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28 de agosto de 2023

Perú: Destruyendo la ciencia

Eduardo Villanueva Mansilla

“Las excusas populistas aparecen todo el tiempo para justificar que cualquiera reciba dinero o poder, o ambos”.

Desde la restauración democrática, el Perú ha intentado desarrollar la actividad científica a partir de universidades y centros de investigación. No siempre con la claridad necesaria, pero con más continuidad que en otros periodos, se ha invertido en un sistema de soporte a la investigación y se han creado mecanismos para facilitar el trabajo de los académicos y profesionales de la ciencia. Además, se han destinado montos importantes para que nuestros científicos puedan articular su labor con comunidades globales, ampliando los horizontes de la ciencia y de la formación científica.

El principio fue que el Concytec funcionara con independencia, pero con la colaboración de la comunidad científica peruana y, sobre todo, impedir que se convirtiera en una fuente de prebendas.

En medio de las inmensas tareas que la crisis climática nos impone, la investigación científica es cada vez más urgente, junto con mecanismos para que el Estado y los actores económicos escuchen e incorporen el trabajo de los científicos en su toma de decisiones. En otras palabras, es urgente aumentar y mejorar la investigación científica.

Aunque no sorprenda, la coalición oportunista no está de acuerdo. Ha decidido destruir la autonomía del Concytec al retirar a los científicos del comité de selección del presidente, haciendo que dicho comité sea reducido a una instancia burocrática más.

¿Qué sentido puede tener esto? Se puede imaginar una reivindicación de la ciencia popular, o de la democratización del financiamiento; incluso, una repartija disimulada, en la que se decida que son las universidades públicas las únicas que deban recibir financiamiento, sin importar sus capacidades humanas y materiales. La ciencia pierde continuidad en sus esfuerzos y queda desamparada cuando se entrega dinero que solo sirve para inaugurar edificios o festejar supuestos logros.

La lógica actual es clara: las excusas populistas aparecen todo el tiempo para justificar que cualquiera reciba dinero o poder, o ambos, simplemente porque no es un elitista (‘caviar’ es eso, una descalificación a la élite) o porque representa al pueblo. En un país bajo riesgos inmensos de crisis hídrica y, consecuentemente, de crisis alimentaria, por mencionar un tema, nadie está pensando cómo enfrentar las amenazas existenciales, sino en cómo agarrar algo más del Estado.

Pero en la ciencia necesitamos élites. Necesitamos ser parte de la ciencia global. Desde el fenómeno El Niño (ENSO) hasta la crisis climática, pasando por la transición energética, solos no haremos nada. Necesitamos ser cosmopolitas y solo deteniendo la barbaridad que intenta la PCM podremos avanzar.

https://larepublica.pe/opinion/2023/08/22/destruyendo-la-ciencia-por-eduardo-villanueva-mansilla-1507088

24 de marzo de 2022

Perú: Para no olvidarnos de Montesinos

Eduardo Villanueva Mansilla

La nueva vuelta de tuerca del indulto a Alberto Fujimori ofrece otra vez la pregunta sobre “si se merece el castigo”, como algunas personas plantean los veredictos de la justicia peruana frente a la multiplicidad de cargos que enfrentó el dictador de los 90. Fujimori nunca fue un ejemplo de coraje ni de lucidez, como sus varias fugas, su escondite tras el ultranacionalismo japonés, y su ridículo gambito chileno lo demuestran. Pero, para muchos, sí es inocente.

¿Cómo así? Incluso cuando Mario Vargas Llosa optó por defendernos del comunismo apoyando a la hija del dictador, reconoció todo lo malo del fujimorismo y de la candidata misma. No negó la culpabilidad del padre ni la asociación indeleble a nivel político que tal culpabilidad establece entre el fujimorismo antiguo y el nuevo. Pero incluso dentro de la derecha más convencional, Vargas Llosa es una excepción.

Para muchos votantes por Fujimori, por convicción o por el consabido “qué me queda”, es cuestionable o claramente falsa la atribución de culpabilidad que ha recibido el dictador. No se trata solo de los que fueron parte de la gavilla de los 90, o sus sucesores directos; es gente que juzga positivamente al régimen fujimorista. En el fondo, el argumento, desde el 2000, es que Fujimori, cual gato de Schrödinger, fue y no fue responsable de lo que pasó durante su dictadura. Desde esa posición, el culpable de lo malo es Montesinos, y lo bueno lo hizo “el chino”. El resto no se da cuenta de lo que pasó.

Desvaneciéndose en su celda, donde estará al menos cuatro años más, Montesinos se volvió simultáneamente receptáculo de toda la culpa de la dictadura, cosa juzgada, y también ignorada. El fujimontesinismo, esa díada que nos gobernó hasta con las mismas corbatas, exhibiéndose como una sola cosa, de pronto se volvió una dualidad perfecta: los que buscan justificar su apoyo al fujimorismo le atribuyen la luz, lo piensan puro, digno de gratitud continua y hereditaria; mientras que la oscuridad proviene del que ya no importa, aquel cuyo nombre preferimos olvidar. Para los que demandan justicia, la urgencia hace que concentren su energía en el dictador, que sigue en pie, corrompiendo el debate público, lo que rebota en los que portan la convicción de que el mal fue derrotado al condenar a Montesinos.

El truco más grande que hizo el dictador fue convencer a muchos que existió, pero que todo lo malo fue hecho por el otro, el malo de verdad. Pero el dictador solo pudo serlo junto con su pareja: titiritero y factotum el uno del otro. Uno le regaló poder al otro, uno usó al otro, y necesariamente uno y otro comparten las culpas, y deberían también compartir la condena, la judicial, la política, y la de la historia.