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20 de mayo de 2025

El papa de todas las sangres

Natalia Sobrevilla

Los sentimientos de identificación que suscita León XIV, que hoy dará su primera misa

No estudié en colegio religioso. Mi familia acude a dos misas al año. De la catequesis que hice para mi primera comunión en Ciudad de México, solo recuerdo los juegos en el parque al frente de la parroquia. De adolescente leí la Biblia con un grupo de protestantes y, de esos pocos meses, lo único que me queda es la convicción de que el Viejo Testamento supera a cualquier otro texto literario. El austriaco con quien me casé había sido interno en una escuela de hermanos de La Salle con escándalos de abusos sexuales de tal magnitud que su madre, devota de la misa en latín, le pidió disculpas por haberlo mandado ahí, y ella me solía decir que yo no tenía mucha idea sobre nuestra religión en común.

Y sin embargo, a pesar de haber hecho todo este repaso, confieso que he sentido una gran conexión con la elección del nuevo pontífice.

Desde el 8 de mayo he seguido compulsivamente las reacciones tras el cónclave y he consumido toda historia aparecida sobre el hoy papa León XIV; desde la de la monja que fue su profesora de Teología, pasando por las de sus hermanos, las de los genealogistas aficionados y, por supuesto, las de mis compatriotas naturales de Chiclayo que testimonian su afición por las bromas.

Quizás mi identificación se deba, hasta cierto punto, a que en febrero de este año conocí en un evento en el Vaticano al cardenal Robert Francis Prevost, quien, al igual que yo, reflexionó sobre la vida y la obra de Juan Pablo Vizcardo y Guzmán, un jesuita arequipeño exiliado en Italia y Londres a fines del siglo XVIII. Cuando colgué una foto en mis redes sociales, la periodista Paola Ugaz me escribió al instante para contarme que se trataba de un “papable”, y me aseguró que había sido uno de los aliados más importante en la lucha contra los abusos del Sodalicio en Perú.

Su nombre no apareció mucho durante el cónclave, quizás por estar entre los más jóvenes, por ser estadounidense, o por haber desarrollado una parte importante de su carrera en los márgenes, principalmente en el norte del Perú. Por eso cuando apareció el humo blanco y se anunció su nombre, quedé impactada ante el hecho de que el único cardenal que había conocido en mi vida hubiera sido elegido papa.

Se entenderá, entonces, esta súbita fascinación con su historia y, sobre todo, con la manera en que diversas comunidades han establecido conexiones con él. Sentirme una migrante, como lo ha sido él, es un fuerte ingrediente, además, que se añade al hecho de compartir un DNI peruano.

Cuando dicen que el actual papa es peruano porque esa es la nacionalidad que eligió, me pregunto: ¿tener el pasaporte del Reino Unido me hace inglesa también? Un amigo inglés me ha repetido muchas veces que soy tan británica como la reina de Inglaterra, a pesar de que nunca me he dejado de sentir peruana y que muchos aquí nunca dejarán de imaginarme foránea por mi acento. Cada uno vive su identidad a su manera y, sin duda, el flamante papa León XIV dejó eso muy claro cuando apareció por primera vez en público y consideró —en un más que correcto español— que Chiclayo es “su diócesis”, ¿pero eso lo hace peruano?

Que el papa eligiera hablar en esa ocasión en italiano y español incomodó a algunos comentaristas estadounidenses, a pesar de que el mismo cardenal de Nueva York había declarado que, al iniciarse el cónclave, la delegación que llegó desde su país no lo consideraba uno de los suyos. Pero eso que parecía jugarle en contra se convirtió en una ventaja, porque no le fue difícil comunicarse con ellos en su propia lengua y desde su propia cultura: era, al fin y al cabo, un norteamericano.

Por otro lado, su larga experiencia en el Perú, además de su cercanía con Francisco, lo acercó al contingente latinoamericano, que supo reconocer en él a un candidato perfecto. Varios de ellos pensaban que después de un argentino iba a ser muy difícil que el siguiente papa fuera a venir de sus canteras. El cardenal Prevost conocía, además, mucho más que la lengua: se siente cómodo con nuestra cultura, como ha demostrado en muchas de sus interacciones. Y, por otro lado, su inglés también facilitó su comunicación con los cardenales de Asia y África.

Prevost también habla perfectamente el italiano, una lengua indispensable para ser obispo de Roma, y sus años como prior de la orden de los agustinos entre 2001 y 2013 lo llevaron por todo el mundo. Maneja además el francés y el portugués, y puede leer el alemán y el latín, lo cual hace fluidas sus conversaciones con los europeos. Se trata, pues, de un internacionalista; alguien que sabe relacionarse con personas de todas partes, y que tiene experiencia intercultural y multilingüe.

Lo reclaman con memes y bromas los chiclayanos, los habitantes de Chicago, así como la comunidad de su alma mater, la Universidad de Villanova. Lo hacen también los matemáticos, los agustinos y cuanto equipo de básquet, béisbol y fútbol ha podido, a pesar de que él ya ha dejado en claro que lo suyo es el tenis. Han aparecido fotos y videos suyos montado en un burro, comiendo seco norteño, en en un partido de béisbol, cantando como José Feliciano y frente a innumerables tortas, así como rodeado de escolares, monjas y seminaristas.

Interesante ha sido también el debate sobre su origen étnico. Primero se le describió como descendiente de franceses, italianos y españoles —su segundo apellido es Martínez—; pero el análisis se tornó más interesante cuando se reveló que la familia de su madre era de Nueva Orleans, perteneciente a la denominada cultura creole, y que muchos de sus antepasados aparecen listados en los censos como negros o mulatos.

Uno de sus bisabuelos provenía de Haití, o tal vez de República Dominicana: se trataba de personas que “pasaban como blancos”, y el tiempo y la mudanza a Chicago dejaron atrás esas referencias. Quizás esto sea algo que haga al actual papa mucho más latinoamericano que su conexión peruana: la historia de su familia es una de mestizaje y la suya, personal, es la de trascender a las etiquetas fáciles.

Celebremos, entonces, a nuestro papa del continente americano. Alguien que, al igual que muchos de nosotros, reconoce lo que implica provenir de culturas diversas y que, además, sabe lo que significa vivir en lugares lejos de casa y hacer un nuevo hogar allá, a donde se vaya.

https://jugo.pe/el-papa-de-todas-las-sangres/

9 de mayo de 2025

León XIV

César Hildebrandt

"Un hombre que demandó a Fujimori para que pidiera perdón por lo que hizo no es alguien que pueda pasar por alto los asesinatos impunes de la señora Boluarte"

Se arrima a la sombra de León XIV la señora Boluarte. Está orgullosa de que un Papa con paralela nacionalidad peruana esté sentado en el Vaticano. Y sale a recitar, desde sus cejas, un discursito que la incluya en el acontecimiento.

Pero el sentimiento no es recíproco. Porque no hay duda de que Robert Prevost, al igual que el 94 por ciento de los peruanos, no siente simpatía alguna por esta señora de alhajas, párpados y cadáveres. Un hombre que demandó a Fujimori para que pidiera perdón por lo que hizo no es alguien que pueda pasar por alto los asesinatos impunes de la señora Boluarte.

Prevost ha elegido su nombre papal por lo que significó León XIII, el líder católico que en 1891 se atrevió a lanzar proclamas como esta:

“Es urgente proveer de la manera oportuna el bien de las gentes de condición humilde, pues es mayoría la que se debate indecorosamente en una situación miserable y calamitosa, ya que, disueltos en el pasado siglo los antiguos gremios de artesanos, sin ningún apoyo que viniera a llenar su vacío, desentendiéndose las instituciones públicas y las leyes de la religión de nuestros antepasados, el tiempo fue insensiblemente entregando a los obreros, aislados e indefensos, a la inhumanidad de los empresarios y a la desenfrenada codicia de los competidores…”

Sí, es uno de los mensajes de la encíclica Rerum Novarum (Respecto de las nuevas cosas). No es el único. Aquí va otro, que va a renglón seguido del anterior:

“Hizo aumentar el mal la voraz usura, que, reiteradamente condenada por la autoridad de la Iglesia, es practicada, no obstante, por hombres codiciosos y avaros bajo una apariencia distinta. Añádase a esto que no sólo la contratación del trabajo, sino también las relaciones comerciales de toda índole, se hallan sometidas al poder de unos pocos, hasta el punto de que un número sumamente reducido de opulentos y adinerados ha impuesto poco menos que el yugo de la esclavitud a una muchedumbre infinita de proletarios”.

Rerum Novarum no es una declaración revolucionaria, por supuesto. Es una advertencia a los dueños del mundo sobre lo que puede pasar si no entienden de qué hondura es el abismo que les espera. Es una súplica cargada de experiencia. Sin nombrarla explícitamente, León XIII señala que la izquierda marxista, que en 1891 se paseaba como un fantasma por toda Europa, es el gran peligro:

“Los socialistas, atizando el odio de los indigentes contra los ricos, tratan de acabar con la propiedad privada de los bienes, estimando mejor que, en su lugar, todos los bienes sean comunes y administrados por las personas que rigen el municipio o gobiernan la nación”.

La doctrina de la Rerum Novarum defiende la propiedad privada, pero también su moderación y el deber cristiano de la caridad. Y asume que el día que los proletarios tengan poder de disponer de un patrimonio propio, la sociedad habrá de verse menos agitada:

“Si el obrero percibe un salario lo suficientemente amplio para sustentarse a sí mismo, a su mujer y a sus hijos, dado que sea prudente, se inclinará fácilmente al ahorro y hará lo que parece aconsejar la misma naturaleza: reducir gastos, al objeto de que quede algo con que ir constituyendo un pequeño patrimonio. Pues ya vimos que la cuestión que tratamos no puede tener una solución eficaz si no es dando por sentado y aceptado que el derecho de propiedad debe considerarse inviolable. Por ello, las leyes deben favorecer este derecho y proveer, en la medida de lo posible, a que la mayor parte de la masa obrera tenga algo en propiedad. Con ello se obtendrían notables ventajas, y en primer lugar, sin duda alguna, una más equitativa distribución de las riquezas”.

En suma, León XIII lanzó una voz de alarma que el mundo no quiso oír. Muchos podrán decir que en la Rerum Novarum hay mucho lampedusismo y no se equivocarán. Pero plantear en 1891 un mensaje que recordara a las élites las condiciones de oprobio en las que mantenían a los trabajadores fue todo un gesto de audacia y ruptura. El antecesor de León XIII, Pío IX, había apostado por el inmovilismo más escrupuloso y pasó a los anales vaticanistas por haber decretado la monárquica infalibilidad papal.

El Papa recién elegido enfrenta un mundo mucho más complicado y angustioso que el que tuvo que ver León XIII. El monstruoso escenario de hoy parece decidido a exiliar toda ética de las relaciones internacionales y a convertir la codicia en una religión. La decadencia de Occidente, que parecía una profecía demasiado precoz cuando Spengler la enunció, es hoy una realidad que pocos se atreven a refutar. Asistimos al fin de un gran ciclo civilizatorio y al comienzo de una era impredecible en la que todo parece niebla y desencuentro. No sólo es la sociedad la que parece estar expirando: el planeta mismo agoniza envenenado por el progreso tóxico y la urgencia de los índices de crecimiento siempre insaciables. Como si vivir consistiera en acopiar. Como si el consumo que depreda la esfera inexplicable en la que vivimos fuera lo único importante.

Ese escenario de ruina extendida alcanza a la iglesia católica, golpeada por el evangelismo de derechas, por sus propias taras, por su rancia misoginia, por el encubrimiento de los pederastas infiltrados en sus filas, por su ostentación de riquezas y por su anticristiana vinculación con los sectores más ricos y reaccionarios de la sociedad. En ese sentido, no dudo que Juan Pablo II, santificado malamente, es el hombre que más daño contemporáneo le hizo a la iglesia del calvario y la cruz.

Prevost, que conoce la miseria del Perú y que dio muestras en estas tierras de su preocupación por entender las causas del malestar social, tiene una tarea gigantesca que Francisco apenas pudo empezar: impedir que el crepúsculo de todos los dioses del Occidente incluya al dios de los católicos romanos. Porque la iglesia de León XIV tiene dos opciones: o se pone al día alejándose de la tradición que Escrivá de Balaguer convirtió en Nuevo Testamento, o continuará desvaneciéndose.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 732 año 16, del 09/05/2025

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