terminó des­preciándonos y optando por Chile. En el XX fue el norteamericano, que siempre nos vio como el perro que en el patio trasero no se queja.

La derecha piensa como Cillóniz pero es solapa como todos los Pardo. Por eso arma sus cades y le dice a la gente que está muy preocupada por la igualdad y la crisis. La verdad es que eso le importa muy poco. Lo que le importa, de verdad, es que nadie toque la Constitución de Fujimori, su esbirro más exitoso, y que nadie se meta con las leyes del mercado, por más distorsionado que esté. Y si usted le pregunta en privado a la derecha por qué hay un mono­polio cervecero y otro farmacéutico y otro periodístico (este último, con “El Comercio” a la cabeza), entonces dirá que esa pregunta revela resentimiento y que satanizar el éxito económico es cosa de terroristas.

Cillóniz lo que quiere es recuperar a la república, no raptarla. ¿No está claro?

Que no vengan Keiko Fujimori y socios de encuestas a decirnos que el centro es el camino, que los peruanos somos iguales, que el futuro es de todos. Basta de hipocresías. Sólo la derecha monta­da a pelo, oliendo a pizarrismo primordial y sobaco ilustrado, podrá salvamos. ¡Cillóniz presidente!

Fuente: “HILDEBRANDT EN SUS TRECE” N° 522  del 15/01/2021  p05

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11 de octubre de 2020

El Grau verdadero

 

César Hildebrandt

Qué haríamos los peruanos sin Grau?

Nos quedaría el gran Bolognesi, claro, que fue muerto después de la derrota y rendición de la plaza de Arica y cuyo cráneo quedó abierto de un guaso culatazo, según el testimonio más confiable.

Nos quedaría Cáceres, por supuesto, que organizó la resistencia y reclutó a un ejército campesino para combatir al invasor. Pero como insinúa Basadre, Cáceres tuvo el mal gusto de no morir en Huamachuco y convertirse, más tarde, en vulgar presidente y aspirante a dictador.

Nos quedarían los que pelearon como tigres en Tarapacá, los que estuvieron en Concepción sacando la cara por el país ve­jado, los que dieron la vida en las batallas de Lima, planificadas por el payaso Piérola y su corte de ineptos.

Estaría, en suma, el pueblo que se sacri­ficó en la sierra o en Miraflores y un pu­ñado de militares entre los que no podrán contarse ni el traidor coronel pierolista Agustín Belaunde, que huyó de Arica, ni el cobarde Lizardo Montero, que permitió la suave toma de Arequipa, ni mucho menos el príncipe de las felonías y fundador de un imperio podrido: el general Mariano Ignacio Prado Ochoa, padre de Manuel, el presidente que gobernó dos veces el Perú sin haber hecho nada digno de recordar­se, y progenitor también, y felizmente, de Leoncio, el bastardo glorioso que peleó como los hombres y murió fusilado en Huamachuco.

Hubo gente que nos honró y otra que nos avergonzará para siempre. Fracasamos como nación y eso no fue responsabilidad de “una raza abyecta”, como propuso in­felizmente el señor Ricardo Palma, sino de la clase dominante que se negó a pagar impuestos extraordinarios para costear la guerra y que tuvo en Prado y Piérola a sus más fieles representantes. Fue el
civilis­mo, entendido como aristocracia de origen rapaz, el que saqueó el país y el primero en huir de sus deberes. Fue el militarismo de los primeros años de república el que anarquizó el país en un festival de codicias que hizo imposible la construcción nacional. Chile tuvo a Portales, obsesionado con el dominio del Pacífico sur. El Perú debió contentarse con Gamarra, que peleó al lado del general chileno Bulnes y en contra de la Confederación Perú-Bolivia.

Miguel Grau fue el hijo ilegítimo de un coronel colombiano afincado en el Perú. Siendo niño, a los nueve o diez años según qué fuente se consulte, fue embarcado como aprendiz de grumete en un barco mercante, lo que no dice mucho del amor que sus padres sentían por él. A la marina recién entró a los 20 años de edad y dos años después, en 1856 siendo alférez de fragata, se plegó a la revolución reaccionaria que Manuel Ignacio de Vivanco armó en contra del gobierno liberal de Ramón Castilla. Grave error de perspectiva que desmiente la leyenda infantil de su inmaculada condición de “demócrata cabal”. Como se sabe, la revolución vivanquista se dio, entre otras razones, por el descontento que produjo entre los ricos del Perú la abolición de la esclavitud. La guerra civil desatada por Vivanco fue el negado antecedente del conflicto secesionista que asolaría Estados Unidos poco después. Como el gol­pe de Vivanco fracasó, Grau tuvo que irse expulsado de la marina de guerra. Sólo pudo regresar en 1863 gracias a una amnistía. Pero más tarde, Grau volvió a las correrías del aventurerismo político cuando se sumó al popular movimiento insurreccional de Mariano Ignacio Prado, prefecto en ese entonces de Arequipa, en contra del gobierno de Pezet. Este fue acusado, con razón, de actuar débilmente en contra de España y terminó renunciando. El ge­neral Pedro Diez Canseco, que había sido procla­mado presidente sustituto por los golpistas, hizo lo propio y fue entonces que Prado fue nombrado abiertamente dictador. Lo que pasó el glorioso 2 de mayo de 1866 no borra el carácter del movimiento golpista del que Miguel Grau fue partícipe.

¿Su declaración de rebeldía frente al nombra­miento del comodoro estadounidense Tucker como jefe de la armada peruana fue un gesto patriótico? Seguramente que sí, pero se sumó a una nutrida vocación por la desobediencia y el estropicio ins­titucional.

Los biógrafos oficiales de Grau sólo mencionan el gesto que tuvo ante la fechoría de los hermanos Gutiérrez (1872), pero omiten las mencionadas incursiones en la política insurreccional que ca­racterizó buena parte del siglo XIX peruano.

Y bien, este crónico rebelde que fue sacado de las filas de la marina de guerra dos veces, que bombar­deó el Callao desde el navío “Apurímac” en 1857, que llegó preso a la isla San Lorenzo cuando incurrió en desacato al desconocer el nombramiento de Tucker, es el mismo titán que el 8 de octubre de 1879 sabe que va a morir y muere, sabe que tiene que sa­crificarse y se sacrifica, sabe que dejará a sus hijos huérfanos y viuda a su mujer y desamparado el mar donde había hecho de las suyas y allí está, en la torre de mando, tan cerca del “Cochrane” que puede sentir el odio de sus enemigos y mirar el cañón que habrá de volarlo en pedazos.

Bolognesi mina el morro para demo­rar la derrota. No está convencido de su muerte, pero sí de la catástrofe militar. Aun así, combate. Es un héroe.

Andrés Avelino Cáceres, perseguido en dos frentes, está a punto de vencer en Huamachuco. La fatalidad es la escasez de mu­niciones. La última derrota de la resistencia es un asunto de pólvora y cartuchos. Cáceres huye en su caballo “Elegante”. Ha cumplido con creces con su país. Es un héroe. No se parece a la Lima señoritinga que convive servilmente con el ejército de ocupación.


Con Grau la cosa es muy distinta. Grau sabe que su destino es la muerte. Que seis meses de burlas a la poderosa escuadra enemiga tendrá que pagarlas con su pelle­jo. Y allí están sus cartas, sus comentarios: se sabe destinado a la inmolación. En 1878, un año antes de que el guano y el salitre se hicieran irresistibles para Chile, lo ha proclamado en su análisis sobre el estado de nuestra marina.

Su británico jefe de máquinas escribirá después que el almirante pudo aumentar la presión de las válvulas cinco horas antes del desenlace y que eso pudo cambiar la historia. No. No habría cambiado nada. Tarde o temprano, el “Cochrane” y el “Blanco Encalada”, tres veces más poderosos que el “Huás­car”, emboscarían al más ejemplar de los peruanos.

Y así fue. La escuadra casi completa del enemigo cercó al “Huáscar” y Grau, como quienes murieron como él aquella mañana decisiva, asumieron la ta­rea más digna que la condición humana nos puede demandar: morir con dignidad.

¿Qué haríamos los peruanos sin Grau?

Que los especialistas en salud mental digan de qué tamaño es el servicio que el héroe ha prestado a la autoestima de este país a veces tan ingrato.

FUENTE: HILDEBRANDT EN SUS TRECE N° 510, 09/10/2020  p12

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13 de agosto de 2020

Perú: Un discurso no hace verano

Humberto Campodónico


Se está discutiendo en el Congreso el discurso del Premier Walter Martos y parece que obtiene la confianza. Se ha centrado en la lucha contra la pandemia. Estamos en el peor momento: los fallecidos aumentan día a día y los informes dicen que el factor de contagio (el R) es superior a 1 en todas las regiones. Hay que pararlo ya.

Martos dijo que las medidas estrictas de la cuarentena generalizada sirvieron para ganar tiempo para controlar la enfermedad. Este reconocimiento, que la derecha económica niega, es clave. También dijo que la estrategia no puede ser solo económica, sino social, apuntando al alivio de los más vulnerables: “el crecimiento económico nunca más debe darse de espaldas al pueblo, por el contrario, debe traducirse en oportunidades y progreso para todos”.

Muy importante, porque la derecha económica nos quiere hacer creer que todo iba de maravillas (Jaguar de América) “hasta que llegó el virus y la cuarentena de Vizcarra”. O sea, todo bien con el modelo económico. ¿De quién es la culpa? Del Estado, así, en general. No reconocen que desde 1990 solo modernizaron las “islas de excelencia” que les interesan (Indecopi, Sunat, reguladoras, BCR y Sunat). El resto: educación, salud, transporte se potenciaría con el libre mercado. Ah, ya.

Dijo el Premier: “si no contenemos la enfermedad será difícil avanzar con la reactivación de la economía”. Ese es el orden de las prioridades. Y ha señalado medidas para impulsar la inversión pública, programas de empleo masivo y la inversión privada. También habló de encadenamientos productivos y clústeres regionales. Bien.

Un componente central acá es el bono universal, que es un derecho (no una limosna) de los desempleados e informales que han perdido sus ingresos. Por eso, todos los gobiernos compensan esa pérdida, ya sea con seguro de desempleo (EE. UU. y Europa) o con bonos universales, por ejemplo, en Argentina, Chile (ver cuadro) y Colombia. Además, tienen un componente reactivador inmediato de la economía.

En Argentina ya se han entregado tres bonos de US$ 143 y van por el cuarto; además, está en evaluación la renta básica universal. En Chile ya se entregaron cuatro bonos de US$ 500 para una familia de 4 personas y se acaba de aprobar un nuevo bono especial para la clase media de US$ 630, habiéndose ya inscrito un millón de personas. En Colombia, el Ingreso Solidario va hasta julio del 2021.

En el Perú solo ha habido un bono. Inaudito. Pero eso debiera cambiar pues el Premier ha ratificado el ya anunciado (por Vizcarra) segundo bono universal de S/ 760 para 8.5 millones de familias, lo que da S/ 6,400 millones (el 0.78 % del PBI). Agrega que ya no habrá los problemas del primer bono (van 5 meses sin que termine su entrega), pues ahora existe el Registro Nacional de Hogares, además de alternativas como depósitos en cuenta de ahorros y la banca celular con el apoyo de la banca pública y privada para evitar aglomeraciones.

Pero es muy poco: 1,520 soles para 10 meses (de marzo a diciembre) equivale a 5 soles diarios para una familia de 4 personas. ¿Se imaginan? Con razón la gente salió a la calle para no morir. ¿Por qué el Perú no trata a sus ciudadanos como lo hacen Argentina, Chile y Colombia? ¿Los peruanos son de segunda categoría?

Para vivir y reactivar hagamos como nuestros vecinos: tres o más bonos. ¿No teníamos la mejor “macro” de la región? Pues sí, plata hay. Dice el BCR (1), que ha apoyado el segundo bono desde hace meses, que los activos financieros del Tesoro ascienden a 14.8% del PBI. ¿Aló, MEF?

Ya habrá tiempo de analizar las medidas anti COVID y la reactivación, a los partidos en el Congreso (¿censuran a los ministros?) y el Pacto Perú. Un discurso no hace verano pero sí estamos mejor que hace una semana.

Humberto Campodónico 19.jpg

1.  Ver bcrp, reporte de inflación 2020, página 86 https://www.bcrp.Gob.pe/docs/ publicaciones/reporte-inflacion/2020/junio/ reporte-de-inflacion-junio-2020.pdf

9 de agosto de 2020

Semana trágica

 César Hildebrandt


Habíamos quedado en que me recibía a las 5 de la tarde del día siguiente al voto de confianza. La iniciativa de la entrevista había partido de él, de Pe­dro Cateriano, el hombre al que había criticado con acritud. Me pareció un gesto de mente abierta. Y me preparé.

Leí todo lo que pude sobre él y tropecé con sus luces y sus sombras de personaje inexplicable de la política. ¿Por qué inexplicable? Porque es una hechura de la obstinación, la soledad y la resistencia. No tiene partido -quedó huér­fano cuando el vargasllosismo adquirió la cara de Rafael Rey- ni cofradía ni procesión que lo acompañe. La derecha playera lo arropa y lo considera uno de los suyos y ese es uno de sus bemoles. Los programas de televisión que son parte del tinglado del statu quo lo suelen llamar como si de un profeta desinteresado se tratara. Buceando sobre su trayectoria, recor­dé que Nicolás Lynch definió así su gestión de primer ministro en los tiempos de la borrachita del poder y su semáforo intruso: “Administró la traición de Humala”. Recordé también los tres muertos por Tía María y el famoso discurso en el que llamó “delincuentes” a quienes se enfrentaron a la policía de Arequipa. Por último, pasé revista a su oscuro papel como defensor del Estado peruano en el caso de las ejecuciones extrajudiciales ocurridas durante la operación Chavín de Huántar.

Después de eso, releí algunos capítulos de su libro sobre Alan García y no pude dejar de simpatizar con perseguidor tan terco y coherente. “El caso García” es, a fin de cuentas, el anticipo de lo que terminó por ocurrir.

Más tarde escuché su discurso en el Congreso. Y lo primero que hice, después de tragarme las más de tres horas de esa perorata, fue preguntarme si ese hombre se había vuelto loco.

¿Esa era la pieza oratoria de un primer ministro al que le quedan doce meses de gestión? No, de ninguna manera: era la presentación de un plan quinquenal, de una década de obras de todo calibre. Me quedé exhausto de imaginar el tamaño de la burocracia que se habría requerido para ejecutar esa lista de propósitos, la cantidad de miles de millones que habría estado en juego, la magnitud casi maoísta de ese salto adelante. Chu En Lai lo habría aplaudido.

Era el discurso -no lo dudé- de un hombre que está pensando en candidatear a la presiden­cia el 2021 y se quiere lucir como el estadista que ve más allá de la pandemia. Cateriano se subía los pantalones y acomodaba sus anteojos de présbita a cada rato, pero hipnotizaba con sus anuncios y atarantaba con un desfile de planes que nadie hubiese podido discutir. Total, las promesas no se refutan. El futuro, que este hombre parecía estar encarnando, no se presta al debate.

Y cuando Cateriano decía que todos los peruanos merecen tener agua, ¿quién podía alzar la voz y decirle que no? Y cuando se comprometió solemnemente a comprar 2,000 grilletes para deshacinar las cárceles, ¿qué verdugo podía contradecirle?

Pero en ese discurso donde a veces tropezaba con párrafos mal acoplados y frases inesperadas -al final de cuentas se trataba de una obra de Frankenstein, hecha con los retazos de cada ministerio- faltaba algo.

Lo que faltaba era cordura. ¿Cómo podía haber 2 páginas dedicadas a la crisis sanitaria y 26 dedicadas a la reactivación económica?

La muerte era el tema, míster Cateriano. La muerte y cómo combatirla, cómo arrinconarla, cómo ahuyentar sus calaveras, cómo oxidar su guadaña. ¿Qué reactivación económica podía haber con este rebrote que aterroriza a la gente y que nos ha dejado sin médicos, sin oxígeno, sin camas UCI? ¿O es que usted repre­sentaba a CANATUR, ese club de estúpidos que ahora teme que pueda decretarse una nueva cuarentena? ¿Qué quieren? ¿Un avión lleno de zombis viajando a un Cusco plagado de cadáveres?

Se equivocó usted, señor Cateriano. Debió usted no darme la razón, dejarme colgado de la brocha y presentarse como un centrista al que le preocupa, primero que nada, la salud de los peruanos. Pero hizo usted lo que, modestamente, habíamos anunciado en estas páginas: se presentó ante el Congreso como un embajador de la banca y la minería, como un vocero de la CONFIEP a contarnos el cuento de que la pandemia era asunto del pasado y que de lo que se trataba era de poner en marcha las fábricas, las refinerías, los proyectos dormidos en el vientre de los cerros.

¿Cómo irían a trabajar esos ejércitos de obreros y empleados del renacimiento económico? ¡En las uni­dades de transporte donde el Covid-19 hace de chofer y cobrador! ¿Dónde se atenderían los que cayeran bajo el fuego graneado del virus? ¡En los hospitales colapsados que ya no reciben a nadie y que tienen que esperar que los ocupantes de las camas UCI se mueran para recibir otro paciente!

Se equivocó desde la derecha, señor Cateriano. Es que es peligroso militar en esos círculos. Para estar en ellos a plenitud hay que practicarse una lobotomía medianamente radical. Y, como usted sabe, señor Cateriano, la derecha peruana tiene habilidades diferentes desde hace un par de siglos.

Y no aprende, como hacen otras menos pétreas y más ilustradas. ¿Sabe usted, señor Cateriano, que el conservador Foro de Davos ha publicado un documento llamado “El Gran Reinicio”? Seguramente que usted, que es tan leído, sí lo sabe. En todo caso, compartamos lo esencial de ese texto: después de esta pandemia el capitalismo tiene que refundarse y se impone un nuevo contrato social en el que la economía deba ser mirada con nuevos ojos y donde el crecimiento del PBI no sea el para­digma y el bienestar de la gente sea la mayor preocupación. ¿Escuchó, señor Cateriano? Esa era la grandeza que pudo usted permitirse para decirle a su amiga Rosa María Palacios que no todo es Laive, acciones en la bolsa, quietud reaccionaria.

Después de escuchar a Cateriano, me que­dé por ratos a escuchar la intervención de los congresistas. Tengo que decirlo: pocas veces me ha preocupado más el futuro de mi país. ¿Estos son los que reemplazaron a los mafiosos de la legislatura anterior? Es difícil definirlos si la entomología no es nuestra especialidad. Con excepciones, son la prueba viviente de un país en trance de disolución cultural. El Congreso de ayer era una reunión de bandas. El de hoy expresa el fracaso absoluto de la educación pública. El de ayer era un aquelarre. El de hoy expresa las vacaciones de la inteligencia.

Lo peor es que ese Congreso, presidido por un ma­tón salido de algún puerto malevo, ha podido argu­mentar que Cateriano no presentó un plan de urgencia para enfrentar la crisis que está matando peruanos a puñados diariamente. Lo peor es que un hombre inteligente y educado como Cateriano pudo ser desairado por un Congreso de tan baja estofa.

Pero lo peor de todo es que, al nombrar al nuevo gabinete, el presidente Vizcarra acaba de apostar por lo mismo. Es como si el virus hubiese abatido nuestro sistema inmunológico. Como si el abismo nos llamara, más seductor que nunca.

A las diez de la mañana del día pactado para la entrevista, la secretaria de la PCM llamó a Américo Zambrano a decimos que la cita se cancelaba. Era de esperar. Cateriano apareció después en RPP y Canal 8: parecía la sombra de sí mismo. Y después de las callejonadas del tal Merino de Lama, el fugaz expremier habló de la necesidad de concertar y pasar la página. Eso es lo que el Perú les hace a quienes se lo permiten: un ácido los desfigura, una cenicienta palidez los envejece.

Fuente: HILDEBRANDT EN SUS TRECE N° 501, 07/08/2020 p

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2 de agosto de 2020

Decepción

César Hildebrandt

Alguien le dijo que no debía admitir haber cometido errores, que para eso estaba la oposición, la prensa crítica, los antipáticos profesionales.

De modo que, entonces, el señor presidente se apareció como el gobernante de una isla fantástica donde una plaga había causado al­gunos estragos y donde todo, sin embargo, seguía su curso gracias a la hombría impertérrita de sus habitantes.

Pero en Cajamarca se morían. Y se morían en Junín y se morían en Lima. Faltaba el oxígeno en todas partes y las cifras de la muerte no descendían mientras la ministra de Salud admitía, por fin, que podían ser 43,000 los difuntos. Se quedaba corta: a estas alturas debemos andar por los 49,000.

El presidente Vizcarra tiene consejeros que lindan con la idiotez. Sólo una persona con insuficiencia neuronal puede haberle dicho que las crisis se combaten con optimismo, con cifras fantasiosas, con propósitos enormes y grandezas teatrales.

No, señor Vizcarra. No siga haciéndole caso a la taradez que ha reunido en torno suyo.

Las crisis se combaten diciendo, antes que nada, la verdad. Después de describir los hechos tal como son -y no tal como los inventan sus asesores- adquirirá usted el derecho a la esperanza y al mensaje cargado de propósitos y enmiendas. Pero si usted miente hablando de un país que no existe, si usted falta a la verdad construyendo una realidad voluntarista y encubridora, todo lo que diga después será materia de sospecha. Nadie le creerá, en suma, si usted dice que el presupuesto de salud será novedosamente alto cuando ni siquiera se ha atrevido a decir de cuántas bajas fatales hablamos en esta pandemia que usted mismo calificó alguna vez como “una guerra”.

¿No nos debía un parte de esa guerra que estamos librando y, por ahora, perdiendo? ¿No debió ser usted quien nos dijera de qué tamaño era la mortandad? ¿No merecía la gente un recuento fáctico de lo sucedido?

Hubiera sido tan fácil decir al comienzo algo como esto: “compatriotas, estamos en serios problemas, la situación es esta... Pero confío que, entre todos, saldremos de esto”.

Después de esas palabras, dichas desde el cargo privilegiado que le dimos, todos habríamos pues­to atención preferencial a sus cifras, sus metas, su fe, su optimismo. Y hubiéramos dicho: si este hombre tuvo el coraje de decimos la verdad cruda y fea, quizá tenga el carácter de cumplir con sus promesas, démosle una oportunidad.

Lo cierto es que su mensaje fue una invitación a la fantasía, un intento fallido de evadir el funeral que estamos viviendo.

Señor presidente: estamos en una crisis eco­nómica comparable con la que padecimos tras la guerra que Chile preparó para aniquilamos como rivales del Pacífico y usted sale a hablar del “go­bierno digital” y la “digitalización de las regiones”, mientras que su MINEDU no es capaz de comprar ni siquiera las tablets prometidas. ¿Quién dirigirá el pomposamente anunciado Sistema Nacional de Transformación Digital? Es difícil saber si es hora de llorar o reír.

Señor presidente: usted habló del daño que causa la minería informal y de cómo ha lucha­do contra ella, al mismo tiempo que anuncia la consagración de las invasiones auspiciadas por los traficantes de terrenos. Sí, señor: eso es lo que significa la titulación anunciada para todos aquellos que, guiados por los mercaderes de la usurpación y del despojo, se convirtieron en “posesionarios” hasta el 2014. ¿Se puede hablar así de planeamiento urbano, de futuro vivible para una megalópolis torturada como es Lima? ¿Se puede hablar de civilización en esos términos? ¿Les volveremos a poner un caño común (como hizo García) a quienes han sido condenados a vivir entre esteras, hojalata y triplay en la ladera de un cerro? ¿Son los traficantes de terrenos los que deciden el crecimiento de las ciudades y el costo  horizontal de los servicios sanitarios? ¿Ese es el Perú que usted fomenta?      

Habló usted de “educación de calidad para los jóvenes” pero no dijo una sola palabra sobre las agresiones del actual Congreso contra la SUNEDU, que es el sostén de la reforma universitaria. ¿Alguien le dijo que no se metiera con una comisión congresal orientada por algunos lobistas de universidades como Telesup?

Se refirió usted a 129,000 puestos de trabajo creados tras la reactivación económica pero no dijo nada de los 2’700,000 empleos perdidos por la necesaria cuarentena.

Anunció que a cada huérfano de la pandemia se le dará 200 soles mensuales hasta la mayoría de edad y, simultáneamente, reconoció que la anemia infantil ha bajado de 43% a 40%. Citó esa cifra cómo si de un triunfo se tratara. Qué bueno sería vivir en un país donde los presidentes no tuvieran que ofrecer 200 soles mensuales a nadie porque la salud y la educación están garantizadas.

¿Garantizadas? Usted prometió que ahora sí el SIS alcanzaría a todos los peruanos y anunció un presuntamente nuevo presupuesto de salud de veinte mil millones de soles. Pero resulta, como se ha dicho, que el presupuesto de Salud ya era de dieciocho mil quinientos millones de soles, lo que significa que el aumento será sólo de mil quinientos millones. ¿Y con mil quinientos millones de soles piensa usted financiar un SIS “para todos”?

Después estuvo el festival del dinero y los presupuestos mágicos que financia­rán obras deseadas por todos. ¿Con qué Estado las haremos? ¿Con qué capacidad de gasto contaremos? ¿Con qué gestión de proyectos tropezaremos? Eso sí: las lí­neas 3 y 4 del Metro, la carretera central, las grandes obras de saneamiento y los hospitales y colegios “emblemáticos” los haremos a través de convenios de gobier­no a gobierno, lo que seguramente que­rrá decir que tendremos a los británicos haciéndose cargo de tan arduos asuntos. Hasta eso podría haberlo explicado, señor presidente, si su vocación hubiese sido la de tender un puente de comunicación con el pueblo, especialmente con la gente que aplaudió su gestión cuando se deshizo del podrido Congreso anterior.

¿Y qué es el Pacto Perú sino una lista de la vieja intendencia del Perú abortivo que padecemos? ¿A quién se pretende convencer cuando se ha­bla de consensos básicos sobre salud, educación, economía, sistema de justicia y lucha contra la pobreza? Sabemos de esa agenda envejecida desde los tiempos de Ramón Castilla y ese saber no nos ha servido de mucho. El problema no son las metas redundantes sino la voluntad corajuda de cumplirlas más allá de las presiones y periodicazos de la derecha y del autismo tribal de la izquierda de raíces leninistas. Cambiar de rumbo: ese es el imperativo. Y jamás cambiaremos con los parámetros que el conservadorismo dicta desde los medios de comunicación a su servicio.

No se miente, señor presidente. Y usted ha mentido como un fanático el día de su último mensaje presidencial.

Eso no sólo decepciona. Eso confirma que la política, entendida malamente, puede transformar al que fuera exitoso gobernador de Moquegua en un parlanchín suspendido perfectamente en una nube.

Fuente: HILDEBRANDT EN SUS TRECE N° 500, 31/07/2020 p13

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31 de julio de 2020

Desmilitaricemos el Bicentenario

Nelson Manrique

La conmemoración de las fiestas patrias es un momento importante en la construcción de una memoria histórica oficial sobre el proceso de formación de la nación. El tema es acuciante cuando estamos a apenas un año de la que probablemente será la efeméride cívica más importante de nuestras vidas

En el Perú, se conmemora la jura de la independencia en Lima y la ceremonia que ocupa el centro del escenario es el desfile militar. La repetición ritual anual de la ceremonia contribuye a “naturalizar” la importancia de lo que se conmemora. Pero en otros países se rinde homenaje a otros eventos, como el primer grito de la independencia o un hecho de armas decisivo. Tampoco se celebra siempre eventos acontecidos en la capital.  La jura de la independencia que se celebra en Argentina se realizó en Tucumán; en Bolivia en la ciudad de Chuquisaca.

Nuestra conmemoración posterga acciones históricamente mucho más significativas que las conspiraciones patrióticas de Lima, como son el alzamiento de Túpac Amaru II de 1780 (la insurrección indígena más grande de la historia de América), o los intentos separatistas del Cusco (1805), o el de Huánuco (1814), o la batalla definitiva en Ayacucho (1824), cuya proyección es continental.

La jura de la independencia se produjo en varias ciudades de la sierra central un año antes que en Lima, que tampoco era el departamento más poblado del país. De acuerdo a una Matrícula de Contribuyentes de 1836, Lima y Callao tenían 151,718 habitantes, bastante por debajo de los 216,382 del Cusco, y ocupaba el sexto lugar en población. 4 de los 5 departamentos que la superaban eran serranos y hasta en el costeño departamento de La Libertad la mayoría de la población era india. El Perú era un país eminentemente indígena y serrano, las batallas decisivas de la independencia se libraron en la sierra, pero el relato patrio se concentra en el papel de la costa.

Se privilegia el papel de Lima en la independencia para reforzar su preeminencia política, heredada de su papel central en el orden colonial, no por su papel protagónico en favor de la independencia. Jorge Basadre es contundente al escribir sobre la guerra anticolonial: “Desde sus comienzos, el Perú había participado en ella; pero dando su contingente de sangre a la causa española (…) Cuando ya había sido proclamada la independencia de Lima, hombres ilustres o importantes (…) se resistieron a la idea de un Perú que no conviviera con los españoles y echaron al abismo una fuerza política y militar nacional que hubiese sido muy útil, tanto en la lucha final de la independencia, como después de ella” (Basadre, Historia de la República, 1983 I: 63). Según Basadre muchos criollos veían la independencia como una guerra civil en la que podían tomar partido por uno u otro bando. El costo de esa indefinición fue la intervención colombiana con Bolívar, la separación del Alto Perú, la pérdida de Guayaquil y la amenaza sobre Tumbes, Jaén y Maynas (idem).

La opción realista de los criollos provocó adicionalmente la destrucción de la clase dominante peruana. Los militares llenaron entonces el vacío de poder. Todos los presidentes del siglo XIX fueron militares, excepto Manuel Pardo y Nicolás de Piérola, que llegó al poder a través de una guerra civil. Durante el siglo XX el Perú estuvo más tiempo bajo gobiernos militares y cívico militares que bajo gobiernos civiles. Se entiende ahora por qué se forjó el mito de que las Fuerzas Armadas formaron la nación. Hablo de mito porque el ejército peruano no existía cuando se produjo la independencia. Los peruanos combatieron en condición de tropas auxiliares de los ejércitos extranjeros y sólo se creó un ejército efectivamente peruano luego de la expulsión de Bolívar, en 1827. Hubo participación popular a través de las guerrillas y montoneras, pero a esa se le presta muy poca atención.

La oligarquía peruana jugó un importante papel en la consolidación del mito de la forja de la nación como gesta militar. Al cumplirse el centenario de la independencia, durante la década del 20, el Apra y los socialistas desafiaron la hegemonía ideológica oligárquica. Perdida la batalla de las ideas, la respuesta de la oligarquía fue excluir constitucionalmente al Apra y del PC de la escena política, y ampararse detrás del poder de las Fuerzas Armadas, a las cuales se elevó al rango de “instituciones tutelares de la Nación”, lo cual es un contrasentido lógico, porque es pretender que un organismo constitucionalmente no deliberante (es decir, no político) tutele a una institución política por excelencia. Así, las Fuerzas Armadas terminaron convertidas en “el perro guardián de la oligarquía”, como certeramente las definió Juan Velasco Alvarado.

La contrapartida de la exageración del papel de los militares en la construcción de la nación ha sido la permanente minimización de la importancia de la participación popular. Sucede con la guerra de la independencia, pero también con la guerra con Chile. El triunfo peruano en las batallas de Pucará, Marcavalle y Concepción, el 9 de julio de 1882, en que el ejército campesino de Cáceres y las guerrillas del centro derrotaron a una división chilena causándole 600 bajas, es aquí a lo más motivo de una celebración local, mientras que en Chile la batalla de Concepción (en Chile la denominan La Concepción) ha sido erigida en el Día del Recluta o de la Jura de la Bandera; con la misma resonancia simbólica que para nosotros tiene la batalla de Arica.

Comparemos el despliegue militar que preside la conmemoración de nuestras fiestas patrias con la celebración del 4 de julio en Estados Unidos. El ejército norteamericano ha ganado todas sus guerras (exceptuando claro está la pateadura que recibieron en Vietnam), y es la potencia militar más grande de la historia de la humanidad, pero a nadie se le ocurriría sacarlo a desfilar para celebrar el nacimiento de la República. La conmemoración norteamericana es una gran fiesta popular, cuyo actor es el pueblo que construyó la Nación, incluyendo sus ejércitos y sus guerrilleros.

Es hora de desmilitarizar el discurso patrio y reescribirlo incorporando nuestra riquísima diversidad cultural, el gran patrimonio con el cual podremos aportar como Nación a la construcción de un mundo más humano. Comencemos por redefinir el sentido de las fiestas patrias.

CODA: La conmemoración del Bicentenario del año 2021 parece condenada a ser un evento frustrado, protocolar y sin mayor trascendencia. Varios factores apuntan en esta dirección. Los efectos de la pandemia del covid-19­­ se van a extender más allá de julio del año próximo. El país está entrando a una crisis económica de la que tomará tiempo recuperarse. El actual Congreso no parece llamado por el destino para presidir una gran conmemoración. El rumbo que ha tomado el gobierno de Martín Vizcarra, poniendo de premier a Pedro Cateriano, constituye un alineamiento pro empresarial que ya resulta caricaturesco, precisamente cuando la miseria, la enfermedad y la carencia de servicios básicos para las mayorías vienen creando una situación político social explosiva. El nombramiento en el Ministerio de Trabajo de un joven abogado de grandes empresas, que donde hay trabajadores reclamando derechos verá sobrecostos laborales, apuntan a una polarización social de pronóstico reservado. Pretender imponer proyectos mineros que no cumplan con las normas de protección de la población y del ambiente sólo será posible por la violencia y por ese camino Vizcarra terminara su mandato con las manos manchadas de sangre. No existen las condiciones para que esta resulte la ocasión de la cual puedan surgir profundas reflexiones sobre el Perú y su destino.

Puede, sin embargo, plantearse una propuesta que recupere positivamente el Bicentenario de la independencia. Que el Perú se comprometa a convocar a un gran evento continental para conmemorar el fin del dominio colonial en América del Sur, el día 9 de diciembre del 2024. Perú sería el anfitrión de un evento que reúna a todos los países que participaron en la gesta libertadora, desde Panamá hasta Argentina, rescatando el verdadero espíritu de la gesta de la independencia. Eso daría cuatro años para preparar, en una dimensión mucho más amplia, una celebración significativa, digna de la magnitud de los hechos a conmemorar.

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29 de julio de 2020

La Independencia: una revolución olvidada

Cecilia Méndez G.

Cada 28 de julio la prensa acude a los historiadores para que ofrezcan una perspectiva histórica del momento conmemorativo, casi como un rito, o como una tarea que les toca hacer. Los diarios se visten de banderas, de figuritas de héroes, de anécdotas, los locutores de los noticieros lucen patrióticas escarapelas, izamos la bandera. Ojalá, me digo, que esas banderitas de ocasión sirvan al menos para poner algo de comida en algunas mesas, necesidad apremiante para tantos en esta pandemia.

La ritualización colectiva da sentido e identidad a una colectividad. Como lo estudian la antropología y la sociología, las sociedades se cohesionan con ritos. Pero la ritualización irreflexiva de la nación puede llevar a que estos sentidos se pierdan. O, peor, que se olviden y distorsionen los propios hechos que son materia de conmemoración, y que se instalen otros que nada tienen que ver con aquellos.

En el caso de nuestra independencia, el hecho más olvidado es también el más importante: que fue una revolución. Así la experimentaron y la llamaron quienes vivieron el momento, y hasta años después. Así llaman otros países del continente a sus procesos de independencia, desde Estados Unidos hasta Argentina. ¿Por qué nosotros no? Las revoluciones subvierten ideas y conceptos, rebautizan lugares, cuentan el tiempo nuevo en calendarios revolucionarios. Así lo hicieron los revolucionarios del Cuzco en 1814, una de las revoluciones más olvidadas de nuestro proceso de independencia.

Ellos proclamaron 1814 como “el año primero de la libertad”, y así lo siguieron llamando, veinte años después, los campesinos del distrito de San Miguel, en Ayacucho, que pedían exoneración tributaria en medio de la guerra civil que devastó sus campos en 1834, diciendo que habían dado su sangre por la patria “desde el año 14”. En Lima, el 15 de julio  de 1821, después de la firma de la declaración de la independencia por el cabildo, “botaron el busto y armas del rey a la plaza, que la multitud destrozó a patadas”, como cita el historiador Pablo Ortemberg de una fuente de la época.  Años antes, en 1813, y como reacción a un decreto de las Cortes de Cádiz que abolía el Tribunal de Inquisición, una multitud saqueó dicho local en Lima, y se dedicaron sátiras, y un “epitafio” a ese centro de torturas oficial del Estado español.

Con los años, los actos irreverentes dieron paso a ceremonias acartonadas, misas solemnes, y un desfile militar que poco tiene que ver con el ejército que consiguió la independencia. Lima, rebautizada como “La Ciudad de los libres” volvió a ser llamada “la ciudad de los reyes”. “El Pueblo de los libres” revirtió a su antiguo nombre,Magdalena. La Plaza Independencia volvió a ser la Plaza de Armas.  

Pero el ritual cívico más olvidado ha sido la propia jura de la independencia. Esta tuvo lugar en Lima el 29 de julio de 1821, al día siguiente de la proclama de de San Martín, y luego en muchos otras ciudades y pueblos. San Martín sabía que sin la jura su proclama de independencia no podía tener legitimidad, porque ella se hacía “en nombre de la voluntad de los pueblos”; por la jura, el pueblo se comprometía activamente a defender la independencia. Como lo dice la Gaceta del Gobierno de Lima Independiente: “cada individuo de las corporaciones, así eclesiásticas como civiles” se comprometía a “sostener y defender con su opinión, persona y propiedades, la INDEPENDENCIA DEL PERU  del gobierno español y de qualquiera otra dominación extrangera”. [Mayúsculas y palabras del documento original].

Tal vez defender la independencia de la dominación extranjera suene muy radical para estos tiempos. Pero igualmente radical fue el nuevo lenguaje político republicano que se inauguró con dicha revolución, y que incluye ideas que ocasionaron, y siguen ocasionando, resistencia, como lo es la igualdad ante la ley. Pero, si alguna responsabilidad cívica tenemos los historiadores, es una tarea de memoria de cara al presente.

26 de julio de 2020

La edición 500

César Hildebrandt

La próxima semana editaremos el número 500 de este modesto semanario.

Nunca pensé que duraríamos tanto.

Es más: nunca pensé que duraríamos más de seis meses.

Pero esta vez mi pesimismo crónico fue derrotado. Esfuerzo nos ha costado, claro está: amanecidas, zafarranchos de combate en los cierres, discusiones en do mayor, decepciones, juicios, cartas furiosas, correos biliares, pequeñas traiciones.

¿Por qué hemos persistido en un mundo que parece estar castigando a la prensa escrita?

Quizá porque hemos sido fieles a un puñado de principios que buena parte del colegaje ha olvidado.

Para empezar, en esta revista no creemos que la publicidad sea imprescindible. No la tenemos y vivimos, apenas verosímiles, de nuestros lectores. Sin padrinos ni avisaje, los que nos sostienen son los que nos compran y leen. Y ahora, los que se suscriben a nuestra versión electrónica.

Que dependamos de quienes nos creen necesarios nos permite ser independientes y libres. Y frugales.

La ruina de la prensa procede de la correcta suposición de una gran mayoría de ciudadanos de que el periodismo se ha vendido a los grandes intereses. Y eso es cierto: en Lima o Nueva York, en Buenos Aires o en París, amplios sectores de la prensa se han convertido en apéndices de las corporaciones, en el parachoques intelectual de algún Rolls Royce. Ujieres directos o telescópicos de Murdoch, ese miserable, abundan en la prensa anglosajona. Sirvientes del sistema de dominación mundial, pueblan las redacciones de las que antes fueron publicaciones libertarias. ¿Paranoia? Nada de eso. En estos días de niebla planetaria, los papeles del Pentágono no se habrían publicado y la noticia sobre Watergate no habría pasado de la página 6 de “The Washington Post”.

En Lima, el negocio del periodismo consiste, por lo general, en congraciarse con los poderosos de toda índole. Ellos son los que deciden quién está en la lista negra, qué tema es tabú, qué ideas se proscriben, a qué herejes hay que quemar. El problema es que los que cortan el jamón y quienes hacen de sus voceros ignoran que el espectáculo que montan a diario es una farsa que el público ha descubierto.

Y como la ha descubierto, ha dejado de pasar por la boletería. La ojea en una pantalla, raja de ella en una red social, la desprecia mientras toma un café con un amigo.

El desprestigio de la prensa ha costado años de empeño autodestructivo.

Cuando las grandes empresas periodísticas se sumaron a la diligencia de Wells Fargo que iba hacia la conquista del oeste, la cosa empezó a oler mal.

Allí empezaron los tratos bajo la mesa, la neutralización de las unidades de investigación, la satanización de los apóstatas, la selección natural de los temas.

¿Cómo saber si una publicación no está hipotecada? Bien sencillo: fíjese si es capaz de decir que la desigualdad en el Perú es extrema, o que los ricos pagan muy pocos impuestos, o que la CONFIEP es reaccionaria, o que la concentración de la propiedad es una trampa para el capitalismo mismo, o que la búsqueda de hirocarburos y la conservación del planeta son dos temas frecuentemente irreconciliables.

En el menú de los periodistas está el secreto de la camiseta.

Si un periódico habla del castrochavismo de Vizcarra es que ha decidido representar los diablos azules de una tranca en el Club Nacional. Si otro señala que el populismo es el peor de los peligros es que ha optado por no hablar de la necesidad de ensayar otras alternativas económicas. Por el menú se les conoce. Por la agenda se les reconoce.

Si un papel sostiene que el Estado es un peligro y la Constitución del 93 una garantía, no dude que está ante un holding de corazón fujimorista. No importa cuántas libertades sobre el género se permita ni de cuántos arco iris se cuelgue.

Como algunos saben, estuve muchos años en “Caretas”. Siempre admiré a Zileri, a quien le debí tanto. Y, sin embargo, un día de septiembre de 1973, a las 24 horas del golpe de Estado de Pinochet, cuando escribía la nota sobre lo ocurrido, me di cuenta de que algo me separaba -y para siempre- de aquel maestro sin igual. El asunto era claro: yo estaba seguro de que el fascismo chileno había sido impuesto por la CIA y por lo peor de la derecha nativa, la que venía de las matanzas salitreras y la policía política de González Videla. Renuncié a “Caretas” años después, pero mi alejamiento emocional se produjo aquel día de tensión y correcciones forzadas.

Sí, tenemos un sesgo: no podemos ser discípulos de Pedro Beltrán. Y tampoco lo fuimos -o lo somos- del socialismo del gulag y la masacre de kulaks. Nos entusiasmó la era barbuda de la primera Cuba y nos asqueó profundamente la isla donde Heberto Padilla vomitó sobre sí mismo y el general Arnaldo Ochoa fue fusilado brutalmente. Pobre Fidel: derribó a Batista para liberar a su pueblo y trató de ignorar durante años interminables cuántos en Cuba deseaban que se muriera pronto a ver si así volvía el pollo, la prensa surtida, la salud de la desobediencia.

En suma, el escepticismo nos vacuna. La ortodoxia nos aterra. Las siglas nos parecen garrapatas. Las fraternidades de encerrona y voz única son películas de terror.

Nuestra relativa felicidad es la independencia. Nuestra ínfima sabiduría consiste en que no tenemos temas vetados. Carecemos de una gerencia de publicidad. Somos tan humildes que nuestra gerente general es también editora en jefe de estas páginas. Y si les contara qué es lo que tengo que hacer cada semana para completar mi jornada, me expondría a sus burlas.

Pero vamos por el número 500. Muchas gracias.

Fuente: HILDEBRANDT EN SUS TRECE.  N° 499, 24JUL20  p5

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28 de junio de 2020

¿Creen que siempre controlarán todo?

César Hildebrandt

Ni con la peste nos ponemos de acuerdo.

Ni con la muerte rondando dejamos de ser lo que, en el fondo, siempre hemos sido. Una nación en trance de ser, un país inconcluso, una identidad que no se terminó de forjar

La conquista nos cogió en plena guerra civil y eso facilitó que el cainita Atahualpa fuera ejecutado por aquél vistoso analfabeto. La mitad del ejército imperial estaba vencido y desarmado tras la ejecución de Huáscar, sus generales y su familia. Medio Perú fue el que se rindió ridículamente en Cajamarca.

La independencia nos dividió de tal manera que hubo batallas en las que se enfrentaron hermanos y hasta padres e hijos. La república aguardentosa a la que nos condujeron un argentino y un venezolano no surgió del consenso sino de la imposición del entorno regional. Si Ipsos hubiese existido en esa época, es probable que el 40% de los encuestados hubiese votado por la monarquía que San Martín imaginó para este país atípico.

La abolición de la esclavitud se dio en plena contienda militar entre Castilla y Echenique y tuvo como trasfondo el uso de los manumitidos en ese enésimo enfrentamiento, y la fecal prosperidad del guano no sirvió para edificar país institucionalizado sino para corromper aún más la gestión pública en beneficio de las clases dominantes.

No tuvimos un fundador de naciones. Nos faltó un Juárez, nos sobraron los parásitos, los soldaditos de plomo, los terratenientes venidos de las encomiendas y el asalto a las arcas del Estado.

Nunca supimos –allí está la historia- qué hacer con el Perú, cómo organizarlo. Nunca descubrimos el ideal que hubiese podido embarcarnos a todos, el sueño común que alcanzara a todos, la meta que a todos concerniese.  Y no producimos al hombre virtuoso que diera el ejemplo y trazara el camino. Quien no lo admita es que no ha leído ni siquiera a Basadre.

Algunos dirán que omito a Manuel Pardo. Pero la pregunta que me he hecho a lo largo de estos años es ésta: ¿Puede Pardo ser considerado la gran ocasión fallida cuando su herencia fue la falsa república aristocrática que negó a la mitad del Perú? Pardo es un cuento derechista y su secuela fue la que fortaleció la estructura inviable de este país troceado y sin armar.

Muerto Pardo por la bala del sargento Melchor Montoya, vino la guerra que todos esperaban.

Era nuestra gran oportunidad para galvanizarnos. ¿Qué  cosa mejor que un puño para enfrentar al enemigo voraz que venía a exterminarnos? Pero no fuimos un puño sino miles de manos que clamaban por cosas distintas y que acompañaban  a las miles de voces que entonaban todas las tonadas, excepto la del himno nacional. Voces avariciosas que se negaban a dar aportes excepcionales para sostener el costo de la guerra, vocecitas temerosas y desertoras, voces roncas que hablaban de la inutilidad de la resistencia.

La voz quebrada del traidor Mariano Ignacio Prado se sumó el ruido levantisco del payaso Piérola. Y este amigo de los hermanos Dreyfus fue el que negó recursos al ejército del sur para evitar que Lizardo Montero, su enemigo personal, pudiese convertirse en figura pública y amenazar su posición de general en jefe de opereta.

No nos unió la guerra. No nos unió la desdicha de la derrota. No nos unió ni siquiera el dolor de la mutilación territorial. Un traidor firmó el Tratado de Ancón y fue el único héroe de la resistencia, Cáceres, quien tuvo que derrocarlo a balazo limpio. Sí: tuvimos nuestra pequeña guerra después de la gran guerra perdida. El drama se completó cuando Cáceres hizo el gobierno que los traidores esperaban y que el statuo quo pudo haber firmado.

Nada nos une porque nunca hemos querido saber qué fuimos, qué somos, qué podríamos ser. Nada nos une porque hemos vivido dos siglos mendazmente republicanos secuestrados por los mismos de siempre.

Son los que odian la idea de un país integrado. Los que han hecho de egoísmo una bandera. Los que creen que la miseria y el hambre son el destino inexorable de millones de peruanos.

Son los que llaman populismo a cualquier propuesta que resienta la esfera de lo privado. Los que reniegan del Estado controlista pero se prestan dinero de él cada vez que pueden. Los que hablan de limpieza cuando se aliaron a Odebrecht. Los que amañan licitaciones y después critican las “excesivas regulaciones de la burocracia”. Los que bombardean a Vizcarra porque habló de la remota posibilidad de someter a expropiación a las clínicas de cuervos y megafacturas.

¿No se han enterado caballeros que su discurso fatiga, que sus posees ya no intimidan, que su matonería es reconocible a la legua?

¿Creen que siempre controlarán todo?

¿Están seguros de que el Perú mineralizado que juraron conservar no aspira a un cambio?

¿Y cómo quieren que sea ese cambio?

Porque ese cambio puede ser transaccional y pacífico, si ustedes bajan las armas y mordazas, o violento y caótico, si ustedes siguen creyendo que el país es su hacienda y que lo que escriben sus sirvientes es verdad bíblica, profecía de oráculo.

Elijan ustedes. Porque de lo que no dudo –y no soy el único- es de que el Perú aspira a otro libreto. Doscientos años de tenerlos como amos, señores, son demasiados años. Estas aguas estancadas apestan. Y la Constitución de 1993 es el contrato social que un extranjero corrompido creyó poder eternizar.

Fuente: HILDEBRANDT EN SUS TRECE N° 495, 26/06/2020 p09

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