19 de abril de 2025

Perú: La última versión

Carlos León Moya

"Era un Vargas Llosa sin brío, sin la fuerza argumental de siempre, sin la valentía de ir contra la corriente"

De todos los Mario Vargas Llosa posibles en 89 años de vida, el más denostado a la hora de su muerte ha sido el más reciente: el personaje público conservador. Pero, para suerte de todos, ha sido también el más corto, y quizá el más irrelevante.

Antes que nada, una acotación: según el diario “El País”, Vargas Llosa fue diagnosticado hace cinco años con una enfermedad mortal e incurable que mermaría sus capacidades hasta la muerte. De hecho, Vargas Llosa dejó de publicar columnas en ese medio el 2023, y algunas de las últimas tenían, además de una calidad inferior, sorprendentes errores fácticos. No sugiero causalidad, pero es una coincidencia que no puede ser soslayada.

Es más, el “¿qué le está pasando (físicamente) a Vargas Llosa?” fue una pregunta común por entonces –en privado, por supuesto–. Pero esta duda no se refería a su postura política (“¿por qué está así de conservador?”), sino a la manera en que lo sustentaba en sus columnas (“¿por qué publicó eso, si es falso?”, “¿te has dado cuenta de que en esa columna se pierde sin punto durante dos párrafos?”, “¿alguien lo escribió por él?”). En otras palabras, Vargas Llosa se caracterizó siempre por su fuerza y lucidez a la hora de sustentar posturas discordantes; por eso, cuando algunas de sus últimas columnas perdieron estas cualidades, la preocupación no fue por su posición política (quizá irrelevante), sino por él.

Ahora, una confesión: pensaba escribir “centrarnos en el último Vargas Llosa político, el conservador, es algo injusto”, pero creo que sería inexacto. “Justicia” tiene dos acepciones. Una de ellas alude a la precisión, a lo certero; la otra, implica un balance general, una evaluación amplia y general.

Así, centrarnos en el Vargas Llosa conservador es preciso y certero. Finalmente, en eso se convirtió, y en eso terminó. Pero, a la vez, sería un mal balance.

Primero, porque ese Vargas Llosa es muy reciente. ¿De cuándo data? ¿Desde la pandemia, que coincide con su enfermedad? Sí, los últimos cinco años. El Vargas Llosa del 2018 criticó a Jair Bolsonaro a su modo, con matices. Si él aplicase “todas las cosas que anda diciendo, desde luego que habría que manifestarse en contra”, pero no creía que fuese un fascista. Sin embargo, entre el 2018 y el 2022, Bolsonaro aplicó –o intentó aplicar– todo aquello que dijo. Pero el Vargas Llosa del 2022 dijo que lo prefería antes que a Lula, a pesar de todas sus “payasadas”. Payasadas: una extraña forma de llamar al autoritarismo. Allí hay un cambio.

Lo que más recordaremos los peruanos, sin embargo, es el Vargas Llosa naranja del 2021. Una mezcla entre vergüenza y mal sabor de boca. Y también, una incógnita. Mirémoslo con calma, sin pasión: sí, era un Vargas Llosa ultraderechista, pero era más que eso. Era un Vargas Llosa sin brío, sin la fuerza argumental de siempre, sin la valentía de ir contra la corriente.

Y aquí viene la justicia como balance: no olvidemos que Vargas Llosa se enfrentó a Alberto Fujimori no solo en 1990, sino en 1992, en la cúspide de la popularidad dictatorial. Fue tratado de apátrida todos los 90. Se enfrentó a Fujimori nuevamente el 2000. Luego, en el 2011, se tragó sus propias palabras, dejó de decir que Ollanta Humala era el salto al vacío, “el cáncer o el sida”, y lo apoyó decididamente porque era la opción democrática frente a una amenaza mayor: Keiko Fujimori y su banda.

Pero no lo hizo a la moda actual. No mandó un tweet y se fue a su casa. Para nada. Tomó acciones avezadas y se peleó con mucha gente. Además de criticar duramente a los Fujimori en sus columnas, dejó de publicarlas en “El Comercio” por sus atentados contra la libertad de expresión, por su forma obscena de favorecer a una sola candidata.

Vayamos de nuevo al 2021, al Vargas Llosa que dijo que hubo indicios de fraude contra Keiko. Digamos que sí, que se volvió así de conservador porque el mundo ha radicalizado así a toda la derecha. ¿Pero la opacidad, la ausencia de brío, la torpeza argumental, las columnas erráticas? Comparemos la fuerza argumental del Vargas Llosa del 2011 con el del 2021. En la primera parece Mario; en la segunda, Álvaro. A pesar de todo, y quizá por exceso de vanidad, Vargas Llosa siempre quiso estar “contra viento y marea”. Salvo en el 2021, en que fue llevado por la corriente.

Este último Vargas Llosa, ¿era realmente Vargas Llosa?

Digamos que sí. Pues bueno, qué pena.

Por suerte, fue muy breve. Cinco, seis años para un Vargas Llosa que tuvo sesenta y tres años de personaje público. Su etapa marxista y pro-cubana fue más larga (hasta 1971); su etapa velasquista tuvo una duración similar (1968-1973).

En el ocaso de su vida, la gente suele volverse más conservadora. Y, a lo largo de su vida, Vargas Llosa mostró muchas cosas que alimentarían este conservadurismo final (su machismo, cierto clasismo, su rechazo al mundo actual). Es decir, su conservadurismo no caía del cielo: tenía algún sentido en su propia trayectoria.

Por suerte, le vino en una época en que su influencia era mucho menor a años anteriores. Manifestaba su postura en columnas y conferencias, en un mundo que ya no lee ni escucha a grandes referentes. Como escritor estará siempre en un merecido pedestal, pero como personaje público el mundo lo fue dejando en offside, en el primer piso, sentado en el lobby. El “qué dijo Vargas Llosa” del 2021 pesaba la décima parte del “qué dijo Vargas Llosa” del 2011. Contaba, sin embargo, con la adulación de la derecha conservadora de España y América Latina, pero es porque esta no tenía a ningún referente intelectual aparte de él. La derecha que lo aduló al final fue, irónicamente, la misma que nunca agarró un libro para leerlo, sino para quemarlo.

Por suerte, el tiempo depura los recuerdos. Este Vargas Llosa final, conservador, errante, que tenemos tan presente por su cercanía temporal, será olvidado, ignorado, visto como el declive de alguien que fue mucho más que eso. Mucho más que un personaje público. En unos años, nadie se apasionará como nosotros por lo que dijo Vargas Llosa sobre un fraude inexistente. Ni siquiera importará.

Antes de terminar, una actualización: acabo de leer en el portal “El Independiente”, de España, una entrevista a J.J. Armas Marcelo, cuya principal profesión ha sido rodear a Vargas Llosa. Una especie de Pedro Cateriano español.

El entrevistador, Borja Martínez, desliza que Vargas Llosa tenía leucemia, y Armas Marcelo habla de su “decadencia intelectual” en los últimos cinco años. Estaba perdiendo facultades. Cuando iban a comer, Vargas Llosa “se olvidaba los nombres”, “se equivocaba”. Y cree también que sus últimos artículos para “El País” no estuvieron escritos por él.

Al final, la nueva gente alrededor de Vargas Llosa es “toda la escoria ultraderechista de América”, y eso, según Armas Marcelo, él ya lo no podía controlar por su estado de salud. “Le hacen hablar en las elecciones peruanas nada menos que con Keiko Fujimori (…), pero de eso ya no se le podía culpar a él”.

Se sabía lo del deterioro intelectual, por salud. Que sus últimas columnas fueron escritas por otros era también una sospecha general. Detalle interesante: casi nadie quiso decir estas cosas en público en su momento. El límite entre el respeto y la veneración.

Es tentador exculpar a Vargas Llosa de su etapa política más triste. Prefiero darle otro matiz: fue también su etapa más irrelevante. Sus dichos ya no importaban. Eran casi pintorescos, como las personas a las que apoyaba. Y fue también la más corta. La que más rápido olvidaremos. A diferencia de su enfrentamiento con los Fujimori, que fue largo, valiente, e influyó sin duda en el destino político del país. Y a diferencia de sus novelas, que no olvidaremos jamás.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 729 año 15, del 18/04/2025

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