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4 de enero de 2025

Perú: La otra representación

Alberto Vergara

Han aparecido dos buenos libros sobre el rock peruano y Vergara los utiliza para realizar algunos apuntes sobre música, política y sociedad en el Perú

Los politólogos siempre hablamos de representación. (Somos el único homínido conocido por guardarle simpatía a los partidos políticos). Sin embargo, la representación y lo representativo supera a la cuestión política o electoral. En realidad, en el largo plazo cierta representación cultural o artística es largamente más consecuente para las sociedades que la efectuada por funcionarios elegidos. El arte le permite a una sociedad interpretarse, reconocerse, evaluarse, representarse.

La música popular ha sido siempre poderosa para esa tarea. Y en el mundo posterior a la segunda guerra mundial, el rock jugó un papel principal sacando a luz las características centrales de ciertas épocas y moldeando actitudes y hasta hábitos masivos.

Todo esto viene a cuento porque acaban de aparecer dos libros muy logrados sobre el rock peruano: Sube el Volumen: Rock y sociedad 1980-2019 Lima-Perú compilado por los sociólogos Mauricio Flores y Ernesto Bernilla (Octógono ediciones) y Puedes ser tú: el rock peruano en 50 discos esenciales de Raúl Cachay y Francisco Melgar (Reservoir books). Tienen estilos, métodos y propósitos diferentes, pero, en última instancia, son complementarios.

El primero contiene 5 trabajos serios y documentados sobre cinco coyunturas específicas: lo subte en los ochenta, el rock en el Agustino, el chiqui-punk o punk melódico, las relaciones entre cumbia y rock y un capítulo final testimonial sobre el rock contemporáneo en tanto esfera autogestionaria. El segundo libro es un listado cronológico, comentado e ilustrado, de 50 álbumes del rock nacional, escrito en clave periodística y con muchas más recomendaciones que los 50 discos prometidos.

Vale la pena leerlos en conjunto. Un mérito es que superan la historia del hit, del frontman o del público masivo. Se rescata una comunidad rockera, con sus propias redes, barrios, plomos, groupies, su panteón de caídos y un contingente vivo de obstinados emprendedores de nuevas bandas.

Cada lector se acercará a los libros con sus propias lentes, pero yo los he leído preguntándome por la capacidad del rock peruano para representar e influir sobre la sociedad peruana. ¿Hubo o hay margen para algo como eso?

Al menos la voluntad de interpretar al Perú estuvo. No en cada agrupación, tampoco de manera homogénea, ni con igual éxito estético, pero ganas hubo. Quizás El polen fue el primer grupo que se planteó una exploración en clave nacional. Un grupazo. Sus discos aparecen en la primera mitad de los setenta y consiguen producir algunas de las canciones más originales de nuestro cancionero. Mezclan rock progresivo, huayno, folk y ritmos costeños en canciones muchas veces extensas lo cual hacía difícil que llegaran al gran público. Más que la representación de un Perú político o sociológico dominado entonces por Velasco y la reforma agraria, ponen en escena la búsqueda de una sonoridad auténtica.

Al caer el gobierno militar, regresa la democracia:1980 o la promesa de unas elecciones finalmente universales. Al mismo tiempo las ánforas quemadas. La década se abre con Frágil cantando sobre una avenida Larco de cazadores y de presas, sangrienta y con tempestad. Entre sintetizadores progres, entonaciones trovescas y un video que permitió una difusión masiva inédita para un grupo peruano—Dulude y los suyos anticipan que aquí pronto habrá movimiento.

Y hubo. El país se descompone y los músicos componen. La paradoja de los ochenta: en la “década perdida” la cultura produce mejor que nunca. La movida subterránea federa a un pueblo de rabiosos que hace del pogo su institución política preferida (ver el excelente artículo de Fabiola Bazo en Sube el volumen y también Punk and revolution, el libro notable de Shane Greene). Aunque se trata de una coyuntura muy breve, Narcosis y Leusemia, sobre todo, se ganan un sitio mitológico en la historia del rock peruano.

Mientras en los barrios de clase media se poguea, la chicha se impone en zonas que décadas después llamaremos conos. La chicha se convierte en la banda sonora del migrante en la ciudad. Chacalón interpreta a los provincianos y los Shapis al ambulante; Vico y su grupo Karicia a los cachueleros y el grupo Celeste a los cobradores. La epopeya andina y migrante. Los Shapis condensan la actitud general con el título de su disco de 1985 “Del pueblo para el pueblo con amor” (ver el libro de Jesús Cosamalón La historia de la cumbia peruana).

Curiosamente, “el pueblo” está por morir en tanto categoría social y política. Se lo llevará puesto la violencia y el colapso económico de la segunda mitad de los ochenta. Descendimos la “escalera al infierno” de la que canta en 1985 un grupo muy creativo de La Victoria, Del pueblo… del barrio (otra vez el pueblo). Aunque la crónica más lograda de la época es, sin ninguna duda, la que hace Miki González en su álbum Puedes ser tú (1986), respecto del cual noto que existe cada vez más el consenso muy justo de considerarlo el mejor de la historia nacional. Un disco de actitud subte (no en vano en la banda estaban dos ex Narcosis) y de sofisticación postpunk maridada con chicha y panalivio. De los textos de las canciones que evocan la descomposición de aquellos años podríamos hacer un seminario universitario completo, pero quedémonos con el grito más bestia y, lamentablemente, contemporáneo del disco: ¡tanta coca, tanta pasta, tanta sangre, tanta bala!

En el Agustirock de 1992 irrumpe gente del MRTA. Pronto se va a acabar también ese foco de rock popular, paradójicamente, al mismo tiempo que el grupo más exitoso de El Agustino consigue representar a la nueva Lima y recibir el reconocimiento más amplio: Los Mojarras. (ver el libro de Mariano Vargas, Rock en El Agustino, Borrador editores, 2022).

El punto es que, si Fujimori disuelve el congreso peruano en 1992, la crisis había disuelto antes a la sociedad peruana. Nos aplicaron --y nos entregamos-- a una pacificación de amplio espectro.

Saqué mi DNI en 1993 y me gradué de ciudadano votando en contra de la constitución de Fujimori. Y ese mismo año escuché obsesivamente el lindísimo primer álbum de Mar de Copas. Como en toda la escena pública del país, de ahí también se evacuó la furia, el pueblo, cualquier dilema nacional. El disco se abría con Wicho García –exNarcosis—cantando sobre un héroe fugitivo que se marchaba “lejos del infierno aquel”. Todos quisimos desertar del infierno aquel.

En los noventa las ambiciones del rock se hacen más delgadas. Es la hora del punk melódico que analiza Gerardo Silva en Sube el volumen. Por fuera del rock, la chicha pasa al olvido. E irrumpe lo chicha, usualmente como calificativo peyorativo, a caballo entre lo corrupto, lo barato o ilegal (como en “los diarios chicha”, por ejemplo”). Musicalmente, aparece la technocumbia, un género que queda por mucho tiempo asociado multifacéticamente al Fujimorato. A diferencia de la chicha, ya no tiene relación directa con lo andino. Ingresa al mainstream mediático con la promesa de ser puro ritmo, sin trajinar grietas nacionales (ver el capítulo de Flores y Bernilla en Sube el volumen).

Con la vuelta de la democracia el año 2001 el rock recupera una visibilidad institucional. En 2002 el Instituto Nacional de Cultura lo declaró actividad de interés nacional. Críticos de rock reconocidos como Pedro Cornejo tuvieron programas de radio o televisión. En el cable se establecieron programas que dieron difusión a muchos buenos grupos.

Pero tengo la impresión de que en los últimos años ocurre un fenómeno estructural e insalvable. En el siglo XXI a la sociedad deja, gradualmente, de interesarle el rock. No es ya el lenguaje ni el sonido de la juventud. De los 50 discos que Cachay y Melgar han seleccionado, solo 8 aparecieron en el siglo XXI; en el mismo número de años entre 1963 y 1987 consignan 22.

Ahora bien, en los últimos años aparecen proyectos muy buenos y, sin embargo, no alcanza para llegar al público general. Pienso en El hombre misterioso, por ejemplo. A pesar del reconocimiento –diría, unánime—en la comunidad rockera no se constituye en intérprete de la sociedad.

Lo cual no es un fenómeno peruano. Probablemente, Nirvana fue el último episodio en que el rock consiguió capturar el espíritu de una época y, al mismo, tiempo moldearlo. (Supongo que Radiohead cumplió con algo de esto también). Pero el siglo XXI ni se mueve ni se piensa desde el rock. Es curioso que un género cuyo espíritu estuvo siempre asociado a la liberación juvenil --la rebeldía y autonomía frente a un orden impuesto por padres y sociedad-- hoy es una afición de viejos.

El mejor rock ya no puede ser rock. Quiero decir, si es que aspira a cumplir su función social y a capturar la imaginación general. El rock, después de todo, fue una actitud y no solo un género musical. El ejemplo que me viene a la mente es The pogues, la agrupación que reciclando folclor irlandés se convirtió en la mejor banda de punk de los ochenta. No hacían punk, pero eran panquecazos.

De la misma manera, el rock tendrá que encontrarse con sonidos más contemporáneos si quiere cumplir con su mandato. En el Perú probablemente eso pasa por un acercamiento con la cumbia. Si esta se ha convertido en un género muy transversal en términos regionales y sociales, no da lugar a actitudes inconformes. Más bien, grupos como La mente o La nueva invasión han mezclado la actitud del rock con esas sonoridades y han producido música con posibilidades de representarel Perú contemporáneo. Y que Los Mirlos vayan a tocar en el mítico festival Coachella apunta en la misma dirección.

En cualquier caso, se trata de un mundo muy fragmentado y fugaz. La tarea de representarlo aparece igual de evanescente para el político que para el artista. Por eso seguimos cantando Contigo Perú, cincuenta años después de que los militares la encargaran. Y, sin embargo, aquí sigo esperando las canciones de la época. Ya no podré ser un aficionado del urban, trap, k-pop o reggeaton, porque mi cerebro musical fue cableado hace mucho; pero sigo confiando en que el rock pueda entremezclarse con sonidos más contemporáneos y producir la representación musical de la época en sus propios e inconformes términos. Mientras tanto, regreso al nuevo disco de The Cure, cuyo título promete traerme canciones provenientes de un mundo perdido.

FUENTE:  https://larepublica.pe/opinion/2024/12/04/la-otra-representacion-por-alberto-vergara-103064

13 de julio de 2024

Creando América

Alberto Vergara

Hace cuarenta años apareció Buscando América, el disco de Rubén Blades. Vergara lo celebra, comenta y termina subrayando su relevancia para América Latina y el Perú de hoy.

Como a mi papá la música no le interesa nada, sospecho que aquel casete llegó a su casa porque el recién divorciado andaba chiboleando. Buscando América. ¿Quién lo dejaría tirado? Era 1991. Me jaló el ojo por una coincidencia: poco tiempo antes había sido el concierto de Amnistía Internacional en Chile, y aunque lo vi por televisión esperando la actuación de Sting y Sinead O’Connor —los ídolos del adolescente que era—, en realidad, ahí descubrí a Rubén Blades. En especial, una canción titulada ‘El padre Antonio y el monaguillo Andrés’ (cuya letra estuvo escrita por años en la pared de mi cuarto). Así, por esa canción, me senté a escuchar el casete. Y fui. Arrastrado a territorio bladesiano y salsero. Paradójicamente, con un álbum que era una ruptura tremenda con la salsa. Incluso con la salsa hecha por el propio Blades. Pero entonces yo no sabía nada de esto. Lo único concreto es que por una suma de carambolas —después de todo, la vida te da sorpresas—, Buscando América me estaba partiendo la cabeza.

Buscando América cumple cuarenta años. Apareció en 1984. Ahí Blades realiza tantas cosas importantes que uno no sabe por dónde comenzar: ¿con la salsa revolucionada, sin vientos, con batería y sintetizadores?, ¿con los textos bellos y avezados?, ¿con el sonero afilado?

La dificultad está en que Buscando América es más que un gran álbum; es un evento cultural mayor. Tengo la impresión de que la genialidad de Blades es montar un proyecto cuyo propósito literal es buscar a América Latina, pero su intención profunda es crearla (no inventarla).

En un primer sentido, este esfuerzo por crear América Latina venía desde los setenta e inicios de los ochenta. Se trata de un primer sentido social y cultural, digamos. En discos como Metiendo mano (1977), Siembra (1978) o Maestra vida (1980) —todos en colaboración con Willie Colón—, el panameño ya se había sumado a la cadena de artistas e intelectuales que, poco a poco, han construido la idea de la “patria grande”. A través de la música del Caribe, Blades sigue construyendo eso que Monsiváis llamó el “aire de familia”. Juan Pachanga y Pedro Navaja, Paula C y Carmelo da Silva, Cipriano Armenteros y Camilo Manrique, entre tantos otros, son personajes de ningún lado y, por eso mismo, pueden encarnar a la esquiva Latinoamérica.

En Buscando América agrega dos dimensiones a este sentido creador. La primera es musical. El ancla sigue estando en el Caribe, pero lo desborda. Estrena una banda con influencias del rock y el latin jazz: Seis del Solar. Una salvajada de banda. Era su primer disco sin Willie Colón, quien le había dado un sonido particular, con vientos y trombonazos como truenos caribeños. (Leonardo Padura ha escrito con justicia que la separación de Rubén y Willie es como la de McCartney y Lennon). Y, por cierto, también era el primer álbum que hizo fuera de la Fania. Seis del Solar, entonces, rompe con ese molde previo. América Latina ya no cabe solamente en esa vertiente del Caribe. Hay
  que ir más allá. Al Caribe anglófono, por ejemplo, incluyendo un reggae en forma; o maridando la nostalgia limeña de nuestro César Miró con un arreglo medio playero y una fuga salsera sin frenos; o Caminos verdes que combina una atmósfera afro y folk con unos sintetizadores de sabor progresivo (¿new age?). Sigue, en síntesis, creando América Latina, ahora una aún más abarcadora desde la música.

La segunda dimensión novedosa: la política. En Buscando América, Rubén Blades pasa a crear un horizonte político para la región. Sus personajes previos circulaban entre la hipocresía y el arribismo (la pareja plástica), entre la fiesta y el pesar (Juan Pachanga), entre la voluntad y la decepción (Pablo Pueblo), entre la felicidad y la discriminación (Ligia Elena), entre el drama y la comedia (el camusiano Ramiro da Silva); pero ninguno aparece enmarcado por algún tipo de régimen político, democrático o autoritario.

Esto cambia en Buscando América. Sus personajes ya no están únicamente condicionados por cuestiones sociales, sino por la política. (Por cierto, el álbum aparece el año que Blades ingresa a la maestría en Derecho Internacional en Harvard y diez años antes de ser candidato presidencial en Panamá: está haciendo una transición personal también). El punto es que aparece aquí la política en un sentido creativo: debemos crear eso que no somos y deberíamos ser. Y la apuesta es radicalmente democrática. Buscar a América pasa por crear una América democrática.

Y ciudadana. No en vano el álbum se abre con una canción en la que el coro convoca a que la ciudadanía salga y haga sus apuestas. Cada quien responsable de sus decisiones: la exseñorita que no ha decidido qué hacer, el galante señor de la casa de alquiler y el borracho que hunde el pie en el acelerador. Ciudadanía y agencia en un solo combo. Casi Hannah Arendt. O cercano a Octavio Paz: “En mi utopía política no todos somos felices, pero, al menos, todos somos responsables”.

Ahora bien, la ciudadanía como institución solo es posible en democracia. Tras nombrar a la ciudadanía en la primera canción, Blades nos traslada a un mundo donde ha sido eliminada. El segundo track es GDBD (“gente despertando bajo dictaduras”, según la leyenda). Es el corte más audaz del álbum: se declama un texto en segunda persona sin acompañamiento musical. Aunque Blades se refiere a este como un cuento, a mí siempre me ha parecido el guion de un plano-secuencia que va desde el momento en que un hombre despierta hasta que sale al trabajo. Entre esos dos puntos, se entrevé que se trata de un agente de seguridad del Estado. Mientras realiza las acciones mañaneras cotidianas (se afeita y se corta, se seca con una toalla que dice Disneylandia, pisa los orines del perro, la esposa le recuerda que debe pagar la escuela de los niños), también nos enteramos de que “hoy van a arrestar al tipo”, así que coge sus lentes oscuros, su libreta, su revólver y sale a la calle, donde “aún está oscuro, pero huele a mañana, varón”.

El dato crucial está en el primer verso: no ha dormido bien. Además, cuando se baña, no canta. Y es claro que la mujer está incómoda con su presencia, ni siquiera molesta. El hombre anda metido en algo oscuro.

La siguiente canción permite dilucidar en qué puede estar involucrado: ‘Desapariciones’. Ahí —con el bajo de Mike Viñas mandando cual si hubiera escapado de los Wailers o de Black Uhuru—, Blades canta en primera persona la angustia de los familiares de desaparecidos. Buscan al esposo, a la hermana, al hijo que “a veces es terco cuando opina”; describen cómo iban vestidos, listan las instituciones públicas a las que han acudido. El coro de la canción termina lanzando las preguntas y respuestas fundamentales de la vida política: “¿Y por qué es que se desaparecen?… porque no todos somos iguales”.

Algo semejante ocurre en ‘El padre Antonio y el monaguillo Andrés’, inspirada en el homicidio de monseñor Romero en El Salvador. El cronista nos cuenta el asesinato de un cura que da el sermón en manga’e camisa, que “condena la violencia” y cae abatido junto con el monaguillo Andrés, un chiquillo que muere sin conocer a Pelé. Y, sin embargo, tras el cierre terrible de la crónica —“entre el grito y la sorpresa, agonizando otra vez/ estaba el Cristo de palo clavao a la pared”— pasamos a una fuga endiabladamente salsera y en la cual la luz empieza a abrirse camino. Mientras el coro repite que “suenan las campanas”, Blades sonea que suenan para celebrar, nuestra libertad, que la tierra va a temblar y que el mundo va a cambiar.

Blades está ayudando a crear la posibilidad de la democracia en el continente. Está muy lejos del panfleto revolucionario. Aquí los héroes no van “matando canallas con su cañón de futuro”. Ni siquiera hay héroes propiamente. La recuperación de América aparece como una tarea colectiva, ciudadana. Que es lo que reaparece en la canción que cierra el álbum y que también se llama Buscando América. Ahí retrata un continente perdido en la oscuridad. Sin embargo, retruca Blades, a “nosotros nos toca ponerte en libertad”. Así, al cerrarse el disco regresa a la ciudadanía y a un futuro que solo podrá ser el que ella construya. Buscando América se trata menos de crear a América Latina en tanto unidad cultural, que de crearla como territorio democrático. Donde no se tortura, desaparece ni olvida; donde la ciudadanía manda.

Cuarenta años después, mucho cambió, mucho sigue aquí. En Centroamérica ya no hay guerras civiles, pero las cifras de homicidios no están lejos de una. Si en Caminos verdes Blades cantaba con esperanza “voy llegando a la frontera/ pa’salvarme en Venezuela”, cuatro décadas después hay siete millones de venezolanos expulsados de sus fronteras por un régimen criminal.

¿Y qué decir del Perú? Cuando apareció Buscando América, se cometían atrocidades y Belaunde aseguraba que los informes de Amnistía Internacional había que tirarlos a la basura. Hoy la elite del país —política, económica, mediática— desprecia nuevamente los DDHH más básicos, se amnistían crímenes de lesa humanidad y se busca eliminar su protección en instancias internacionales. El objetivo es poder seguir desapareciendo gente. Se entiende que la señora presidenta y sus valedores estén encantados con el chifa: al que importuna se le chifa. Los apellidos más recurrentes entre las víctimas de “la época del terrorismo” fueron Quispe y Huamán. Tras la represión criminal del Gobierno de Boluarte, los apellidos son Quispe, Huamán y Mamani. Rubén ya nos explicó hace cuarenta años por qué es que se desaparecen. Y ante la desolación peruana solo queda acudir a Rubén de nuevo, rescatar a “la esperanza que no ha muerto”, convencernos de que “vamos a encontrarte en esta oscuridad” y cantar que “ese es nuestro destino, nuestra necesidad”.

https://larepublica.pe/opinion/2024/07/07/creando-america-por-alberto-vergara-178150