Raúl Wiener
El contralor Fuad Khoury estaba debiendo una explicación sobre la falta
de control serio sobre los hechos que durante varios años se registraron
en el gobierno de Ancash, a pesar de haber tenido instalados allí sus
auditores y disponer de los recursos para evaluar los contratos y hacer
el seguimiento de las diversas obras de infraestructura. Pero como suele
hacer, fugó para adelante y estableció una conclusión que acabó con
todos los debates: la descentralización ha fracasado.
O sea, no fracasó el control que era su responsabilidad, ante la novedad
de tener 25 gobiernos autónomos, con presupuestos propios y capacidad
de contratar, sino el sistema mismo, con lo que seguramente pensará que
descarga toda responsabilidad. Un informe del día de ayer, probablemente
filtrado desde el Ministerio Público, indica que habría hasta 19
presidentes regionales con denuncias sobre corrupción, lo que
significaría que un 76% de los gobiernos electos en el interior del país
tendrían problemas con la Justicia.
La cifra, sin embargo, se aclara un poco más cuando se descubre que ocho
de los mencionados se encuentran en situación de investigados, sin
proceso judicial abierto, y que aún en el caso de los enjuiciados no
existe uno solo con sentencia en firme. Lo que puede significar varias
cosas: (a) que todo manejo de sumas altas de dineros, atrae sospechas y
controversias; (b) que hasta ahora no se ha probado un caso importante
de corrupción, ni aún, los más saltantes, lo que habla mal de los
órganos de control y justicia, como la Contraloría, el Ministerio
Público y el Poder Judicial; (c) que no se ha probado aún que los
gobiernos regionales son más corruptos que otras instancias del Estado,
pero que es evidente que hay quienes quieren que creamos eso.
Con todos sus defectos: reproducir los departamentos en jurisdicciones
políticas con otra denominación; intentar corregir el asambleísmo de la
regionalización previa (eliminada por Fujimori al segundo año), con el
refuerzo de un caudillismo autoritario de la presidencia; mantener casi
como único nexo con el gobierno central, el manejo de la distribución de
recursos a través del Ministerio de Economía que acrecienta con esto su
poder invisible sobre todo el aparato del Estado; con todo ello, digo, y
el localismo ramplón de algunos líderes regionales, la
descentralización aprobada por Toledo fue un paso fundamental en la
reforma del sistema político peruano.
Claro que en un escenario sin partidos nacionales y de retroceso de la
política (reemplazada por el principio de “hacer obras” y la cuasi
aceptación social que los que las hacen se ganan más de lo legalmente
admitido), es relativamente fácil lanzar en plena ruta hacia la elección
de nuevas autoridades una catarata de denuncias que da la impresión de
estarnos diciendo que lo que se viene es una nueva obligación de votar
por quien nos esquilmará en los siguientes años. O tal vez quieran
convencernos de que mejor no elegimos a nadie.

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