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30 de septiembre de 2025

«Una persona que está muriéndose de hambre no tiene libertad»

Joseph E. Stiglitz   (Come​nta Olga Agüero)

“Los aranceles son un desastre, pero lo más decepcionante es la capitulación de Europa”, denuncia el economista estadounidense en el discurso de investidura como Doctor Honoris Causa de la UIMP

Joseph E. Stiglitz (1943, Indiana, Estados Unidos) llegó a Santander con ganas de hablar de libertad: del sentido de un término que trata de capitalizar la derecha y de la importancia de la libertad académica “que está siendo cuestionada en los Estados Unidos y en mi universidad, la de Columbia”. A su juicio, no es solo un privilegio de unos pocos, sino que es una parte esencial para los mecanismos de control de la sociedad. “Nos enfrentamos a una ardua batalla, probablemente la ganaremos”, proclamó optimista a pesar de todo.

El Premio Nobel de Economía es un personaje menudo, que muestra cierta agilidad a pesar de apoyarse en un bastón, de rostro simpático. Habla de manera tranquila, no necesita elevar el tono ni hacer inflexiones teatrales para expresarse con contundencia sobre asuntos actuales y polémicos. En Santander no rehuyó ninguna cuestión: afirmó con rotundidad que en Gaza se está produciendo un genocidio “tanto humano como académico”, alabó el “liderazgo increíble” del presidente español, Pedro Sánchez, tras su reciente intervención en la Universidad de Columbia, criticó que Donald Trump está convirtiendo el mercado “en un bazar donde todo vale” y denunció el miedo que hay en las universidades estadounidenses, sobre todo entre alumnos extranjeros que temen ser deportados.

Sin embargo, a pesar de lo atractivo de la cita, cualquier romería de verano en Cantabria reúne a más autoridades y políticos que la presencia en la capital del todo un Premio Nobel de Economía. La ceremonia de investidura como Doctor Honoris Causa por la Universidad Internacional Menéndez Pelayo (UIMP), con la presencia del ministro Carlos Cuerpo, tuvo sonoras ausencias. Entre ellas, la de la propia presidenta de Cantabria, María José Sáenz de Buruaga, que delegó la representación de su Ejecutivo en el consejero de Educación, Sergio Silva. Tampoco el responsable de Economía consideró pertinente escuchar en persona las lecciones del profesor de Columbia. Sí hubo, en cambio, representación de las universidades cántabras.

En la segunda fila le escuchaban algunas caras conocidas, como el empresario Sebastián Ceria, el matemático argentino que vendió su empresa dedicada al control de riesgos financieros por 850 millones de dólares y compró el Real Racing Club de Santander. Después de la ceremonia compartieron mesa y conversación antes del retorno del profesor a Bilbao, donde este lunes tiene agenda.

Cuando Stiglitz, un pensador comprometido con la justicia social, apareció en el salón, ya había protagonizado un encuentro previo con la prensa durante aproximadamente una hora. Estuvo amable y hablador. Destilando vitalidad. “No me habéis preguntado por los aranceles”, reprochó con cierta picardía a los periodistas, antes de lanzar su diagnóstico: “Son un auténtico desastre, pero lo que más me decepciona es la capitulación de Europa, que se hayan rendido a negociar con Trump”. “Si cede, eso supondría dejar de lado la soberanía de Europa”, vaticinó con contundencia.

En el discurso que pronunció en la ceremonia académica defendió “la misión esencial de la academia” y confesó que le emocionaba estar en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo después de los últimos sucesos en Estados Unidos: “Me reconforta muchísimo porque creo que el soft power de nuestras universidades es mucho más importante que el poder militar americano”. Según recordó, la universidad se dedica a defender el conocimiento “asegurándonos de que nuestra sociedad trabaja en beneficio de toda la humanidad y es fundamental mantener una red de conocimiento. Por eso los regímenes autoritarios siempre han atacado estas universidades”, apostilló.

El autor del libro ‘Camino de libertad: la economía y la buena sociedad’ opinó que “los que están en la derecha han hablado siempre de la libertad como si fuese suya, pero creo que no han entendido bien lo que significa esa libertad y al no hacerlo la han socavado”. Stiglitz explicó que no vemos autoritarismo en los países que han trabajado mucho por el bienestar. No se ve en los países más desarrollados de Europa, pero sí en los que ha habido muy poca intervención del Gobierno cuando no se ha ocupado de los que se quedan atrás, “de los que no tienen ni la salud ni la educación que merecen”.

“Una persona que está muriéndose de hambre no tiene libertad, lo único que puede hacer es sobrevivir”, denunció el economista estadounidense. “Las universidades estamos aquí para reforzar esa libertad y dejar que los jóvenes la utilicen para ampliar sus potenciales, debemos liberarlos de las ideas que los limitan y que puedan pensar por sí mismos”, subrayó en su visita a la UIMP. En su opinión, esa es una de las razones por las que derecha ataca las universidades: no quieren que los jóvenes piensen por sí mismos, “no quieren oír hablar del pensamiento crítico”.

Stiglitz alertó también de que la libertad a veces se adquiere a expensas de la falta de libertad de otra persona. La libertad para cuidar el medio ambiente es que nosotros debemos de perder parte de nuestras libertades porque el planeta debe quedar libre de contaminación. El Nobel ha enlazado esta cuestión con la pandemia, cuando algunas personas se resistían a llevar mascarilla o vacunarse porque restaba parte de su presunta libertad. “Pero eso ponía en riesgo la libertad de sus semejantes”.

Añadió otro ejemplo, el de quienes apelan a la libertad de llevar un arma frente a quienes no se sienten libres del miedo, por temor a que una persona armada irrumpa a tiros en su colegio. “La libertad de vivir es más importante que la libertad de llevar un arma”, afirmó. Por tanto, defendió la necesidad de hacer concesiones para llegar a acuerdos.

La segunda idea potente de su discurso en Santander sirvió para destacar que a través de una acción colectiva se puede reformar la libertad de todos. Como sucedió durante la COVID: pagar impuestos ha permitido desarrollar vacunas. “Un ejemplo sencillo: un semáforo nos resta cierta libertad, ¿verdad? Nos hace parar cuando está en rojo, pero sin ellos nadie podría circular”, argumentó.

Joseph E. Stiglitz recibió el premio Nobel de Economía en 2001 por sus análisis de los mercados con información asimétrica, una contribución fundamental para comprender las fallas del mercado y sus implicaciones sociales. Desde ese año imparte clase en la Universidad de Columbia, donde fundó la ‘Initiative for Policy Dialogue’, un centro de pensamiento centrado en el desarrollo internacional.

En 2003 recibió el máximo honor académico de esa prestigiosa institución académica al ser nombrado ‘University Professor’, y, además, es conocido por su trabajo sobre economía de la información, desarrollo global y desigualdad, así como por su papel en instituciones académicas y multilaterales de alto nivel.

A lo largo de su carrera ha desempeñado puestos como economista jefe del Banco Mundial, asesor de gobiernos como el del presidente de los Estados Unidos, Bill Clinton, activista en el debate sobre los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) o miembro de la comisión que redefinió la medición del progreso social, entre otras plataformas destacadas.

Fuente: https://www.eldiario.es/cantabria/ultimas-noticias/joseph-e-stiglitz-premio-nobel-economia-persona-muriendose-hambre-no-libertad_1_12639522.html

12 de julio de 2025

La ofensiva de Trump y la fuerza del BRICS

Tiago Nogara

Pocas horas después de que los representantes de los países del BRICS, reunidos en Río de Janeiro, emitieran una nueva declaración conjunta —criticando las medidas de proteccionismo comercial y exhortando a soluciones multilaterales para los grandes dilemas globales—, el presidente estadounidense Donald Trump reaccionó en su red social Truth Social, amenazando con imponer aranceles adicionales del 10% sobre los productos de los países que “se alineen con las políticas antiamericanas del BRICS”. Según Trump, “no habrá excepciones a esta política”, en una clara demostración de animosidad ante el fortalecimiento de las iniciativas vinculadas al BRICS.

Estas amenazas dicen mucho no solo sobre la estrategia de la política exterior de Estados Unidos bajo Trump, sino también sobre el impacto que las iniciativas del BRICS han alcanzado en el ámbito internacional. En los últimos meses, no han sido pocos los analistas que han insistido en la narrativa de que el BRICS habría perdido impulso. Entre los argumentos más comunes y repetidos está el de que la reciente expansión del número de miembros habría aumentado su amplitud, pero debilitado su capacidad de generar consensos. Del mismo modo, muchos sostienen que el aumento de las tensiones en el mundo y la postura más agresiva de la diplomacia estadounidense habrían llevado a muchos países en desarrollo a temer apoyar bloques multilaterales no subordinados a los intereses de Washington.

En vísperas de la Cumbre del BRICS en Río de Janeiro, los principales medios de comunicación occidentales inundaron sus portadas destacando la ausencia de los presidentes Xi Jinping y Vladimir Putin en el encuentro, señalándola como un síntoma inequívoco de un supuesto vaciamiento del bloque. En Brasil, país anfitrión de la cumbre, los grandes medios corporativos abusaron cotidianamente de tales argumentos para alimentar la continua ola de propaganda contra el gobierno de Lula, ya como parte de un ensayo preparatorio para las elecciones presidenciales de 2026. Según algunos, la cumbre tenía todos los ingredientes para ser un fracaso, con comunicados vacíos que reflejarían más las desavenencias que los posibles consensos entre los países miembros.

Sin embargo, lo que se vio en Río de Janeiro fue algo muy distinto de lo que preveían los profetas del caos. A lo largo de esta 17ª reunión de alto nivel de los líderes del bloque, los países del BRICS asumieron más de 120 compromisos conjuntos que abarcan gobernanza global, finanzas, salud, inteligencia artificial, cambio climático y otros diversos temas estratégicos. Más allá de la innegable relevancia de los avances en estas diversas áreas, el contenido político de la declaración conjunta demostró la enorme capacidad de articulación y convergencia del bloque, expresando la preocupación compartida de los países miembros ante los conflictos en curso en distintas partes del mundo.

La declaración expresó la preocupación colectiva ante la tendencia creciente de aumento del gasto militar a nivel mundial, en detrimento del financiamiento adecuado para el desarrollo de los países del Sur Global. En contraposición a los llamados militaristas que resuenan en distintas esferas de poder en el mundo, los BRICS reafirmaron la defensa del multilateralismo, del desarrollo sostenible, de la erradicación del hambre y la pobreza, y del combate al cambio climático como los verdaderos caminos para resolver los grandes problemas globales. En esta misma línea, también se aprobaron documentos clave como la Declaración Marco de los Líderes del BRICS sobre Finanzas Climáticas, la Declaración de los Líderes del BRICS sobre la Gobernanza Global de la Inteligencia Artificial, y la Asociación del BRICS para la Eliminación de Enfermedades Socialmente Determinadas.

El mundo atraviesa un momento de gran turbulencia. Conflictos militares como los del este de Europa y Medio Oriente agudizan los ánimos; las crisis económicas recurrentes preparan el terreno para el descontento social; y los discursos agresivos de falsos profetas empujan a países enteros por el camino equivocado de la guerra y la confrontación. Hace casi dos décadas, los BRICS —inicialmente BRIC— surgieron precisamente en un contexto de incertidumbre, después de la crisis financiera global de 2008, sirviendo como una importante plataforma para articular las demandas de los países en desarrollo frente a los grandes desafíos del orden mundial. Dando voz al Sur Global, se volvieron indispensables tanto para el fortalecimiento del G20 como para el fortalecimiento del diálogo Norte–Sur en la búsqueda de salidas conjuntas a los dilemas de aquel entonces. Hoy, ante la profundización de las fracturas en el tejido social y en las estructuras multilaterales globales, los BRICS se afirman no solo como una plataforma ampliada de cooperación entre países en desarrollo, sino también como una de las principales vanguardias en la defensa del multilateralismo a nivel internacional.

El contenido político de las declaraciones emitidas por los países miembros del BRICS es claro: proponen salidas colectivas y pacíficas a los dilemas globales, con énfasis en las cuestiones económicas y sociales, en detrimento de intereses belicistas y geopolíticos. No por casualidad, logran sentar en una misma mesa a países con gobernantes de perspectivas políticas e ideológicas diversas, pero unidos por preocupaciones similares en la búsqueda de caminos convergentes para el desarrollo de sus países y la cooperación entre sus pueblos. Al no dirigir sus iniciativas contra ningún bloque o país específico, el BRICS rompe con la narrativa dicotómica que pretende resucitar el paradigma bipolar de la Guerra Fría, y afirma su plena complementariedad con los demás mecanismos de mayor alcance en el escenario multilateral global. Por lo tanto, el BRICS no se presenta como un contrapunto a la ONU, al FMI o al Banco Mundial, sino como una plataforma desde la cual los países en desarrollo cooperan entre sí y buscan posiciones comunes a favor del fortalecimiento del conjunto del sistema multilateral global.

Al atacar al BRICS, a sus países miembros y a otros países simpatizantes de las iniciativas del bloque, Donald Trump los acusa de conformar un bloque “antiestadounidense”, y no lo hace por casualidad. Es justamente con base en esta narrativa que Estados Unidos y sus estrategas han buscado debilitar diversos esfuerzos pacíficos de cooperación multilateral. En el caso específico de las iniciativas promovidas por China, son reiteradas —y sin fundamento— las acusaciones sobre el supuesto “doble uso” (civil y militar) de las infraestructuras vinculadas a la Iniciativa de la Franja y la Ruta. Según esta versión, las inversiones chinas representarían una amenaza a la soberanía de terceros países y un riesgo para la seguridad de Estados Unidos. En esta misma línea, persisten mitos como el de la “trampa de la deuda” china y el de la supuesta espionaje e interferencia política llevada a cabo por empresas y proyectos chinos, desde las redes 5G de Huawei hasta la expansión de TikTok.

Lo que ahora parece nuevo —aunque claramente no lo es— es que, esta vez, el ataque no se dirige únicamente a China —desde hace tiempo señalada como la principal “rival” de Estados Unidos— ni a los países que los estrategas imperialistas han bautizado como el “eje del mal”, sino a un conjunto mucho más amplio de países en desarrollo. Muchos de ellos ni siquiera presentan contradicciones con las estructuras democrático-liberales tan elogiadas por Washington, ni exhiben ruptura ideológica alguna con el paradigma dominante del capitalismo occidental. Simplemente ejercen su derecho a asociarse libremente con iniciativas multilaterales de cooperación con países que enfrentan dilemas similares, por compartir características comunes en tanto que países en desarrollo, integrantes de lo que se ha denominado como el “Sur Global”.

Al amenazarlos con una nueva oleada de aranceles unilaterales, Estados Unidos no sentencia a muerte el crecimiento del BRICS —como parece pretender—, sino su propia capacidad de influir de forma decisiva en los debates sobre la necesaria reformulación y fortalecimiento de las instancias multilaterales internacionales. Y, contrariamente a lo que puedan imaginar, esto ocurrirá con o sin la participación estadounidense. Tras su expansión, el BRICS pasó a representar, en conjunto, más de la mitad de la población mundial y más del 40% del PIB mundial medido en paridad de poder adquisitivo. Y las banderas de la defensa del multilateralismo, del desarrollo económico con justicia social y del rechazo al militarismo no se restringen al interés exclusivo de los países del BRICS o del conjunto del Sur Global, pues también abarcan la voluntad expresada de amplios sectores de los pueblos y gobiernos de las más diversas regiones del planeta. Por lo tanto, se equivocan quienes vieron en la expansión del BRICS una supuesta pérdida de densidad y cohesión del grupo: representó, en verdad, la adaptación necesaria de la estructura del bloque a los desafíos contemporáneos que enfrenta el mundo, exigiendo la conformación de frentes amplios y heterogéneos que busquen soluciones pacíficas a los dilemas internacionales actuales.

Las políticas de intimidación, unilateralismo y belicismo promovidas por Trump poco contribuyen a la resolución de las complejas cuestiones abordadas en los más de cien compromisos firmados por los países del BRICS en Río de Janeiro. Tampoco tienden a reforzar el objetivo estadounidense de consolidar un orden internacional unipolar bajo su tutela, en la medida en que la radicalización de los ataques contra decisiones soberanas —incluso de supuestos aliados— no hace más que ampliar la tendencia al aislamiento político de Estados Unidos, con pérdida de influencia y capacidad decisoria. En contra de lo que predecían los analistas subordinados al imperio, los BRICS siguen firmes y en crecimiento, y las sólidas palabras de la Declaración de Río de Janeiro consolidan no solo la convergencia del Sur Global en favor de un orden multipolar, sino también la conformación de una amplia vanguardia en defensa del multilateralismo, la paz y la cooperación mundial.

Tiago Nogara. Profesor de la Universidad de Nankai.

Se publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

23 de junio de 2025

El avance económico de China aterra a Washington

Hedelberto López Blanch

Washington en los últimos años ha intentado infructuosamente disminuir la influencia económica y comercial de China, no solo dentro de Estados Unidos sino también a nivel mundial, pero el gigante asiático hasta ahora ha sido indetenible.

La realidad es que China apareció en la arena pública como un competidor fuerte y durante la primera administración de Donald Trump en la presidencia, en 2017 la Casa Blanca impulsó la guerra comercial contra el gigante asiático.

En la segunda presidencia del convicto magnate, en abril de 2025 sancionó por decreto una tasa base del 10 % a todas las mercancías que entraran a Estados Unidos y amenazó a los países sujetos a aranceles que no respondieran de igual forma, so pena de ser castigados.

En su afán por debilitar a China, Trump le lanzó una guerra de aranceles para los productos que importa desde esa nación los que han ido subiendo desde un 10 % hasta un 145 %. El gigante asiático respondió imponiendo un 125 % a los productos estadounidenses importados a su país.

Como Beijing enfrentó las medidas y no se dejó amedrentar, a Washington no le ha quedado más remedio que entablar conversaciones con su fuerte oponente las que se han realizado en Suiza y Londres.

En las de Ginebra, a principio de mayo pasado se logró reducir los aranceles estadounidenses sobre productos chinos del 145 % al 30 %, y las medidas de represalias de China del 125 % al 10 % por un período de 90 días que entraron en vigor el 14 de mayo. Ahora están pendientes de publicarse los acuerdos que, según se anunció por ambas partes, tuvieron lugar en Londres en la segunda semana de junio.

Desde la cancillería del país asiático se ha declarado en varias ocasiones: «Nunca nos quedaremos de brazos cruzados para ver cómo se priva al pueblo chino de sus derechos e intereses legítimos, y tampoco para ver cómo se socavan las normas económicas y comerciales internacionales y el sistema comercial multilateral. Si Washington insiste en continuar una guerra arancelaria o comercial, China luchará hasta el final».

Y el gigante asiático tiene condiciones para enfrentar las amenazas pues cuenta con un poderoso desarrollo científico, industrial, fabril y económico, relaciones con más de 180 países en el mundo adonde puede enviar sus mercancías y recibir a la vez, disímiles productos. Además de una población de 1 417 millones de habitantes con alto poder adquisitivo.

Asimismo tiene enormes riquezas en su territorio. Produce el 90 % de las tierras raras del mundo, un grupo de 17 elementos utilizados en las industrias de defensa, vehículos eléctricos, energía y electrónica. Estados Unidos solo tiene una mina de tierras raras y la mayor parte de su suministro proviene de China.

En los primeros momentos de esta guerra comercial, Beijing respondió con la suspensión de las exportaciones de minerales críticos e imanes, componentes fundamentales para los productores de automóviles, fabricantes aeroespaciales y empresas de semicondutores.

Numerosas empresas de punta estadounidense utilizan en sus producciones esos elementos importados desde China lo cual significó un duro golpe para varias compañías del país las que solicitaron a la Casa Blanca que rectificara los altos aranceles contra Beijing.

Pero también otro valuarte que tiene China desde hace unos años es que ha entrado en el mercado estadounidense mediante la compra de compañías del sector alimentario, tecnológico, automotor, inmobiliario y aeronáutico.  

Así en 2013 la empresa china WH Group adquirió la compañía Smithfield Foods por 4 700 millones de dólares. Esta es la firma productora de carne porcina más grande de Estados Unidos con más de 59 000 hectáreas de tierras agrícolas y aunque la sede se mantiene en Virginia, la propiedad completa pasó a manos chinas.

Un año después, en 2014 la compañía de computadoras china Lenovo concluyó un trato con Google por 2,910 millones de dólares para adueñarse de Motorola Mobility lo cual le permitió acceder a décadas de innovación desarrollada en Estados Unidos y también fortalecerse en el mercado mundial de teléfonos inteligentes.  

En 2016 el gigante Haier Group pagó 5 400 millones de dólares para comprar GE Appliances, la histórica división de electrodomésticos de General Electric. La producción sigue en Estados Unidos pero la dirección empresarial radica en China para liderar el mercado global de electrodomésticos.

En cuanto al sector automotriz, en 2010 la corporación estatal china AVIC se hizo del control de Nexteer Automotive, una firma de sistemas de dirección automotor con sede en Michigan y desde entonces los fabricantes estadounidenses están obligados a negociar con esa compañía. La AVIC también obtuvo en 2011 la Cirrus Aircraft, fabricante de aviones privados que le abrió a las empresas chinas un sector que antes era dominado solo por firmas estadounidenses.

La penetración de Beijing en el mercado inmobiliario sucedió en 2014 cuando Anbang Insurance Group pagó 2 000 millones de dólares por el histórico Waldorf Astoria de Nueva York. En 2016 compró Strategic Hotels & Resorts por 6 500 millones que tras la intervención del gobierno chino los activos pasaron a control estatal.

Asimismo, HNA Group obtuvo en 2017 un rascacielos en Manhattan por 2 210 millones de dólares con lo cual el gigante asiático ha ido consolidándose en el mercado inmobiliario de lujo.

Después de analizar estas realidades y otras herramientas que China tiene guardadas, es comprensible el porqué la nación asiática aterra a Washington: cada vez más se debilita su ya desgastada hegemonía mundial.

Hedelberto López Blanch​. Periodista, escritor e investigador cubano, especialista en política internacional.

Se publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

9 de mayo de 2025

Imaginar el mundo sin Trump

Juan De la Puente

El revés de Trump en la guerra arancelaria con China y su tosco retroceso marca el hito más importante en los primeros 100 días de su presidencia. La idea de un estratega rudo, audaz y victorioso se deteriora y es reemplazada por variadas lecturas, desde la que sostiene que preside un gobierno errático contestado por el mundo, hasta aquella que cree que a pesar de sus reveses sigue siendo el líder del resurgimiento de EEUU.

La euforia ultraconservadora mundial de enero ha sido sustituida por un silencio todavía admirativo. En A. Latina se tienen las primeras críticas desde ese sector a Trump, aunque todavía en un tono poco explícito. En cualquier caso, la imagen de Trump tiende a alejarse como referencia de la ultraderecha regional, una independencia emocional que, sin embargo, no dañará sustantivamente el auge extremista en la región. Puede ser que en breve plazo no sea rentable ser trumpista, pero la ultraderecha regional es más que Trump.

Sin desconocer el aspecto universal de la arremetida conservadora, las claves internas de los países latinoamericanos parecen guiarse menos de lo que presumimos de las constantes internacionales, por lo menos en esta etapa de duda sobre una recesión o depresión generada por las guerras arancelarias.

Eso sucede también en EEUU. La encuesta de Gallup de cara a los 100 días de Trump en el poder revela una seria caída de su aprobación. El 45% de estadounidenses lo aprueba, muy por debajo del promedio de la aprobación de presidentes desde 1952, que es de 60%; no obstante, si bien el mayor cambio de humor se registra entre los independientes (que inclinaron la balanza a su favor en las elecciones que ganó con 1,6%) donde la aprobación de Trump cayó al 37%, es entre los votantes republicanos su aprobación sigue siendo alta, situándose en 90%.

El auge conservador posee consistencias estructurales locales que pueden subsistir sin referentes mundiales, inclusive. Esa consistencia puede ser igualmente testaruda cuando se trata de referentes nacionales. En Brasil, estando pendiente un reclamo judicial que anule su inhabilitación, Bolsonaro, cuyo gobierno fue desastroso, tiene una intención de voto que supera el 30% y al parecer goza de capacidad de endose; y en Argentina, los escándalos protagonizados por Milei y el desorden de su gobierno, no impiden que su aprobación se sitúe sobre el 40%, en tanto que para las elecciones legislativas de octubre su partido empata o supera al peronismo en la mayoría de encuestas.

Hay reveses y reveses. Algunos no disuadirán al extremismo regional y operarán como un ejemplo de lo que es posible y realizable. La experiencia de los primeros meses del gobierno de EEUU indica que una política extremista que emerge de una democracia sólida y que se ve limitada por las reglas, quiebra con cierto éxito esas reglas para avanzar en sus propósitos. Si hay una primera lección de Trump II, es que la política extremista está destinada a no ser democrática y tiene espacio para ello.

Trump acumula casi 50 órdenes judiciales contra decretos arbitrarios y a pesar de ello sus decisiones siguen siendo improvisadas, temerarias e inconstitucionales. En 100 días de gobierno, el mandatario de EEUU ha firmado 124 órdenes ejecutivas, contra 162 de Biden en todo su gobierno y, en cambio, solo ha enviado 5 proyectos de ley al Congreso.

La idea sobre que en EEUU se ha desatado una crisis constitucional ascendente es avalada por la evidencia. Luego de una elección democrática se impuso una forma de gobierno de emergencia permanente caracterizada por el uso abusivo del poder y de la mayoría parlamentaria, decisiones impulsivas sin deliberación, coerción abierta a los gobiernos y sustitución autoritaria de sistemas que proveen o garantizan derechos y libertades. La desactivación del Departamento de Educación es un caso clamoroso.

Los académicos de EEUU, pero ya no solo ellos, se refieren a esta política como fascista o neofascista, una caracterización todavía ausente en el debate latinoamericano. Es probable que algunas señas indiquen que esa calificación es temprana en un área que en los últimos 60 años experimentó variantes neofascistas de un corte distinto, es decir, militarizadas y no partidarias, y en algunos casos contrainsurgentes, y que es todavía escenario de experiencias que originándose en experiencias progresistas -Nicaragua y Venezuela- acabaron en formas violentas de autoritarismo corrupto. En cualquier caso, con o sin precisiones conceptuales, A. Latina podría sumar en los próximos años nuevos regímenes depredadores de las libertades.

Los reveses de Trump pueden operar también como señales de lo que será difícil replicar en la región, entre ellos la política nacionalista y proteccionista al mismo tiempo, un cóctel que contiene otras claves, especialmente la crítica al llamado globalismo, argumento en el que se sustentan las campañas conservadoras iliberales contra el sistema de las NNUU, el enfoque de género, cambio climático y la transición energética, entre otros.

A. Latina es una región con economías en general abiertas, con tratados de libre comercio, inmersas en dinámicas asociativas diversas. Una relativa diversificación de su comercio ha convertido a la región en un área donde es difícil implementar políticas proteccionistas esencialmente como una herencia neoliberal, aunque tres de sus economías, Argentina, Brasil y México, registran más normas proteccionistas que en otros países. Extrañamente, los grupos ultraconservadores en los tres países mencionados y en los otros en la región profesan una firme adhesión neoliberal en lo económico cruzada con un conservadurismo político y moral igualmente duro.

¿Es posible la compatibilizar neoliberalismo económico con conservadurismo político y moral? En la teoría si, y cierta práctica así lo acredita, aunque mientras dure el gobierno de Trump los principales riesgos de una política económica aperturista provienen precisamente de EEUU interesado en nuevas relaciones comerciales privilegiadas que no pasen por los tratados de libre comercio conseguidas a través de un juego de presiones arancelarias a los países que comercian más con China, la presión a sus empresas para poner fin del nearshoring y el deseo de controlar la exportación de recursos estratégicos. No olvidemos que A. Latina tiene el 50% de las reservas de litio del mundo y el 17% de tierras raras.

Paradójicamente, el éxito del MAGA de Trump depende del fin del libre comercio de A. Latina.

Con o sin Trump en escena, la política ultraconservadora tiene espacio en Latinoamérica. Su principal baza es la crisis de la democracia liberal y de las experiencias progresistas. El trasvase de la derecha tradicional hacia la ultraderecha -Perú. Argentina, Colombia, Ecuador, Chile- y el increíble inmovilismo de la izquierda no autoritaria garantizan esta capacidad de movimiento.

Es obvio que las posibilidades son desiguales. En los países donde la ultraderecha ha capturado una parte del Estado -Perú, Ecuador y Guatemala- el terreno es más inclinado y desafiante y es menos resistida la conexión entre los caudillos extremistas y las masas.

Por otro lado, si bien la esperanza no tiene que ser, necesariamente, democrática, altruista y racional, el límite de las políticas contra la democracia es la política democrática en las instituciones y en las calles. Ahora mismo, en EEUU decenas de miles se manifiestan contra el gobierno en tanto los jueces, universidades y autoridades locales y estatales le plantan cara.

https://larepublica.pe/opinion/2025/04/27/imaginar-el-mundo-sin-trump-por-juan-de-la-puente-hnews-2182410

28 de abril de 2025

El dragón no tiene miedo al águila

Hedelberto López Blanch

El presidente Donald Trump ha impuesto abrumadores aranceles a China sin darse cuenta que no es lo mismo tratar a Beijing en este siglo XXI de la misma forma que lo hizo Estados Unidos con Japón en la década de 1980.

En su afán por debilitar a China, país que Washington observa como su principal enemigo económico y político, Trump ha lanzado una guerra de aranceles para los productos que importa desde esa nación, los que han ido subiendo desde un 20 % a un 145 %. El gigante asiático respondió imponiendo un 125 % a los productos estadounidenses importados a su país.

El portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores de China, Lin Jian, declaró que Beijing no está interesado en una lucha, «pero no temerá si Estados Unidos continúa con sus amenazas arancelarias.

«Nunca nos quedaremos de brazos cruzados para ver cómo se priva al pueblo chino de sus derechos e intereses legítimos, y tampoco para ver cómo se socavan las normas económicas y comerciales internacionales y el sistema comercial multilateral. Si Washington insiste en continuar una guerra arancelaria o comercial, China luchará hasta el final», añadió.

El Ministerio de Comercio del gigante asiático sentenció que “los supuestos aranceles recíprocos de Estados Unidos a China son infundados y representan un acoso unilateral […] la amenaza de escalada arancelaria agrava su error y expone su naturaleza chantajista, algo que China jamás aceptará”.

Esta misma política de coerción fue impuesta por Washington contra Japón en la década de 1980 durante el gobierno de Ronald Reagan, país al que veía en ese momento como la principal amenaza para mantener su hegemonía económico-financiera mundial.

Cuando Reagan asumió el cargo en 1981, Washington comenzó a presionar a Tokio para que abriera su mercado a las compañías estadounidenses y redujera el desequilibrio comercial entre los países.

Esa nación admitió primero algunas medidas como la limitación de los autos que exportaba hacia su principal socio político y económico pero la campaña contra Japón continuó en el Congreso y en los medios de comunicación por miedo a que le arrebatara el poder comercial a Estados Unidos.

Esto conllevó a que en 1985, por agresivas presiones de la Casa Blanca, cinco países (Estados Unidos, República Federal de Alemania, Francia, Reino Unido y Japón) suscribieran el Acuerdo Plaza, por medio del cual se devaluaba el dólar frente al yen japonés y al marco alemán.

Como era de esperar, eso provocó un aumento de las exportaciones de productos estadounidenses y una reducción de su déficit comercial con la nación nipona y de Europa occidental.

Los economistas Joshua Felman y Daniel Leigh en un informe para el Fondo Monetario Internacional (FMI) explicaron que “las exportaciones y el crecimiento del PIB de Japón se detuvieron esencialmente en la primera mitad de 1986”, y para acabar de rematar a su peligroso contrincante, en 1987 Washington impuso aranceles del 100 % sobre las importaciones japonesas por un valor de 300 millones de dólares, lo que prácticamente le bloqueó el mercado estadounidense y la economía del país asiático colapsó.

Al aumentar el valor del yen los productos japoneses se hacían cada vez más caros, y los países rechazaban a la que había sido una potencia de la exportación. Los esfuerzos del banco central nipón para mantener bajo el valor del yen provocaron una burbuja en el precio de las acciones, y el país entró en una recesión que duró una década. De esa forma se eliminó al peligroso contrincante comercial.

Pero en el siglo XXI la situación es sumamente distinta con respecto a China pues este país no depende de Estados Unidos para mantener e impulsar sus producciones y comercio internacionales.

El gigante asiático cuenta con poderoso desarrollo científico, industrial, fabril y económico, con relaciones con más de 180 países en el mundo adonde puede enviar sus mercancías y recibir a la vez, disímiles productos. Además de una población de 1 417 millones de habitantes con alto poder adquisitivo.

Por tanto no depende de Estados Unidos para su desarrollo como si lo padecía Japón en la década de 1980.

Asimismo cuenta con enormes riquezas en su territorio. Por ejemplo produce el 90 % de las tierras raras del mundo, un grupo de 17 elementos utilizados en las industrias de defensa, vehículos eléctricos, energía y electrónica. Estados Unidos solo tiene una mina de tierras raras y la mayor parte de su suministro proviene de China.

En esta guerra comercial lanzada desde Washington, Beijing respondió con la suspensión de las exportaciones de minerales críticos e imanes, componentes fundamentales para los productores de automóviles, fabricantes aeroespaciales y empresas de semiconductores.

Siete categorías de tierras raras, incluidos artículos relacionados con el samario, gadolinio, terbio, disprosio, lutecio, escandio y itrio, fueron incluidos en el control de exportaciones. Numerosas empresas de punta estadounidense utilizan en sus producciones esos elementos importados desde China lo cual significa un duro golpe.

Las autoridades del país asiático han expresado que las contramedidas a las acciones de Washington tienen como objetivo no solo proteger su propia soberanía, seguridad e intereses de desarrollo, sino también mantener la justicia y la imparcialidad internacional y el sistema comercial multilateral.

Añadieron que si Estados Unidos desea hablar, la puerta permanecerá abierta, pero el diálogo debe llevarse a cabo sobre la base del respeto mutuo y la igualdad. Si por el contrario, quiere luchar, la respuesta continuará hasta el final. La presión, las amenazas y la coerción no son la forma correcta de tratar con China.

Moraleja: no es lo mismo para Estados Unidos tratar a China en este siglo XXI como lo hizo con Japón en la década de 1980. Los tiempos y las condiciones son diametralmente opuesta y Washington podría ser el gran perdedor.

El dragón no tiene miedo al águila.

Hedelberto López Blanch​.. periodista, escritor e investigador cubano, especialista en política internacional.

Se publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

23 de abril de 2025

Perú: Respaldar a los pequeños agricultores

Pedro Francke

"Sólo al 20% de ellos el Estado les ha otorgado un título de propiedad"

A la agroexportación peruana le va cada vez mejor. El año pasado aumentó en más de dos mil millones de dólares, un fuerte crecimiento del 22 por ciento que la llevó hasta los USD 12,400 millones. Es un negocio donde predominan grandes empresas terratenientes que tienen un lobby bien aceitado en busca de que les rebajen impuestos de manera especial y les den aún más facilidades para explotar a sus trabajadores. Pero no confundirse: el 95% de las unidades agropecuarias son de pequeño tamaño sumando 2 millones 200 mil familias. En ochocientos distritos de sierra y selva más de la mitad de trabajadores se dedica a la agricultura, muchos de ellos en pobreza.

Es este sector el que nos alimenta. Los pequeños agricultores, con menos de diez hectáreas, producen el 64% del choclo, el 56% de la quinua, el 55% de las frutas, el 59% de las hortalizas, y la lista sigue y sigue. Ellos mantienen una gran variedad de papas y productos que dan sustento y calidad a nuestra gastronomía. Resisten de esa manera a una creciente dependencia de importaciones en rubros como los cereales, de los que importamos el 54% de lo que consumimos (especialmente maíz, trigo y avena), productos que en varios cientos de millones de dólares vienen subsidiados de Estados Unidos, en una competencia desleal, y que en otra proporción importante proceden de países como Argentina y Brasil.

Mientras Estados Unidos aplica subsidios enormes a su agricultura, en el Perú el presupuesto que se dedica a apoyar a los pequeños agricultores peruanos es ínfimo. Sólo al 20% de ellos el Estado les ha otorgado un título de propiedad, menos de uno de cada tres tiene semillas mejoradas, ni siquiera la mitad usa alguna maquinaria o aplica fertilizantes y nueve de cada diez no recibe asistencia técnica alguna. Ese mismo porcentaje ni siquiera intenta sacar un crédito porque los intereses son muy altos o “sabe que no se lo darán”. La banca privada, altamente concentrada, no considera rentable apoyar el agro. Llevamos treinta años de una política neoliberal que maltrata a los pequeños agricultores. No es casualidad que se trate principalmente de familias con raíces indígenas, despreciadas por un Estado oligárquico y centralista. El resultado es baja productividad y pobreza.

Quienes sí han recibido enormes subsidios del Estado han sido los grandes agroexportadores. Hoy tienen grandes extensiones no porque hayan invertido en irrigaciones sino porque el Estado las ha construido y les ha entregado las tierras. El grupo Gloria, beneficiado además por los remates que hizo Fujimori de las antiguas cooperativas azucareras, se ha apropiado de más de 52 mil hectáreas y el grupo Romero de otras 19 mil. Tampoco es casualidad que las cabezas de estos grupos en los años noventa eran visitantes asiduos de Vladimiro Montesinos en la salita del SIN y luego hayan contribuido con varios millones a las campañas de Keiko Fujimori. Mientras, en la sierra, más de dos terceras partes de los campesinos tienen que cultivar sin un canal de riego que les asegure el agua, dependiendo de que la lluvia llegue a tiempo y bien, condiciones en las cuales es mucho más difícil avanzar con nuevas tecnologías.

Bajo estas circunstancias de enorme desigualdad es que los gobiernos de Toledo y García firmaron un Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos que favorecía a la agroexportación pero golpeaba a los pequeños y medianos agricultores nacionales que venden en el mercado interno. A sabiendas de que la agricultura norteamericana es altamente tecnificada, tiene grandes planicies de buena tierra y goza de fuertes subsidios de su gobierno que establecen una competencia desleal, se permitió que entraran al Perú sin una protección justa de nuestro mercado. Así, el sector algodonero apreciado que existió alguna vez en el Perú terminó quebrando tras el TLC.  Hoy en día, la importación de miles de toneladas de trigo estadounidense subsidiado empuja a la baja el precio de la papa, camote y demás tubérculos, agravando la pobreza rural. Todo ese trigo se convierte en alimentos industrializados –galletas, fideos, etc.– producidos por el monopolio que tiene el grupo Romero mediante su empresa Alicorp y contribuyen a agravar el creciente problema de obesidad que tenemos en nuestro país.

Un cambio indispensable en el Perú es la necesidad de una política de apoyo a la agricultura familiar y de mediana producción. Esto debe incluir productos dedicados a la exportación como café, cacao, mango y paltas, entre otros, a los que se debe respaldar con créditos accesibles, promoción de nuevas tecnologías y mucha iniciativa comercial para colocar variedades ecológicas y orgánicas en diversos mercados del mundo. Algunos como los productores de cacao se han beneficiado de buenos programas, han logrado avances importantes y lentamente se va desarrollando la industria del chocolate nacional. Pero hay otros sectores como los alpaqueros, que son decenas de miles de familias campesinas, a quienes se les ha dado la espalda, no se ha invertido en mejorar sus pastos y ganado y se les ha dejado en manos de grandes monopolios comercializadores.

Ahora que los Estados Unidos ha roto unilateralmente un tratado firmado con el Perú imponiéndonos aranceles sin respetar el TLC, debemos por nuestra parte defender mejor el mercado interno y nuestra soberanía alimentaria. Debemos darle prioridad y respaldo a quienes ponen los alimentos peruanos en nuestra mesa, con un gran programa de mejora de la productividad de la agricultura familiar que multiplique los rendimientos por hectárea. Eso permitiría al mismo tiempo sacar de la pobreza a millones de peruanos en la sierra y selva y poner alimentos más baratos en la mesa popular. Es ahí adonde debe orientarse el presupuesto público y no a regalarles otros veinte mil millones de soles en exoneraciones tributarias a los grandes agroexportadores.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 729 año 15, del 18/04/2025

https://www.hildebrandtensustrece.com/

16 de abril de 2025

Una respuesta posible a Trump

Pedro Francke

"Hay formas de responder que pueden beneficiar al pueblo peruano sin salirnos de los acuerdos que hemos firmado como país"

Trump impuso aranceles del 10 por ciento a casi todos los productos peruanos. Tenemos un acuerdo firmado que dice que no puede hacerlo, pero se zurró en el Tratado de Libre Comercio - TLC.  Preguntado, el primer ministro Gustavo Adrianzén dijo: “No vemos posibilidades para que lo previsto en el TLC se vea afectado”. ¿No le da vergüenza decir semejante idiotez? Alfredo Ferrero, el embajador de Dina en Estados Unidos, ha dicho que “el TLC nos protegió y nos colocó en la base más baja”, pero es fácil comprobar la falsedad de su afirmación ya que la misma tasa de 10 por ciento han recibido Argentina, Brasil y varios otros países que no tienen TLC. Y eso que mientras Perú no cobra nada por la gran mayoría de importaciones de Estados Unidos, Brasil les pone aranceles a productos como etanol, películas, bebidas alcohólicas, productos de telecomunicaciones, maquinaria y equipos y carne de chancho. El gobierno de Boluarte, para variar, no tiene ni idea de cómo enfrentar esta muerte anunciada del TLC y sus ministros sólo rezan porque algún día Trump se digne escucharlos, lo que muy difícilmente sucederá en los meses que les quedan.

En estos momentos es necesario revisar cuál era la situación de nuestro acuerdo comercial con los Estados Unidos. Recordemos que en el TLC con los Estados Unidos, aunque obtuvimos mejor acceso a su mercado, el Perú aceptó varias cláusulas negativas para nuestra economía. El TLC ha tenido tres grandes costos para el Perú. Uno ha sido permitir que sus inversionistas puedan enjuiciar al Estado peruano en tribunales internacionales cuando piensan que les puede afectar un ajuste o cambio legal. El segundo ha sido aceptar que los productos agrícolas norteamericanos, que este año recibirán un subsidio de 42 mil millones de dólares, puedan ser importados sin aranceles. Más de 150 millones de dólares de maíz, trigo y soya entran al Perú anualmente en esas condiciones de competencia desleal, perjudicando a los campesinos y pequeños productores peruanos de alimentos como papas y otros tubérculos que no tienen ningún apoyo, carecen de crédito y deben atravesar caminos rurales en pésimo estado. Un tercer impacto del TLC fue ampliar el monopolio de las grandes transnacionales farmacéuticas, reforzando su capacidad legal de mantener patentes que les permiten cobrar precios totalmente abusivos.

Ahora bien, imaginemos que usted firma un contrato con varias cláusulas negociadas con dificultad, contrato por el cual usted cede en uso un local comercial y se obliga a prestar determinados servicios –digamos darle limpieza y mantenimiento– y recibe a cambio un pago mensual. Luego, de repente y sin ninguna razón, la persona con quien hizo ese trato le dice que le pagará menos y no cancelará los arbitrios que le corresponden.  ¿Aceptaría usted eso sin chistar? Un tratado es un compromiso mutuo que no puede cambiarse unilateralmente. No hacer nada es avalar los abusos y agachar la cabeza de manera servil. El gobierno de Dina lo que hace es ponerse de rodillas, olvidando nuestro himno nacional que nos habla de cómo nuestro pueblo “la humillada cerviz levantó”, por lo que somos libres y debemos serlo siempre.

El Perú puede tomar medidas que nos sean favorables y compatibles con el TLC, como para no darle ningún pretexto a los Estados Unidos. Por ejemplo, el propio TLC y las normas comerciales mundiales de la OMC permiten, si hay necesidad pública, que los países rompan el monopolio de las transnacionales farmacéuticas levantando las patentes mediante lo que se llama una “licencia obligatoria”. Colombia, que tiene un TLC firmado con Estados Unidos idéntico al del Perú, tomó esa medida el año pasado: ahora el medicamento llamado Dolutegravir, recomendado por la Organización Mundial de la Salud para las personas con VIH, ellos lo pueden comprar y fabricar sin pagar por la patente. El propio Estados Unidos varias veces ha dado licencias obligatorias para romper las patentes en defensa de su salud pública. También lo han hecho Italia, Alemania y Taiwán. Entre países en desarrollo, Zimbabwe, Malasia, Mozambique, Zambia, Indonesia, Ghana, India, Brasil y Ecuador también han aplicado esta medida. El Perú nunca lo ha hecho. La diferencia de precio de una medicina con y sin patente es brutal. Es la experiencia de Ecuador con un medicamento llamado Etoricoxib: el 2014 el precio de compra cayó a la centésima parte. La mayoría de licencias obligatorias aprobadas en el mundo en este milenio han sido para medicamentos destinados a enfrentar el VIH/SIDA, pero Tailandia lo aplicó al Clopidogrel, un antiagregante plaquetario que reduce el riesgo de ataques cardiacos y derrames cerebrales y logró reducir el precio en 98%: pasó de 3 dólares a 6 centavos. ¿Cómo es posible tanta rebaja? Porque cuando una empresa tiene el monopolio gracias a una patente y se trata de productos indispensables para la vida, puede cobrar muchísimo más que lo que cuesta producir y de lo que valdría en competencia. Al quitarles el monopolio, el precio se va al piso.

Trump merece una respuesta, razonada y sensata. El mundo entero lo está haciendo. No debemos simplemente agachar la cerviz y ponernos de rodillas. Pero hay formas de responder que pueden beneficiar al pueblo peruano sin salirnos de los acuerdos que hemos firmado como país. Sería mucho mejor si esto pudiéramos hacerlo en coordinación con países vecinos, mediante organismos ya existentes como la Comunidad Andina, UNASUR o CELAC.  

La política trumpista también nos obliga, como país, a repensar nuestra estrategia de desarrollo. Todo el mundo piensa que hay un gran cambio en curso y que hay que readecuarse. En el Perú, con crecimiento estancado y mucha desigualdad, la multiplicación de bandas criminales sin control nos está, literalmente, matando. Tener un nuevo norte es indispensable y sobre eso seguiremos reflexionando las próximas semanas.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 728 año 15, del 11/04/2025

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15 de abril de 2025

El fin de la globalización neoliberal

José Ernesto Nováez Guerrero

Es una reconstitución hegemónica a punta de pistola económica, que puede acabar siéndolo con armas reales, porque en procesos de crisis de hegemonía se da siempre, de forma inevitable, una agudización de las contradicciones entre las potencias.

Donald Trump adora vivir en el filo de la noticia. El espectáculo permanente es parte de su estrategia política. Aunque no es el único presidente que adora las cámaras, su condición de presidente de los Estados Unidos y el impacto global de las medidas que desde su administración se puedan tomar, hace inevitable seguir y calibrar cada uno de sus pasos. Sobre todo porque en este segundo mandato el magnate republicano parece dispuesto a alterar las reglas del juego político norteamericano y global.

En menos de cien días desde que asumiera el cargo, su polémico engendro, el Departamento de Eficiencia Gubernamental, dirigido por Elon Musk, ha generado numerosas polémicas y tensiones al seno incluso del propio partido republicano, en la medida en que elimina puestos de trabajo, cierra agencias gubernamentales y mete las narices en casi todas las esferas del gobierno estadounidense.

El propio Trump ha revuelto el avispero político interno, con declaraciones que alimentan la fractura política del país y afirmaciones cada vez más explícitas sobre su posible reelección para un tercer mandato, a pesar de que una enmienda constitucional de los años 50 lo prohíbe explícitamente.

En lo internacional ha generado tensiones con sus vecinos más cercanos, Canadá y México, ha declarado su intención de hacerse con Groenlandia y el Canal de Panamá, ha arremetido contra la Unión Europea y la OTAN, ha tenido una actitud contradictoria respecto a la Guerra de Ucrania y este 2 de abril, como guinda del pastel, acaba de desatar un terremoto económico de consecuencias impredecibles. De manera expedita y prácticamente sin anuncio previo, Trump comunicó un nuevo paquete arancelario que comprende a la casi totalidad de los países del mundo actual. Para mayor rimbombancia, esta medida fue bautizada como “Liberation Day”.

A todos los países en esa lista, considerados “infractores” por Estados Unidos, se aplica un arancel base del 10 por ciento, a lo cual se añaden tasas adicionales sobre criterios sumamente arbitrarios. Así, los montos anunciados van desde un 49 por ciento a Cambodia, 46 por ciento a Vietnam y 34 por ciento a China, pasando por un 47 por ciento a Madagascar y 50 por ciento a Lesotho hasta un 37 por ciento a la lejana isla de Reunión. “Israel”, aliado y cómplice del régimen norteamericano, recibe un 17 por ciento de aranceles y como nota ridícula, se aplica un arancel del 10 por ciento a las islas de Heard y McDonald, habitadas solo por pingüinos y fauna salvaje. Quedan fuera de este frenesí arancelario países como Cuba, Corea del Norte y Rusia, fuertemente sancionados y prácticamente sin ningún vínculo comercial con Estados Unidos en la actualidad.

Desde el día 9 de abril comenzarán a aplicarse estos aranceles, que Trump denomina como tarifas recíprocas y que, según sus propias expresiones, deben contribuir a poner fin a “décadas de abuso comercial” contra los Estados Unidos. Adicionalmente se anunció que en mayo se eliminará el tratamiento libre de impuestos para pequeños paquetes procedentes de China, lo cual afectará a gigantes del comercio electrónico chino como Shein y Temu, con fuerte presencia en el mercado norteamericano. Asimismo, entrará en vigor el arancel de un 25 por ciento a todos los automóviles fabricados fuera de los Estados Unidos.

Según cálculos del asesor comercial de la Casa Blanca, Peter Navarro, recogidos por BBC, estos paquetes arancelarios pueden generar ingresos en torno a los 600 mil millones de dólares, además de, hipotéticamente, estimular la industria nacional y recuperar empleos en el sector manufacturero.

Por supuesto, las reacciones internacionales no se han hecho esperar. China, principal objetivo declarado de la actual administración de la Casa Blanca, exigió la anulación de las medidas y advirtió que, de no ser así, el país tomará contramedidas para proteger sus intereses. En Europa se lamentaron profundamente por el trato aplicado por su amo y señor, en palabras de Von der Leyen “defraudados por nuestro aliado más antiguo”, a la par que anunciaron que están preparando medidas para lidiar con estos nuevos aranceles. Algo similar anunció el presidente interino de Corea del Sur.

Pero sin dudas la más impactante respuesta a los anuncios de la Casa Blanca la han protagonizado las bolsas de valores. Los mercados de Estados Unidos registraron una fuerte caída, similar a la vivida durante la pandemia de la covid- 19. El índice Dow Jones Industrial Average cayó un 2,9 por ciento y el NASDAQ un 4,5 por ciento. Las grandes tecnológicas fueron las más golpeadas. Según refiere Bloomberg, Apple tuvo pérdidas de casi 280 mil millones de dólares, Nvidia en el entorno de los 145 mil millones de dólares y Amazon unos 142 mil millones. Quizás no resulte ocioso recordar que muchos de los CEO de estas tecnológicas acompañaron a Trump el día de su toma de posesión del cargo presidencial.

También los aranceles a países como Vietnam golpean fuertemente a empresas como Apple y Nike, las cuales recolocaron sus fábricas en el país asiático al inicio de la guerra comercial con China y hoy ven fuertemente comprometidas sus líneas de suministros.

Estas medidas de Trump son su particular manera de dar respuesta a la profunda crisis de la economía norteamericana. Crisis que tiene uno de sus más claros indicadores en gigantesco déficit que arrastra la nación y que el magnate pretende revertir. Para ello, Trump ha arremetido contra el dogma neoliberal del capitalismo de libre mercado y ha vuelto a las viejas prácticas proteccionistas que están en los orígenes de la nación norteamericana.

Desde sus primeros años de independencia, Estados Unidos aplicó aranceles selectivos a un grupo de productos, con el objetivo de favorecer el desarrollo de una industria local. Era la etapa en la cual se estaba verificando el paso de la industria manufacturera a la maquinaria y la joven nación norteamericana fue capaz de alcanzar el ritmo en relación con la superpotencia británica y llegar a superarla, luego de la Primera Guerra Mundial.

La Segunda Guerra Mundial consolidó la hegemonía norteamericana sobre una Europa devastada y el mundo colonial y semicolonial. Consecuencia directa de esta dominación fueron la emergencia de una serie de organizaciones y reglas que hasta hoy han sido centrales a la vida política internacional. La promoción del neoliberalismo en contra del proteccionismo del período de entreguerras y la segunda postguerra respondía a la necesidad hegemónica del capital financiero norteamericano de moverse con la mayor libertad posible, con el fin de ampliar los mercados, acceder a nuevas fuentes de materias primas y reducir constantemente los costos de producción. Esta tendencia llega a su paroxismo en los años 80 y 90 del siglo XX, donde la desregulación incluso en las sociedades centrales del capitalismo contemporáneo, permite una masiva transferencia de capital y tecnología a países subdesarrollados, fundamentalmente en el sudeste asiático.

Sin embargo, con el ascenso y consolidación de China primero como potencia económica y luego política y militar, las reglas del juego del orden económico neoliberal dejaron de ser tan ventajosas para el capital norteamericano. Por un lado los chinos incorporaron los adelantos tecnológicos de Occidente y fueron capaces en un corto período de tiempo de replicarlos y superarlos, invirtiendo significativamente en el desarrollo profesional de su fuerza laboral y en la investigación. La presencia de un fuerte estado central con un claro programa de desarrollo constituía un freno contra lo que Marx denominó como “la anarquía de la producción”, al tiempo también que acotaba la penetración e incidencia del capital exterior en el mercado chino. Pronto las empresas del gigante asiático estuvieron en condiciones de competir con sus homólogas occidentales en la arena internacional y, en un corto plazo de apenas dos décadas, han desplazado a Estados Unidos como principal socio comercial de la mayor parte del globo.

La gran contradicción para Estados Unidos hoy es que, aunque tiene grandes reservas de capital financiero y la hegemonía del dólar, además de su poderío militar, no tienen una capacidad productiva real al nivel de la de China. Además, tienen dependencia estratégica de la importación de recursos claves y se han quedado rezagados en áreas tecnológicas centrales, como las comunicaciones o las energías renovables.

Los aranceles de Trump se pueden interpretar, entonces, como un intento por recuperar esa industria norteamericana que se trasladó al exterior en los decenios neoliberales, al tiempo que se crea una burbuja proteccionista que favorezca su desarrollo a pesar de su menor competitividad con respecto a las producciones de terceros países. Un ejemplo que se ha citado mucho en análisis recientes es el de las energías renovables. Los paneles solares producidos en Estados Unidos son significativamente más caros y menos eficientes que los producidos en China. Igual pasa con un importante sector de productos tecnológicos de gama media, el rango de consumo fundamental de la clase trabajadora, donde China ha dominado por una mejor relación calidad-precio.

Muchos otros productos importados verán crecer significativamente su precio en el mercado norteamericano y algunos directamente no tienen sustituto en la producción interna. Desde los vinos franceses y el aceite de oliva español, hasta una gran variedad de frutas y vegetales pasarán a estar cada vez más lejos del poder adquisitivo de la clase trabajadora, contribuyendo, sin dudas, a la dinámica inflacionaria que ya vive el país.

Estos aranceles son un golpe de gracia a la Organización Mundial del Comercio y a la cacareada globalización. Están en línea con el proyecto de reconfigurar un nuevo orden mundial, sobre nuevas reglas que favorezcan la economía norteamericana. Es una reconstitución hegemónica a punta de pistola económica, que puede acabar siéndolo con armas reales, porque en procesos de crisis de hegemonía se da siempre, de forma inevitable, una agudización de las contradicciones entre las potencias.

José Ernesto Nováez Guerrero. Escritor y periodista cubano. Miembro de la Asociación Hermanos Saíz (AHS). Coordinador del capítulo cubano de la Red en Defensa de la Humanidad. Rector de la Universidad de las Artes

Fuente: https://espanol.almayadeen.net/articles/2000915/el-fin-de-la-globalizaci%c3%b3n-neoliberal

24 de marzo de 2025

La nueva estrategia económica de EE.UU

Alejandro Marcó del Pont

Los Bonos del Tesoro americano que tienen los acreedores son, en esencia, capital disfrazado de deuda o deuda vestida de capital (El Tábano Economista)

Desde 2014, el predominio unipolar de Estados Unidos comenzó a resquebrajarse. Sus capacidades económicas y militares ya no coincidían con sus ambiciones globales. La crisis de 2008 marcó el inicio de un declive económico, tecnológico y militar que hizo insostenible la estrategia de dominación mundial que había seguido hasta entonces. Las élites estadounidenses no han renunciado a sus aspiraciones de controlar los mercados y recursos de Occidente, pero han reconocido que necesitan una nueva estrategia para aprovechar mejor sus recursos limitados. Esta es la esencia de la política exterior de Donald Trump: una retirada estratégica del imperialismo tradicional para reagruparse y redefinir su enfoque.

Sin embargo, este plan no está exento de desafíos. Internamente, Estados Unidos enfrenta disputas brutales, mientras que, a nivel internacional, debe lidiar con un mundo que ya no acepta su hegemonía sin cuestionamientos. Para mantener una política exterior creíble, el país necesita resolver urgentes problemas económicos internos, como la deuda pública, y los déficits fiscal y comercial.

Hay tres indicadores clave que explican las decisiones del gobierno de Trump y las élites que lo apoyan:

1) La deuda pública: supera el 124% del PIB, alcanzando los 36,2 billones de dólares. Los intereses de esta deuda ascienden a 1,3 billones de dólares anuales, superando por primera vez en la historia los gastos de defensa. Además, aproximadamente un cuarto de la deuda (8,5 billones de dólares) está en manos de acreedores extranjeros.

2) El déficit fisca*: en 2024, el déficit fiscal equivalió al 6,4% del PIB, unos 1,8 billones de dólares, el mayor porcentaje en los últimos 50 años.

3) El déficit comercial: alcanzó los 1,2 billones de dólares, con cinco países responsables de más del 70% de este déficit: China 24.5%%, UE 19.5%, México 14.5%, Vietnam 10.2%, Taiwán 6%.

Estos indicadores revelan una economía bajo presión, donde la interacción entre las tasas de interés, el valor del dólar, las políticas de divisas y la gestión de la deuda pública es intrincada y delicada, poniendo énfasis en los pagos de intereses de la deuda pública.

El presidente estadounidense presiona a la Reserva para que baje las tasas, pero toma decisiones arancelarias que producirán más inflación y quitan margen de maniobra. Los primeros intentos de Donald Trump para revertir el déficit comercial y negociar con sus socios del T-MEC, China y la Unión Europea, fue de incremento de aranceles. A pesar que no fueron implementados en su totalidad, varios centros de investigación, dentro de los que se encuentra el Peterson Institute, estimaron que sólo los aranceles de Trump a Canadá, México y China costarían al hogar típico estadounidense más de 1.200 dólares al año, es decir, más inflación.

Ante esta situación, ha comenzado a circular en la administración Trump una propuesta audaz: el Acuerdo de Mar-a-Lago, que busca una reestructuración forzosa de la deuda, sugiriendo el canje de bonos del Tesoro en manos extranjeras por «bonos centenarios» no negociables, con un plazo de 100 años y una tasa de interés cero. El objetivo del Acuerdo sería abordar el doble déficit de Estados Unidos —el comercial y el del gasto público— mediante una compleja maniobra que involucra el valor del dólar y las inversiones extranjeras en el país. Se devaluará el dólar y se pondrá fin a la deuda americana en manos extranjeras en las condiciones actuales.

Esta idea no está exenta de riesgos. Los principales tenedores de bonos estadounidenses son Japón (1 billón de dólares), China (780 mil millones), Reino Unido (723 mil millones) y paraísos fiscales como Luxemburgo e Islas Caimán (843 mil millones). China, por ejemplo, difícilmente aceptaría un canje que perjudique sus intereses. Japón, por su parte, depende de la rentabilidad de los bonos estadounidenses para cumplir con sus obligaciones de jubilación, lo que reduce su motivación para aceptar bonos de bajo rendimiento.

Gran parte de los comentarios convencionales sobre el supuesto acuerdo consisten en señalar que es difícil para cualquier persona razonable concebir cómo los términos de dicho acuerdo podrían ser aceptables para cualquiera de los socios de Estados Unidos. Así pues, en lugar de criticar el plan como si se tratara de un fallo mental del equipo de Trump, imaginemos que este «fallo» no es un error, sino una característica.

El objetivo de la visión del «Acuerdo» es crear un gran escenario en el que los Estados Unidos de Trump demostrarán su poder coercitivo para cambiar unilateralmente todos los parámetros básicos de la economía occidental. El hecho de que solo la coerción permitirá a Estados Unidos conciliar las contradicciones entre la depreciación de la moneda, la redefinición de la deuda y la preservación del dólar con el estatus de reserva y disfrazarlo todo de «Acuerdo», es la clave. La coerción abierta y visible disimula los consentimientos, precisamente lo que un Acuerdo de Mar-a-Lago ofrecería.

Las consecuencias son variadas, la búsqueda de una moneda más débil para mejorar la competitividad exportadora podría desencadenar una guerra de divisas, donde múltiples países intentarían devaluar sus monedas simultáneamente. Este escenario, observado durante la Gran Recesión, podría generar inestabilidad en los mercados financieros y afectar negativamente el comercio internacional.

Para Estados Unidos, los beneficios a corto plazo incluyen una mayor competitividad comercial, la reducción del déficit de la balanza comercial y la protección de la industria local, que necesariamente tendrá un periodo de maduración para desarrollarse. Sin embargo, los riesgos son significativos: inflación, represalias comerciales y pérdida de confianza en el dólar como moneda de reserva global.

Para el comercio mundial, una guerra de divisas y aranceles más altos podrían reducir el comercio global y aumentar la incertidumbre en los mercados financieros. Países exportadores, como China y Alemania, verían reducidas sus exportaciones, mientras que las economías emergentes podrían sufrir fugas de capitales y devaluaciones de sus monedas.

Es imperativo para el gobierno de Donald Trump financiar su déficit fiscal. Por lo que obligar a algunos acreedores extranjeros a canjear sus bonos del Tesoro por bonos a un plazo muy largo para aliviar la carga de la deuda trasfiriendo el riesgo del contribuyente estadounidense a los contribuyentes extranjeros, es algo frecuente. Si esta iniciativa puede mantener bajos los tipos de interés y debilitar el dólar, se podría tener resultado en tres sectores importantes: déficit fiscal, comercial y aumentar los niveles de inversión.

La combinación de aranceles, reestructuración de la deuda, debilitar la moneda y una posible guerra de divisas es una estrategia de alto riesgo. Aunque podría ofrecer beneficios a corto plazo para Estados Unidos, también conlleva conflictos significativos para la economía global. La clave para la élite estadounidense será encontrar un equilibrio entre proteger sus intereses y mantener la estabilidad en los mercados internacionales, incluso si eso significa olvidarse temporalmente de la economía nacional.

Fuente: https://eltabanoeconomista.wordpress.com/2025/03/23/la-nueva-estrategia-economica-de-ee-uu/