11 de abril de 2025

Perú: Diosito pagano

César Hildebrandt

"Hay que odiar profundamente a este país indescifrable y nuestro para desear el regreso de quienes lo hicieron un burdel"

La jefa de la mafia fujimorista está de fiesta. Su prensa inmunda brinda, sus voceros dicen que la justicia se ha restablecido, sus sicarios anuncian la agonía y la cárcel para José Domingo Pérez.

Ese es el drama de la derecha escamosa del Perú: no puede vivir sin su mentor, su diosito pagano, su becerro de bosta, su chino sin escrúpulos. Y como ese personaje ya no está, el premio consuelo es su hija, a quien defienden porque saben que tiene todas las depravaciones del progenitor, a quien imaginan en el poder formal el 2026 porque saben que así se garantizan quizá otra década de gollerías grandes y tratos de excepción.

Esa es la tragedia de la derecha peruana: se arrodilló ante Bolívar, se acomodó en el gobierno de la ocupación chilena, se sometió a Benavides y a Leguía, le entregó sus intimidades a Odría, hizo negocios con los milicos revolucionarios de Velasco y aplaudió a rabiar el golpe del 5 de abril de 1992. Ahora quiere que el fujimorismo vuelva a gobernar. La derecha nativa es una señora Bovary extraña: vive de préstamos y deudas, pero jamás tendrá el coraje de envenenarse. Lo que quiere es otro Lheureux. Y no importa con cuántos Boulanger deba acostarse: su amante es el dinero y su ciencia es la ostentación.

En las covachas del fujimorismo, donde hoy es gárgola Fernando Rospigliosi, dicen que el antifujimorismo es un puré de odios.

Es todo lo contrario. Hay que odiar al Perú para ser fujimorista. Hay que odiar profundamente a este país indescifrable y nuestro para desear el regreso de quienes lo hicieron un burdel.

Yo recuerdo nuestras luchas primeras y pienso que librarlas fue un deber.

Fuimos quienes descubrimos al verdadero Fujimori en plena campaña electoral. Revelamos sus 34 casas construidas y sin declarar y difundimos las cifras de sus malos manejos hacendarios como rector de la Universidad Agraria.

Eso nos costó el empleo, el exilio voluntario en España y la feroz campaña de los medios que se arrimaron al fogón del sátrapa.

Pero eso fue sólo el tibio comienzo. Fujimori construyó el gobierno más corrupto y autoritario de la historia del país. Nos ha faltado el Basadre que lo relatara, pero nos sobran los datos que lo confirman.

No hubo una sola institución que el fujimorismo no enmierdara. Y digo bien: no hubo una sola institución que no cayera bajo su dominio.

Fujimori no fue presidente del Perú. Fue su caudillo, el Franco surgido de una guerra que no había ganado, el Porfirio Díaz (de La Victoria) que nos refundaría.

El país turbulento que heredó tuvo su paz varsoviana. Pero el costo es que dejamos de ser país. Fuimos el experimento social de un ladrón y asesino que tuvo el privilegio de contar, como respaldo, con la banda completa de las fuerzas armadas. Fujimori robaba y dejaba robar y las fuerzas armadas robaban y dejaban que el país se desplomara en un vértigo autocrático.

¿Los jueces? Estaban bajo el mandato del chino Rodríguez Medrano y, en los casos más grandes, de Montesinos y su SIN.

¿La Contraloría? Tenía las manos atadas y una pistola en la sien. ¿La Fiscalía? Nadie se atrevió a quebrantar la ley mafiosa de proteger a los funcionarios del régimen. Y ya sabemos qué paso con el Tribunal Constitucional cuando osó contrariar una abierta ilegitimidad decretada por la dictadura. ¿Y el Congreso? Muy fácil: o el fujimorismo tenía mayoría por las urnas o la tenía por la compra de parlamentarios dispuestos a venderse.

¿Y la sociedad civil, las ONG, las personalidades de la resistencia? Hicieron lo que pudieron pero resultaba poco frente a la presunta unanimidad social que la prensa basura y la TV barragana mostraban como el fondo de la escena.

Fujimori lo controló todo. No se salvaron, por supuesto, los entes electorales, comprometidos hasta el tuétano en el fraude del año 2000.

Esa pandilla se quebró por dentro. Una disidente sentimental entregó el video que todos vieron y que nos asomó al infierno podrido que era el régimen.

Por eso cayó Fujimori. Por eso tuvo que huir. Porque hasta para los que se habían hecho ricos y los que habían medrado intermediando en la venta a precio bobo de las empresas públicas, fue demasiado ver a Beto Kouri, congresista de la “oposición”, meterse quince mil dólares dados por Vladimiro Montesinos en la salita del SIN.

La banda del Chino cayó por un video. Y ahora nos quieren contar la película al revés: quienes han caído –dice la mafia– son los que investigaron y descubrieron que Keiko Fujimori era una colectora de fondos negros dados por capos de las finanzas y la industria y por lobistas de actividades criminales.

No, señor. Que no vengan otra vez a tratar de engañarnos. José Domingo Pérez puede haber cometido errores formales, pero hizo un gran trabajo. Y gracias a esa investigación supimos lo que sospechábamos: que el fujimorismo sigue siendo el mismo. Ese fujimorismo impertérrito es capaz de recibir millones de dólares de plata sucia y luego inventar cócteles y donantes para trafear su contabilidad. Porque el fujimorismo no es un partido sino una fachada de la derecha prebendaria y zafia.

Ese es el fujimorismo que está regresando y que cogobierna al lado de la muy miserable señora Boluarte. Ese es el fujimorismo que lo quiere todo y que sueña con ser la aplanadora renovada de las próximas elecciones. Ese es el fujimorismo que tenemos el deber de enfrentar otra vez.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 728 año 15, del 11/04/2025

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