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22 de septiembre de 2022

Chile: La desinformación del Rechazo

Daniel Espinosa

Los chilenos acaban de rechazar el borrador de la que hubiera sido su nueva Constitución, una diseñada para dejar atrás el legado de Pinochet y los “Chicago Boys”. El “No” arrasó: el 62 % de los votantes decidió rechazar el texto. La negativa del pueblo chileno, tomada como una victoria por el conservadurismo aquí y allá, también se vio afectada por las “fake news”, fenómeno del que ningún proceso político actual podría sustraerse.

Pero tampoco caigamos en la propaganda que los poderes dominantes de Occidente quieren que nos traguemos. Las “fake news” o “noticias falsas” –desinformación que suele producirse en computadoras personales o por encargo de partidos políticos, para ser transmitida por “WhatsApp” en elecciones– no pueden explicar los resultados ni el caos de los procesos políticos actuales (tampoco el rechazo chileno).

Las “fake news” siempre estuvieron ahí. Lo que revela la política actual es la insatisfacción de la gente en torno a un sistema caduco y, por suerte, herido ya de muerte: el neoliberalismo. Lo que termina de explicar la política actual –en segundo lugar– es la capacidad de la gente para expresar esta insatisfacción a través de internet y las redes sociales, de uso recientemente masificado. La popularización de nuevos medios de comunicación masiva siempre tuvo efectos tan grandes como inesperados sobre los sistemas políticos imperantes.

En muchos casos suscitaron olas democratizadoras que, como sucede hoy en día, preocuparon sobremanera al establishment. Las aristocracias tradicionales y sus asesores ven estos avances como “crisis democráticas”. Y el presente capítulo, además, sucede en Chile, “cuna” del neoliberalismo.

Como cuentan Stephen Kinzer y Stephen Schlesinger en “Bitter Fruit” –libro que relata y documenta el golpe de Estado contra Jacobo Árbenz de 1954–, la popularización de la radio tuvo un efecto claramente democratizador sobre Guatemala (tradicionalmente sometida a caudillos con aires decimonónicos):

“…mil quinientos días de guerra global… expusieron a los guatemaltecos a promesas de democracia escuchadas a través de la radio de onda corta… Las ‘Cuatro Libertades’ del presidente norteamericano Franklin D. Roosevelt… concientizaron a los guatemaltecos sobre las inequidades de su propia sociedad e hicieron a Roosevelt un héroe en Guatemala”.  

Cuando los guatemaltecos actuaron, siguiendo este ánimo democratizador e igualitario –llevados también por un profundo descontento–, desencadenaron toda la furia de la potencia hegemónica. El destino del país centroamericano, ya marcado en el mapa político-económico de entonces, era el de fungir de república bananera y nada más. Décadas de masacres y autoritarismo militar le siguieron a esta revolución democrática en el patio trasero.

Pero Chile nunca más volverá a transitar esa ruta del siglo XX, que también conoció en carne propia. El revés en la elección constituyente chilena, lejos de desvirtuar su proceso democratizador –este que lo aleja definitivamente del legado de Pinochet–, lo confirma: la nueva Constitución chilena no será una conquista exclusiva de la izquierda, como la anterior fue de la derecha, sino que será de todos los chilenos.    

DIFERENCIANDO “FAKE NEWS” DE PROPAGANDA

Aquí hacemos diferencia entre Propaganda y “noticias falsas” (fake news). La primera es la técnica o serie de técnicas mediante la cual se da forma a las actitudes y opiniones de las masas de forma sistemática y organizada, conduciendo su accionar según la voluntad del propagandista, que permanece oculto. Las “noticias falsas”, en cambio, son (solamente) una de las múltiples herramientas que la propaganda tiene a mano y usa a discreción.

En ese sentido, lo que debe estudiarse no es el serrucho, sino todo el oficio de la carpintería. Pero los carpinteros –si nos permitimos seguir con la analogía– son celosos de su arte. Solo nos han dejado ver esta herramienta y se han guardado todo lo demás. La intención es, precisamente, que pensemos que esta herramienta, las “fake news”, es todo lo que hay. Quieren que pensemos que cualquiera puede hacer Propaganda (con mayúscula). Es decir, que solo basta el serrucho: una mentira o una noticia falsa.

Al esparcir este concepto simplificado de propaganda –“fake news”–, según la cual cualquiera que tenga Internet puede practicarla efectivamente desde su casa, lo que se oculta es que, en realidad, la propaganda es el dominio casi exclusivo de las grandes potencias del mundo.

La propaganda se produce y administra en agencias estatales que albergan a docenas o cientos de funcionarios bien pagados, quienes manejan presupuestos oficiales (no siempre de conocimiento público) que llegan a los cientos o miles de millones de dólares anuales. Es una empresa basada en décadas de investigación académica y experimentación científica financiadas casi siempre por los gobiernos interesados. Al enfocarse en el trol y el activista político anónimo, el limitado concepto de “fake news” consigue invisibilizar a los verdaderos propagandistas: los gobiernos más poderosos del planeta, tanto autoritarios como “democráticos”. Esta breve explicación, lejos de pretender restarle influencia a las “noticias falsas”, lo que busca es situarlas en su lugar dentro del universo mayor de la propaganda.

MIEDO CONSERVADOR

Las olas democratizadoras del pasado también suscitaron una reacción. Ella casi siempre consistió en transformar los miedos del establishment en miedos populares a través de los medios de comunicación masiva y la prensa corporativa, justamente, de propiedad de la élite interesada.

Uno de los bulos usados por la derecha chilena en los meses previos decía que la nueva Constitución barrería con el concepto de propiedad privada. El “razonamiento” detrás sería que, al garantizarle un techo a sus ciudadanos, la nueva Constitución les quitaría sus propiedades a los ricos para dárselas a los pobres, como Robin Hood. En realidad, el derecho a la propiedad privada sí que figura en el borrador rechazado (art. 78). El político conservador Felipe Kast –sobrino de José Antonio Kast, contendor del actual presidente Gabriel Boric en las últimas elecciones presidenciales chilenas–, entre otros, difundió esta mentira a través de Twitter.

Otro blanco de las “noticias falsas” fue el asunto del Estado “plurinacional”. La propuesta del texto chileno no es nueva. Canadá, por ejemplo, es un estado “plurinacional”, lo que simplemente reconoce la convivencia de más de un pueblo o nación en un espacio común. El borrador de Constitución rechazado, a diferencia de lo que dicen las “noticias falsas” difundidas, no proponía cambios de bandera, himno o nombre para el país sureño, como alucinaban las “fake news” de naturaleza más pueril.

Voces más rancias, como la de Carlos Sánchez Berzaín, director del dudoso “Interamerican Institute for Democracy” (la Fundación Atlas es uno de sus donantes), auguran nada más y nada menos que la llegada a Chile de un infierno castrochavista: “Las asambleas constituyentes del siglo XXI en Latinoamérica son el instrumento para terminar con la democracia y la nación del país donde se imponen”, explica en un artículo para Infobae (24/7/22). La idea de que una nación pueda desear algo mejor que una Constitución impuesta en dictadura –para satisfacer los intereses de una pequeñísima élite local e internacional– le resulta intragable.

Así acaban “dos años de miedo e incertidumbre”, celebró el conservador Felipe Kast al conocer la victoria del rechazo. En rueda de prensa, Kast dijo que los proponentes del borrador para la nueva Constitución –dos años perdidos, en su opinión– son chilenos que “aborrecen (su propia) tradición, cultura y patria”. Habló de un triunfo con el que los chilenos “recuperan Chile”.

Nos recuerda en algo a las espontáneas expresiones de la primera dama de Chile cuando sucedió el estallido social, en octubre de 2019: “es como una invasión extranjera, alienígena…”. Ese es el problema: esos alienígenas siempre estuvieron ahí y, diga lo que diga Kast, son tan chilenos como él y el resto del establishment.

Fuente: HILDEBRANDT EN SUS TRECE N°602, del 09/09/2022   p14

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15 de septiembre de 2022

Chile: La estrella del sur

Gustavo Espinoza M.

Hacer una Revolución –lograr la liberación humana, podría decirse- es extremadamente difícil. Semeja al ascenso de una montaña jamás antes explorada.

Hay que mirar siempre la cima  -aseguraba un hombre que conocía muy bien el tema: Lenin-. Partir de un lugar apropiado, escoger la ruta, limpiar el camino, retirar los abrojos y las las piedras, retroceder, comenzar de nuevo, cuidarse de las lluvias y de los lodazales, de los desprendimientos que a veces caen de la montaña, protegerse de los vientos, desandar el camino recorrido, empezar otra vez con el mismo propósito, hasta que finalmente, será posible llegar al objetivo anhelado.

Todo eso pudo comprobarlo en carne propia Salvador Allende, que hace 49 años, un día como hoy, ofrendó su vida en el empeño de liberar a su pueblo de la opresión capitalista y redimirlo,  alcanzando sus propósitos por un ruta nueva: el socialismo.

Siempre tuvo la misma idea en su cabeza bullente. Pero quizá no pensó que ella estallaría un 11 de septiembre de 1973, en medio de un fragoroso combate que le fuera impuesto por las fuerzas de la reacción interna y externa.

Los documentos secretos liberados por el Departamento de Estado de los Estados Unidos, dan cuenta de las maniobras encubiertas, de las partidas en dólares, de los enjuagues turbios manejados en el empeño por acabar de una vez para siempre con el proceso chileno, con su gobierno y con su pueblo. La CIA y el fascismo estuvieron entonces de la mano, como en otros tiempos y en otras latitudes. Pero siempre al servicio del Capital.

Hay quienes piensan que la muerte de Allende cerró el camino de una utopía: lograr ese propósito por la vía pacífica. Pero eso no es exacto. Hoy, en distintos confines de planeta, muchos revolucionarios transitan por el mismo derrotero y están dispuestos –como él- a luchar hasta el fin, o caer en la contienda

Lo que les importa, es lo mismo que importó a este médico de Valparaíso que hizo historia: abrir las alamedas por las que transite el hombre libre.  En esa tarea está su Chile hoy, y están también muchos pueblos de la tierra.

En la Patria de Neruda, el pasado domingo, tuvo lugar un referéndum constitucional.  Más del 60% de los ciudadanos votó en contra del proyecto que les fuera planteado en reemplazo de la Constitución vigente. Algo menos del 40% expresó su conformidad con el texto alcanzado por la Convención Constituyente ya fenecida.

Bien podría decirse que, en el marco de esa consulta, primó el miedo: el miedo a lo desconocido, miedo a lo que vendrá. Y que se impuso el viejo adagio: más vale malo conocido, que bueno por conocer.

El resultado de la consulta, no invalida la esencia del tema. No implica un retorno al pasado, ni demuestra que la gente se aferra a la Constitución pinochetista varias veces reformada, ni al “modelo” Neo Liberal. Solo afirma que la ciudadanía no se mostró conforme con el texto que le fuera consultado. Espera otro, que recoja mejor sus sentimientos y aspiraciones.

Chile es un país de una muy rica historia. Ha conocido diversas variantes: desde gobiernos progresistas como el de Frente Popular de Aguirre Cerda, y el de Salvador Allende. También ha sabido de dictaduras siniestras, como las de Ibáñez del Campo, Gonzales Videla y Augusto Pinochet. Unas y otras, le han obligado a macerar en sangre sus anhelos y esperanzas.

Cuando a fines del año pasado eligió a Gabriel Boric como un mandatario, en realidad desestimó  dos opciones: la de la derecha, liderada por Kats; y la de la izquierda más definida y coherente representada en “las primarias”  por Jadue, el candidato del Partido Comunista.  Su victoria, sin embargo, alentó una unidad más amplia, pero al mismo tiempo, más compleja: la de un pueblo que está buscando hacer sus experiencias políticas en el propósito de ascender al pico de la montaña.

El gobierno de Boric ha tenido, a su vez, sus contratiempos, que han incidido en el ánimo del electorado: se ha agravado la crisis económica, se ha puesto más en evidencia la inseguridad ciudadana, se ha encrespado la marea social, han hecho carne las contradicciones históricas, la vida misma de los pueblos originarios.

Y el gobierno no ha tenido tiempo, ni experiencia, para hacerle frente a esas vigorosas tormentas. Aun debe afirmarse, retomar el rumbo y seguir adelante,  sin perder a brújula que le pusiera en la mano el pueblo que lo eligió para gobernar a partir de marzo de este año. Y claro, de por medio estuvo también la inmensa campaña de la derecha que buscó obsesivamente empedrarle el camino, desbaratarle el rumbo, quebrarle su voluntad; pero, sobre todo, incidir en el ánimo de la gente para que se aferre al pasado y no se atreva a otear el porvenir.

En el Perú la derecha más reaccionaria, ha batido palmas por el resultado de la consulta plebiscitaria. Lo ha tomado como si fuera una victoria suya. Y ha buscado por cierto, orillar el tema de fondo para detenerse en las formas. Y es que aquí, lo que les aterra, no es, en última instancia, una nueva Constitución; sino la convocatoria a una Constituyente de la cual pueda emerger un Poder distinto al que ostenta con vanidad y torpeza.

Para ella, lo que se ha demostrado, es que una Constituyente, no es un camino válido. Sería como abrir una Caja de Pandora, que descarta con todos sus aditamentos, plebiscito incluido. Mejor, si fuera posible, “una Junta de Notables”, que perfeccione la Carta que tenemos y mantenga su más preciado tesoro -el capítulo económico- podría admitirse; pero una Constituyente, jamás. Ahí está la voz del pueblo.

Que Chile -la estrella del sur- saldrá adelante, no hay duda,  y que avanzará hasta coronar la cima de la montaña, es seguro. En ella encontrará, tallado en piedra, el verso de Neruda:   “Fue dura la verdad como un arado /  rompió la tierra, estableció el deseo / rompió sus propagandas germinales / y nació en la secreta primavera”.

Sabrá entonces que esa fue la victoria.

13 de septiembre de 2022

Chile: Constitución e ideología

Pablo Iglesias

La clave del cambio en la voluntad de la mayoría chilena es atribuible a la acción sostenida en el tiempo de los principales actores ideológicos: los poderes mediáticos

El triunfo de los partidarios del “Rechazo” a la nueva Constitución en Chile ha sido contundente. Las encuestas anticiparon esta victoria, pero los resultados finales la han hecho aún más inequívoca de lo que cabía esperar.

Sospecho que, con estos resultados, muchos sectores progresistas en Chile, y en el mundo, harán un análisis con las claves que voy a exponer a continuación.

Se dirá que la composición de la Convención constitucional, dominada por la izquierda y por figuras independientes y con la derecha sin capacidad de bloqueo, impidió que se generaran incentivos a los sectores conservadores para llegar a acuerdos. Se asumirá que el texto de la nueva Constitución era quizá demasiado avanzado para representar al conjunto de la sociedad chilena. Se dirá que la clave fundamental del fracaso es que el texto final solo representaba a la izquierda y se reconocerá que en las entrañas ideológicas de la sociedad chilena hay asentadas ideas muy conservadoras en lo que se refiere a la sanidad, la educación y las pensiones. Se querrá reconocer que es una característica intrínseca de la sociedad chilena, lograda por décadas de neoliberalismo, el miedo a lo público y la admiración aspiracional por lo privado. Se dirá seguramente también que la plurinacionalidad ha sido el talón de Aquiles del proceso por haber activado un nacionalismo antiindígena latente. Puede que se llegue a decir incluso que el feminismo del texto, elaborado por la ya malograda Convención, era demasiado para Chile y que, desde luego, cuestiones como los derechos de los animales han alejado al mundo rural chileno del texto. Si este análisis se impone, quedará claro que, de lograrse reactivar el proceso constituyente, este deberá dar lugar a un texto aceptable al menos para una parte de la derecha con la que hay que dialogar y pactar desde ya.

Estos planteamientos que he tratado de exponer sucintamente entroncan con las visiones dominantes de la historia política de Chile que interpretan que el proyecto del presidente Allende y de la UP empezó a morir desde el momento en que no pudo atraer a la Democracia Cristiana a una alianza histórica (Berlinguer teorizaría después esa alianza como compromiso ineludible) y que la principal lección de la Transición chilena y de las experiencias de la Concertación siguen vigentes. ¿Cuál es esa lección? Básicamente, que en Chile no se puede gobernar sin el consenso de una parte de la derecha.

Ni uno solo de los elementos de este análisis es una estupidez. Por el contrario, apunta muchas claves de la realidad política chilena de ayer y de hoy que casi parecen evidentes. Pero, a mi entender, este planteamiento pecaría de un derrotismo absurdo si no asumiera también la centralidad que siempre tienen (y aún más en este proceso) los mecanismos que determinan la ideología como principal terreno de combate político. Quédense con esto: la ideología y sus estructuras nunca son consensos, sino el resultado provisional de cruentos combates entre nuevos relatos y relatos ya asentados, muchas veces de manera contradictoria.

¿A qué me refiero? Pues a que lo más interesante del proceso que ha terminado en la derrota de los partidarios del “Apruebo” ha sido que los principales actores ideológicos partidarios del “Rechazo” han remontado y ganado con contundencia un partido que hace meses iban perdiendo. Pero la clave de que la voluntad de la mayoría chilena haya cambiado en estos meses no es ni mucho menos atribuible al texto final de la Constitución (supuestamente demasiado avanzado para la conservadora sociedad chilena), sino a la acción sostenida en el tiempo de los principales actores ideológicos: los poderes mediáticos. La sociedad chilena no es necesariamente conservadora; no lo fue ni en el estallido social, ni al hacer presidente a Gabriel Boric y hegemónica a la izquierda que representa. En las sociedades conviven y combaten diferentes valores y la lucha política e ideológica es, básicamente, activar unos u otros.

Al hablar de la acción de los medios de comunicación no me refiero solo a las fake news y a su notable eficacia, sino a la capacidad del sistema mediático chileno para activar los valores conservadores que, efectivamente, viven en buena parte de la sociedad. Pero, como digo, esos valores conviven con otros valores progresistas y avanzados que la izquierda no ha sido capaz de activar, básicamente por su profunda debilidad mediática. Cuando el combate ideológico es sostenido en el tiempo y no se da en contextos destituyentes de movilización (en los que un blitz es posible) es casi misión imposible activar esos valores frente al poder del adversario.

Nada hay tan ideológico como un debate constitucional; es un debate sobre los valores que definen el contrato social de un país. Si, además, es un debate sostenido en el tiempo que tiene como terreno de juego principal los medios de comunicación, ya vamos teniendo las claves del proceso que hemos vivido estos meses. He seguido de cerca ese terreno de juego y resulta evidente no solo el abrumador dominio reaccionario en la correlación mediática de fuerzas en Chile, sino que los propios portavoces del “Apruebo” que intervenían en los medios (del mismo modo que los portavoces gubernamentales) tenían básicamente que discutir de los temas y marcos (los “privilegios” de los indígenas, el carácter “expropiatorio” del texto, etc.) impuestos por su adversario mediático, además de tratar de desmentir un bombardeo continúo de fake news y bulos…

Hoy se inicia una nueva etapa llena de dificultades y desafíos en Chile que seguiremos mirando desde el exterior con mucho interés por las implicaciones que tiene para América Latina y para los proyectos de izquierdas en todo el mundo. Ojalá la izquierda entienda que reequilibrar la correlación mediática de fuerzas es condición de posibilidad para avanzar en el combate ideológico que es, en última instancia, la esencia de la política y de la transformación social.

Pablo Iglesias. Es doctor por la Complutense, universidad por la que se licenció en Derecho y Ciencias Políticas. En 2013 recibió el premio de periodismo La Lupa. Fue secretario general de Podemos y vicepresidente segundo del Gobierno.

6 de septiembre de 2022

¿Por qué ha rechazado Chile la nueva Constitución?

Marco Teruggi

La propuesta de nueva Constitución chilena fue rechazada en las urnas. El resultado fue contundente: 61.88% el Rechazo y 38.12% el Apruebo, con una participación récord de casi 13 millones de electores, 4.5 millones más que en diciembre de 2021. La distancia entre las opciones fue superior a todo lo que habían pronosticado las encuestas que daban por perdedor el texto, pero no con un margen tan amplio. Chile quedó sorprendido en la noche del domingo: tanto quienes perdieron, como quienes ganaron, por la amplitud de la distancia.

Los primeros festejos comenzaron pasada una hora del cierre de las mesas. En cada uno de los Comandos del Rechazo tomaron la palabra sus dirigentes: el Comando de Chile Vamos compuesto por los partidos tradicionales de derecha, el Comando de la Centro-Izquierda por el Rechazo, o el Comando Amarillos por Chile. “Lo que ha votado Chile es seguir adelante, darse una nueva oportunidad, Chile necesita algo mejor que lo que propuso el texto de la Convención Constitucional (…) estamos plenamente comprometidos, sin ninguna duda, para dotar a Chile de una nueva Constitución”, afirmó, por ejemplo, el vocero del Comando de Centro-Izquierda.

Todos los dirigentes del Rechazo reafirmaron la voluntad de ir hacia un nuevo texto. “Nuestro compromiso es con una buena y nueva Constitución, el proceso constituyente no ha terminado”, afirmó, por ejemplo, el vocero de Chile Vamos, donde se encuentra, por ejemplo, el tradicional partido Unión Demócrata Independiente (UDI).

Los motivos por los cuales no se aprobó la nueva Constitución en Chile

Se trata de un elemento central: la campaña por el Rechazo abandonó desde temprano el discurso de defensa del texto de 1980 o de su reforma. El 25 de octubre de 2020 la mayoría de la sociedad votó contundentemente por una nueva Constitución, evidenciando la derrota del legado principal de la dictadura. La derecha, en consecuencia, tomó la propuesta de ir hacia una nueva Constitución. Los dirigentes de Centro-Izquierda por el Rechazo, por su parte, construyeron un discurso que buscó interpelar a quienes se movilizaron históricamente contra el pinochetismo: “Votamos No en el 88, Apruebo en el 2020, pero que esta vez dijimos no podemos aprobar este texto, tenemos que arreglarlo”, expresó uno de sus voceros.

Tal vez allí esté una de las primeras explicaciones de la victoria del Rechazo: la capacidad de haber expandido la campaña más allá de la derecha, no haber centrado el discurso en la defensa de aquello impugnado en las calles de 2019 y las urnas de 2020 y 2021, para así convencer a un electorado heterogéneo y amplio.

“La mayoría de la ciudadanía se ha manifestado, y a pesar del vivo anhelo por tener una nueva Constitución, ha rechazado la propuesta de la Convención Constitucional. Aceptamos con humildad este resultado y su contenido, como país merecemos tener una nueva Constitución que contenga el sentir mayoritario del pueblo de Chile”. Así inició el discurso del Comando de Campaña desde un escenario con varios de los principales referentes de los partidos de Gobierno.

Como suele suceder con las derrotas, comenzaron a multiplicarse señalamientos cruzados sobre responsabilidades. Algunas voces centraron el peso en las falencias de un Gobierno que cuenta con alrededor de un 38% de aprobación, mientras que otras pusieron el centro de la crítica en el mismo texto y la dinámica de la Convención. La propuesta de la nueva Constitución ya había tenido una deslegitimación anterior, con la idea de “aprobar para reformar”, es decir, aceptando que la misma tenía falencias en varios aspectos que debían ser corregidos.

Podrían pensarse otros elementos de la derrota: la dificultad, por ejemplo, de haber construido una estrategia eficaz de comunicación de la nueva Constitución, no solamente durante las semanas de campaña, sino a lo largo de sus sesiones durante un año. Son varios quienes afirman que el órgano electo no logró transmitir hacia afuera el proceso interno. Esa debilidad se enfrentó a la complejidad para explicar un texto complejo de 388 artículos, enfrentado, a su vez, a lo que fue denominado como una campaña de miedo y de avalancha de fake news por parte del Rechazo.

“No se puede disociar al Gobierno de esta derrota, no se lo puede disociar de la opción que defendió con mucha fuerza, haciendo campaña por esa opción, este tiene que ser un llamado a la reflexión”, afirmó el presidente de la UDI, Javier Macaya. La asociación entre Gobierno y plebiscito fue uno de los tópicos permanentes y complejos de la campaña, por lo que, la derrota del Apruebo busca ser asociado a una derrota del Gobierno de Boric que lleva cinco meses en el cargo.

Boric tras el rechazo a la nueva Constitución

El presidente tomó la palabra poco antes de las 22 horas locales. “Esta decisión de los chilenos y chilenas exige a nuestras instituciones y actores políticos que trabajemos con más empeño, con más diálogo, con más respeto y cariño hasta arribar a una propuesta que nos interprete a todos, que dé confianza, que nos una como país. Allí el maximalismo, la violencia y la intolerancia con quien piensa distinto deben quedar definitivamente a un lado”, señaló.

El Gobierno planteó desde julio que, en caso de ganar el Rechazo, la propuesta sería volver a convocar elecciones para formar una nueva Convención que redacte un nuevo texto. Boric se comprometió en la alocución a trabajar “en conjunto con el Congreso y la sociedad civil un nuevo itinerario constituyente que nos entregue un texto que recogiendo los aprendizajes del proceso logres interpretar a una amplia mayoría ciudadana”.

Para eso este lunes se reunirá con los presidentes de ambas cámaras y luego con diferentes sectores sociales. Uno de los objetivos será construir los acuerdos para el nuevo mecanismo y cronograma de elección de otra Convención, pero ahora con el Gobierno y las calles marcados por una derrota, y la derecha que buscará pasar a la ofensiva a partir de su primera gran victoria política desde 2019.