César Hildebrandt
"Este es el país que nos hemos dejado arrebatar a punta de tolerancias, cobardías cívicas y silencios"
Amar al Perú es un deber, lo sé. Pero a veces me gana la desobediencia.
Sale Dina Boluarte a hablar de los jóvenes que salen a la calle a protestar y es difícil no sentir repulsión. Sale a presentar al nuevo jefe de la policía y la náusea es doble. ¿Ese general no es el mismo terruqueador que alentaba la paranoia e inventaba conspiraciones comunistas? Sí, es el mismo. ¿Y el que renuncia al ministerio de Justicia lo hace porque quiere ser el número 5 en la lista de senadores de Alianza para el Progreso, el partido del gánster Acuña? Sí, el mismo: alias Cachete, el matón presidencial que hablaba con alias Culebra.
El cuadro se completa, el escenario se fortalece. La mugre también aspira a la perfección: la presidenta yace, el Congreso hiede, el TC chorrea, la JNJ está violácea, la Fiscalía tiene el cólera, los ministros cobran, los partidos reclutan lo que sea, la PNP tose a la mala. La política de mi país está enferma, grave, vallejiana.
Y la prensa acompaña. No se indigna. Retrata como si de un fotógrafo de plazuela se tratara. Y murmura algunas quejas. Pero no dice lo cierto: el Perú ha sido secuestrado por una vasta organización que tiene como propósito perpetuarse a través del dominio de las instituciones que garantizaban (más o menos) el juego plural de la democracia.
Esas instituciones están tomadas. Los contrapoderes no existen. Y el objetivo es erradicar las disidencias sobrevivientes, conquistar la monotonía, acostumbrarnos a la humillación de una sola monserga salida de un Coquito odriista.
Alguien trata de meternos a un coro unánime que cante victorias donde hay crimen, que alabe obras donde hay coimas, que salude votaciones concertadas por delincuentes con licencia de congresistas. No es que la oclocracia –la deriva de las masas sometidas a la ignorancia– reine: es que el hampa se ha instalado en el centro mismo de las decisiones y en las covachas de neón del aparato represivo. Es el gobierno de los alias. Es la república que La Rayo, la carterista más veloz de los años 50 en Lima, hubiera también presidido.
Yo no quiero vivir en un país así. No reconozco en este horizonte de ruinas contiguas al país que amo y traté siempre de comprender y defender. Este no es el Perú de mis amores. Este es el Perú que parece haber perdido la inclinación esencial por la virtud, esa condición moral que los griegos consideraban imprescindible para el funcionamiento social. Este es el país que nos hemos dejado arrebatar a punta de tolerancias, cobardías cívicas y silencios.
Toleramos el robo, el cinismo, la conversión de la política en un mercado de reducidores. El resultado es esta pocilga en la que, triunfantes, se saludan Fernando Rospigliosi y Tomás Aladino. El desenlace es que los abogados de los choros mayores salen a la tele a decirnos que el Caso Cócteles ya se cayó, que todo está en orden, que por fin respiramos de nuevo. La conclusión es que atrapan al Monstruo pero Gonzalo Monteverde, testaferro de Odebrecht, sigue lejos e impune gracias a que tiene un abogado de casta.
Toleramos que el fujimorismo nos siguiera pudriendo y que Acuña fundara universidades desde su deficiencia mental. Y hasta aceptamos que el Congreso del hampa cambiara a la Sunedu cuando la obra “académica” de Acuña pudo verse en peligro de ser fiscalizada.
Y aquí estamos, como si no hubieran pasado 224 años de ensayo republicano. Como si fuéramos una isla emergida hace poco. Como si tuviéramos el atenuante de la infancia. Como si no fuéramos un fracaso viejo.
No quiero vivir en un país así. Pero no me voy a ir, no sólo porque me da la gana de quedarme sino porque, seguramente, la edad me impide aspirar a la fuga. Y aquí me tienen: peleando una batalla probablemente perdida y, por eso, más digna que ninguna otra de librarse. Peleándola con el entusiasmo y la locura que me han salvado de morir por dentro.
Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 752 año 16, del 03/10/2025
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