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12 de noviembre de 2021

Perú: Selva acosada

Hernán P. Floríndez

El pasado 1 de noviembre murió, tras una larga agonía, el apu Agustín Ampush Tseje, vicepresidente de la Federación Nativa Awajún del Río Apaga. Ampush era uno de los awajún que lideraba la toma de las instalaciones de la Estación 5 del Oleoducto Norperuano en Loreto desde hace un mes. En la comunidad están convencidos de que la causa de la muerte fue beber agua contaminada cerca del pozo petrolero.

“Cuando hicimos el control territorial del lote se apagó el motor de la empresa que dotaba de agua a la zona y tomamos agua de un chorro que antiguamente era de consumo humano. Pero como la Estación 5 no tiene dónde botar los desechos decontaminación, esa agua ya no está limpia. Los hermanos que tomaron agua de ahí se enfermaron. Fueron entre 30 y 40 personas las que tuvieron males estomacales. Ampush también se enfermó, tuvo que volver a la comunidad, pero ya no se recuperó”, cuenta Jhoel Musolini, quien también participa en las protestas indígenas.

Las demandas del último “paro amazónico” son tan extensas como antiguas. Exigen desde la descontaminación de todas las áreas impactadas por los más de 500 derrames de petróleo en los últimos 20 años hasta la instalación de servicios básicos como salud y educación intercultural.

James Pérez, dirigente que representa a la comunidad awajún en la toma del Lote 95, explica que en el 2017 acordaron un “Plan de Vida Postpetróleo”, pero hasta ahora todo ha quedado en un papel sin ningún impacto real.

“Parece que actualmente el petróleo en Loreto no aporta tanto al PBI como antes, por eso no nos hacen caso. Entonces, si el petróleo ya no es de interés nacional, nosotros estamos pidiendo el abandono de los lotes, que las empresas petroleras se retiren y el cierre de las actividades. Ahora apostamos por el diálogo pero no sé por cuánto tiempo más”, dice Pérez.

En el Perú existen más de 4 millones de indígenas de 55 etnias distintas. Cincuenta y uno son pueblos originarios de la Amazonía y cuatro de los Andes. Según el INEI, sólo el 29,3% de esta población tiene acceso a electricidad, el 18,6% tiene red pública de agua y el 7,1% tiene un sistema de alcantarillado. A estas carencias hay que sumarle el 43,8 % de los niños de 3 a 6 años que padecen anemia, cifra de un informe de CEPLAN del 2020.

“Nacer en una comunidad indígena no debería ser una condena”, dice Zoila Merino, de la comunidad bora y dirigente de la Organización Regional de los Pueblos Indígenas del Oriente (ORPIO).

El problema, explica Merino, es que los escasos proyectos de infraestructura que se destinan a la zona no están orientados a mejorar la calidad de vida de las comunidades indígenas y buena parte de ellos termina promoviendo la deforestación de su territorio y abriéndole paso a las organizaciones criminales, especialmente las mafias de la tala ilegal y del narcotráfico.

“(…) Es que no conocen el lugar y creen que basta abrir una gran carretera en nuestro territorio. No solo deforestan sino que comienzan a asentarse colonos que se dedican a la coca, a la tala. Entonces estamos en peligro. Reclamamos que las carreteras no debería ser tan grandes y que le den prioridad al transporte fluvial, pero nos ven como obstruccionistas cuando deberían consultarnos antes de empezar”, dice Merino.

La Asociación Interétnica de Desarrollo de la Selva Peruana (AIDESEP) prevé que el plan de “reactivación económica” originará nuevos conflictos en la Amazonía. Los dirigentes consideran especialmente crítica la ejecución de grandes proyectos viales como la construcción de 102 km de la vía departamental Bolognesi-Breu (Ucayali) y el Corredor Vial Cusco-Madre de Dios de 273 km.

Ambas carreteras atravesarán territorios de comunidades indígenas que se oponen a estas vías. Temen, además, que “la falta de visión amazónica del sector Transportes deje estancados otros proyectos como la elaboración de una red de transporte fluvial sostenible, moderno y seguro”, señala AIDESEP en uno de sus últimos comunicados.

Juan Carlos Ruiz, abogado del IDL, advierte que la ley de consulta previa tiene una trampa. Este mecanismo sólo se pone en práctica en caso de proyectos extractivos. Cuando se trata de construir carreteras o líneas de transmisión eléctrica, por ejemplo, no hay ninguna obligación legal de preguntarles a las comunidades afectadas.

“Cuando dicen proyectos públicos sin consulta piensan en este concepto de ‘desarrollo’ de las ciudades. ¿Qué era desarrollo para Alan García? Hacer corredores para mineras, carreteras para entrar al mercado brasileño, pero ¿por qué no preguntan qué es desarrollo para los pueblos indígenas? Por ejemplo, buscan llevar electricidad de Moyobamba a Iquitos, pero para ello se requiere una línea de 600 kilómetros y deforestar a cada lado de la línea 550 metros. Ambientalmente es complicado”, dice Ruiz.

“La consulta previa tiene un defecto estructural: el león y el ratón no se van a poner de acuerdo. Un diálogo con esa asimetría no va a resolver los conflictos. Por eso los esfuerzos de las organizaciones apuntan ahora a la titulación de sus tierras”, apunta el abogado.

A la fecha, hay 650 comunidades nativas a las que no se les ha reconocido como dueñas de su territorio ancestral. Los procesos de titulación son engorrosos, caros y requieren de asesoría especializada. Sin los títulos de propiedad los indígenas no pueden reclamar sus derechos y muchas comunidades han comenzado a ser invadidas por narcotraficantes y traficantes de madera. Desde que empezó la pandemia, según cifras de la Defensoría del Pueblo, diez líderes indígenas han sido asesinados por desafiar a las mafias que los acechan.

Los gobiernos regionales también se han sumado al festín. Aprovechando los vacíos legales, se han lanzado al negocio de las concesiones forestales.

“Hay comunidades que están con 15 o 20 años de espera para ser reconocidas con su título de propiedad, pero el gobierno regional termina dándoselo a colonos que luego lo venden a empresas extranjeras. El título es el primer paso para mejorar las condiciones de vida, para firmar convenios, expulsar invasores, hacer proyectos con los gobiernos locales. Somos miles de miles de hermanos que estamos agotados con esta espera, pero también queremos evitar una lucha más radical, queremos evitar derramamiento de sangre”, indica Richard Rubio, líder kichwa y exvicepresidente de AIDESEP.

La abogada Siu Lang, de la ONG CooperAcción, cuenta que ha registrado cómo la minería ilegal se ha multiplicado en la cuenca del río Cenepa desde que empezó la pandemia. “Antes documentábamos dragas pequeñas en los ríos, ahora hay grandes campamentos que están vertiendo los desechos directamente y muy cerca están las bases militares. A pesar de las denuncias, no hay control. Ya no solo hay deforestación en las comunidades indígenas que conocemos sino también cerca de las comunidades en aislamiento”, explica.

En 2020, según la asociación civil Derecho, Ambiente y Recursos Naturales, Perú perdió 203,272 hectáreas de bosques amazónicos. La peor cifra en 20 años.

“Luchamos y cuidamos 14 millones de hectáreas en el Perú. Está en nuestro ADN defender el territorio indígena”, dijo Jorge Pérez, presidente de AIDESEP, el pasado 3 de noviembre en la COP26. Sin embargo, uno de sus pedidos más antiguos es el más olvidado: declarar la intangibilidad de los territorios vírgenes donde habitan, según las estimaciones oficiales, 8,000 indígenas en situación de aislamiento y en contacto inicial (PIACI).

Actualmente existen siete reservas de conservación, pero la ley permite que sean explotadas si se trata de hidrocarburos o alguna otra actividad a la que se le pueda estampar el sello  “de interés público”.

La consecuencia de esta contradicción acarrea, por ejemplo, que la reserva para pueblos aislados Yavarí-Tapiche (Loreto) tenga 10 concesiones forestales superpuestas. Y que en el territorio de Yaraví-Mirim haya otras 66 concesiones. En conjunto suman cerca de 600 mil las hectáreas de bosque concesionado a empresas madereras en bosques vírgenes en los que habitan tribus no contactadas.

Para Beatriz Huertas, antropóloga de ORPIO, este es uno de los mayores atentados contra la conservación de bosques e indígenas en aislamiento. Según sus últimos estudios –argumenta Huertas– no existe otra zona que presente mayor concentración de etnias no contactadas como la del Corredor Territorial y de Bosques Continuos Yavarí-Tapiche.

“Hacer pactos de no deforestación y concesionar así el bosque convierte en una ilusión frenar el cambio climático. Pasan los años y no solo se agravan los problemas ambientales sino también el descontento. El paro amazónico va a radicalizarse a medida de que los problemas y la falta de respuesta continúen”, indica la especialista. No es una amenaza. Es la conclusión que cualquiera podría sacar echando un vistazo al vecindario.

Chile y Ecuador, con una población indígena mucho más pequeña que el Perú, están padeciendo la furia de las  comunidades indígenas.

A inicios de octubre, cerca de un millar de mapuches y simpatizantes tomó el centro de la capital chilena exigiendo la restitución histórica de tierras de las que fueron despojados en el siglo XIX. Hoy ese territorio está en manos de empresas forestales.

El movimiento mapuche ha sido tan consistente y organizado en los últimos años que una de sus representantes preside la Convención Constituyente encargada de elaborar la nueva carta magna.

El pasado martes un tren de carga se descarriló en la región de La Araucanía. Las autoridades sospechan que no fue un accidente. Tras el siniestro, los vagones fueron incendiados. A mediados de octubre Sebastián Piñera había decretado la militarización de la zona sur de Chile.

El gobierno del conservador Guillermo Lasso quedó en jaque el pasado 27 de octubre. Luego de una semana de movilizaciones en contra del aumento del precio de la gasolina, los movimientos indígenas tomaron las principales carreteras de nueve provincias y de la capital. “La Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador está cohesionada por el nivel de desigualdad que viven. Donde más se sacrifica la naturaleza, donde más se contamina y donde más se quitan los derechos a tierras colectivas, ahí encuentras las mayores necesidades desde hace 50 años. ¿Quién va a resistir eso?”, dice Gabriela Ruiz, reportera ecuatoriana.  

Ramiro Escobar, periodista especializado en medio ambiente y política internacional, explica que en el Perú la olla lleva tiempo calentándose y podría comenzar a hervir en cualquier momento. Si bien hay diferencias respecto a Ecuador y Chile, los indígenas están “en medio de un creciente proceso de politización” y organización local. “Ya tenemos convulsiones internas protagonizadas por indígenas (...) en algún momento podría ocurrir una convulsión de mayor envergadura, tal vez de alcance nacional y más si se logran organizar los indígenas de la selva con los reclamos del ande. Los vínculos existen, pero aún falta una organicidad como la de Ecuador”, dice Escobar.


Fuente: HILDEBRANDT EN SUS TRECE N°564, del 05/11/2021   p30

1 de octubre de 2021

Perú: Gritos de odio

Hernán P. Floríndez

“¿Tú eres Avelino Guillén?”, le preguntaron al exfiscal supremo cuando estaba por recoger su bolsa de pan en el supermercado Ebony de San Borja. Eran casi las siete de la noche y frente a él una pareja lo esperaba y miraba de reojo. Guillén, que había tenido un almuerzo familiar por el fallecimiento de su madre, asintió. La respuesta fue una andanada de insultos: “¡Terruco hijo de puta!”. “¡Toda la vida cagaste a Fujimori!”. “¡Anda a llorar al Lugar de la Memoria!”. “¡Te voy a sacar la concha de tu madre!”. Guillén siguió en lo suyo: tomó su pedido y se retiró de la tienda en silencio, mientras una tercera persona lo aguardaba fuera del local para grabar la agresión. En unas horas, el video se hizo viral en el lodazal de las redes sociales.

“Eso fue organizado. Hubo una distribución de roles. Me fijaron como objetivo y conocían mi rutina. Buscaban la mínima respuesta para justificar una agresión mayor. Lo difundieron en videos y luego se ufanaron en audios que repartieron por las redes sociales. Conmigo han querido mandar un mensaje de terror a los fiscales y jueces: ‘mira lo que te puede pasar a ti’”, explica el exfiscal. ¿Por qué Avelino Guillén es blanco de este odio enconado y corrosivo?

Hijo de padres quechuahablantes de Apurímac, estudió Derecho en Lima motivado, entre otras cosas –dice–por las lecturas de Manuel Scorza y el duro retrato que leyó sobre el sistema de justicia. En 1980, recién graduado por la Universidad San Martín de Porres, trabajó como Juez de Paz no Letrado en Villa El Salvador. Allí, en el último escalafón del Poder Judicial, resolvió conflictos domésticos, de deudas, líos de pareja, disputas por ganado y tierras. Enfrascado en revanchas y litigios de entrecasa, no podía imaginar entonces que, un año después, estaría por emprender una vertiginosa carrera como persecutor del delito en el Ministerio Público. Menos aún que algún día sería el fiscal encargado del histórico juicio contra Alberto Fujimori, el presidente más corrupto de la historia del Perú. Pero hasta alcanzar su clímax profesional, Guillén tenía por delante una trocha persiguiendo criminales de toda ralea.

Primero fue abogado auxiliar de la Fiscalía Provincial de Lima y en 1982 fue nombrado en Pucallpa Fiscal Adjunto Antidrogas. En 1984 fue destacado a Ayacucho como Fiscal Adjunto Provincial. Allí se encargó de resolver casos de asesinatos masivos como el de los seis evangelistas en Callqui y la matanza de 50 campesinos en Huanta.

En 1986 fue nombrado Fiscal Adjunto Superior en Lima, donde llevó duras audiencias dentro del penal de Castro Castro contra la delincuencia común: asesinos, violadores y secuestradores.

En abril de 1992, después del golpe de Estado, Fujimori y su secuaz Montesinos ejecutaron la purga del Poder Judicial y Fiscalía. Avelino Guillén fue uno de los afectados.

Regresó dos años después, tras aprobar con buenas calificaciones el concurso público para Fiscal Superior en Lima. Volvía por la puerta grande, a la Fiscalía de la Nación, con un despacho en el piso 8, en la Sala Suprema Civil que debido a la carga laboral resolvía también algunos expedientes penales. Una planta más arriba estaba la mandamás de la institución: Blanca Nélida Colán, sirviente a destajo del dúo Fujimori-Montesinos.

“Cuando se produce la caída del régimen de Fujimori, desde la Suprema Civil, donde yo seguía trabajando, formulamos acusación contra ella por enriquecimiento ilícito y desbalance patrimonial. Presentamos todo: videos, testigos, los intermediarios de los pagos, las desviaciones de dinero del SIN. No tuvo ninguna posibilidad de contradecirnos”, recuerda Guillén.

Luego, como adjunto en la Segunda Fiscalía Suprema Penal, llevó las pesquisas de algunos de los casos emblemáticos de la corrupción del gobierno fujimorista: las acusaciones contra el excongresista Alberto Kouri, el exministro del Interior José Villanueva Ruesta; contra José García Marcelo, uno de los exvocales del Tribunal Constitucional que recibió sobornos de Vladimiro Montesinos; contra Víctor Joy Way, expresidente del Congreso, por asociación ilícita y defraudación tributaria; contra Jorge Baca Campodónico, exministro de Economía, por cohecho pasivo y malversación de fondos; contra jueces supremos corruptos y congresistas tránsfugas. La lista resulta interminable. Y así fue como Guillén investigó y construyó los expedientes de los mafiosos más poderosos de los 90. Ese es el germen del odio que hace unos días quedó registrado en el cortometraje callejero.

Fue también por esa trayectoria que el fiscal superior José Peláez Bardales, pese a las reticencias iniciales, lo convocó para liderar el grupo de trabajo a cargo de la extradición y acusación de Alberto Fujimori. “Yo tenía una ventaja sobre el grupo de fiscales convocados por Peláez: seis años de experiencia en juicios contra todos los nodos de la red. Conocía los hechos, las motivaciones, sus celos, las relaciones entre ellos”, dice Guillén.

Se sumó al equipo como adjunto supremo y se encargó de preparar la estrategia probatoria: la relación de 586 pruebas entre testigos y documentos que sustentó en 16 audiencias públicas y consecutivas.

Protagonizó las sesiones de interrogatorios más tensas contra el dictador. En una ocasión, cuando el acusado hacía caso omiso a las indicaciones fiscales, Guillén, ante un estupefacto Fujimori, le espetó: “¡Cuando yo hablo, usted responde! ¿Entiende?”.

En todo momento lo llamó “acusado” y ordenó cambiarle la silla de diseño gerencial que le habían colocado por una más sencilla, como las que utiliza cualquier encausado.

Uno de los momentos más dramáticos de aquel juicio fue cuando Guillén identificó una por una a las personas asesinadas por el grupo Colina. “Yo quise introducir a las víctimas en el proceso, sus nombres, edades, circunstancias de muerte. Que todos escuchen por quiénes estábamos ahí y que los familiares no solo fueran convidados de piedra”, explica Guillén.

Probar que Alberto Fujimori era responsable de los asesinatos de La Cantuta y Barrios Altos es una misión casi imposible. Cuando un presidente manda a matar no hay órdenes escritas. No lo hizo Fujimori en Perú, pero tampoco Pinochet en Chile o Videla en Argentina, por citar ejemplos cercanos.

Por esto, la Fiscalía se centró en determinar cuál fue la cadena de mando a la que respondía el Grupo Colina, su dependencia del Servicio de Inteligencia Nacional y, por ende, el control de Alberto Fujimori con Vladimiro Montesinos sobre las “operaciones especiales”, cuyo objetivo era la ejecución extrajudicial de las víctimas.

“Se formó un aparato organizado de poder, en cuya cabeza estaban Montesinos y Fujimori. Ellos integraban un órgano de decisión que a través de una cadena de mando de altos jefes militares tenían un órgano ejecutor: el destacamento Colina. Fujimori apostó por utilizar el aparato de inteligencia para realizar esas operaciones de guerra sucia. Montesinos discutía y aprobaba las acciones de la política de eliminación, política que ya contaba con la autorización de Fujimori”, describe Guillén.

El fiscal apuntaba las posibles pruebas, estrategias y preguntas en una libreta personal que lo acompañaba las 24 horas del día. Durante las noches ponía el cuaderno en un velador al costado de su cama. Cuando en medio de la noche se despertaba con una idea o inquietud, la anotaba.

Su trabajo metódico le sirvió para que un integrante del grupo Colina se convirtiera en colaborador eficazy aportara centenares de comunicaciones oficiales con el SIN, documentos sobre la formación del escuadrón asesino y acerca de los recursos financieros para las operaciones. A lo largo del proceso, otros seis integrantes del Grupo Colina optaron por colaborar con la justicia.

En las audiencias, el fiscal Guillén dejó en evidencia cómo el régimen de Fujimori maniobró para que no se investigaran los crímenes del escuadrón y, finalmente, se amnistiara a los asesinos.

Fueron decisivos los testimonios de altos mandos militares que describieron cómo se operaba en el SIN y cómo se utilizaron decretos secretos para desviar recursos públicos para solventar la “guerra de baja intensidad”. También dieron cuenta de las coordinaciones de Montesinos para el aprovisionamiento de armamento y el poder otorgado por Fujimori a Montesinos para designar a los mandos militares.

“Yo le mostré a Fujimori durante el juicio las felicitaciones de su gobierno al destacamento Colina. Teníamos tal cantidad de evidencias que era imposible suponer que este grupo actuó sin la aprobación de Fujimori y Montesinos. Todo el poder emanaba de ellos. Al final eran dos caras de la misma moneda”, dice Guillén doce años después de la condena a Alberto Fujimori.

Contra todo pronóstico, la honesta y eficaz trayectoria de Guillén no fue suficiente para acceder al cargo de Fiscal Supremo.

En 2010 fue desaprobado por un grupo de juristas del cuestionado Consejo Nacional de la Magistratura. Era la revancha de la derecha que había lucrado con Alberto Fujimori y hasta ahora se agazapa tras bufetes de postín.

Avelino Guillén entendió el mensaje y ese año renunció al Ministerio Público. Desde entonces ha participado de la vida política en cada contienda electoral. Siempre en la acera contraria del fujimorismo.

“Uno no está libre de que ahora por la calle vengan y nos persigan, peguen o maten. Viendo lo que le han hecho al fiscal, otra vez se evidencia qué cosa es el fujimorismo”, dice Raida Cóndor, madre de Armando Amaro, uno de los estudiantes de La Cantuta asesinados. “Este nivel de odio de los fanáticos y seguidores de Fujimori es peligroso, nosotros nunca vamos a responder así, pero nos deja a todos en alerta, advertidos. Hay un intento de borrarnos, de tildarnos de terroristas. Como familiares lo hemos experimentado cada vez que hemos denunciado”, añade Carmen Amaro, hermana de Armando.

Según la denuncia policial, los tres agresores de Guillén se subieron al mismo carro de placa BSJ-318, que está a nombre de la empresa Infinite Communications S.A.C. Entre el 2015 y 2021 esta compañía firmó contratos con el Estado por más de seis millones de soles. Ha proveído con sus servicios a la PCM y a los ministerios del Interior, Educación y Defensa.

El gerente general, Gianpiero Silva Montejo, admirador de Keiko Fujimori en las cloacas de las redes sociales, coincide con la descripción física del atacante. Silva Montejo se jactó de haber humillado a Guillén. Celebró su barbarie.

El pasado martes 21 Silva admitió ante la Primera Fiscali´a Corporativa Penal que sí estuvo presente durante la agresión a Avelino Guillén. Fue lo único que dijo porque, después, optó por guardar silencio, según describió a esta revista Carlos Rivera, abogado defensor de Guillén. Al término de la audiencia, la Fiscalía dispuso que se le incluya como investigado por acoso agravado.

Guillén está convencido de que las agresiones en su contra y otros objetivos van a continuar. No son hechos aislados –advierte–. Es un plan que apunta a crear un clima de violencia social de tal envergadura que justifique la vacancia presidencial. “Cuando yo interrogaba a Fujimori me di cuenta perfectamente de que la democracia le era un lastre. La detestaba. La ve como un problema, como un diálogo estéril, inútil. Para saltarse la democracia tenía un Estado paralelo con el que coimeaba a medio país. El fujimorismo necesita de ese miedo para justificar sus prácticas, inventar un enemigo que permita un enfrentamiento radical y así, cuando la población viva en un clima de terror, los busquen como única tabla de salvación. Ese es su caudal electoral”, explica.

A sus 67 años, Avelino Guillén piensa en irse a vivir a Apurímac o Ayacucho donde inició su carrera y comprendió que ser fiscal “es un compromiso ético con la sociedad”.


Fuente: HILDEBRANDT EN SUS TRECE N°558, del 24/09/2021   p8