19 de abril de 2025

Vargas Llosa: luces y sombras

César Hildebrandt

"Para ese momento me convencí de que su derrota había sido un gran suceso para quienes lo queríamos y admirábamos: nos exoneró del peligro que hubiese significado que Vargas Llosa gobernara al lado de tanta orca derechista y prebendaria"

Solicito, señor, en este viernes santo, que los sobones (y las sobonas) no sigan alabando a Mario Vargas Llosa. El difunto no se merecía tantas velitas misioneras y tantas lloronas de pacotilla escribiendo en el diario que lo maldijo en 1990 y que celebró su derrota como si fuera una fiesta de la izquierda.

A Vargas Llosa hay que recordarlo como lo que fue: un gran novelista –el mejor de este país y uno de los mayores de Latinoamérica– y, al mismo tiempo, un ser humano capaz de no percibir el lodo en el que llegó a moverse.

Veneraremos al autor de sus grandes obras –ocho de sus 20 novelas, me atrevo a decir– y haremos un deslinde con el político que pasó del castrismo juvenil (venganza filial respecto de ese padre casi yanqui que lo torturaba) al liberalismo ilustrado, primero, y al caciquismo de Altamira, después.

No es posible eludir el tema del descenso infernal de Vargas Llosa a los predios de la derecha más vulgar de estas comarcas. No es sano convertirlo en santo cívico con el argumento imbécil de que “era un escritor”. Los escritores de la importancia de Vargas Llosa tienen, por eso mismo, la enorme responsabilidad de emitir señales, indicar rumbos, ayudar a la gente común a identificar los valores que pueden mantenernos en civilización y convivencia. Y conste que Vargas Llosa no tenía que ser acosado para que lanzara juicios y proclamas: daba veredictos, despejaba incógnitas, declaraba la salud o la enfermedad de las opciones políticas que estuvieran en disputa y lo hacía muchas veces sin que nadie le pidiera intervenir.

Omitir ese aspecto de su vida por parte de sus aduladores póstumos es algo que el novelista mismo no hubiese solicitado. Por eso mismo es que fue tan severo juzgando retroactivamente a Sartre por su maoísmo crepuscular, a Grass por su juventud nazi, a Cortázar por su lealtad con ciertos procesos revolucionarios. Para no hablar de las crueldades que se permitió deslizar contra José María Arguedas, a quien trató de acotar en las lindes de la antropología y el folklore nativo, o de las diatribas privadas que lanzaba contra el García Márquez atado a Cuba y a Fidel.

Vargas Llosa fue el candidato del liberalismo en 1990 y me alegra haber cumplido un modesto papel en su campaña, tal como él mismo reconoce en su autobiografía “El pez en el agua”. Lo hice no porque creyera en el Fredemo, que era una junta de cadáveres políticos, sino porque creía en él. Y porque sabía quién era Fujimori: un ladrón de impredecibles consecuencias. Otros, en cambio, calumniaron al escritor todo lo que el Apra del corrupto Alan García demandaba. Perdimos, es cierto, pero quedamos al margen del oportunismo izquierdista que vio en el hombre del tractor una posibilidad de entrismo y usufructo.

Recuerdo que en Madrid, en una cena a la que Mario tuvo la generosidad de invitarme junto a algunos que también habían colaborado en su campaña, el escritor parecía liberado. Para ese momento me convencí de que su derrota había sido un gran suceso para quienes lo queríamos y admirábamos: nos exoneró del peligro que hubiese significado que Vargas Llosa gobernara al lado de tanta orca derechista y prebendaria.

Viajé a Boston en 1992 para entrevistarlo y estaba más radiante que nunca. El golpe del 5 de abril se había dado y el escritor había añadido el título de profeta a la lista de talentos que se le reconocía. Después vino el incidente pestífero con su hijo Álvaro y eso me separó para siempre de esa tribu unánime.

Pero seguí siendo, por supuesto, lector fanático de sus obras y peruano agradecido. ¿Cómo no darle gracias permanentes a quien había hecho del habla nuestra, de los paisajes de esta tierra rara, de la idiosincrasia de tanta identidad batida en licuadora, un hito de la literatura universal? El Perú contemporáneo empezó a existir, en muchos sentidos, gracias a Vargas Llosa. Vargas Llosa creó historias tan compactas y personajes tan vivos que fue, involuntariamente, un historiador. No hay mejor retrato del ochenio de Odría que el de “Conversación en La Catedral” y no hay mejor crónica sobre la lánguida abundancia de nuestra frontera en la selva que las imágenes de Santa María de Nieva en “La casa verde”. Y cuando leí “Historia de Mayta” no pude dejar de pensar en Ismael Frías y su prolongada historia de marginalidad. Si no fuera por las licencias que se permitió, casi podría decirse que Vargas Llosa fue un maravilloso escritor de no ficción.

Una de estas noches, pensando en él, cogí el ejemplar de “Los Cachorros” (alias “Pichula Cuéllar”) y recordé esos años de auténtica devoción de lector. Es un relato breve y mágico que hoy podría ser usado como imán para jóvenes lectores y como antídoto para los ya contaminados con la basura audiovisual. Es la fiesta de la oralidad limeña, la construcción genial de un coro que define una ciudad, un país, una vieja historia. Es la adolescencia de Zavalita con partitura de guitarra y golpe de cajón.

Admiré, quise y seré lector recurrente de Vargas Llosa. Pero eso no significa que en su velorio me sume a la lista de hagiógrafos (y hagiógrafas) que creen ganarse alguito de posteridad con sus póstumas cobas.

Porque estuvo más o menos bien decir que su mayor admiración era la señora Thatcher, pero anduvo en las inmediaciones del exceso describir a Álvaro Uribe, el siniestro cómplice de los paramilitares, como un estadista. Y estuvo peor, lindando con la obscenidad, sugerirles a los brasileños que votaran por la reelección de Bolsonaro. Y fue estrictamente maligno decirle al candidato pinochetista José Antonio Kast: “Es muy importante que usted gane las elecciones”. Como fue repugnante que dijera que Keiko Fujimori se había convertido en opción válida porque competía con Castillo. Como había sido triste su reencuentro con Alan García y su silencio frente a la condecorante señora Boluarte.

Porque una cosa es ser libre y conservador, provocador y siempre heterodoxo, y otra es sumergirse en el pantano de la derecha bananera de este continente. Un novelista gigantesco se ha muerto. El político que vivía en ese mismo cuerpo había fallecido moralmente hace varios años. Decirlo es un deber en este país de medias voces.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 729 año 15, del 18/04/2025

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