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20 de mayo de 2025

El papa de todas las sangres

Natalia Sobrevilla

Los sentimientos de identificación que suscita León XIV, que hoy dará su primera misa

No estudié en colegio religioso. Mi familia acude a dos misas al año. De la catequesis que hice para mi primera comunión en Ciudad de México, solo recuerdo los juegos en el parque al frente de la parroquia. De adolescente leí la Biblia con un grupo de protestantes y, de esos pocos meses, lo único que me queda es la convicción de que el Viejo Testamento supera a cualquier otro texto literario. El austriaco con quien me casé había sido interno en una escuela de hermanos de La Salle con escándalos de abusos sexuales de tal magnitud que su madre, devota de la misa en latín, le pidió disculpas por haberlo mandado ahí, y ella me solía decir que yo no tenía mucha idea sobre nuestra religión en común.

Y sin embargo, a pesar de haber hecho todo este repaso, confieso que he sentido una gran conexión con la elección del nuevo pontífice.

Desde el 8 de mayo he seguido compulsivamente las reacciones tras el cónclave y he consumido toda historia aparecida sobre el hoy papa León XIV; desde la de la monja que fue su profesora de Teología, pasando por las de sus hermanos, las de los genealogistas aficionados y, por supuesto, las de mis compatriotas naturales de Chiclayo que testimonian su afición por las bromas.

Quizás mi identificación se deba, hasta cierto punto, a que en febrero de este año conocí en un evento en el Vaticano al cardenal Robert Francis Prevost, quien, al igual que yo, reflexionó sobre la vida y la obra de Juan Pablo Vizcardo y Guzmán, un jesuita arequipeño exiliado en Italia y Londres a fines del siglo XVIII. Cuando colgué una foto en mis redes sociales, la periodista Paola Ugaz me escribió al instante para contarme que se trataba de un “papable”, y me aseguró que había sido uno de los aliados más importante en la lucha contra los abusos del Sodalicio en Perú.

Su nombre no apareció mucho durante el cónclave, quizás por estar entre los más jóvenes, por ser estadounidense, o por haber desarrollado una parte importante de su carrera en los márgenes, principalmente en el norte del Perú. Por eso cuando apareció el humo blanco y se anunció su nombre, quedé impactada ante el hecho de que el único cardenal que había conocido en mi vida hubiera sido elegido papa.

Se entenderá, entonces, esta súbita fascinación con su historia y, sobre todo, con la manera en que diversas comunidades han establecido conexiones con él. Sentirme una migrante, como lo ha sido él, es un fuerte ingrediente, además, que se añade al hecho de compartir un DNI peruano.

Cuando dicen que el actual papa es peruano porque esa es la nacionalidad que eligió, me pregunto: ¿tener el pasaporte del Reino Unido me hace inglesa también? Un amigo inglés me ha repetido muchas veces que soy tan británica como la reina de Inglaterra, a pesar de que nunca me he dejado de sentir peruana y que muchos aquí nunca dejarán de imaginarme foránea por mi acento. Cada uno vive su identidad a su manera y, sin duda, el flamante papa León XIV dejó eso muy claro cuando apareció por primera vez en público y consideró —en un más que correcto español— que Chiclayo es “su diócesis”, ¿pero eso lo hace peruano?

Que el papa eligiera hablar en esa ocasión en italiano y español incomodó a algunos comentaristas estadounidenses, a pesar de que el mismo cardenal de Nueva York había declarado que, al iniciarse el cónclave, la delegación que llegó desde su país no lo consideraba uno de los suyos. Pero eso que parecía jugarle en contra se convirtió en una ventaja, porque no le fue difícil comunicarse con ellos en su propia lengua y desde su propia cultura: era, al fin y al cabo, un norteamericano.

Por otro lado, su larga experiencia en el Perú, además de su cercanía con Francisco, lo acercó al contingente latinoamericano, que supo reconocer en él a un candidato perfecto. Varios de ellos pensaban que después de un argentino iba a ser muy difícil que el siguiente papa fuera a venir de sus canteras. El cardenal Prevost conocía, además, mucho más que la lengua: se siente cómodo con nuestra cultura, como ha demostrado en muchas de sus interacciones. Y, por otro lado, su inglés también facilitó su comunicación con los cardenales de Asia y África.

Prevost también habla perfectamente el italiano, una lengua indispensable para ser obispo de Roma, y sus años como prior de la orden de los agustinos entre 2001 y 2013 lo llevaron por todo el mundo. Maneja además el francés y el portugués, y puede leer el alemán y el latín, lo cual hace fluidas sus conversaciones con los europeos. Se trata, pues, de un internacionalista; alguien que sabe relacionarse con personas de todas partes, y que tiene experiencia intercultural y multilingüe.

Lo reclaman con memes y bromas los chiclayanos, los habitantes de Chicago, así como la comunidad de su alma mater, la Universidad de Villanova. Lo hacen también los matemáticos, los agustinos y cuanto equipo de básquet, béisbol y fútbol ha podido, a pesar de que él ya ha dejado en claro que lo suyo es el tenis. Han aparecido fotos y videos suyos montado en un burro, comiendo seco norteño, en en un partido de béisbol, cantando como José Feliciano y frente a innumerables tortas, así como rodeado de escolares, monjas y seminaristas.

Interesante ha sido también el debate sobre su origen étnico. Primero se le describió como descendiente de franceses, italianos y españoles —su segundo apellido es Martínez—; pero el análisis se tornó más interesante cuando se reveló que la familia de su madre era de Nueva Orleans, perteneciente a la denominada cultura creole, y que muchos de sus antepasados aparecen listados en los censos como negros o mulatos.

Uno de sus bisabuelos provenía de Haití, o tal vez de República Dominicana: se trataba de personas que “pasaban como blancos”, y el tiempo y la mudanza a Chicago dejaron atrás esas referencias. Quizás esto sea algo que haga al actual papa mucho más latinoamericano que su conexión peruana: la historia de su familia es una de mestizaje y la suya, personal, es la de trascender a las etiquetas fáciles.

Celebremos, entonces, a nuestro papa del continente americano. Alguien que, al igual que muchos de nosotros, reconoce lo que implica provenir de culturas diversas y que, además, sabe lo que significa vivir en lugares lejos de casa y hacer un nuevo hogar allá, a donde se vaya.

https://jugo.pe/el-papa-de-todas-las-sangres/

18 de mayo de 2025

El Papa móvil

Juan Manuel Robles

"El Perú fue su escuela y, a decir de los perfiles que van saliendo, el modelo a escala de un montón de conflictos globales"

El guionista de ese gran melodrama llamado Perú —ya se sabe— es intenso, desmesurado y juguetón. Le encantan los plot twists justo al final de la temporada (o al borde del abismo). Donde hay desolación siembra esperanza, pero lo hace a la peruana: con mucho ruido y una gran orquesta norteña. El guionista de Perú —que a veces se parece al Dios malvado del Viejo Testamento— decidió sazonar las desventuras de la golpeada patria con un hecho insólito: un Papa peruano. ¿Quién se lo esperaba? Nadie. El único que mencionó al cardenal Robert Prevost en los días del cónclave fue el periodista Pedro Salinas y pareció más un deseo motivado por la fe. Pero así pasó: el jueves 8 de mayo salió el humo blanco y la noticia se esparció, y en cosa de segundos ahí estaba: el DNI azul, con foto y vicuña. El guionista, como a veces ocurre, dispone un evento sin calcular las dimensiones; lo que sigue está fuera de sus manos: se arma la fiesta, la novelería y la fiebre.

Si había alguna duda de que Robert Francis Prevost es peruano, se acabó con las decenas de imágenes en que aparece hablando el idioma de los peruanos, que no es el castellano sino el combo. No, no hablamos de una causa de cangrejo en La Mar o un lomo saltado en La Huaca. Hablamos del seco con cabrito bien taipá con su frejol más, el frito chiclayano con chancho tierno para empezar el día. Hablamos de fotos sirviéndose de una olla gigante o comiendo sentado en la silla de plástico blanco. Pero en realidad, ya estaba probada la peruanidad papal cuando, en su primera aparición frente al mundo, dijo “saludos a mi querida diócesis de Chiclayo”; mandar un saludo para la mancha en el momento de mayor gloria es demasiado peruano. La autenticidad de la peruanidad de León XIV es inversamente proporcional a “el Papa es Charapa” de aquel polaco que detestaba a los comunistas y protegía a los pederastas.

Por cierto, León XIV posee la misma arma que tenía Juan Pablo II: es políglota. Será un nuevo peregrino, sin duda. Las primeras semblanzas de la televisión estadounidense dan cuenta de su vocación nómada: “De Chicago a Chiclayo”, titulan.

Prevost ha dicho que no sería Papa si no hubiera sido obispo en nuestro país. El Perú fue su escuela y, a decir de los perfiles que van saliendo, el modelo a escala de un montón de conflictos globales. Conoció el terrorismo en su primer viaje (Sendero Luminoso amenazaba a sacerdotes extranjeros en Chulucanas y otras ciudades de la costa norte), supo también del terrorismo de Estado que sembraba miedo en la población, y de la normalización del abuso de los militares (que se robaban las donaciones que recolectaba la iglesia con fines de caridad). Conoció lo que puede hacer el clima en el tercer mundo: sufrió los estragos del fenómeno de El Niño, que por supuesto se llama así por el niño Jesús, que nace en diciembre. Conoció las inundaciones y los daños, las autoridades que no escuchan, el desamparo de un país que es como el mundo: las periferias importan muy poco.

Conoció los efectos del daño ecológico y cómo persiste el ímpetu depredador: vio el avance destructivo de la minería (legal e ilegal). Conoció la fila interminable de almas que llegaron al norte del Perú: los desplazados de la migración venezolana, que no es otra cosa que el preludio de un montón de migraciones, las que vendrán y las que protagonizaremos en un mundo que se descompone. Conoció los efectos de una pandemia global y hasta qué punto la precariedad de naciones como el Perú es mortal: él mismo organizó una colecta para comprar una planta de oxígeno para Chiclayo (que no tenía ninguna). Vio, hacia el final de su estadía, un nuevo capítulo de la represión peruana: en solo días se mataba a decenas de manifestantes inocentes, en pleno 2023.

Hay algo que han descrito todos aquellos que estuvieron cerca del ahora Papa: era un pastor con olor a oveja. Prevost hizo de la cercanía con la gente su modo de trabajo. Incluso cuando fue nombrado obispo en 2015 siguió haciendo las cosas personalmente: empapándose durante las inundaciones para llevar ayuda, manejando su carro para trasladarse, llenándose de tierra. Celebró siempre con los vecinos, cantó en sus fiestas. En tiempos de redes sociales e imágenes poderosas, hay una que sin duda forjó su estampa: Prevost montado en un caballo para ir a los pueblos más alejados, cargado de crucifijos y vinos.

El nuevo Papa llega con la imagen corpórea de un misionero que parece haber dejado de serlo ayer mismo (en realidad, estrictamente no lo era hacía décadas). Un hombre de acción que a los 69 años está en forma debido, sin duda, a esa energía solidaria. La iglesia católica gana un representante que termina de consolidar un acercamiento a los desposeídos (algunos dicen que solo es simbólico; otros, que se trata de un viraje real). Si con Francisco la iglesia tuvo un cambio de discurso, con León hay un ejemplo viviente de la misión evangelizadora, aún más lejos del trono, los aposentos y las alhajas.

¿Sirve de algo la noticia de un Papa peruano en un país que se desangra? ¿Sirve saber que se enamoró del Perú? ¿O es solo una anécdota consuelo, un escape y una evasión para no pensar en los problemas (como lo es sin duda para Dina)? Yo, que soy ateo militante, no me siento tan escéptico.

Los peruanos ganamos, con este Papa inesperado, un ejemplo de que la solidaridad real existe. Porque la labor social de Prevost, si uno se queda en la fotografía, se parece a algo que también hacen los políticos de vez en cuando. Solo que los políticos lo hacen para el montaje: Fujimori con el barro hasta las rodillas para la televisión de la mafia. O los congresistas que posan con el cheque gigante para ayudar a los damnificados de alguna catástrofe. Estamos tan habituados al oportunismo y al clientelismo, a la farsa de la dádiva, que se hace difícil creer en la ayuda al prójimo genuina, en la consagración. Nuestro Parlamento y nuestro ejecutivo nos confirman esta sospecha triste: la política es un cónclave de hienas.

Prevost, hoy León XIV, nos dice que esa profundidad existe, que es posible aquí y ahora. Por suerte, en los videos y fotos aparece demasiado terrenal para creer que es un santo o un ser encantado. Simplemente es un hombre con vocación de servicio, disciplina, decisión, y la creencia firme de que este país —su país elegido— se lo merece. El tipo de inspiración que puede darnos un próximo capítulo lleno de ventura.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 733 año 16, del 16/05/2025

https://www.hildebrandtensustrece.com/

9 de mayo de 2025

León XIV

César Hildebrandt

"Un hombre que demandó a Fujimori para que pidiera perdón por lo que hizo no es alguien que pueda pasar por alto los asesinatos impunes de la señora Boluarte"

Se arrima a la sombra de León XIV la señora Boluarte. Está orgullosa de que un Papa con paralela nacionalidad peruana esté sentado en el Vaticano. Y sale a recitar, desde sus cejas, un discursito que la incluya en el acontecimiento.

Pero el sentimiento no es recíproco. Porque no hay duda de que Robert Prevost, al igual que el 94 por ciento de los peruanos, no siente simpatía alguna por esta señora de alhajas, párpados y cadáveres. Un hombre que demandó a Fujimori para que pidiera perdón por lo que hizo no es alguien que pueda pasar por alto los asesinatos impunes de la señora Boluarte.

Prevost ha elegido su nombre papal por lo que significó León XIII, el líder católico que en 1891 se atrevió a lanzar proclamas como esta:

“Es urgente proveer de la manera oportuna el bien de las gentes de condición humilde, pues es mayoría la que se debate indecorosamente en una situación miserable y calamitosa, ya que, disueltos en el pasado siglo los antiguos gremios de artesanos, sin ningún apoyo que viniera a llenar su vacío, desentendiéndose las instituciones públicas y las leyes de la religión de nuestros antepasados, el tiempo fue insensiblemente entregando a los obreros, aislados e indefensos, a la inhumanidad de los empresarios y a la desenfrenada codicia de los competidores…”

Sí, es uno de los mensajes de la encíclica Rerum Novarum (Respecto de las nuevas cosas). No es el único. Aquí va otro, que va a renglón seguido del anterior:

“Hizo aumentar el mal la voraz usura, que, reiteradamente condenada por la autoridad de la Iglesia, es practicada, no obstante, por hombres codiciosos y avaros bajo una apariencia distinta. Añádase a esto que no sólo la contratación del trabajo, sino también las relaciones comerciales de toda índole, se hallan sometidas al poder de unos pocos, hasta el punto de que un número sumamente reducido de opulentos y adinerados ha impuesto poco menos que el yugo de la esclavitud a una muchedumbre infinita de proletarios”.

Rerum Novarum no es una declaración revolucionaria, por supuesto. Es una advertencia a los dueños del mundo sobre lo que puede pasar si no entienden de qué hondura es el abismo que les espera. Es una súplica cargada de experiencia. Sin nombrarla explícitamente, León XIII señala que la izquierda marxista, que en 1891 se paseaba como un fantasma por toda Europa, es el gran peligro:

“Los socialistas, atizando el odio de los indigentes contra los ricos, tratan de acabar con la propiedad privada de los bienes, estimando mejor que, en su lugar, todos los bienes sean comunes y administrados por las personas que rigen el municipio o gobiernan la nación”.

La doctrina de la Rerum Novarum defiende la propiedad privada, pero también su moderación y el deber cristiano de la caridad. Y asume que el día que los proletarios tengan poder de disponer de un patrimonio propio, la sociedad habrá de verse menos agitada:

“Si el obrero percibe un salario lo suficientemente amplio para sustentarse a sí mismo, a su mujer y a sus hijos, dado que sea prudente, se inclinará fácilmente al ahorro y hará lo que parece aconsejar la misma naturaleza: reducir gastos, al objeto de que quede algo con que ir constituyendo un pequeño patrimonio. Pues ya vimos que la cuestión que tratamos no puede tener una solución eficaz si no es dando por sentado y aceptado que el derecho de propiedad debe considerarse inviolable. Por ello, las leyes deben favorecer este derecho y proveer, en la medida de lo posible, a que la mayor parte de la masa obrera tenga algo en propiedad. Con ello se obtendrían notables ventajas, y en primer lugar, sin duda alguna, una más equitativa distribución de las riquezas”.

En suma, León XIII lanzó una voz de alarma que el mundo no quiso oír. Muchos podrán decir que en la Rerum Novarum hay mucho lampedusismo y no se equivocarán. Pero plantear en 1891 un mensaje que recordara a las élites las condiciones de oprobio en las que mantenían a los trabajadores fue todo un gesto de audacia y ruptura. El antecesor de León XIII, Pío IX, había apostado por el inmovilismo más escrupuloso y pasó a los anales vaticanistas por haber decretado la monárquica infalibilidad papal.

El Papa recién elegido enfrenta un mundo mucho más complicado y angustioso que el que tuvo que ver León XIII. El monstruoso escenario de hoy parece decidido a exiliar toda ética de las relaciones internacionales y a convertir la codicia en una religión. La decadencia de Occidente, que parecía una profecía demasiado precoz cuando Spengler la enunció, es hoy una realidad que pocos se atreven a refutar. Asistimos al fin de un gran ciclo civilizatorio y al comienzo de una era impredecible en la que todo parece niebla y desencuentro. No sólo es la sociedad la que parece estar expirando: el planeta mismo agoniza envenenado por el progreso tóxico y la urgencia de los índices de crecimiento siempre insaciables. Como si vivir consistiera en acopiar. Como si el consumo que depreda la esfera inexplicable en la que vivimos fuera lo único importante.

Ese escenario de ruina extendida alcanza a la iglesia católica, golpeada por el evangelismo de derechas, por sus propias taras, por su rancia misoginia, por el encubrimiento de los pederastas infiltrados en sus filas, por su ostentación de riquezas y por su anticristiana vinculación con los sectores más ricos y reaccionarios de la sociedad. En ese sentido, no dudo que Juan Pablo II, santificado malamente, es el hombre que más daño contemporáneo le hizo a la iglesia del calvario y la cruz.

Prevost, que conoce la miseria del Perú y que dio muestras en estas tierras de su preocupación por entender las causas del malestar social, tiene una tarea gigantesca que Francisco apenas pudo empezar: impedir que el crepúsculo de todos los dioses del Occidente incluya al dios de los católicos romanos. Porque la iglesia de León XIV tiene dos opciones: o se pone al día alejándose de la tradición que Escrivá de Balaguer convirtió en Nuevo Testamento, o continuará desvaneciéndose.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 732 año 16, del 09/05/2025

https://www.hildebrandtensustrece.com/

25 de abril de 2025

Cambió el enfoque

Ronald Gamarra

No me impactó que se tratara del primer papa latinoamericano y específicamente sudamericano. Total, estaba dentro de las posibilidades. Se convirtió en el sucesor de Benedicto, el papa alemán renunciante que no pudo más con la cerrada y cerril burocracia vaticana. Lo que me sorprendió fue el nombre que eligió: Francisco, uno que ningún otro había elegido antes, en evidente recuerdo del místico medieval que quiso vivir como los pobres y compartir su vida, que entendía la religiosidad como un acto de amor hacia los más débiles y desamparados. Sabemos que Francisco de Asís, en su tiempo, fue polémico y no bien visto por la curia conservadora que dominaba Roma, gran parte de la cual estaba muy inclinada a considerarlo hereje, precisamente porque la pobreza que el santo amparaba cuestionaba directamente la riqueza acumulada de una iglesia que se había alejado radicalmente de sus orígenes para entregarse al ejercicio del poder.

Esta impresión positiva me sugirió la esperanza de que se podía esperar mucho de bueno de un hombre que elegía llamarse Francisco a secas. Muy pronto, la presencia física del hombre, su bonhomía natural, su sencillez, fueron confirmando que no nos hallábamos ante un aristócrata más del colegio cardenalicio sino ante un hombre abierto, inteligente, vital, cargado de las mejores intenciones. Que pudiera convertirlas en hechos que transformasen una iglesia anquilosada y plagada de enormes pecados ya era otro cantar.

Los hechos evidenciaron que Francisco tenía no solo claridad en cuanto al rumbo, sino sobre todo intención de llevar a cabo cambios sustantivos. O ponerlos sobre la mesa, no ocultarlos ni negarlos más. Hay que tener presente la soledad y los límites que debe enfrentar un papa que, teóricamente, tiene todo el poder pero que en la práctica está cercado por limitaciones que le imponen el entorno curial, burocrático y sobre todo el peso de las creencias tradicionales, que con frecuencia son prejuicios que han adquirido la fuerza de un dogma.

Francisco fue encarando y planteando varios de los problemas de fondo que la iglesia se había empeñado en ocultar. Abordó con transparencia el flagelo de la pedofilia sacerdotal. Y en ello no transó con ningún grupo de presión o de interés dentro o fuera de la iglesia y adoptó medidas decididas para asumir la responsabilidad que tocaba como institución, además de la responsabilidad personal de los curas abusadores.

Igualmente comprometida fue su toma de posición en favor de los pobres y desheredados de la tierra, no dudando en cuestionar las injusticias del sistema económico, algo que para muchos es una herejía. Su abierta simpatía por los migrantes, en estos años de creciente xenofobia y discriminación contra ellos, fue indeclinable. También fue ejemplar su ecumenismo, su abrazo fraterno a todos, al punto que llegó a concitar la definida simpatía de muchos no practicantes o no creyentes. Podía haber sido considerado el papa querido de los religiosos y los ateos, porque lo importante no es creer sino hacer el bien.

Su apertura hacia las minorías sexuales fue un hecho trascendental, en el cual quedó en evidencia que estaba muy por delante de la curia conservadora. Partía de principios elementales de su religiosidad: que Dios ama a todos. Por qué hacer distingos, entonces, según la naturaleza de cada uno. “Quién soy yo para juzgarlos”, será una frase de humildad y fraternidad que se recordará por mucho tiempo cuando se insista en el camino de la discriminación. Son muchas las causas que promovió de modo innovador, con visión de futuro, con el deseo de retomar principios que están en el origen de la religiosidad cristiana.

En el Perú su obra se hizo sentir de manera importante. Aquí se había establecido, desde los tiempos de Juan Pablo II, un dominio conservador y hasta reaccionario en el seno de la iglesia y particularmente en la Conferencia Episcopal. Esto se hizo mediante la penetración sistemática del Opus Dei nombrando obispos de esa entidad de raigambre franquista y finalmente designando como cardenal a uno de sus líderes más caracterizados. El resultado fue una iglesia malamente politizada, sometida vergonzosamente al fujimorismo, una iglesia hostil a todo progreso y apertura, en la cual medraron grupos extremistas como el Sodalicio.

Francisco cambió el enfoque. Estableció el principio de una iglesia identificada con los pobres y así lo dejó muy claro en su visita a nuestro país. Terminó con la injusticia cometida por Cipriani contra varios sacerdotes valiosos, fieles a sus votos, a quienes arbitrariamente prohibió ejercer las funciones eclesiásticas. La rehabilitación del padre Gustavo Gutiérrez, el mayor teólogo peruano, defensor de la opción preferencial por los pobres, a quien recibió con la mayor deferencia y afecto en el Vaticano, fue todo un hecho simbólico.

La separación del fujimorista excardenal Cipriani fue también un acto decisivo, precipitado por una fundamentada denuncia de abuso sexual que lo involucra directamente. Pero no solo se trata de eso. La administración de Cipriani toleró, por decir lo menos, el crecimiento y la prosperidad del Sodalicio junto con todo su interminable rosario de abusos contra jóvenes. Nunca en muchas décadas la iglesia peruana había llegado a un nivel tal de degradación. Francisco intervino para contrarrestar esta situación y enmendarla todo lo que le fue posible.

El caso Sodalicio es un paradigma de la influencia benéfica de Francisco para limpiar lo que hiede. Ante una entidad como esta, que se presentaba como organización mística para captar jóvenes de quienes luego abusaba física, moral y sexualmente, tuvo una actitud extraordinaria, pues lo que no hicieron el gobierno, el congreso, la policía, el ministerio público, el poder judicial, instancias ante las cuales las víctimas del Sodalicio no pudieron conseguir absolutamente nada de justicia, lo concedió él hasta donde podían sus atribuciones. Se interesó en el caso, escuchó a las víctimas y a los periodistas que denunciaban los escandalosos hechos, nombró una comisión investigadora y finalmente tomó decisiones severas pero justas, expulsando a la cúpula dirigente, destituyendo a un obispo y disponiendo finalmente la disolución de esta nefasta entidad de falsos místicos.

Adiós, Francisco. Siempre estarás con nosotros.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 730 año 16, del 25/04/2025

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https://www.leerydifundir.com/2025/04/cambio-el-enfoque/ 

Francisco

César Hildebrandt

"Estoy seguro de que Francisco, como buen jesuita, sabía que, en el fondo, la desgracia de la cristiandad fue el papado"

Vengo de una familia de no creyentes practicantes. Mi abuelo Benjamín, que era masón y llegó a ser maestro de una logia, fundó un diario anticlerical en Trujillo, diario en el que mi abuela hacía de fotógrafa. Mi tío Américo, que fue parte de la bancada aprista expulsada del congreso que redactaba la constitución de 1933, abrazó también la causa masónica y caminó por las trochas de los librepensadores. Mi madre, que cocinaba muy bien, habría hecho un seco de curas si la ley se lo hubiese permitido. Por el lado de mi padre, recibí igualmente el mensaje glacial de que la iglesia era una distracción y que la única religión aceptable era la del trabajo, la razón y, cuando se tenía, la de la inteligencia. Y cuando en un colegio vi al capellán coquetear y darse de manitas con los chicos más guapos de la promo, sentí que las advertencias recibidas no habían sido en vano.

De modo que yo debí ser un cruzado inverso, un hereje tronante. Y, sin embargo, no lo fui.

Siempre he estado distante, es cierto, del folklore eclesiástico, las procesiones, las vírgenes múltiples y topónimas y las santas borracheras de las fiestas patronales. Esa distancia se acrecentaba cuando personajes venecianos como Cipriani hacían de embajadores de la fe y cuando aparecían, con cada vez más frecuencia, denuncias sobre las atrocidades sexuales cometidas por miembros de la iglesia.

Jamás pude creer en todo aquello que reúne a millones y les hace rezar en nombre de un dios colosalmente policial que sabe lo que hacemos pero que no hace nada para impedirlo. Jamás pude creer en la santísima trinidad, que fue un invento conciliar, y mucho menos en la infalibilidad papal, que fue la mayor arbitrariedad del papa Pío Noveno.

Pero nada de eso me impidió tener admiración por Cristo, un personaje histórico que se enfrentó a la casta de su época y desafió el peso de los hábitos y la corrupción de un sistema colonial. No creí en sus milagros, tan tontamente contados siglos después de que no sucedieran, pero sí en su mensaje de compasión por los débiles y en su prédica en contra del poder abusivo de las élites. Cristo propone la espiritualidad como un modo de rechazar la astucia del dinero, el engaño del materialismo puro y duro, la servidumbre de los condenados. Y se enfrenta a los fariseos porque estos convierten el rito en propósito divino mientras toleran el inmovilismo social.

Para decirlo en la lengua del Perú actual: Cristo era el terruqueable perfecto, el enemigo a abatir por parte de todos esos que hoy se sienten emisarios de alguna Roma imaginaria. La derecha peruana lo habría encarcelado apelando a jueces sin rostro y a la prensa de la crucifixión.

Por todo eso me simpatizaba Francisco. Porque nos recordaba a su manera que sin los pobres y los arrumados, la iglesia es un club de encantados, una sociedad anónima, un gran olvido. Sin los marginados del mundo, la iglesia de San Pedro es un monumento a ese poder que Cristo no habría deseado.

Francisco habló del fracaso humano de Cristo en la cruz y eso desató la ira de los conservadores. ¿Fracaso? –preguntaron. ¡Herejía! –contestaron. Pero Francisco decía la verdad. Cristo no cambiaría el mundo sino en el transcurso de los siglos y su vida fue sólo la siembra de esa semilla disruptiva. No fue su culpa que su legado moral se convirtiera en ese botín degenerado que los Borgia administraron durante años.

Estoy seguro de que Francisco, como buen jesuita, sabía que, en el fondo, la desgracia de la cristiandad fue el papado, el poder de la fe excluyente, la alianza corrupta con los más altos linajes. Y por eso estoy seguro también de que Bergoglio, como lo llamaba la derecha latinoamericana, sufría el cargo como nadie. Porque su máxima aspiración –vuelvo a estar seguro– era una iglesia podada de oropeles, modesta y ejemplar.

La derecha lo odiaba. Milei lo insultó hasta el asco y fue lo suficientemente puerco como para ir a visitarlo y recibir su tácito perdón cuando los argentinos lo nombraron presidente.

En nuestro medio, Tudela, el que movía el trasero al son del ritmo del Chino en las elecciones fraudulentas del año 2000, se extrañaba de que el papa no hiciera comentarios sobre Cuba. Y cuando se metió con el Sodalicio, los comentarios arreciaron. Para esos torquemadas de Willax, no había dudas: el papa era comunista.

No lo era, por supuesto. Era vagamente peronista, leal a los viejos descamisados que fueron la herejía de la Argentina rural y cruel de Roca o Uriburu. No creía, sencillamente, en este orden mundial impuesto a bombazos. Pero no lo podía decir porque era consciente de que presidía una iglesia que es parte de esa trama mundial. Más que papa, Bergoglio fue un rehén, un huésped incómodo, un traidor inconcluso.

Ahora se ha muerto. Y yo, que nada tengo de católico, siento que hemos perdido a alguien importante.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 730 año 16, del 25/04/2025

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https://www.leerydifundir.com/2025/04/francisco/ 

1 de marzo de 2025

El influencer Francisco

Juan Manuel Robles

La hospitalización del Papa Francisco es un anuncio de que el final podría estar cerca (el pontífice tiene 88 años). Y yo que no soy católico ni creyente —y que, de hecho, detesto algunas prácticas del catolicismo, rechazo los temores que nos inocula y considero el laicismo como un valor— me sorprendo pensando en él en estos días, en su estampa, su sonrisa campechana y su voz cálida. Pronto me doy cuenta de que no me pasa solo a mí. En las redes, somos muchos los ateos, no religiosos, católicos renegados que hemos sentido algo similar: la tristeza anticipada por la partida posible.

La pregunta es por qué y cómo. ¿Cómo puede volverse relevante un hombre que representa a un Dios en el que no creo? ¿Cómo puede quedar en la conciencia el mensaje evangelizador de una religión que he descartado?

Tal vez porque Jorge Mario Bergoglio no buscó nunca representar a nadie. Tampoco evangelizar. Es un pontífice que no pontifica. Su poder surge allí.

Creo que lo empecé a mirar con reverencia el 27 de marzo del 2020. Habían pasado dos semanas de la cuarentena por la pandemia del covid-19 (que en el Perú fue absoluta y tremenda). El Papa Francisco salió con su sotana blanca a la plaza de San Pedro en el Vaticano. No había una sola alma, solo una luz tenue en el estrado. El Papa estaba solo, con un asistente, como en la escena de una película distópica. Entonces habló.

«Nos encontramos asustados y perdidos. Como a los discípulos del Evangelio, una tormenta inesperada y furiosa nos tomó con la guardia baja. Nos dimos cuenta de que estábamos en el mismo barco, todos frágiles y desorientados, pero al mismo tiempo importantes y necesarios, llamados a remar todos juntos, necesitados de consolarnos unos a otros. Estamos todos en este barco.»

Mientras líderes religiosos de todo el mundo minimizaban el virus y mostraban su salud como prueba de su cercanía a Dios, o aprovechaban el pánico para vendernos la salvación eterna, el pontífice decidió, en un momento de apocalipsis, no salir a pescar en río revuelto. Nos hablaba usando el “nosotros”, compartiendo la sensación de oscuridad, de incertidumbre, de “un silencio ensordecedor y de un vacío desolador, que paraliza todo a su paso”. Habló —lo recuerdo bien y acabo de confirmarlo— de su convicción de que no podríamos avanzar a ninguna parte si íbamos por nuestra cuenta, la única opción era juntarnos.

Cinco años y centenares de miles de muertos después —incluidos amigos y familiares de amigos—, ese momento resuena con una fuerza tremenda: la fuerza de la verdad y la humildad. Liderazgo espiritual, le llaman.

Los años lo fueron convirtiendo en ícono pop. Y con esa exposición Bergoglio ganó un nuevo tipo de seguidores: aquellos que valoramos al Papa en proporción inversa a la estofa de los críticos rabiosos que le aparecieron, a los fachos que lo hicieron su enemigo (unilateralmente). Javier Milei lo llenó de estiércol. Viniendo de quien viene, es un rosario de condecoraciones que vale la pena repasar. “El imbécil ese que está en Roma, que defiende la justicia social, que sepa que eso es un robo y va contra los mandamientos”. “El Papa es el representante de El Maligno en la Tierra”. “Zurdo hijo de puta que andás pregonando el comunismo por el mundo”.

Bergoglio, divino, lo recibió en el Vaticano, cuando fue a visitarlo luego, ya como presidente. El Papa miró, con esa sonrisa de paciencia tierna, cómo el libertario se comía una a una todas sus palabras.

Cuando en los 70, el arzobispo Arnulfo Romero, que temía por su vida, fue al Vaticano a hablar con el Papa Juan Pablo II sobre la persecución del gobierno de El Salvador contra curas a los que tildaban de “socialistas”, y le contó que incluso mataron a un colega acusándolo de guerrillero, el polaco le preguntó si de verdad era guerrillero. No le dio audiencia. Meses después, mataron a Romero.

No se me ocurre pensar que Francisco sería capaz de una desidia tan grande. Las comparaciones con Juan Pablo II son odiosas, pero para eso estamos. Francisco no tendrá una cantante pop que, llena de sensibilidad, rompa su foto en protesta por el encubrimiento de la iglesia católica a los pederastas (como lo hizo Sinéad O’Connor). Bergoglio ha hecho más por rectificar los legados horrorosos de los curas pedófilos católicos que ningún Papa en la historia.

Recientemente, en Bélgica, el Papa Francisco rompió el protocolo y, refiriéndose a los abusos de sacerdotes católicos en ese país, dijo: “es en la Iglesia donde se han producido esos crímenes y la Iglesia debe sentir vergüenza y pedir perdón”. También ha disuelto el Sodalicio, la secta pituca que abusó de menores en el Perú. Es un Papa que rechaza a los pederastas de una manera tan rotunda como Juan Pablo II rechazaba a los comunistas. Por eso es fácil hacerse fan.

Por supuesto, tampoco se puede esperar milagros de alguien en su posición. El Papa Francisco ha dejado intacta la posición de la iglesia en cuanto al aborto, la eutanasia y el matrimonio de personas del mismo sexo. Pero supo mantener la conversación abierta en temas LGTB. Cuando dijo que ser gay “no es delito”, aclaró días más tarde “pero sí es pecado”. Cuando, hablando sobre la posibilidad de que haya que admitir seminaristas gays, dijo que ya había suficiente aire de “mariconería” en los seminarios, se apuró a disculparse luego. Rechazó la reasignación de género, pero aceptó que personas trans puedan bautizarse y ser padrinos.

En un planeta donde un montón de sociópatas, histriones y cínicos descubrieron que podían abrir la boca para provocar los aplausos inmaduros y atizar el odio —y alimentarse de la reacción de sus opositores—, el Papa Francisco, el primero de la era de las redes sociales, se hizo figura tendiendo la mano, escuchando, hablando con actitud de párroco bueno del barrio. “El dinero es un instrumento de grandeza o de pobreza personal”. “Si vas a dar limosnas, mira a la persona a los ojos y dale la mano”.

Debo confesar —qué palabra— que dudé si escribir sobre el Papa esta vez. Me dije: mejor guárdalo para cuando nos deje, así el texto tendrá más impacto y llegada. Entonces, como en los memes, Francisco me miró juntando los dedos hacia arriba —la pigna argentina—. Así que escribo, escribo ahora mientras en Roma las horas se hacen largas.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 722 año 15, del 28/02/2025

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