César HildebrandtLo dije claramente en el encuentro semanal que tengo con los lectores de este semanario: no importan las marchas, las superlativas “tomas de Lima”, las comparaciones oportunistas, las megalomanías de la izquierda que cree que La Bastilla está a la vuelta de la esquina. Lo que importa es que este gobierno no tiene legitimidad social.
Lima no se tomó y, en general, la protesta se hizo sentir pacíficamente a nivel nacional. Pero más allá de masas y desplazamientos, de pancartas y enfrentamientos, lo real es que este es un gobierno cuya lideresa tiene el rechazo del 80% de la población y cuyo socio tutelar, el congreso de delincuentes, merece el repudio del 92% de la gente.
Por más ejecutivo que quiera aparecer, el patético Otárola no puede convencernos de que este es un gobierno avalado por la gente que dice servir.
La marcha silenciosa y cotidiana es la de las encuestas. Y todas ellas coinciden en lo mismo: este es un gobierno repudiado.
No se tomó Lima, pero el régimen tampoco toma en cuenta qué desprecio lo persigue y cuánta frustración produce.
Si las encuestas se tradujeran en multitudes, las calles y avenidas de Lima y el interior estallarían de gente de todos los colores. Quienes no estarían serían los que se creen dueños del país. Ellos y sus sirvientes. Este ejército de charlatanes y canallas sabe que miente cuando dice que el terrorismo está detrás del descontento. Lo mismo hizo cuando defendió al virrey de España y dijo que la violencia era un asunto de hordas extranjeras.
Este gobierno era un puente a nuevas elecciones. Ese era el mandato intrínseco de los hechos y de la constitución. Quebrado por golpista y corrupto el régimen de Castillo, no era posible imaginar que quien fuera su servil vicepresidenta pretendiera quedarse como sucesora. Sin embargo, eso es lo que ha sucedido. Sin la complicidad del congreso de delincuentes que quiso quedarse para seguir medrando y destruyendo instituciones, la señora Boluarte no estaría hoy usurpando el puesto de “primera mandataria”. Su mandante, en todo caso, no es el pueblo: es la banda de los Luna, los Niños, los Nanos y la Cuchufleta.
Eso es lo que sabe la gente, lo que se intuye en Ica o Puno, en Ayacucho y Cusco. Eso es lo que subleva: un congreso de traficantes de leyes con logo propio le dijo a una señora que estaba por irse: “¡quédate porque así nos quedamos todos!”. Y la señora, que había sido el ama de llaves del señor de la gorra en las noches de Sarratea, se quedó. Se quedó para cumplir con la agenda de quienes le dieron el encargo, que era la agenda de quienes habían perdido la elección del 2021. De modo que ahora hay un gobierno que cumple el programa que una escueta mayoría rechazó hace dos años. Y la derecha pretende que todos seamos felices, que agradezcamos, que avalemos.
No avalamos nada. No importa cuántas marchas se hagan y de qué tamaño sean y cuántas de ellas fracasen porque en la izquierda también hay miserables que negocian y se acomodan. No importa cuánto miedo cunda por tantos policías y fiscales dispuestos a todo. No importa cuánto desánimo se esparza ante el muro de apariencia invencible que los medios levantan. Lo básico, lo indiscutible es que este es un gobierno ilegítimo erguido sobre una impostura. La señora Boluarte preside un régimen que es en sí mismo un golpe de estado y que ha surgido de un neto acto de usurpación política: la segunda voz de un gobierno de izquierda que fue derrocado por robar e intentar dar un golpe de estado es hoy la soprano de coloratura de una ópera bufa cuyo libreto bien podría haber escrito Felipe Pardo y Aliaga.
Y mientras tanto, la economía aúlla y la pobreza crece.
La derecha de siempre no entiende que el Perú demanda cambios. Atrincherada en la fantasía que crean sus medios de comunicación, supone que una marcha es un hito y que las deudas no se pagan. Si el Estado es una ruina y la pobreza ha sumado millones de víctimas, el problema es también el modelo. Un país acomplejado que no se atreve a salir de la exportación primaria no tiene futuro. Una economía que produce desigualdad creciente es un peligro.
La marcha del descontento y la ira es lenta como la de Yenán. No se confíen, momios.
Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 645 año 14, del 21/07/2023, p16
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