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11 de marzo de 2025

Trump 2.0: Nostalgia social y revolución política

Alberto Vergara

Es sabido que Karl Marx aseguró que la historia suele repetirse dos veces; la primera en forma de tragedia, la segunda como farsa. La frase me vino a la mente cuando Pedro Castillo ejecutaba su propia versión del autogolpe de Fujimori y probaba que en el Perú cuando la historia se repite aparece primero como tragedia y luego como episodio de Al fondo hay sitio.

Esto viene a cuento porque desde un lugar completamente distinto, Donald Trump desafía e invierte el viejo dictum marxista: su primera presidencia se nos aparece hoy como un reality show de mal gusto y, esta segunda, como una tragedia en plena forma. Durante su primer mandato, recuerdo una caricatura en The New yorker en la que unas personas comentaban algo así como “¿y qué tal si este presidente simplemente nos asegura la diversión cotidiana?”. Hoy ya nadie haría ese chiste. Como le dijo don Barzini a Vito Corleone, “times have changed”

Trump versión 2.0 es otra cosa. ¿Pero qué es? Estas semanas han aparecido una multitud de caracterizaciones del personaje, sus creencias y ambiciones. Quisiera utilizar este artículo para desbrozar mis propias confusiones y proponer una caracterización política que resulta casi un oxímoron: Trump como reaccionario revolucionario.

El reaccionario es la antítesis del progresista. No es un conservador preocupado por defender el statu quo sino alguien que desprecia los avances que produjeron el statu quo (de ahí la frase de Riva-Agüero a Luis Alberto Sánchez “no soy un conservador, soy un reaccionario”). El sueño del reaccionario es, en términos sociales, restaurar las jerarquías estamentales (en detrimento de los ciudadanos), y, en el plano político, regresar a un sistema donde el poder reside en pocas manos.  

Ese ha sido siempre el marco ideológico de Trump. No que lo haya hecho explícito ni que todas sus decisiones se expliquen por esto (muchas son simplemente estupideces, como cuando consideró que beber lejía podía ser efectivo contra el covid-19), pero ese es, llamémosle, su reflejo ideológico.

En cuanto a su afán por reestablecer las jerarquías podríamos listar infinidad de ejemplos. Su aparición en la política se fundó en el disgusto que expresaba por Obama y diseminó el embuste según el cual no había nacido en EEUU (¿cómo un afro iba a ser norteamericano y presidente?); luego, lanzó su candidatura denigrando a mexicanos de forma genérica – malas personas, violadores--, y durante su presidencia, por ejemplo, conminó a un grupo de congresistas mujeres con orígenes familiares diversos a que “regresaran a su país”. Es decir, Trump rechaza consistentemente la idea de una ciudadanía fundada en la igual dignidad y capacidad de los individuos; la ciudadanía debería estar restringida a un solo tipo de personas: un hombre blanco, y mejor si es millonario.

Un ejemplo más: tras un accidente aéreo reciente en Washington DC en que murieron 64 personas, aseguró que las políticas de diversidad eran culpables del accidente. Con pilotos hombres y blancos no ocurrirían accidentes. Y, recientemente, Trump ha purgado muchos de los rangos altos de las Fuerzas Armadas, descartando a afroamericanos y mujeres. En síntesis, es un proyecto que anhela, cada vez con menos disimulo, la restauración de un orden social marcado por jerarquías adquiridas esencialmente al momento de nacer y que establecen quién está hecho para mandar y quién para obedecer; quién con el derecho a participar de la esfera pública y quién para permanecer en el ámbito privado.

Luego está la cuestión de la concentración del poder. Durante su primera presidencia siempre guardó más elogios para Kim Jong Un, Putin o Xi que para cualquier líder democrático (a Ángela Merkel siempre intentaba hacerle notar que no la consideraba una igual); al final del mandato, comandó un intento de golpe de Estado y como candidato anunció que le gustaría ser dictador; ya como presidente ha afirmado que quien está salvando a su patria no puede quebrar la ley. Busca, entonces, la concentración del poder y su ejercicio ilimitado.

Y aunque en su primer mandato probablemente deseaba lo mismo, ahora tiene los medios para lograrlo: mayoría en ambas cámaras, una corte suprema a la medida, un vicepresidente consagrado a la franela, el aparato burocrático purgado de resistencias y el FBI y el comando de las Fuerzas Armadas encabezados por fieles del culto trumpista (“Lo amo, señor. Pienso que Usted es “great”, señor. Yo mataría por Usted, señor.” Es lo que Trump asegura le dijo el nuevo jefe de las Fuerzas Armadas norteamericanas.)

Sin embargo, si en términos sociales Trump busca restaurar un orden jerárquico, en términos políticos no quiere rebobinar la historia sino un orden nuevo. Por eso es un reaccionario paradójico: el reaccionario revolucionario. Busca rupturas drásticas: con la tradición democrática y republicana norteamericana al jugar con la idea del monarca, su dinastía y corte patrimonialista; y, de otro lado, reorganizar el tablero internacional desde las más crudas relaciones de poder. Como proponen Iván Krastev y Stephen Holmes, con Trump EE. UU. reniega de su pretendida condición de “faro de libertad para el mundo” y admite que solo es otra nación egoísta.

Sus primeros pasos son los de todo revolucionario: demoler lo existente para intentar reconstruir de cero. En este camino Elon Musk resulta crucial y es, probablemente, la novedad más relevante respecto de su primer mandato. Ha quedado a cargo de una oficina abocada a destazar la burocracia estatal y así poder erigirla nuevamente. (Por cierto, con los mismos métodos, modales y hasta frases de cuando deshizo y rehízo Twitter). Además, proporciona un presupuesto inagotable para presionar focos de resistencia.

Musk también es crucial en este ímpetu revolucionario porque trae un proyecto global nuevo. Las ambiciones tecno-políticas de Musk y de muchos de los technobros --no technosisters— son de escala planetaria. En primer lugar, tienen la convicción de poder desechar a las democracias y reemplazarlas por alguna forma tecno-gerencial que sería más “eficiente” (el vicepresidente Vance, por ejemplo, suele citar al intelectual de internet Curtis Yarvin quien defiende un gobierno liderado por un monarca-CEO). Además, de manera perturbadoramente reveladora, Musk y otros encumbrados líderes de esta movida crecieron en la Sudáfrica del apartheid lo cual conecta con lo reaccionario. Y en segundo lugar, está la parte más tecnológica del negocio que va desde reducir las regulaciones sobre sus empresas en el mundo hasta preparar la migración hacia Marte para quienes puedan salvarse de la destrucción climática del planeta.  

Así, aquí hay otra novedad: aparece un proyecto reaccionario que, a diferencia de lo usual, además de una pata nacionalista, contiene una ambición planetaria. Una internacional reaccionaria, digamos. El desmantelamiento de USAID, por ejemplo, busca ahogar a la sociedad civil global frente a gobiernos autoritarios. Esta política puede tener manifestaciones económicas diferentes, pero coincide en el desprecio por la democracia. Por eso el enemigo principal de este cosmopolitismo reaccionario es Europa. (Putin y Trump ruegan que Europa decida sostener la guerra en Ucrania por sí sola y que en ese trance colapse).

La propuesta internacional es la de un mundo multipolar y sin ley. El mundo cartelizado entre poderes regionales. Los hegemones regionales autoritarios facilitan la nueva utopía global de reingienería social. Y también, por supuesto, la vieja costumbre del pillaje y la corrupción. En cualquier caso, el proyecto requiere pasar por encima de la voluntad de las personas y descartarlas como a hormigueros destruidos cuando se hace una carretera (la imagen es de Musk, según una periodista del New York Times). Con democracias esto es imposible. O mucho más difícil.

Así, la revolución no puede ser solo nacional, debe ser global. El trostkismo techy. Aparece una confluencia tácita de líderes providenciales: Putin, Modi, Xi, Netanyahu. Laissez-faire ahora significa algo distinto:  ya no una relación con bienes sino con las personas. Y los países. Cada poder regional se relame ante los territorios (y sus recursos) por confiscar en esta nueva época en que las naciones chicas de pronto reconocen que el zoológico se transformó en jungla (la metáfora es del periodista Simon Kuper). Ucrania es la víctima de esta semana: debe aceptar una guerra perpetua o cederle a Putin parte de su territorio y a Trump la mitad de sus minerales. La situación recuerda a quienes bolsiquean atropellados. O a Barzini y Corleone.

¿Podrán Trump, los technobros y la internacional autoritaria revolucionar el mundo? Por cada Lenin hubo centenas de revolucionarios fracasados. Quizás mañana Trump desata el caos, compuesto de una crisis económica norteamericana e inestabilidad global y termina fuera de escena pronto. Quizás. Sin embargo, algo fundamental ya se ha movido en el mundo. Un problema central es que en campaña Trump fue muy transparente sobre sus ambiciones: está cumpliendo su mandato. Y las dos fuerzas de resistencia más importantes siguen groguis: los Demócratas en EE. UU y, en el mundo, los europeos. Sin embargo, más allá de las estrategias que puedan adoptar, lo grave es, en realidad, que en el mundo se agotó la emoción democrática. La esperanza de una “sociedad abierta” ya no le sube la bilirrubina a nadie.

https://larepublica.pe/opinion/2025/03/02/trump-20-nostalgia-social-y-revolucion-politica-por-alberto-vergara-170426

14 de enero de 2025

Una alianza para el progreso criminal

Alberto Vergara

El Ejecutivo y el Legislativo han establecido una alianza para el progreso de la criminalidad. Al desmontar el Estado de derecho y la democracia, empujan el país hacia la violencia. El asesinato de Andrea Vidal y el presunto homicidio de Nilo Burga ilustran bien la dinámica

Desde hace algunos años, cuando me invitan a hablar sobre el Perú, subrayo que lo que está en peligro aquí no es necesariamente el crecimiento económico; lo que está en riesgo es algo más elemental: la convivencia pacífica.

Martín Caparrós ha escrito con acierto que “la civilización es descuidarse”. Pues en el Perú se trabaja para producir lo contrario: el peligro interminable. Una vida regida por el susto sin fin y un perenne estado de alerta. El año pasado ya había sido de terror con 1.500 homicidios; en el 2024 se superaron los 2.000.

Este deslizamiento hacia el descontrol social es consecuencia inevitable de la demolición firme y a consciencia del Estado de derecho y de la democracia. El Estado de derecho —en breve: ser gobernados por la ley y no por los caprichos del mandamás— se encarga de resolver pacíficamente las disputas diarias y normales que produce cualquier sociedad. La democracia, a su turno, se aboca a procesar de manera pacífica los inevitables conflictos políticos que surgen en cualquier comunidad. Los mecanismos y agentes de ambos son diferentes, pero permiten la convivencia civilizada.

El presunto asesinato de Nilo Burga (aunque…  ¿alguien cree que se suicidó con una puñalada en la nuca?) y el de Andrea Vidal son un ejemplo más del tránsito hacia unos terrenos en los cuales ni la democracia ni el Estado de derecho son capaces ya de procesar los conflictos de una sociedad, cada vez más, salida de control. Y al colapso de la política siguen el desorden y la violencia.

Repasemos ambos crímenes, en primer lugar, desde el deteriorado Estado de derecho peruano. Los dos trasparentan hasta qué punto la criminalidad se ha impuesto sobre la legalidad. Demasiada gente, en todas las clases sociales, prospera burlando la ley o torciéndola. La economía del oro ilegal, del narcotráfico, de la trata de personas, del tráfico de terrenos, del transporte informal, de la extorsión y un vasto etcétera se ampliaron y fortalecieron con consecuencias transversales. El 87% de los peruanos afirma en una encuesta que alguna actividad ilegal es un motor principal de la economía en su región.

Gradualmente, la sociedad acostumbrada a florecer gambeteando la ley se ha infiltrado en los espacios donde se produce la ley y ahora busca algo distinto: legislar a la medida de sus intereses. Brilla el legislador de arriendo para intereses criminales. Así, se ha pasado de burlar la ley a producirla —a veces desactivándola, a veces reformándola— para, justamente, ya no tener que burlarla. Por eso se trata de un país con leyes y sin Estado de derecho.    

Las dos muertes evidencian tal dinámica. En una, al inicio está la expansión de la trata de personas y de la prostitución filtrándose hacia la política y, en la segunda, se origina en la popular y extendida corrupción estatal, sin importar el nivel de Gobierno. La criminalidad no atajada por la ley se condensó y ascendió al centro del poder, con sus códigos y prácticas. Conflictos surgidos en actividades al margen de la ley se resuelven al margen de la ley. Pero ya no en los callejones de la ciudad ni en la lejana selva, sino en los predios del Congreso o el Ministerio de Desarrollo e Inclusión Social. O de comisarías donde se apaña el descuartizamiento y luego ocurren convenientes suicidios. La ley hizo agua en todas partes.

(La manifestación más macabra de todo esto se aprecia en las cuestiones criminales, pero, en realidad, se trata de un hábito anti-institucional que lo impregna todo: si gastamos demasiado y transgredimos las reglas fiscales, se les modifica para legalizar el desmanejo económico; si la pobreza aumenta, alteramos los criterios para medirla. Y así sucesivamente).

Por tanto, el Estado de derecho es una coladera; la justicia o la policía son, para todo fin práctico, inútiles (se despide a los mejores policías o se captura los tribunales). Ahora bien, quiero subrayar que hay países en América Latina con actividades criminales presentes en la política que no se orillan hacia la violencia caótica. En Paraguay o Bolivia, por ejemplo, diversas economías ilícitas vulneran el Estado de derecho y también se infiltran en las instituciones nacionales y, sin embargo, la política pone algunos límites a la criminalidad y su violencia. Digamos que poseen un escenario de extensa criminalidad con baja violencia. (El politólogo Juan Pablo Luna ha desarrollado esto en varios trabajos recientes).

Y aquí es donde mete su cuchara la degradación democrática. Si el Estado de derecho no controla el crimen, la representación política puede ayudar a que la ilegalidad no engendre el caos violento. Tanto en Paraguay como en Bolivia hay partidos políticos que —aunque clientelares, corruptos y con más de un vínculo hacia las economías ilícitas— consiguen ordenar esa presencia criminal. No es la utopía republicana, desde luego, pero ofrecen un mecanismo de coordinación que ataja la expansión de la violencia.

En el Perú, en cambio, la ausencia de representación política facilita la expansión del crimen y anticipa más desorden. Regresemos a las dos muertes. Según las investigaciones periodísticas, Andrea Vidal y el resto de las visitadoras trabajaban bajo el mando de Jorge Torres Saravia, quien era el director del área legal del Congreso. Aunque resulta evidente que Torres ha sido cercano a Alianza para el Progreso, la verdad es que podría estar en cualquier otra agrupación y circulará por donde haga falta. Si lo miramos con frialdad, Torres es solamente otro personaje de reparto pateando la calle, viendo quién lo contrata y así ganarse alguito, seguramente adiestrado en el oficio de grabar y filtrar, franelear, chantajear y traicionar. Un ambulante de la política y la función pública. A cada temporada debe encontrar una nueva esquina donde ofrecer su know how. Su arte, como el de Juanito Alimaña, es alinearse con el que está arriba. Nada más. No hay partido ni líder partidario que lo domestique.

Algo parecido ocurre con el presunto y muy probable homicidio de Nilo Burga. Más allá de dedicarse a una actividad digna de la historia universal de la infamia —enriquecerse alimentando a los niños más pobres del Perú con carne de caballo podrida—, los “políticos” con los cuales surge no son propiamente políticos. Son más como corsarios saltando de nave en nave para arranchar lo que puedan al Estado.

En este caso, Burga prospera en el universo del Midis —aquel ministerio presidido por Dina Boluarte durante toda la presidencia de Pedro Castillo (menos los últimos once días, vivaza)— y de Qali Warma, donde trabajó con Fredy Hinojosa, vocero de la presidenta y exaprista. Es decir, hace la plaza con otros átomos libres de la política, viendo qué se destaza. Boluarte guarda silencio; Hinojosa no pudo ser detenido gracias a una ley del Congreso, el presidente del Legislativo se desentiende. Un asesinato con 40 balazos a quien laboraba en una presunta red de prostitución en el Congreso no les merece atención. (Como se decía en la colonia: el muerto a la sepultura y el vivo a la travesura). Nuevamente, no hay partido ni líder que los ponga en vereda, ni a ellos ni a los intereses que movilizan. Los “políticos” reconocen que no tienen futuro y se saben muy mediocres; el incentivo es desfalcar hoy, ni siquiera hace falta ya guardar las apariencias.

Entones, en resumen, ni el Estado de derecho ni la representación política le ajustan las bridas a la industria de la ilegalidad. Para decirlo desde la salsa, se soltaron los caballos. Y nadie con algún poder busca devolverlos a las caballerías. Galopan fueteados por la renta que las economías criminales secretan y por el entendimiento entre Ejecutivo y Legislativo: la alianza para el progreso criminal.

Y no hace falta un diploma de Hogwarts para adivinar lo que viene.

Lo paradójico es que aquello que se viene puede perfectamente convivir con dos situaciones que son, en principio, positivas. De un lado, puede coexistir con algún tipo de recuperación económica. Del otro, con unas elecciones generales que cumplan con los estándares democráticos mínimos.

Pero, además de paradójico, es peligroso. Lo que quiero decir es que, si a una sociedad criminalizada y desregulada como la peruana le entra dinero, el caos y la violencia será mayor. Y si le entra un chorro de plata conoceremos el estado de naturaleza. O el Ecuador.O como Trinidad y Tobago, una estrella del crecimiento económico caribeño, con un PBI per cápita de 19.000 dólares (el peruano bordea apenas los 8.000), que acaba de declarar el estado de emergencia por una ola tremenda de homicidios y criminalidad. El dinero en este contexto significa más problemas, no menos. Pero los ricos seguirán recibiendo su generoso bono anual y, desde un auto blindado, nos conminarán a resaltar que el Perú avanza.

Y algo semejante podemos señalar de las elecciones del 2026. El Ejecutivo y el Legislativo han profundizado las reglas escritas y no escritas de la política peruana que nos trajeron hasta aquí. Bajo esas reglas, unas elecciones legítimas difícilmente alterarán nuestra trayectoria.

Así, la larga degradación peruana da una vuelta de tuerca perversa: aquello que debía ser antídoto ahora es veneno. Y la alianza para el progreso criminal ha acelerado el proceso.

https://larepublica.pe/opinion/2025/01/05/una-alianza-para-el-progreso-criminal-por-alberto-vergara-107115

4 de enero de 2025

Perú: La otra representación

Alberto Vergara

Han aparecido dos buenos libros sobre el rock peruano y Vergara los utiliza para realizar algunos apuntes sobre música, política y sociedad en el Perú

Los politólogos siempre hablamos de representación. (Somos el único homínido conocido por guardarle simpatía a los partidos políticos). Sin embargo, la representación y lo representativo supera a la cuestión política o electoral. En realidad, en el largo plazo cierta representación cultural o artística es largamente más consecuente para las sociedades que la efectuada por funcionarios elegidos. El arte le permite a una sociedad interpretarse, reconocerse, evaluarse, representarse.

La música popular ha sido siempre poderosa para esa tarea. Y en el mundo posterior a la segunda guerra mundial, el rock jugó un papel principal sacando a luz las características centrales de ciertas épocas y moldeando actitudes y hasta hábitos masivos.

Todo esto viene a cuento porque acaban de aparecer dos libros muy logrados sobre el rock peruano: Sube el Volumen: Rock y sociedad 1980-2019 Lima-Perú compilado por los sociólogos Mauricio Flores y Ernesto Bernilla (Octógono ediciones) y Puedes ser tú: el rock peruano en 50 discos esenciales de Raúl Cachay y Francisco Melgar (Reservoir books). Tienen estilos, métodos y propósitos diferentes, pero, en última instancia, son complementarios.

El primero contiene 5 trabajos serios y documentados sobre cinco coyunturas específicas: lo subte en los ochenta, el rock en el Agustino, el chiqui-punk o punk melódico, las relaciones entre cumbia y rock y un capítulo final testimonial sobre el rock contemporáneo en tanto esfera autogestionaria. El segundo libro es un listado cronológico, comentado e ilustrado, de 50 álbumes del rock nacional, escrito en clave periodística y con muchas más recomendaciones que los 50 discos prometidos.

Vale la pena leerlos en conjunto. Un mérito es que superan la historia del hit, del frontman o del público masivo. Se rescata una comunidad rockera, con sus propias redes, barrios, plomos, groupies, su panteón de caídos y un contingente vivo de obstinados emprendedores de nuevas bandas.

Cada lector se acercará a los libros con sus propias lentes, pero yo los he leído preguntándome por la capacidad del rock peruano para representar e influir sobre la sociedad peruana. ¿Hubo o hay margen para algo como eso?

Al menos la voluntad de interpretar al Perú estuvo. No en cada agrupación, tampoco de manera homogénea, ni con igual éxito estético, pero ganas hubo. Quizás El polen fue el primer grupo que se planteó una exploración en clave nacional. Un grupazo. Sus discos aparecen en la primera mitad de los setenta y consiguen producir algunas de las canciones más originales de nuestro cancionero. Mezclan rock progresivo, huayno, folk y ritmos costeños en canciones muchas veces extensas lo cual hacía difícil que llegaran al gran público. Más que la representación de un Perú político o sociológico dominado entonces por Velasco y la reforma agraria, ponen en escena la búsqueda de una sonoridad auténtica.

Al caer el gobierno militar, regresa la democracia:1980 o la promesa de unas elecciones finalmente universales. Al mismo tiempo las ánforas quemadas. La década se abre con Frágil cantando sobre una avenida Larco de cazadores y de presas, sangrienta y con tempestad. Entre sintetizadores progres, entonaciones trovescas y un video que permitió una difusión masiva inédita para un grupo peruano—Dulude y los suyos anticipan que aquí pronto habrá movimiento.

Y hubo. El país se descompone y los músicos componen. La paradoja de los ochenta: en la “década perdida” la cultura produce mejor que nunca. La movida subterránea federa a un pueblo de rabiosos que hace del pogo su institución política preferida (ver el excelente artículo de Fabiola Bazo en Sube el volumen y también Punk and revolution, el libro notable de Shane Greene). Aunque se trata de una coyuntura muy breve, Narcosis y Leusemia, sobre todo, se ganan un sitio mitológico en la historia del rock peruano.

Mientras en los barrios de clase media se poguea, la chicha se impone en zonas que décadas después llamaremos conos. La chicha se convierte en la banda sonora del migrante en la ciudad. Chacalón interpreta a los provincianos y los Shapis al ambulante; Vico y su grupo Karicia a los cachueleros y el grupo Celeste a los cobradores. La epopeya andina y migrante. Los Shapis condensan la actitud general con el título de su disco de 1985 “Del pueblo para el pueblo con amor” (ver el libro de Jesús Cosamalón La historia de la cumbia peruana).

Curiosamente, “el pueblo” está por morir en tanto categoría social y política. Se lo llevará puesto la violencia y el colapso económico de la segunda mitad de los ochenta. Descendimos la “escalera al infierno” de la que canta en 1985 un grupo muy creativo de La Victoria, Del pueblo… del barrio (otra vez el pueblo). Aunque la crónica más lograda de la época es, sin ninguna duda, la que hace Miki González en su álbum Puedes ser tú (1986), respecto del cual noto que existe cada vez más el consenso muy justo de considerarlo el mejor de la historia nacional. Un disco de actitud subte (no en vano en la banda estaban dos ex Narcosis) y de sofisticación postpunk maridada con chicha y panalivio. De los textos de las canciones que evocan la descomposición de aquellos años podríamos hacer un seminario universitario completo, pero quedémonos con el grito más bestia y, lamentablemente, contemporáneo del disco: ¡tanta coca, tanta pasta, tanta sangre, tanta bala!

En el Agustirock de 1992 irrumpe gente del MRTA. Pronto se va a acabar también ese foco de rock popular, paradójicamente, al mismo tiempo que el grupo más exitoso de El Agustino consigue representar a la nueva Lima y recibir el reconocimiento más amplio: Los Mojarras. (ver el libro de Mariano Vargas, Rock en El Agustino, Borrador editores, 2022).

El punto es que, si Fujimori disuelve el congreso peruano en 1992, la crisis había disuelto antes a la sociedad peruana. Nos aplicaron --y nos entregamos-- a una pacificación de amplio espectro.

Saqué mi DNI en 1993 y me gradué de ciudadano votando en contra de la constitución de Fujimori. Y ese mismo año escuché obsesivamente el lindísimo primer álbum de Mar de Copas. Como en toda la escena pública del país, de ahí también se evacuó la furia, el pueblo, cualquier dilema nacional. El disco se abría con Wicho García –exNarcosis—cantando sobre un héroe fugitivo que se marchaba “lejos del infierno aquel”. Todos quisimos desertar del infierno aquel.

En los noventa las ambiciones del rock se hacen más delgadas. Es la hora del punk melódico que analiza Gerardo Silva en Sube el volumen. Por fuera del rock, la chicha pasa al olvido. E irrumpe lo chicha, usualmente como calificativo peyorativo, a caballo entre lo corrupto, lo barato o ilegal (como en “los diarios chicha”, por ejemplo”). Musicalmente, aparece la technocumbia, un género que queda por mucho tiempo asociado multifacéticamente al Fujimorato. A diferencia de la chicha, ya no tiene relación directa con lo andino. Ingresa al mainstream mediático con la promesa de ser puro ritmo, sin trajinar grietas nacionales (ver el capítulo de Flores y Bernilla en Sube el volumen).

Con la vuelta de la democracia el año 2001 el rock recupera una visibilidad institucional. En 2002 el Instituto Nacional de Cultura lo declaró actividad de interés nacional. Críticos de rock reconocidos como Pedro Cornejo tuvieron programas de radio o televisión. En el cable se establecieron programas que dieron difusión a muchos buenos grupos.

Pero tengo la impresión de que en los últimos años ocurre un fenómeno estructural e insalvable. En el siglo XXI a la sociedad deja, gradualmente, de interesarle el rock. No es ya el lenguaje ni el sonido de la juventud. De los 50 discos que Cachay y Melgar han seleccionado, solo 8 aparecieron en el siglo XXI; en el mismo número de años entre 1963 y 1987 consignan 22.

Ahora bien, en los últimos años aparecen proyectos muy buenos y, sin embargo, no alcanza para llegar al público general. Pienso en El hombre misterioso, por ejemplo. A pesar del reconocimiento –diría, unánime—en la comunidad rockera no se constituye en intérprete de la sociedad.

Lo cual no es un fenómeno peruano. Probablemente, Nirvana fue el último episodio en que el rock consiguió capturar el espíritu de una época y, al mismo, tiempo moldearlo. (Supongo que Radiohead cumplió con algo de esto también). Pero el siglo XXI ni se mueve ni se piensa desde el rock. Es curioso que un género cuyo espíritu estuvo siempre asociado a la liberación juvenil --la rebeldía y autonomía frente a un orden impuesto por padres y sociedad-- hoy es una afición de viejos.

El mejor rock ya no puede ser rock. Quiero decir, si es que aspira a cumplir su función social y a capturar la imaginación general. El rock, después de todo, fue una actitud y no solo un género musical. El ejemplo que me viene a la mente es The pogues, la agrupación que reciclando folclor irlandés se convirtió en la mejor banda de punk de los ochenta. No hacían punk, pero eran panquecazos.

De la misma manera, el rock tendrá que encontrarse con sonidos más contemporáneos si quiere cumplir con su mandato. En el Perú probablemente eso pasa por un acercamiento con la cumbia. Si esta se ha convertido en un género muy transversal en términos regionales y sociales, no da lugar a actitudes inconformes. Más bien, grupos como La mente o La nueva invasión han mezclado la actitud del rock con esas sonoridades y han producido música con posibilidades de representarel Perú contemporáneo. Y que Los Mirlos vayan a tocar en el mítico festival Coachella apunta en la misma dirección.

En cualquier caso, se trata de un mundo muy fragmentado y fugaz. La tarea de representarlo aparece igual de evanescente para el político que para el artista. Por eso seguimos cantando Contigo Perú, cincuenta años después de que los militares la encargaran. Y, sin embargo, aquí sigo esperando las canciones de la época. Ya no podré ser un aficionado del urban, trap, k-pop o reggeaton, porque mi cerebro musical fue cableado hace mucho; pero sigo confiando en que el rock pueda entremezclarse con sonidos más contemporáneos y producir la representación musical de la época en sus propios e inconformes términos. Mientras tanto, regreso al nuevo disco de The Cure, cuyo título promete traerme canciones provenientes de un mundo perdido.

FUENTE:  https://larepublica.pe/opinion/2024/12/04/la-otra-representacion-por-alberto-vergara-103064

8 de octubre de 2024

Perú: Crisis de representación, tantas veces

Alberto Vergara

Si (los defensores de esta idea) pudieran, derogarían el artículo constitucional sobre la disolución del Congreso y lo reemplazarían con la disolución del pueblo (...) Es muy revelador que, en un ambiente de políticos prontuariados, estos comentaristas prefieran flagelar al ciudadano.

La palabra crisis aparece en cada uno de los diagnósticos de nuestra época, tanto que ya es común considerarnos un tiempo de policrisis (también de poliamor, seamos justos). Y en el Perú la crisis de la representación es mentada desde hace mucho (apenas debajo de la crisis del fútbol peruano). De hecho, junto con Rodrigo Barrenechea en el último libro que hemos editado –Democracia asaltada (Universidad del Pacífico, 2024)– le dimos una vuelta de tuerca adicional a la cuestión de la crisis de representación argumentando que esta llegó a un punto de “vaciamiento democrático” y se ha encontrado con el auge de las economías informales y criminales produciendo una forma nueva y distintiva de crisis en el Perú.

De tanto en tanto, sin embargo, aparecen objeciones a la tesis de la crisis de representación, así como otras posiciones que llaman a relativizarla o matizarla. En los próximos párrafos me ocuparé de tres de esas críticas.

Pero antes delimitemos de forma muy, muy general la idea de representación. En términos básicos significa hacer presente a quien no lo está: ante su ausencia debe ser representado. Si me voy de viaje, mi esposa me representa legalmente; si voy al teatro a ver Antígona, una civilización que no existe hace siglos es representada. Se representa lo que no está presente.

En una democracia representativa, esto significa que los ciudadanos participamos de los asuntos políticos a través de representantes elegidos: no estamos presentes directamente. Pero no podemos nombrar a un representante que nos gobierne con prescindencia total de nuestras preferencias, en ese caso estaríamos ante una representación absolutista. La representación democrática supone una relación más o menos estable y continua entre política y sociedad. Es decir, una representación democrática funcional asegura la expresión política de los distintos intereses sociales. Este no es el único objetivo de la representación, pero sí uno crucial pues la relación fluida entre política y sociedad permite la rendición de cuentas efectiva de la primera ante la segunda.

Electos, ergo representativos

Deben haber escuchado este argumento. Suele estar en boca de lo menos sofisticado de nuestra derecha: “No digan que estos congresistas no los representan porque ustedes votaron por ellos, la próxima vez infórmense mejor”. Varias cosas son interesantes en esta afirmación. Primero, efectúa una equivalencia ingenua entre elección y representación; o sea, solo habría problemas de representación donde no hay elección. Aunque, en realidad, quizás no se trata de ingenuidad sino de una transparente rabia contra la gente. Si pudieran, derogarían el artículo constitucional sobre la disolución del Congreso y lo reemplazarían con la disolución del pueblo. Es muy revelador que, en un ambiente de políticos prontuariados, estos comentaristas prefieran flagelar al ciudadano. Como si a los peruanos y peruanas nos dieran a elegir a cada elección entre Obama, Cardoso, Merkel y Mujica y, nosotros, necios, prefiriésemos a Boluarte.

Esta primera objeción, además, es aldeana. Quienes la esgrimen deben creer que ahí donde la representación política funciona se debe a que cada ciudadano estudia con detenimiento el CV de cada candidato y gracias a esa labor detectivesca los elegidos resultan representativos y capaces. No es así. Quienes realizan esa labor son los partidos políticos y ello permite que la ciudadanía pueda elegir una vez que la parte fundamental del trabajo ya fue hecha. En nuestro país, en cambio, hay decenas de emprendedores de la política cobrando por participar bajo su membrete partidario. En ningún lugar la dedicación de la ciudadanía revertiría una oferta política producto de subastas que lo admiten todo.

En resumen, esta primera objeción es inválida porque cree que el problema representativo puede solucionarse eligiendo mejor. Cuando, justamente, es casi imposible elegir bien donde hay una crisis de representación.

El congreso es muy representativo del Perú

Este segundo argumento tiene un punto importante a su favor. El Parlamento peruano sería el extraño caso de un Legislativo con presencia importante de congresistas elegidos en los sectores humildes de la sociedad; lo cual es raro en sociedades tan desiguales como las latinoamericanas. Así, el Congreso peruano sería bastante representativo del país. El sociólogo Danilo Martuccelli ha sostenido esto recientemente al comentar nuestro libro y en otros foros. (De pasada: recomiendo muchísimo la exposición de Martuccelli hace unas semanas en el Instituto de Estudios Peruanos, a mi modo de ver es la mejor interpretación pública sobre el Perú contemporáneo en muchos años. Pueden verla aquí: https://www.youtube.com/watch?v=5jWmcVqaSlE). Entonces, decía, para Martuccelli la composición social del congreso relativizaría la idea de una crisis de representación (no la niega de plano) y, más bien, estaríamos ante la democratización de nuestro Legislativo.

Martuccelli tiene razón en el fenómeno que señala. De hecho, podemos ponerle cifras: según datos de Martín Hidalgo, 115 de los 130 congresistas tenía un sueldo menor al de legislador antes de resultar electos; 91 ganan más del doble de lo que recibían antes de su elección. Nuestra dolencia no es la plutocracia.

Sin embargo, ¿esta presencia plebeya implica una representación funcional? Y, en segundo lugar, ¿implica una representación democrática? No lo creo. En primer lugar, el fenómeno de representación menos elitaria tiene ya un rato en el Perú. Eso era el Congreso de Fujimori en los noventa. Mientras que en la oposición brillaban abogados de la PUCP, en la bancada del beeper eran legión los ingenieros de universidades públicas. O sea, desde entonces el Congreso se ha ido pareciendo más al país real. Pero asumir que esto es suficiente para una relación representativa implica considerarla una cuestión puramente mimética, especular. En realidad, muchas de las leyes que el Congreso promulga (con supermayorías, además) jamás se impondrían en un referéndum. ¿Por qué, entonces, habría que darle la condición de representativa a la semejanza racial, económica y/o social y no enfatizar la total disociación programática entre políticos y sociedad?

Y luego está la cuestión democrática. Como en los noventa, la representación plebeya está demoliendo a la democracia. La democratización social no puede cancelar la democratización política. Si la democratización social viene de la mano con la autocratización política, resulta problemático darle la condición de representación democrática.

Sí hay representación, pero de la que no nos gusta

Eduardo Dargent planteó esta objeción al presentar nuestro libro hace un par de meses. No afirma que la crisis de representación sea inexistente, pero enfatiza que muchos intereses legales, informales y criminales están bastante bien representados en la política nacional y en el Congreso en particular. Es decir, donde Rodrigo Barrenechea y yo observamos dos fenómenos relativamente autónomos (la crisis de representación y el desmontaje del Estado de derecho), Dargent sugiere que el segundo se desgaja del primero: se destruye el Estado de derecho porque los representantes fueron elegidos para eso. Ergo, llevan a cabo una representación efectiva.

Este también es un punto crucial. Es cotidiana la manera en que el Congreso legisla en favor de toda actividad particular, sea criminal, lícita o informal. El mejor negocio que puede realizar un grupo de peruanos en estos días es organizarse, alquilar un grupo de congresistas y conseguir que produzcan una legalidad a la medida de su negocio. Por eso se trata de un país con leyes y sin institucionalidad, con derecho y sin justicia.

Pero volvamos al punto, ¿significa esto la representación de sectores específicos? Tengo mis dudas. O, al menos, no como lo encontramos en otros países. Por ejemplo, la representación de intereses agrícolas en el Parlamento brasileño, que existen como organizaciones antes de la elección, se movilizan para que sus representantes sean elegidos y cuando dejan el cargo siguen involucrados en dichos sectores. O los cocaleros en Bolivia. O los jubilados en Uruguay.

En el Perú el asunto funciona de otra manera. Primero sucede la elección azarosa de un montón de inexpertos sin vínculos a organizaciones o intereses sociales. Una vez en el cargo descubren que se mueve en un sistema donde no se rinde cuentas ni ante las instituciones ni ante la sociedad. Notan, entonces, que la lotería no radica solamente en el salario y los viajes sino que aprenden rápidamente que la cosa puede ser más lucrativa. Caen en la cuenta de que se puede mochar sueldos o legislar para intereses clandestinos sin amenazas reales. Es decir, la gran mayoría se convierte en gestor de intereses particulares una vez que está ya instalado en su curul, sin que hay nada estructurado: ocasionales portavoces, portapliegos de subarriendo. Para decirlo con mi abuela: la ocasión hizo al ladrón. No se trata de negar que el Congreso refleja una sociedad informal y fragmentada sino de preguntarse si esa relación especular –de nuevo– relativiza la crisis de representación. Ni siquiera en la Bancada Magisterial encontramos cuadros encumbrados del sindicato de maestros, son más bien modestos profesores que terminaron por azar de congresistas. O se puede encontrar algún congresista que fue mototaxista, pero difícilmente un líder importante del mototaxismo (no confundir con la mototaxi naranja).

Quizás alguien como el presidente del Congreso tenga una relación más o menos constante con la minería informal, pero es un asunto individual y no tan común. Lo que abunda son potenciales gestores de necesidades puntuales (no representantes de intereses). Lo que sufrimos responde mucho más a la degradación profesional, ética, cognitiva, intelectual del elenco político que a la organización y representación de intereses particulares. En tal contexto, legislar es la interminable repartija de prebendas, recursos e impunidad. No hay forma de construir el “interés general” con la fragmentación de intereses enanos y subalternos (más de la mitad de los congresistas ha cambiado de bancada). Por eso hasta las normas más aberrantes las aprueban con supermayorías. Lo urgente es impedir es que esos intereses cuajen organizativamente y anclen en la representación política.

Un punto final: la forma de nuestro sistema político debe mucho más a todo aquello que no está representado que a los intereses puntuales que llegan a tener voz. Lo realmente distintivo en nuestro país es la cancelación política de los sectores sociales insatisfechos. Una parte del Perú está muy subrepresentada: crítica y ausente. El desafío se presenta, así, como una tarea ribeyrana: darle palabra al mudo. Unos pocos han callado a la mayoría. O sea, la crisis de representación. Cada vez más crítica. Próxima elección: 50 candidatos presidenciales. Como se preguntaba Joy Division, Where will it end?

https://larepublica.pe/opinion/2024/10/05/crisis-de-representacion-tantas-veces-por-alberto-vergara-202740

https://www.leerydifundir.com/2024/10/peru-crisis-repr…ion-tantas-veces/

6 de septiembre de 2024

¿Puede salvarse el liberalismo en América Latina?

Alberto Vergara


Si los principios liberales quieren volver a resonar con la gente, una buena manera es aceptar que el régimen republicano y democrático debe fundarse en una conversación entre iguales”.

El liberalismo está exhausto. Las manifestaciones institucionales que capturaban lo esencial de su proyecto retroceden. La integración económica mundial se desmigaja en un tiempo que ya denominan como “des-globalización”. La Unión Europea –el proceso político liberal más exitoso de la historia– ha quedado herido de Brexit por el oeste y, de “democracias iliberales”, por el este.

En América Latina la cosa es semejante. Después de un momento de ímpetu reformista con el Consenso de Washington, ni la liberalización de los mercados nacionales ni la integración económica regional avanzaron. Políticamente, la esperanza democrática ha cedido gradualmente. De un lado, dictaduras como las de Nicaragua y Venezuela se han aferrado en el poder violando derechos humanos de una manera que creíamos no regresaría al continente. Incluso en países democráticos como el Perú actual, el gobierno consigue retener el poder asesinando a decenas de personas. Cuánto habrá decaído el ánimo, que hoy los liberales optimistas son quienes exigen que enfaticemos que la virtud principal de nuestras democracias es que no se quiebran. Mientras tanto, la encuesta Latinobarómetro registra que, año a año, el apoyo a la democracia se encoge, al tiempo que las libertades civiles se hacen menos efectivas por Estados que se descomponen.

A su vez, los proyectos políticos cercanos al liberalismo languidecen. No es la hora de la moderación clasemediera. Si se cayeron los sistemas de partidos nacionales, despunta un sistema regional de populistas: el de la mañanera y el de la motosierra, el de la paz total y el de la cárcel total. Probablemente el único líder en la región que pueda ser catalogado como liberal sea Lacalle Pou, en un país que alberga tres de los seiscientos millones de latinoamericanos. En síntesis, ni los propósitos del liberalismo ni sus plataformas brillan en esta temporada.

En lo fundamental, esto es responsabilidad del propio liberalismo. Durante el siglo XXI los liberales latinoamericanos (las voces del liberalismo realmente existente) se convirtieron en una fuerza política del statu quo en un continente atascado. Los ejemplos paradigmáticos son los casos de los presidentes-CEO como Mauricio Macri, Pedro Pablo Kuczynski, Sebastián Piñera o Guillermo Lasso. Más allá de sus diferencias, encabezaron proyectos truncos (Lasso y Kuczynski debieron incluso dejar la presidencia antes de completar su mandato). En estos nombres, sus gobiernos y sus partidarios encontramos muchas de las claves para comprender la crisis liberal.

En primer lugar, devino una doctrina muy economicista. Una para la cual el ámbito donde constatar la libertad –y eventualmente ampliarla– es esencialmente el mercado. En los años noventa el verbo favorito era “privatizar”, en los 2000 ajustaron las expectativas y ascendió “desregular”. Si en los noventa la agenda del Consenso de Washington cargaba con la creencia genuina de que las reformas neoliberales redundarían en el bienestar popular, con el paso de los años, el liberalismo latinoamericano fue preocupándose más por el bienestar del sector privado, tanto que, en América latina, pareciera que ser liberal significa ser pro-rico. Toda la energía que los liberales invirtieron en que las empresas no fueran estatales contrasta con los pálidos esfuerzos por construir mercados competitivos. Si se suele denunciar vivamente el “capitalismo de cuates”, rara vez se señala a alguno de los cuates. Es más fácil denostar el pecado, que nombrar a los pecadores. En toda América Latina padecemos los sobreprecios infligidos por el cartel del papel higiénico, alguna aerolínea, la leche, las medicinas, la carne, la cerveza, etc… Un estudio del Banco Mundial afirma que solo con introducir más competencia en nuestros mercados la pobreza se reduciría más que como producto de los programas sociales. Los latinoamericanos saben bien que por aquí el laissez-faire tiene mucho de laissez-desplumar.

Se trata, además, de un liberalismo que ha sido muy tolerante con la desigualdad. Adoctrinado en el eslogan fácil según el cual nadie muere de desigualdad, sino de pobreza, en muchos de nuestros liberales, la desigualdad ni siquiera figura como un problema sino como un activo pues esta alentaría la codicia de los de abajo y se alentaría así el crecimiento económico. En un continente donde solo alrededor de 2% de quienes nacen en el quintil más pobre consigue llegar al quintil más rico (¿futbolistas?, ¿reggaetoneros?), nuestros liberales celebran una desigualdad que dificulta –o directamente impide– que los individuos puedan planear y desarrollar la vida que desean para sí mismos.

Lo cual se combina con un tercer elemento: hay una sociología del liberalismo latinoamericano que lo hace bastante antipático. País tras país, estos proyectos aparecen comandados por los niños bien de nuestras segregadas sociedades; los hijos de los mejores barrios exigen paciencia a la ciudadanía, alertan contra el populismo, atacan a un Estado que no necesitan y conforman gabinetes de gobierno con lo más fino de la patria gerencial.

En resumen, los latinoamericanos tienen muchas razones para pensar de los liberales del siglo XXI algo parecido a lo que Úrsula Iguarán meditó acerca de los gitanos: “habían demostrado en poco tiempo que no eran heraldos del progreso, sino mercachifles de diversiones”. En un continente donde las mayorías padecen una desigualdad que frustra la movilidad social; en una región marcada por el hartazgo y la falta de ley; en unos países donde las mayorías siempre van perdiendo el partido, ahí mismo, el liberal alza la voz y nos conmina a cuidar el empate.

Los libertarios han roto con esto, desde luego. Por eso mismo rechazan denominarse liberales, quieren ser libertarios: reniegan del statu quo y atacan al establishment. Pero su energía proviene de un ímpetu antiprogresista. Si en el discurso les repele el Estado, lo que realmente los energiza es la rabia contra el wokeismo del siglo XXI. Los libertarios pegaron el portazo y se marcharon del liberalismo. Detectaron bien que se hacía obsoleto y desertaron por derecha.

Ahora bien, ¿qué estrategia pueden emprender los liberales progresistas decepcionados del liberalismo realmente existente? Lo primero, supongo, es que no es una buena idea desertar del liberalismo. Finalmente, esta es una región que necesita a gritos una agenda que se tome en serio la construcción de comunidades de ciudadanas y ciudadanos, de individuos, que cuenten con dosis semejantes de libertad; que tengan capacidades parecidas para elegir y planear con algún grado de efectividad la vida que buscan para sí mismos. El liberalismo fue siempre un proyecto emancipatorio. Y esa intención es relevante y urgente en América Latina, una región cuya (in)movilidad social asemeja a un antiguo régimen donde las condiciones de nacimiento establecen en gran medida lo que las mayorías podrán o no conseguir. O para utilizar una metáfora del Foro Económico Mundial, en América Latina hay “pisos y techos pegajosos”: si naces rico será casi imposible caer en la escala social y si naces pobre tienes muchísimas probabilidades de heredarle la pobreza a tus hijos. Todo eso es la antítesis del liberalismo y la responsabilidad individual: se acerca, más bien, al estamento premoderno, aun si no está codificado.

Entonces, esa agenda emancipatoria no puede abandonarse. ¿Hay forma de recuperar un liberalismo inconforme y progresista?

Pues al menos se puede intentar. Las flaquezas más obvias del liberalismo podrían compensarse con ayuda de un viejo y olvidado aliado: el republicanismo. Después de todo, los países latinoamericanos se fundaron hace un par de siglos desde el maridaje –contingente pero resiliente– del liberalismo y el republicanismo. Nuestros países no se crearon bajo la promesa del propietario lockeano concentrado en fructificar su propiedad, sino –más bien– desde la convicción de construir un orden político basado en el autogobierno ciudadano. Esa fue nuestra pila bautismal ideológica: el rechazo a ser gobernados por un tercero. La libertad entendida como autogobierno ciudadano (y no como libertad de actuar en el mercado). Y esto no fue, como a veces se cree, un experimento puramente elitista. Como lo demuestra un cuerpo enorme de literatura histórica, las convicciones, instituciones y prácticas del autogobierno fueron asumidas y abrazadas por los sectores populares. Esa tradición es la que explica que –sin importar dónde estemos en América Latina– una persona suele caminar por la avenida Constitución, luego cruza el parque Libertad y prosigue por la alameda Unión. Como es obvio, esa misma omnipresencia de lo republicano en nuestras vidas nos enfrenta, justamente, a nuestro fracaso: padecemos una crisis de legitimidad que se origina en que constatamos cotidianamente que no somos aquello que prometimos ser. Por eso somos Repúblicas Defraudadas (el título de mi libro lidiando con estas cosas: Repúblicas Defraudadas: ¿Puede América Latina escapar de su atasco? Crítica, 2023). En América Latina tuvimos mucho más éxito en construir Estados y naciones que repúblicas.

Entonces, algunas premisas y actores, instituciones y prioridades, del republicanismo pueden echarle una mano al liberalismo desfalleciente. Subrayo que no propongo que deba necesariamente recuperarse la etiqueta “republicanismo”, sino algunos de sus objetivos y medios.

En primer lugar, el republicanismo obliga a pensar en términos de un régimen de ciudadanía. Su actor principal no es el propietario, ni el elector quinquenal, tampoco la clase social del socialismo. Su actor central es el ciudadano, la ciudadana y la ciudadanía. Un conjunto de agentes que deben disponer de cuotas semejantes de libertad con el objetivo de desarrollar sus proyectos de vida y, soberanamente, darle un sentido a la comunidad política comparten.

El ciudadano no es un actor propio de la tradición liberal, viene de una concepción republicana de la vida política. El liberalismo cargó siempre cierta desconfianza frente a la gente. El inicio de Sobre la libertad de John Stuart Mill es ilustrativo: el libro se origina cuando Mill cae en la cuenta de que las amenazas a la libertad ya no vienen del absolutismo monárquico sino de la posibilidad del absolutismo popular. De ahí en más, no importa que sea Isaiah Berlin o Karl Popper la democracia y la ciudadanía suele aparecer más como amenaza que como activo. Y otros, como Hayek, dieron un paso más allá y la dictadura terminó siendo compatible con lo liberal (y sus seguidores en el Chile de Pinochet y el Perú de Fujimori lo aceptaron a pie juntillas). En la época contemporánea ese escepticismo frente a la ciudadanía se ha manifestado en el héroe del liberalismo latinoamericano: el tecnócrata. La utopía liberal latinoamericana es entregarle el país a tecnócratas sin fronteras.

Pero así no funciona una república democrática: ahí lo que concierne a todos deben decidirlo todos. El liberalismo necesita entenderlo. Difícilmente la manera de recuperar el favor del pueblo es despreciándolo. Lo he visto en las últimas semanas a raíz de la elección mexicana. Liberales que estaban a un paso de descartar a la democracia en tanto régimen de gente consumidora de demagogia. En Argentina hubieran dicho “choriplaneros”. Como afirman Silvia Otero y Rodrigo Barrenechea en un texto reciente sobre el populismo en Colombia, “al populista se le condena, a su votante se le desprecia y a ninguno se le entiende”. Y esto no lo afirmo para defender a los populistas, sino desde el convencimiento de que, justamente, pueden y deben ser desafiados desde lo republicano y democrático y no desde el desdén. Si los principios liberales quieren volver a resonar con la gente, una buena manera es aceptar que el régimen republicano y democrático debe fundarse en “una conversación entre iguales”, para usar el título de Roberto Gargarella.

En segundo lugar, el liberalismo tiene muchos problemas para lidiar con el papel del Estado y con la desigualdad. En la región, como el acta fundacional del liberalismo contemporáneo es el Consenso de Washington, su enemigo siempre ha sido el desastroso Estado populista. Como consecuencia, hasta en su mejor versión, el Estado aparece como un mal menor, o como algo que eventualmente podríamos eliminar. Donde la mayoría de los latinoamericanos constata y padece un Estado ausente o imbricado a distintas formas de criminalidad, nuestros liberales detectan uno burocrático de tintes soviéticos. Esta distancia entre las necesidades sociales y las fábulas ideológicas es muy dañina para los proyectos liberales.

El fortalecimiento de los Estados es una de las urgencias principales en nuestros países. El crimen está carcomiendo las bases de la convivencia. Pero además del crimen, el Estado es el único que puede garantizar que un régimen ciudadano –con obligaciones y derechos– sea efectivo. La manera en que los derechos ciudadanos están distribuidos en la región es profundamente desigual. Para resumirlo con diversas investigaciones, solo alrededor de 20% de la ciudadanía latinoamericana puede hacer valer todos sus derechos. Es decir, solo 20% cuenta con márgenes de libertad como debemos tener en una república democrática.

Y aquí hay algo importante: lo republicano no puede significar –como aparece a veces en ciertos países– como una suerte de etiqueta solemne y vacía que aludiría a las formas, los próceres y el himno nacional. Lo republicano entendido como un régimen de ciudadanía debe hablar de cosas sustantivas. El liberalismo también. Y sin Estados funcionales es imposible asegurar la participación igualitaria de la gente en la esfera pública, política y en el mercado.

El problema de la desigualdad no es solamente un tema de cómo se redistribuye la renta (como lamentablemente suele discutirse la cuestión de la desigualdad): vivimos en países con regímenes de ciudadanía muy desiguales. Es decir, hay un entramado de relaciones sociales, jurídicas y económicas que reparten de manera muy inequitativa las oportunidades en la región. El malestar creciente de los latinoamericanos no es una función del índice de Gini, sino que está marcado por una vida cotidiana en que las mayorías viven sin que un tercero imparcial –el Estado– arbitre sus distintas interacciones, asegurándoles un trato semejante. Y la peor parte de esta vida sin ley –o de leyes amañadas– lo lleva lo más precario de la ciudadanía.

La desigualdad económica es, muchas veces, la consecuencia de un orden institucional y no su origen. Por eso pienso que el correctivo para nuestro liberalismo es menos la cercanía con la socialdemocracia (y su ímpetu redistributivo imbricado a un actor sindical que en la mayoría de los países latinoamericanos perdió mucho espacio), que de una tradición republicana y su acento en las instituciones y la protección de lo público. En muchos de nuestros países el problema principal no es la escasez de recursos sino el orden institucional que dificulta que estos puedan crearse de una manera más igualitaria. Como decía Fernando Henrique Cardoso, “el Brasil no es un país pobre, es un país injusto”. O sea, sin justicia, sin derecho, sin la capacidad institucional de proteger la agencia ciudadana contra la voracidad de unos pocos. Sin instituciones republicanas, se puede redistribuir recursos, pero es muy difícil asegurar el reparto igualitario de la libertad.

El nudo de nuestra inequidad está en la desigualdad brutal que padecemos los latinoamericanos en términos de influencia sobre la política; en la tremenda inequidad para acceder a tribunales que hagan valer los derechos de las mayorías; en recibir un trato igualmente digno de parte del Estado y de sus compatriotas. La cuestión de la desigualdad, en última instancia, se parece menos a cómo se reparte una torta que a cómo se distribuye el respeto, el miedo y la incertidumbre en una sociedad. Esa agenda no es ni ha sido la del liberalismo latinoamericano. Más que realmente creer en las oportunidades igualitarias, el liberalismo ha militado en el alivio a la pobreza. Y es muy distinto reclamar políticas para pobres que políticas para ciudadanos.

Finalmente, la cuestión de lo público y el interés general. Más del 80% de los latinoamericanos considera que su país es gobernado para beneficio de unas minorías y no para el pueblo. El 62% considera que la mayoría de sus políticos son corruptos. Solo alrededor de 10% asegura tener influencia sobre el proceso político nacional. En síntesis, perciben que, como en la canción, “the game was rigged, the ref got tricked” (¡basta de Taylor Swift!). Todo esto significa la disolución de lo público. Y en el centro del republicanismo está la protección de lo público. En todo el continente hay un reclamo palpable por la producción de interés general, de aquello que nos incumbe a todos frente a sistemas agujereados por intereses particulares de los legales a los criminales. El enemigo mortal de la república fue siempre la corrupción: la corrupción de las repúblicas. No entendida como la “mordida” o “coima” sino como la destrucción de lo público a punta de particularismo. Ahí también hay algo que el liberalismo podría recoger de su antiguo aliado.

Entonces, para terminar, el liberalismo latinoamericano se fue oxidando de economicismo, de conformismo, de elitismo y desconfianza –a veces terror– hacia la ciudadanía. El republicanismo –ese tío abuelo democrático– carga con ciertas prioridades que pueden contrapesar estas características: inconformismo, apuesta por la política y la ciudadanía, y compromiso con el interés general. Donde el liberal ve una región pobre, el republicanismo ve un continente injusto. El liberalismo debería reenganchar con esa tradición política y popular de la que se fue alejando. “Aquí naide es más que naides”, aseguró el buen Artigas al inaugurar la república uruguaya. El desafío latinoamericano sigue siendo instaurar unas instituciones que garanticen eso mismo. Pero los liberales contemporáneos renegaron de esa tradición. O se le recupera o la ciudadanía seguirá deslizándose hacia el caudillo populista que castiga a los viejos privilegiados para erigir nuevas prebendas y flamantes favorecidos.

Una versión previa de este artículo apareció en la revista Cambio Colombia.

https://larepublica.pe/opinion/2024/09/01/puede-salvarse-el-liberalismo-en-america-latina-por-alberto-vergara-918685

9 de agosto de 2024

Perú: Días de feria

Alberto Vergara

Quedan tres días de la vigésima octava Feria Internacional del Libro de Lima. En este artículo Vergara la celebra, al tiempo que comenta algunas novedades librescas que vale la pena tener en el radar.

Desde hace un tiempo me dicen que no soy el optimista de antes, que mis artículos se han teñido de un ánimo sombrío. Puede ser. Como dijo una vez Lula, O Brasil mudou, eu mudei. Las cosas en el Perú también cambiaron. O volvieron a la normalidad. En todo caso, acepto la deriva; no sé si haya quien que no la sufra en estos lares.

Sin embargo, esto es distinto de una postura fatalista. Si el Perú de hoy no da para ser optimista, siempre hay margen para la esperanza. A diferencia del optimismo y del pesimismo – heterónimos de la flojera intelectual—la esperanza no es una convicción, es una posibilidad. Para la esperanza hace falta algo que abunda en el Perú: incertidumbre. Alguien dijo que aquí todo es difícil, pero nada es imposible.

La Feria Internacional del Libro en Lima me lo recuerda siempre: una vez al año le aplica una transfusión de sangre a mi anémico ánimo. Cuando uno ve las decenas de miles de personas que se agolpan al recinto cada día, cuando se observa la cantidad de editoriales pequeñas y grandes publicando absolutamente de todo, cuando se constata que las conferencias y presentaciones están siempre llenas, cuando uno ve todo eso y más, a uno le vienen ganas de cantar aquello de ¿quién dijo que todo está perdido? Una fiesta de lectores, editores, escritores. Una fiesta ciudadana.

Porque hay que repetirlo: el Perú es mucho mejor que el Perú político. No creo que Julio Villanueva Chang (capricornio) se propusiera demostrarlo con su nuevo libro, pero es una de las conclusiones que deja su lectura. No se nace en vano al pie de un volcán (Universidad Continental, 2024) es una colección estupenda de perfiles de cinco arequipeños notables. Notables no en un sentido marmóreo, sino por sus trayectorias, contribuciones y pasiones: un niño amante de las hormigas y defensor de los árboles; una musicóloga entrañable que, además de haber dirigido la sinfónica de Arequipa, ha escrito trece libros; un botánico de reputación mundial que ha descubierto 30 plantas y fundó tres bandas de rock; una vulcanóloga que confiesa que, sobre el Misti, hay más canciones que investigaciones; y un doctor que asegura andar en búsqueda de una medicina que no escinda cuerpo y alma. Los perfilados condensan una ciudadanía vital, abierta al mundo, comprometida con sus oficios, compatriotas y con la naturaleza; una donde ciencia, artes y humanidades se refuerzan mutuamente. Lo leo y me repito que el Perú no es un atado de waykis angurrientos de Rólex.

El alcalde de Jesús María –de Renovación Popular, desde luego—no quería prestar el parque de los Próceres para la feria. Es más, lo había anunciado con cara de gol. Más o menos como cuando cerró INPPARES, ese lugar abocado a la subversiva labor de brindar servicios de salud baratos sobre todo para mujeres. Pero fracasó. El gremio de libreros —y a través de ellos la ciudadanía— defendió su feria y consiguió que se realizara por vigesimoctava vez de manera ininterrumpida. (Por cierto, comentan que Boluarte se puso del lado de la feria, lo cual prueba que hasta un reloj malogrado está en lo correcto dos veces al día). No hay muchas cosas que duren 28 años en el Perú. Ni siquiera la democracia. Y, como me recuerda un amigo librero, es una feria que no solamente carece de auspicio estatal, sino que para realizarse ¡debe pagar —en miles de libros— a la Municipalidad de Jesús María! La feria es, en fin, otro pequeño triunfo de lo que alguien podría llamar los ciudadanos sin república.

Pero hubo un tiempo en que la ciudadanía contó con la preocupación estatal. Es lo que de alguna manera nos transmite Sharif Kahatt en su nuevo libro Atlas de la vivienda colectiva en Lima: arquitectura y proyecto urbano (Fondo editorial PUCP, 2024). El libro es una joya y puede leerse de muchas maneras. De un lado, es una recopilación prolija y fina de casi todos los proyectos arquitectónicos colectivos realizados en Lima desde la Quinta La Riva construida en 1911 hasta Alto Benavides del 2021. Pero el libro es más que eso.

Es también una historia de la expansión de Lima, una en la que el Estado con grandes dificultades a lo largo del siglo XX procuró planear y brindar vivienda a la ciudadanía. A partir de los noventa, en cambio, subraya el autor, la preocupación por la urbanidad fue reemplazada por la urgencia de la vivienda individual. El modelo urbano pasa a ser uno obsesionado con enrejarse y desertar de la ciudad y sus semejantes. Como en una profecía autocumplida, la ciudad aterrorizada se amuralla y profundiza así las condiciones para la inseguridad. La preocupación última de Kahatt es cómo convivir entre conciudadanos y no solo apiñados unos junto a los otros.

La FIL es un lugar de los que no hay. Por eso en un par de semanas cientos de miles de personas llegan a disfrutar de esta rara experiencia. Sin temernos ni despreciarnos, vagabundeamos en busca de lecturas o picarones, de una amiga, una conferencia o por el puro hueveo (there’s a lot to learn/from waisting time, Neil Young). Ahí nadie va a bajar de una moto y encañonarnos por el celular: la insólita experiencia de descuidarnos. Por un ratito, los próceres alojados en lo alto del parque le ceden su sitio a una ciudadanía que experimenta una vida en común parecida a lo que alguna vez prometieron: constituir una comunidad de semejantes y no un agregado de enemigos.

Hace mucho esperaba una novela que capture los rasgos principales del Perú de los años 2000, este país donde han convivido el enriquecimiento económico con la bancarrota moral. Omar Aliaga, periodista trujillano, la ha escrito. Los hombres que mataron a la primavera (Fondo de Cultura Económica, 2024) es una excelente primera novela. La historia está libremente inspirada en el escuadrón de la muerte que campeó en Trujillo durante el segundo gobierno de Alan García. La novela funciona tanto como una caracterización de la región La Libertad de aquellos días, como anticipo de lo que vivimos hoy a nivel nacional. Con gran ritmo, entrelaza las historias de políticos apristas en tiempos de Odebrecht mientras asciende César Acuña; policías asociados con delincuentes se dedican a aterrorizar pitucos siempre generosos con quien los asusta; mineros ilegales van haciéndose más presentes en la ciudad; jueces que suelen tener cash bajo el colchón, policías con Rólex (literal)… pero también están los periodistas obstinados y nobles (también los vendidos), además de una juventud global y culta, debidamente alcoholizada en el Chaska. Una muy buena novela que trasciende a la ciudad de la eterna balacera.

El año 2019 fue el mejor de la feria: casi 600.000 visitantes y 20 millones de soles en ventas. Según me dicen, este año viene muy bien y podría superar esas cifras. Ojalá. Lo lindo también está en lo que estos números albergan: una feria con pluralismos de todo tipo. De edades, por ejemplo. En muchos de los auditorios veo gente mayor, pero, de tanto en tanto, se escuchan alaridos adolescentes que responden a la presencia de algún autor o autora popular, mientras los niños abarrotan las áreas con juegos de mesa. Socialmente, se trata de una feria de las diversas clases medias que, por la razón que sea, no salieron de viaje por fiestas patrias. La oferta de libros, a su vez, tiene casi todo. Y, sobre todo, hay mucho más que libros. Porque la feria es eso, una feria popular. No es un evento solemne (aunque su inauguración lo pretenda: como siempre, lo institucional disociado de la gente): la feria es la posibilidad del relajo familiar. Y en las noches, ¡música! De los Doltons al folklore, de la cumbia a la clásica. Todo por ocho soles. Obviamente, por muchas razones, no es la feria de Guadalajara ni la de Buenos Aires, pero está bien recordar que Santiago no tiene una y la de Quito es muy pequeña en comparación a la nuestra. Queda mucho por mejorar, por cierto. Sin señalización, uno da vueltas como vaca sin cencerro buscando auditorios o stands, los baños son precarios, en algunos auditorios se filtra una diversidad de ruidos, etc…

Como sea, la feria siempre viene a recordarnos que hay con qué. Si es cierto que las adversidades se alzan unas tras otras en el país, también lo es que resiste una cierta sociabilidad ciudadana a la búsqueda de espacios que la permitan florecer. La democracia no es solo un asunto de reglas escritas, es también una forma de convivencia. Cuando los griegos inventaron la democracia sabían bien que esta se sostenía en que la ciudadanía se encontrase en los banquetes de la ciudad o en las puestas en escena de las tragedias; la institucionalización de los derechos individuales en el siglo XVIII y XIX solo se produce luego de que una nueva socialización urbana y pública introdujo los hábitos de la igualdad; y la historiadora Lynn Hunt ha mostrado que la literatura del siglo XVIII permitió el ascenso de la era de los derechos humanos. La feria del libro y sus visitantes son parte fundamental de nuestra eventual regeneración.

https://larepublica.pe/opinion/2024/08/04/dias-de-feria-por-alberto-vergara-feria-del-libro-2024-columna-a-mi-no-me-cumben-188316

13 de julio de 2024

Creando América

Alberto Vergara

Hace cuarenta años apareció Buscando América, el disco de Rubén Blades. Vergara lo celebra, comenta y termina subrayando su relevancia para América Latina y el Perú de hoy.

Como a mi papá la música no le interesa nada, sospecho que aquel casete llegó a su casa porque el recién divorciado andaba chiboleando. Buscando América. ¿Quién lo dejaría tirado? Era 1991. Me jaló el ojo por una coincidencia: poco tiempo antes había sido el concierto de Amnistía Internacional en Chile, y aunque lo vi por televisión esperando la actuación de Sting y Sinead O’Connor —los ídolos del adolescente que era—, en realidad, ahí descubrí a Rubén Blades. En especial, una canción titulada ‘El padre Antonio y el monaguillo Andrés’ (cuya letra estuvo escrita por años en la pared de mi cuarto). Así, por esa canción, me senté a escuchar el casete. Y fui. Arrastrado a territorio bladesiano y salsero. Paradójicamente, con un álbum que era una ruptura tremenda con la salsa. Incluso con la salsa hecha por el propio Blades. Pero entonces yo no sabía nada de esto. Lo único concreto es que por una suma de carambolas —después de todo, la vida te da sorpresas—, Buscando América me estaba partiendo la cabeza.

Buscando América cumple cuarenta años. Apareció en 1984. Ahí Blades realiza tantas cosas importantes que uno no sabe por dónde comenzar: ¿con la salsa revolucionada, sin vientos, con batería y sintetizadores?, ¿con los textos bellos y avezados?, ¿con el sonero afilado?

La dificultad está en que Buscando América es más que un gran álbum; es un evento cultural mayor. Tengo la impresión de que la genialidad de Blades es montar un proyecto cuyo propósito literal es buscar a América Latina, pero su intención profunda es crearla (no inventarla).

En un primer sentido, este esfuerzo por crear América Latina venía desde los setenta e inicios de los ochenta. Se trata de un primer sentido social y cultural, digamos. En discos como Metiendo mano (1977), Siembra (1978) o Maestra vida (1980) —todos en colaboración con Willie Colón—, el panameño ya se había sumado a la cadena de artistas e intelectuales que, poco a poco, han construido la idea de la “patria grande”. A través de la música del Caribe, Blades sigue construyendo eso que Monsiváis llamó el “aire de familia”. Juan Pachanga y Pedro Navaja, Paula C y Carmelo da Silva, Cipriano Armenteros y Camilo Manrique, entre tantos otros, son personajes de ningún lado y, por eso mismo, pueden encarnar a la esquiva Latinoamérica.

En Buscando América agrega dos dimensiones a este sentido creador. La primera es musical. El ancla sigue estando en el Caribe, pero lo desborda. Estrena una banda con influencias del rock y el latin jazz: Seis del Solar. Una salvajada de banda. Era su primer disco sin Willie Colón, quien le había dado un sonido particular, con vientos y trombonazos como truenos caribeños. (Leonardo Padura ha escrito con justicia que la separación de Rubén y Willie es como la de McCartney y Lennon). Y, por cierto, también era el primer álbum que hizo fuera de la Fania. Seis del Solar, entonces, rompe con ese molde previo. América Latina ya no cabe solamente en esa vertiente del Caribe. Hay
  que ir más allá. Al Caribe anglófono, por ejemplo, incluyendo un reggae en forma; o maridando la nostalgia limeña de nuestro César Miró con un arreglo medio playero y una fuga salsera sin frenos; o Caminos verdes que combina una atmósfera afro y folk con unos sintetizadores de sabor progresivo (¿new age?). Sigue, en síntesis, creando América Latina, ahora una aún más abarcadora desde la música.

La segunda dimensión novedosa: la política. En Buscando América, Rubén Blades pasa a crear un horizonte político para la región. Sus personajes previos circulaban entre la hipocresía y el arribismo (la pareja plástica), entre la fiesta y el pesar (Juan Pachanga), entre la voluntad y la decepción (Pablo Pueblo), entre la felicidad y la discriminación (Ligia Elena), entre el drama y la comedia (el camusiano Ramiro da Silva); pero ninguno aparece enmarcado por algún tipo de régimen político, democrático o autoritario.

Esto cambia en Buscando América. Sus personajes ya no están únicamente condicionados por cuestiones sociales, sino por la política. (Por cierto, el álbum aparece el año que Blades ingresa a la maestría en Derecho Internacional en Harvard y diez años antes de ser candidato presidencial en Panamá: está haciendo una transición personal también). El punto es que aparece aquí la política en un sentido creativo: debemos crear eso que no somos y deberíamos ser. Y la apuesta es radicalmente democrática. Buscar a América pasa por crear una América democrática.

Y ciudadana. No en vano el álbum se abre con una canción en la que el coro convoca a que la ciudadanía salga y haga sus apuestas. Cada quien responsable de sus decisiones: la exseñorita que no ha decidido qué hacer, el galante señor de la casa de alquiler y el borracho que hunde el pie en el acelerador. Ciudadanía y agencia en un solo combo. Casi Hannah Arendt. O cercano a Octavio Paz: “En mi utopía política no todos somos felices, pero, al menos, todos somos responsables”.

Ahora bien, la ciudadanía como institución solo es posible en democracia. Tras nombrar a la ciudadanía en la primera canción, Blades nos traslada a un mundo donde ha sido eliminada. El segundo track es GDBD (“gente despertando bajo dictaduras”, según la leyenda). Es el corte más audaz del álbum: se declama un texto en segunda persona sin acompañamiento musical. Aunque Blades se refiere a este como un cuento, a mí siempre me ha parecido el guion de un plano-secuencia que va desde el momento en que un hombre despierta hasta que sale al trabajo. Entre esos dos puntos, se entrevé que se trata de un agente de seguridad del Estado. Mientras realiza las acciones mañaneras cotidianas (se afeita y se corta, se seca con una toalla que dice Disneylandia, pisa los orines del perro, la esposa le recuerda que debe pagar la escuela de los niños), también nos enteramos de que “hoy van a arrestar al tipo”, así que coge sus lentes oscuros, su libreta, su revólver y sale a la calle, donde “aún está oscuro, pero huele a mañana, varón”.

El dato crucial está en el primer verso: no ha dormido bien. Además, cuando se baña, no canta. Y es claro que la mujer está incómoda con su presencia, ni siquiera molesta. El hombre anda metido en algo oscuro.

La siguiente canción permite dilucidar en qué puede estar involucrado: ‘Desapariciones’. Ahí —con el bajo de Mike Viñas mandando cual si hubiera escapado de los Wailers o de Black Uhuru—, Blades canta en primera persona la angustia de los familiares de desaparecidos. Buscan al esposo, a la hermana, al hijo que “a veces es terco cuando opina”; describen cómo iban vestidos, listan las instituciones públicas a las que han acudido. El coro de la canción termina lanzando las preguntas y respuestas fundamentales de la vida política: “¿Y por qué es que se desaparecen?… porque no todos somos iguales”.

Algo semejante ocurre en ‘El padre Antonio y el monaguillo Andrés’, inspirada en el homicidio de monseñor Romero en El Salvador. El cronista nos cuenta el asesinato de un cura que da el sermón en manga’e camisa, que “condena la violencia” y cae abatido junto con el monaguillo Andrés, un chiquillo que muere sin conocer a Pelé. Y, sin embargo, tras el cierre terrible de la crónica —“entre el grito y la sorpresa, agonizando otra vez/ estaba el Cristo de palo clavao a la pared”— pasamos a una fuga endiabladamente salsera y en la cual la luz empieza a abrirse camino. Mientras el coro repite que “suenan las campanas”, Blades sonea que suenan para celebrar, nuestra libertad, que la tierra va a temblar y que el mundo va a cambiar.

Blades está ayudando a crear la posibilidad de la democracia en el continente. Está muy lejos del panfleto revolucionario. Aquí los héroes no van “matando canallas con su cañón de futuro”. Ni siquiera hay héroes propiamente. La recuperación de América aparece como una tarea colectiva, ciudadana. Que es lo que reaparece en la canción que cierra el álbum y que también se llama Buscando América. Ahí retrata un continente perdido en la oscuridad. Sin embargo, retruca Blades, a “nosotros nos toca ponerte en libertad”. Así, al cerrarse el disco regresa a la ciudadanía y a un futuro que solo podrá ser el que ella construya. Buscando América se trata menos de crear a América Latina en tanto unidad cultural, que de crearla como territorio democrático. Donde no se tortura, desaparece ni olvida; donde la ciudadanía manda.

Cuarenta años después, mucho cambió, mucho sigue aquí. En Centroamérica ya no hay guerras civiles, pero las cifras de homicidios no están lejos de una. Si en Caminos verdes Blades cantaba con esperanza “voy llegando a la frontera/ pa’salvarme en Venezuela”, cuatro décadas después hay siete millones de venezolanos expulsados de sus fronteras por un régimen criminal.

¿Y qué decir del Perú? Cuando apareció Buscando América, se cometían atrocidades y Belaunde aseguraba que los informes de Amnistía Internacional había que tirarlos a la basura. Hoy la elite del país —política, económica, mediática— desprecia nuevamente los DDHH más básicos, se amnistían crímenes de lesa humanidad y se busca eliminar su protección en instancias internacionales. El objetivo es poder seguir desapareciendo gente. Se entiende que la señora presidenta y sus valedores estén encantados con el chifa: al que importuna se le chifa. Los apellidos más recurrentes entre las víctimas de “la época del terrorismo” fueron Quispe y Huamán. Tras la represión criminal del Gobierno de Boluarte, los apellidos son Quispe, Huamán y Mamani. Rubén ya nos explicó hace cuarenta años por qué es que se desaparecen. Y ante la desolación peruana solo queda acudir a Rubén de nuevo, rescatar a “la esperanza que no ha muerto”, convencernos de que “vamos a encontrarte en esta oscuridad” y cantar que “ese es nuestro destino, nuestra necesidad”.

https://larepublica.pe/opinion/2024/07/07/creando-america-por-alberto-vergara-178150

8 de junio de 2024

Perú: De la exclusión a la expulsión

Alberto Vergara

El último reporte del INEI no solo señala el incremento de la pobreza sino que muestra un deterioro económico general de la sociedad peruana. Vergara propone una interpretación sobre lo que significa pasar de la exclusión social a la expulsión social.

En un texto de 1987, Hugo Neira proponía que era muy difícil para las ciencias sociales estudiar la acelerada decadencia peruana de aquella época. En la medida que sus premisas y vocabulario se asientan en la idea del progreso estaban muy mal equipadas para observar un país marcado por el deterioro que imponían la violencia senderista y la anomia que la subyacía (que era el tema de aquel artículo).

37 años después nos ocurre algo semejante. La nueva normalidad es el retroceso. Nos cuesta asomarnos a ese proceso, no sabemos cómo nombrarlo, queremos considerarlo un accidente y no una tendencia. El Perú posterior a los años ochenta se asentó de manera decisiva sobre la idea del progreso, del desarrollo, de la mejora, de dejar en el espejo retrovisor aquellos años sombríos que desalentaban al sociólogo Neira y al país entero. Pero no solo se trató de una “narrativa” o embeleco ideológico; el Perú, efectivamente, prosperó, se hizo menos pobre; el desgobierno económico y la violencia fueron superadas. Desde luego, esta nueva prosperidad fue desigual, imperfecta, insuficiente, y contenía los elementos que eventualmente podían servir a su propia destrucción.

Con todo, el Perú de las últimas tres décadas anduvo con las muletas del progreso; progreso tanto en su dimensión de creencia colectiva, como de experiencia a nivel individual. Para decirlo de otra manera, durante las últimas décadas fuimos una sociedad donde habitaba la creencia según la cual, de una manera u otra, progresábamos.

Pero ahora estamos subdesarrollándonos. Rápido. Y no estamos preparados para observar el declive y, mucho menos, terminar de aceptarlo. Brillamos en el oficio de dorar la píldora: encontramos consuelo en las bases macroeconómicas aún estables, nos repetimos que la capacidad de endeudamiento del Estado todavía es importante; nos confortamos resaltando que nuestra tasa nacional de homicidios es aún menor que la de otros países; el cobre, Chancay y el litio devienen amuletos mitológicos de la resurrección; y nunca falta quien convierte a Basadre en gurú de autoayuda para reiterarnos que, además de problema, somos posibilidad. Como no hemos experimentado un crack definitivo, negamos que esté preparándose. Para que sea imposible, lo hemos convertido en impensable. El Perú de estos años es como ese personaje que caía desde un piso cincuenta y al pasar por el 25 reflexionaba: hasta aquí, todo bien.

Los resultados del informe del Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI), publicado hace un par de semanas, son un pedacito de esta historia. Como sabemos, la señora que funge de presidenta quiso ocultar el reporte. Cuando finalmente se hizo público, el dato del aumento de la pobreza atrajo todas las miradas: de 2022 a 2023 se agregaron algo más de medio millón de peruanos en condición de pobreza. Hoy una de cada tres personas es pobre. Más de tres millones de pobres adicionales en relación con el 2019. (Nuestros niveles de pobreza han regresado a los de 2010). Por mucho, la peor performance de la región.

Y aquí es importante subrayar que el umbral metodológico que divide a la pobreza de la no-pobreza es bajísimo. A veces en la discusión pública –y lo noto con mis estudiantes– se desconoce el monto de esa línea divisoria y se piensa que únicamente esos 10 millones de pobres pasan penurias. La gente a penas si cree cuando nota que alguien que gana 500 soles al mes ya no califica como “pobre”. Para decirlo con el lenguaje oficial y tecnocrático, tenemos diez millones “vulnerables” (además de los diez millones de “pobres”). O sea, otro grupo marcado por la carestía. De hecho, somos un país tan misio que los estudios de mercado consideran sector socioeconómico A –que agrupa al exclusivo 1% de las familias peruanas– a hogares con ingresos que apenas si arañarían la clase media en países desarrollados. Pero esto no suele aparecer en la conversación nacional. Aunque sabemos que somos un país pobre, en los sectores con más influencia en la vida nacional no se aquilata cuán pobres somos. Muchos años con el cuento de la nueva clase media.  

Ahora bien, menos discutido que el incremento de la pobreza ha sido otro resultado del mismo informe que resulta espeluznante: a todo el mundo le va peor en el Perú de estos días. Como es evidente, esto no equivale a decir que las consecuencias de esto sean homogéneas o análogas. En los sectores más bajos se traduce en decisiones de corto plazo que a la larga reproducen la pobreza. Por ejemplo, se retira a la hija del colegio para que trabaje o, directamente, se recorta el consumo de comida –y, sobre todo, de aquella con mayor valor alimenticio– pues se debe mantener el dinero para ir a trabajar, costear vivienda, etc…

Sin embargo, la disminución transversal del ingreso tiene consecuencias importantes en todos los estratos. Según el reporte, todos los deciles económicos del país –todos– gastan hoy aproximadamente 10% menos que en 2019. Esto es una paliza para la sociedad.

Pero no solo se trata de una paliza para la situación material de las personas. Este retroceso generalizado frustra las expectativas de las familias, trunca los proyectos personales y destila una amargura nociva. A la crisis económica sigue la crisis de nervios.

En otras palabras, una sociedad que estaba acostumbrada a incrementar sus ingresos –aun si de manera modesta y desigual– y a planificar el futuro desde esa premisa, ahora debe reajustar a la baja cada una de sus expectativas, decisiones y proyectos. Si antes te iba mal, al menos veías que alrededor tuyo había otros mejorando. No más. Ahora, lo que me pasa a mí le está ocurriendo a todos. Es una situación nueva. Ya no podemos pensarnos desde el progreso, sino desde el retroceso. Y no estamos acostumbrados

Estamos poniendo pie en terra incognita. Es decir, en el Perú siempre existió y existe exclusión. Pero ahora llega otra cosa: la expulsión. Carlos Pagni lo ha señalado sobre el conurbano de Buenos Aires. Quedar fuera de lo que habías planeado y deseado. A todos los sectores sociales –probablemente con la excepción de los descomunalmente ricos, unos cuantos miles– los define más la expulsión que la exclusión. Una sociedad gradualmente expulsada de ciertas promesas o esperanzas y empujada a administrar el declive. Personas y familias expulsadas de sus anhelos y obligadas a lidiar con la frustración. Como señala un libro excelente sobre la pobreza en Argentina, a la carestía material se suma la consciencia del deterioro; una ciudadanía que sufre la escasez, pero también la amargura de recordar cuando podía comer milanesas y que considera tener derecho a ellas. (Cómo hacen los pobres para sobrevivir, Javier Auyero y Sofía Servián, Siglo Veintiuno, 2023).

Es importante notar que el retroceso mayor está ocurriendo en el Perú urbano y no en el rural. Obviamente, la pobreza es una calamidad en cualquier lugar, pero experimentar el retroceso en las ciudades necesariamente afecta un cúmulo más complejo de expectativas, en especial de los jóvenes.

Y todo esto sucede, hay que recordarlo, en medio de dos procesos. De un lado, el oro y el cobre alcanzan precios excepcionalmente altos. Hay que esforzarse para empobrecer a un país e instaurar la expulsión social cuando las condiciones internacionales son así de favorables. Dina, sus sobones del Ejecutivo y sus waykis del Legislativo –y sus valedores en distintos ámbitos– están logrando que al desmantelamiento del Estado siga la destrucción de la sociedad. Y les da igual.

De otro lado, este nuevo fenómeno de expulsión social ocurre cuando las economías ilegales se expanden a toda velocidad. 44% del oro ilegal producido en Sudamérica es exportado desde el Perú. En una encuesta 87% de peruanos asegura que algún negocio ilegal dinamiza la economía de su región. Se trata de una ecuación para el susto: el Estado es cómplice de la expansión del crimen, al tiempo que pauperiza a una sociedad que se vuelca a las economías criminales. Un atado de cables pelados.

Si todo esto no se altera pronto, el declive proseguirá. No solamente el incremento de la pobreza, sino la frustración y angustia que impone una normalidad marcada por la zozobra. Un deterioro que hay que enfatizarlo no es solo monetario, sino uno que alcanza múltiples ámbitos de la vida nacional. Nos queda aún por descubrir las consecuencias de esta nueva época marcada por el declive y la expulsión.

https://larepublica.pe/opinion/2024/06/02/de-la-exclusion-a-la-expulsion-por-alberto-vergara-16538