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5 de septiembre de 2025

Perú: ¿Chicharrón o anticucho?

Maritza Espinoza

"El rey del anticucho gubernamental es, sin duda, el indescriptible personaje que hoy ocupa la cartera de Justicia y que, inexplicablemente, se ha convertido en un intocable de este gobierno".

Dina Boluarte y su gabinete saben que no es el pan con chicharrón el platillo que mejor representa su gestión, aunque hayan armado gran alboroto por el reconocimiento que ha recibido este típico desayuno limeño a través de una masiva votación convocada por el streamer Ibai Llanos. ¿Cuál es entonces? Obvio: el anticucho. Y es que es tal la cantidad de “anticuchos” que se les descubren cada día que podrían abastecer a cientos de ollas comunes.

Pero el rey del anticucho gubernamental es, sin duda, el indescriptible personaje que hoy ocupa la cartera de Justicia y que, inexplicablemente, se ha convertido en un intocable de este gobierno, al punto que Boluarte se ha atrevido a desafiar a sus titiriteros políticos, reponiéndolo en su gabinete a solo cinco meses de que el Congreso lo censurara declarándolo incapaz para la función de ministro.

Pero, ¿realmente es inexplicable? Bueno, es evidente que, en esta relación de codependencia, hay algo que huele muy mal. A primera vista, podría parecer que Boluarte mantiene a Juan José Santiváñez porque le es funcional: solo alguien absolutamente carente de dignidad y vergüenza puede hacerle todos los trabajitos sucios, defender lo indefendible de su gobierno y, desde luego, negar cualquier trapacería con el mayor descaro, incluso su propia voz, como en el caso de “El huevón de la Encerrona”.

Sin embargo, en ese zoológico variopinto que la rodea, hay muchos otros que podrían —y que de facto ya ejercen— esa poco decorosa función. O sea, esto de poner la cara (sin rastro de riego sanguíneo, por decirlo en términos médicos) no es una habilidad que solo haya desarrollado Santiváñez, por lo que, por lo menos en esa “tarea”, no resulta imprescindible: le sobran competidores.

Hay quienes llegan más lejos y afirman que Santiváñez es algo así como el Vladimiro Montesinos de Boluarte, pero hay dos elementos que echan por tierra esa suposición. Uno, que Montesinos maniobró políticamente, hizo el trabajo sucio y controló a Alberto Fujimori con un capital del que la doña carece por completo: popularidad. Recordemos que, cuando se abrió la caja de Pandora de la corrupción fujimontesinista, ese régimen todavía gozaba de aprobación, al punto que el dictador ganó (fraude más, fraude menos) las elecciones del 2000. Boluarte, por su parte, vive en los sótanos del repudio popular que llega ya casi al 100%. Segundo, basta escuchar la verborrea de Santibáñez para notar la distancia que lo separa del astuto asesor de Fujimori, tanto en talento para la intriga como en capacidad de manipulación. Es casi casi como comparar a Pinky con Cerebro.

¿Entonces? La siguiente explicación —la más peregrina— podría ser la pasión, ese sentimiento que lleva a los seres humanos a cometer cualquier barbaridad, pero… ¿cómo decirlo sin herir sus sentimientos? Basta mirar su estampa de degustador consuetudinario de pan con chicharrón y escuchar su irritante voz de burócrata de medio pelo para descartar cualquier posible interés romántico de la “Waykesa” de Palacio. Vamos, el caballero es una especie de anticonceptivo andante y, que sepamos, la presidenta todavía puede aspirar (sobre todo tras su espectacular reencauchada) a algo mejor para sus lides amorosas.

Por todo eso, la explicación más lógica es también la más verosímil: la extorsión. La única intimidación —después, claro, de la amenaza de muerte— que puede hacer que una persona baile al son que le toquen es la que implica ventilar públicamente secretos que podrían destruirla. Lo hacía magistralmente Vladimiro Montesinos, como lo supimos luego gracias a sus célebres videos. Incluso hay quienes dicen que los famosos videos XXX —material íntimo de diversos personajes que hoy estarían en manos de la Iglesia— no tenían otro fin que obligar a funcionarios, jueces, políticos y otras personalidades a cometer actos contra su conciencia.

Pero, ¿qué le podría saber Santiváñez a Boluarte que sea tan grave como para permitirle controlarla del modo en el que indudablemente lo hace? Bueno, pues, ¡le sabe todo! Desde la verdad sobre los asesinatos de diciembre de 2022 hasta sus cirugías estéticas, sus andanzas con “El Cofre”, sus Rolex “de antaño”, pero, especialmente, le sabe todo al hermanísimo Nicanor Boluarte, como se ha hecho evidente con las recientes denuncias.

Y alguien que te sabe todo tiene en sus manos las llaves de tu voluntad. Solo así se explicaría la extraña y monolítica “lealtad” que le guarda esta señora que, por lo demás, ha hecho de la deslealtad su insignia personal, como pueden dar fe Pedro Castillo o Alberto Otárola. Lo que es un misterio es cuánta lealtad le profesa Santiváñez en reciprocidad. Lo sabremos cuando, apenas dejen el poder, tengan que enfrentar a la justicia codo a codo. Sospecho que allí tendremos al delator más parlanchín que haya parido el equipo especial de la Fiscalía.

https://larepublica.pe/opinion/2025/09/03/chicharron-o-anticucho-por-maritza-espinoza-hnews-102994

24 de octubre de 2023

Perú: Ya sale Montesinos

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Ronald Gamarra

Vladimiro Montesinos está más cerca de cumplir su sentencia condenatoria de lo que cualquiera imagina. En verdad, su liberación está a la vuelta de la esquina, a un tiro de piedra. El tiempo pasa ligero, precipitado y rápido, sobre todo cuando se mira hacia atrás, en retrospectiva. Como sabemos, sobre Montesinos han recaído numerosas penas de privación de libertad en decenas de procesos judiciales incoados por los innumerables crímenes cometidos cuando era el super asesor presidencial, es decir, el primer cómplice de Alberto Fujimori, con quien cogobernó en dictadura durante la década de los 90. De todos esos castigos, el más riguroso le impone 25 años de cárcel.

Es una sentencia dictada por la masacre de Barrios Altos, cometida el 3 de noviembre de 1991, cuando el destacamento militar Colina, del Ejército peruano, allanó brutalmente una fiesta, una pollada, de un grupo de personas humildes, muy pobres, que habitaban un caserón ruinoso y tugurizado de esa zona del Centro Histórico, a quienes ametrallaron de inmediato, asesinando a 15 personas, incluido un niño de 10 años, e hiriendo gravemente, con lesiones de por vida, a otras cuatro personas. El destacamento Colina había sido formado y gozaba de la protección directa del gobierno de Montesinos y Fujimori, que incluso condecoró a sus miembros y hasta dictó no una sino dos leyes de amnistía para favorecerlos especialmente.

A diferencia de Fujimori, que se dio a la fuga y se refugió por largos años en Japón, Montesinos fue capturado en el año 2001 en Caracas, a donde había llegado bajo la protección del régimen de Hugo Chávez, que sin embargo tampoco estaba dispuesto a jugarse a fondo por el espía peruano caído en desgracia y no dudó en entregarlo apenas fue descubierto y ubicado. De inmediato, el doc fue traído de las orejas al Perú y puesto a disposición de la justicia. Por eso, aunque la sentencia se dictó muchos años más tarde, el cómputo de la carcelería de Montesinos comienza en el 2001.

Fue capturado en Caracas el 24 de junio de 2001, por tanto, los 25 años de privación de la libertad de Montesinos se cumplen el 23 de junio de 2026. Según el régimen de ejecución penal peruano que rige para él, a diferencia de otros sistemas en el extranjero y el que ahora está vigente entre nosotros, las penas no se suman ni se cumplen una a continuación de la otra, solamente se subsumen en la sanción mayor. Importa poco o nada que, además de la condena de 25 años, tenga otros veredictos por 10, 15 o 20 años. Incluso puede tener otras sentencias a 25 años: no interesa, todas las penas menores o iguales se disuelven, se evaporan, se reducen a la duración del castigo mayor. Es la ley y corresponde acatarla, no sacarle la vuelta ni elaborar interpretaciones antidemocráticas para violar sus derechos y someterlo a carcelería indebida.

Así pues, Montesinos volverá a estar en circulación a los 81 años, con aparente buena salud y con ánimos de seguir fregando la paciencia. En menos de tres años estará en libertad, justo a tiempo para la instalación de un nuevo gobierno, si es que realmente hay elecciones para entonces, pues con la calaña de políticos que hoy dominan, ya nada es seguro: ni el llamamiento a comicios ni la continuidad democrática. Tal vez sueña con pasar de la cárcel a influir tras el trono del poder susurrando planes al oído del nuevo gobernante, quien quiera que sea (por ejemplo, la Chika, a quien ya le enviaba consejos y programas desde su encierro en la Base Naval del Callao en las elecciones del 2021).

Aquello fue un escándalo mayúsculo. Se descubrió que Montesinos no cumplía su pena en la celda y patio que le correspondían en la prisión de alta seguridad de la Base Naval, sino que tenía acceso libre a los ambientes administrativos de la chirona y que hacía uso libérrimo del teléfono fijo de la comandancia naval. Si bien, ante el escándalo, se anunció que esa gravísima irregularidad se investigaría hasta establecer las responsabilidades a que había lugar, nada de eso sucedió y se enterró el asunto sin aclaración alguna hasta hoy. La verdad es que Montesinos fue sentenciado y encarcelado, pero nunca desapareció del todo de la política local. Más bien se las ingenió para mantener vigencia y sobre todo vínculos, y contó para ello con numerosas complacencias y favorecimientos al más alto nivel.

Sin embargo, lo peor no es que Montesinos nunca se fuera del todo de la política local, sino que esta, sobre todo en los últimos años, se parece cada vez más, hasta extremos de caricatura, al mundo sórdido que Montesinos y su adú Fujimori impusieron en la década vergonzosa de su dominio. La diferencia es que hoy son varios los círculos de corrupción que disputan el control del poder: no hay un centro indiscutible activamente corrupto y corruptor como el que él impuso en los años 90. Tal vez Montesinos sueña con salir de su encierro y organizar su propio club en atolondrada competencia con el fujimorismo, el porkismo, el cerronismo, el acuñismo, el pepelunismo y otros fenicios y malas hierbas. Quién sabe, tal vez ya lo está haciendo.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 657 año 14, del 13/10/2023

https://www.hildebrandtensustrece.com/

24 de marzo de 2022

Perú: Para no olvidarnos de Montesinos

Eduardo Villanueva Mansilla

La nueva vuelta de tuerca del indulto a Alberto Fujimori ofrece otra vez la pregunta sobre “si se merece el castigo”, como algunas personas plantean los veredictos de la justicia peruana frente a la multiplicidad de cargos que enfrentó el dictador de los 90. Fujimori nunca fue un ejemplo de coraje ni de lucidez, como sus varias fugas, su escondite tras el ultranacionalismo japonés, y su ridículo gambito chileno lo demuestran. Pero, para muchos, sí es inocente.

¿Cómo así? Incluso cuando Mario Vargas Llosa optó por defendernos del comunismo apoyando a la hija del dictador, reconoció todo lo malo del fujimorismo y de la candidata misma. No negó la culpabilidad del padre ni la asociación indeleble a nivel político que tal culpabilidad establece entre el fujimorismo antiguo y el nuevo. Pero incluso dentro de la derecha más convencional, Vargas Llosa es una excepción.

Para muchos votantes por Fujimori, por convicción o por el consabido “qué me queda”, es cuestionable o claramente falsa la atribución de culpabilidad que ha recibido el dictador. No se trata solo de los que fueron parte de la gavilla de los 90, o sus sucesores directos; es gente que juzga positivamente al régimen fujimorista. En el fondo, el argumento, desde el 2000, es que Fujimori, cual gato de Schrödinger, fue y no fue responsable de lo que pasó durante su dictadura. Desde esa posición, el culpable de lo malo es Montesinos, y lo bueno lo hizo “el chino”. El resto no se da cuenta de lo que pasó.

Desvaneciéndose en su celda, donde estará al menos cuatro años más, Montesinos se volvió simultáneamente receptáculo de toda la culpa de la dictadura, cosa juzgada, y también ignorada. El fujimontesinismo, esa díada que nos gobernó hasta con las mismas corbatas, exhibiéndose como una sola cosa, de pronto se volvió una dualidad perfecta: los que buscan justificar su apoyo al fujimorismo le atribuyen la luz, lo piensan puro, digno de gratitud continua y hereditaria; mientras que la oscuridad proviene del que ya no importa, aquel cuyo nombre preferimos olvidar. Para los que demandan justicia, la urgencia hace que concentren su energía en el dictador, que sigue en pie, corrompiendo el debate público, lo que rebota en los que portan la convicción de que el mal fue derrotado al condenar a Montesinos.

El truco más grande que hizo el dictador fue convencer a muchos que existió, pero que todo lo malo fue hecho por el otro, el malo de verdad. Pero el dictador solo pudo serlo junto con su pareja: titiritero y factotum el uno del otro. Uno le regaló poder al otro, uno usó al otro, y necesariamente uno y otro comparten las culpas, y deberían también compartir la condena, la judicial, la política, y la de la historia.

10 de septiembre de 2021

Perú: Cárceles

Juan Manuel Robles

El anuncio de que Vladimiro Montesinos fue trasladado de la Base Naval —una prisión en que aparentemente vivía muy cómodo— me hace pensar que nos hemos olvidado de algo que en otros tiempos era muy importante: tener cárceles confiables para encerrar allí a la gente nociva, aislarla del mundo y estar seguros de que no hará más daño. A inicios de los noventa era un asunto fundamental emprender esa tarea: estaban frescas, en la memoria, la fuga de los presos del MRTA por aquel túnel tan prolijo —la misma técnica que en el futuro les daría su golpe final— y las cárceles tomadas por senderistas, donde incluso marchaban en fila sus militantes cantando alabanzas al presidente Gonzalo. Con la ofensiva final contra el terrorismo llegó también el orden en las cárceles. La reclusión de los subversivos se hizo real y efectiva, pero en otros ámbitos penitenciarios no mejoramos mucho.

Hace años vivimos en una situación que debería preocuparnos: la cárcel no es un lugar que sirva para contener a los capos de las redes corruptas que están encerrados en ellas. Al contrario: la prisión es una suerte de base alternativa, una sucursal impuesta por las circunstancias, desde la cual los planes delictivos persisten.

Lo interesante es que a nadie parece importarle mucho. El traslado de Montesinos nos ha hecho recordar, de pronto, que hemos tolerado por años que el recluso Alberto Fujimori tenga una cárcel soñada, un bungalow de 800 metros cuadrados donde puede recibir a quien le da la gana, con estacionamiento y anfiteatro. Todos esos peruanos de a pie que se han endeudado por décadas para tener 50 metros cuadrados entenderán por qué Fujimori le ha pedido a un juez, por todos los medios, que no lo vayan a mover nunca de allí.

Su hija Keiko ha hecho el mismo pedido desesperado.

El expresidente que llegó a ser el séptimo gobernante más corrupto del planeta vive en su cárcel de lujo, enorme como una mansión, en el campo, donde se respira mejor en la vejez. En tanto, el asesor con quien Fujimori construyó todo ese podrido imperio gozaba hasta hace poco de plena libertad para ejercer sus facultades conspiratorias. Como Pedro por su casa, usaba el teléfono en la Base Naval para dar consejos y estrategias a la familia tan querida, como una suerte de Tom Hagen que vio crecer a los chicos y desea ayudar.

Así, estando en prisión, estos siameses separados han tenido la libertad de influir en la vida política nacional (tanto tiempo después).

No sé por qué esto no es un tema nacional, no sé por qué la prensa no se preocupa de este asunto como lo que es: una burla y un colapso. Bueno, sí sé por qué: es el poder. El poder hace que miremos para otro lado y nos olvidemos. Siempre pensé que si Alan García no se mataba, ni bien llegado a la cárcel hubiera remodelado pabellones —con contratistas ad hoc y faenones— y hubiera inventado nuevas formas de vivir en reclusión.

Hemos pasado de aquella urgencia general porque las cárceles funcionen —para inmovilizar terroristas— a que nos tenga sin cuidado el tema. Tal vez se debe a la trivialización de la “experiencia” carcelaria. Como en el juego Monopolio, la cárcel es algo que está al acecho, en una combinación de dados, un evento que te toca (y no el resultado de tus malas acciones). Si todos pueden ir a prisión no tiene mucho sentido que el régimen carcelario sea demasiado duro. En el Perú, cualquier presidente que endurezca la seguridad penitenciaria sabe en el fondo que podría estar reforzando las paredes de su propio encierro futuro.

Ya es tiempo de acabar con esta desidia cínica y ese cálculo. Porque un corrupto encerrado en una cárcel de mentiritas no es algo menor. Puede hacer mucho daño: puede ejercer influencia, tramar lobbies, entrevistar aliados, seguir poniendo su mente criminal al servicio de su red turbia. Es tiempo de volver a desear que las cárceles funcionen, tal como lo deseábamos en el pasado cuando queríamos ver a los terroristas en la jaula.

Por supuesto, esto no quiere decir que fomentemos la deshumanización. Los ciudadanos podemos ser crueles cuando se trata de imaginar castigos a quienes nos hacen daño. Quisiéramos que las cárceles fueran un lugar de sufrimiento, de austeridad insoportable, de vejaciones diarias y tormentos. Que los delincuentes no solo se arrepientan de sus delitos sino de haber nacido. Pero ese pensamiento nos llevó a cárceles-tumba como Yanamayo, y eso no estuvo bien. He escuchado a familiares de subversivos decir que no quisieran jamás que militares responsables de terrorismo de Estado sean encarcelados en Yanamayo. Porque después de ver a sus parientes purgar condena allí algo tienen claro: nadie debe estar en un lugar como ese.

No es necesario tener un clamor por cárceles-mazmorra. Basta desear el aislamiento efectivo y el castigo ejemplar, algo que en este momento no se da. Algo que Fujimori y Montesinos merecen.

No hay nada más digno que una cárcel común similar a la que otros habitan. Con incomunicación y aislamiento, como corresponde. A Fujimori tendría que dársele esa dignidad: la de vivir su castigo sin privilegios que ofenden al país. Y morir, si toca, sosegadamente, como el dictador argentino Jorge Videla, sentado sobre el excusado de su celda, una celda sin lujos pero sin vejaciones. Una celda que no deje posibilidades de que el interno le haga más daño al país.

Fuente: HILDEBRANDT EN SUS TRECE N°555, del 27/07/2021   p20

29 de agosto de 2021

Perú: Narcoterrorismo de alto vuelo

Ronald Gamarra

La ultraderecha tiene la costumbre de terruquear a cualquiera que no comulgue o discrepe de su extremismo reaccionario. López Aliaga lo dejó muy claro cuando calificó al presidente Sagasti como “jefe de los terrucos… los terroristas lo reconocen como su líder”. Hay que tener la mente muy distorsionada para hacer afirmaciones tan delirantes, pero a eso los lleva el fanatismo y la carencia de escrúpulos cuando se proponen embarrar del peor modo a sus adversarios. Sin embargo, la ultraderecha tiene entre sus líderes y sus protegidos a gente que ha violado la ley hasta el extremo de incurrir en hechos que están en el campo del terrorismo e incluso el narcotráfico. Así como suena. Ni más, ni menos. Es el caso, por ejemplo, de Alberto Fujimori, a quien la ultraderecha defiende y presiona por su liberación, y a cuya hija apoyaron con todas sus fuerzas y capacidad para mentir y armar tinglados, pretendiendo imponérsela al país.

Alberto Fujimori fue el cabecilla de una operación para abastecer de armas a las FARC, organización armada colombiana, entre los años 1999 y 2000. La operación tenía por objeto entregar 10 mil fusiles a las FARC para fortalecer su capacidad de combate contra el gobierno y el ejército de Colombia. Diez mil fusiles de asalto para producir más muertes y destrucción en el país vecino. ¿Cómo denominar a quien hace esto? Terrorista, obviamente, sin rodeos ni la menor exageración.

¿Por qué lo hizo? Eso también es obvio: por dinero. Era un gran negocio abastecer de armas a las FARC. Además, era billete que entraba fácilmente porque de la organización de los detalles del trabajo concreto se encargaba su cómplice Montesinos. Qué le importaba a Fujimori la procedencia del dinero con que las FARC pagaban las armas. Todos saben que las FARC manejaban muchos dólares del narcotráfico. El que los recibe también está en la cadena del narco.

Fujimori contó en esta voluminosa operación con la complicidad de su socio Montesinos y del alto mando de las Fuerzas Armadas, asociado con él en la dictadura. Así es como don Alberto corrompía activamente la moral de quienes están encargados de la defensa del país frente a una agresión militar externa. Nadie ha untado más a decenas y decenas de altos oficiales de nuestras Fuerzas Armadas como lo hizo Alberto Fujimori, ese mismo a quien apoya la ultraderecha.

La operación de suministro de armas a las FARC por parte del gobierno de Fujimori era de una audacia y desfachatez que pasma. Unos integrantes de la organización de Fujimori y Montesinos negociaron directamente con los representantes de las FARC, en Colombia; otros se contactaron con el intermediario y luego con el traficante de armas, en Miami: Sarkis Soghanalian, en persona. En enero de 1999, en las meras instalaciones del SIN, se cerró el trato. 10 mil fusiles kalashnikov y 13 millones de cartuchos. Los fusiles tenían procedencia bielorrusa, pero se triangularían con el ejército de Jordania para camuflar el trayecto. Se suscribieron tres contratos de compra, hasta por 700 mil dólares. Entre marzo y agosto de 1999, en Amán, las armas se montaron en aviones Ilyushin, con tripulación ucraniana. Horas y kilómetros después se lanzarían en paracaídas, en el monte, en territorio del frente 16 de las FARC. Las naves llegarían vacías a Iquitos y Lima, prestas a cargar triplay, madera, café y frutas para Sarkis.

Fujimori y Montesinos se creían unos James Bond de las operaciones secretas, pero fueron descubiertos por el servicio de inteligencia de Colombia y la CIA norteamericana, que les exigieron explicaciones. Entonces, la dupla dictatorial montó de emergencia un escenario para simular que el gobierno de Fujimori “había descubierto” y detenido a los “verdaderos traficantes” de armas, para lo cual organizaron una mentirosa conferencia de prensa en agosto del 2000.

Pero era muy tarde. La CIA estaba ya en posesión incluso de las copias de los contratos de compra de los fusiles en Jordania por miembros de la organización de Fujimori y Montesinos. Ya no cabía forma de disimular lo perpetrado. Se habían registrado no menos de cuatro entregas de cargamentos de fusiles a las FARC. Este hecho fue uno de los factores que determinó la caída de la dictadura fujimorista pocas semanas más tarde.

Decenas de personas fueron sentenciadas por este caso, incluyendo a Vladimiro Montesinos, en un proceso penal que empezó en el 2001 y culminó en el 2010. En el año 2009, un juez determinó que Alberto Fujimori estaba pasando piola por este caso tan grave y pide la ampliación de las causales de su extradición, la cual en 2010 es aprobada por la Corte Suprema. Entre el 2010 y el 2021 este mandato estuvo detenido: ¡once años sin que ningún gobierno lo cumpliera!

Hay que recordar que Alberto Fujimori, en vez de ponerse a derecho en su país, se acogió a la soberanía de Chile, como Alejandro Toledo ahora en Estados Unidos, e hizo indispensable proceder a la extradición que, de acuerdo con las normas internacionales, se concede solo por los delitos que aprueba el país que concede la extradición, en este caso Chile. En la extradición pedida por el Perú en 2007 no estaba incluido este delito de tráfico de armas narcoterrorista con las FARC.

Ahora el pedido de ampliación de las causales de extradición de Fujimori será planteado por el gobierno peruano ante las autoridades de Chile. Es previsible que será concedido porque las pruebas son abrumadoras. Cuando el vecino acceda a esta solicitud, Fujimori podrá ser procesado penalmente por la justicia peruana como líder de una organización criminal cuyo propósito era hacer negocios millonarios de venta de armas a las FARC, tremendo lucro con el terrorismo y el narcotráfico internacional.

Como decimos, las pruebas abundan. La justicia peruana ya dispone desde hace muchos años de abultada documentación, donde hay declaraciones de exmiembros de las FARC, intermediarios de la dupla Fujimori-Montesinos y los contratos de compra de armas suscritos por ellos en Jordania, confesiones del propio bróker que facilitó la operación con el ejército hachemita, las del personal de la alta dirección del SIN; también, el récord migratorio de los involucrados (incluyendo al propio Sarkis) que los ubica en Colombia, Amán y Lima, antes e inmediatamente después de los lanzamientos del cargamento, así como los papeles proveídos por el DAS colombiano y las armas incautadas en Papiral y Guayabetal por la sétima brigada del ejército colombiano.


Fuente: HILDEBRANDT EN SUS TRECE N°554, del 27/07/2021   p22

8 de julio de 2021

El regreso del gran conspirador de Perú: Vladimiro Montesinos urde un complot electoral contra Castillo

JUAN DIEGO QUESADA,  JACQUELINE FOWKS

En una sala escondía 25 pantallas en blanco y negro que transmitían día y noche para él. Mostraban la perspectiva de las principales avenidas de Lima, la entrada y salida del aeropuerto y los despachos de sus aliados y enemigos políticos. En uno de los televisores aparecía un mapa que registraba en tiempo real la localización exacta de los coches americanos que coleccionaba. Era célebre también su obsesión por escuchar conversaciones ajenas. Colocaba micros en despachos, vehículos y retretes. En ese tiempo se grabaron horas y horas de charlas vanas e inútiles entre funcionarios del Gobierno que mantenían las apariencias al saberse espiados. Vladimiro Montesinos era el hombre escondido detrás de la cortina, el que todo lo quería saber en el Perú de los años noventa.

Su reaparición estos días, los más convulsos de la historia reciente del país, ha dejado a todo el mundo asombrado. Montesinos, de 76 años, fue grabado este mes mientras hablaba desde el teléfono fijo de la prisión de máxima seguridad en la que está encerrado. El principal asesor del autócrata Alberto Fujimori, un número dos abstemio y ordenado que manejaba el servicio de inteligencia, le explica a un coronel retirado la manera de llegar hasta los jueces del tribunal electoral que estudian las nulidades que pide la candidata Keiko Fujimori para evitar la victoria en las urnas de su rival, Pedro Castillo. Keiko se refería a él de adolescente como el tío Vladi.

“Si hubiéramos hecho el trabajo que habíamos planteado ya no estaríamos en este problema de mierda”, dice en un momento dado Montesinos. Se entiende que se refiere a la victoria por la mínima de Castillo, un profesor rural de izquierdas visto por las élites del país y la derecha más recalcitrante como un peligro por su discurso contra las empresas extranjeras y el libre mercado. La conversación revelada da pie a múltiples interpretaciones, pero lo que es seguro es que Montesinos, al que muchos imaginaban como un anciano que consume sus últimos años de vida en una celda, no ha perdido su capacidad para urdir un complot.

Sugiere buscar un intermediario para sobornar con un millón de dólares a cada uno de los tres integrantes del jurado nacional de elecciones para que quiten del conteo final las mesas donde Castillo ganó masivamente. Montesinos es consciente de que Keiko puede ir a prisión, pues pesa sobre ella una acusación de lavado de activos y organización criminal. “¿Yo qué gano en esto? Nada. Simplemente estoy tratando de ayudar porque si no se joden: la chica terminará presa. Esa es la situación”, se le oye decir.

El dúo Fujimori-Montesinos guió el destino de Perú hace tres décadas. El primero era un ingeniero y profesor universitario de mediana edad, hijo de inmigrantes japoneses, que por sorpresa llegó a la segunda vuelta de las elecciones de 1990, en las que derrotó al escritor Mario Vargas Llosa. Fujimori era un outsider de la política que había entrenado su oralidad en un aburrido programa de debates en televisión. Al poco de enfundarse la banda presidencial le sobrevino el primero de los múltiples escándalos en los que se vería envuelto en los siguientes 10 años. Sus asesores le recomendaron solventar ese problema con la ayuda de un abogado, un tipo con gafas, algo enclenque, que por entonces ya empezaba a perder pelo. Su nombre era Vladimiro Montesinos.

Se trataba de un exmilitar de baja graduación que había acabado encarcelado por deserción. En la última época del dictador Juan Velasco Alvarado, mediados de los setenta, se alineó con los coroneles equivocados, los que no alcanzaron a suceder al general moribundo. El soldado Montesinos, más apto para los libros y el papeleo que para el campo de batalla, no aceptó el destino con el que le castigaron y huyó. En ese tiempo ya tenía fama de recabar información privada de sus compañeros y superiores. Todo lo dejaba anotado en libretas. Esa fe en dejar testimonio de la realidad por escrito o en vídeo, a la larga, le acabaría pasando factura.

El destino lo puso en el camino de Fujimori. Los dos se acostumbraron a dormir en la tarde y reunirse de madrugada. Fujimori y su sonrisa enigmática atesoraron una gran popularidad. Con el autogolpe de 1992 se hizo con plenos poderes de mando. Montesinos era su enlace con los generales del ejército. Era un momento marcado por la lucha contra Sendero Luminoso, una organización terrorista encabezada por un líder sanguinario y mesiánico, Abimael Guzmán. Montesinos se ocupaba de la guerra contra Sendero, el narcotráfico y, su asunto favorito, el espionaje político. Suya fue la idea de llevar a los Fujimori a vivir a la sede del SIN, el servicio de inteligencia. No parecía el lugar ideal para una familia -padre, abuela y cuatro niños-, pero allí el presidente se sentía seguro. Montesinos era un pequeño dios en esas oficinas, que construyó a su gusto de voyeur perpetuo. Proliferaban las falsas paredes, las cámaras y los micrófonos ocultos y los cristales que dejan mirar sin ser visto.

El detalle de la central de pantallas desde la que Montesinos tenía la ilusión de controlar una nación completa aparece en el libro Vladimiro, vida y tiempo de un corruptor. Lo escribe Luis Jochamowitz, un autor peruano de culto que años antes había publicado la biografía más celebrada sobre el presidente, Ciudadano Fujimori. Jochamowitz traza perfiles en los que abunda la introspección psicológica, en este caso sobre los dos hombres que más poder han aglutinado en el Perú moderno. Cuenta sus vidas interiores como un secreto al oído. El escritor y periodista cree que en estos audios se revela Montesinos en su esencia, con algo de verdad, un poco de exageración y la necesidad casi patológica de influir desde la sombra.

“Me lo imagino al tanto desde prisión”, explica Jochamowitz por teléfono. “Pero con un poco de bluf en sus declaraciones, por si acaso liga con algo de lo que ocurre. Toda su vida ha aprovechado las fuerzas de otro”, continúa. En el libro cita como ejemplo la detención de Abimael Guzmán, que llevó a cabo un grupo de élite de la policía, pero que Montesinos quiso hacer pasar como suya. En sus rutinas incluyó la de visitar al líder terrorista y durante un par de años mantuvieron una discusión ideológica que fraguó en casi una amistad. Los dos están encerrados en la misma prisión, en la base naval del Callao, en Lima.

A lo largo de los años grabó cientos de sus reuniones. Dejó testimonio visual de los sobornos con los que compró opositores, empresarios y dueños de medios de comunicación. La revelación de esos vídeos, conocidos como vladivideos, acabó con su carrera, a la par de la de Fujimori. En 2000, huyó en un velero a islas Galápagos y más tarde llegó a Venezuela, donde lo encontraron y lo extraditaron a Perú para enfrentar infinidad de juicios por corrupción y otros cargos. Su nombre quedó asociado para siempre al espionaje, la treta, la conspiración y el contubernio. La revelación de sus llamadas telefónicas han empezado a llamarse vladiaudios.

La abogada Gloria Cano defiende a las víctimas del Grupo Colina, el destacamento del Ejército que creó el Gobierno de Fujimori y Montesinos para desaparecer a opositores bajo la apariencia de operaciones antiterroristas. “No creo que sus llamadas al exterior sean un descuido, para mí es una sospecha más de corrupción”, opina. Explica que Montesinos no asiste a muchas de las diligencias judiciales en las que está acusado por asesinato o desaparición forzada alegando que está enfermo.

La jurista y profesora estadounidense Jo-Marie Burt acompañó de cerca los primeros juicios por corrupción y violación de derechos humanos seguidos a Fujimori y Montesinos. Para Burt, Keiko Fujimori representa un proyecto político que nació en 1990. “Ese proyecto se consolidó gracias a un pacto entre Fujimori y Montesinos, a quien Fujimori necesitaba para gobernar cuando no tenía ni partido. Montesinos hizo el nexo con las Fuerzas Armadas. Pero también le ayudó a controlar al Poder Judicial y luego otros poderes del Estado, incluyendo las autoridades electorales”, describe.

Para Burt, Montesinos sigue vigente en la política peruana porque es parte del poder fujimorista. “Montesinos aparece cada tanto porque a pesar de estar en la cárcel, es un factor del poder esencial del fujimorismo. Y porque las instituciones se han demostrado demasiado blandas antes personajes como Montesinos que alguna vez ostentaron el poder, a pesar de su condena de prisión de muchos años”.

Las dos conversaciones de Montesinos difundidas el jueves por un político local, Fernando Olivera, tienen al otro lado del teléfono a un coronel del Ejército en retiro, admirador de Alberto Fujimori. En la llamada Montesinos se queja de que el entorno de “la chica” no haya sabido arreglar las cosas para arrebatarle la victoria a Castillo. El gran urdidor, en la sombra, está convencido de que él lo habría hecho mejor.