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3 de noviembre de 2025

800 millones de pobres, la principal deuda social planetaria

Sergio Ferrari

30 años después, la segunda Cumbre para el Desarrollo Social


En menos de dos semanas arranca en Doha, Catar, la Cumbre Mundial para el Desarrollo Social. Convocatoria marcada por la crisis del multilateralismo, así como por una fatiga inevitable tras tantos eventos de las Naciones Unidas con relativamente pocos resultados. A pesar de algunos avances sociales, los esfuerzos de dicha organización lucen frágiles debido a los estragos causados por la persistente pobreza mundial.

Esta será la segunda cumbre, a treinta años de la de 1995 en Copenhague, y entre el 4 y el 6 de noviembre reunirá a miles de representantes de gobiernos e instituciones internacionales y de la sociedad civil. El programa incluye una sesión oficial y una paralela. Esta última, con un día para el Foro de la sociedad civil y otro para el Foro del sector privado (https://social.desa.un.org/es/world-summit-2025/programme).Hasta la tercera semana de octubre, los medios de información poco se interesaron en la dinámica preparatoria de la Cumbre de Catar, desde ya eclipsada por una coyuntura mundial donde los conflictos en Palestina y Ucrania, así como la imposición unilateral de aranceles por Washington, parecen definir otras prioridades.

Desde Latinoamérica, la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) señala que tres décadas después de Copenhague esta nueva convocatoria busca evaluar el progreso alcanzado y definir nuevas estrategias para los desafíos actuales. Según la CEPAL, “persisten problemas como la pobreza, la desigualdad y la exclusión social en un contexto de crisis globales y cambios acelerados”, de allí la esperanza de que esta cumbre ofrezca una oportunidad clave para fortalecer compromisos y promover políticas que garanticen mayor cohesión social y movilidad económica. “América Latina y el Caribe, con una larga trayectoria en el debate sobre desarrollo social”, anticipa la CEPAL, “presentará propuestas para reducir la desigualdad y mejorar la inclusión social”. Como expresión de deseos esta organización latinoamericana espera que la cumbre sirva como plataforma para consolidar una perspectiva común que refuerce la gobernanza, la cooperación internacional y el papel de la sociedad civil en la implementación de políticas efectivas para el desarrollo sostenible (https://www.cepal.org/es/segunda-cumbre-mundial-desarrollo-social).

Tibios progresos, enormes deudas civilizatorias Con la mirada puesta en Catar, la segunda quincena de octubre la Organización Internacional del Trabajo (OIT) lanzó la campaña “Esto es justicia social” mediante una serie de videos con historias humanas que muestran el impacto de la justicia social en la vida de trabajadores, empleadores y comunidades (https://www.ilo.org/es/temas-y-sectores/justicia-social).

Algunas semanas antes, a fines de septiembre, en su Informe sobre el Estado de la Justicia Social en 2025 la OIT reconoció varios logros desde Copenhague 1995 hasta el presente. Por ejemplo, la disminución del trabajo infantil del 20,6% en 1995 al 7,8% en 2024 y el aumento del índice de finalización de la escuela secundaria en 22 puntos porcentuales desde 2000 hasta la fecha. Además, el hecho de que la pobreza extrema pasara de 4 de cada 10 personas en 1995 a 1 de cada 10 en 2023 y que la proporción de trabajadores pobres se redujera del 27,9 % en 2000 al 6,9 % en 2024. Sin embargo, la propia OIT reconoce enormes tareas pendientes y deudas sociales no resueltas. Fundamentalmente, que no se haya logrado erradicar la pobreza, como lo evidencian estos datos tan preocupantes: 800 millones de personas aún viven con menos de 3 dólares al día y una de cada cuatro carece de acceso al agua potable. El desequilibrio resultante sigue siendo una constante planetaria: el 1% más rico de la población mundial posee el 20 % de los ingresos y el 38% de la riqueza. En paralelo, la brecha entre la fuerza de trabajo masculina y la femenina mejoró muy poco desde 1995 y el índice de informalidad laboral se redujo apenas dos puntos porcentuales desde 2005, con un 58% de los trabajadores aún en empleo informal. Si de derechos humanos fundamentales se trata, la OIT constata un deterioro del derecho de asociación y de negociación colectiva, para mencionar tan solo dos.

Fatiga de Cumbres

A fines de mayo pasado, la agencia informativa IPS publicó un comentario analítico titulado “La Cumbre Social Mundial de 2025 no debe ser una oportunidad perdida”. Escrito a seis manos por Isabel Ortiz, Odile Frank and Gabriele Koehler, tres dirigentes femeninas de prestigio en instituciones internacionales miembros de la organización Justicia Social Global, el análisis señala que “En la sede de la ONU circulan rumores de que hay poca ambición en la Segunda Cumbre Mundial para el Desarrollo Social… (y que) diplomáticos y expertos hablan de una ‘fatiga de cumbres’ tras un calendario repleto de reuniones globales: la Cumbre de los Objetivos de Desarrollo Sostenible de 2023, la Cumbre del Futuro de 2024 y la Cuarta Conferencia Internacional sobre la Financiación para el Desarrollo de 2025” (https://www.un.org/pga/wp-content/uploads/sites/109/2025/04/Zero-Draft-clean-as-of-24-April-2025-12pm.pdf)

Además, deslizan que el Borrador de la Declaración Política de la Cumbre Social “carece de la ambición necesaria para enfrentar las múltiples crisis sociales que atraviesa nuestro mundo” (https://ipsnoticias.net/2025/05/la-cumbre-social-mundial-de-2025-no-debe-ser-una-oportunidad-perdida/).

Para estas tres coautoras, la realidad es contundente: “Hay demasiado en juego. El mundo ha cambiado dramáticamente desde la histórica primera Cumbre Social de 1995 en Copenhague. En aquel entonces, los líderes mundiales reconocieron la necesidad de un desarrollo centrado en el ser humano. Hoy, la urgencia ha crecido exponencialmente en un mundo fracturado y volátil”.

El punto clave del comentario es el análisis de la actual situación mundial, con una población que debe enfrentar múltiples crisis superpuestas: una policrisis pospandémica, una crisis del costo de vida que ha empujado a millones a la pobreza, la priorización del bienestar corporativo sobre el de las personas, un rápido deterioro democrático que agrava las desigualdades, una creciente emergencia climática y una prolongada crisis de empleo que, con toda probabilidad, se deteriorará drásticamente debido al uso de la inteligencia artificial (IA). Por otra parte, la confianza en los gobiernos y en las instituciones multilaterales se está erosionando, el descontento social y las protestas se multiplican y las desigualdades, tanto internas como internacionales, han alcanzado niveles grotescos. Por todo ello, coinciden, “Una declaración tímida [en la Cumbre de Catar de noviembre]… sería una traición a quienes siguen viendo en las Naciones Unidas un modelo de justicia y dignidad humana”.

¿Cómo evitarlo, se interrogan? Según ellas, la Declaración debe definir acciones vinculantes y compromisos explícitos para construir sociedades que funcionen y generen prosperidad para todos. Esto implica, entre otras iniciativas, “reducir las desigualdades de ingresos y riqueza que socavan profundamente la cohesión social, la gobernanza democrática y el desarrollo sostenible”. Además, reconocer la justicia de género como un pilar fundamental, sin la cual se estaría traicionando a la mitad de la humanidad y fracasando en su misión de promover los derechos humanos, la dignidad y el desarrollo sostenible.

Por otra parte, insisten Ortiz, Frank y Koehler, se debe garantizar servicios públicos universales y de calidad a través de sistemas financiados y gestionados con fondos públicos para proteger a los trabajadores, eliminar barreras a los servicios de calidad mediante una sólida inversión pública basada en una financiación más justa y proteger el desarrollo social de los recortes presupuestarios y la privatización.

Con respecto a la creciente precariedad de ingresos, proponen abordarla mediante la inversión en trabajo decente con derechos/estándares laborales y la extensión de sistemas y niveles de protección social universales. Y promover una economía del cuidado que apoye a la mujer y priorice el bienestar sobre el crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB). Conceptualmente, sostienen, se debe reconocer las limitaciones de los paradigmas centrados en el crecimiento y en cambio adoptar políticas orientadas a la sostenibilidad ecológica y el desarrollo equitativo. No menos esencial en este panorama reivindicatorio es el combate contra los movimientos anti-derechos y anti-género y la reafirmación de los compromisos globales con los derechos humanos y la democracia.

El avance hacia la justicia social mundial confronta al planeta a sus propias contradicciones sistémicas, entre un ideal de mayor redistribución –con Estados sociales más fuertes – y un sistema hegemónico centralizador en lo económico y excluyente y discriminatorio en lo social.

Se publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

22 de marzo de 2025

¿Se acuerda de hace cinco años?

Natalia Sobrevilla

Un testimonio personal nos recuerda cómo el mundo cambió tras el Covid-19

En marzo de 2020, hace cinco años exactos, enfermé de Covid-19. Fue antes de que en el Reino Unido —donde residía a tiempo completo— comenzara el confinamiento: recién se había declarado una pandemia mundial y en Perú se acababa de decretar un encierro que se creyó que sería por solo un par de semanas y que nos terminó afectando por un par de años. En su momento escribí un testimonio que publiqué en redes y que sirvió para calmar a algunas personas que no sabían lo que podían esperar del virus. Hoy lo comparto entero para recordarnos cuánta agua ha pasado bajo el puente:

«Nunca sabré cómo me contagie, ¿en el metro? ¿El tren? ¿El supermercado? ¿Me lo trajo uno de mis hijos del colegio? ¿Mi marido y mi otro hijo luego de esquiar en los Alpes? Al final da igual, en Londres está por todos lados. El viernes 13 de marzo fui por última vez de compras y me aislé, dedicada a leer las noticias del mundo con creciente fastidio ante quienes no hacían mucho caso. Tuve ganas de ir al yoga o al cine, pero decidí quedarme en casa y caminar por el parque, más de una hora cada día en absoluta soledad. El lunes celebré porque la universidad, finalmente, decidió que no habría clases presenciales y me puse a preparar clases online.

El miércoles, después de dos noches de dormir muy mal, tomé una siesta porque como nunca tenía un dolor de cabeza muy fuerte. Ese día habíamos ido finalmente al supermercado, que ya empezaba a verse un poco apocalíptico. Esa noche, después de preparar la comida, sentí cómo me subía la fiebre mientras comía. Mis hijos me acusaron de estar nerviosa, pero yo me conozco y no había tenido fiebre desde una salmonela en el 2003. No soy de enfermarme y no había tenido un resfrío en cuatro años, a pesar de que soy asmática.

El termómetro no mintió, 38° C. Me bajé la fiebre con el pañito mojado que recomendaba la abuela y otra vez dormí pésimo. Comencé el 18 de marzo y los días se volvieron una interminable rutina de medirse la temperatura, tomar paracetamol, tomar agua, tomar te de kion y limón. El agotamiento era infinito, dolor de cuerpo, de articulaciones, pasar el día entero en cama y no lograr descansar. Caminar unos cuantos pasos y agitarme. La única suerte que tuve fue tener poca tos y solo un par de noches llegué a asustarme un poco.

Mi marido y mis tres hijos adolescentes no han tenido un solo síntoma y me han cuidado todo este tiempo. Tendría que haber estado más aislada de ellos, pero la verdad es que en casa es difícil mantener la separación. Todos estamos confinados por 14 días y por suerte nos agarró con la refrigeradora y la despensa llenas, porque no podemos salir a comprar y aquí no hay delivery hasta mayo. Un amigo nos ayudó trayéndonos un poco más de paracetamol que consiguió de suerte en una farmacia, además de leche y huevos.

A los siete días me subió la fiebre a 39,2° y me sentí realmente muy mal: se supone que es en ese momento cuando se resuelve si es que mejoras o empeoras. Tuve suerte: al día siguiente me comenzó a bajar la fiebre y ya voy tres días recuperada. El cansancio ha sido mortal y todavía no logro hacer mi vida normal. Sigo sin apetito, comer ha sido lo más difícil y el mal sabor que me acompaña desde que comencé no se va, tengo llagas en la boca.

Pero ya estoy sana, y ya tuve el virus. Aquí solo toman exámenes a los que terminan en el hospital, yo ni me di el trabajo de pedir uno. Sé perfectamente lo que tuve y se supone que en el futuro tendrán una prueba de anticuerpos para que quienes ya lo hemos tenido podamos reconfirmarlo.

¿Qué he aprendido de todo esto? Que hay que quedarse en casa, porque uno puede contagiar desde antes de saber que lo tiene. Que no es mortal en la gran mayoría de los casos, pero igual es incómodo, y le pide mucho al cuerpo para luchar contra él. Cuídense y cuiden a los demás, pero sepan también que a esto se sobrevive ».

Pues bien.

Cinco años más tarde, ya no tengo marido. Ya no trabajo en esa universidad. Mis hijos se hicieron mayores y dos de ellos viven en otros países. Casi nada del mundo que conocí antes de la pandemia sigue en su lugar. Así como para mí, para muchos el cambio ha sido monumental: todos tuvimos que adaptarnos a una nueva manera de vivir, aunque poco a poco se fue comenzando a parecer a como era antes, algunas cosas —aunque imperceptibles— siguen siendo diferentes. Muchos perdieron a personas cercanas, casi todos tuvimos que despedirnos a lo lejos de gente a la que queríamos, y no pudimos abrazar a tantos de los que lo necesitaron. Nos tuvimos que acostumbrar a las pantallas, a la distancia, a las mascarillas, a las vacunas, pero en cuanto pudimos hicimos todo lo posible por olvidar cómo habíamos vivido suspendidos en el tiempo.

Ahora, a muchos se nos hace difícil pensar si algo ocurrió antes o después de la pandemia. El tiempo parece haberse hecho más elástico y esos momentos que pasamos confinados, en los que todo nos daba la impresión de haber ido más despacio, se mezcla y desdibuja porque los días eran muy parecidos los unos a otros. Ya no le tenemos miedo a la enfermedad, pues algunos ya la tuvimos más de una vez, y a ratos no nos acordamos siquiera cómo fue posible que el mundo se paralizara de esa manera: todo nos da la impresión de haber vuelto a la “normalidad”.

Pero ahora que han pasado cinco años, no olvidemos que esa normalidad en la que vivimos en muy precaria y se puede deshacer en cualquier momento. La zoonosis es una espada que pende sobre nuestra especie y los fondos para la investigación científica se han bloqueado en el país que más invertía en ella. Y tampoco olvidemos que, a pesar de las apariencias, el mundo no es el mismo y que todos vivimos aún con las secuelas de la pandemia.

https://jugo.pe/se-acuerda-de-hace-cinco-anos/

4 de mayo de 2022

El hambre es la tormenta perfecta, la verdadera bomba atómica

Gerardo Villagrán del Corral

En 2019, antes de la crisis derivada de la pandemia, había 650 millones de personas en el mundo sobreviviendo sin lo suficiente para comer. Un año después escalaron a 811 millones.

Si bien la pandemia de covid-19 fue una bomba atómica en materia de hambre, la guerra entre Rusia y Ucrania “es una crisis global y generalizada; una situación de grave inseguridad alimentaria en todo el planeta”, señaló Lina Pohl, representante en México de la Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO).

En América Latina el número de personas que viven con hambre aumentó en 13.8 millones durante el primer año de la pandemia y alcanzó un total de 59.7 millones. Sin embargo, la inseguridad alimentaria –que incluye a quienes no comen todos los tiempos o con insuficiente calidad nutricional– alcanza a 41 por ciento de la población ya sea en forma severa o moderada.

Una persona padece inseguridad alimentaria cuando carece de acceso regular a suficientes alimentos inocuos y nutritivos para un crecimiento y desarrollo normales y para llevar una vida activa y saludable. Esto puede deberse a la falta de disponibilidad de alimentos y/o a la falta de recursos para obtenerlos

En la región no hace falta comida. Con 650 millones de habitantes, América Latina y el Caribe produce lo suficiente para alimentar a mil 300 millones de personas. No es un tema de falta de producción, sino de falta de dinero en el bolsillo de los consumidores, según la FAO.

El panorama es más desolador si se considera a quienes padecen inseguridad alimentaria (no comer todos los tiempos o hacerlo con insuficiente calidad nutricional): cuatro de cada 10 latinoamericanos encaran este problema de forma severa o moderada.

La pandemia de covid fue una bomba atómica en materia de hambre. El número de personas en inseguridad alimentaria venía creciendo en todo el mundo por millones desde 2015, dado el aumento de precios de los alimentos. Pero ahora, con la guerra euroasiática, se configuró una tormenta perfecta. El índice de precios de alimentos llegó en marzo a su nivel más alto desde que hay registro, un promedio de 159.3 puntos por arriba del mismo periodo de 2014; y en un solo mes avanzó 17.9 puntos.

Si bien América Latina no tiene, hasta ahora, un problema de falta de comida –se produce lo suficiente para el doble de habitantes de la región–, manifiesta escasez en los bolsillos de las familias para adquirirla. En 2019, antes de la crisis derivada de la pandemia, había 650 millones de personas en el mundo sobreviviendo sin lo suficiente para comer. Un año después escalaron a 811 millones.

El conflicto se encuentra en que el encarecimiento impide a cada vez más personas adquirir los víveres necesarios, máxime en un contexto en que el alza de los precios se dio a la par de retrocesos en el nivel de empleo y en los ingresos de los hogares debido a las medidas adoptadas para frenar la propagación del coronavirus y a las crisis estructurales de las economías neoliberales de la región.

 “Estamos ahora en lo que llamamos una tormenta perfecta. Ya veníamos mal y la pandemia fue una verdadera bomba atómica en materia de hambre. Con esta nueva crisis entre Rusia y Ucrania, francamente de lo que hablamos ahora es de una crisis global y generalizada (…) una situación de grave inseguridad alimentaria en todo el planeta”, lamentó Pohl en declaraciones a la prensa

Según la FAO, tenemos ya los precios de los alimentos más elevados de los últimos 60 años, debido a que Ucrania es uno de los graneros del mundo y a que Rusia es el mayor productor de fertilizantes. La mezcla de la invasión, por un lado, y las sanciones, por otro, lleva a que la producción de alimentos y sus precios vayan a acabar gravemente distorsionados.

Y aunque África es la que se verá fuertemente golpeada -por su mayor dependencia de los cereales rusos-, América Latina no se salvará del impacto. En su declaración final, Eurolat –la asamblea de parlamentarios latinoamericanos y europeos- pidió intensificar los esfuerzos para fortalecer las cadenas de suministro de alimentos y la seguridad alimentaria, incluyendo la protección de las actividades de producción y comercialización necesarias para satisfacer la demanda nacional y mundial y la búsqueda de nuevos proveedores alternativos.

Rusia y Ucrania son dos grandes exportadores de granos básicos y la guerra entre ellos ha provocado un aumento en los precios internacionales de los comestibles.

Independientemente de que las economías latinoamericanas no tengan en esos mercados sus principales abastecedores, habrá un impacto en un momento en que los precios de los alimentos ya son altos y volátiles debido a la pandemia, a problemas logísticos y a los efectos del cambio climático como las grandes inundaciones y sequías.

Para las economías de América Latina y el Caribe, importadoras de alimentos y fertilizantes, esto es malo y presagia un aumento de los precios y escasez de productos. El escenario de guerra plantea un nuevo panorama, el encarecimiento y escasez de los fertilizantes presionará a la producción, alerta la FAO. A escala mundial se prevé que el uso de abono químico se reducirá hasta 13 por ciento.

Lo que necesitan los países de la región es una protección social vigorosa para ir en auxilio de las personas que van a resentir un impacto en su capacidad financiera para adquirir una alimentación nutritiva y saludable. Para ello es necesario organizar el sistema económico global desigual. Hoy la gente pasa hambre pese a que existen alimentos suficientes para garantizar la nutrición de todos y el obstáculo al más elemental de los derechos es no librar todos los ámbitos de la vida a los mecanismos del mercado.

Gerardo Villagrán del Corral. Antropólogo y economista mexicano, asociado al Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE)

3 de mayo de 2022

Perú: FUNESTO “MINISTRO” DE SALUD

Ronald Gamarra

Como sabemos, la pandemia cogió al sistema de salud peruano en muy mala situación, resultado de décadas de negligencia. Ante el embate del covid, el cuerpo médico y sanitario se batió como pudo y con lo poco que tuvo, sufriendo graves pérdidas humanas. Todo fue inútil, el sistema de salud colapsó pronto y cayó en un hondo desconcierto, que se profundizó aún más con las maniobras politiqueras de un Congreso irresponsable que impuso al aventurero Merino en plena negociación de las vacunas anticovid, precipitando su fracaso.

Así empezamos el 2021 sin vacunas disponibles en el pico más desesperado de la pandemia, ad portas de la segunda ola que resultó más letal que la primera, y por si fuera poco con un escándalo de vacunación a ocultas de gente con vara que podía lograr el acceso a las escasas dosis “de cortesía” de un estudio de tercera fase. En ese momento, estábamos en nada, situados a la cola de toda América, sin perspectivas. Lo peor es que no nos faltaban los recursos económicos y humanos. Los teníamos. Había dinero en caja para comprar vacunas y personal entrenado en décadas de inmunización masiva.

Entonces fue que, paso a paso, el gobierno de Francisco Sagasti y su ministro de Salud, Óscar Ugarte, respaldados por el equipo ministerial, organizó una robusta reacción ante el caos y en pocos meses no solo disponíamos de vacunas tan difíciles de conseguir en esos momentos (y peor con nuestro retraso en negociar), la mayor parte de ellas de última generación, producidas con la técnica más avanzada del mundo. Paralelamente, la administración transitoria organizó la vacunación masiva, empezando por el personal de primera línea y los más expuestos: los adultos mayores y las personas con comorbilidades.

Al entregar la presidencia en julio, Sagasti había logrado cambiar radicalmente la situación. Ya no estábamos a la cola sino entre los primeros del continente en vacunación y rapidez en el avance del proceso de inmunización. Todo esto se logró en apenas seis meses, enfrentando el feroz sabotaje de la ultraderecha irresponsable, atrincherada en posiciones antivacuna, interesada solamente en boicotear todo por mezquino cálculo político. El gobierno había demostrado que el sector Salud podía hacer las cosas bien, muy bien, en situaciones críticas y remontar un panorama adverso.

Entonces asumió la presidencia Pedro Castillo e hizo al inicio algo que representa tal vez su mayor y único acierto en nueve meses de gobierno: nombrar un ministro como Hernando Cevallos que dio continuidad profesional a los procesos emprendidos por el sector Salud, sobre todo en el de inmunización en marcha, ratificando a los funcionarios y al personal a cargo. Los resultados de esta decisión fueron muy favorables. El proceso de vacunación no solo no se interrumpió (lo que hubiera sido un desastre autoinfligido) sino que alcanzó nuevos y más altos niveles de éxito.

El asalto al Ministerio de Salud

Pero todo se fue a la mierda cuando, a inicios de este año, el engreído señorón Vladimir Cerrón decidió hacer del Ministerio de Salud su chacra personal, como ya lo había hecho con otros ministerios, y Pedro Castillo, de manera sumisa y pusilánime, se lo entregó, sacando de mala manera a Hernando Cevallos. Como todos sabemos, lo primero que se le ocurrió a Cerrón, quien es el que verdaderamente hace y deshace en el gobierno a través de los chupes que impone como ministros en varias carteras, fue invadir el Ministerio de Salud con su gente, sus incondicionales, sus ayayeros, sin importar que carezcan de la menor preparación profesional compatible con los altos cargos para los cuales se les nombra alegremente.

Esta toma por asalto del Ministerio de Salud la simboliza el nombramiento del ministro Hernán Condori, un personaje inefable, vendedor de curaciones milagrosas, embustero, sin la capacidad para dirigir ni un botiquín. Y lo primero que hizo la nueva gestión impuesta por Cerrón con la anuencia de Castillo fue desmantelar la alta dirección del ministerio, su comité científico, sus mejores asesores, los equipos responsables de la dirección del proceso de inmunización, y reemplazarlos por otros tan incapaces como Condori, pero con carnet partidario de Perú Libre.

Censurado el ministro Condori por un Congreso que dudó mil veces antes de hacerlo, demostrando su capacidad de connivencia con el cerronismo y el desmadre del Estado, Cerrón y Castillo nombraron nuevo ministro al viceministro de Condori, Jorge López, precisamente el factótum del desmantelamiento en tiempo récord de la dirección del Ministerio de Salud anterior a la llegada de estos improvisados. Toda una burla en regla, que el Congreso ha preferido vergonzosamente ignorar hasta el momento, especialmente la vociferante ultraderecha.

Desde el 8 de febrero, fecha de la toma del Ministerio de Salud por los pinches de Cerrón, Hernán Condori y Jorge López, en apenas diez semanas, han demolido lo que tanto costó avanzar, ordenar y reconstruir. Precisamente cuando esperábamos que el ministerio asumiera nuevas tareas además de la inmunización, volvemos a fojas cero y desandamos irresponsablemente el camino arduamente hecho. Por pura mezquindad, por satisfacer las ansias de poder de un megalómano como Vladimir Cerrón, que no es un revolucionario como pretende con su fraseología oportunista, sino un cacique, un gamonal, que quiere chupes y repartir puestos y prebendas a sus incondicionales.

Cómo destruir un ministerio en diez semanas

En primer lugar, el proceso de inmunización se ha venido abajo. La asistencia a los vacunatorios ha caído al mínimo justamente cuando se estaba avanzando a buen ritmo en la generalización de la tercera dosis. Esa secuencia ha quedado trunca, cuando ya faltaba tan poco (aunque requería un redoblado esfuerzo) para completarla. Hay, en particular, una cantidad significativa y preocupante de adultos mayores que no ha redondeado su esquema de tres dosis o incluso no tiene ninguna. A Cerrón y Castillo les tiene sin cuidado. Ellos solo piensan en la repartija de puestos y el acceso a los presupuestos de salud para hacer y deshacer como les venga en gana.

La vacunación de los niños de 5 a 12 años ha sido un absoluto fracaso que no tenía por qué ocurrir. Todo estaba previsto para inmunizar a no menos del 80 % de niños antes del inicio de clases, pero precisamente en ese momento Castillo y Cerrón metieron la manaza en el ministerio y desmantelaron sus equipos dirigentes. El resultado es que ahora nos dicen que solo hacia el final del año se llegará a vacunar al 80 % de los niños entre 5 y 12 años. La verdad es que, con la gente tan incompetente que está a cargo, ni siquiera eso es seguro.

Se ha cometido la inadmisible negligencia (aunque no extrañaría que fuese dolosa) de permitir el vencimiento de cientos de miles de dosis de vacuna por no haber sido aplicadas a tiempo, por no programar debidamente su distribución y aplicación, por no convocar a las personas con la estrategia de comunicación adecuada. Perder tantas vacunas y estar en peligro de perder muchas más si no hay reacción a tiempo es un derroche de recursos imperdonable, una irresponsabilidad que merece sanción, pero en el gobierno de Castillo no pasa nada con este escándalo.

La fresa de esta torta fermentada ha sido el reciente inicio de la vacunación, anunciada con bombos y platillos, de la dosis de refuerzo (llamada cuarta dosis) para el personal de primera línea (médicos, enfermeras, bomberos, policías) y los adultos mayores. El proceso abortó porque un enorme número de vacunados, sobre todo médicos, cayeron con fuertes cuadros de reacciones adversas, que triplicaban el índice de estos casos que se presentaron en la administración de las dosis anteriores. Y todo porque los ineptos que dirigen el ministerio dispusieron aplicar el doble de la dosis recomendada. Estos irresponsables ni siquiera revisan las indicaciones del laboratorio que provee la vacuna.

El comunicado con el cual el ministerio respondió a este hecho escandaloso es un monumento al descaro y el cinismo como no tiene igual. Con ello culminan la demolición de la credibilidad que el Ministerio de Salud había ganado merecidamente durante el último año y sabotean a fondo el proceso de vacunación que va quedando definitivamente trunco debido a las burradas del “equipo” impuesto por Cerrón y Castillo. La población tiene derecho a depositar su confianza en las autoridades. Qué confianza puede haber en quienes aplican el doble de la dosis indicada y causan innecesario perjuicio a quienes acuden a vacunarse de buena fe, y ni siquiera se disculpan por el grave estropicio cometido.

Y ahora la gripe porcina

Para colmo, se acaba de detectar un brote alarmante de influenza AH3N2, la denominada gripe porcina, que fue pandemia en el año 2009, aunque entonces apenas llegó al Perú. Ahora está en nuestro país. Empezó en la Escuela Técnica del Ejército, con decenas de contagiados y se informó de un estudiante fallecido. Ahora se informa de más brotes en otros puntos del país. Esto ocurre cuando, sin mayor sustento técnico, se levantan totalmente las restricciones de aforo y se propicia el abandono de la mascarilla. La gripe porcina es peligrosa e incluso letal para las personas de riesgo, pero felizmente más fácil de contener que el covid. ¿Estará la actual gavilla que hace y deshace en el Ministerio de Salud en la posibilidad de contener a tiempo este brote? ¿Podría hacer frente a una nueva ola de covid? Obviamente no.

Indudablemente el gobierno de Castillo y el Congreso se muestran ineptos para sacar al país de las crisis sucesivas que está viviendo: pandemia, inflación, escasez de fertilizantes y alimentos, posible hambruna a corto plazo en el campo. Hay que ir a nuevas elecciones generales. Pero en lo inmediato, es necesario hacer algo para sacar a Cerrón del gobierno, especialmente del Ministerio de Salud. Está en juego la vida y la integridad física de las personas, que se añadirán a las 220 mil víctimas mortales del covid si no hacemos algo a tiempo. Por la salud del Perú, hay que torcerle el brazo a Castillo para, al menos, echar del gobierno a Cerrón, nefasto “ministro” de Salud.


Fuente:
HILDEBRANDT EN SUS TRECE N°583, del 29/04/2022   p14

12 de febrero de 2022

Salud mental 2021: las consecuencias psíquicas de la pandemia

Elena Sanz     (The Conversation)

Antes de que empezara la pandemia de covid-19, el mundo ya vivía inmerso en una profunda crisis de salud mental. Pese a que al menos la cuarta parte de la población estaba destinada a padecer enfermedades mentales a lo largo de su vida, las autoridades sanitarias no tomaban las medidas proporcionales a la gravedad del asunto. Y la situación generada por el nuevo coronavirus no hizo sino empeorar las cosas.

El aislamiento físico al que se vio sometida la población, sumado al pavor y al desconcierto por los efectos inmediatos del virus sobre la salud, fueron dos de los principales detonantes. Pero también contribuyeron los problemas económicos, la desinformación y los rumores (a menudo angustiosos) sobre todo lo que rodea a la covid-19.

Sin olvidar que exponerse a información contradictoria, poco fiable o centrada únicamente en aspectos negativos de la situación puede llegar a generar problemas de salud mental tales como depresión o ansiedad.

Niños, adolescentes y sanitarios, los más afectados

Los que se han llevado la peor parte de este peaje psíquico de la pandemia han sido los niños y los adolescentes. Sin el entorno estructurado de la escuela, y tras perder las rutinas familiares y la posibilidad de practicar deporte, o incluso de salir con amigos, han sufrido consecuencias adversas más prolongadas e intensas. Los trastornos de la conducta alimentaria y las tentativas de suicidio han sido las estrellas en las franjas de edad adolescentes y juveniles.

Tampoco le ha ido demasiado bien al personal sanitario de primera línea, que entre otras cosas ha sido víctima de la fatiga por compasión. Se trata de una forma de estrés secundaria de la relación de ayuda terapéutica, que se presenta cuando se desborda la capacidad emocional del profesional sanitario para hacer frente al compromiso empático con el sufrimiento del paciente.

Fuera tabúes

La parte positiva de todo esto es que en 2021 hemos hablado tanto de salud mental que se han empezado a desdibujar muchos tabúes. Con la atleta olímpica Simone Biles pusimos sobre la mesa lo vulnerables que somos ante los acontecimientos de la vida. Y con el adiós de la actriz Verónica Forqué, hablamos al fin de suicidio (y de cómo detectarlo antes de que sea tarde) sin pelos en la lengua.

También hemos roto este año con esa especie de pacto tácito de no mencionar la depresión, la enfermedad mental de mayor incidencia a nivel mundial. Además de que parece que al fin empezamos a entender que pedir ayuda profesional si lo necesitamos no nos hace más débiles sino todo lo contrario: es una fortaleza.

Aunque no hemos alcanzado ni de lejos las metas de salud mental fijadas para 2020 por la Organización Mundial de la Salud, esta no pierde la esperanza y nos ha concedido una generosa prórroga. Tenemos hasta 2030 para conseguir que el acceso a una atención de salud mental de calidad sea universal. Ojalá no perdamos la oportunidad de dar este importante paso de una vez por todas y adelantarnos a lo que está por venir, como la ecoansiedad, ese miedo crónico a un colapso medioambiental que los expertos auguran que emergerá en cuanto se suavice la pandemia.

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation.

23 de enero de 2022

La desigualdad económica mundial está exacerbando la pandemia y matando a millones de personas

Amy Goodman y Denis Moynihan

La organización Oxfam informó esta semana que los diez hombres más ricos del mundo duplicaron su riqueza durante la pandemia —de 700 mil millones a 1,5 billones de dólares—, mientras que los ingresos del 99% de la población mundial disminuyeron. La organización declaró al respecto: “Las crecientes desigualdades económicas, de género y raciales, así como la inequidad que existe entre países, están destrozando nuestro mundo”. Mientras tanto, la asamblea anual del Foro Económico Mundial, que suele celebrarse en la ciudad de Davos, se está llevando a cabo de forma virtual por segundo año consecutivo debido a la pandemia. Los millonarios y multimillonarios son tradicionalmente invitados a la conferencia de Davos para que aporten sus ideas y reflexiones sobre los problemas actuales, desde el cambio climático catastrófico hasta la COVID-19. Más allá de lo que se debate en este cenáculo virtual, Oxfam señala que, en el mundo real, la desigualdad mata a una persona cada cuatro segundos.

La desigualdad económica también asola a Estados Unidos. El obispo William Barber, copresidente de la Campaña de los Pobres, dijo a Democracy Now! al día siguiente del feriado que conmemora el nacimiento de Martin Luther King: “Tiene que haber un cambio moral en este país; tiene que haber un cambio en el poder. Como dijo Martin Luther King, el verdadero problema que siempre hemos tenido en relación con los derechos electorales es el miedo que tiene la aristocracia a que las masas de personas pobres y de bajos recursos —tanto negras como blancas— se unan para votar una alternativa que cambie la arquitectura económica del país. […] De hecho, en 1967, el Dr. King dijo: 'Los problemas de injusticia racial y económica no pueden resolverse sin una redistribución radical del poder político y económico'”.

El obispo Barber ha consolidado el legado de Martin Luther King durante años y afirma que el camino hacia un cambio progresista radica en organizar a las personas pobres y de bajos recursos. Barber yuxtapone la rápida aprobación en el Congreso de los paquetes de ayuda económica por el coronavirus favorables a las empresas con el reciente fracaso en la aprobación del plan de gastos públicos Reconstruir Mejor y los proyectos de ley sobre el derecho al voto:

“Cuando se trata de las empresas, obtienen todo lo que piden. Querían cuatro o cinco billones de dólares, y obtuvieron cuatro o cinco billones de dólares. Los multimillonarios ganaron dos billones de dólares en los primeros 20 meses de la pandemia del coronavirus y continúan aumentando sus fortunas. Cuando se trata de temas como la pobreza y el derecho al voto, en primer lugar, bifurcamos esos temas de una forma en que las fuerzas opresoras nunca los bifurcan. Luego, hacemos concesiones una y otra vez en lugar de pelear [por lo que reclamamos]. A la larga, si no tenemos cuidado, será como si Frederick Douglass, en su lucha contra la esclavitud, se hubiera conformado con tener solo un fin de semana largo en lugar de la emancipación y la libertad definitivas”.

La pandemia de COVID-19 ha profundizado la desigualdad a escala global. La mayoría de los países ricos han vacunado a más del 70% de su población, mientras que en muchos países pobres, especialmente en África, las tasas de vacunación aún están por debajo del 10%. La Organización Mundial de la Salud señala en su sitio web: “El fracaso mundial en el reparto equitativo de las vacunas está pasando factura a algunas de las personas más pobres y vulnerables del mundo. Las nuevas variantes preocupantes hacen que los riesgos de infección hayan aumentado en todos los países para las personas que aún no están protegidas mediante vacunación”. Podrían surgir nuevas variantes más agresivas de este virus que no respeta fronteras. Mientras haya gente que aún esté en riesgo por la COVID-19, todos permaneceremos en riesgo.

La organización Public Citizen publicó un informe detallado en mayo de 2021 sobre cómo se podrían producir ocho mil millones de dosis de vacunas de ARN mensajero en un año por un estimado de 23.000 millones de dólares, siempre y cuando los titulares de las patentes de las vacunas, como las empresas Pfizer y Moderna, cooperaran. Public Citizen denomina a la vacuna contra la COVID-19 de Moderna, ”NIH-Moderna”, en referencia a las siglas en inglés de los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos, NIH, cuyos científicos desempeñaron un papel clave en el desarrollo de esa vacuna tan necesaria para salvar vidas, así como también por la gran inversión de fondos públicos que se hizo para apoyar su desarrollo.

Las ganancias que producen las vacunas han generado al menos nueve nuevos multimillonarios vinculados a las empresas Moderna y BioNTech, así como también a la farmacéutica china CanSino. Estas personas suman entre ellas una nueva riqueza de más de 19.000 millones de dólares, según la Alianza Vacuna para el Pueblo. Otros ocho multimillonarios que invirtieron en estas corporaciones también obtuvieron una fortuna extra combinada de 32.000 millones de dólares. Según Oxfam, las empresas Pfizer-BioNTech y Moderna —o ”NIH-Moderna”, como la denomina Public Citizen— ganan 1.000 dólares por segundo, mientras que miles de millones de personas en todo el mundo siguen sin vacunarse o solo han recibido una dosis de la vacuna.

Hasta ahora, ni los debates del Foro Económico Mundial de Davos, ni la filantropía combinada de los más de 2.755 multimillonarios del mundo han logrado vacunar a las y los pobres del mundo. Es por eso que se ha formado una amplia coalición de movimientos sociales a nivel mundial que insta a los Gobiernos del mundo a cobrar impuestos a los ricos.

“Es hora de imponer un impuesto sobre el patrimonio a los superricos y a los multimillonarios del mundo”, escribió Chuck Collins, del Instituto de Estudios Políticos (IPS, por sus siglas en inglés) y la Alianza para la Lucha contra la Desigualdad, al presentar su informe titulado “Gravar la riqueza extrema”. Agrega Collins: “No se trata simplemente de recaudar impuestos para vacunar a las poblaciones de todo el mundo e invertir en sistemas sólidos de salud pública. Se trata también de un impuesto a la riqueza para salvar a la democracia de la concentración extrema de riqueza y poder”.

El informe de Collins estima que un impuesto escalonado a las personas cuyos patrimonios superen los cinco millones de dólares recaudaría 2,5 billones de dólares anuales. Esos fondos podrían ayudar a contener esta pandemia, invertir en medidas de salud pública para prevenir nuevas pandemias en el futuro, y sacar a millones de personas de la pobreza. Impongan impuestos a los ricos.

© 2022 Amy Goodman

Traducción al español de la columna original en inglés. Edición: Democracy Now! en español, spanish@democracynow.org

Amy Goodman. Conductora de Democracy Now!, un noticiero internacional que se emite diariamente en más de 800 emisoras de radio y televisión en inglés y en más de 450 en español, entre las que está Radio PRODEMU FM. Es co-autora del libro “Los que luchan contra el sistema: Héroes ordinarios en tiempos extraordinarios en Estados Unidos”, editado por Le Monde Diplomatique Cono Sur.

19 de enero de 2022

La triste niñez de la pandemia

Carolina Vásquez Araya

Las actuales condiciones de vida ponen límites al desarrollo de la niñez.

Lo dijo mi amiga Susana: “Cuando vemos a diario a los niños no alcanzamos a percibir cuánto ha cambiado su comportamiento. Están tristes”. Esta observación puntual me ha hecho reflexionar sobre el impacto del entorno durante la etapa más importante del desarrollo de la niñez y cómo las condiciones restrictivas -en términos económicos y sociales- se han transformado en una especie de cepo, cuya imposición ha acabado con el juego, la interacción entre pares, la diversión y el estímulo físico y psicológico propios de la libertad de movimiento. A ello, añadir la tensión implícita de una situación a la cual no estamos acostumbrados e invade todos los espacios íntimos,  condicionando nuestro humor y, por ende, nuestras actitudes.

Muchas veces medimos los acontecimientos de acuerdo con la vara más conocida. Es decir, nos resulta mucho más fácil establecer rangos de comparación con nuestra percepción y un específico estilo de vida. Poca, o casi nula, es la capacidad de empatía necesaria para ponernos en el sitio de otros, menos afortunados, y tendemos a rebajar el impacto del nuevo escenario ignorando a propósito su poder en la vida de los demás.

Estamos ingresando al tercer año de una realidad de la cual lo desconocemos todo. Nos atacó una pandemia que ha puesto de cabeza todo lo conocido y de la cual no tenemos la medida exacta. Es decir, se ha desatado una infección viral desconocida hasta para el gremio de la salud, que se ha visto sobrepasado no solo por sus consecuencias, también por un cúmulo de informaciones contradictorias y opacas. Si eso sucede entre los expertos, es fácil colegir cómo ha complicado la vida de las familias.

Pero volvamos al tema más importante, el de una niñez triste y sin motivación. Una niñez a la cual le han cortado las alas, le han quitado la libertad de movimiento, la han encerrado entre cuatro paredes -una vivienda popular tiene un promedio de 60 metros cuadrados para una familia de 4 o 5 integrantes- y le han limitado la interacción con sus pares y con el espacio público. Si a eso se añade la tensión originada por la potencial pérdida del empleo o la carencia de recursos económicos para afrontar la crisis, el plato está servido.

Hay que pensar en cómo adecuar lo de hoy para no afectar el mañana.

En términos generales, estamos inmersos en una situación desconocida y, ante sus desafíos, lo menos importante termina siendo la salud mental de la infancia. Aun cuando esto suena extremadamente cruel, la mente del adulto promedio tiende a considerar a los más pequeños como un material flexible que aguanta con todo. Pocos se detienen a reflexionar sobre la trascendencia de una infancia feliz como plataforma esencial para el desarrollo de un ser pleno, tanto física como intelectual y psicológicamente, y esto es porque tampoco la tuvieron. Entonces, simplemente se aplican los criterios establecidos por las autoridades sanitarias y se deja para después el esfuerzo de compensar adecuadamente las carencias que ello implica en la vida de los más jóvenes.

La infancia triste será una de las peores caudas de esta situación incomprensible a la cual nos enfrentamos sin herramientas propias. Vamos hacia adelante a ciegas, avanzando y retrocediendo a medida que el estamento científico tantea, a ciegas, un esquema apropiado de conducta. En medio se deslizan los miedos, las desconfianzas y la sospecha de que ya nada volverá a ser como antes. Sin embargo, como adultos acostumbrados a las dificultades propias de un sistema cada vez más hostil, poseemos la capacidad de adaptación. Otra cosa es la perspectiva para las niñas, niños y adolescentes privados de los recursos esenciales para desarrollar todo su potencial. Vivir confinados, estudiar frente a una pantalla -eso, para los más privilegiados- o compartir a duras penas con sus hermanos un teléfono celular para comunicarse con su maestra mientras se les impide jugar con sus amistades y se les mantiene privados de los estímulos de una vida al aire libre, es una fuente constante de frustración y tristeza. Las consecuencias de este nuevo esquema son imprevisibles.

@carvasar

11 de enero de 2022

Negacionistas en jaque

Marcelo Guardia Crespo

La invención del conocimiento científico significó para el mundo occidental un paso gigante hacia la conquista de la verdad. Pasaron los siglos y los cuestionamientos se multiplicaron desde diferentes perspectivas. Los más serios se generaron dentro del mismo campo científico donde se constató que las certezas de la física y la biología no eran absolutas. Pero las visiones más pobres volvieron a la subjetividad de las creencias sin fundamento. Los detractores de las vacunas son el vivo ejemplo de ese curioso retroceso en tiempos de pandemia. En plena sociedad de la información millones de personas se resisten por desinformación y un toquecito de irresponsable egoísmo.

La ciencia puede ser cuestionada en muchos aspectos. Pero sigue siendo el ámbito que desarrolla métodos sistemáticos que solventan el conocimiento que producen. Todo el progreso y los avances tecnológicos de los que disfrutamos se deben a la ciencia. No así a las creencias y supuestos que circulan en ámbitos aferrados a la especulación. La pandemia sorprendió a todos y desafió a los científicos a crear vacunas y remedios que mitiguen esta imprevisible y mutante enfermedad. Organismos internacionales validaron varias vacunas producidas en menos de un año. La inmunidad total o parcial comenzó a proteger importantes sectores de la población mundial. Pero muchos optaron por decir “no a las vacunas”.

Algunas explicaciones son relativamente razonables y otras son tristemente argumentadas. “Yo me curo con la medicina ancestral”. Es una posibilidad muy limitada por la agresividad del virus. “Existen intereses comerciales detrás de las vacunas”. No hay nada en el mundo global fuera del mercado. Podemos acceder a bienes culturales pagando ingresos o comprando libros. Ni la televisión local es gratis. “No sabemos lo que tienen las vacunas”. Bastaría con googlear para saberlo de manera básica. Mejor si accedemos a revistas científicas. Tampoco sabemos lo que tiene la comida y los otros remedios. “Las vacunas no funcionan”. Los hechos empíricos y las estadísticas demuestran que alrededor de 80% de las personas que llegan a UTI no se vacunaron. “No creo en las vacunas en general”. La ciencia no es para creer es para conocer lo desconocido. “El coronavirus no existe”. Desinformación es ignorancia. “He pasado la enfermedad y estoy inmunizado”. El virus se transforma y ataca de diferentes maneras. Eso se conoce como “variante”. “Tengo motivos religiosos o éticos”. Algunas religiones se aferran al oscurantismo medieval basadas en la manipulación de personas desinformadas. “Inyectan un microchip para controlarnos”. “Las monedas se pegan en el brazo”. Todavía no se inventaron aparatos en estado líquido. “Producen esterilidad”. “Te convertirán en homosexual”. Ignorancia radicalmente deplorable.

Existe miedo a lo desconocido. Hay incertidumbre por los errores cometidos por las instituciones y los medios de comunicación que incumplieron su rol de informar con veracidad desde el inicio de la pandemia. Desconfianza hacia el Estado porque utiliza vergonzosamente la pandemia para fines proselitistas. A eso se suma la infodemia que satura redes sociales y a veces se filtra en ciertos periodismos.

Pero lo incomprensible es que haya gente negando su pertenencia a una comunidad de la cual depende. La enfermedad se transmite en cadena. No es posible asumir ese aislacionismo egoísta e irresponsable que contribuye a que personas inocentes corran el riesgo de contagiarse o morir. No es justo que médicos y enfermeras estén con Covid-19 porque tuvieron que atender a despistados negacionistas. No está bien que el Estado siga gastando dinero público para curar personas sin argumentos ni solidaridad con su propio entorno familiar y social.

Los hechos han demostrado que la ciencia y sus avances son el asidero del que el Estado y la sociedad civil deben aferrarse. Esto incluye al periodismo que por sus compromisos económicos y políticos suele extraviarse de su obligación al no informar con veracidad y precisión a la sociedad. Hace falta información y educación más que medidas coercitivas que huelen a autoritarismo. El Gobierno podría hacer campañas útiles en vez de gastar la plata en favor de las fakes que inventan sistemáticamente. Los negacionistas saben que la cuarta ola sería distinta si se hubieran vacunado. A eso se suma que deben presentar certificado de vacuna para ingresar a lugares públicos. Están en jaque. Pudieron haberlo evitado.

2 de enero de 2022

2021, un año de economía pandémica

Hedelberto López Blanch

El 2021, al igual que el 2020, ha sido un año marcado por la pandemia de coronavirus Sars-Cov-2 que restringió las posibilidades económicas a la mayoría de las naciones del mundo y que también incrementó las diferencias entre los países pobres y los más desarrollados al acaparar, estos últimos, el 75 % de las vacunas producidas en el orbe.

Esto ha provocado el resurgimiento de nuevas cepas como la Delta y la Ómicron que amenazan con seguir prolongando la crisis económico-financiera mundial con el consecuente cierre de empresas, grandes limitaciones al turismo y el incremento del desempleo.

Desde diciembre de 2019 (cuando se descubrieron los primeros brotes en China) hasta 20 de diciembre de este 2021, se habían contagiado en el orbe 274 329 250 personas y fallecidas 5 368 065, mientras a la cabeza de estos desastrosos datos aparece Estados Unidos con alrededor de 51 millones de infectados, más de 805 220 muertos y en este año tendrá un pobre crecimiento estimado en 2,5 y 3 % del PIB.

Pésima distribución de vacunas

Pese a los constantes llamados del director general de la OMS Tedros Adhanom Ghebreyesus para que los países desarrollados e industrializados suministren vacunas contra el coronavirus a las naciones pobres, la situación sigue estancada por la ambición de los más ricos. También está en crisis el mecanismo Covax de la ONU pues de las 700 millones de dosis que deben entregarse, solo han llegado unas 160 millones. Eso motiva que el virus mute constantemente con el peligro de que el contagio continúe por todo el orbe.

La pandemia incrementó la desigualdad

La Organización no Gubernamental inglesa Oxfam denunció que la pandemia ha incrementado la desigualdad abismal entre las personas a nivel mundial cuando el 1 % más rico de la población posee más del doble de riqueza que 6 900 millones de habitantes. En los últimos dos años de epidemia se ha producido una aceleración del proceso de concentración de rentas y riquezas que arrancó con las desregulaciones y privatizaciones en la década de 1980.

Recuperación económica entre bambalinas


Aunque organismos como el FMI y Banco Mundial indican que la economía del orbe crecerá entre 5 % y 5,5 % este año, y América Latina también en cerca de 5 %, las dudas han crecido con la aparición de nuevas variantes del virus como Ómicron que podrían detener los avances obtenidos en los últimos meses. De todas formas la diferencia en las cifras se harán sentir entre las naciones ricas y las más pobres, pues estas últimas, a excepción de algunas, continuarán con poco o ningún crecimiento de su Producto Interno Bruto.

Sin solución el cambio climático

La cumbre contra el cambio climático (COP 26) realizada en Glasgow, Gran Bretaña, concluyó con un leve avance para el logro de un acuerdo mundial que reduzca los gases de efecto invernadero. El secretario general de la ONU, Antonio Guterres señaló “es un paso importante, pero insuficiente. Nuestro frágil planeta pende de un hilo. Seguimos tocando la puerta de la catástrofe climática. Es hora de entrar en modo de emergencia o nuestra posibilidad de alcanzar las cero emisiones netas será prácticamente nula”.

América Latina en un limbo

La covid 19 ha incrementado los enormes problemas de los ciudadanos que están atrapados entre la alta desigualdad entre ricos y pobres, el bajo crecimiento económico y las ineficaces políticas de protección social que implementan los regímenes neoliberales. Aunque la CEPAL indica que la región crecerá cerca del 5 % añade que la crisis pandémica agudizó los problemas estructurales, la baja inversión y productividad, informalidad, desocupación, desigualdad y pobreza.

Las despreciables extorsiones de Estados Unidos

Cuando el mundo pensaba que las políticas de extorsiones y de guerra fría lanzadas por la administración estadounidense de Donald Trump concluirían con su salida, la frustración ha sido grande al observar que el nuevo residente de la Casa Blanca, Joe Biden, continúa y hasta impulsa nuevas agresiones contra más de 20 países como China, Rusia, Bielorrusia, Zimbabwe, Yemen, Sudán del Sur, Cuba, Venezuela, Nicaragua, Turquía o Irán en el vano intento de preservar un mundo unipolar. Mientras esto sucede en política internacional, dentro del país existen más de 55 millones de pobres y 58 millones que carecen de seguro médico, situación que se incrementó con la pandemia.

Se recrudece el bloqueo

Con la espuria concepción de que Latinoamérica es su patio trasero y en aras de destruir los procesos democrático-sociales establecidos en Cuba, Venezuela y Nicaragua, Biden  ha impulsado las agresiones económico-financieras de todo tipo contra esas naciones por lo que esos gobiernos han tenido que realizar ingentes esfuerzos para sostener los programas sociales y la alimentación de sus pueblos.

Indolencia con los inmigrantes

Este año continuó el desborde de emigrantes de naciones pobres hacia otras más desarrolladas en busca de aliviar las penurias que provocan las guerras, el desempleo, la desatención sanitaria, pobreza, la pandemia y las políticas neoliberales que aplican muchos gobiernos. Las caravanas de miles de personas hacia la frontera estadounidense, para lo cual atraviesan varios países, se han hecho casi cotidianas con saldo de numerosos muertos y desaparecidos. Igualmente, desde África y Medio Oriente, las personas se lanzan a cruzar las furiosas aguas del Mediterráneo en el intento de alcanzar las costas europeas. Es un desastre humano que no ha tenido solución por parte de las antiguas metrópolis ni de los organismos internacionales.

China y Rusia aceleran crecimiento

Con un intercambio comercial en 2021 de 130 000 millones de dólares y un crecimiento del PIB de 4,2 % para Rusia y alrededor del 7 % para China, estos dos gigantes, pese a las “sanciones” estadounidenses, apuestan por un mundo multipolar. En las transacciones apuestan por el uso de sus monedas nacionales y han sido dos pilares en aras del mejorar los estragos de la epidemia de la economía mundial.

La Unión Europea a la baja

Muchas dificultades y traspiés han tenido durante todo el año las naciones de la Unión Europea para tratar de levantar sus economías las que se han visto afectadas por la pandemia, las bajas producciones, la falta de empleo y la salida de Gran Bretaña de la Unión. La postura de sus dirigentes de seguir al pie de la letra los dictámenes emanados desde Washington contra diversos países del mundo les ha ocasionado bajas en el comercio internacional y enorme daño a sus economías.    

La ASEAN sigue adelante

Los diez integrantes de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN)  han logrado evadir los efectos negativos de la pandemia por lo que se estima que su crecimiento alcanzará entre el 4 % y 4,4 % en 2021. De gran beneficio ha sido la conformación desde 2020 de la Asociación Económica Integral Regional (RCEP) que engloba a 15 naciones de la región Asia Pacífico que poseen un tercio de la economía del planeta, con un PIB de unos 26,2 billones de dólares y cerca de 2 200 millones de consumidores en la región con mayor crecimiento del mundo.

África el más sufrido

Las poblaciones del continente africano son las que más han sufrido este año debido a la imposibilidad de adquirir las necesarias vacunas contra el coronavirus y la desidia de las naciones pudientes para ayudarlos. La caída del comercio, el desempleo y las enfermedades han hecho mella en la mayoría de los pueblos africanos que además sufren las consecuencias del cambio climático que provoca sequías y el brote de plagas que destruyen sus cultivos.

Hedelberto López Blanch. periodista, escritor e investigador cubano.

19 de septiembre de 2021

Pandemia politizada

Daniel Espinosa

¿Cómo se delimita ideológicamente la discusión sobre la pandemia?, ¿qué cuestionamientos sobre las medidas tomadas para frenarla constituyen una herejía para uno u otro bando? En los siguientes párrafos ensayaremos algunas respuestas.

COSTO Y BENEFICIO

El periodista estadounidense Glenn Greenwald escribió hace poco sobre la ausencia de análisis de costo y beneficio con respecto a las medidas tomadas para detener la pandemia de Sars-CoV-2: “En virtualmente todos los campos de la política pública, los americanos apoyan medidas que saben que matarán personas, a veces en grandes números. No lo hacen porque sean psicópatas, sino porque son racionales: comprenden que esas muertes valen la pena a cambio de los beneficios que esas políticas proveen”.

Como el periodista reconoce, esta es una forma bastante cruda y chocante de expresar un principio que, insiste, aplica a toda política pública. Sin embargo, cuando se trata de la presente pandemia, tal razonamiento parece encontrarse “extrañamente… fuera de los límites”.

Una forma de salvar la vida de millones de personas consistiría en algo tan sencillo como prohibir el uso de automóviles, argumenta Greenwald a modo de ejemplo. También podríamos limitar su uso a lo estrictamente esencial, “como ambulancias o reparto de alimentos… o por lo menos reducir el límite de velocidad a nivel nacional a 40 km/h”.

¿Sabía que, en Estados Unidos, más de un millón de personas muere cada año en accidentes de ese tipo? (este dato, que podría resultar difícil de creer, figura en la página del Center for Disease Control and Prevention (CDC), de Estados Unidos, bajo el título “Global Road Safety”). Reducciones radicales en los límites de velocidad disminuirían esos números de manera drástica, tal como demuestran décadas de estudios al respecto, explica Greenwald. Pero “nadie las apoya”, agrega.

Si aplicáramos allí la misma lógica que parece regir sobre las medidas dictadas para reducir la mortalidad de la presente pandemia, tendríamos que concluir que permitir una sola muerte más en las pistas representa una profunda inmoralidad y, consiguientemente, prohibir los automóviles. ¿Por qué los defensores de las cuarentenas generalizadas y otras costosas medidas sanitarias no se rasgan las vestiduras por el baño de sangre –totalmente evitable– que vemos cada año en calles y carreteras?

La razón no es ningún misterio: prohibir el uso de automóviles involucraría un costo enorme. Lejos de ser algo ajeno a nuestra vida cotidiana, cada vez que subimos a un automóvil –ya sea del transporte público o privado– hacemos un breve análisis de riesgo y beneficio, así sea de manera inconsciente. Existe la probabilidad de una muerte súbita y violenta –o la de resultar seriamente heridos–, pero debemos llegar a nuestro destino, trabajar, visitar a alguien, ir a la playa, desplazarnos. Y este tipo de cálculo aplica a casi todo lo que hacemos.

Sin embargo, algunos elementos de la izquierda norteamericana, como el World Socialist Web Site –o la whistleblower y activista progresista Chelsea Manning–, consideran que los cuestionamientos hechos por Greenwald constituyen una suerte de herejía, y lo acusan de coquetear con la derecha radical. Esta forma de plantear la cuestión no es ajena a buena parte de la izquierda latinoamericana, que considera erróneamente que los únicos interesados en que la economía permanezca abierta serían los grandes empresarios.

¿DIFERENCIAS QUE MATAN?

Recientemente, el mismísimo Donald Trump cayó también en una suerte de herejía –esta vez desde la perspectiva conservadora–: les propuso a sus seguidores que se vacunen. Sucedió a fines de agosto pasado en un mitin en Alabama (donde solo el 36 % está totalmente vacunado, según USA Today). La invitación suscitó el abucheo breve pero generalizado de una multitud mayoritariamente desenmascarada.

En Estados Unidos –con amplia disponibilidad de vacunas– solo el 50 % de la población elegible se ha acercado a los centros de vacunación. El nivel de rechazo es enorme. En ese país, de los 17 Estados menos vacunados, 16 votaron mayoritariamente por Trump, de acuerdo con un informe de Business Insider (12/09/21). Este medio indica también que esos Estados han visto más muertes totales por Covid-19.

¿Pero qué sucede con todo aquello que no forma parte del cálculo? La ausencia de un análisis costo beneficio, como plantean Greenwald y muchos otros, ha hecho invisibles muchos de los daños ocasionados por las medidas de contención de la pandemia.

El daño hecho a la niñez sometida a cuarentenas y distanciamiento social podría ser enorme: varios estudios empíricos señalan que un porcentaje considerable de niños viene desarrollando cuadros de estrés postraumático a raíz del encierro y el pánico fabricado –en muchos casos de manera totalmente deliberada– por la prensa. Estudios chinos e indios también muestran índices elevados de depresión y ansiedad en infantes y adolescentes, quienes –valga la aclaración– corren escaso peligro de infectarse y desarrollar cuadros graves de la enfermedad producida por el Sars-CoV-2.

CULPANDO AL PÚBLICO

Hoy en día, la izquierda se jacta de “creer en la ciencia” y ha tomado un rumbo claramente “prosistema”. Es una izquierda despojada de su natural antagonismo hacia el aparato capitalista neoliberal –el establishment– que hace tiempo abandonó la lucha de clases en virtud de otras batallas, como las relativas a la identidad y el género.

Esta degeneración ha sido promovida, como no podría ser de otra manera, por los financistas de la izquierda, que en muchos casos son capitalistas empedernidos como George Soros, famoso especulador financiero liberal, cuando no el mismo gobierno estadounidense. El resultado es una izquierda inofensiva desde el punto de vista de Wall Street y las grandes acumulaciones de riqueza y poder que amenazan nuestras democracias. Eso no quiere decir, de ninguna manera, que las luchas relativas al género y a la identidad no tengan su justo lugar en la agenda zurda.

La nueva derecha –la “alt-right” o derecha alternativa–, por su parte, prefiere identificarse con la desconfianza radical hacia un sistema que percibe como dominado por fuerzas progresistas. En muchos casos, esa derecha asegura que nuestras sociedades vienen degenerando gracias a una suerte de infiltración “comunista”. En esa visión del mundo, lo que cayó en 1989 no parece haber sido el Muro de Berlín, sino la Estatua de la Libertad. Desde entonces, la hegemonía del capitalismo –y los valores asociados a él– habría cedido en favor de un progresismo atizado por el “marxismo cultural”.

La confianza izquierdista en el establishment –que se percibe fácilmente en su confianza ciega en lo que los medios masivos, esas grandes corporaciones, presentan como “ciencia”– la ha llevado a despreciar a quienes desconfían de la narrativa hegemónica que debería resultar naturalmente sospechosa para cualquier izquierda, tildándolos de idiotas y cavernarios.

Volviendo a la pandemia y al proceso global de vacunación, quienes tildan a los “antivaxxers” (antivacunas) de ser personas irracionales podrían estar cometiendo un grueso error. En un reciente libro publicado por Maya Goldenberg, de la Universidad de Guelph (Canadá), la profesora especializada en filosofía de la ciencia y la medicina explica que, lejos de existir una “guerra contra la ciencia”, lo que habría es una desconfianza totalmente justificada por la medicina, entendida como “la suma de las instituciones sanitarias públicas, los médicos, los expertos, las farmacéuticas… y otros grupos que representan lo que podríamos llamar el establishment médico”.

Un estudio de Harvard de 2021 señala que casi la mitad de los estadounidenses no confían en la ya mencionada CDC, ni en la Food and Drug Administration (FDA) y otras importantes instituciones sanitarias de su país. Entre las razones de tal desconfianza resalta la influencia nociva de las grandes corporaciones sobre la ciencia biomédica:

“Una y otra vez, durante las últimas décadas, hemos visto a farmacéuticas esconder información y comportarse de maneras que ponen la ganancia por encima del bien público”, explica el médico Adam Urato en su reseña para el International Journal of Medical Education del libro de Goldenberg, titulado “Vaccine Hesitancy” (“Dudas sobre las vacunas”).  

Muchos científicos contratados por “Big Pharma”, así como los empleados por las grandes petroleras en la década de 1970 –quienes le ocultaron al mundo los primeros indicios del calentamiento global–, han sido cómplices en el ocultamiento de información científica que denotaba enormes peligros para los consumidores y pacientes, todo en beneficio de las ganancias corporativas. Los ejemplos son abundantes e incluyen, por ejemplo, antidepresivos que mostraron un aumento visible en el suicidio en niños, pero que igual salieron al mercado.

“Una de las amenazas más grandes para las farmacéuticas la constituyen los expertos independientes… ¿cómo hacen (ellas) para evitar este riesgo para sus ganancias?”, se pregunta Urato, “la respuesta es que las farmacéuticas han burlado efectivamente este escenario vertiendo su dinero en la ciencia médica”. Financian a los expertos y también a las instituciones estatales creadas para regularlas, así como a las asociaciones profesionales de médicos. En otras palabras, lo han comprado todo. Las enormes cantidades de dinero que invierten en los medios de comunicación masiva hacen el resto, por lo que buena parte del público jamás se entera de este gravísimo peligro para la salud pública.

La pregunta, volviendo al plano político, es también una llamada de atención: ¿por qué la izquierda se ha vuelto tan crédula con respecto a este tinglado de grandes corporaciones, que hoy nos venden sus productos y promueven políticas públicas cuestionables usando la “ciencia” como herramienta de márquetin?

Fuente: HILDEBRANDT EN SUS TRECE N°557, del 17/09/2021   p23

18 de septiembre de 2021

Pandemia y ecología

Marcelo Colussi

La economía dominante de nuestras sociedades, el capitalismo, está enferma. No enfermó recientemente: nació enferma. Tiene un mal incurable, genético. Definitivamente: no tiene cura. Pero sigue respirando, aunque en su sobrevivencia mate de hambre y con bombas a millones de seres humanos, solo para mantener el privilegio de unos pocos.  

Esa “enfermedad” se evidencia en la injusticia reinante (aspectos estructurales: más de 20,000 personas muertas por falta de alimentos diariamente a nivel mundial), en los descalabros coyunturales como las crisis financieras que se viven cíclicamente (que pagamos, básicamente, los pobres, mientras los Estados salen a rescatar a las grandes empresas en apuros), y en términos de perspectiva histórica como especie: la destrucción de la civilización es una cruel posibilidad, tanto por la catástrofe medioambiental en curso como por la guerra nuclear total. Según se nos dice con conocimiento profundo (la ecología es una ciencia ya ampliamente desarrollada), los actuales modelos económicos de producción y consumo están produciendo desastres en el medio natural con consecuencias catastróficas y probablemente irreversibles. Actuar contra el capitalismo es actuar contra la injusticia, y más aún: es actuar a favor de la sobrevivencia de la vida en nuestro planeta, la de los humanos y la de toda especie animal y vegetal.
  
El capitalismo, guerrerista como es en su esencia, no puede prescindir de las guerras. Eso lo alimenta, es una escapatoria para sus crisis, es negocio. De hecho, en Estados Unidos, la principal economía capitalista, una muy buena parte de su producto bruto interno viene dado por la industria militar, y un alto porcentaje de sus trabajadores se ocupa, directa o indirectamente, en esa producción. Eso es una locura, sin salida, que nos tiene reservada la muerte como punto de llegada… ¡Ese es el capitalismo más desarrollado! El año pasado, aún con el declive general de la economía global (decaimiento de un 4.4% en el producto planetario), la industria armamentísica creció. ¡Viva la muerte!, podría decirse.  

Valga este ejemplo: de activarse todo el arsenal atómico disponible en este momento (que comparten unas pocas potencias capitalistas con Estados Unidos a la cabeza junto a Rusia y China, las que detentan los sitiales de honor en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas) no quedaría ninguna forma de vida en el planeta. Más aún: colapsaría la Tierra, probablemente fragmentándose, con efectos igualmente sensibles para Marte y Júpiter, en tanto las consecuencias de la explosión llegarían a la órbita de Plutón…, pero todo ese espectacular desarrollo científico-técnico no logra terminar con el hambre en el mundo (un muerto por inanición cada 7 segundos). ¡Eso es el capitalismo!

Junto a esa catástrofe, cada vez se acrecienta más, ya en forma alarmante, el deterioro del medio ambiente. “Cambio climático” es un tendencioso eufemismo que encubre la verdad: el modelo depredador de desarrollo impulsado por el capitalismo ha provocado desastres monumentales en nuestro planeta. Si el clima cambia, no es por procesos naturales sino por la alocada intervención humana en búsqueda de lucro, de ganancia económica. “No entiendo por qué nos matan a nosotros, destruyen nuestros bosques y sacan petróleo para alimentar carros y más carros en una ciudad ya atestada de carros como Nueva York”, se preguntaba atónito un dirigente indígena ecuatoriano.

Todo esto afecta la salud humana. Distintas voces vienen advirtiendo la posibilidad de pandemias cada vez más peligrosas, dada la relación que la especie humana ha ido tomando con el medio ambiente. Al considerar al mismo como una “infinita cantera a explotar”, el modo de producción capitalista instalado hace ya algunos siglos ve en la Naturaleza solo un recurso económico, obviando que el ser humano es parte de ese sistema ecológico, y se está en un perpetuo equilibrio inestable. El consumismo desaforado que se ha impuesto, la catástrofe medioambiental que eso conlleva, la obsolescencia programada que hace que cada vez se desperdicien más y más materiales, la producción industrializada de absolutamente todo, trajo como consecuencia un cortocircuito entre el ser humano y su casa común, el planeta Tierra.  
 
Ya hace tiempo que se sabe que la pérdida de biodiversidad producida por esta catástrofe ecológica que vivimos permite una rápida propagación de nuevas enfermedades de los animales a los humanos. A partir de los brotes de otros coronavirus aparecidos recientemente, el SARS en 2002 y el MERS en 2012, la comunidad científica viene advirtiendo sobre la posibilidad de una pandemia mucho más extendida y, por tanto, más letal. Se está ahora, con la pandemia de COVID-19, ante la crónica de un desastre anunciado.  

En el año 2016 la Organización Mundial de la Salud había clasificado los coronavirus como una de las ocho principales amenazas virales que debían ser investigadas, dándoseles un adecuado seguimiento. Como a los grandes oligopolios capitalistas que manejan la salud mundial no les interesaba el tema en ese momento, pues no reportaba beneficios inmediatos, la cuestión salió de circulación. Por tanto, puede decirse que la pandemia de este coronavirus era previsible, pero la voracidad capitalista impidió que hubiera preparativos adecuados para afrontarla. Cuando llegó, a inicios del 2020, la salida fue buscar la vacuna universal, lo cual, evidentemente, se vio como una inconmensurable fuente de ganancias para esas empresas, aún a riesgo de experimentar apresuradamente con seres humanos en una escala global como nunca antes se había hecho. Ya conocemos la historia: el pánico generalizado fue moneda corriente durante el 2020, y hacia fines de ese año, aun saltándose todos los protocolos necesarios, aparecieron las “salvadoras” vacunas. Las ganancias de los fabricantes son astronómicas, pero las pandemias por venir ya tocan la puerta.  
 
Sin embargo, más que gastos en vacunas -velozmente puestas a circular sin las necesarias medidas previas- y cuantiosas inversiones en pruebas diagnósticas y medicamentos, se deberían priorizar medidas preventivas para evitar nuevas pandemias. Esas son algunas de las conclusiones del informe generado por el Grupo de Trabajo Científico para la Prevención de Pandemias, equipo creado por el Instituto de Salud Global de Harvard y el Centro para el Clima, la Salud y el Medio Ambiente Global de la Escuela de Salud Pública T.H. Chan de Harvard. “El cambio en el uso del suelo, la destrucción de los bosques tropicales, la expansión de las tierras agrícolas, la intensificación de la ganadería, la caza, el comercio de animales silvestres, y la urbanización rápida y no planificada son algunos de los factores que influyen en la propagación de virus con potencial pandémico”. En otros términos: si son posibles nuevas pandemias, con modificaciones en la estructura productiva y en el modo de consumo las mismas podrían evitarse. Evidentemente, las respuestas más efectivas no son técnicas sino políticas. En otros términos: no más capitalismo rapaz.

Dicho de otro modo: lo que nos mata es el sistema vigente, el capitalismo. Aunque no proporcione fabulosas ganancias a la empresa privada, la vida podría ser mucho menos agresiva, injusta y desfavorable para las grandes mayorías humanas de todo el mundo si se invirtiera más en prevención. La catástrofe ecológica que padecemos, producto de ese sistema de producción y consumo, parece que irremediablemente nos lleva a más pandemias. ¿Más vacunas entonces, o menos capitalismo?

4 de mayo de 2021

¿Una pandemia para ricos y otra para pobres?

Hedelberto López Blanch

El inhumano sistema de globalización neoliberal que se le ha impuesto a la mayoría de los países del mundo ha llevado en tiempos de pandemia a dividir aún más al planeta en dos: los ricos y los pobres.

Aunque las noticias parecen alucinantes, son completamente reales. Kerry Dolan, editora de la revista Forbes publicó que «pese a la pandemia, 2020 y 2021 fueron años de récord para los más ricos del mundo, con un aumento de cinco billones de dólares y un número sin precedentes de nuevos milmillonarios»,  
El artículo señala que el número de personas con una fortuna de 1 000 millones o superior, registró una “explosión” hasta llegar a un número sin precedentes: 2 755 en 2021, 600 más que en el año anterior.

En total sus fortunas se estiman en 13,1 billones de dólares, por encima de los 8 billones recogidos en la lista de Forbes 2020.

Con una pésima situación sanitaria en el orbe, que en vez de aminorar se acrecienta, el 2020 fue un año récord para las personas más ricas del mundo.

Son tan fantasmagóricas las cifras que resultan difíciles de asimilar: Jeff Bezos, fundador de Amazon posee 177 000 millones de dólares; Elon Musk, creador de Tesla y SpaceX, 151 000 millones; Bernard Arnault, propietario de varias marcas de ropa de lujo y cosméticos, 150 000 millones; Bill Gates, cofundador de Microsoft, 124 000 millones; Mark Zuckerberg, fundador y director ejecutivo de Facebook, 97 000 millones.

En América Latina donde el hambre, la miseria y las muertes por la propagación de la Covid-19 se regodean en sus pobladores, aparecen 51 latinoamericanos millonarios en la lista de Forbes.

Y fíjense cómo los diez primeros millonarios de América Latina han incrementado sus riquezas en un año de pesadilla pandémica: el mexicano Carlos Slim, magnate de las telecomunicaciones pasó de 52 100 millones en 2020 a 62 800 millones en 2021; Germán Larrea Mota Velasco, director ejecutivo de la empresa minera Grupo México, de 11 000 millones a 25 900 millones.

La chilena Iris Fontbona, dueña de la compañía de cobre Antofagasta Plc, subió de 10 800 millones a 23 300 millones; Ricardo Salinas Pliego, director de TV Azteca y la cadena de tiendas Electra, de 11 700 millones a 12 900 millones

El brasileño Marcel Herrmann Telles, con la firma Anheuser-Busch InBev, fabricante de cerveza, de 6 500 millones a 11 500 millones; otro brasileño, Jorge Moll Filho, fundador de la red de hospitales privados Rede D’Or pasó de 7 300 millones a 11 300 millones de dólares, y el colombiano Luís Carlos Sarmiento, dueño del periódico El Tiempo y presidente del Grupo Aval Acciones y Valores encaramó su fortuna de 2 000 millones a 11 000 millones.

Le siguen el mexicano Alberto Bailleres, presidente del Grupo Bal que de 6 400 millones llegó a 9 200 millones; Los Safra, familia del banquero fallecido, cifran la fortuna en 7 100 millones y otro mexicano, Juan Francisco Beckmann Vidal, que produce tequila, de 4 300 millones tiene ahora 7 000 millones.

En contradicción, o mejor dicho, en línea directa con el sistema de globalización neoliberal establecido, en Latinoamérica se estima que la tasa de pobreza extrema se situó en 12,5 % y la de pobreza general en 33,7 % según el último informe de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL).

Ese organismo informó que el número de personas pobres ascendió a 209 millones a finales de 2020, 22 millones más que el año anterior. De ese total, 78 millones se encontraron en situación de pobreza extrema, 8 millones más que en 2019.

Por su parte, la Organización Internacional del Trabajo (OIT) señaló que la pandemia ha causado la pérdida de 26 millones de empleos en la región y el panorama es aún más complejo en 2021 debido a las nuevas olas de contagio y el lento proceso de vacunación.

La OIT explica que antes de la Covid-19 existían malas condiciones laborales como alta informalidad, reducidos espacios fiscales, persistente desigualdad, escasa cobertura de protección social, las cuales se han acrecentado.

Esta situación ha motivado que el mercado de trabajo en América Latina y el Caribe haya retrocedido una década en solo un año de la enfermedad.

Otro grave problema creado es la posibilidad de alcanzar una distribución equitativa de las vacunas que como declaró el director general de la Organización Mundial de la Salud, Tedros Adhanom Ghebreyesus, se encuentra gravemente amenazadas por la deficiente distribución entre países ricos y pobres.

Mientras el secretario general de la ONU, Antonio Guterres criticó la distribución desigual de las vacunas y reiteró que 10 países han administrado el 75 % de todas las vacunas registradas en el mundo.

Ya en la región se han contagiados más de 25,5 millones y los decesos sobrepasan las 800 200 personas, en su mayoría pobres y con dificultades para obtener una atención adecuada.

La pandemia ha puesto de manifiesto que los programas de atención social han disminuido y millones de habitantes latinoamericanos no pueden tener acceso a la salud porque gobiernos neoliberales han impulsado las privatizaciones en detrimento de las grandes mayorías.

Por tanto, urge implementar un sistema de globalización humanitaria y solidaria que minimice las enormes inequidades que impone el sistema neoliberal capitalista.

Y ante estas realidades podríamos preguntarnos: ¿Habrá una pandemia para ricos y otra para pobres?

Hedelberto López Blanch. Periodista, escritor e investigador cubano.