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7 de agosto de 2025

“En el Perú a los espacios culturales se les baja el volumen, hay oscurantismo”

Natalia Sobrevilla  (Entrevista de Carlos Paucar)

Historiadora Natalia Sobrevilla critica la política cultural del gobierno de Dina Boluarte y da detalles de su reciente libro, presentado en la FIL, "Los años de Castilla".

A propósito de la publicación del nuevo libro de la historiadora Natalia Sobrevilla Perea, Los años de Castilla (1840-1865), aprovechamos para preguntarle sobre el tema cultural en el reciente mensaje de Dina Boluarte. Afirma que una de las maneras en que el gobierno está operando en el sector es cortando el presupuesto a las instancias culturales. Sobre su obra, dice que es un retrato de Castilla, en toda su complejidad y contexto.

La presidenta Dina Boluarte en el tema cultural pareciera que vive otra realidad. No mencionó, por ejemplo, lo del traslado del Archivo General.

Sí, eso está en un limbo, porque ahora sucede que no tenemos información. Se supone que no están trasladando los documentos, pero el archivo no está realmente en funcionamiento. Hay entonces un riesgo inmenso. Se prometió dinero que todavía no se está utilizando. Está todo detenido. Hay ineficiencia, inacción y letargo.

Considera que estamos viviendo una etapa oscura a nivel cultural, con censura de obras, en teatros, en libros…

Por supuesto. Y estamos viendo como a sitios como el Lugar de la Memoria no se les ha cerrado, pero no se les está dando los recursos que necesitan para realmente operar. No hay suficiente acción al respecto. Le han cortado el presupuesto a muchas instancias culturales.

Una especie de venganza.

Es un oscurantismo en el que estamos ahora, porque todos los espacios donde se puede ser contestatario están siendo silenciados, y no de una manera muy abierta, cerrándolos, apagándolos, sino bajándoles el volumen.

Y está también la censura, como acaba de ocurrir en la Feria del Libro. ¿Qué opina de eso?

En eso hay que hacer un balance de hasta qué punto tiene derecho una persona como Víctor Polay a presentar su libro, si estamos hablando de una libertad irrestricta de la palabra... Bueno, ese es el mejor espacio, es un lugar del libro. Pero, por otro lado, ese libro se iba a presentar y probablemente nadie hubiera sabido de esto. Lo que ha causado al final es una gran publicidad al libro y se va a ver beneficiado, va a haber mucho más interés sobre el trabajo que quizás antes hubiera pasado desapercibido. Es un arma de doble filo.

Volviendo a lo cultural, hay crisis en espacios culturales muy reconocidos en el Perú. En Caral, en Machu Picchu, en las líneas de Nazca.

Sí, por supuesto. Hay una miopía muy grande de parte del Estado peruano de no proteger lo que es el patrimonio de todos.

Y se está tratando de reescribir la historia. Lo hace el fujimorismo y la misma Boluarte lo busca hacer, ¿por eso es importante contar la historia, en este caso de Ramón Castilla, tal y como ocurrió?

Ciertamente. Lo que sucede es que la historia está siempre en reconstrucción y reescritura. Porque la historia, si bien nos habla del pasado, nos habla muchísimo más del presente, del momento desde que se escribe, desde donde se enuncia. Entonces, está siempre vigente. Mira, justamente estoy presentando un libro esta noche, que se llama Esta democracia no es democracia, donde hay una entrevista que le hacen al fiscal adjunto en la Argentina, Luis Moreno Ocampo. Y él tiene una cita que me parece muy relevante: él dice que las guerras se libran siempre dos veces, la primera vez es en el campo de batalla y la segunda es en la memoria. Esa es una lucha que no acaba nunca.

Y los historiadores, en ese sentido, tienen un papel muy importante.

Lo importante es seguir haciendo la lucha y seguir escribiendo y tratando de también hacer escritura que sea para un público en general, para que puedan conocer mucho más su historia. En ese sentido, es bueno que se lean los libros y los comenten y se pregunten siempre por esas historias que nos han contado y de dónde vienen y sobre todo quién las ha contado.

Esa es una de las características de su nuevo libro sobre Ramón Castilla. Empieza citando el famoso verso de Nicomedes Santa Cruz: “Que viva mi mamá, que viva mi papá, que viva Ramón Castilla que me dio la libertad”. El tema de la esclavitud ¿es lo que más se conoce de él?

A mí me interesó mostrarlo en toda su diversidad. Pensándolo como un personaje mucho más amplio que simplemente como el libertador de esclavos o simplemente como el modernizador del Estado. No solo mostrarlo en sus años en el poder, sino cómo llega al poder, cómo lo conquista, cómo lo logra.

Y retrata en toda amplitud a Castilla, quien desde muy joven, con poco más de 20 años ya ha participado en la defensa de España como realista, ha sufrido prisión, ha recorrido zonas amazónicas del Brasil y andinas del Perú, y luego termina en las filas patriotas. Una vida bastante intensa, desde joven.

Una vida muy intensa. Y la intensidad se mantiene porque está atravesada por guerras civiles, por guerras muy intensas, por campañas políticas, entonces es una vida muy azarosa.

Propia de los militares de esa época.

Así es. Es algo que el historiador argentino, Tulio Halperin Donghi, llama la “carrera de la revolución”. Personas que se forman en este contexto y que luego son los que crean los nuevos estados republicanos... También lo que es interesante del periodo de Castilla es que coincide con la llegada del guano, que se ve como un recurso providencial que ayuda a organizar y a financiar el nuevo estado.

En la biografía de Castilla ha habido muchos elogios, pero también muchas críticas y enconos, como la del periodista Manuel Atanasio Fuentes, conocido como El Murciélago, ¿es cierto todo lo que dice él de Castilla?

No tenemos certezas, pero digamos que tampoco tenemos dudas, porque cuando uno de sus hagiógrafos, Rubén Vargas Ugarte, por ejemplo, se refiere al hecho de los supuestos abusos cometidos en la Guerra de Independencia, dice que son hechos que van en contra de la moral, y entonces dice que es mejor no hablar de ellos, con lo cual nos deja muy ambiguamente la duda de que probablemente es cierto.

Lo de Fuentes es un odio mucho más personal, mucho más a la persona que al político o al militar.

Así es, porque además lo que trata de poner ahí en cuestión es su fibra moral, entonces lo quiere mostrar como un depravado. Ahora, sí era bastante conocido y sabido que Castilla era jugador y mujeriego. Tuvo muchos hijos, ninguno con su esposa, que probablemente no podía tenerlos. Tenía dos hijos a la hora de casarse, y uno de los hijos que tiene después, la madre muere y su mujer, la señora Diez Canseco, adopta a ese niño como propio.

El libro sitúa muy bien a Castilla, se alió con los liberales y luego con los conservadores.  Y lo de la liberación de los esclavos, explica usted, fue por el contexto, por las necesidades que se le presentaron.

Sí, Castilla es un hombre muy pragmático. Él va leyendo el tablero de ajedrez, va leyendo lo que va viniendo en la partida, y decidiendo qué es lo que le es más conveniente para mantenerse en el poder.  Y todo eso realmente muestra cómo es su carácter. Lo que a mí me parece importante de resaltar en este libro es que, en general, el público tiene una visión muy genérica de lo que era Castilla, y que hay que entender el contexto y cómo es que se dan las cosas, cómo en la abolición de la esclavitud. El asunto es que en el Perú se da la libertad de vientres con la llegada de San Martín en 1821, con lo cual se dice que nadie nacerá esclavo en el Perú, pero bebés o niños que van creciendo, no son libres inmediatamente, hay una legislación que dice que las personas van a seguir trabajando para sus amos mientras sean menores de edad, y con el tiempo se va cambiando y aumentando la minoría de edad, de 15 a 18, a 25, hasta los 50 años.... Es decir, la esclavitud eventualmente iba a terminar, y lo que hace aquí es terminar con ella más pronto... Lo que hace Castilla es más bien lo que se conoce como una manumisión, él hace que el Estado peruano pague compensación a las personas que pierden a sus esclavos.

Unas compensaciones que eran bastante altas.

Eran unas generosas compensaciones, muy generosas, yo he tratado de hacer un cálculo económico de cuánto habría significado. Imagínese que alguien tenía uno o dos esclavos, pero imagínese a los que tenían 500 o 200. Entonces, grandes fortunas del Perú se consolidan en ese periodo.

Castilla no es un ideólogo, sino es un hombre pragmático como usted dice, que responde a lo que acontece, y, sin embargo, se mantiene vigente durante varios años.

Porque además es un presidente muy afortunado porque tiene un recurso muy generoso, que es el guano, que le permite hacer muchas de estas políticas y de mantenerse en el poder.

¿También destaca su aporte a la educación, en la infraestructura?

Sí, porque también tiene la vocación de crear un código de educación, tiene la ambición de establecer escuelas de primeras letras, de hacer reformas en los colegios superiores, en las universidades. En ese sentido es un modernizador. Es el creador de la Policía, reformador del Ejército, introduce las pensiones, construye ferrocarriles. Pero claro, él lo puede hacer porque logra tener un control político y también porque tiene los recursos del Estado.

Pero no es digamos un personaje democrático, sigue siendo un soldado.

Castilla las dos veces que llega al poder lo hace en revolución militar, llega después de batallas. Llega después de la batalla de Carmen Alto y después de la batalla de La Palma. Entonces, digamos que no es particularmente democrático. Lo que sí es que él insiste en algo: para tener legitimidad él debe tener una elección democrática. Entonces, en los dos casos, después de haber triunfado en la revolución, él organiza una elección. Y también es cierto que luego tiene un respeto por las estructuras constitucionales. Aunque también las cambia, las transforma. Les tiene respeto, sí, pero cuando las constituciones no son a la medida que él quiere simplemente cierra el Congreso y busca un Congreso nuevo para hacer lo que él quiere.

Ahora que veo su libro, me viene la reciente frase del Cardenal Carlos Castillo diciendo frente a Dina Boluarte: es fácil ser dictador, pero es muy difícil saber gobernar. ¿Castilla quizás fue el primer presidente en tratar de gobernar y no ser simplemente un dictador?

Fue el primer presidente que convocó unas elecciones y que se dieron en un periodo de paz, que fueron las elecciones del 50-51 y eventualmente llevan a una transición en democracia. Pero el mismo Castilla luego se va a levantar en revolución contra ese mismo presidente al cual que lo ha reemplazado. Entonces, tampoco, digamos, que es tan respetuoso de las instituciones... Y no hubo paz como se menciona. En su segundo periodo las revoluciones son constantes. Él tiene 18 meses de revolución en Arequipa entre el 57 y el 58. Entonces, yo no sé de qué paz estamos hablando.

Su vida fue para la guerra: muere incluso a punto de ir a otra batalla.

Así es. Iniciando una campaña una vez más para conquistar el poder.

Una última inquietud ¿cree que la mirada positiva que se tiene de Castilla se debe en mucho a las historias que Ricardo Palma empezó a hacer de él, tan simpáticas?

-Sí, sí, por supuesto que las tradiciones de Ricardo Palma son muy importantes. Ah, pero no olvidemos que Ricardo Palma estuvo entre los jóvenes que intentaron asesinar a Ramón Castilla en un momento, entre los que entraron al Palacio con una pistola para matarlo.

Mire esas contradicciones, qué terrible.

https://larepublica.pe/politica/2025/08/05/natalia-sobrevilla-en-el-peru-a-los-espacios-culturales-se-les-baja-el-volumen-hay-oscurantismo-hnews-302985

19 de julio de 2025

¿DEUS EX MACHINA?

Natalia Sobrevilla

La humanidad que podríamos estar perdiendo ante la omnipresencia de lo digital

La frase en latín del título se refiere a un recurso literario, por el cual el argumento de una historia se soluciona de manera sorprendente gracias a algo que parece venir de ninguna parte. Su origen se encuentra en los teatros de la antigüedad, donde de pronto aparecía en mitad del escenario una máquina que transportaba a un dios que ofrecía una solución al principal problema narrativo. Hoy, de una manera similar, cuando las máquinas parecen tomar control sobre grandes porciones de nuestras vidas, me viene a la cabeza esta referencia al rol protagónico de los aparatos.

Esta semana me la he pasado tratando de lidiar con mi frustración con la tecnología. Primero se echó a perder la internet en casa y pude sobrevivir con los datos de mi teléfono, hasta que lo tuve que actualizar cuando cambié de aparato. Hacerlo sin conexión a internet no fue fácil y solo lo logré gracias a la generosidad de mi hijo, que me prestó su red. Pero, entre una cosa y otra, me distraje, hice algo mal, y perdí casi dos semanas de importantes mensajes de coordinación.

Esto se le sumó a la frustración del día anterior, cuando me enteré de que no quedaba nada dentro de mi computadora de escritorio, la que había dejado de utilizar por varios meses desde que escribo exclusivamente en mi portátil. Estoy segura de que el reinicio de fábrica lo hizo alguien en casa que buscaba ayudarme, pero que, por error, simplemente, vació todo lo que ahí almacenaba y que no estaba copiado a la nube. Por suerte, esa información ya no era mucha, pues desde hace un buen tiempo mi manera de trabajar ha adoptado ciertas previsiones. Y en esas estaba, alistándome a enviarle a mi editor los cambios finales a mi último libro, cuando mi laptop comenzó a parpadear para luego congelarse, y cuando por fin se reinició descubrí, casi aterrada, que no había registrado mi trabajo de ese día y tuve que comenzar el ejercicio ya casi terminado desde cero.

Pensé, por supuesto, en cuánto poder le hemos dado a las máquinas y cómo nos hemos acostumbrado a que silenciosamente ellas hagan las cosas por nosotros. Esa misma mañana había leído un artículo sobre el impacto del uso de la inteligencia artificial en nuestra capacidad cognitiva y de cómo, por ejemplo, antes podíamos retener una serie de números telefónicos en la cabeza y conocer las calles de nuestro entorno con solo apelar a nuestra memoria, habilidades que hemos ido perdiendo desde que tenemos teléfonos “inteligentes”. El autor, Brian Klass, reflexiona sobre lo que pierde una sociedad donde ya no vale la pena pedirles a los alumnos que hagan ensayos académicos porque un número importante de ellos se las arreglará para presentar textos producidos por ChatGPT y similares. Así, durante esta temporada de evaluación en las universidades del hemisferio norte, no he dejado de oír que los ensayos —que por años fueron la base para discernir sobre el desarrollo del pensamiento crítico, eso que realmente evaluamos los profesores universitarios— ya no sirven. Mientras que algunos profesores se decantan por volver a los exámenes, otros ya han optado por pedir ensayos que analicen críticamente lo que produce ChatGPT, pidiéndoles expresamente a sus alumnos que usen la inteligencia artificial para que comprendan sus límites. Que identifiquen citas de autores que no existen, libros que nunca se han escrito, textos supuestamente publicados años antes de que sucedieran los eventos que dicen analizar. Klass, como muchos, se pregunta cuál es el impacto de todo esto en la capacidad de estos jóvenes para pensar.

Sin duda, todos nos vamos a tener que acostumbrar a vivir con esta nueva manera de hacer las cosas. A propósito de esto, una amiga me decía anoche que en la época en que proliferaron las calculadoras, empezaron a rendirse exámenes con ellas y otros sin ellas (casualmente, yo siempre uso la mía hasta para operaciones sencillas, a pesar de que mi profesor de Matemáticas me lo prohibiera específicamente en el colegio). En otras conversaciones que he tenido con personas que trabajan en el mundo de los negocios he oído que ya no necesitan del mismo tipo de apoyo, porque hay muchas tareas que hoy pueden delegarse a asistentes electrónicos, incluso en temas legales o de recursos humanos. Si se le puede preguntar directamente a la máquina, ya no se necesita un intermediario humano que tenga ese conocimiento. Dos preguntas me vienen, entonces, a la cabeza: ¿no será que estos sistemas puedan cometer errores difíciles de identificar a simple vista, pero que pueden ser profundos?  ¿No significará esto mucho menos empleos para la gente?

Para cerrar de manera festiva estos últimos y frustrantes días mediados por la tecnología, anteanoche asistí en Londres al curioso espectáculo de ABBA producido con sus “abbatares”. Éramos centenares y centenares de personas de todas las edades, desde abuelos hasta nietos, que cantábamos y bailábamos entretenidos por unas máquinas que nos presentan una simulación casi real de lo que sería ver a ABBA en sus años de apogeo. Estas entidades eran versiones aparentemente mejoradas de los músicos, de una edad indeterminada, que cantaban, bailaban y tocaban con soltura sus instrumentos, y si bien todos “sabíamos” que no eran ellos, algo de su esencia estaba presente. 

A ratos, estos ABBA automatizados eran acompañados por una banda en vivo, y hacia el final se sumó un coro: fue entonces cuando sentí con mayor profundidad la diferencia entre las máquinas y lo humano. Fue en ese instante cuando pensé que me encontraba en medio de una extraña mezcla de un show de marionetas, un inmenso karaoke en el que todos cantábamos felices, y una película en la que atestiguábamos los años más vitales de esos ídolos. A pesar de estos contrastes, la pasé muy bien, porque —seamos sinceros— es lo más cerca que estaré de ver a ABBA en vivo, quienes no han hecho un concierto desde diciembre de 1982. 

Sin embargo, hasta ahora no me abandona el pensamiento de que esto funcionaba porque alguna vez existió el grupo original. Esas canciones no fueron generadas por una inteligencia artificial: lo que nos conecta a ellas es la humanidad que contienen y, si bien hoy nos las reproducen las máquinas, sin la experiencia de cada uno de esos creadores humanos estas canciones no serían lo que son. Y que esto es lo que podríamos perder si, simplemente, le damos a las máquinas todo el poder de pensar y de realizar tareas por nosotros.

​FUENTE: https://jugo.pe/deus-ex-machina/

28 de junio de 2025

Hombres fatuos mientras el mundo arde

Natalia Sobrevilla

Las curiosas decisiones de la administración Trump en momentos cruciales para el planeta

Los recientes bombardeos que involucran a Israel y a Irán, dos países con capacidades nucleares y con enconos profundos, han puesto al mundo en alerta absoluta ante el temor de una escalada mundial de hostilidades que ya llevan años tanto en el Medio Oriente como en lo que alguna vez fuera la Unión Soviética. El paso que se dio esta semana parece ser diferente a los anteriores y conlleva la posibilidad de llevar al mundo a una situación extrema.

El riesgo para todo el planeta es inmenso y el sufrimiento de miles de personas en este mismo momento es real y profundo. Las guerras ya se han iniciado y no hay manera de mantenerse indiferente ante las imágenes de lo que sucede ante nuestros propios ojos y somos incapaces de detener. El sistema internacional no encuentra la forma de lidiar con estos conflictos y, en vez de encontrar una forma de interceder, la administración de Donald J. Trump no parece hacer más que echar más leña al fuego o, en este caso, petróleo.

A pesar de haber llegado a la Casa Blanca con un discurso triunfalista que decía que podría acabar con la guerra de Ucrania en 24 horas, y que lo de Palestina ya estaba tan resuelto que se trataba simplemente de una oportunidad de convertir el territorio arrasado de Gaza en una nueva “Riviera en el Mediterráneo”, en los cinco meses desde que asumió la presidencia Trump no ha logrado nada de eso. Su enviado especial Steve Witkoff, que al igual que el mandatario tiene amplia experiencia en bienes raíces en Nueva York, pero poco conocimiento de las artes de la diplomacia, no tuvo ningún logro tangible en todas las misiones en las que participó.

Marco Rubio, el secretario de Estado encargado de los asuntos exteriores, dijo el jueves que las acciones de Israel eran unilaterales y las voces desde la Casa Blanca aseguraron ese día que la medida era peligrosa ya que podría hacer “volar” (blow up) su estrategia de negociaciones con Irán. A pesar de haber hablado públicamente en contra de una intervención por parte de Israel, el viernes Trump aseguraba que había estado plenamente informado y que pronto habrían aún más ataques. Es muy probable que Irán haya calculado erróneamente que aún tendrían una rueda más de negociaciones.

Sin duda, Israel debió de informar de sus planes a Estados Unidos y también es cierto que los norteamericanos comenzaron a mover personal esencial del Medio Oriente desde por lo menos el miércoles, pero, como informa The Guardian, esto es bastante tarde si se hubiese tratado de un plan coordinado. Ellos especulan que Benjamín Netanyahu calculó que, una vez lanzados, los ataques recibirían el apoyo de la administración de Trump ya que no tendrían como negarse a hacerlo.  

De una manera similar The New York Times reporta que Trump está navegando una situación compleja dentro del PartidoRepublicano, porque, si bien por un lado todos apoyan a Israel y están de acuerdo en que se debe impedir que Irán desarrolle la posibilidad de enriquecer uranio para construir armas nucleares, muchos otros consideran que ese es un problema de Israel y no quieren que el país se vea envuelto en otro conflicto en el Medio Oriente. Recordemos que toda la filosofía de “America First” se basa en la noción de que lo que importa es lo que está sucediendo dentro de sus fronteras y no del otro lado del mundo.

Para colmo, a nivel interno, lo que está sucediendo en estos días dentro de los Estados Unidos no tiene precedentes. En la semana que pasó hemos visto imágenes de cómo tres hombres uniformados detuvieron, tumbaron al piso y esposaron a Alex Padilla, senador demócrata del Estado de California, durante una conferencia de prensa de Kristi Noem, la enviada de Trump para explicar la presencia de las fuerzas armadas en la ciudad de Los Ángeles. Como ya se sabe, durante toda esta semana la segunda ciudad más poblada de los Estados Unidos ha estado en pie de guerra con manifestaciones en contra de la intervención del personal de ICE —el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas— que busca deportar a personas indocumentadas.

Hay que recalcar que las protestas en contra de las deportaciones no suceden solo en Los Ángeles, a donde se ha enviado personal del ejército y de la Guardia Nacional. Si bien esta ciudad es el epicentro del movimiento, ya que Trump tiene una pelea aparentemente personal con Gavin Newsom, el gobernador de California —a quien ha prometido meter preso—, se han reportado hechos parecidos en por lo menos 40 ciudades de los Estados Unidos, desde Anchorage en Alaska hasta Chicago, con la concentración más grande en los estados de Texas, California, Oregón y Pensilvania. En este artículo del Independent se puede ver un mapa de las protestas que serán más grandes este fin de semana.

Mientras tanto, Trump celebra sus 79 años con una parada militar en Washington con la excusa de conmemorar los 250 años de la creación del ejército continental. Este tipo de espectáculos no es una tradición en los Estados Unidos: el mismo George Washington prefirió por mucho tiempo no tener que organizar tropas y solo lo hizo porque le fue imposible ganar la guerra solo con milicianos. El espectáculo costará entre 25 y 45 millones de dólares y unos 6.700 soldados marcharán por la capital, mientras el espacio aéreo permanecerá abierto solo para los aviones bombarderos que harán gala de sus capacidades de guerra.

Mientras el mundo arde, el presidente de los Estados Unidos está más entretenido celebrando su cumpleaños que tratando de entender los problemas tanto en su país como en el resto del mundo. No sabemos qué puede pasar en las próximas semanas, porque si bien Irán no puede competir militarmente con Israel, su gobierno puede hacer mucho daño al sentirse herido y humillado.

No sabemos aún si es el inicio de algo aun mayor, pero ver al mundo entre hombres decididos a mantenerse en el poder sin importar el costo nos pone a todos en un riesgo inmenso.

https://jugo.pe/hombres-fatuos-mientras-el-mundo-arde/

20 de mayo de 2025

El papa de todas las sangres

Natalia Sobrevilla

Los sentimientos de identificación que suscita León XIV, que hoy dará su primera misa

No estudié en colegio religioso. Mi familia acude a dos misas al año. De la catequesis que hice para mi primera comunión en Ciudad de México, solo recuerdo los juegos en el parque al frente de la parroquia. De adolescente leí la Biblia con un grupo de protestantes y, de esos pocos meses, lo único que me queda es la convicción de que el Viejo Testamento supera a cualquier otro texto literario. El austriaco con quien me casé había sido interno en una escuela de hermanos de La Salle con escándalos de abusos sexuales de tal magnitud que su madre, devota de la misa en latín, le pidió disculpas por haberlo mandado ahí, y ella me solía decir que yo no tenía mucha idea sobre nuestra religión en común.

Y sin embargo, a pesar de haber hecho todo este repaso, confieso que he sentido una gran conexión con la elección del nuevo pontífice.

Desde el 8 de mayo he seguido compulsivamente las reacciones tras el cónclave y he consumido toda historia aparecida sobre el hoy papa León XIV; desde la de la monja que fue su profesora de Teología, pasando por las de sus hermanos, las de los genealogistas aficionados y, por supuesto, las de mis compatriotas naturales de Chiclayo que testimonian su afición por las bromas.

Quizás mi identificación se deba, hasta cierto punto, a que en febrero de este año conocí en un evento en el Vaticano al cardenal Robert Francis Prevost, quien, al igual que yo, reflexionó sobre la vida y la obra de Juan Pablo Vizcardo y Guzmán, un jesuita arequipeño exiliado en Italia y Londres a fines del siglo XVIII. Cuando colgué una foto en mis redes sociales, la periodista Paola Ugaz me escribió al instante para contarme que se trataba de un “papable”, y me aseguró que había sido uno de los aliados más importante en la lucha contra los abusos del Sodalicio en Perú.

Su nombre no apareció mucho durante el cónclave, quizás por estar entre los más jóvenes, por ser estadounidense, o por haber desarrollado una parte importante de su carrera en los márgenes, principalmente en el norte del Perú. Por eso cuando apareció el humo blanco y se anunció su nombre, quedé impactada ante el hecho de que el único cardenal que había conocido en mi vida hubiera sido elegido papa.

Se entenderá, entonces, esta súbita fascinación con su historia y, sobre todo, con la manera en que diversas comunidades han establecido conexiones con él. Sentirme una migrante, como lo ha sido él, es un fuerte ingrediente, además, que se añade al hecho de compartir un DNI peruano.

Cuando dicen que el actual papa es peruano porque esa es la nacionalidad que eligió, me pregunto: ¿tener el pasaporte del Reino Unido me hace inglesa también? Un amigo inglés me ha repetido muchas veces que soy tan británica como la reina de Inglaterra, a pesar de que nunca me he dejado de sentir peruana y que muchos aquí nunca dejarán de imaginarme foránea por mi acento. Cada uno vive su identidad a su manera y, sin duda, el flamante papa León XIV dejó eso muy claro cuando apareció por primera vez en público y consideró —en un más que correcto español— que Chiclayo es “su diócesis”, ¿pero eso lo hace peruano?

Que el papa eligiera hablar en esa ocasión en italiano y español incomodó a algunos comentaristas estadounidenses, a pesar de que el mismo cardenal de Nueva York había declarado que, al iniciarse el cónclave, la delegación que llegó desde su país no lo consideraba uno de los suyos. Pero eso que parecía jugarle en contra se convirtió en una ventaja, porque no le fue difícil comunicarse con ellos en su propia lengua y desde su propia cultura: era, al fin y al cabo, un norteamericano.

Por otro lado, su larga experiencia en el Perú, además de su cercanía con Francisco, lo acercó al contingente latinoamericano, que supo reconocer en él a un candidato perfecto. Varios de ellos pensaban que después de un argentino iba a ser muy difícil que el siguiente papa fuera a venir de sus canteras. El cardenal Prevost conocía, además, mucho más que la lengua: se siente cómodo con nuestra cultura, como ha demostrado en muchas de sus interacciones. Y, por otro lado, su inglés también facilitó su comunicación con los cardenales de Asia y África.

Prevost también habla perfectamente el italiano, una lengua indispensable para ser obispo de Roma, y sus años como prior de la orden de los agustinos entre 2001 y 2013 lo llevaron por todo el mundo. Maneja además el francés y el portugués, y puede leer el alemán y el latín, lo cual hace fluidas sus conversaciones con los europeos. Se trata, pues, de un internacionalista; alguien que sabe relacionarse con personas de todas partes, y que tiene experiencia intercultural y multilingüe.

Lo reclaman con memes y bromas los chiclayanos, los habitantes de Chicago, así como la comunidad de su alma mater, la Universidad de Villanova. Lo hacen también los matemáticos, los agustinos y cuanto equipo de básquet, béisbol y fútbol ha podido, a pesar de que él ya ha dejado en claro que lo suyo es el tenis. Han aparecido fotos y videos suyos montado en un burro, comiendo seco norteño, en en un partido de béisbol, cantando como José Feliciano y frente a innumerables tortas, así como rodeado de escolares, monjas y seminaristas.

Interesante ha sido también el debate sobre su origen étnico. Primero se le describió como descendiente de franceses, italianos y españoles —su segundo apellido es Martínez—; pero el análisis se tornó más interesante cuando se reveló que la familia de su madre era de Nueva Orleans, perteneciente a la denominada cultura creole, y que muchos de sus antepasados aparecen listados en los censos como negros o mulatos.

Uno de sus bisabuelos provenía de Haití, o tal vez de República Dominicana: se trataba de personas que “pasaban como blancos”, y el tiempo y la mudanza a Chicago dejaron atrás esas referencias. Quizás esto sea algo que haga al actual papa mucho más latinoamericano que su conexión peruana: la historia de su familia es una de mestizaje y la suya, personal, es la de trascender a las etiquetas fáciles.

Celebremos, entonces, a nuestro papa del continente americano. Alguien que, al igual que muchos de nosotros, reconoce lo que implica provenir de culturas diversas y que, además, sabe lo que significa vivir en lugares lejos de casa y hacer un nuevo hogar allá, a donde se vaya.

https://jugo.pe/el-papa-de-todas-las-sangres/

8 de mayo de 2025

Perú: Usted tiene derecho a leer esto

Natalia Sobrevilla

Unas líneas a la jefa del Archivo General de la Nación, próximo a desmembrarse

Si no se hace nada mañana o pasado mañana, este miércoles 30 de abril comenzará de manera oficial el traslado por partes del Archivo General de la Nación y su más que probable desintegración a vista de todos los peruanos. La semana pasada escribí con indignación sobre esta maniobra, que además incluye el insólito pedido de licencia por parte de su jefa institucional quien, de esta manera, pretende escapar de la responsabilidad.

Es por ello que el pasado 24 de abril, un grupo de historiadores e investigadores le enviamos esta carta abierta a dicha funcionaria, Olinda Graciela Rengifo García. Si la reproduzco aquí es porque todos nuestros compatriotas tienen derecho a indagar sobre el futuro de sus documentos familiares y de nuestro patrimonio histórico.

Estimada señora:

Como historiadores, investigadores, ciudadanos y ciudadanas preocupados por la conservación del patrimonio documental de nuestro país, nos dirigimos a usted para expresarle nuestra profunda preocupación y alarma por las condiciones en las que se pretende ejecutar el traslado del acervo documental de la Nación al edificio del Ministerio de Cultura.

Conscientes que desde el 31 de enero de 2025 pende sobre el Archivo General de la Nación una orden de desalojo de la sede que ocupa en el Palacio de Justicia y que ésta establece que se deben tomar “todas las garantías para el traslado de la documentación sensible que custodia”, le urgimos a informar a la ciudadanía por qué se pretende desmembrar el patrimonio documental del AGN, al imponer un traslado temporal (2025-2026), en el que los documentos estarán repartidos en 3 sedes: Edificio MINCUL, Biblioteca Nacional-Abancay y actual sede Palacio de Justicia. Estas 3 se sumarán a las otras 5 sedes que actualmente tiene el AGN (Crillón, Correos, Hawai, Lince y ENA), convirtiendo en inoperativo nuestro Archivo Nacional al separar las colecciones documentales de las oficinas técnicas que realizan su procesamiento (catalogación, conservación, reproducción) y que permiten el acceso de la ciudadanía a su consulta (sala de consulta). Esta pretensión, representa, además, un grave riesgo, al suponer el traslado constante del patrimonio documental entre estas sedes y al exponer a numerosos peligros de deterioro, pérdida, o alteración los documentos que garantizan los derechos de todos los peruanos y peruanas.

En la primera etapa del traslado, que cuenta con el respaldo del ministro de Cultura, Fabricio Valencia, se establece la entrega al Poder Judicial de 1,127 m², con el desalojo de cerca de 400 m. lineales de documentos, en los que se incluyen la Sección de Libros Migratorios (indispensables para trámites de doble nacionalidad) y la serie de Marcas y Patentes. Sin embargo, el informe Nº 000020-2025-AGN/SG-OPP (31/1/2025) emitido por el Archivo General de la Nación, ha determinado que el espacio cedido en la sede central del Ministerio de Cultura, la Sala Kuelap, “solo cumple con la normativa vigente para albergar espacios de oficinas administrativas” y “no se adapta para el acondicionamiento de otros usos vinculados al AGN, tipo repositorios y/o espacios especializados en trabajos para el buen estado de conservación del Patrimonio Archivístico”. ¿Cuál será el destino de esta documentación? ¿Se pretende trasladar patrimonio documental a una sede que el propio Archivo General de la Nación ha establecido como no apta para la conservación de documentos? La ciudadanía merece una explicación. Del mismo modo, la sala de consulta en la sede Palacio de Justicia será también afectada por este anunciado traslado. ¿Qué medidas se van a adoptar para la atención a los ciudadanos y a los investigadores? Nuevamente, la ciudadanía merece estar informada.

El “Protocolo archivístico para el traslado externo de patrimonio documental ubicado en las instalaciones de Palacio de Justicia de Lima”, aprobado por su gestión el 7 de abril de 2025 (Resol. Nº 000014-2025-AGN/SG) delega la responsabilidad de Miguel Jesús Martínez Laya, Director del Archivo Histórico, y Carlos Alberto Peralta Fajardo, Director del Archivo Notarial, de “contar con inventarios ordenados y actualizados”, así como su responsabilidad por “la pérdida, extravío, o deterioro” de documentos. Sin embargo, el informe de la Contraloría de la República N° 014-2024-OCI/0308-SCC (16/9/2024), establece la responsabilidad del Titular de la Entidad en el levantamiento de observaciones sobre la “Organización, Inventario y/o Catalogación y Conservación de documentos históricos y notariales a trasladar del Palacio de Justicia”. Este informe planteó serias observaciones en relación a la carencia de inventarios que permitan identificar la existencia de los documentos patrimoniales custodiados en el Palacio de Justicia y que pretenden ser trasladados, en particular, a nivel de la foliación de documentos. En ese sentido, instamos a su gestión a asumir responsabilidad en la protección del patrimonio documental y evitar un traslado en el que por falta de inventarios adecuados se arriesgue la “posible sustracción o pérdida y deterioro” de nuestra Historia. Más aún cuando usted ha solicitado una licencia y retomará sus funciones el mismo día en el que se ejecute el anunciado traslado, pretendiendo evadir las responsabilidades a las que haya lugar en la custodia del patrimonio documental de la Nación. Ni el “Protocolo archivístico”, ni la licencia, la exculpan de sus responsabilidades, incluso penales, por el contrario, las extiende a los directores y a quien la reemplaza, el señor Carlos Alberto Verástegui Pérez, asesor de la Jefatura Institucional, que carece del perfil requerido para dirigir el Archivo General de la Nación en tan crítica circunstancia.

Esta responsabilidad incluye el pretender un traslado de patrimonio de la Nación sin contar con los seguros requeridos. El “Protocolo archivístico” aprobado en su gestión establece únicamente el requisito de contar con “autorizaciones de transporte de carga y pólizas contra accidentes” para el transporte contratado. Sin embargo, no se estipula la contratación obligatoria de una póliza de seguro “clavo a clavo” contra todo riesgo y a valor convenido, para el traslado de patrimonio documental. En ese sentido, le pedimos que detalle el monto por el cual se ha asegurado el patrimonio documental de la Nación en una póliza de seguro “clavo a clavo” contra todo riesgo, que es el estándar mínimo para garantizar la seguridad de la invaluable memoria histórica de todos los peruanos.

Finalmente, estas acciones que tienen como motivación responder a la orden de desalojo, al pretender un traslado intempestivo, fragmentado, sin inventarios, sin seguro y sin una sede idónea que albergue todo el conjunto del patrimonio documental del AGN, no atienden a la advertencia señalada en la propia sentencia, de garantizar la protección del patrimonio documental de la Nación. Aún más grave, propone un traslado temporal, sin un plan claro de funcionamiento del AGN, repartido en la ciudad de Lima en hasta 8 sedes, obligando a movilizaciones constantes de documentos, sin seguro y sin medidas de seguridad, y no adelanta en ningún sentido, la verdadera demanda ciudadana de contar con una sede definitiva para nuestro patrimonio documental. La instamos en ese sentido, a desistir de un traslado fragmentado del AGN que lo condena a su inoperancia y a la pérdida de nuestro legado histórico.

Atentamente,

Magally Alegre Henderson

Hans Cuadros Sánchez

Joseph Dager Alva

Cecilia Méndez Gastelumendi

Natalia Sobrevilla Perea

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22 de marzo de 2025

¿Se acuerda de hace cinco años?

Natalia Sobrevilla

Un testimonio personal nos recuerda cómo el mundo cambió tras el Covid-19

En marzo de 2020, hace cinco años exactos, enfermé de Covid-19. Fue antes de que en el Reino Unido —donde residía a tiempo completo— comenzara el confinamiento: recién se había declarado una pandemia mundial y en Perú se acababa de decretar un encierro que se creyó que sería por solo un par de semanas y que nos terminó afectando por un par de años. En su momento escribí un testimonio que publiqué en redes y que sirvió para calmar a algunas personas que no sabían lo que podían esperar del virus. Hoy lo comparto entero para recordarnos cuánta agua ha pasado bajo el puente:

«Nunca sabré cómo me contagie, ¿en el metro? ¿El tren? ¿El supermercado? ¿Me lo trajo uno de mis hijos del colegio? ¿Mi marido y mi otro hijo luego de esquiar en los Alpes? Al final da igual, en Londres está por todos lados. El viernes 13 de marzo fui por última vez de compras y me aislé, dedicada a leer las noticias del mundo con creciente fastidio ante quienes no hacían mucho caso. Tuve ganas de ir al yoga o al cine, pero decidí quedarme en casa y caminar por el parque, más de una hora cada día en absoluta soledad. El lunes celebré porque la universidad, finalmente, decidió que no habría clases presenciales y me puse a preparar clases online.

El miércoles, después de dos noches de dormir muy mal, tomé una siesta porque como nunca tenía un dolor de cabeza muy fuerte. Ese día habíamos ido finalmente al supermercado, que ya empezaba a verse un poco apocalíptico. Esa noche, después de preparar la comida, sentí cómo me subía la fiebre mientras comía. Mis hijos me acusaron de estar nerviosa, pero yo me conozco y no había tenido fiebre desde una salmonela en el 2003. No soy de enfermarme y no había tenido un resfrío en cuatro años, a pesar de que soy asmática.

El termómetro no mintió, 38° C. Me bajé la fiebre con el pañito mojado que recomendaba la abuela y otra vez dormí pésimo. Comencé el 18 de marzo y los días se volvieron una interminable rutina de medirse la temperatura, tomar paracetamol, tomar agua, tomar te de kion y limón. El agotamiento era infinito, dolor de cuerpo, de articulaciones, pasar el día entero en cama y no lograr descansar. Caminar unos cuantos pasos y agitarme. La única suerte que tuve fue tener poca tos y solo un par de noches llegué a asustarme un poco.

Mi marido y mis tres hijos adolescentes no han tenido un solo síntoma y me han cuidado todo este tiempo. Tendría que haber estado más aislada de ellos, pero la verdad es que en casa es difícil mantener la separación. Todos estamos confinados por 14 días y por suerte nos agarró con la refrigeradora y la despensa llenas, porque no podemos salir a comprar y aquí no hay delivery hasta mayo. Un amigo nos ayudó trayéndonos un poco más de paracetamol que consiguió de suerte en una farmacia, además de leche y huevos.

A los siete días me subió la fiebre a 39,2° y me sentí realmente muy mal: se supone que es en ese momento cuando se resuelve si es que mejoras o empeoras. Tuve suerte: al día siguiente me comenzó a bajar la fiebre y ya voy tres días recuperada. El cansancio ha sido mortal y todavía no logro hacer mi vida normal. Sigo sin apetito, comer ha sido lo más difícil y el mal sabor que me acompaña desde que comencé no se va, tengo llagas en la boca.

Pero ya estoy sana, y ya tuve el virus. Aquí solo toman exámenes a los que terminan en el hospital, yo ni me di el trabajo de pedir uno. Sé perfectamente lo que tuve y se supone que en el futuro tendrán una prueba de anticuerpos para que quienes ya lo hemos tenido podamos reconfirmarlo.

¿Qué he aprendido de todo esto? Que hay que quedarse en casa, porque uno puede contagiar desde antes de saber que lo tiene. Que no es mortal en la gran mayoría de los casos, pero igual es incómodo, y le pide mucho al cuerpo para luchar contra él. Cuídense y cuiden a los demás, pero sepan también que a esto se sobrevive ».

Pues bien.

Cinco años más tarde, ya no tengo marido. Ya no trabajo en esa universidad. Mis hijos se hicieron mayores y dos de ellos viven en otros países. Casi nada del mundo que conocí antes de la pandemia sigue en su lugar. Así como para mí, para muchos el cambio ha sido monumental: todos tuvimos que adaptarnos a una nueva manera de vivir, aunque poco a poco se fue comenzando a parecer a como era antes, algunas cosas —aunque imperceptibles— siguen siendo diferentes. Muchos perdieron a personas cercanas, casi todos tuvimos que despedirnos a lo lejos de gente a la que queríamos, y no pudimos abrazar a tantos de los que lo necesitaron. Nos tuvimos que acostumbrar a las pantallas, a la distancia, a las mascarillas, a las vacunas, pero en cuanto pudimos hicimos todo lo posible por olvidar cómo habíamos vivido suspendidos en el tiempo.

Ahora, a muchos se nos hace difícil pensar si algo ocurrió antes o después de la pandemia. El tiempo parece haberse hecho más elástico y esos momentos que pasamos confinados, en los que todo nos daba la impresión de haber ido más despacio, se mezcla y desdibuja porque los días eran muy parecidos los unos a otros. Ya no le tenemos miedo a la enfermedad, pues algunos ya la tuvimos más de una vez, y a ratos no nos acordamos siquiera cómo fue posible que el mundo se paralizara de esa manera: todo nos da la impresión de haber vuelto a la “normalidad”.

Pero ahora que han pasado cinco años, no olvidemos que esa normalidad en la que vivimos en muy precaria y se puede deshacer en cualquier momento. La zoonosis es una espada que pende sobre nuestra especie y los fondos para la investigación científica se han bloqueado en el país que más invertía en ella. Y tampoco olvidemos que, a pesar de las apariencias, el mundo no es el mismo y que todos vivimos aún con las secuelas de la pandemia.

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12 de marzo de 2025

Un cambio de era y el momento de resistir

Natalia Sobrevilla

Ya queda claro que estamos en un cambio de era. Y tampoco queda duda de que lo que estamos viviendo es un momento histórico diferente, uno en el que los avances de las ideas liberales se han detenido y han comenzado incluso a retroceder. El péndulo se mueve en la dirección contraria a lo que a muchos nos gustaría: las conquistas sociales que parecían afianzadas se revelan construidas sobre arena movediza.

Para quienes tenemos cierta edad y podemos recordar todavía el mundo bipolar de la Guerra Fría —que en algunas partes fue en realidad muy caliente— poseemos la conciencia plena de haber ya vivido un momento en el que cambió el mundo. Me refiero a noviembre de 1989, cuando cayó el muro de Berlín y frente a nuestros ojos se desvaneció una manera de ver el mundo; el comunismo que se desmoronaba.

Nuestros padres habían visto el mundo cambiar antes, un poco al menos, en 1968 con la primavera de Praga, los levantamientos estudiantiles en París y la matanza de Tlatelolco en México, pero mucho más estremecedor fue lo que vivieron nuestros abuelos durante la Segunda Guerra Mundial, que, si bien empezó de golpe y a trompicones con la invasión de Polonia el 1 de septiembre de 1939, ya se venía anunciando con la invasión de las huestes de Hitler a Checoslovaquia en marzo y la anexión de Austria un año antes.

La Guerra Civil española de 1936 a 1939 fue un preámbulo macabro de lo que habría de vivir el resto de Europa, y pronto quienes cruzaban de Portbou en Cataluña a Cerbère en Francia huyendo de Franco vieron cómo el tráfico se volcaba para el otro lado con miles de refugiados de Europa que buscaban llegar a Portugal y escapar con vida de una persecución que llevó al exterminio de millones.

Nuestra generación y la anterior a la nuestra también vio el mundo cambiar cuando esos aviones chocaron con las Torres Gemelas en Nueva York el 11 de septiembre de 2001 y podemos recordar qué estábamos haciendo en ese preciso instante, así como muchos de nuestros padres recuerdan dónde estaban cuando el presidente John F. Kennedy recibió la bala que lo mató. Todos estos puntos de inflexión nos resultan evidentes y nos sirven para marcar el inicio y el fin de los periodos, pero las cosas comienzan mucho antes y terminan mucho después.

Es por ello que en inglés se diferencia entre el fin del comienzo —the end of the beginning— y el comienzo del fin —the beginning of the end—. Esos momentos de inicio y fin de las transiciones son mucho más difíciles de dilucidar porque estamos inmersos en ellos, y muchas veces solo se hacen aparentes bastante después. Es labor de los historiadores encontrar, entonces, cuáles fueron los antecedentes, teniendo en cuenta que a veces no son los mismos que los detonadores de los momentos de cambio.

El tiempo es algo tan ilusorio que, si pensamos en nuestro día a día, todo parece ser más o menos igual. Nos despertamos, comemos, trabajamos, nos reímos, vivimos y dormimos; solo para hacerlo de la misma manera al día siguiente, y la semana siguiente, el año siguiente. El tiempo nos parece circular, con las estaciones que se suceden con su cadencia, las fechas que establecemos como festivas y que buscamos marcar para recordarnos que el tiempo sigue girando, y de pronto, sin darnos cuenta, han pasado cinco años, diez años, media vida y nada parece ser lo mismo.

Con el tiempo histórico sucede algo similar y son estos grandes momentos de cambio los que nos recuerdan que el tiempo no se detiene y que sus arenas siguen pasando de un lado al otro en el reloj; que no todos los momentos son los mismos, que no hay nada más permanente que el cambio, y que nada garantiza que ese cambio vaya a ser para mejor.

Hace cinco años nuestra noción del tiempo se vio suspendida por la pandemia. En marzo de 2020 los relojes parecieron detenerse cuando muchos nos vimos obligados a confinarnos en casa para protegernos del letal virus. Esto significó que los doctores, enfermeros, personal de apoyo, cocineros, empleados de supermercados y todos quienes trabajaban en áreas prioritarias de servicios tuvieran que seguir trabajando, mientras que casi todos los demás nos entregábamos a la virtualidad.

Por un tiempo todo cambió, y en algunas partes eso pasó de un día para el otro. Luego, poco a poco, las cosas fueron volviendo a la normalidad, de manera tan escalonada y tan diversa que a ratos se nos hace difícil recordar si algo pasó antes o después de la pandemia. Si fue en el primer verano, o el segundo. Si fue antes o después de las vacunas. Cuando los eventos no son muy claros, no resulta sencillo saber realmente cuándo ocurrieron las cosas. Pero lo que sí sabemos —y ahora ya tenemos pocas dudas— es que las cosas cambiaron de manera drástica en esos años.

Ahora nos encontramos en otro momento, uno más estridente, donde hay guerras de exterminio que no parecen tener solución. Donde quien dirige los Estados Unidos está convencido de que puede hacer lo que le dé la gana y que tiene el apoyo de la mayoría de personas. Algunos todavía están empeñados en darle el beneficio de la duda, mientras que a otros su retórica y estilo matonesco nos es suficiente para dejar en claro que no queremos que su visión cerrada del mundo se imponga.

Estamos claramente en un momento reaccionario, y lo llamo así, con su nombre decimonónico, porque —con algunas diferencias— eso es lo que vemos: una reacción a las ideas liberales de la igualdad de oportunidades y la noción de justicia que por muchos años prevaleció. Con la caída del mundo bipolar de la Guerra Fría pensamos que la democracia nos había convertido a todos en ciudadanos, cuando en realidad lo que sucedió fue que el capitalismo nos volvió a todos consumidores.

Ha llegado, pues, el momento de resistir esa noción y rescatar la idea del bien común.

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4 de marzo de 2025

Que no exista el Estado

Natalia Sobrevilla

La semana pasada conocí a alguien que me dijo que no creía que debía existir el Estado. Sorprendida, le pregunté qué era lo que tanto le molestaba de ese acuerdo en el que se basa vivir en comunidad con una serie de reglas pactadas entre todos, qué partes eran las que le parecían superfluas o innecesarias: si acaso no le gustaban las pistas y veredas, las leyes que hacen que las personas cumplan ciertas normas de convivencia; o si tal vez le parecía inútil que existieran la salud y la educación públicas, la policía, las leyes, los juzgados. De verdad que me pareció insólito que alguien pensara que podíamos vivir alegremente sin Estado, sin una base de acuerdo común mínimo.

Mi interlocutor me respondió que sí, que todas esas cosas le parecían necesarias. Le pregunté entonces, tal vez con exceso de vehemencia, si lo que quería era volver a un mundo anterior al Leviathan, ese acuerdo de mancomunidad entre las personas que Thomas Hobbes definió en su tratado del siglo XVI. Un tiempo donde, según el filósofo inglés, “la vida era solitaria, pobre, miserable, brutal y corta”. Formado en el contexto de guerras civiles y religiosas, Hobbes estaba convencido de que sin leyes, los humanos —que según él somos por naturaleza egoístas y malvados— nos dedicaríamos a robar y matar para sobrevivir. Su teoría contractual del Estado sigue siendo influyente, a pesar de todo lo que ha pasado desde entonces.

Hoy, pareciera que muchos quieren creer que no necesitamos del Estado. La famosa motosierra que Javier Milei ha puesto de moda con la idea de que hay que destruir el Estado ha viajado hasta el norte, donde Elon Musk, el principal asesor de Donald Trump, ha decidido mostrarse con una en mano diciendo que hay que arrasar con todo el constructo woke que, según él,predomina. Pero ¿es realmente que estos hombres no creen en el Estado como tal, o más bien es que no creen en las regulaciones que les impiden hacer lo que les da la gana desde el poder? Me inclino a pensar en lo segundo. Muchas de estas ideas en contra del Estado no son más que una reacción a las leyes que buscan contener su ambición desmedida.

En la última semana el presidente de Argentina se estrelló con la realidad de los mercados cuando la criptomoneda que promocionó desde su cuenta personal de X sirvió como base para estafar a miles de sus compatriotas con una pirámide donde los que estaban al tanto de lo sucedido sacaron millones de dólares de ganancias, mientras que los que se encontraban en la base perdieron todo. ¿No sería mejor que existieran medidas que limiten ese tipo de manejo, o que castigaran con el peso de la ley a quienes se aprovecharon del sistema? ¿Es la mejor respuesta a este tipo de abuso dejar de tener un Estado que vigile y ponga orden?

Lo que nos demuestran acciones como estas es que la idea no es simplemente dejar de tener Estado, sino que quienes están en el poder estén menos controlados. No es casualidad que las agencias y los organismos del Estado estadounidense que le pusieron freno a Musk en varias de sus alocadas aventuras hayan sido las primeras entidades que estén siendo desmanteladas. Una vez más, ¿se trata realmente de una aversión al Estado, o es más bien un deseo muy claro y evidente de querer ser capaces de hacer lo que quieren cuando quieren?

En el Perú llevamos años de deterioro y desmantelamiento del Estado. Quizás en eso hemos sido pioneros, aunque sin tanta fanfarria. La tragedia de esta semana en Trujillo es la muestra más clara de que ir quitándole dientes a la regulación ha permitido que los lugares de esparcimiento, como el centro comercial donde cayó un techo sobre los comensales, se conviertan en una trampa mortal. Hoy, en los análisis de lo sucedido, es evidente que la erosión de los poderes de fiscalización, en aras de defender a los inversionistas privados, ha llevado a que algunas personas hayan tenido que pagar con su vida. Y hoy resplandecen con un halo de vergüenza las leyes que ciertos congresistas impulsaron, así como las declaraciones de políticos y empresarios que repetían una vez más que el Estado es siempre incapaz, mientras que la empresa privada siempre es virtuosa. Ellos también tienen responsabilidad en esta tragedia.

No estoy tan segura de que lo que me quería decir la persona que conocí la semana pasada era que no creía en el Estado. Me parece, más bien, que pedía un Estado eficiente: que funcionara, que no fuera demasiado grande y que no se convirtiera en un monstruo que impidiera que los individuos puedan vivir de la mejor manera posible. Creo que, en el fondo, esa persona y yo no estamos tan alejadas en nuestras creencias, ya que yo tampoco pienso que debemos vivir bajo la tutela de un Estado aplastante que lo controle todo. Al contrario, estoy convencida que eso también ya lo hemos vivido y que los resultados han sido nefastos. Un ejemplo de cuan terrible puede ser el Estado cuando deja de tener límites y se adueña de todo se puede apreciar en la delicada y sutil película que se acaba de estrenar en cines, Aún estoy aquí, del brasileño Walter Salles. La cinta nos recuerda cómo los militares del país vecino dejaron de creer en el estado de derecho y atentaron contra sus mismos ciudadanos, sin que estos pudieran apelar a las leyes. Esto, que tan penosamente vivimos en casi todo el continente en el último cuarto del siglo XX, es un claro ejemplo de que el Estado no es siempre virtuoso y no en todos los casos nos protege.

En los tiempos que corren, cuando observamos atónitos al mundo cambiar a una velocidad vertiginosa, no debemos dejar de reclamar en favor del Estado. Pero no de cualquier Estado, sino de uno que nos defienda y proteja, uno que se encargue de que la vida en comunidad sea como la imaginó Hobbes: dejando de lado lo peor de la naturaleza humana.

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4 de febrero de 2025

Perú: Carta a la presidenta del Poder Judicial

Natalia Sobrevilla

Porque, quizás como nunca antes, la memoria de una Nación depende de una sola persona

Estimada magistrada Janet Tello Gilardi:

Le escribo con la esperanza de iniciar una conversación que pueda ser fructífera para la defensa del patrimonio documental del país.

Antes que nada, quisiera felicitarla en nombre de mi gremio por haber sido elegida para liderar este importante poder del Estado en el binomio 2025-2026 y por ser la segunda mujer en ocupar este cargo. Se trata de un hecho auspicioso, porque son muchos quienes no ignoramos que fue elegida por dieciocho jueces supremos y viene de presidir la Primera Sala de Derecho Constitucional y Social Transitoria de la Corte Suprema. Tenemos claro, además, que su experiencia es muy extensa en todas las áreas de la justicia, con un interés particular en la defensa de los derechos de las mujeres y las poblaciones vulnerables, y que ha sido reconocida en múltiples ocasiones, como cuando en 2018 recibió la Orden al Mérito de la Mujer.

Le escribo de esta manera pública, aunque ya junto a mis colegas lo hiciéramos en privado, para reiterarle nuestra solicitud de tener una audiencia debido a la desesperada situación del Archivo General de la Nación y su futuro incierto. No exagero si le digo, magistrada Tello, que la memoria de todos los peruanos se encuentra en sus manos. Como ya es sabido, la querella sobre la propiedad de los espacios que actualmente ocupa el AGN en Palacio de Justicia ha sido resuelta en todas las instancias. Nosotros no ponemos en duda la resolución que le da al Poder Judicial los espacios del Palacio de Justicia y, a la vez, estamos convencidos de que lo mejor para los documentos será su traslado definitivo a un local adecuado.

Al contrario de lo que algunos puedan pensar, el material albergado en la sede de Palacio de Justicia es mucho más que una colección de “papeles viejos”: se trata de la documentación en la que se sustenta lo que ha sido el Estado peruano, y donde se custodian las memorias de nuestros antepasados. Se trata de papeles que son inmensamente valiosos por lo que contienen, además de ser sumamente delicados, por lo cual no pueden ser trasladados fácilmente. Por un lado, debido  al riesgo que significa que se pierdan si no están debidamente organizados y catalogados, y, sobre todo, porque cualquier cambio brusco en la temperatura y la humedad podría llevar a que se pierdan para siempre, ya sea porque la tinta ferrosa termine de corroer el papel, o a un desprendimiento de la misma que haga imposible rescatar su contenido.

Las propuestas que se hicieron desde el Ministerio de Cultura de trasladar una parte del Archivo al estacionamiento de su edificio en la avenida Javier Prado, o a la sala Kuélap de lo que fuera el Museo de la Nación, son absolutamente impracticables porque no son espacios aptos para custodiar este tipo de material y, en el caso de la sala propuesta que está en el edificio, el piso no podría soportar el peso de los documentos. Y, si bien los sótanos del Palacio de Justicia no son ideales, el riesgo de trasladarlos temporalmente a un espacio intermedio es tan grande, que se debe intentar hacerlo solo cuando se haya edificado un lugar definitivo.  

Tanto el poder Ejecutivo como el Legislativo ya han hecho entrega de una importante suma de dinero para iniciar la construcción de un nuevo local para el Archivo. Y nosotros, desde la comunidad de historiadores y archiveros, estamos convencidos de que tener este nuevo local será la mejor solución a mediano y a largo plazo. No obstante, la amenaza de un posible desalojo del​ Palacio hace muy difícil poder concentrarse en lo más importante de momento, que es dar inicio a la construcción del nuevo local.

Como quizás sepa, ya se cuenta con el terreno, pero antes de iniciar la obra será preciso trasladar temporalmente lo que se conoce como el archivo intermedio, ya que los documentos que custodia no son tan antiguos y delicados. En este momento, para comenzar la construcción es necesario mover ese archivo y a la Escuela de Archiveros, pero tener que hacerlo bajo el riesgo del desalojo del Palacio implica un problema muy grande.

Nuestro gremio tiene la ilusión de alcanzar una solución que sea tan buena para usted como presidenta del Poder Judicial, como para todos los peruanos, que es a quienes pertenecen estos documentos. Somos muy conscientes de que el poder del Estado al que usted representa tiene necesidad de contar con ese espacio y estamos convencidos de que, en última instancia, esa será la mejor solución para todos, en tanto exista un local idóneo para el AGN en el que todas las peruanas y peruanos podamos consultar nuestros documentos.

Sin embargo, lo que de momento es crucial es hacerlo de la mejor manera posible y, sobre todo, de una forma que no ponga en riesgo la memoria del país. Un estacionamiento o un depósito no son los lugares donde deben ir esos documentos, y peor si es​ temporalmente. Necesitamos su apoyo para que se una a esta cruzada por la defensa de nuestro patrimonio documental. Estamos seguros de que con su trayectoria de defensa de los más vulnerables nos escuchará y nos ayudará a encontrar lasolución definitiva y de largo plazo que requiere este gran problema.

Sabemos que pronto tendrá una cita con el ministro de Cultura y con la nueva jefa del Archivo. Esperamos que al hablar con ellos de esta situación, tenga presente las implicancias de esta problemática tan vital, y que apoye la construcción del nuevo local​ mientras garantiza la inmovilidad del Archivo en el Palacio que usted representa, y así quede registrada en la historia del Perú como la defensora de la documentación más importante de la nación.

Es decir, como la defensora de nuestra memoria.

https://jugo.pe/carta-a-la-presidenta-del-poder-judicial/

3 de enero de 2025

Las partidas y los abrazos partidos

Natalia Sobrevilla

Los Años Nuevos siempre ponen a prueba a las almas migrantes

Hace treinta años me fui del Perú. Acababa de terminar la universidad y estaba enamorada: no sabía a dónde me llevaría el futuro, pero lo afrontaba con optimismo y alegría. Mi hermana se había ido hacía unos años y mis padres habían vuelto a emigrar un poco antes. No era, sin embargo, la primera vez que dejaba el Perú: lo había hecho en 1973, con dos años recién cumplidos. No conservo un solo recuerdo anterior a esa partida, ni siquiera tengo noción de lo que pude haber sentido la primera vez que me subí a un avión.

Así, mis primeros recuerdos le pertenecen a una casa colombiana que ya no existe. Cuando muchos años después la fui a buscar, encontré un edificio de cuatro pisos; pero mi vida de esos años se me activa con el ajiaco, esa sopa de pollo y papas servida con alcaparras, palta y crema que me regresa a la infancia; tanto así, que cada vez que llego a Bogotá comienza un obligado paseo para conseguir el humeante potaje. La siguiente urbe que siguió en mi periplo fue Ciudad de México, y a ella también volví de adulta. En la casa de mi infancia encontré a una amiga de mi madre, y en ella después volvió a instalarse mi hermana, acogida por la que se convertiría en su familia mexicana. Una Navidad, incluso, la pasé allí con mis hijos cuando eran chicos: así de vueltas da la vida. Pero este año volví, y encontrar esa casa vacía me llenó de pena.

En Lima, mis recuerdos festivos están ligados a las casas interconectadas que mi familia ha habitado desde los años 60 y en las que ahora mi hermana, mi tía y yo reimaginamos los espacios para hacer fiestas, cenas y reuniones. Resuenan las bulliciosas Navidades en que veníamos de visita: en cada Nochebuena, la casa donde entonces vivía mi abuela y una tía se llenaba de galletas, panetones, chocolate caliente con queso, villancicos, regalos, tías, primos, sobrinos, todos corriendo por los pasillos que interconectaban los patios entre chispazos de luz de bengala.

No veníamos todos los años, pero los que vinimos fueron suficientes para dejar indeleble la sensación del comienzo del verano a orillas del Pacifico, en contraste con el frío de todos los demás lugares por esas fechas. Cuando vinimos en 1980, las celebraciones se hicieron más sencillas, ya no entrábamos todos en casa de mi abuela y se fueron organizando cenas y almuerzos paralelos. A mi familia paterna le tocaba el 24,  y a la materna, el 25; doble turno todos los años.

A partir de 1993 mudamos el evento a Miami, donde por entonces residían mis padres, mi hermana y unas primas. En 1995,cuando suponía que pasaría las fiestas con la familia de mi entonces novio en Viena, me di cuenta de que no en todos los lugares se celebra con tanta calidez e inclusión: cuando supe que no estaba invitada a la celebración, me fui a Egipto. Nada mejor para paliar la ausencia de la familia que estar en un lugar donde no se celebra la Navidad.

De ahí en adelante hice lo posible por organizar mis viajes de fin de año con suficiente antelación. A pesar de ello, no siempre fue posible pasarlo con toda la familia; a veces fue en Viena, otras en Londres, algunas en Miami, y de vez en cuando en Lima. En todas las ocasiones faltaba alguien que estaba del otro lado del mundo. Es la realidad que afronta todo migrante, una que le toca cada vez más familias peruanas repartidas por el mundo.

Con la llegada de mis hijos fue necesario hacer concesiones y combinar las celebraciones de Navidad y de Año Nuevo. Con cariño e imaginación, nos las ingeniamos para celebrar lo más juntos posible a pesar de la distancia. Hace cinco años, con una casa en Londres a medio construir, llegaron mis padres, mi hermana y mi prima: como no teníamos dónde acoger a tanta gente, recurrimos a una de nuestras formulas favoritas, pedir una casa prestada a amigos que andaban de viaje.

Quienes conocen a mi familia saben que somos particularmente hospitalarios. En casa siempre hay lugar para alguien más, sea para comer o para dormir. Esta es otra de las características de quienes nos movemos mucho: han sido tantas las personas que​ nos han dado una mano en el camino, haciéndonos un lugar cuando lo necesitábamos, que lo natural es hacer lo mismo con quienes encontramos en necesidad. La cantidad de veces que alguien me ha abierto las puertas de su casa o las de su familia​ debe ser proporcional —y quizás mayor— a la que he hecho lo mismo con mis amigos y sus amigos. Al final, el espíritu de estos días implica abrir las puertas y los corazones.

El fin de año, como la Navidad, es una excusa para celebrar la vida y la amistad, y esta vez, como suele ocurrir, haré una fiesta con toda la gente que tenga alrededor y a la que pueda persuadir para que venga a mi casa. Hace cinco años instalamos una carpa en la mitad de la construcción y, a pesar del frío londinense, encendimos la parrilla porque no había otra manera de cocinar y calentar el patio. Fue una fiesta inolvidable. Estar con los amigos y la familia es una buena manera de celebrar la llegada de un nuevo año. Cuando mis hijos eran chicos, eran arrastrados por medio Perú a celebrar con amigos y con pequeños que más o menos compartían su edad en círculos de fogata, y agradecíamos a la Pachamama frente al mar o en cabañas en las alturas. Fue particularmente memorable para ellos la vez que nos prestaron una casa en las afueras de Tarma y a medianoche vimos quemarse muñecos en todas las esquinas, la voracidad del fuego recordándonos lo volátil de la vida.

Desde que me separé del padre de mis hijos, los abrazos han sido cada vez más partidos. Mis hijos han tenido que moverse de Londres a Lima y de ahí a Viena, o más o menos en la otra dirección, con el ánimo de que pasen una de las fiestas conmigo y la otra con su padre. Este año se quedaron en Londres para Navidad y yo acabo de llegar a Inglaterra para el Año Nuevo. Ellos ya están grandes y tendrán sus propios planes, así que haré una fiesta: pensaré en los que me acompañan y en los que nunca dejarán mi corazón a pesar de la distancia.

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30 de diciembre de 2024

Quince años guerreando

Natalia Sobrevilla

El fin del Bicentenario le plantea a una de sus principales historiadoras un recorrido tanto intelectual como emocional

E​l 9 de diciembre, se conmemoran los doscientos años de la Batalla de Ayacucho, la que selló la libertad americana. Con este evento simbólico se cierra también un ciclo conmemorativo que ha durado un poco más de quince años.

Se puede encontrar muchos puntos de inicio para las guerras que llevaron a la creación de las repúblicas en América. Se podría decir que, en algún momento del siglo XVIII, las ideas de la Ilustración llevaron a que cambien las nociones sobre quién tiene derecho a gobernar y a cobrar impuestos.

También se podría pensar en la importancia de la revolución norteamericana, con su declaración de independencia de 1776. O en Túpac Amaru II, que inició un levantamiento antifiscal en nombre del rey y en contra del mal gobierno, pero que terminó convirtiéndose en la rebelión más importante en los Andes desde la derrota del primer Túpac Amaru.

También están quienes señalan como primer germen de la Independencia a la Revolución Francesa, que cortó cabezas de reyes y planteó la idea de los derechos del hombre y del ciudadano. O a la Revolución Haitiana, en la que los esclavizados se alzaron contra sus amos, dejando a la isla entera desprovista de blancos.

Todos estos fueron, sin duda, acontecimientos estelares, pero no fue hasta que Napoleón tomó prisionero al rey de España en 1808 cuando todos los territorios de la monarquía española se vieron ante la pregunta de dónde estaba la soberanía. Quienes respondieron que, ante la ausencia del rey, esta volvía al pueblo, se organizaron como Juntas autónomas y se enfrentaron con armas a quienes aún sentían fidelidad absoluta al monarca ausente.

Estas guerras se vivieron en todo el continente, desde los altiplanos cercanos al lago Titicaca, donde se enfrentaron los hombres enviados por la Junta de Buenos Aires contra los hombres del virrey en Lima, hasta junto al lago Maracaibo, donde pelearon los hombres que en Caracas declararon la República en 1811 contra quienes en esos mismos territorios no aceptaban su legitimidad y peleaban en defensa de los derechos del rey.

Por más de quince años, una generación entera de hombres tomó las armas, se vistió de uniforme y cabalgó de un lado al otro del continente dividida en dos bandos: los que tenían la idea de organizar repúblicas autónomas, y los que tenían la seguridad de que debían seguir ligados a la monarquía española de la cual se sentían parte.

Cuando las guerras napoleónicas terminaron, los veteranos viajaron a América a seguir peleando. El rey envió contingentes de oficiales curtidos en las campañas peninsulares para devolverle a la Corona los territorios que se habían declarado independientes, mientras que muchos de los ingleses, franceses y alemanes que se encontraban sin colocación se unieron a los ejércitos independentistas.

Fue así que en los campos de Junín y Ayacucho se encontraron hombres que habían luchado en Waterloo, en Marengo, que habían estado en la campaña rusa, o que habían combatido a las órdenes de Wellington en la península. Eran muchas las experiencias de vida a ambos lados del Atlántico.

La batalla final en Ayacucho se dio después de meses de marchas y contramarchas en las partes más inaccesibles de los Andes. Miles de soldados, a pie o a mula, atravesaron la inmensa cordillera una y otra vez llevando a sus caballos de las riendas porque solo se los montaba en batalla. Los seguían sus mujeres, las rabonas, que habían hecho esas mismas campañas extenuantes por muchos años y que, al igual que los hombres, estaban curtidas ante la altura, el cansancio y el hambre.

Se ha escrito mucho sobre esta batalla, sobre la campaña y sobre estas guerras. Yo misma he pasado años dedicada a su estudio, tengo incluso siete libros sobre el tema. Esto no habría sido posible sin el apoyo de tantos “compañeros, amigos y hermanos” con quienes he recorrido los campos de batalla, las bibliotecas, los congresos, y las universidades de ambos lados del Atlántico.

Nada hubiera sido posible sin estos colegas y compañeros de ruta, que hicieron posible entender, imaginar e intentar explicar qué fue lo que nos llevó a la creación de las naciones que hoy existen en América. El diálogo, las preguntas, las lecturas, la experiencia misma de los espacios ha hecho posible toda esta producción, junto a la generosidad de una serie de instituciones que creyeron en los diversos proyectos que presentamos y que nos apoyaron incondicionalmente.

Terminando el recorrido, con muchas “batallas” en mi haber, me siento como el virrey José de la Serna, que a sus 54 años —casi igual que mis 53— era uno de los hombres mayores en el campo. Miro hacia atrás y recorro en mi memoria los años de esfuerzo y las alegrías y oportunidades que me han traído.

Pienso también que ya es hora de “colgar las espadas” y de volver a otros temas. Hoy, mientras escribo estos párrafos, me preparo para mi gira final sobre el tema. El lunes 9 estaré en la Biblioteca del Congreso en Washington; el martes, en el Instituto Panamericano de Historia y Geografía en Ciudad de México. El miércoles, hablaré en Lima; y el jueves y viernes en el Cusco: broche de oro para un año de presentaciones que comenzó a fines de 2023 en Barcelona.

Sin embargo, una de las cosas que me hace más feliz a estas alturas ha sido la entrega de las correcciones finales del manuscrito que más me ha costado en la vida. Entregué la primera versión de este libro en agosto de 2019, más o menos cuando —doscientos años atrás— la expedición libertadora acechaba las costas peruanas. Gracias a los comentarios de los evaluadores lo reescribí casi completamente entre octubre de 2022 y enero de este año, casi el mismo tiempo en que la incipiente república peruana buscó infructuosamente hacerse independiente dos siglos atrás.

Este libro, que estudia al Ejército como la institución sobre la que se construyó la república peruana en el siglo XIX, se basa en más de 1.000 fojas de servicio de oficiales y suboficiales, muchos de ellos veteranos de estás guerras de Independencia.

Al cerrar hoy estos más de quince años de guerras, imagino a estos soldados legándonos el rastro de sus experiencias personales en esas cartas, mientras solicitan algún premio o alguna pensión.  Y pienso en los años de esfuerzo que implican tanto pelear una guerra, como contar su historia y la de sus protagonistas.

Seas soldado, historiador o ciudadano, mantener un ideal es una batalla constante, y la condecoración más íntima es saber que se hizo todo lo que se pudo.


9 de diciembre de 2024

Perú: “La señora Boluarte no tiene un deseo muy grande de estar ahí, abrazada de los ayacuchanos”

Natalia Sobrevilla  Entrevista Emilio Camacho)

Se cumplen hoy 200 años de la decisiva Batalla de Ayacucho. La historiadora Natalia Sobrevilla reflexiona en esta conversación sobre los protagonistas de este hecho tan significativo, sobre las repercusiones que tuvo en el naciente Estado que hoy conocemos como Perú, entre las naciones vecinas y en el mundo entero. Además, habla de cómo llegamos a esta celebración y del papel que le corresponde al Estado en estas fechas.

¿Lo de Ayacucho debería ser una celebración alrededor de unos cuantos nombres, como Sucre o Bolívar, o debería ser más bien un homenaje a la suma de muchas voluntades, de muchas ciudadanías, de muchas banderas?

Yo pienso que tiene que ser visto como un trabajo en conjunto. Son 15 años de guerras en los Andes que llegan a su fin en esta batalla. Y son personas que han estado peleando en un espacio muy grande, en todo el continente. Incluso, si se quiere, la batalla de Ayacucho es el fin del ciclo de guerras napoleónicas.

Ahora, lo que nos resumen en el colegio es que esto se consiguió gracias a hombres de uniforme, de la élite, y se menciona un poco menos al pueblo llano.

Bueno, pero la batalla en general se pelea por oficiales y soldados. Entonces, los oficiales no son nada si no hay soldados que estén ahí. Las batallas nunca se pueden pensar únicamente en base a dos, tres, cuatro o cinco personas. Es fácil resumir, porque son las personas más importantes y porque la historiografía tradicional se ha fijado principalmente en los protagonistas más conocidos, más importantes, más representativos.

Si uno hubiera hecho una encuesta entre los miembros del ejército libertador, ¿cómo se hubieran autodenominado ellos? ¿Eran patriotas, rebeldes, antimonárquicos? ¿Cómo se llamaban a sí mismos?

Bueno, todos los que peleaban se llamaban patriotas, tanto los que defendían al rey como los que buscaban autonomía o independencia. Porque, ojo, el ejército realista defendía al rey, a Dios y a la patria. Y quienes defendían al rey llamaban a sus enemigos insurgentes, rebeldes, levantiscos. Quienes luchaban por la independencia se llamaban a sí mismos libertadores, patriotas o independentistas. Pero ellos todavía no tenían muy clara la idea de los países o las repúblicas que eventualmente se consolidaron después. Ellos dirían que eran de Caracas, de Cumaná, de Bogotá, de Cartagena, de Lima, de San Pedro de Lloc.

¿Alguno se hubiera denominado peruano en esa batalla?

Quizás. San Martín, por ejemplo, cuando llega al Perú, designa que todos los nacidos en el Perú se deben llamar peruanos. Y desde ahí, a quienes se les llamaba peruanos es a los indígenas. Y entre los españoles que pelean, Andrés García Camba, por ejemplo, describe a esta fuerza como el ejército español peruano, porque la mayor cantidad de tropas que defienden al rey en la batalla de Ayacucho son peruanas. Pero muchos de los que están en los diferentes batallones contrarios, con Sucre, también son peruanos, son del norte del Perú. Vienen de Piura, de Tumbes, de Cajamarca, de Huaraz.

Y aparte están todos los contingentes que vienen de afuera. Incluso hay europeos peleando por la causa de la libertad.

Por supuesto. Y también por la causa del rey. Hay irlandeses en los dos lados. Hay veteranos de las guerras napoleónicas. Hay alemanes, hay franceses.

¿Y esos veteranos dónde están? ¿O están repartidos por igual?

Son repartidos por igual.

O sea, lo que valía era su experiencia en la guerra.

Sí, y también un poco sus intereses. También habían personas nacidas en España que lucharon por la independencia. Vicente Tur es un ejemplo que se puede recordar de la batalla de Ayacucho. Están también quienes han venido con San Martín y han hecho toda la campaña libertadora de los Andes, desde Mendoza, Cuyo, Chacabuco, Maipú, hay 60 chilenos que pelean en Ayacucho.

Si Ayacucho define la libertad del territorio que llamamos Perú, y en general de América, ¿por qué nuestra independencia se celebra el 28 de julio y no tenemos en cuenta el 9 de diciembre?

Bueno, ha habido momentos en que se ha tenido más o menos en cuenta, dependiendo de quién ha estado en el gobierno. Esto tiene que ver con la manera en que se ha creado la memoria sobre la independencia peruana y la importancia que va adquiriendo Lima. Entonces, San Martín considera que una vez proclamada la independencia en Lima, ya se liberaría todo el Perú, pero se da cuenta muy rápidamente de que esa no es la realidad. Eso ya le había pasado en Chile, que libera Santiago, y el sur de Chile sigue siendo realista hasta 1826. Pero ¿por qué Lima? Porque cuando se recuerdan los hechos se va recalcando cada vez más la centralidad de Lima y la proclamación de la independencia. Porque, por último, se proclamó la independencia en Trujillo en diciembre del año 20. Se proclamó en Tarma en noviembre del año 20. Se proclamó en Huamanga también en el 20.  Se proclamó en Supe el 19. ¿Y por qué recordamos a Lima? Porque Lima adquiere la posición de centralidad, es el centro de la república peruana y, por ende, es el lugar donde se celebra, donde se conmemora. Pero tanto el centenario como el sesquicentenario celebraron y conmemoraron también Junín y Ayacucho.

Entiendo, además, que las celebraciones en Lima obedecen a un hecho histórico, porque San Martín deja instrucciones para que se siga conmemorando año con año la proclamación de la independencia en Lima, con instrucciones muy puntuales, como el Te Deum.

Así es, él lo pone en la legislación. Y la otra cosa que San Martín elige es que sea una proclamación pública lo que se conmemore, no la declaración, porque la declaración de Lima es del 15 de julio y nadie celebra ni conmemora eso. Y la proclamación es un espectáculo público que se da en las cuatro principales plazas de la ciudad y es algo que se hacía en la época colonial también para celebrar los eventos importantes de la corona: como la coronación o la muerte de un rey.

Quizás sea por la coyuntura que tenemos actualmente, pero siento que el homenaje a la Batalla de Ayacucho se está entendiendo más como una cosa regional que como algo nacional.

Bueno, yo creo que en todas estas conmemoraciones una de las cosas que se ha hecho evidente es la incapacidad del Estado central de posicionarse frente a estas fechas. Y eso es algo bueno y es algo malo. Es algo bueno porque las personas de las regiones se sienten empoderadas al recordar lo que sucedió en sus territorios. Es algo malo porque es sintomático de la incapacidad administrativa que tiene el actual Gobierno.

Los mensajes sobre la conmemoración de Ayacucho son escasos.

Sí, porque, perdón, la señora Boluarte no tiene ningún deseo muy grande de estar ahí, abrazada de las personas de Ayacucho.

Lo más probable es que habrá un gigantesco cordón policial alrededor de ella.

Sí, va a estar completamente separada, va a llegar en helicóptero, directamente al campo de batalla. Va a estar ahí un minuto y después se va a ir, porque, qué más va a hacer. Y otra cosa que también es diferente es Venezuela. En el sesquicentenario, la participación de Venezuela fue inmensa, porque esos eran los años de oro de la economía venezolana petrolera. Y entonces, en el año 74, inyectaron dinero desde Venezuela al Perú de manera impresionante. Esto es algo que por supuesto ahora es impensable. Yo he estado presente en muchas conmemoraciones, en misiones del Perú en el extranjero, donde hemos estado con los argentinos, los chilenos, los colombianos, los ecuatorianos, pero no los venezolanos.

Probablemente pase lo mismo con el gobierno de Argentina. No sé si se tengan mucho entusiasmo de mandar una misión muy grande al Perú.

No mandaron una a Junín, yo estuve presente en Junín, estaban los chilenos, los colombianos y los bolivianos, punto.

Ahora, ¿qué ha significado la llegada de esta fecha para el mundo académico? ¿Hacia dónde se orientan las nuevas investigaciones?

Bueno, yo formo parte de una generación que durante los últimos 15 años se ha dedicado a encontrarnos, a pensar y a reflexionar. Y yo rescato una cosa muy importantes de esto: la colaboración entre todos los participantes, tanto en España, en Argentina, en Chile, en Colombia, incluso en Venezuela, para la comparación. Lo valioso es entender que esta no es una historia propia, no es solo la independencia peruana. Esto es parte de una gran ola de movimientos revolucionarios, de un cambio de paradigma, de un cambio de una manera de pensar en la representación. Antes debían ser los reyes enviados por Dios quienes gobernaban y ahora debemos ser nosotros mismos quienes nos gobernamos.

“La heroicidad es algo que necesitamos”

¿Qué cambió para los habitantes del Perú que se estaba constituyendo después de Ayacucho? ¿Cambió radicalmente su modo de vida, su economía, la manera en la que ellos se autopercibían?


Bueno, lo que cambia es la estructura política del país. Hay momentos de mucha inestabilidad, se intenta buscar un sistema representativo, y hay muchos problemas, guerras civiles, hay una gran confrontación entre diferentes regiones que lleva a la creación de la Confederación Perú-Boliviana, que tampoco es exitosa. Para las personas que viven en comunidades indígenas significa que, como el Estado es incapaz de ir a pedirles tributo, de ir a presionarlos sobre sus tierras, hay un renacimiento, porque de pronto ven que ya no tienen un Estado extractivo que está viniendo a pedirles las cosas de manera ordenada, porque hay un caos en la República. Eso les permite mejorar su situación en los primeros años de la República. También se van a grabar nuevos impuestos de exportación e importación. Van a llegar muchos extranjeros con la idea de que van a traer grandes negocios, pero luego se van a dar cuenta que no hay un mercado interno que pueda soportar una importación masiva de bienes, porque nadie tiene dinero para comprarlos.

Ahora, hay un orgullo regional muy interesante. Para los ayacuchanos, este es el verdadero bicentenario.

Sí, pero cualquier persona que esté familiarizada con las conmemoraciones del 9 de diciembre en Ayacucho sabe que todos los años hay una gran conmemoración. O sea, se arma una feria, la gente está en la pampa desde el amanecer hasta el atardecer. Y eso es muy bonito de ver.

Además, que tienen sus propios nombres que recordar. Por ejemplo, la presencia de Basilio Auqui en Ayacucho es importante, por el rol que tuvo en Las Montoneras.

Bueno, lo que sucede con todos los héroes es que son una construcción de las comunidades para tener alguien a quien conmemorar. Y entonces, al final, no importa tanto ni lo que hicieron, ni dónde estuvieron, sino lo que se recuerda de ellos. La heroicidad es algo que nosotros, en el presente, necesitamos.

https://larepublica.pe/domingo/2024/12/09/natalia-sobrevilla-la-senora-boluarte-no-tiene-un-deseo-muy-grande-de-estar-ahi-abrazada-de-los-ayacuchanos-236628