Juan Carlos Tafur
Si a estas alturas del partido existe todavía quien insista en el diálogo entre Ejecutivo y Legislativo como la mejor forma de remediar la crisis política, o es un cacaseno redomado o es un operador taimado del fujiaprismo.
Resulta más que evidente el propósito irreductible de la oposición por arrinconar al Gobierno y volverlo inútil. En el afán de utilizarlo como contraejemplo en la siguiente elección arguyendo que el país se equivocó al no brindarle la presidencia a Keiko Fujimori, ya no repara en nada.
La oposición está enceguecida, no se percata de que dicha estrategia ya se desbordó. Si en un comienzo podía ser una fórmula entendible para cosechar adhesiones futuras, ahora se ha desquiciado, poniendo de manifiesto pulsiones suicidas en sus portavoces. El mayor daño político generado por la crisis no ha sido infligido al Gobierno sino a la oposición: mientras Vizcarra goza de una alta popularidad, el keikismo se ha destruido.
¿Acaso creen los entusiastas del diálogo que, contra toda evidencia, ese camino es posible? ¿Por lo pronto, creen que Pedro Olaechea tiene el poder suficiente para que su palabra comprometa a la bancada de Fuerza Popular? ¿Piensan, so ventura, que el fujikeikismo está dispuesto a sentarse, diseñar un plan mínimo de gobernabilidad de acá al 2021 y descartar cualquier intento futuro de sabotaje o vacancia presidencial? ¿En serio?
El keikismo y sus compañeros apristas de ruta nunca aceptaron la derrota, quisieron trastocar su mayoría congresal en potestad ejecutiva y así pretendieron convertir al presidente de la República en una marioneta. Contaron con la complacencia de un mandatario políticamente tonto como PPK y a pesar de ello nunca cejaron en el intento de desalojarlo de Palacio. Vizcarra los saca de quicio porque les ha salido respondón y se ha dado cuenta de que la conciliación sumisa es inviable y que legítimamente debe convocar el respaldo popular para derrotar a un establishment que lo quiere aniquilar.
PPK debió disolver este Congreso a la primera de bastos, pero mal aconsejado por ministros tan pusilánimes como él, creyó que sonreír mientras lo agarraban a cachetadas o zarandeaban a su gobierno a punta de insultos, interpelaciones, citaciones caprichosas y demás, era lo mejor. Si lo hubiera hecho y el pueblo, con sabiduría democrática, hubiese recompuesto un Congreso disfuncional, otro sería el cantar.
Aún no es tarde, sin embargo. Vizcarra ha propuesto el adelanto de elecciones generales como una fórmula intermedia para romper la disyuntiva vacancia-disolución, pero al parecer la tozudez fujiaprista no lo quiere entender y se empecina en el rechazo. De persistir la irracionalidad, corresponde que Vizcarra haga cuestión de confianza, disuelva este Congreso, convoque a elecciones parlamentarias y se apreste a gobernar dos años más, hasta el 2021, ya sin la compañía de un Legislativo obstaculizador.
El escenario menos malo de todos es el adelanto de elecciones (quizás agregando al referéndum propuesto la restauración de la bicameralidad). Zanja la crisis y quita piso a los aventureros que salivan con el deterioro paulatino del orden político. El segundo menos malo es la disolución del Legislativo (la continuidad de la medianía vizcarrista por dos años más tampoco es algo que entusiasme). El peor desenlace, terrible por sus imprevisibles consecuencias, es el de la persistencia de la crisis actual hasta el 2021.
La del estribo: en cartelera Norte y El viaje de Javier Heraud, muy buenas película y documental nacionales. La primera dirigida por Fabrizio Aguilar y el segundo por Javier Corcuera.
https://www.leerydifundir.com/2019/09/dialogo-cacasenos-cinicos/
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10 de septiembre de 2019
25 de abril de 2019
Uso ruin de una tragedia
Juan Carlos Tafur
El uso político más ruin que se le ha dado al suicidio de Alan García ha provenido de parte de quienes han querido aprovechar la conmoción por la tragedia para tratar de tumbarse el proceso anticorrupción en el que el país está embarcado.
Hay que acabar con la judicialización de la política, gritan. Y cabe preguntar cómo se puede aspirar a ello si son precisamente los políticos corruptos los que han desfilado y desfilarán por las denuncias de probada corrupción en su contra.
Hay que acabar con el odio, susurran, despreciando la legítima indignación y furia popular por el maloliente espectáculo de las manos sucias de quienes se han robado los dineros de todos los peruanos para su propio beneficio.
No hay que polarizar, advierten. Cómo no va a polarizar el hecho de que un grupo de valientes fiscales y jueces les siga los pasos y les respire en la nuca a poderosos del mundo de la política y de la empresa, con poder suficiente como para resistir y generar la turbulencia que paradójicamente tanto inquieta a algunos de sus defensores.
La corrupción es una enfermedad de tanta hondura republicana que de la lucha por extirparla nadie saldrá indemne. Pero son costos que deben asumirse y que reportarán inmensos beneficios sociales a futuro. Una sociedad corrupta es el mejor caldo de cultivo para arrebatos políticos.
Hemos advertido desde el inicio (cuando muchos de los que hoy se lamentan aplaudían entusiastas) los eventuales excesos en el proceder de algunos fiscales y jueces. Vemos con preocupación que ello, en lugar de aplacar la sed de justicia del pueblo peruano, pueda alentar el apetito de venganza. Pero a la vez, no nos queda duda alguna de que un peor escenario social y político sobrevendrá si se enseñorea la impunidad en el país. Se trata de corregir los excesos, no de tirarse abajo todo un proceso inédito en nuestra historia.
Inclusive, para hablar específicamente de Alan García, los primeros interesados en que se ahonden las investigaciones sobre él, debieran ser sus allegados y partidarios. Falso homenaje le brindan quienes fariseamente hablan sobre su tumba para pedir que un manto de impunidad se extienda.
¿Acaso la sociedad peruana o las mayorías populares merecen una suerte de acuerdo de “punto final”, un entendimiento entre todas las fuerzas políticas involucradas en la corrupción, con la anuencia de nuestros magistrados, para ocultar las trapacerías y librar de la cárcel a los delincuentes?
Tremenda irresponsabilidad histórica acompaña a quienes, desde el foro político, la iglesia o la vocería mediática, tratan de destruir uno de los pocos islotes de esperanza nacional, que en estos momentos conduce un sistema de justicia capaz de ello justamente porque se ha podido librar de quistes corruptos en su seno. La “mafia judicial” ha sido derrotada y por eso es que hoy en día la impunidad está perdiendo la batalla.
Desataría un horror inimaginable que nuestras clases dirigentes se unan con el propósito de asegurar un pacto de impunidad. Los demonios contenidos hoy en la furia ciudadana se desatarían sin contención y si no en las calles se expresarían, sin parámetros conocidos, en las urnas venideras.
-La del estribo: si no como la mejor obra teatral del año, Yerma estará sin duda en lo más alto del ránking. Soberbia puesta en escena del ya clásico de García Lorca que se puede apreciar en el teatro La Plaza, en Larcomar. Dirigida por Nishme Súmar y con la notable actuación principal de Urpi Gibbons, es de asistencia imprescindible.
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30 de noviembre de 2018
La poca estatura de Alan García
Juan Carlos Tafur
Mientras el APRA continúe ligado al itinerario personal de Alan García, seguirá cavando su tumba. La poca estatura política y moral del expresidente, puesta de relieve en su altisonante e injustificado pedido de asilo a la embajada de Uruguay apenas vio que un fiscal independiente empezaba a investigar sus vinculaciones con la empresa Odebrecht, pone de manifiesto el absoluto desencuentro de García respecto de la sensibilidad popular hacia su partido.
No hay en el Perú persecución política. Vizcarra ha crecido políticamente a partir de haber confrontado con la oposición keikista obteniendo un inesperado instrumento de gobernabilidad. En esa medida surge un Presidente empoderado con capacidad de marcar agenda, pero no hay un solo indicio de que desde Palacio se digite a fiscales y jueces en contra de los opositores, como irresponsablemente el fujiaprismo y sus waripoleras mediáticas sugieren o denuncian.
Lo que ha sucedido en el seno del Poder Judicial y el Ministerio Público es que el cogollo fujiaprista, infiltrado durante décadas en ambos poderes, ha perdido relevancia. El descabezamiento del Consejo Nacional de la Magistratura supuso una pérdida de poder del APRA dentro de ambas entidades, pero ello, lejos pues de interpretarse como intromisión política, se debe saludar como el fin de ella.
García conduce al aprismo al despeñadero. Lo hizo en 1985 cuando, atrasado programáticamente décadas, impuso un programa heterodoxo y populista, cuando ya la región marchaba hacia ajustes macroeconómicos y orden fiscal. Reincidió el 2006. Cuando ya el entorno regional discutía la superación de la etapa proempresarial y la necesidad de pasar a reformas de segunda generación, García creyó que correspondía capitalismo salvaje, la pichicata estatal para los grandes grupos empresariales y cero reformas institucionales. Siempre, como se ve, Alan García va algo retrasado respecto de la historia.
Gobernó del 85 al 90 como El antiimperialismo y el APRA y del 2006 al 2011 como Treinta años de aprismo. Es saludable. Mejor el segundo que el primero, pero pasar del desastre a la mediocridad no debería ser un consuelo. Lo que correspondía en su última gestión era invertir capital político en algunas reformas estructurales, cosa que García no hizo ni por asomo.
Endulzarle el camino a los oligopolios empresariales del país le pudo dar buenos resultados fiscales, pero la agenda pendiente eran la educación, la salud pública, la descentralización, las propias reformas económicas (laboral, tributaria, descentralización, etc.), reformas políticas y judiciales. Y de eso, ni hostia. García estaba feliz coqueteando con sus amigotes ricachones, entre ellos los brasileños y los de Odebrecht en particular, sobre cuyas relaciones no tan santas está siendo hoy investigado.
En el balance y liquidación política de García, este caprichoso y atemorizado pedido de asilo solo será un manchón más en una trayectoria que ha buscado aires dramáticos no en los grandes cambios sociales que podía haber impulsado sino en el melodrama cotidiano y recurrente de actitudes matonescas, veleidosas e inesperadas. En esto ha gastado su adrenalina alguien como García, no en ser un referente político turbulento e impulsor de las grandes transformaciones que el Perú necesita a gritos.
Y quizás su mayor pasivo sea haber destruido al aprismo como opción en el mediano plazo. Hay una generación promisoria de jóvenes apristas y su mensaje programático, reinterpretado, puede tener enorme vigencia. Debería ser el APRA el gran partido popular de un centro moderno en el país, el fiel de la balanza del tablero político nacional. Pero lamentablemente ha decidido hipotecarse a los desvaríos de un personaje como García, quien hace tiempo debió haber sido puesto de lado en el viejo partido de la avenida Alfonso Ugarte.
-La del estribo: tiene razón Ramiro Llona cuando expresa su malestar por la exclusión de grandes pintores peruanos, como Gerardo Chávez o José Tola, de una exposición como la de ARCO en Madrid, que cuenta con el auspicio institucional del gobierno peruano. Si fuese solo un asunto de coleccionistas o galeristas privados, no hay nada que decir sobre el asunto, pero si el Estado toma la batuta presupuestal, debe honrar una convocatoria que no sea excluyente, menos de artistas de la talla de los mencionados (el propio Ministerio de Cultura organizó el año pasado una extraordinaria muestra conmemorativa por los 80 años de Gerardo Chávez).
17 de octubre de 2018
El golpe de Estado de Vizcarra
Juan Carlos Tafur
Vizcarra está dando un golpe al Estado, sí, pero al segmento estatal capturado de mala manera por el poder del fujiaprismo. Está marcando la agenda respecto de un Congreso abusivamente controlado por Fuerza Popular y está tratando de cortar los núcleos de corrupción en las instituciones judiciales y fiscales donde tanto el keikismo como el aprismo mantienen reductos de absoluto control.
A ese Estado ajeno a los criterios de una modernidad liberal, el gobierno de Vizcarra ha decidido golpearlo dentro de los márgenes constitucionales permitidos y haciendo uso de herramientas políticas perfectamente legítimas, como es el caso del referéndum.
No nos queda claro si Vizcarra es plenamente consciente de lo que está haciendo y si, por ende, una vez culminado el inicial encontrón con las duras resistencias keikistas y apristas sabrá qué hacer en adelante.
Porque lo que corresponde una vez que le corte el espinazo a las redes politizadas de la administración de justicia y logre domesticar a un Congreso altanero y levantisco es proceder a dar pasos importantes en materia de generar flujos de mercado, extirpando los otros núcleos corruptos infiltrados en el Estado, como son los conglomerados mercantilistas desplegados de manera pública en la corrupción brasileña y a través de entidades como el denominado Club de la Construcción.
Corresponde también a cualquier gobierno que se precie de liberal, en su sentido más amplio y no economicista, propender a la instauración de una modernidad en sectores claves como la salud y la educación, y desarrollar allí duro combate con el tejido ultraconservador que también se ha apropiado de reductos claves del sector público, yendo a contrapelo de políticas universales y modernas (en base a la equidad de género) en dos aspectos esenciales de la gobernabilidad democrática de países en un estadio de desarrollo como el peruano.
Esa es la agenda republicana mínima que cualquier gobernante de un talante moderno y progresista debiera emprender. Destruir el Estado autoritario en lo político (con un Poder Judicial y un Ministerio Público sojuzgados), mercantilista en lo económico (léase el comportamiento tradicional de los grandes grupos de poder, totalmente ajenos a una economía de mercado) y ultraconservadores en aspectos morales (que le brinda, por ejemplo, a la iglesia católica un peso excesivo en decisiones públicas).
Ese Estado se construyó a lo largo de muchas décadas, pero alcanzó su cima cuando el segundo gobierno de Alan García. Ollanta Humala no hizo nada por desmontarlo. De lo único que se preocupó el líder nacionalista fue de limpiar los aspectos castrenses, creyendo, como militar que es, que allí radicaba lo más importante.
Luego, de la mano con el creciente poder del keikismo, ese Estado ultraderechista se ha extendido y fortalecido. Recién con Vizcarra, después de la pueril defección de Pedro Pablo Kuczynski, hay alguien que desde el poder político empieza a golpearle la testa.
No cabe mucho optimismo respecto de lo que pueda o quiera hacer Vizcarra más adelante y si acaso se anime a continuar con la línea de reformas señalada. No es Vizcarra un liberal modernista ni mucho menos, pero cuenta con una ventaja, y es su procedencia provinciana, la misma que le permitió detectar rápidamente la crisis política que se venía luego de la difusión de los audios del denominado caso Lava Juez.
José Matos Mar señaló que así como el migrante convertido en emprendedor había sido el sujeto sociopolítico del Perú de las últimas tres décadas, el sujeto del futuro sería el provinciano. A riesgo de extrapolar en demasía, al menos vemos cómo alguien como Vizcarra ha sido capaz de hacer cosas que nadie se atrevió a hacer en los últimos tiempos en la usualmente empobrecida vida política peruana.
Ha empezado bien, habrá que ver con tiempo si tiene más fuste para continuar el proceso.
-La del estribo. Uno, los amigos de UVK deberían ser más atentos con sus clientes. Si uno compra y paga más de lo normal por acudir a la temporada de ópera en vivo, en HD, pues debe ser en HD, no con la deficiente resolución con la que castigan a los espectadores. De espanto la calidad de la transmisión. Dos, los también amigos de Los Productores han estrenado hace poco la costumbre de permitir a los espectadores ingresar a sus salas en el Pirandello y en La Plaza con alimentos y bebidas. Entendemos que es un buen negocio vender más cerveza y sánguches, pero no deberían olvidarse del respeto silente de ese espacio sagrado que implica el buen teatro.
29 de septiembre de 2018
Las waripoleras del antisistema
Juan Carlos Tafur
Todos los que viven aterrados con la eventual aparición de un outsider radical y antisistema, debieran felicitarse por el reenganche político del presidente Vizcarra con la ciudadanía y por el hecho de que probablemente a fines de este año se convoque a un referéndum que sirva de válvula de escape a la sensación de hartazgo ciudadano respecto de nuestra clase política.
Si Vizcarra hubiese hecho oídos sordos frente al escándalo de los audios de la corrupción y no hubiese recogido el malestar atizado por dicha hoguera entre la población, probablemente hoy tendríamos un gobierno destruido y de acá a tres años peor aún, aliciente para el discurso de que el sistema ha fracasado y que se necesita un golpe de timón que arrase con todo.
Resulta vital que el Presidente no se deje atarantar por las matonerías o leguleyadas de los congresistas naranjas, quienes ahora quieren echar sombras para escamotear la aprobación de los cuatro proyectos de ley presentados por el Ejecutivo y su confirmación a través de una consulta popular. Frente a la manipulación, brazo firme y voluntad de hierro. Es lo que la ciudadanía le pide y sobre lo que le va a exigir cuentas si la decepciona y se rinde ante las bravatas del keikismo.
Las condiciones para la aparición de un antisistema parecen dadas: desplome de la legitimidad cívica de las formas democráticas (desprestigio del Congreso y las instancias judiciales) y descrédito absoluto de la clase política establecida. Solo faltaría añadir crisis económica para que la receta esté completa (felizmente, salvo algunos sobresaltos fiscales, el tema macroeconómico anda tranquilo).
A fines de los 90, el país soportó una crisis de legitimidad mayor que la actual. La implosión del régimen fujimorista y la aparición de los llamados vladivideos generó una crisis muy honda y a ello se sumó una pavorosa recesión económica producto de la crisis financiera asiática.
No obstante, cuando el 2001 la población acudió a las urnas no le dio crédito a las opciones radicales. En primera vuelta votó por Alejandro Toledo en un 36.51%, por Alan García en un 25.77% y por Lourdes Flores en un 24.3%. La izquierda ni siquiera tuvo participación. Y debe recordarse que Toledo, quien para algunos pudo representar la oposición radical al régimen y recoger el espíritu disidente, se tuvo que moderar para poder ganar las elecciones. Tuvo que convocar a Pedro Pablo Kuczynski como una suerte de garantía de que el suyo no iba a ser un gobierno que tirase por la borda todo lo avanzado en materia económica en la década de los 90.
¿Por qué no apareció ningún antisistema? Porque tuvimos la suerte de tener un gobierno de transición exitoso como el de Valentín Paniagua, que atemperó los ánimos y, contra lo previsto, apuntaló las pulsiones más conservadoras del país en lugar de las excéntricas. Lo mismo debería suceder con el gobierno de Vizcarra.
Pero la miopía del keikismo es de tal envergadura que al petardear a PPK primero y ahora a Vizcarra, alienta la generación de condiciones que luego, de acá a tres años, podrían desbordar al propio keikismo. Destruir a Vizcarra alienta a los Santos, Antauros o Aduviris. Hacerlo papilla y transformarlo en un gobernante intrascendente e inerme atiza la hoguera de los antisistema.
Así sea por la sola consideración de sus intereses electorales el 2021, el keikismo debería apuntalar al régimen de Vizcarra, propender a su éxito y fortalecer el proceso de cierre de la transición democrática empezada el 2001, proceso que ya murió y requiere, para su correcta sepultura y la migración a un modelo superior, que no triunfen los petardistas y propagandistas del cambio total del modelo.
Cuando Keiko Fujimori y sus waripoleras mediáticas animan a los congresistas naranjas a tirarse abajo las reformas propuestas por Vizcarra, solo contribuyen al colapso de un sistema que les podría permitir su acceso al poder en el futuro. Su inconmensurable torpeza, de prosperar, va a generar el estado de cosas que los radicales anhelan.
-La del estribo: muy refrescante –a pesar de constar de reposiciones- la puesta en escena de Trilogía, tres obras de Alfonso Santistevan: Vladimir (1994), El caballo del Libertador (1986) y Pequeños Héroes (1988), con la dirección de Alberto Ísola, el propio Santistevan y ambos respectivamente. ¡Qué buena dramaturgia que se ha hecho en el Perú! Vladimir va hasta octubre, las otras dos hasta diciembre en el Centro Cultural de la PUCP.
18 de septiembre de 2018
Si no hay disolución, la crisis continúa
Juan Carlos Tafur
Si Vizcarra retrocede en la confrontación política que el keikismo le ha puesto sobre la mesa, perderá el respaldo popular que las encuestas le otorgan en los últimos días. Y si eso ocurre, no pasará mucho tiempo para que el propio keikismo consiga la mayoría de votos para decapitarlo y sacarlo del poder.
Fuerza Popular marcha a contrapelo de la sensibilidad popular. Los estrategas del keikismo han convencido a su lideresa de que ella debe exhibir fuerza, mostrar el músculo, asentar la idea de que la mano dura y el talante autoritario son su indeleble marca de fábrica.
A Keiko la han persuadido de que perdió el 2011 y el 2016 por haberse caviarizado y de que la cifra de su triunfo futuro pasa por reforzar la herencia histórica del gesto adusto y el golpe sobre la mesa. Más aún, le han hecho creer que las desventuras del presente, los costos políticos de su desprestigio creciente, son costos coyunturales producto de la volátil y pasajera animosidad del pueblo, que a la postre regresará propicia a ella el 2021.
Así, no se va a detener en tutías a la hora de confrontar con el régimen. Por el contrario, la arrebata la convicción de que en esa demostración de aspereza recurrente estriba el cimiento de su venidero triunfo electoral. Por ello, cargarse en peso dos gobiernos no es algo que la inquiete o le quite el sueño.
Podrá uno discrepar con la idea keikista de la necesidad de confrontar, pero no queda duda alguna de que ese es su destino inexorable. Vizcarra debe estar advertido y actuar en consecuencia. En esa perspectiva, es reducido el margen de acción política que le queda al gobierno.
El Presidente no puede retroceder y no puede someterse a la estrategia del Congreso. Una vez más, así como ocurrió con PPK, lo ideal, casi en términos platónicos, hubiese sido que entre el gobierno y la mayoría keikista se pusiesen de acuerdo respecto de algunas líneas maestras de gobernabilidad de acá al 2021, pero dicho escenario no es factible bajo la lógica de destrucción masiva del keikismo.
Fuerza Popular quiere un gobierno débil, timorato, blandengue. Es lo que necesita para apuntalar su mensaje del 2021, es decir, que el país necesita mano fuerte como la que Keiko supuestamente representa. No va a tolerar por ello que Vizcarra se anime a ejercer el gobierno que legítimamente le corresponde. La estrategia electoral de Keiko Fujimori pasa porque Vizcarra llegue hecho flecos de acá a tres años.
A Vizcarra le debería quedar claro que la lógica de Keiko es irreductible, innegociable. Bastará que anhele a gobernar con su propio talante para que se gane al keikismo como enemigo mortal.
¿Podrá gobernar así lo que resta de su mandato? No. Sufrirá los embates naranjas hasta verse reducido a una quimera, como terminó convertido el torpe y lamentable Kuczynski (dicho sea de paso, la banalidad política de PPK ha sido de tal envergadura que no debería merecer la cortesía mostrada por Vizcarra esta semana; por el contrario, el ostracismo más absoluto es su menor castigo ante su tremenda irresponsabilidad).
La única salida política que le queda a Vizcarra es jugársela por la cuestión de confianza, la posterior disolución del Congreso y la convocatoria a nuevas elecciones parlamentarias, con el objetivo de lograr en dicho acto electoral que el keikismo pierda la mayoría aplastante que hoy exhibe y que no lo va a dejar gobernar. Quien debe retroceder es Keiko Fujimori, no él.
De repente no logra el objetivo y en la nueva elección congresal Fuerza Popular repite el plato y allí sí Vizcarra habría cavado su tumba política, pero tiene que atreverse a ese juego. Si no, su sentencia ya está firmada: será un gobierno intrascendente, que poco a poco irá ganándose, por su propia mediocridad, el desprecio de un pueblo que hoy mira con un halo de optimismo que se haya atrevido a hacer política y a confrontar con sus adversarios. De arrugar, Vizcarra le entregaría su cabeza en bandeja de plata al keikismo.
-La del estribo: el Congreso se hizo una y aprobó la Autoridad Única de Transporte Lima-Callao. Ahora que se haga otra y elimine la Región Callao, superpuesta al gobierno provincial, redundando funciones y multiplicando gastos burocráticos. Y animado por este inusitado espíritu de buenas iniciativas, que también elimine los 49 alcaldes distritales de Lima y los siete chalacos. Un solo alcalde para todo Lima y Callao y que este elija sus gobernadores distritales. En este tema, no se trata de división de poderes sino de eficiencia administrativa.
5 de septiembre de 2018
Vizcarra dejó de ser el “cosito” de Keiko
Juan Carlos Tafur
Ha hecho bien el presidente Vizcarra en marcar un punto de quiebre en su relación política con el keikismo. Si su gobierno no lanzaba el mensaje de Fiestas Patrias probablemente no hubiese durado ni hasta diciembre, presa de la misma vorágine de desprestigio en la que se halla toda la clase política.
Para ello debía romper los acuerdos tácitos que había establecido con el keikismo, sellados en las reuniones prevacancia sostenidas con Daniel Salaverry y José Chlimper, y luego confirmadas en dos reuniones reservadas con Keiko Fujimori, además de las múltiples coordinaciones habidas entre Salaverry y el hoy desconcertado premier Villanueva.
En alguna medida, el keikismo tiene razones para sentirse traicionado por Vizcarra. Había un pacto entre líneas y el mismo ha sido roto. Hasta nombres de ministros fueron ventilados para contar con la aquiescencia de Fuerza Popular.
Así, hay cierta lógica política detrás del operativo keikista de las últimas horas en contra del gobierno y del Presidente en particular. No sirve la hipótesis del despecho por la derrota, que podía ser aplicable a la mala relación de Keiko Fujimori con Pedro Pablo Kuczynski. Con Vizcarra había buena química. Tanta que conspiraron juntos para tumbarse a PPK.
El keikismo se siente perseguido por la Fiscalía. Atribuía a Pablo Sánchez el origen de esa persecución y por eso respiró con alivio cuando fue designado Pedro Chávarry. Creyó que venían tiempos mejores y que se le iban a bajar los humos al fiscal Domingo Pérez (en Fuerza Popular se quejan con amargura al percibir cierto ensañamiento en su contra por el tema de los aportes de campaña y entender que al partido nacionalista y al propio Peruanos por el Kambio los tratan con benevolencia).
Cuando Vizcarra arremete con el referéndum por la no reelección de congresistas y cuando agita los vientos populares en contra de Chávarry, el keikismo registra que se ha roto la tregua y declara la guerra. Por eso reacciona, dándole de paso la razón a quienes atribuyen los actos naranjas más a un intento de salvataje judicial que a una actuación política propiamente dicha.
El keikismo, sin embargo, debería entender que el gobierno no podía quedarse cruzado de brazos frente a la indignación popular. De algún modo la no reelección congresal desfoga el sentimiento de “que se vayan todos” y si antes era inevitable zanjar con Chávarry hoy es imperativo.
El grupo naranja tiene que entender que Vizcarra no tenía otra opción al frente que la ruptura, ante la escandalosa retahíla de escándalos provocados por los audios. Era imposible mantener el perfil amical encubierto.
Vizcarra no podía seguir siendo la “pareja presidencial” de Keiko Fujimori, su “cosito”. Dicho escenario lo condenaba a la inanición política y equivalía a poner su cabeza en bandeja de plata al propio keikismo, que ante el descrédito presidencial iba a terminar sacrificándolo más temprano que tarde.
Los keikistas suelen quejarse de que a ellos no los entienden y los etiquetan descalificadoramente, pero por lo que se ve ellos no tienen mayor inteligencia emocional para entender la lógica del adversario y en este caso del gobierno.
Queda aún por ver si el Presidente efectivamente va a ir a fondo con las reformas anunciadas. La presencia de César Villanueva no parece propicia en ese sentido y ojalá seamos testigos de un recambio ministerial en las próximas horas. Hoy, además, enfrenta la amenaza de vacancia que el keikoaprismo ya enarbola (véase las declaraciones últimas de Alan García).
Pase lo que pase queda claro que si Vizcarra no daba un giro de timón iba a ser desbordado por la ola de desapego popular que en estos momentos afecta a toda la clase política. Se trata de que ejerza el gobierno como corresponde, acogiendo el clamor popular. En ello consiste un buen gobierno democrático, cuya cifra de gobernabilidad pasa por cierta aceptación ciudadana.
-La del estribo: la U puede volver a contratar y eso le va a permitir alejar el fantasma del descenso. Pero eso no debe distraerla del objetivo mayor, como es limpiar los pasivos económicos que la agobian. Insisto en una sugerencia: entregar el Monumental al Estado peruano como pago por la acreencia tributaria. Y a renglón seguido firmar un acuerdo de cesión deportiva, como el que el Sporting Cristal ha firmado para uso exclusivo del Alberto Gallardo. Se matan dos pájaros de un tiro: se baja la deuda considerablemente -solo quedaría arreglar el tema de Gremco- y, además, se mantiene la localía en el Monumental, a la espera de construir un mejor estadio en Breña, en el histórico Lolo Fernández.
23 de diciembre de 2011
La última de Fujimori
Juan Carlos Tafur
El reportaje propalado anoche por el periodista Daniel Yovera en el programa Tribuna Abierta debería poner punto final al tremendo psicosocial armado por el fujimorismo y su maquinaria mediática para sensibilizar a la opinión pública a favor del indulto a Alberto Fujimori.
Un preso con una enfermedad terminal y sumido en una profunda depresión, es decir, la figura de un hombre derrotado, caído, destrozado anímicamente y merecedor de conmiseración, no se condice con la data que demuestra que ese mismo personaje recibe en los últimos meses ¡!más de 200 visitas a su lugar de reclusión o que, en otra oportunidad, sostiene una reunión de coordinación con toda su bancada por casi siete horas!!
No hay acá razones políticas valederas. La única manera de que Alberto Fujimori merezca la gracia presidencial a la que su entorno aspira, debe ser fehacientemente acreditada por un cuerpo médico. No hay otra manera. Debe estar al borde de la muerte y por razones de humanidad permitírsele pasar sus últimos días rodeado de su familia.
Resulta curioso, por cierto, ver el fustán fujimorista de muchos medios de comunicación que arguyeron en la última elección que apoyaban la candidatura de Keiko Fujimori solo porque era el mal menor frente a la amenaza chavista y totalitaria de Ollanta Humala. Hoy se ve su verdadero espíritu. Eran fujimoristas de corazón que no tenían el coraje de decirlo abiertamente. Porque Humala ha demostrado no ser el monstruo que esa prensa inventó, pero su agenda fujimorista sigue vigente y más activa que nunca.
Y el indulto es su objetivo principal. Es la liberación de su héroe político e ideológico. Y en ello muestran mayor frenesí que los propios fujimoristas que, al menos, guardan las formas de sensatez y corrección.
Es necesario advertirle a Humala ante cualquier concesión surgida del engaño. Podrá dudarse si quienes votaron por él lo hicieron por La Gran Transformación o por La Hoja de Ruta, y ese será seguramente un punto de tensión permanente a lo largo de su mandato. Pero lo que está fuera de toda duda es que los millones de peruanos que votaron por él en la segunda vuelta, lo hicieron, sobre todo, para impedir que el país vuelva a ser regentado por el fujimorismo.
En esa medida, si Humala le concede el indulto a Alberto Fujimori sin razones médicas fundadas, habrá renunciado al mandato que recibió y le habrá concedido simbólicamente el triunfo a sus adversarios. La Presidencia del Perú habrá vacado moralmente.
http://diario16.pe/columnista/
11 de julio de 2011
La "agenda" de la prensa con RUC
Juan Carlos Tafur
Resulta bastante divertido, de no ser patético, apreciar a la prensa que ha inclinado la cerviz durante estos cinco años a punta de prebendas publicitarias, pretender erigirse ahora en la supervisora de la moral pública.
Ha hecho bien Ollanta Humala en cortar por lo sano con el impasse generado por su hermano, sobre todo porque ha recogido cabalmente los atisbos de irritación ciudadana legítimamente surgidos de una gestión a todas luces cuestionable.
Sin embargo, no puede dejar de ser sopesada la sonora desproporción entre el trato severo que desde antes de ser gobierno recibe, en comparación con el silencio punible que la prensa aprofujimorista ha guardado frente a, esos sí, faenones monumentales desplegados estos cinco años.
De los petroaudios, ni una sola línea. A lo sumo, cargando la tinta contra los presuntos delincuentes mayores (¡los chuponeadores!). Después, nada de nada de nada. Ni con el pétalo de una rosa.
¿Caso Comunicore? Pues tampoco. ¡Qué va! El arqueo publicitario de fin de mes los conminaba a prudente silencio frente a lo que han querido disfrazar como una evaluación exhaustiva de los alcances jurídico-penales de un basural evidente, como fue esa operación comercial digitada por la cúpula de la gestión municipal anterior. Pero a Villarán sí le dan con palo cuando no tiene ni seis meses en el cargo.
Bienvenido el ojo avizor respecto de cualquier amago de irregularidad que el nuevo gobierno cometa, que para eso está la prensa (¿no coleguitas?), pero que no nos vengan a tratar de vender el embuste de que han rescatado del desván de sus archivos periodísticos la vena fiscalizadora.
Para decirlo sin ambages, lo suyo no es preocupación moral por el país. Es chantaje maquillado de moralina, que lo único que busca seguramente es renegociar acuerdos bajo la mesa, además de revelar que el guión de estos años se seguirá ejecutando a pie juntillas. Que García y compañía, si no dueños de sus líneas editoriales, son concesionarios dispuestos a seguir exigiendo que el contrato de sumisión se cumpla.
El segundo gobierno aprista fue más inteligente que el fujimorismo. No tuvo la falta de elegancia de Montesinos de entregarles fajos de billetes. Lo hizo de acuerdo a ley –es un decir, claro, porque es éste un tema que el próximo Congreso deberá investigar-, en base a jugosos contratos publicitarios, absolutamente desproporcionados respecto de los grados de lectoría o audiencia obtenidos. Ha sido un subsidio cruzado con los dineros de todos los peruanos para lograr que el silencio absoluto y el ataque rastrero a los periodistas independientes sean la moneda común (hasta el propio García, en sus últimos meses de desenfado verbal, ha tenido el ataque de sinceridad de revelar su estrategia de utilizar a sus amiguitos en la prensa para difamar a aquellos que osaban sacar algunos, pocos aún, trapitos sucios de una gestión que el tiempo demostrará lo altamente corrupta que ha sido).
Allí están los columnistas con RUC, los monigotes que porque les dan un terno de canje ya se creen gente decente, los empresarios de medios genéticamente dispuestos al arreglo. A ellos, precisamente, hay que tenerlos siempre presentes, que la agenda del escándalo que buscan imponer ya sabemos que viene con la factura bajo el brazo.
http://diario16.pe/columnista/
12 de junio de 2011
Algo huele mal en Palacio
Juan Carlos Tafur
¿Alguien cree ingenuamente que el pedido del congresista aprista José Vargas para que el presidente Alan García indulte a Alberto Fujimori fue una iniciativa libérrima, autónoma e inconsulta del gris parlamentario citado?
Habría que ser muy incauto para creer semejante cosa. No dudamos de que Alan García se halla en estos momentos tan desesperado por el triunfo de Ollanta Humala y la ruptura del continuismo que representaba Keiko Fujimori, que es capaz de cualquier cosa con el objetivo de librarse de la mano de la justicia que deberá recaer sobre él y muchos de sus compinches.
Hay muchos “demócratas vigilantes” que en estos días se rasgan las vestiduras y gimen transidos porque Ollanta Humala no anuncia ministros, porque corrige su oferta de disminuir el precio del gas o porque su vicepresidente electo, Omar Chehade, plantea trasladar a Fujimori a un penal común. Pero es curioso que les importe menos o nada que haya una intención clara del gobierno de dejar libre a Fujimori. No les preocupa un ápice que eso ocurra.
Igual de leve es su vigilia respecto de los faenones que se quieren perpetrar en Palacio y sobre los cuales más que dudas parece haber certezas (mucho ojo, por ejemplo, a la intención de pagar, de la nada, la deuda de los bonos de la reforma agraria, hoy en manos de fondos norteamericanos muy interesados en recibir un pago así tan repentino). La corrupción quiere jugar su partido hasta el final y tiene un sinnúmero de aliados.
Hay una clara amenaza a la gobernabilidad democrática. Lo hemos dicho y lo reiteramos. Y en ese juego políticamente inmoral participan un sector del aprismo, la derecha conservadora y su red mediática conocida (para más señas, la que fuera incondicional de García y entusiasta comparsa de Castañeda, de Kuczynski y de Keiko Fujimori, experta en guerra sucia y labores de alcantarilla).
Soltar a Fujimori sería la cereza del postre de esta suerte de conspiración para condenar al fracaso a una gestión que ni siquiera se ha iniciado por parte de quienes no toleran simplemente que se les aparte del poder. Saben que dicho indulto generaría zozobra, turbaría la agenda del gobierno y enervaría la polarización política. Y eso iría en directo perjuicio del mandatario elegido por el pueblo.
Un sector del país quiere seguir teniendo en Palacio a un gerente general de sus intereses, como lo ha sido García. Saben que cuando éste se vaya se abrirán muchos cajones y que se revelarán sinfín de entuertos. Con tal de evitar eso, son capaces de cualquier cosa. Y cuentan, por supuesto, con la anuencia del inquilino palaciego. La movilización democrática no debe bajar la guardia.
http://diario16.pe/columnista/1/juan-carlos-tafur/832/algo-huele-mal-en-palacio
¿Alguien cree ingenuamente que el pedido del congresista aprista José Vargas para que el presidente Alan García indulte a Alberto Fujimori fue una iniciativa libérrima, autónoma e inconsulta del gris parlamentario citado?
Habría que ser muy incauto para creer semejante cosa. No dudamos de que Alan García se halla en estos momentos tan desesperado por el triunfo de Ollanta Humala y la ruptura del continuismo que representaba Keiko Fujimori, que es capaz de cualquier cosa con el objetivo de librarse de la mano de la justicia que deberá recaer sobre él y muchos de sus compinches.
Hay muchos “demócratas vigilantes” que en estos días se rasgan las vestiduras y gimen transidos porque Ollanta Humala no anuncia ministros, porque corrige su oferta de disminuir el precio del gas o porque su vicepresidente electo, Omar Chehade, plantea trasladar a Fujimori a un penal común. Pero es curioso que les importe menos o nada que haya una intención clara del gobierno de dejar libre a Fujimori. No les preocupa un ápice que eso ocurra.
Igual de leve es su vigilia respecto de los faenones que se quieren perpetrar en Palacio y sobre los cuales más que dudas parece haber certezas (mucho ojo, por ejemplo, a la intención de pagar, de la nada, la deuda de los bonos de la reforma agraria, hoy en manos de fondos norteamericanos muy interesados en recibir un pago así tan repentino). La corrupción quiere jugar su partido hasta el final y tiene un sinnúmero de aliados.
Hay una clara amenaza a la gobernabilidad democrática. Lo hemos dicho y lo reiteramos. Y en ese juego políticamente inmoral participan un sector del aprismo, la derecha conservadora y su red mediática conocida (para más señas, la que fuera incondicional de García y entusiasta comparsa de Castañeda, de Kuczynski y de Keiko Fujimori, experta en guerra sucia y labores de alcantarilla).
Soltar a Fujimori sería la cereza del postre de esta suerte de conspiración para condenar al fracaso a una gestión que ni siquiera se ha iniciado por parte de quienes no toleran simplemente que se les aparte del poder. Saben que dicho indulto generaría zozobra, turbaría la agenda del gobierno y enervaría la polarización política. Y eso iría en directo perjuicio del mandatario elegido por el pueblo.
Un sector del país quiere seguir teniendo en Palacio a un gerente general de sus intereses, como lo ha sido García. Saben que cuando éste se vaya se abrirán muchos cajones y que se revelarán sinfín de entuertos. Con tal de evitar eso, son capaces de cualquier cosa. Y cuentan, por supuesto, con la anuencia del inquilino palaciego. La movilización democrática no debe bajar la guardia.
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