Mostrando entradas con la etiqueta Ignacio Ramonet. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ignacio Ramonet. Mostrar todas las entradas

5 de marzo de 2021

Las redes sociales, nuevo medio dominante

Ignacio Ramonet

El Internet moderno, la Web, se inventó en 1989, hace treinta y dos años. O sea, estamos viviendo los primeros minutos de un fenómeno que llegó para quedarse durante siglos. Pensemos que la imprenta se inventó en 1440, y que tres décadas después casi no había modificado nada, pero acabó por trastornar el mundo: cambió la cultura, la política, la economía, la ciencia, la historia. Resulta evidente que muchos de los parámetros que conocemos están siendo modificados en profundidad, no tanto por la pandemia actual de Covid-19, sino, sobre todo, por la irrupción generalizada de los cambios tecnológicos y de las redes sociales. Además, no solamente en términos de comunicación —¿se está muriendo la verdad?—, sino también en las finanzas, el comercio, el transporte, el turismo, el conocimiento, la cultura… Todo ello sin olvidar los nuevos peligros en materia de vigilancia y de pérdida de privacidad.

Ahora, con la Web y las redes sociales, ya no es únicamente el Estado quien nos vigila. Algunas empresas privadas gigantes (Google, Apple, Facebook, Amazon, etc.) saben más sobre nosotros que nosotros mismos. En los próximos años, con la inteligencia artificial y la tecnología 5G, los algoritmos van a determinar más que nuestra propia voluntad el curso de nuestras vidas. Que nadie piense que esos cambios tan determinantes en la comunicación no van a tener consecuencias en la organización misma de la sociedad y en su estructuración política tal como la hemos conocido hasta ahora. El futuro es muy largo y los cambios determinantes apenas acaban de empezar.

Vivimos en un universo en el que nuestra privacidad está muy amenazada; estamos más vigilados que nunca mediante la biometría o las cámaras de videoprotección, mucho más de lo que imaginó el mismísimo George Orwell en su novela distópica 1984. Además, la robótica, los drones y la inteligencia artificial amenazan con crear un ecosistema del que el ser humano podría acabar siendo expulsado; sin hablar de la “crisis de la verdad” —en materia de información—, sustituida por las fake news, la posverdad, las nuevas manipulaciones o las verdades alternativas. En este punto el futuro podría estar acercándose más rápido de lo que pensamos a nuestro pasado más aterrador.

Sobre el aspecto emancipador de la actual revolución digital, lo más notable es la “democratización efectiva de la información”. Un ideal que constituía una reivindicación fundamental, y en cierta medida un sueño, desde la revuelta social de mayo de 1968 —es decir, el deseo de que los ciudadanos se apoderaran de los medios de comunicación y sobre todo de información— en cierta medida se ha realizado. Hoy en día con el equipamiento masivo de dispositivos ligeros de comunicación digital (teléfonos inteligentes, computadoras portátiles, tabletas y otros) los ciudadanos disponen, individualmente, de una potencia de fuego comunicacional superior a la que poseía, por ejemplo, en 1986, el primer canal de televisión de alcance planetario, Cable News Network (CNN). Es mucho más barato y fácil de operar. Cada ciudadano es ahora lo que antes se llamaba un mass media. Mucha gente lo ignora o no conoce el poder real del que dispone. Hoy, frente a las grandes corporaciones mediáticas, ya no estamos desarmados. Otra cosa es saber si estamos haciendo un uso óptimo del superpoder comunicacional del que disponemos.

¿Ha resuelto eso los problemas en materia de información y de comunicación? La respuesta es no, porque en la vida cada solución crea un nuevo problema. Es la trágica condición humana. Los griegos antiguos la ilustraban con el mito de Sísifo, condenado a empujar una enorme roca hasta lo alto de una montaña; una vez alcanzada la cumbre, la roca se le escapaba de las manos y se precipitaba de nuevo hasta el pie del monte. Entonces Sísifo tenía que volver a subirla a la cima, donde se le volvía a resbalar, y así hasta el fin de la eternidad.

En ese sentido, aunque la revolución digital permitió una indiscutible democratización de la comunicación —objetivo que parecía absolutamente impensable— esa democratización provoca ahora una proliferación incontrolada y desordenada de los mensajes, así como ese ruido ensordecedor creado sobre todo por las redes sociales. Esto es precisamente lo que constituye el nuevo problema. Como dijimos, ahora la verdad se ha diluido. Si todos tenemos nuestra verdad, ¿cuál es entonces la verdad verdadera? O será, como decía Donald Trump, que la “verdad es relativa”.

Al mismo tiempo, la objetividad de la información (si alguna vez existió) ha desaparecido, las manipulaciones se han multiplicado, las intoxicaciones proliferan como otra pandemia, la desinformación domina, la guerra de los relatos se extiende. Nunca se habían “construido” con tanta sofisticación falsas noticias, narrativas delirantes, “informaciones emocionales”, complotismos. Para colmo, muchas encuestas demuestran que los ciudadanos prefieren y creen más las noticias falsas que las verdaderas, porque las primeras se corresponden mejor con lo que pensamos. Los estudios neurobiológicos confirman que nos adherimos más a lo que creemos que a lo que va en contra de nuestras creencias. Nunca fue tan fácil engañarnos.

Más que una “nueva frontera”, Internet, o sea, el ciberespacio o digitalandia, es nuestro “nuevo territorio”. Vivimos en dos espacios, el nuestro habitual, tridimensional, y el espacio digital de las pantallas. Un espacio paralelo, como en la ciencia-ficción o en los universos cuánticos, donde las cosas o las personas pueden hallarse en dos lugares al mismo tiempo. Obviamente nuestra relación respecto al mundo, desde un punto de vista fenomenológico, no puede ser la misma. Internet —y mañana la Inteligencia Artificial— dota a nuestro cerebro de unas extensiones inauditas. Ciertamente la nueva sociabilidad digital, acelerada por redes socializantes como Facebook o Tinder, está modificando profundamente nuestros comportamientos relacionales. No creo que pueda haber “vuelta atrás”. Las redes son sencillamente parámetros estructurales definitorios de la sociedad contemporánea.

También hay que tener conciencia de que Internet ya no es ese espacio de libertad descentralizado que permitía escapar de la dependencia de los grandes medios de comunicación dominantes. Sin que la mayoría de los internautas se haya dado cuenta, Internet se ha centralizado en torno a algunas empresas gigantes que ya citamos —las GAFA (Google, Apple, Facebook, Amazon)—, que lo monopolizan y de las que ya casi nadie puede prescindir. Su poder es tal, lo acabamos de ver, que se permiten incluso censurar al presidente de los Estados Unidos cuando Twitter y Facebook le cortaron el acceso y enmudecieron al propio Donald Trump a principios de enero pasado.

No entendimos, a principios de los años 2000, que el modelo económico de “publicidad contra gratuidad” crearía un peligroso fenómeno de centralización, porque los anunciantes tienen interés en trabajar con los más grandes, con aquellos que poseen más audiencia. Ahora hay que conseguir ir en contra de esta lógica para descentralizar de nuevo Internet. La opinión pública debe comprender que la gratuidad conlleva una centralización tal de Internet que, poco a poco, el control se vuelve más fuerte y la vigilancia se generaliza.

En cuanto a esto, debemos precisar que hoy la vigilancia se basa esencialmente en la información tecnológica, automática, mucho más que en la información humana. Se trata de “diagnosticar la peligrosidad” de un individuo a partir de elementos de sospecha más o menos comprobados y de la vigilancia (con la complicidad de las GAFA) de sus contactos en redes y mensajes; con la paradójica idea de que, para garantizar las libertades, hay que empezar por limitarlas. Que se entienda bien: el problema no es la vigilancia en general, sino la vigilancia clandestina masiva.

En un Estado democrático las autoridades están completamente legitimadas para vigilar a cualquier individuo que consideren sospechoso, para ello se apoyan en la ley y hacen uso de la autorización previa de un juez. En la nueva esfera de vigilancia, toda persona es considerada sospechosa a priori, sobre todo si las “cajas negras algorítmicas” la clasifican mecánicamente como “amenazante” después de analizar sus contactos en redes y sus comunicaciones. Esta nueva teoría de la seguridad considera que el ser humano está desprovisto de verdadero libre arbitrio o de pensamiento autónomo. Es inútil, por lo tanto, que para prevenir eventuales derivas se busque intervenir retroactivamente en el entorno familiar o en las causas sociales. Lo único que ahora se desea, con la fe puesta en los informes de vigilancia, es reprimir lo antes posible, antes de que se cometa el delito. Esta concepción determinista de la sociedad, imaginada hace unos sesenta años por el escritor estadounidense de ciencia ficción Philip K. Dick en su novela Minority Report, se impone poco a poco. Es el “predelito” lo que a partir de ahora se persigue, bajo el pretexto de “anticiparse a la amenaza”.

Con semejante fin, empresas comerciales y agencias publicitarias cachean nuestras vidas. Estamos siendo cada vez más observados, espiados, vigilados, controlados, fichados. Cada día se perfeccionan nuevas tecnologías para el rastreo de nuestras huellas. En secreto, los gigantes de la red elaboran exhaustivos ficheros de nuestros datos personales y de nuestros contactos, extraídos de nuestras actividades en las redes sociales mediante diferentes soportes electrónicos.

Sin embargo, esta vigilancia generalizada no impide el despertar de algunas sociedades mucho tiempo mantenidas en silencio y ahora interconectadas. Sin duda, lo que se llamó en 2011 la “primavera árabe”, igual que el “Movimiento de los indignados” en España y “Occupy Wall Street” en Estados Unidos, no hubieran sido posibles —en la manera en que se desarrollaron— sin las innovaciones comunicacionales aportadas por la revolución de Internet. Ello no solo se debe al uso de las principales redes sociales, que entonces estaban apenas extendiéndose —Facebook se crea en 2006 y Twitter arranca en 2009—, sino al recurso del correo electrónico, de la mensajería y simplemente del teléfono inteligente. El impacto de las manifestaciones populares provocadas por esas innovaciones comunicacionales fue muy fuerte ese año 2011, independientemente de la naturaleza de los sistemas políticos (autoritario o democrático) contra los que chocaron.

Claro, en el mundo árabe, “congelado” por diversas razones desde hacía medio siglo, la “sacudida” tuvo consecuencias espectaculares: dos dictaduras (Túnez y Egipto) se derrumbaron, y en otros dos países (Libia y Siria) empezaron dolorosas guerras civiles que aún, diez años después, no han terminado. También en el seno de sistemas democráticos —España, Grecia, Portugal, Estados Unidos— se produjeron ese año impactos considerables que modificaron definitivamente la manera de hacer política. Piénsese, por ejemplo, en España, donde al calor de ese movimiento surge un partido nuevo de izquierda, Podemos, que los electores acabaron por propulsar en 2019 hasta el poder, en coalición con el Partido Socialista Obrero Español. No es poca cosa.

Deseo añadir dos ideas. Primero, que esas innovaciones comunicacionales dieron muy pronto lugar a un uso político de las redes sociales. No podemos ser ingenuos. Hay manuales para usar las redes con intenciones subversivas. Se han usado contra Cuba un sinnúmero de veces, así como contra la Revolución Bolivariana en Venezuela y contra el gobierno del presidente Nicolás Maduro. Recordemos también que entre 2003 y 2006, de manera organizada y planificada, con financiamiento de poderosos intereses, se habían producido ya lo que se llamaron las “revoluciones de colores” en Georgia (2003), Ucrania (2004), Kirguistán (2005), etc.; con la intención no disimulada de romper las alianzas de estos países con Moscú y disminuir la potencia de Rusia.

En segundo lugar, comentaremos que en el otoño de 2019, antes de que la pandemia de COVID-19 se extendiera a todo el planeta, el mundo —de Hong Kong a Chile, pasando por Irak, Líbano, Argelia, Francia, Cataluña, Puerto Rico, Costa Rica, Colombia, entre otras naciones— estaba conociendo un reguero de grandes protestas populares impulsadas y acentuadas por el recurso de las redes sociales. Todos los gobiernos de esos países, teóricamente democráticos, no supieron, en la mayoría de los casos, cómo enfrentar este nuevo tipo de contestación social excepto con la represión brutal.  

Así que podríamos, en efecto, decir que por una parte, las redes sociales y las mensajerías de nuevo tipo (Twitter, Facebook, Instagram, Telegram, Signal, Snapchat, WhatsApp, Zoom, TikTok y otras) han ampliado indiscutiblemente el espacio de nuestra libertad de expresión, pero a la vez han multiplicado al infinito las capacidades de manipulación de las mentes y de vigilancia de los ciudadanos. Es clásico. Podríamos afirmar, parafraseando a Marx, que la Historia es la historia de las innovaciones tecnológicas. Cada innovación tecnológica aporta una solución a un problema, y a su vez, como ya subrayamos, cada solución crea un nuevo problema. O sea, siempre que se produce un salto hacia adelante en las tecnologías de la comunicación, nos hallamos efectivamente ante un progreso en materia de capacidades de expresión, y también, ante un peligro de confusión, de confrontación y de nuevas intoxicaciones mentales. Es normal. En ese aspecto no hay nada nuevo. Todo poder que posee el monopolio de la expresión pública se desespera ante cualquier aparición de una tecnología comunicacional democratizante que amenaza su uso solitario de la palabra. Piénsese, de nuevo, en la invención de la imprenta en 1440, y el pánico de la Iglesia y del trono ante una máquina que les arrebataba de repente el monopolio de la verdad.

Ante el dilema peligros v.s. ventajas, la pregunta sigue siendo ¿qué hacer? Depende de quién se plantee esa interrogación. Si son los ciudadanos, es previsible que deseen hacer uso inmediato de la excesiva potencia que les confieren las redes, sin tener la precaución de desconfiar del segundo aspecto: la manipulación de la que pueden ser objeto. Las decepciones, por ello, pueden ser fuertes.

Si quien se hace la pregunta es el poder, yo diría que debe guardar la serenidad; no puede soñar con que, por milagro, desaparezcan las redes que ya están aquí para siempre. Él también debe adaptarse a esta nueva realidad, a esta nueva normalidad comunicacional. La censura, la negación o la ceguera no sirven de nada, solo agravarían el problema, visto desde el poder. Lo rígido rompe, mientras que lo flexible resiste. Por lo tanto, el poder debe entender que las redes son un nuevo espacio de debate y de confrontación, y constituyen quizás, en el campo político, el principal espacio contemporáneo de enfrentamiento dialéctico. Es el ágora actual, y es ahí, en gran parte —como lo fue en las páginas de los periódicos durante mucho tiempo—, donde se dirimen ahora los grandes diferendos y las principales polémicas. Quien no desee ser el gran perdedor de nuestro tiempo debe estar presente en este espacio central de los debates.

Sí, las redes sociales son el medio dominante hoy, como lo fueron en otras épocas la televisión, la radio, el cine o la prensa. Es una revolución considerable, como no la ha habido jamás en el campo de la comunicación. Repetimos, todo cambio importante en el ámbito de la comunicación acaba fatalmente por tener repercusiones decisivas en lo social y lo político. No hay excepciones. Desde la invención de la escritura hasta Internet, pasando por la imprenta.

En cualquier país, las redes obligan a todos los demás medios de masas (prensa escrita, radio, cine, televisión) a tener que repensarse. Hay un darwinismo mediático en marcha. El medio que no se adapte al nuevo ecosistema desaparecerá. Adaptarse no quiere decir que los otros medios deben hacer lo que hacen las redes. No. Las redes son también el territorio, ya lo dijimos, de la manipulación, de la intoxicación, de las fake news, de las “verdades emocionales”, de las “verdades alternativas”, de los relatos conspiracionistas. La prensa escrita, por ejemplo, debe concentrarse en sus cualidades: la calidad de la escritura, la brillantez del relato, la originalidad de la temática, la realidad del testimonio, la autenticidad de la información, la inteligencia del análisis y la garantía de la verdad verificada.
 
Ignacio Ramonet. Catedrático, periodista, historiador, escritor y analista político. Dirigió la edición francesa y española de Le Monde Diplomatique. Cofundador de la organización no gubernamental Media Watch Global (Observatorio Internacional de los Medios de Comunicación). Fundador de la Red en Defensa de la Humanidad.

4 de enero de 2021

«El mundo ha enfrentado esta pandemia en desorden y sin solidaridad»


Inacio Ramonet
 (Entrevistado por Bernarda Llorente)

El periodista y ensayista español Ignacio Ramonet, que se ha dedicado en los últimos meses a analizar las transformaciones económicas, sociales y tecnológicas que está provocando la pandemia, sostiene que el debate crucial en las sociedades contemporáneas se da hoy en torno a la verdad, que ha perdido peso frente al valor de las creencias, lo que vuelve al periodismo «más necesario que nunca porque es el que viene a poner un poco de racionalidad y luz sobre lo que está pasando».

Ramonet le da jerarquía a la profesión de periodista con las mismas dosis de calidad e irreverencia, sin apartarse nunca de un sentido crítico profundo. La temática de su obra gira alrededor de la influencia de los medios de comunicación en la sociedad y la presión ideológica que ejercen las nuevas tecnologías, todo ello visto desde su posición crítica contra el neoliberalismo. Lúcido y apasionado, realizó en una entrevista con la presidenta de Télam, Bernarda Llorente, una aproximación al mundo pospandemia y al rol del periodismo en este nuevo escenario.

El también escritor y sociólogo es una voz autorizada para reflexionar sobre el futuro de los medios
posCovid. Director de Le Monde Diplomatique durante casi dos décadas y promotor del Foro Social Mundial de Porto Allegre, Ramonet fue además cofundador de la organización no gubernamental Media Watch Global , observatorio Internacional de los Medios de Comunicación, y es autor o coautor de una veintena de libros, entre ellos «Un mundo sin rumbo» (1997), «La tiranía de la comunicación» (1998), «La golosina visual» (2000), «Marcos, la dignidad rebelde» (2001), «Guerras del siglo XXI» (2002), «Fidel Castro: biografía a dos voces» (2006) y «La catástrofe perfecta: crisis del siglo y refundación del porvenir» (2010).

Gran conocedor de la política latinoamericana hoy reside en Francia y es Doctor en Semiología e Historia de la Cultura por L´Ecole des Hautes Ètudes en Sciences Sociales de París y se desempeña como catedrático de Teoría de la Comunicación en la Universidad Denis-Diderot. Ha ejercido la crítica cinematográfica y escrito sobre cine en diferentes revistas.


Télam: «Para comprender y descifrar el mundo» es el lema de Le Monde Diplomatique, prestigiosa publicación dirigida por usted desde hace muchísimos años. En tiempos de reflexión imprescindible, ¿Cómo se explica el momento que estamos viviendo y cómo imaginar el mundo post pandemia?

Ignacio Ramonet: Primero, indiscutiblemente nos está ocurriendo algo que no ocurrió nunca: la brutalidad de la pandemia, la novedad también de la pandemia. Ninguna generación humana actualmente ha tenido una experiencia de este tipo. En un ensayo que se llama «La pandemia y el sistema mundo» había definido esta pandemia como un hecho social total, porque sólo la guerra violenta, abierta y frontal se parece a lo que estamos viviendo. Es un tipo de guerra en el sentido de que perturba el conjunto de parámetros de la sociedad, ya sean los parámetros colectivos, los individuales, los económicos, sociales y culturales. El mundo entero está un poco patas para arriba por la pandemia, tenemos una experiencia de casi un año. China denunció la existencia de un nuevo virus en diciembre del año pasado, y ahora nos damos cuenta de que todas las sociedades en el planeta, todos los Estados se han visto confrontados a esta situaciones, algunos más, algunos menos. Hemos visto que no hay ningún gobierno, ninguna autoridad que estuviese lista, que tuviese una agenda para enfrentar esta pandemia. Algunos gobiernos lo han hecho mejor, otros lo han hecho decididamente mal, en particular el gobierno de la primera potencia mundial que es Estados Unidos, y evidentemente todo esto nos ha llevado a reflexionar sobre la fragilidad de nuestro mundo.

Estábamos en un momento en que había como una especie de orgullo desmesurado respecto a la capacidad del ser humano de tener tecnologías de punta. En particular las comunicaciones, pero también en el sentido económico, financiero. Por ejemplo, planteando la conquista de Marte. Y de repente un pequeño virus, casi invisible, ha venido a demostrarnos que dependemos pues de la naturaleza. Por otra parte, lo que no cabe duda es que la pandemia ha cambiado el mundo y debemos pensar a qué mundo vamos. Aquí también debemos ser muy prudentes, es una pregunta muy difícil de contestar, sólo podemos hacer algunas apuestas; no cabe duda de que en este momento lo que el mundo está esperando es salir de la pandemia.


T.: Siguiendo con el lema de Le monde, ¿con qué herramientas se descifra el mundo actual? ¿Creés que los medios pueden seguir lidiando entre los poderes y la gente?

I.R.: Creo que en cada época la tecnología comunicacional ha determinado la organización de la sociedad. Finalmente el ser humano es un ser gregario, que vive en sociedad, que vive en grupo y, por consiguiente, a lo largo de la historia cada vez que el grupo dominante ha tenido una forma diferente de comunicar, el grupo ha cambiado. Podríamos decir que, desde un punto de vista antropológico, cuando el grupo de grandes simios que éramos encontró una manera de comunicar mediante el habla, pues, ahí se flanqueó la frontera entre el animal y el humano. La humanización se hizo con la palabra o, por lo menos, aceleró ese proceso. Cuando los seres humanos empiezan a comunicarse, a transmitir y acumular experiencia, se distinguen del resto.

Cuando se inventó la escritura, que es la segunda gran revolución en la comunicación, fue en un solo lugar -no en dos o tres- y luego se expandió. Esta fue una revolución muy importante que dio nacimiento al Estado, a la religión de una manera jerarquizada, a organizaciones de carácter político y social muy diferentes. Al inventarse la imprenta en 1440, el libro y su difusión masiva cambiaron la historia de la humanidad, la historia política. Y quizás ahora, con Internet, estemos en la cuarta revolución que tiene un efecto antropológico. Cuando apareció Internet todos pensamos -como especialistas de la comunicación- que Internet permitía liberarnos de la dominación de los grandes medios. En el momento en que aparece, a finales de los años 80, la televisión predominaba sobre el resto de los medios: la prensa escrita, la radio, el cine, la fotografía. Al mismo tiempo que los grupos multimedia empezaban a fusionarse para tratar de dominar.

T.: ¿Internet aparecía en ese momento como la respuesta democratizadora a un proceso de concentración mediática y a la necesidad de diversificar las voces y ampliar las representaciones ciudadanas?

I.R.: Cuando aparece internet pensábamos que ante la posibilidad de circular desde el punto de vista planetario, ya no habría distancias comunicacionales: alguien en Europa podía leer un periódico mexicano, alguien en México podía leer un periódico indio. Esa especie de planetarización de la comunicación hizo que pensáramos que podíamos liberarnos de los grupos mediáticos dominantes en cada uno de nuestros países. Y de hecho fue lo que ocurrió, se produjo una democratización de la comunicación. Es lo que estamos haciendo ahora: no nos cuesta nada, es gratuito. Es la democratización de la comunicación. Ahora, ¿esto ha resuelto el problema de nuestra autonomía intelectual, de nuestra autonomía cultural, de la manipulación eventual de la comunicación? No, obviamente no.

En un artículo que publiqué recientemente digo que la historia humana se resume en un mito griego, el mito de Sísifo. Sísifo era un semidios castigado por los dioses a subir una piedra, rodarla a lo alto de la montaña, pero cuando llegaba a lo alto la piedra rodaba de nuevo hasta abajo y Sísifo tenía que volver a subirla, y así hasta el fin de la eternidad. Bueno pues, cuando los seres humanos encuentran la solución a un problema, esa solución es otro problema. Entonces siempre los habrá. La dificultad consiste en identificar el problema y ahora ver cuál es la solución a este nuevo problema. Nosotros aspirábamos a la democratización de la comunicación para no depender de tal o cual medio. En ese sentido, tú y yo conversando ahora, no estamos pasando por ningún canal de televisión, ni una radio dominante, ni un periódico. Lo hacemos de manera autónoma. Pero para hacer esto tenemos que pasar por Zoom, y Zoom por ejemplo no existía antes de la pandemia. Uno de los efectos de la pandemia es la expansión brutal en bolsa de Zoom, que se ha transformado en una empresa millonaria y hoy ha sustituido a Skype, por ejemplo, o a otras herramientas que permitían este tipo de cosas con más protocolos tecnológicos.

Evidentemente hoy podemos decir que Google, Amazon, Facebook, Apple (conocidas como GAFA) dominan el mundo de la comunicación. Hemos salido de la dominación de unos grupos para estar en manos de otros grupos, menos numerosos y globales. Y, además, tienen toda la información sobre nosotros. Por consiguiente, hoy el mundo de Orwell de 1984 es posible.

T.: Y, paradójicamente, parecemos someternos voluntariamente a este control o al menos lo naturalizamos.

I.R.: Es la manipulación generalizada, el imperio de la vigilancia. Durante la pandemia cuando todos estábamos confinados, hubo una crisis de producción y una crisis de consumo. Las fábricas no producían y los ciudadanos no consumían. Pero lo que se hizo, más que antes, fue consagrarse a las pantallas, consumir pantallas. Ya sea suscribiéndose a Netflix, o descubrir TikTok, comunicándose a través de Zoom y de todas las redes existentes. Por consiguiente, mientras en la bolsa se caían los gigantes aeronáuticos o de hotelería y las automotrices, pues subían las acciones de las empresas que las personas encerradas en sus casas utilizaban. Tenemos que lidiar con esta situación y plantearnos cómo resistir a la dominación de estos cuatro enormes gigantes. Esta es la tarea de hoy. Ellos saben más sobre nosotros que los Estados. Orwell en 1984 estaba denunciando el régimen stalinista, un régimen político-estatal, pero hoy a nosotros quien nos vigila es Google, mucho más que el Estado.

Religión, democracia y verdades alternativas

T.: En ese contexto, ¿cómo imaginas el futuro de los medios y el rol del periodismo?


I.R.: El mundo en el que estamos es un mundo que necesita más que nunca del periodismo. Hoy día el debate central sobre la información es acerca de la verdad, es la cuestión de la verdad, aunque siempre haya sido un tema central en la corta historia del periodismo, ya que es práctica reciente. Para hacer periodismo se necesita un mínimo de libertad, y la libertad es una idea nueva, de finales del S. XVIII, cuando aparecen algunos periódicos y la prensa de masas se extiende en los países que tienen un mínimo de condiciones. Si la gente no sabe leer, por ejemplo, no hay periodismo. Tampoco hay periodismo de masas si la prensa no es barata, por consiguiente hay que vender muchos periódicos por día para que, con el volumen, disminuya el precio. Y también tiene que haber libertad, la posibilidad de intercambiar periódicos para las personas de distintas tendencias. Porque las opiniones son libres, eso es la libertad. Pero siempre, lo fundamental, es la verdad.

T: El valor de la verdad pareció perder peso frente al valor de las creencias…

I.R.: Hoy me parece que la cuestión de la verdad se ha vuelto fundamental, es una cuestión central, y el periodismo sabe que tiene que enfrentarla. Trump, siendo presidente de los Estados Unidos -un país al que solían definir como una gran democracia- es el primer presidente que de manera descarada y con una especie de indiferencia hacia lo que se pueda pensar, emite grandes mentiras. Él ha inventado este concepto sobre el que hay que reflexionar: «la verdad alternativa», la idea de que cada uno tiene su verdad.

Entre los principios de una democracia está el de admitir el hecho de que cada uno pueda tener su verdad. Sobre el principio no creo que hay dificultad, después de todo en las sociedad libres hay muchas religiones. Y ¿qué es una religión? Es una opinión sobre la creación, sobre lo que hay después de la muerte, sobre cómo preparar la muerte. Son opiniones. Efectivamente las religiones afirman cosas que antropológicamente dependen de algo que llamamos el pensamiento mágico. Pero en un mundo racional, de progreso, que trata de ser sereno frente a las pasiones humanas, pues desde hace dos siglos y medio se trabaja sobre el principio de la racionalidad, para que haya una verdad lo más objetiva posible, con datos, con elementos que la confortan. Pero no, Trump ha regresado al pensamiento mágico. Todas las cifras y encuestas indican que ha perdido las elecciones, pero él dice que las ha ganado, y que hay fraude aunque no se haya demostrado. Y esto es ahora con las elecciones, pero lo ha hecho siempre con otros temas.

T.: En el pasado se entendía por desinformación la falta de información o la dificultad en el acceso. Hoy aparece más relaciona a la intoxicación por mala información o directamente las noticias falsas.

I.R.: La idea de que cada uno puede fabricar verdad, es lo que llamamos fake news. Una verdad se fabrica, y como ahora cada uno de nosotros tenemos potencialmente la fuerza que hasta hace algunos años sólo tenían los grandes medios, pues eso nos da la capacidad de inventar falsedades, manipulaciones, intoxicaciones que puedo difundir por las redes, que son el medio dominante de hoy. Y por consiguiente en las redes podemos desarrollar todo un discurso totalmente inventado, con supuestas pruebas, con aparentes demostraciones, etc. Es ese mundo el que estamos viviendo. En ese mundo en el que el periodismo es más necesario que nunca, porque es el que viene a poner un poco de racionalidad, un poco de luz, un poco de claridad sobre lo que está pasando. De hecho hoy día hay cada vez más sitios en la web tendientes a la elucidación de las mentiras. Es decir, hay una voluntad periodística de hacer lo que se llama el fact check, chequear los hechos.

El periodismo ya no puede hacerse como antes, ahora es esencialmente digital, el periodismo gráfico está en vías de desaparición. Porque tecnológicamente el soporte papel está desapareciendo: es cada vez más caro, se produce mucho menos, las rotativas ya no se fabrican. Eso ahora se hace muy fácilmente en la web. Entonces hoy es más necesario que nunca el periodismo, eso le diríamos a un o una joven que quiera ingresar a una escuela de periodismo.

Asimismo, los jóvenes ya no tienen que esperar a que los tomen en grandes medios. Se unen entre ellos y sacan un medio, con muy pocos recursos y con credibilidad. Y la credibilidad sigue siendo el parámetro fundamental para los periodistas. Hoy se puede crear un medio a condición de trabajar mucho, de verificar bastante y volver a las bases del periodismo. Volver a las fuentes, ver la credibilidad de esas fuentes, cómo se verifica, cómo se recorta la información. Los principios básicos que se enseñan en las escuelas de periodismo; y como hoy todos somos periodistas, porque todo el mundo usa Facebook, envía informaciones, todo el mundo debería pues disciplinarse, hasta debería enseñarse en las escuelas los principios básicos del periodismo, como una materia fundamental para usar las redes sociales.

Información emocional e inseguridad informacional

T.: La posibilidad de constituirnos en emisores y receptores de información y opinión no nos ha convertido más racionales o tolerantes. Los discursos de odio predominan en las redes y las sociedades parecen cada vez más polarizadas.


I.R.: Estos temas hoy nos obligan a reflexionar. Primero sobre la cuestión de la información emocional, es muy importante esta cuestión. Efectivamente hoy se está desarrollando a través de las redes, y a causa de las redes, una tendencia a reaccionar frente a la información de manera emotiva, sentimental. Y claro, esto no lo ignoran los manipuladores.

Hay que ser prudentes. En las redes, con la velocidad, es difícil serlo. Por otra parte las redes tiene esto de que la tendencia de cualquier usuario es no sólo consumir información sino de compartir, por eso es red, es red y cadena. Entonces la cuestión es esta, se ha estudiado que las informaciones que más compartimos son las que más compartimos emocionalmente. Y si hay algo que va en la dirección de lo que yo creo íntimamente, pues entonces es algo que voy a creer más rápidamente que si es algo que va en contra de mis convicciones, y esto es lo que se está utilizando.. Entonces eso hoy ya casi es una ciencia, es la verdad emotiva, la verdad emocional.

T.: Los medios tradicionales muchas veces no escapan a esta lógica. Ya sea por la presión y velocidad acerca de las primicias que imprimen las redes o, incluso, por propios intereses o convicciones…

I.R.: Los grandes medios no pueden privarse de tener en cuenta la velocidad. Muchos medios pretenden ser los primeros en anunciar la noticia y no van a perder tiempo, horas o días para verificar una información. Prefieren darla y luego desmentirla. En las escuelas de periodismo se enseña que dar una noticia, con el riesgo de que sea falsa pero darla primero, es mejor, porque de hecho se dan dos noticias: la que es falsa y el desmentido, que es verdadero. Y el desmentido da credibilidad, porque el lector va a decir… mira, se equivocaron pero lo reconocen, son honestos, son buenos. Como consecuencia, el lector vive en un estado que yo defino como inseguridad informacional; vivimos permanentemente en una inseguridad informacional. Porque cuando vemos una noticia, por más fuerte que sea, no estamos seguros que no la vayan a desmentir en una hora, dos horas o mañana. La cuestión es cómo hacer un periodismo que se escape a estos parámetros.

T. Hay cuestionamientos sobre los medios y aparecen algunas reacciones. Trump fue cortado en vivo por la TV estadounidense o Twitter, luego de haber sido su herramienta fundamental de comunicación, advierte acerca de la veracidad de sus afirmaciones. Es un mea culpa mediático o una forma de censura?

I.R.: Cuando el propio Trump se ve censurado por algunos canales de televisión, o bien cuando Twitter censura al presidente, hay dos reacciones: por un lado, los amigos de Trump dicen que es la prueba de la dictadura de los medios. Pero, por otra parte, nosotros debemos decir como ciudadanos bueno, por fin los medios están ejerciendo su función, deberían hacerlo siempre. Cuando dicen barbaridades sobre Venezuela, o cuando dicen barbaridades sobre un presidente progresista de América Latina, Maduro por ejemplo, bueno, por qué no corrigen? Por qué no dicen que no está demostrado, que no hay hechos? Entonces aquí hasta la Fox, que era el canal de expresión natural de Trump, ha censurado a Trump. Esto es nuevo, y tienes razón de subrayarlo, esto es nuevo, es la primera vez que ocurre en la historia mediática de Estados Unidos, que cuando se expresa el presidente el canal decide cortarle la palabra y un comentarista explica por qué le han cortado la palabra al presidente. Podrían decir que era falta de interés del público, o algo comercial, pero ahora lo explican. Le cortamos la palabra porque no dice la verdad. Esto es un progreso a condición que se aplique a otras cosas también, y que no sea una demostración de lo que Trump ha denunciado. Muchos especialistas en medios han denunciado que es el poder de los medios sobre la sociedad, ¿verdad?

T: Has escrito mucho sobre medios y democracia. En la medida que los grandes conglomerados mediaticos fueron desdibujando su rol «fiscalizador» en función de su protagonismo y la defensa de sus propios intereses, ¿es posible que retomen su rol esencial como uno de los pilares de las democracias?

I.R.: Creo que hoy tenemos la posibilidad técnica, las herramientas, las inteligencias para hacer un buen periodismo. Ahora, buen periodismo no quiere decir periodismo de masas, periodismo dominante, periodismo que se impone en la sociedad y acciona de acuerdo a los intereses de la empresa que patrocina ese periodismo. Hacer un buen periodismo hoy en día sigue siendo una vía ascética, evidentemente, pero yo creo que en nuestra sociedad tan saturada de información, tan convencida de que la manipulación está en todas partes, pienso que ese periodismo racional, ese periodismo austero que está dispuesto a denunciar la manipulación y expresar lo más objetivamente posible la verdad, un periodismo comprometido, indiscutiblemente, pues es muy posible, absolutamente posible. Existe de hecho, en muchos lugares hay buen periodismo. A veces es poco importante también desde el punto de vista cuantitativo, porque la mayoría de las personas hoy no se informan recurriendo ni siquiera a un órgano de prensa. La mayoría de las personas en los países desarrollados se informan o se enteran de lo que sucede mediante las redes. Que a veces ya dan la información deformada. Esta es una realidad, la prensa es un combate, la verdad es una batalla. No es un combate que vaya a desaparecer. Las condiciones pueden cambiar, ya lo hemos dicho, la batalla de hoy no es la batalla de los años 80 ni la de los 90, cuando las redes prácticamente no existían. Hoy la batalla es otra.

Luchar por la verdad ha sido un desafío desde que comenzaron las democracias, a partir del siglo XVIII. Por consiguiente, hoy lo que hay que entender es el ecosistema informático actual, cuál es y qué posibilidades de sobrevivencia tenemos en este ecosistema, en el que efectivamente han surgido monstruos nuevos, las fake news, las verdades alternativas, las intoxicaciones. El hecho de que gobernantes importantes asuman el enunciado de mentiras descaradas, hasta ahora no era algo a lo que estuviéramos acostumbrado. Todos estos monstruos nuevos que habitan el ecosistema comunicacional, que acaban de llegar, pues deben encontrarse con los paladines de la verdad que siguen siendo los y las periodistas.

T: Volvamos al inicio de la entrevista, cómo te imaginás un mundo pos pandemia? ¿más solidario, inmunizado por las vacunas y más preparado para lo que viene ?

I.R.: Ojalá, sería un gran avance. El mundo ha enfrentado esta pandemia en desorden, no organizándose y sin solidaridad, han habido muy pocos países que han ayudado a otros países. La Unión Europea, que es una unión política además de económica y comercial, ha combatido la pandemia con el sálvese quien pueda, los gobiernos tomando medidas, cerrando fronteras, disputándose por tener mascarillas cuando no había.

La primera potencia del mundo, Estados Unidos, no ayudó a nadie, brilló por su ausencia, no ha enviado medicamentos, mascarillas a ninguno de sus aliados. Mientras que por ejemplo un pequeño país como Cuba, bloqueado, sancionado injustamente, ha enviado brigadas médicas a decenas de países para ayudar, mostrando algo, una dimensión de la que el mundo ha carecido, que es la solidaridad. Es verdad que los chinos también han enviado mascarillas, guantes, alcohol en gel, los rusos también han enviado, pero pocos países han ayudado a otros en América Latina, no ha habido una solidaridad continental, donde hay muchas organizaciones de integración regional. Entonces ahí también hemos visto que ante una dificultad, que es colectiva y que impacta al conjunto de la humanidad, no ha habido solidaridad.

Y por otra parte también, ni siquiera para las vacunas hay una solidaridad. por el momento no está garantizado que la vacuna sea gratuita para toda la humanidad, en algunos países se anunció que será gratuita pero en otros no, y por consiguiente ahí también hemos visto que la humanidad no está lista para enfrentar un peligro, una catástrofe, un desafío colectivo.

T.: Muchas gracias, ha sido un placer.

Bernarda Llorente. Presidenta de Télam.

6 de junio de 2017

Chavismo y Venezuela hoy

Ignacio Ramonet

De todas las instituciones estadounidenses que reflexionan sobre la política exterior, sin duda la más influyente es el Council on Foreign Relations, fundado en 1921, editor de la revista de mayor impacto mundial en materia de asuntos exteriores: Foreign Affairs (1). Su sede principal se encuentra en el corazón de Manhattan, en Nueva York, en una esquina de la muy elegante Park Avenue, y por ella han pasado, a lo largo de casi un siglo, algunas de las principales personalidades políticas que han marcado la historia contemporánea.

Con ocasión de la edición en inglés de mi libro Hugo Chávez: Mi primera vida (2), el Council on Foreign Relations decidió organizar una mesa redonda de reflexión y debate en torno al tema “Chavismo y Venezuela hoy”. Obviamente, esa decisión se tomó hace diez meses, en septiembre pasado, cuando nadie imaginaba que las cosas tomarían el cariz que tienen en estos momentos en Caracas. O sea que, cuando llegó el día del evento, el pasado 17 de mayo, en plena ola de manifestaciones y violencias en Venezuela, la atmósfera estaba bastante cargada de electricidad hasta en pleno Nueva York.

Me acompañaban en la mesa: Jennifer McCoy, profesora de Ciencia Política en la Universidad de Georgia y, sobre todo, exdirectora del Centro Carter (fundado por el expresidente de Estados Unidos Jimmy Carter), que ha seguido muy de cerca todos los procesos electorales en Venezuela (3). Y Lisa Viscidi, especialista en temas de energía y petróleo, y autora habitual de la revista Foreign Affairs (4). El debate fue introducido por Romuald Sciora, ensayista, especialista del sistema de Naciones Unidas. Y estuvo moderado por Jonathan Tepperman, redactor jefe de Foreign Affairs.

El sentimiento que los demás ponentes, e incluso el moderador, trataron de instalar de inmediato fue que el “sistema chavista” se estaba derrumbando, que eso era una cuestión de días, a lo sumo de semanas, y que el debate, según ellos, debía centrarse sobre el tema “¿por qué se desmoronó el chavismo?”. Expresé mi desacuerdo. El chavismo, dije, no es sólo una corriente política, sino que es sobre todo una realidad sociológica mayoritaria en Venezuela. Pase lo que pase, el chavismo está, por largos decenios, instalado en el sentimiento de la población venezolana más humilde. Igual que el peronismo en Argentina.

Es lo que deseo explicar.

Como todas las revoluciones, la Revolución Bolivariana es una arquitectura en la que se conjugan una serie de fuerzas diversas importantes que, reunidas y fusionadas, conforman una dinámica política radicalmente innovadora. Como dice el presidente Nicolás Maduro: “El chavismo es el encuentro de varios caminos abiertos por los Libertadores y el encuentro de varias búsquedas iniciadas por muchos soñadores sociales que convergen en un punto nodal: el pensamiento de Hugo Chávez”.

Cuando el Comandante Chávez llega al poder –en 1999– no posee un gran partido; llega a la cabeza de un movimiento popular extremadamente diverso que incluye a militares, a exguerrilleros y a unas izquierdas muy variopintas. Y consigue ganar el apoyo popular con un discurso de refundación: la refundación de Venezuela, que es la base misma del chavismo. Porque en el núcleo duro de la filosofía chavista nos encontramos con la recuperación del concepto de nación, y la restauración y la defensa de la identidad nacional.

Hugo Chávez inventa para Venezuela y América Latina lo que podríamos llamar una “política de la liberación”, como decimos que existe una “teología de la liberación”. Con una opción preferencial por el pueblo, los pobres y los humildes. Con su capacidad de pedagogía política, Chávez impulsa una politización popular masiva, y conceptualiza una política de la liberación del pueblo en la que el pueblo, dotado de conciencia política, es autor de su propio destino.

Chávez intuye que la época permite estrenar nuevos caminos nunca antes surcados. Y logra elaborar de ese modo y transmitir al pueblo venezolano desmoralizado un nuevo relato de esperanza. En ese sentido, el chavismo es una narrativa que explica a los venezolanos quiénes son, a qué pueden aspirar y cuáles son sus derechos. Es una explicación nueva que da respuesta a viejas preguntas: ¿qué es la sociedad venezolana?, ¿cuáles son sus problemas?, ¿quiénes son las víctimas?, ¿quiénes los culpables?, ¿qué soluciones? Y ese nuevo relato es narrado, día tras día, discurso tras discurso, con enorme eficacia comunicacional, por Hugo Chávez, que se convierte en referente intelectual y carismático.

De tal modo que el chavismo constituye una vía política latinoamericana innovadora que se libera y se emancipa de la eterna tutela conceptual europea y anglosajona. Una política que, por primera vez, es original, fuente, manantial, y no espejo o copia de lo que se ha hecho en otras partes.

En ese sentido también, el chavismo es una opción revolucionaria. Es el proyecto más innovador y más atrevido que ha tenido Venezuela desde Bolívar. Es el único proyecto de paz, desarrollo, justicia y prosperidad para el pueblo venezolano desde 1810.

Luego, ¿qué es ser chavista? Ser chavista es acercarse al pensamiento político de los fundadores de Venezuela. El “Árbol de las Tres Raíces” es un concepto capital del chavismo. Que Chávez definía de la siguiente manera: “Primero está la raíz bolivariana por el planteamiento que hace Simón Bolívar de igualdad y libertad, y por su visión geopolítica de la integración de América Latina; luego la raíz zamorana, por Ezequiel Zamora, el general del pueblo soberano y de la unidad cívico-militar; y finalmente la raíz robinsoniana, por Simón Rodríguez, el maestro de Bolívar, el ‘Robinson’, el sabio de la educación popular, y de nuevo la libertad y la igualdad”. Aunque a esas tres raíces, Chávez le va añadiendo otras: por ejemplo, Miranda y Sucre. Y más tarde otras más como José Martí, Che Guevara y Fidel Castro…

Pero ser chavista es también ser profundamente cristiano. El Comandante Chávez consideró siempre el cristianismo verdadero como parte de su vida, de su esencia y de sus valores.

Hugo Chávez fue un líder pragmático que supo adaptar las modalidades de su acción a las circunstancias históricas, que nunca olvidó los objetivos por alcanzar y que siempre mantuvo intangibles sus principios. Él estaba convencido de que si Venezuela pudo hacer gloriosas hazañas en el pasado, llegando a ser una las principales naciones de América Latina, fue porque estaba movilizada por un alto ideal hacia un destino común. Inversamente, Chávez sabía que los venezolanos tienen en permanencia la tentación de replegarse sobre sus querellas y divisiones internas (políticas, sociales, intelectuales), lo cual (según la visión chavista) les hace constantemente correr el riesgo de caer y deslizarse por el tobogán de la decadencia.

En consecuencia, para poder dar lo mejor de ella misma y ponerse al frente de las naciones latinoamericanas, Venezuela debe estar unificada por un líder histórico y un proyecto grandioso, y articulada (en un eficaz equilibrio de los poderes) por instituciones políticas, militares, económicas y sociales decididas a evitar las luchas intestinas.

Hay que insistir en el hecho de que, en el seno del chavismo, existe una filosofía patriótica del humanismo, heredera del cristianismo y de la teología de la liberación. El humanismo chavista es, a la vez, una finalidad de la grandeza de Venezuela, porque el mensaje que Venezuela dirige al mundo es profundamente humanista, y una consecuencia de la política de justicia social cuyo primer objetivo es cohesionar a la nación.

El chavismo posee, pues, diversas dimensiones: histórica, filosófica y política. Desde el punto de vista ideológico, el chavismo recoge y sintetiza, como ya se dijo, la acción política de Hugo Chávez y también sus pensamientos políticos, o sea la doctrina que se deduce de sus discursos y de sus escritos.

Como acción política, el chavismo se caracteriza por los siguientes grandes lineamientos:

— soberanía e independencia nacional; rechazo de la dominación de cualquier superpotencia imperial, en particular Estados Unidos. Chávez decía: “No puede entender la Patria ni defenderla quien no sabe que su principal enemigo es el imperialismo norteamericano”;
— rechazo de cualquier pretendido superpoder económico y financiero (FMI, Banco Mundial, OMC). La independencia se defiende, no sólo en el campo político, sino también en los sectores económicos, geopolíticos, culturales, diplomáticos e incluso militares;
— instituciones estatales sólidas, como las de la V República instituidas por la Constitución de 1999;
— un Ejecutivo fuerte y cierta personalización de la política para oponerse a la impotencia del régimen de los partidos;
— un poder ejecutivo fuerte y estable que confiere al presidente de la República un papel primordial;
— una relación directa entre el líder y el pueblo que pasa por encima de los cuerpos intermediarios, gracias a una concepción “participativa” de la democracia, con recurso frecuente al referendo y a las elecciones, y al diálogo interactivo líder-pueblo mediante un uso singular de los medios de comunicación de masas;
— una articulación cívico-militar cuyo engranaje lo constituye el propio presidente, que coordina lo mejor de los movimientos progresistas civiles y la inteligencia patriótica de los aparatos militares; las Fuerzas Armadas están íntimamente asociadas al proyecto de desarrollo nacional en el marco de la unidad cívico-militar;
— la independencia nacional y la grandeza de Venezuela;
— la unión nacional de todos los venezolanos –más allá de las diferencias políticas o regionales tradicionales que fueron antaño causa de división y de decadencia–, en una relación directa entre el líder y el pueblo, cohesionada por las políticas sociales de inclusión y de justicia social;
— la prioridad de la política sobre otras consideraciones (económicas, administrativas, técnicas, burocráticas, etc.);
— respeto de la autoridad del Estado;
— voluntad profunda de justicia social;
— intervención del Estado en la economía;
— la reactivación de la OPEP y una coordinación de las políticas petroleras de los países productores y exportadores;
— la integración latinoamericana como horizonte constante e imperativo ideológico dictado por el propio Simón Bolívar; y creación de entidades concretas para la integración (ALBA, Unasur, Banco del Sur, Celac, Petrocaribe, TeleSUR);
— la concepción de un mundo multipolar sin hegemonías; lo cual exige derrotar el proyecto de hegemonía imperial unipolar para garantizar la paz planetaria y el “equilibrio del universo”. Impulsar un mundo multicéntrico y pluripolar. Chávez lo señaló como el cuarto gran objetivo histórico del “Plan de la Patria”, su programa de gobierno para el periodo 2013-2019;
— una diplomacia Sur-Sur con multiplicación de los lazos con los países del Sur a través del Movimiento de los no-alineados y de alianzas horizontales: América del Sur / África (ASA) y América del Sur / Países Árabes (ASPA). Chávez apoyó también al grupo BRICS (Brasil, Rusia, la India, China y Sudáfrica) y se planteó una alianza de Venezuela con ese grupo para consolidar un mundo multipolar;
— la solidaridad nacional entre los ciudadanos y los territorios; y la solidaridad latinoamericana;
— respeto de las naciones, que son entidades culturales esculpidas por la historia y baluartes de los pueblos contra los imperialismos;
— el rechazo de la doctrina del neoliberalismo económico, y la preferencia por una economía orientada por el Estado con vistas a un desarrollo voluntarista y estructurante (con ambiciosos proyectos públicos, nacionalización de los sectores estratégicos, soberanía alimentaria, etc.);
— construir un “Estado de las misiones” para responder más directamente a las diversas demandas sociales del pueblo;
— avanzar hacia la definición de un socialismo bolivariano y humanista, en democracia y en libertad, que además de otorgar a los trabajadores una protección social avanzada, los empodere dándoles acceso tanto a las decisiones de la empresa como a los beneficios de la misma.

Uno de los objetivos primordiales del chavismo es reconciliar a los venezolanos con la patria, hermanarlos y conseguir edificar un Estado con mayor soberanía, mayor eficacia administrativa, mayor justicia y mayor igualdad.

El chavismo aspira a reunir a hombres y mujeres de todos los orígenes políticos en torno a un gran proyecto de “país potencia” y a la acción voluntarista de un líder. Para alcanzar esos objetivos, el método del chavismo es el pragmatismo y el rechazo de los corsés ideológicos. Sus dos principales ejes: unidad interna al servicio de un ambicioso proyecto patriótico y social; e independencia y proyección de una “Venezuela potencia” en Latinoamérica y en el mundo.

El chavismo es, por consiguiente, un sistema “de pensamiento, de voluntad y de acción”. Parte de los hechos y de las circunstancias; no actúa predeterminado por una doctrina o una ideología. Voluntarismo contra fatalismo; acción contra la pasividad, contra el abandono y la renuncia.

Para Chávez, lo primero es Venezuela. Su actuar político consiste en crear las condiciones para que la patria pueda dar lo mejor de sí misma. Y esto sólo se consigue si el pueblo venezolano está unido en torno a un proyecto de progreso social definido por un líder carismático que lo propulsa hacia su gran ideal histórico.

El pensamiento chavista tiene como bases ideológicas varias raíces que se entremezclan entre sí para formar una nueva ideología progresista venezolana. La cual se caracteriza por la ausencia de dogmatismos, para diferenciarse de los experimentos socialistas fracasados en la Europa del siglo XX. Por eso, para distinguirlo del que fue rechazado por las clases populares en Polonia en 1980, o del que se derrumbó con el muro de Berlín en 1989, o del que implosionó en 1991 con la caída de la Unión Soviética, Chávez hablaba de “socialismo del siglo XXI”. Se trata de un socialismo surgido en América Latina, que debe ajustarse a nuestro tiempo, y por eso Chávez le añadió fundamentalmente tres dimensiones: la democracia participativa, el feminismo y el sentimiento ecologista.

Ese “socialismo del siglo XXI” se considera compatible con la propiedad privada, aunque alienta otras formas socialistas y solidarias de propiedad como la cooperativa y la cogestión. También se declara compatible con el nacionalismo económico. Chávez no dudó en nacionalizar las grandes empresas de sectores estratégicos en manos de capitales extranjeros.

El “socialismo del siglo XXI” es asimismo compatible, insisto en ello, con el cristianismo social. Chávez hace suya la vieja consigna de los sandinistas: “Cristianismo y revolución, no hay contradicción”. Partiendo del postulado según el cual la verdadera identidad del cristianismo es la que le confiere la teología de la liberación. No en vano, Chávez afirmaba que Jesucristo fue el primer socialista de la era moderna y que el “reino de Dios” había que construirlo aquí, en la Tierra.

Porque el chavismo es, esencialmente, un proyecto de democratización de la felicidad.

De todo esto se deduce que tiene vocación de ejercer naturalmente, en Venezuela, una hegemonía. Por su capacidad para llevar la dirección intelectual y moral de la sociedad. Y porque ha permitido la recuperación política de una democracia en la que deben participar Gobierno, Fuerzas Armadas y pueblo, unidos en la expansión de los derechos sociales y en la redistribución justa de las riquezas del país.

En la sala del Council on Foreign Relations, no todos los oyentes estuvieron de acuerdo con estas tesis. Normal. En el coloquio que siguió de intercambio entre público y ponentes, varias intervenciones defendieron, con pasión a veces acalorada, los argumentos de la oposición venezolana (5).

En la calle, un grupito de manifestantes partidarios de esa oposición denunciaba el principio mismo de este evento académico. Muy mala señal. La ética elemental de la democracia se fundamenta en una regla básica: escuchar al otro.

NOTAS

(2) Ignacio Ramonet, Hugo Chavez: My First Life, Verso, Londres, 2016.
(3) Léase, por ejemplo, Jennifer McCoy (con Francisco Díez), International Mediation in Venezuela, United States Inst of Peace Edit., Washington DC, 2011.
(4) Léase, por ejemplo, Lisa Viscidi, “Venezuela on the Brink. How the State Wrecked the Oil Sector and How to Save it”, Foreign Affairs, Nueva York, septiembre-octubre de 2016.

Ignacio Ramonet. Director de Le Monde diplomatique en español.

3 de marzo de 2017

“Hay que rendirse a la evidencia: aquí y ahora vivimos bajo el control de una especie de imperio de la vigilancia”

Ignacio Ramonet

Durante mucho tiempo, la idea de un mundo “totalmente vigilado” ha parecido un delirio utópico o paranoico, fruto de la imaginación más o menos alucinada de los obsesionados por los complots. Sin embargo, hay que rendirse a la evidencia: aquí y ahora vivimos bajo el control de una especie de Imperio de la Vigilancia. Sin que nos demos cuenta, estamos, cada vez más, siendo observados, espiados, vigilados, controlados, fichados. Cada día se perfeccionan nuevas tecnologías para el rastreo de nuestras huellas. Empresas comerciales y agencias publicitarias cachean nuestras vidas. Con el pretexto de luchar contra el terrorismo y otras plagas[1], los gobiernos, incluso los más democráticos, se erigen en Big Brother, y no dudan en quebrantar sus propias leyes para poder espiarnos mejor. En secreto, los nuevos Estados orwelianos intentan, muchas veces con la ayuda de los gigantes de la Red, elaborar exhaustivos ficheros de nuestros datos personales y de nuestros contactos [2], extraídos de los diferentes soportes electrónicos. 

Tras la oleada de ataques terroristas que desde hace veinte años viene golpeando ciudades como Nueva York, Washington, París, Toulouse, Bruselas, Boston, Ottawa, Oslo, Londres, Madrid, Túnez, Marrakech, Casablanca, Ankara, etc., las autoridades no han dejado de utilizar el enorme pavor de una sociedad en estado de shock para intensificar la vigilancia y reducir, en la misma proporción, la protección de nuestra vida privada. 

Que se entienda bien: el problema no es la vigilancia en general; es la vigilancia clandestina masiva. Ni que decir tiene que en un Estado democrático las autoridades están completamente legitimadas para vigilar a cualquier persona que consideren sospechosa, apoyándose en la ley y con la autorización previa de un juez. Como dice Edward Snowden: 

No hay problema cuando se trata de escuchas telefónicas a Osama Bin Laden. Los investigadores pueden hacer este trabajo mientras tengan permiso de un juez –un juez independiente, un juez de verdad, no un juez anónimo–, y puedan probar que hay una buena razón para autorizar la escucha. Y así es como se debe hacer. El problema surge cuando nos controlan a todos, en masa y todo el tiempo, sin una justificación precisa para interceptar nuestras comunicaciones, sin indicio jurídico alguno que demuestre que hay una razón plausible para violar nuestros derechos[3]

Con la ayuda de algoritmos cada vez más perfeccionados, miles de investigadores, ingenieros, matemáticos, estadísticos, informáticos, persiguen y criban las informaciones que generamos sobre nosotros mismos. Desde el espacio nos siguen satélites y drones de mirada penetrante. En las terminales de los aeropuertos, escáneres biométricos analizan nuestros pasos, “leen” nuestro iris y nuestras huellas digitales. Cámaras infrarrojas miden nuestra temperatura corporal. Las pupilas silenciosas de cámaras de video nos escudriñan en las aceras de las ciudades o en los pasillos de los supermercados[4]. Nos siguen la pista también en la oficina, en las calles, en el autobús, en el banco, en el metro, en el estadio, en los aparcamientos, en los ascensores, en los centros comerciales, en carreteras, estaciones, aeropuertos… 

Además, con el desarrollo en marcha de la “Internet de las cosas”, muchos elementos de nuestro hogar (refrigerador, botiquín, bodega, etc.), incluso nuestro vehículo[5], van a poder suministrar también informaciones valiosas sobre nuestras costumbres más personales. 

Hay que decir que la inimaginable revolución digital que estamos viviendo, y que trastoca ya tantas actividades y profesiones, también ha desbaratado completamente el campo de la información y el de la vigilancia. En la era de Internet, la vigilancia se ha vuelto omnipresente y totalmente inmaterial, imperceptible, indetectable, invisible. Además, ya es, técnicamente, de una excesiva sencillez. 

Software espía 

"El editor de la página que visitamos vende a potenciales anunciadores informaciones que nos afectan, recogidas sobre todo por las cookies". “El editor de la página que visitamos vende a potenciales anunciadores informaciones que nos afectan, recogidas sobre todo por las cookies”. Ya no son necesarios toscos trabajos de albañilería para instalar cables y micros, como en la célebre película La conversación[6], en la que un grupo de “fontaneros” presenta, en un Salón dedicado a las técnicas de vigilancia, chivatos más o menos chapuceros, equipados con cajas rebosantes de hilos eléctricos, que había que disimular en las paredes o bajo los techos… Varios estrepitosos escándalos de la época –el caso Watergate[7], en Estados Unidos; el de los “fontaneros del Canard[8]”, en Francia–, fueron fracasos humillantes de los servicios de información, que mostraron los límites de estos viejos métodos mecánicos, fácilmente detectables y perceptibles. 

En la actualidad, poner a alguien bajo escucha es asombrosamente fácil, y está al alcance de cualquiera. Quien quiera espiar su entorno encuentra una larga lista de opciones[9] de libre acceso en el comercio. En primer lugar, manuales de instrucción muy didácticos “para aprender a seguir la pista y espiar a la gente[10]”. Y al menos media docena de software espías (mSpy, GSmSpy, FlexiSpy, Spyera, EasySpy) que “leen” sin problemas el contenido de los teléfonos móviles[11]: sms, correos electrónicos, cuentas en Facebook, WhatsApp, Twitter, etc. 

Con el impulso del consumo “en línea” se ha desarrollado considerablemente la vigilancia de tipo comercial, que ha generado un gigantesco mercado de datos personales, convertidos en mercancía. Cuando nos conectamos a una web, las cookies[12] guardan en la memoria el conjunto de las búsquedas realizadas, lo que permite establecer nuestro perfil de consumidor. En menos de veinte milisegundos, el editor de la página que visitamos vende a potenciales anunciadores informaciones que nos afectan, recogidas sobre todo por las cookies. Apenas algunos milisegundos después, aparece en nuestra pantalla la publicidad que supuestamente tiene más impacto en nosotros. Y ya estamos definitivamente fichados[13]

Una alianza sin precedentes 

"Las nuevas empresas, como Google, Apple, Microsoft, Amazon y más recientemente Facebook han establecido estrechos lazos con el aparato del Estado en Washington, especialmente con los responsables de la política exterior". “Las nuevas empresas, como Google, Apple, Microsoft, Amazon y más recientemente Facebook han establecido estrechos lazos con el aparato del Estado en Washington, especialmente con los responsables de la política exterior”. En cierto modo, la vigilancia se ha “privatizado” y “democratizado”. Ya no es un asunto reservado únicamente a los servicios gubernamentales de información. Aunque, gracias también a las estrechas complicidades que los Estados han entablado con las grandes empresas privadas que dominan las industrias de la informática y de las telecomunicaciones, su capacidad en materia de espionaje de masas ha crecido de forma exponencial. En la entrevista con Julian Assange que publicamos en la segunda parte de este libro, el fundador de WikiLeaks[14] afirma: 

Las nuevas empresas, como Google, Apple, Microsoft, Amazon y más recientemente Facebook han establecido estrechos lazos con el aparato del Estado en Washington, especialmente con los responsables de la política exterior. Esta relación se ha convertido en una evidencia […]. Comparten las mismas ideas políticas y tienen idéntica visión del mundo. En última instancia, los estrechos vínculos y la visión común del mundo de Google y la Administración estadounidense están al servicio de los objetivos de la política exterior de los Estados Unidos[15]

Esta alianza sin precedentes –Estado + aparato militar de seguridad + industrias gigantes de la Web– ha creado este Imperio de la vigilancia cuyo objetivo claro y concreto es poner Internet bajo escucha, todo Internet y a todos los internautas. 

En esta situación, es necesario tener en cuenta dos ideas muy concretas: 

1- El ciberespacio se ha convertido en una especie de quinto elemento. El filósofo griego Empédocles sostenía que nuestro mundo estaba formado por una combinación de cuatro elementos: tierra, aire, agua y fuego. Pero el surgimiento de Internet, con su misterioso “interespacio” superpuesto al nuestro, formado por miles de millones de intercambios digitales de todo tipo, por su streaming y su clouding, ha engendrado un nuevo universo, en cierto modo cuántico, que viene a completar la realidad de nuestro mundo contemporáneo como si fuera un auténtico quinto elemento. 

En este sentido, hay que señalar que cada uno de los cuatro elementos tradicionales constituye, históricamente, un campo de batalla, un lugar de confrontación. Y que los Estados han tenido que desarrollar componentes específicos de las fuerzas armadas para cada uno de estos elementos: el ejército de Tierra, el ejército del Aire, la Armada y, con carácter más singular, los bomberos o “guerreros del fuego”. De manera natural, desde el desarrollo de la aviación militar en 1914-1918, todas las grandes potencias han añadido hoy, a los tres ejércitos tradicionales y a los combatientes del fuego, un ejército cuyo ecosistema es el quinto elemento: el ciberejército, encargado de la ciberdefensa, que tiene sus propias estructuras orgánicas, su Estado mayor, sus cibersoldados y sus propias armas: superordenadores preparados para librar la ciberguerra digital[16] en el ámbito de Internet. 

2- Internet se ha centralizado. Al principio, se percibió la Red como una explosión de posibilidades de expresión individuales, que permitía escapar de la dependencia de los monopolios estatales (correos, telégrafo, teléfono), de los gigantes de las telecomunicaciones y de los grandes medios de comunicación dominantes (prensa, radio, televisión). Era sinónimo de libertad, de evasión, de creatividad. Veinticinco años después, la Red está a punto de sufrir una violenta centralización en torno a ciertas colosales empresas privadas: las GAFAM (Google, Apple, Facebook, Amazon, Microsoft), todas estadounidenses, que, a escala planetaria, acaparan las diferentes facetas de la Red, y de las que son extraordinariamente dependientes los aproximadamente 3 mil quinientos millones de internautas, quienes, a su vez, las alimentan con todos sus datos personales. Y de este modo, las enriquecen descomunalmente. 

Para las generaciones de menos de 40 años, la Red es sencillamente el ecosistema en el que han madurado su pensamiento, su curiosidad, sus gustos y su personalidad[17]. Para ellos, Internet no es sólo una herramienta autónoma que se utiliza para tareas concretas. Es una inmensa esfera intelectual, en la que se aprende a explorar libremente todos los saberes. Y, al mismo tiempo, un ágora sin límites, un foro donde la gente se encuentra, dialoga, intercambia y adquiere cultura, conocimientos y valores, generalmente compartiéndolos. 

Para estas nuevas generaciones, Internet representa lo que para sus antepasados fueron simultáneamente la Escuela y la Biblioteca, el Arte y la Enciclopedia, la Ciudad y el Templo, el Mercado y la Cooperativa, el Estadio y el Escenario, el Viaje y los Juegos, el Circo y el Burdel… Es tan fabuloso que “por el placer de evolucionar en un universo tecnológico, el individuo no se preocupe de saber, y aún menos de comprender, que las máquinas gestionan su vida cotidiana. Que cada uno de sus actos y gestos es registrado, filtrado, analizado y, eventualmente, vigilado. Que, lejos de liberarle de sus ataduras físicas, la informática de la comunicación constituye sin duda la herramienta de vigilancia y control más formidable que el hombre haya puesto a punto jamás[18]”. 

Y esto no ha acabado. Ya que, insaciables, los gigantes de la Red quieren ahora extender su dominio al conjunto de la humanidad, con el pretexto de la emancipación y la liberación. Paul Virilio, al evocar las catástrofes industriales, que son por definición contemporáneas a la era industrial, nos ha enseñado que, por ejemplo, la invención del ferrocarril conllevó simultáneamente la invención de los accidentes de tren. Con la Web pasa algo parecido. La catástrofe industrial de Internet es la vigilancia masiva, de la que solo escapan –consuelo de pobres– los que no tienen Internet; es decir, alrededor de la mitad de los habitantes del planeta. 

Pero los gigantes de la Red –Google, Facebook y, concretamente, Microsoft– quieren acabar con esta injusticia: “Si conectamos a Internet a los cuatro mil millones de personas que no tienen acceso a la Red, tenemos la oportunidad histórica de educar al conjunto del mundo en las próximas décadas”, ha declarado, por ejemplo, el dueño de Facebook, Mark Zuckerberg[19]

El 26 de septiembre de 2015, Zuckerberg, Bill Gates, fundador de Microsoft, Jimmy Wales, fundador de Wikipedia y otros[20] insistieron ante la ONU, inscribiendo su posición en el marco de los objetivos de desarrollo sostenible fijados por las Naciones Unidas para erradicar la pobreza extrema hasta el año 2030[21]: “Internet pertenece a todo el mundo, por lo tanto debe ser accesible a todo el mundo[22]”. Aunque Facebook no había esperado para lanzar, en agosto de 2013, Internet.org, una aplicación para smartphones que permite a las poblaciones de los países pobres acceder gratuitamente a la red Facebook y a una selección de unos cuarenta sitios web, Wikipedia entre ellos[23]

Por su parte, Alphabet (Google) ha puesto a punto su propio proyecto de ampliar al mundo entero el acceso a Internet. Para proporcionar gratuitamente a los ‘condenados de la Tierra’ los beneficios de su motor de búsqueda, esta empresa global cuenta sobre todo con apoyarse en su programa Loon: globos de helio instalados en la estratosfera. 

Sin dudar en absoluto de la intención de estos gigantes de la Red de mejorar el destino de la humanidad, podemos preguntarnos si no les motivan también consideraciones más comerciales, puesto que la principal riqueza de estas empresas ineludibles -casi en situación de monopolio planetario- es el número de conectados. Facebook o Google, por ejemplo, no venden nada a los internautas; venden sus miles de millones de usuarios a los anunciantes publicitarios. Es lógico, por lo tanto, que, a partir de ahora, quieran venderles todos los habitantes de la Tierra. Simultáneamente, cuando el mundo entero esté conectado, podrán transmitir a la NSA, en una doble operación, todos los datos personales de todos los habitantes de la Tierra … ¡Bienvenidos al Imperio de la vigilancia! 

Notas 

[1] Julian Assange afirma que las democracias se enfrentan, de hecho, a los “cuatro jinetes del Infocalipsis”: el terrorismo, la pornografía infantil, el blanqueo de dinero y las guerras contras la droga y el narcotráfico. Cada una de estas plagas, a las que evidentemente hay que combatir, sirve también de pretexto para reforzar permanentemente los sistemas de vigilancia global sobre las poblaciones. Cf.Julian Assange y Jacob Apppelbaum, Andy Müller-Maughn y Jérémie Zimmerman, Ménace sur nos libertés. Comment Internet nus espionne. Comment résister. 

[2] Se trata esencialmente de informaciones que permiten identificarnos, ya sea directa o indirectamente. A saber: nombre y apellidos, foto, fecha y lugar de nacimiento, estado civil, dirección postal, número de de la seguridad social, número de teléfono, número de tarjeta bancaria, placa de la matrícula del vehículo, correo electrónico, cuentas de redes sociales, dirección IP del ordenador, grupo sanguíneo, huellas digitales, huella genética, elementos de identificación biométrica, etc. 

[3] Katrina van den Heuvel y Stephen F. Cohen, “Entrevista con Edward Snowden”, Nueva York, The Nation, 28 de octubre de 2014. Le Monde diplomatique en español, octubre de 2015. 

[4] Como se puede ver claramente en la película, de Stéphane Brizé, La Loi du marché, 2015. 

[5] Cf. “La voiture, cette espionne”, Le Monde, 2 de octubre de 2015. 

[6] Francis Ford Coppola, 1973. 

[7] El caso Watergate fue un asunto de espionaje político con múltiples ramificaciones, que empezó con la detención, en 1972, de falsos ladrones que habían colocado micros en el interior del edifico Watergate, en Washington, en las oficinas del Partido Demócrata, y desembocó en la dimisión del presidente Nixon, a la sazón presidente de Estados Unidos, en 1974. 

[8] Escándalo político bajo la presidencia de Georges Pompidou: en diciembre de 1973, en París, se descubrió en los locales del semanario satírico Le Canard enchaîné un sistema de escuchas que habían colocado una decena de agentes de la Dirección de la Vigilancia del Territorio (DST: siglas en francés), disfrazados de fontaneros. 

[9] Aunque, en Francia, el artículo 226-1 del Código Penal impone una pena “de un año de prisión y 45.000 euros de multa por atentar voluntariamente, mediante cualquier procedimiento, contra la intimidad de la vida privada de otro: captando, grabando o transmitiendo, sin el consentimiento de su autor, palabras pronunciadas a título privado o confidencial; fijando, grabando o transmitiendo, sin su consentimiento, la imagen de una persona mientras se encuentra en un lugar privado”. 

[10] Léase, por ejemplo, Charles Cohle, Je sais qui vous êtes. Le manuel d’espionnage sur Internet, Nantes, Institut Pandore, 2014. 

[11] Incluso existen “comparadores de software de vigilancia” que la publicidad presenta de esta manera: “Un comparador claro y completo de los programas chivato para el móvil, que le permitirá elegir y poder tomar una decisión acertada y económica antes de comprar su aplicación de localización”. Cf. http://www.smartsupervisors.com/

[12] La cookie equivale a un pequeño archivo de texto almacenado en el terminal del internauta. Permite a los programadores de sitios de Internet conservar los datos del usuario con el fin de facilitar su navegación. Las cookies siempre han sido cuestionadas, ya que contienen información personal residual que potencialmente pueden ser utilizada por terceros. (Fuente: Wikipedia). 


[14] Sobre WikiLeaks, léase La explosión del periodismo, Ignacio Ramonet, Clave Intelectual (Madrid) y Capital Intelectual (Buenos Aires), 2011., pp. 93-123. 

[15] Cf. Infra, p. 138. 

[16] Cf. “Entrevista exclusiva: vicealmirante Arnaud Coustillière, oficial general ‘ciberdefensa’ del estado mayor de los ejércitos”, Cyber Risques News, 7 de abril de 2015. 


[17] Es interesante destacar que, si el 60% de los franceses percibe la existencia de ficheros de vigilancia como un “atentado a la vida privada”, el tramo de edad de los 18 a los 24 años, es decir, el de los principales usuarios de Internet, es el que se muestra más preocupado en este sentido: el 78% de ellos denuncia que “su vida privada está insuficientemente protegida en Internet”. Estudio realizado a instancias de la Comisión Nacional de Informática y Libertades (CNIL), París, 2008. 

[18] Jean Guisnel, en el prólogo a la edición francesa del libro de Reg Whitaker, Tous fliqués! La vie privée sous surveillance, Denoël, 2001, París, 2001. 

[19] “To Unite the Earth, Connect It”, The New York Times, 26 de septiembre de 2015. 

[20] El propietario de Virgin, Richard Branson, la fundadora del Huffington Post, Ariana Huffington, el cantante Bono, la actriz Charlize Theron, la cantante Shakira, el actor George Takei, etcétera. 


[22] AFP, 27 de septiembre de 2015. 

[23] Aunque sobre el papel es elogiable, el proyecto se enfrenta a fuertes críticas, especialmente en la India. Estos son los reproches: con internet.org, Facebook perjudicaría la neutralidad de la Red al decidir por sí mismo los sitios web a los que se pueden conectar los internautas. Además, crearía una Red a dos velocidades, la de los ricos, capaces de acceder a toda ella, y la de los pobres, conectados únicamente a algunos servicios. Léase, por ejemplo, Le Monde, París, 29 de diciembre 2015.