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19 de julio de 2025

¿DEUS EX MACHINA?

Natalia Sobrevilla

La humanidad que podríamos estar perdiendo ante la omnipresencia de lo digital

La frase en latín del título se refiere a un recurso literario, por el cual el argumento de una historia se soluciona de manera sorprendente gracias a algo que parece venir de ninguna parte. Su origen se encuentra en los teatros de la antigüedad, donde de pronto aparecía en mitad del escenario una máquina que transportaba a un dios que ofrecía una solución al principal problema narrativo. Hoy, de una manera similar, cuando las máquinas parecen tomar control sobre grandes porciones de nuestras vidas, me viene a la cabeza esta referencia al rol protagónico de los aparatos.

Esta semana me la he pasado tratando de lidiar con mi frustración con la tecnología. Primero se echó a perder la internet en casa y pude sobrevivir con los datos de mi teléfono, hasta que lo tuve que actualizar cuando cambié de aparato. Hacerlo sin conexión a internet no fue fácil y solo lo logré gracias a la generosidad de mi hijo, que me prestó su red. Pero, entre una cosa y otra, me distraje, hice algo mal, y perdí casi dos semanas de importantes mensajes de coordinación.

Esto se le sumó a la frustración del día anterior, cuando me enteré de que no quedaba nada dentro de mi computadora de escritorio, la que había dejado de utilizar por varios meses desde que escribo exclusivamente en mi portátil. Estoy segura de que el reinicio de fábrica lo hizo alguien en casa que buscaba ayudarme, pero que, por error, simplemente, vació todo lo que ahí almacenaba y que no estaba copiado a la nube. Por suerte, esa información ya no era mucha, pues desde hace un buen tiempo mi manera de trabajar ha adoptado ciertas previsiones. Y en esas estaba, alistándome a enviarle a mi editor los cambios finales a mi último libro, cuando mi laptop comenzó a parpadear para luego congelarse, y cuando por fin se reinició descubrí, casi aterrada, que no había registrado mi trabajo de ese día y tuve que comenzar el ejercicio ya casi terminado desde cero.

Pensé, por supuesto, en cuánto poder le hemos dado a las máquinas y cómo nos hemos acostumbrado a que silenciosamente ellas hagan las cosas por nosotros. Esa misma mañana había leído un artículo sobre el impacto del uso de la inteligencia artificial en nuestra capacidad cognitiva y de cómo, por ejemplo, antes podíamos retener una serie de números telefónicos en la cabeza y conocer las calles de nuestro entorno con solo apelar a nuestra memoria, habilidades que hemos ido perdiendo desde que tenemos teléfonos “inteligentes”. El autor, Brian Klass, reflexiona sobre lo que pierde una sociedad donde ya no vale la pena pedirles a los alumnos que hagan ensayos académicos porque un número importante de ellos se las arreglará para presentar textos producidos por ChatGPT y similares. Así, durante esta temporada de evaluación en las universidades del hemisferio norte, no he dejado de oír que los ensayos —que por años fueron la base para discernir sobre el desarrollo del pensamiento crítico, eso que realmente evaluamos los profesores universitarios— ya no sirven. Mientras que algunos profesores se decantan por volver a los exámenes, otros ya han optado por pedir ensayos que analicen críticamente lo que produce ChatGPT, pidiéndoles expresamente a sus alumnos que usen la inteligencia artificial para que comprendan sus límites. Que identifiquen citas de autores que no existen, libros que nunca se han escrito, textos supuestamente publicados años antes de que sucedieran los eventos que dicen analizar. Klass, como muchos, se pregunta cuál es el impacto de todo esto en la capacidad de estos jóvenes para pensar.

Sin duda, todos nos vamos a tener que acostumbrar a vivir con esta nueva manera de hacer las cosas. A propósito de esto, una amiga me decía anoche que en la época en que proliferaron las calculadoras, empezaron a rendirse exámenes con ellas y otros sin ellas (casualmente, yo siempre uso la mía hasta para operaciones sencillas, a pesar de que mi profesor de Matemáticas me lo prohibiera específicamente en el colegio). En otras conversaciones que he tenido con personas que trabajan en el mundo de los negocios he oído que ya no necesitan del mismo tipo de apoyo, porque hay muchas tareas que hoy pueden delegarse a asistentes electrónicos, incluso en temas legales o de recursos humanos. Si se le puede preguntar directamente a la máquina, ya no se necesita un intermediario humano que tenga ese conocimiento. Dos preguntas me vienen, entonces, a la cabeza: ¿no será que estos sistemas puedan cometer errores difíciles de identificar a simple vista, pero que pueden ser profundos?  ¿No significará esto mucho menos empleos para la gente?

Para cerrar de manera festiva estos últimos y frustrantes días mediados por la tecnología, anteanoche asistí en Londres al curioso espectáculo de ABBA producido con sus “abbatares”. Éramos centenares y centenares de personas de todas las edades, desde abuelos hasta nietos, que cantábamos y bailábamos entretenidos por unas máquinas que nos presentan una simulación casi real de lo que sería ver a ABBA en sus años de apogeo. Estas entidades eran versiones aparentemente mejoradas de los músicos, de una edad indeterminada, que cantaban, bailaban y tocaban con soltura sus instrumentos, y si bien todos “sabíamos” que no eran ellos, algo de su esencia estaba presente. 

A ratos, estos ABBA automatizados eran acompañados por una banda en vivo, y hacia el final se sumó un coro: fue entonces cuando sentí con mayor profundidad la diferencia entre las máquinas y lo humano. Fue en ese instante cuando pensé que me encontraba en medio de una extraña mezcla de un show de marionetas, un inmenso karaoke en el que todos cantábamos felices, y una película en la que atestiguábamos los años más vitales de esos ídolos. A pesar de estos contrastes, la pasé muy bien, porque —seamos sinceros— es lo más cerca que estaré de ver a ABBA en vivo, quienes no han hecho un concierto desde diciembre de 1982. 

Sin embargo, hasta ahora no me abandona el pensamiento de que esto funcionaba porque alguna vez existió el grupo original. Esas canciones no fueron generadas por una inteligencia artificial: lo que nos conecta a ellas es la humanidad que contienen y, si bien hoy nos las reproducen las máquinas, sin la experiencia de cada uno de esos creadores humanos estas canciones no serían lo que son. Y que esto es lo que podríamos perder si, simplemente, le damos a las máquinas todo el poder de pensar y de realizar tareas por nosotros.

​FUENTE: https://jugo.pe/deus-ex-machina/

9 de julio de 2025

Se busca estudiantes de ciencias

Ricardo Gonzales Vera

REPU, el programa que impulsa a jóvenes científicos del Perú

A inicios de 2017, mientras cursaba mi cuarto año de universidad en Lima, fui seleccionado como uno de los mentees del programa REPU (Research Experience for Peruvian Undergraduates) —es decir, Experiencia de Investigación para Estudiantes Peruanos de Pregrado— y realicé una pasantía de investigación en la Universidad de Yale. Sabía que me interesaba hacer ciencia, crear soluciones y aportar desde la tecnología, pero no entendía del todo cómo funcionaba la academia internacional, cómo se llegaba a postular a un doctorado, o siquiera qué significaba estar en una comunidad científica. Provenía de un entorno con pocas referencias cercanas en ciencia o postgrado, y mucho de ese camino aún me resultaba desconocido. Lo que sí tenía era hambre de aprender, y buscaba sin descanso a gente que me inspirara.

Encontré eso y mucho más en REPU. Allí descubrí información fundamental para explorar este camino: por ejemplo, que no necesitaba contar con una maestría previa para postular a un doctorado, ni que necesitaba contar con recursos propios para estudiar en el extranjero. Aprendí que podía aspirar a Harvard, Oxford o Yale con financiamiento completo, y que había mentores, egresados y pares dispuestos a enseñarme cómo hacerlo. Estaba rodeado de personas con trayectorias admirables, no solo por los espacios que habían alcanzado, sino por su voluntad de compartir lo aprendido. Fue la primera vez que sentí que, aparte de poder estar ahí, también podía regresar y construir algo más grande.

Hoy, REPU lleva más de 17 años formando estudiantes de todo el Perú mediante pasantías de investigación en algunas de las mejores universidades del mundo. Las ramas del programa incluyen Biología, Química, Física, Nanotecnología, Ecología y Ciencias de la Computación. Cada estudiante es acompañado por un mentor peruano, usualmente un doctorando o investigador postdoctoral en la institución anfitriona, quien lo guía desde el contacto inicial con el laboratorio hasta las presentaciones científicas, la reflexión académica y la planificación hacia el postgrado.

Además de estas ramas internacionales, REPU cuenta con REPU Atix: una modalidad orientada a estudiantes de regiones fuera de Lima que aún no han tenido experiencia substancial en investigación. Su pasantía también se realiza en modalidad presencial, en laboratorios de Lima, con el mismo acompañamiento y los mismos espacios de crecimiento. Lo valioso es que, sin importar la sede, todas las ramas comparten una sola comunidad: horizontal, comprometida y enfocada en el desarrollo científico con impacto.

Unos años después de mi pasantía, cofundé y lideré la rama de Computer Science (REPUcs). Empezamos con pocos recursos y mucho entusiasmo, y logramos formar a 28 estudiantes de 9 universidades peruanas. Esa es solo una fracción de lo que se ha construido: hasta ahora, REPU ha entrenado a 194 estudiantes en más de 50 instituciones en el extranjero. Más de 100 egresados ya han pasado o están en postgrado y, como fruto de las pasantías realizadas en el programa, han surgido hasta el momento 40 publicaciones científicas. Lo que muestran estas cifras no es solo un impacto académico, sino una cultura de corresponsabilidad que permite que lo aprendido se reinvierta en quienes vienen detrás.

Actualmente, REPU está recibiendo postulaciones para las pasantías internacionales de 2026, que se llevarán a cabo entre enero y marzo. La convocatoria estará abierta hasta el 27 de junio de 2025. Además, en las próximas semanas se abrirá también la convocatoria de REPU Atix. Ambas modalidades ofrecen una experiencia de investigación exigente y transformadora, acompañada por una comunidad que cree en el talento científico peruano. El camino puede parecer lejano o abstracto, pero quienes estamos adentro sabemos que se empieza con preguntas, no con certezas. No importa tanto el punto de partida, sino la disposición a crecer.

Para quienes ya han tenido experiencia en investigación y desean dar un salto hacia un entorno internacional, REPU puede ser ese espacio que potencia su crecimiento académico y personal con una comunidad que los acompaña de cerca. Y para quienes aún no han tenido acceso a oportunidades consolidadas, REPU Atix representa un punto de partida valioso, diseñado con la misma rigurosidad formativa, pero orientado a quienes aún están construyendo su camino. En ambos casos, lo que importa es la convicción, la responsabilidad y el deseo genuino de aportar desde la ciencia. Muchos de quienes han pasado por REPU no solo han continuado sus estudios, sino que también han creado nuevas iniciativas, han acompañado a otros estudiantes y contribuido a fortalecer el ecosistema científico del país.

En un contexto donde la fuga de talentos y la desigualdad educativa persisten, iniciativas como REPU demuestran el vasto talento que existe en el Perú y el entusiasmo de la juventud por desarrollar sus capacidades científicas. Democratizar el acceso a la investigación transforma vidas y multiplica oportunidades en beneficio de la sociedad. Cada estudiante regresa con nuevas ideas y un compromiso renovado con su comunidad. Apostar por el talento científico peruano es sembrar innovación y progreso: en cada egresado de REPU está la semilla de un Perú más competente. Apoyemos estas oportunidades, porque invertir en ciencia es hacerlo en el futuro del país.

https://jugo.pe/se-busca-estudiantes-de-ciencias/

2 de julio de 2025

Perú: Recordando el papel de la industria

Pedro Francke

"Se podría producir 50 por ciento más que lo que se logra ahora"

La industria sigue siendo un sector clave para el progreso productivo y económico de los países. Los grandes conflictos comerciales del mundo giran en buena parte en torno a los vehículos eléctricos, el acero y los microchips. La clave en el avance tecnológico y de productividad ha sido el sector manufacturero. Europa, Estados Unidos, Japón, Corea y China se han desarrollado sobre esta base y siguen teniendo a la industria como una prioridad. Siguen su línea Vietnam, la India y varios otros asiáticos. ¿Y el Perú con este gobierno?

Este año la manufactura no primaria solo ha crecido 1,6 por ciento, algo mínimo. Sobre todo, cuando sabemos que el 2024 este sector industrial produjo 6 por ciento menos que el 2022. Para ponerlo en números, estos son unos 2 mil millones anuales de pérdida de producción e ingresos durante este gobierno. El momento más crítico fue el 2023, cuando esa industria, que concentra el mayor valor agregado y no depende de manera inmediata de recursos naturales primarios, se redujo en 8 por ciento. Luego de eso, no ha habido una real recuperación, apenas avanzamos al ritmo de un caracol golpeado: a esta velocidad solo lograremos volver al nivel de producción del 2022 dentro de cuatro años. Desastroso.

Como la política del cogobierno Dina-Congreso ha agravado la pobreza enormemente, uno de los grandes rubros industriales que es el de alimentos y bebidas destinados al consumo masivo está produciendo este año 8 por ciento menos que el 2022. Varias otras industrias como las del calzado, papel y derivados, químicos, materiales de construcción y productos metálicos están este año a la baja, retrocediendo como el cangrejo. En varios sectores clave, la declinación viene de hace varios años. Anteriormente la exportación de ropa y textiles era nuestro principal rubro de exportación industrial, pero en una década esa capacidad nacional se ha perdido en 25 por ciento. En el procesamiento de minerales la situación no deja de ser paradójica: la minería ha crecido enormemente, pero la industria de refinación de metales ha retrocedido en 17 por ciento respecto a doce años atrás. Hay cantidades de máquinas que están paradas o funcionan mucho menos de lo que pudieran y en datos del BCR los indicadores de la capacidad instalada ociosa señalan que se podría producir 50 por ciento más que lo que se logra ahora.

Este año el sector industrial, en especial las pequeñas empresas, siguen golpeadas por el ingreso de productos chinos y asiáticos a muy bajo precio. Como el mercado estadounidense se les ha cerrado, buscan vender como sea en otras partes, aunque sea debajo del costo porque si no se quedan con los productos almacenados. El puerto de Chancay, que debiera favorecer un avance tecnológico e industrial, ahora sirve de base para que esta competencia sea más dura. Mientras una empresa china se beneficia de fuertes subsidios en su país y consigue financiamiento a 5 por ciento anual, una pequeña empresa en Perú carece de apoyo y si para mejorar y ampliar su negocio consigue un préstamo debe pagar más de 40 por ciento anual. ¿Es acaso posible competir en esas circunstancias?

¿Podría ser distinto? El 2021 logramos que la industria no primaria, que fue brutalmente detenida durante la pandemia, creciera 25 por ciento y llegara a producir 5 por ciento más que el 2019, antes de la pandemia. Con una buena política económica de impulso al mercado interno, la industria se reactiva y crece rápido.

El problema inmediato es que necesitamos un gran esfuerzo de apoyo a la creación de empleos, porque la pobreza en las ciudades es enorme y viene siendo el caldo de cultivo para que la criminalidad atraiga a muchas personas. Un lema prioritario de un buen gobierno en el Perú debiera ser “empleos, empleos, empleos”. Sólo así se podrá reducir la informalidad, asociada a la necesidad de sobrevivencia de las familias, así como las economías ilícitas en donde se van sembrando las bases de nuevas bandas criminales. La industria, junto a los servicios modernos, es un sector clave para el crecimiento, la mejora de la productividad y la generación de puestos de trabajo. Cada puesto de trabajo debiera ser defendido por el gobierno con los dientes y por eso los distintos rubros de la industria deben tener políticas de promoción, facilitándoles financiamiento, conexiones comerciales, acceso a mejores tecnologías y mecanismos de asociatividad y subcontratación que amplíen su escala de operación. Pero ¿alguien se acuerda del nombre de algún ministro de la producción de este gobierno? ¿Quizás alguien recuerde una medida anunciada por el ministro de economía al respecto? Yo no y ando siempre atento a este tema. Tampoco recuerdo ningún proyecto de ley ni ninguna propuesta desde el Congreso, que tiene una comisión de industria que nada ha hecho estos años. Mientras tanto, el Congreso dirigido por el fujimorismo y el acuñismo están empeñados en regalarles 20 mil millones de soles de exoneraciones tributarias a las grandes agroexportadoras, que tienen enormes utilidades y siguen creciendo a toda velocidad sin eso.

A mediano y largo plazo, no hay desarrollo económico posible sin un avance tecnológico sostenido. La Universidad de Harvard publica el “Atlas de la complejidad económica” midiendo cómo avanzan los países hacia productos más elaborados y ahí se puede ver que en los últimos quince años el Perú ha retrocedido en el ranking mundial. En el mundo ya está demostrado que no se avanza en ese sentido con políticas neoliberales como las que han dominado nuestro país por tres décadas, pero tampoco con políticas mercantilistas como quiere imponernos este cogobierno de Dina y Keiko.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 738 año 16, del 27/06/2025

https://www.hildebrandtensustrece.com/

22 de enero de 2025

El control de la información: un nuevo imperialismo

Antonio Maíllo, Francisco Sierra Caballero

Mediante el control de la narrativa, la capacidad de definir lo verosímil, los marcos de comprensión y debate, y una suerte de privatización del espacio público digital, las plataformas de origen estadounidense redefinen las reglas del juego y deliberación democrática

En el paisaje digital contemporáneo, los nombres de Donald Trump, Elon Musk y la empresa Meta (anteriormente conocida como Facebook) se han convertido en sinónimos de una nueva forma de imperialismo, una que no se basa en las conquistas territoriales sino en el control de la información, en la modulación del discurso y el control oligopólico de la tecnología: una amenaza ya no velada, sino directa y explícita, a nuestra democracia, que empezó con las injerencias en el Brexit, continuó con golpes de Estado en Brasil, Bolivia y Venezuela y hoy anticipa una campaña de restauración ultraderechista en el propio seno de la UE.

La era de los GAFAM (Google, Amazon, Facebook, Apple y Microsoft) y otras grandes tecnológicas de Silicon Valley plantean en este sentido un reto político y un cambio en el paradigma del poder, donde el imperialismo se ha digitalizado y el Príncipe de Maquiavelo actúa como empresario de sí mismo fuera de las estructuras democráticas del Estado nación. La capacidad de moldear la realidad social, política y económica a través de la tecnología concentrada en el complejo industrial-militar del Pentágono es el principal peligro que corren nuestros sistemas de representación. El mismo Biden lo ha reconocido en su último discurso. Mediante el control de la narrativa, la capacidad de definir lo verosímil, los marcos de comprensión y debate, y una suerte de privatización del espacio público digital, las plataformas de origen estadounidense redefinen las reglas del juego y deliberación democrática, despliegan un poder nada sutil que afecta a la política interna y el sistema internacional de Naciones Unidas, tal y como vemos en la guerra de Gaza donde operadores como Facebook o Twitter actúan como cómplices activos y necesarios del sionismo en la guerra de exterminio contra el pueblo palestino.

Los recientes movimientos de X y Meta, eliminando toda forma de control y regulación, incluso interna, del sesgo del algoritmo y la manipulación de informaciones e imágenes, representa una vuelta de tuerca a la lógica disruptiva de la comunicación de la era Trump o Fox News, marcada por el aceleracionismo y la producción de imágenes falseadas de la realidad sin los filtros tradicionales de los medios de comunicación. Este fenómeno no es nuevo, pero ahora se reivindica como legítima la conformación de un ecosistema informativo y un modelo de mediación social y política donde la verdad se disputa en un terreno de “hechos alternativos” y noticias falsas. Este cambio de escalada y visión de los principales actores de la comunicación-mundo tiene consecuencias no solo en la convivencia de culturas y corrientes de opinión, tal y como se está observando en Estados Unidos, sino que afecta sobremanera a la sostenibilidad de la información comprometida por la velocidad y a la viralidad del contenido digital y que además requiere ingentes recursos naturales que incidirán en el expolio de países como Argentina o Brasil que contienen recursos estratégicos para sostener la carrera sin futuro de la innovación tecnológica.

En el contexto de la presidencia de Donald Trump, la ecología de la comunicación va a experimentar cambios significativos, afectando la manera en que se gestionan los recursos naturales y cómo se aborda la transición digital en un escenario geopolítico internacional que trata, desde la Casa Blanca, de retornar al unilateralismo y los tambores de guerra. De algún modo el Pentágono y Silicon Valley nacen, viven y permanecerán alimentando la espiral de la barbarie y la muerte. El fenómeno de la infodemia, término acuñado para describir la sobrecarga de información, especialmente la falsa o engañosa, ha sido un rasgo distintivo de lo que algunos denominan tecnofeudalismo y en cierto modo es verdad, pues como explica Naomi Klein, la doctrina del shock y la aplicación de las medidas de acumulación por desposesión del capitalismo financiero que acompaña la transición digital de estas compañías requiere el aislamiento psicológico y social de los actores sociales. Este ambiente informativo tóxico no solo favorece las ínfulas imperiales de figuras como Elon Musk, sino que impone un “yugo invisible” que además de acumular riqueza logra moldear eficazmente la realidad social y política percibida, imponiendo agendas de terror y desinformación sembrando divisiones y distracciones varias, alejando al público de los asuntos esenciales y de los intereses en juego de Wall Street. Así, al tiempo que nos entretienen con la dialéctica de la inmediatez y la confrontación, se oculta a la opinión pública la malversación de los recursos naturales que la IA y los servidores de estos gigantes tecnológicos requieren para su mantenimiento cuasi monopólico que favorece la desregulación absoluta, que la UE y algún que otro gobierno como el de Lula intentaban frenar para garantizar el normal desarrollo de la actividad de estas corporaciones desde el punto de vista del derecho.

Bien es cierto que la IA se aplica y puede contribuir a optimizar la explotación de recursos naturales, y analizar y predecir patrones climáticos y de uso de la tierra. Sin embargo, la falta de regulación puede conducir a un uso y abuso insostenible de estos recursos. Por lo que además de un problema político de amenaza a la democracia tenemos un problema de ecología política, de ecología de la comunicación, en términos de cómo la política energética y medioambiental puede afectar el desarrollo de tecnologías informacionales y la gestión de recursos naturales a largo plazo.

La transición digital ha sido un campo de batalla geopolítico desde la irrupción de Trump en la escena pública. La visión de Trump sobre la ciberseguridad, la infraestructura de 5G, y la privacidad de datos han marcado un nuevo capítulo en la competencia global, donde la tecnología se convierte en un medio para imponer agendas políticas y económicas directamente conectadas con el rearme de la industria militar estadounidense y la expansión de la OTAN. Este enfoque ha tensionado las relaciones internacionales, especialmente con potencias tecnológicas como China, poniendo de relieve cómo la tecnología afecta la geopolítica en la era digital mientras personajes como Musk actúan de ariete central en el debate sobre el imperialismo digital a través de empresas como Tesla y SpaceX. La visión del nuevo estratega de Trump de una internet satelital con Starlink deja en evidencia que tenemos un problema grave en la UE de soberanía digital y acceso a la información, áreas que antes eran dominio exclusivo de los estados. De ahí que debamos plantear en el debate público nacional quién controla la infraestructura digital, los servidores, la red de satélites, la Unión Internacional de Telecomunicación y el gobierno de Internet, en términos de seguridad nacional y de democracia de las relaciones internacionales. En otras palabras, la respuesta a esta dinámica imperial, destituyente y oligárquica de los GAFAM y Estados Unidos pasa por mayor regulación, la defensa de la privacidad y la soberanía digital, y la promoción de un espacio digital que sea verdaderamente público y democrático. La vigilancia y la crítica de estas dinámicas son esenciales para salvaguardar la democracia en el siglo XXI.

La adaptación de la cultura digital para la creación de lo común con garantías normativas e institucionales es la única forma de no retornar a tiempos oscuros en forma de era tecnofeudal. Es tiempo para la acción y no para mimetizarnos y responder a golpe de tuit. La política por otros medios es el remedio a esta hipermediatización de los señores del aire. Nos va la vida. Literalmente.

Antonio Maíllo.  @MailloAntonio

Francisco Sierra.  @fsierracb

Fuente: https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/control-informacion-nuevo-imperialismo_129_11975176.html

4 de enero de 2025

Perú: Tres científicas y una pregunta

Anna Zucchetti

¿Qué expectativas hay para la ciencia en el Perú en el 2025?

Alejandra Ruiz León, bioquímica y divulgadora científica:

Cuando me pongo el traje de optimista, sueño con un 2025 lleno de oportunidades para la ciencia, la tecnología y el conocimiento. Desde mi perspectiva en el ambiente académico estadounidense, el año comienza con un calendario rebosante de becas, financiamientos y congresos científicos: puertas que solo esperan ser tocadas.  Por eso, anhelo que mis colegas en el Perú hagan lo mismo: ¡apliquen a ese postgrado soñado, escriban ese correo que abre puertas, atrévanse a lanzarse a la piscina!

Sin embargo, cuando me visto de realista, recuerdo que el 2025 será probablemente uno de los años más restrictivos en apoyo público y privado a las ciencias, especialmente con el nuevo gobierno en Estados Unidos. En el Perú, el pequeño respaldo a las ciencias parece convertirse en un recuerdo lejano. En años recientes, los calendarios de instituciones públicas que financiaban iniciativas de ciencia y tecnología —como Concytec o ProInnóvate— se complementaban con oportunidades para equipar laboratorios, proyectos de transferencia al conocimiento e, incluso, la comunicación de la ciencia. Hoy día, poco a poco, el calendario de la ciencia peruana se ve cada vez más vacío. Y, lo que es más decepcionante, en el 2024 hemos vuelto a hablar de la ciencia como un lujo. Mientras que durante la pandemia del Covid-19 el conocimiento se instaló en el debate público como una necesidad, esta conversación se ha diluido frente a problemas apremiantes como el tráfico, la corrupción, las guerras y el cambio climático. ¿Quién necesita a las ciencias ante semejantes desafíos? La respuesta es clara: todos. No necesitamos la última utopía tecnológica, como la inteligencia artificial, sino aplicar los conocimientos que ya tenemos en nuestros contextos. Requerimos encuentros de saberes basados en la conversación y la equidad, con un apoyo firme a las instituciones, y personas que gestionen, promuevan y generen conocimiento. De otra manera, seguiremos llegando, cada año, más agotados y menos ilusionados con la ciencia en el Perú.

Gisella Orjeda, bióloga, expresidenta de CONCYTEC, vicepresidenta de la Academia Nacional de Ciencias:

Mi mayor anhelo para la ciencia en 2025 es que los responsables de tomar decisiones en este ámbito —desde las altas esferas gubernamentales hasta los líderes académicos— comprendan el impacto de sus acciones (o inacciones) en el desarrollo del país. En el Perú, autoridades, congresistas e incluso rectores y vicerrectores universitarios subestiman el poder transformador que tienen en sus manos. A través de políticas públicas bien diseñadas y orientadas a fortalecer la ciencia y la innovación, podrían transformar la sociedad de manera significativa.

Es alentador observar iniciativas como el incremento y la distribución de becas para jóvenes peruanos, pero estas no deben limitarse a ser estímulos individuales u oportunidades temporales para algunas universidades. ¿Cómo garantizamos que dichas becas realmente fortalezcan la investigación científica en el país? No basta con enviar talento al extranjero o apoyar trayectorias académicas individuales. No es suficiente financiar proyectos de investigación aislados; es imprescindible transformar el ecosistema científico nacional, ampliarlo, dotarlo de espacios e instituciones que permitan a los investigadores insertarse y prosperar.

Esto requiere diseñar políticas públicas con una visión estratégica, acompañadas de un plan integral, infraestructura adecuada y financiamiento sostenido. Anhelo una transformación de la burocracia de compras públicas universitaria y un país que valore la ciencia y el talento. De lo contrario, perpetuaremos un círculo vicioso en el que nuestros jóvenes más brillantes migran y no regresan, privándonos de su contribución al desarrollo nacional.

Anna Zucchetti, bióloga y divulgadora en Jugo.pe:

El Perú parece un cangrejo. En las últimas dos décadas hemos dado algunos pasos hacia adelante en el apoyo a la ciencia y el fortalecimiento de sus instituciones promotoras. Sin embargo, como país, siempre sucumbimos al vicio de retroceder. Pero, mientras que para el cangrejo moverse lateralmente es una adaptación evolutiva que le permite avanzar sin perder de vista al depredador, en el caso del Perú retrocedemos por falta de visión. Nuestro propio think tank nacional de desarrollo, el Centro de Planeamiento Estratégico (CEPLAN), lo dice claramente: nuestros indicadores de innovación y ciencia están empeorando.

Frente a este panorama, ¿qué deseo para el 2025? Tengo tres anhelos. Mi primer deseo es que, mientras esperamos el necesario recambio de autoridades que traerá el próximo ciclo electoral, muchos jóvenes científicos se animen a explorar la posibilidad de involucrarse en los programas políticos de algunos (buenos) partidos. Que comiencen a prepararse para asumir, en un futuro cercano, el liderazgo de las instituciones científicas del país.

Mi segundo deseo es una renovación integral —y radical— de la agenda y las estrategias del Instituto de Investigaciones de la Amazonía Peruana (IIAP). Un relanzamiento completo antes de la próxima Conferencia de las Partes (COP) en Belén nos daría no solo un brillo a corto plazo, sino también réditos sustanciales a largo plazo, fundamentales para proteger ese bioma esencial para nuestra sobrevivencia.

Por último, una gran aspiración es que se diseñe y financie un ambicioso programa de investigación en el desarrollo urbano sostenible y resiliente en el Perú. Abandonamos, hace años, un modesto Instituto Nacional de Desarrollo Urbano (INADUR) apoyado por el Ministerio de Vivienda. Hoy, ocho de cada diez peruanos viven en las ciudades y los desafíos urbanos se vuelven cada vez más complejos. Para el Perú, podría ser relevante un modelo de investigación urbana aplicada y participativa, que fomente la colaboración entre gobiernos, universidades, comunidades y empresas privadas, y permita enfrentar desafíos como la urbanización sin frenos, la falta de vivienda social, servicios e infraestructuras adecuados, y las inequidades socioeconómicas.Quizás, con esfuerzo y visión, podamos abrir la puerta a un período de transformación urbana en el Perú, una transformación que necesitamos con suma urgencia.

Anna Zucchetti. Microbióloga con máster en Tecnología Ambiental del Imperial College of Science, Technology and Medicine (Londres) y un M.Phil en Biotecnología de la Universidad de Cambridge.
 
https://jugo.pe/tres-cientificas-y-una-pregunta/

16 de octubre de 2024

Perú: La industria por los suelos

Pedro Francke

Las cifras de producción industrial del Perú durante este gobierno son una lágrima. Durante este 2024 las diversas industrias no primarias orientadas a nuestro consumo, insumos y maquinaria produjeron 8 por ciento menos que el 2022. Estamos produciendo en este sector ocho mil millones de soles anuales menos, lo que obviamente ha generado despidos y mayor pobreza. No es algo que siempre haya sido así ni que sea inevitable: aunque la pandemia trajo toda la economía abajo el 2020, gracias a las políticas de reactivación del 2021 llegamos a recuperar toda la caída industrial y a fines de ese año y comienzos del siguiente ya nuestra producción industrial estaba bastante por encima de las cifras del 2019. Ya todo ese avance se ha perdido.

La producción de alimentos y bebidas, un sector fundamental para la alimentación popular, ha estado este año 9 por ciento debajo de la de hace dos años; hemos producido 14 por ciento menos fideos y 17 por ciento menos panes y productos de panadería. Es que la caída de los salarios reales y el aumento de la pobreza ha hecho que mucha gente ni siquiera pueda comprar estos productos básicos que dan bastante energía a bajo costo. ¿Quién va a producir panes que no se venden?

En el sector textil producimos este año 15 por ciento menos prendas de vestir que hace dos años y en zapatos 17 por ciento menos. Es que mucha gente ya no puede reemplazar la ropa que se le desgasta y, además, las pequeñas empresas se ven afectadas por la competencia desleal asiática. La industria de papel e imprenta ha caído 11 por ciento, la producción de vidrio en 41 por ciento y los productos metálicos y equipos en 19 por ciento. Un desastre. Se salvan de la debacle, a duras penas, los productos químicos que crecieron 2 por ciento y los muebles y madera en 5 por ciento frente al 2022. Pero los retrocesos son mucho mayores y más extendidos que los avances. Ese es el resultado de una pésima política económica que recorta los salarios reales de los trabajadores dejándolos caer en la licuadora de la inflación, regala millones en impuestos a quienes tienen grandes fortunas y mantiene el crédito escaso y caro para las pymes.

INDUSTRIA Y TECNOLOGÍA

Algunos pensarán que esto no importa mientras otros sectores, como la minería y la agricultura de exportación, sigan creciendo. Sólo que no es igual. Hay investigaciones mundiales muy sólidas que señalan que los países que mantienen buenos ritmos de crecimiento económico tienen una base en los sectores productivos con mayor avance tecnológico. Se trata de sentido común: todos sabemos que los países con mejor nivel económico son los que han logrado producir con mayor tecnología, que si China ha avanzado es porque ha pasado a ser una potencia industrial en sectores como celulares, computadoras, paneles solares y vehículos eléctricos. El gobierno de Estados Unidos tiene una potente política industrial, elevando barreras a la competencia china y con trillones de dólares de apoyo para que su industria de vehículos eléctricos y de microchips se mantenga a la vanguardia. La Unión Europea encargó un reporte especial sobre su futuro competitivo a Mario Draghi, un expresidente del Banco Central Europeo categorizado como uno de los pensadores económicos del viejo continente, y su informe indica claramente que requieren apoyar fuertemente a sus industrias de tecnología avanzada. El despegue de países como Japón, Taiwán y Corea del Sur tuvo base similar.

La Universidad de Harvard ha investigado este tema y ha llegado a publicar anualmente un “Atlas de la Complejidad Económica” que resume cuán avanzada tecnológicamente es cada estructura productiva. Sus investigadores demostraron estadísticamente que los países de mayor crecimiento económico son los que tienen mayor conocimiento tecnológico, expresado en productos más complejos. El neoliberalismo decía (debe haber algún obtuso que aún lo dice) que cualquier cosa que produzca un país da lo mismo; que exportar rocas es lo mismo que producir aviones. En Harvard demostraron que no, produjeron un ranking de la complejidad económica de los diversos productos y sobre esa base hicieron un cálculo para cada país.

¿Cómo va el Perú? El último reporte del “Atlas de Complejidad Económica” muestra que nuestro país está ahora en el puesto 107 de 133 países. Es decir, bien a la cola. Tenemos un puntaje negativo en el índice de complejidad económica de -0.86. En el año 2000 estábamos en el puesto 79. Hemos perdido 28 puestos porque nuestra complejidad económica ha retrocedido fuertemente. Este es el resultado de las políticas neoliberales que han sacrificado a nuestra industria, permitiendo que las importaciones chinas barran con sectores completos de producción nacional y ninguneando el necesario soporte a la innovación tecnológica, mientras insisten en una propuesta primario-exportadora. Creen que nuestro futuro está en sobreexplotar nuestra naturaleza sin límite ni medida.

Es interesante revisar cómo el “Atlas de Complejidad Económica” categoriza a nuestros principales productos de exportación. Lo hace calculando para cada producto el índice de complejidad económica (ICE) correspondiente. Mientras este sea más positivo es mejor, si es negativo es más atrasado tecnológicamente. Nuestra principal exportación son los concentrados de cobre, que tienen un ICE de -2.19, fuertemente negativo. Es a esta producción a la que el actual gobierno y la ultraderecha quieren apostar nuestro futuro. El oro, nuestro segundo mineral más exportado, tiene un ICE de -2.52, también fuertemente negativo. El hierro posee un ICE negativo de -1.97. El zinc, de -1.53, y la harina de pescado, de -1.65. Esos son los productos tradicionales de nuestra canasta exportadora, la que llamamos “primaria” precisamente por no tener mayor procesamiento industrial. A ellos en las últimas décadas se ha sumado la agroexportación, algo positivo cuando es sostenible y no agota el agua, pero hay que tener en claro qué perspectivas nos abre ese sector: el índice de complejidad económica ICE de las uvas es un negativo de -1.21.

Nuestra producción más compleja y avanzada tecnológicamente, lo que exportamos con un ICE positivo, son baterías, partes de vehículos, partes de maquinaria de excavación, fibras textiles, bombas de líquidos. El Atlas de Complejidad Económica nos informa que lo que más ha crecido en los últimos 10 años en Perú son computadoras y equipos relacionados. Pero lamentablemente se trata de industrias marginales cuyos valores exportados son bajos. En los últimos 15 años nuestros nuevos productos de exportación son “otras frutas frescas” en un 44 por ciento del total (con un ICE de -1.48 negativo) y gas en un 45 por ciento (con un índice de complejidad económica de -2.34).

El “Atlas de Complejidad Económica” también analiza las opciones de cada país. ¿Qué producciones, dadas las tecnologías que requieren, pueden ser más fáciles de desarrollar en el Perú? Para países como México o Brasil, que tienen más industrias, sugieren aprovechar las oportunidades que eso les da avanzando hacia productos algo más complejos. En el Perú la herencia neoliberal ha hecho que tengamos poca industria que nos sirva de base. Por eso la propuesta de este grupo de Harvard es que procuremos dar “largos saltos coordinados hacia áreas de producción estratégicas con mayor potencial de diversificación”. Pero eso necesita un Estado con una mirada de futuro, estabilidad y capacidad. Quizás algún día podamos hacerlo, con otro gobierno. Mientras tanto, bien haríamos en defender nuestra industria y promover nuevas tecnologías.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 704 año 14, del 11/10/2024

https://www.hildebrandtensustrece.com/

13 de julio de 2024

Perú: Chancay entre dos visiones

Humberto Campodónico

Es fundamental conocer qué es lo que se mueve detrás de las discusiones dentro y fuera del Gobierno acerca de la viabilidad del megapuerto de Chancay”.

Dos medios de prensa internacionales han publicado sendos artículos sobre la creciente importancia de las empresas chinas en el Perú y también en América Latina. Lo que mueve el escenario no es, en esencia, el tema de las inversiones y el comercio en el llamado “patio trasero de EEUU”, sino la importancia que tienen esas fichas en el tablero mundial de la disputa por la hegemonía global en el siglo XXI entre EEUU y China.

Y el puntero de ese tablero aparece sumamente disputado, sobre todo en el aspecto de las tecnologías de la información y el conocimiento, que abarcan todos los aspectos económicos, sociales y políticos que están dando forma –potenciando a unos más que a otros– lo que exacerba la contienda política. Pero antes de entrar a ese tema, veamos lo que pasa con nosotros.

El periódico South China Morning Post (SCMP) de Hong Kong publicó hace pocos días un artículo (1) donde dice que el proyecto del Puerto de Chancay ha sido “una espina en el costado de EEUU desde que Cosco tomó una participación mayoritaria en el proyecto en 2019”. Recordemos que en ese año Cosco (empresa estatal naviera china y una de las más grandes del mundo) le compró a la minera peruana Volcan el 60% de las acciones del puerto.

Agrega SMCP que “EEUU ha estado presionando a Lima y, a principios de este año, de manera bastante inverosímil, la Autoridad Nacional Portuaria peruana declaró que no tenía autoridad para otorgar a Cosco el derecho a ser el operador exclusivo de Chancay. Los abogados del gobierno peruano llevaron a Cosco a los tribunales e intentaron anular el contrato original”.

Lo que SMCP está diciendo es que hubo “movidas” dentro del Gobierno para “detener” Chancay y “es comprensible que la parte china se opusiera, con el apoyo de grupos industriales peruanos”. Como todos sabemos, dichas iniciativas llegaron al Congreso, que finalmente votó una ley que reafirma todos los derechos de los propietarios del puerto de Chancay.

¿Qué dice SCMP? Que ahora todo está listo para inaugurar el puerto en noviembre próximo, lo que coincide con la realización de la cumbre del Consejo Económico del Asia Pacífico (APEC), donde vendrán los líderes de los países, entre ellos el presidente chino, Xi Jinping. Y agrega: “EEUU está molesto. Es de esperar que el proyecto portuario vuelva a estar en el punto de mira de Washington”.

Siempre supimos que había algo raro en esas “movidas” donde, se afirma, participaron también varios estudios de abogados. Pero hasta ahora no se sabe quiénes ni por qué. Y tampoco se sabe, a ciencia cierta, cuáles han sido los grupos industriales peruanos a los que alude SCMP. Podrían ser grupos agroindustriales peruanos que exportan a China. También parte del empresariado minero que tiene en China al principal cliente de sus exportaciones de cobre. Y no se puede descartar tampoco a los importadores de manufacturas chinas, desde lavadoras y televisores, pasando por maquinaria industrial de gran escala. Interesante tema para el periodismo de investigación.

El otro artículo fue publicado por The Economist (2), reconocida revista inglesa. Dice que la expansión china alarma a políticos de EEUU como Marco Rubio: (mi país) “no puede darse el lujo de permitir que el Partido Comunista Chino expanda su influencia y absorba a América Latina y el Caribe hacia su bloque político-económico privado”.

La posición de Rubio se sitúa claramente en el planteamiento de EEUU de que los países deben diferenciar claramente sus opciones políticas: o están con la democracia o están con el autoritarismo, tema que hemos discutido hace poco en esta columna. Luego, The Economist hace una larga alusión al planteamiento del no alineamiento activo planteado por el exembajador de Chile Jorge Heine: “La adopción del proteccionismo por parte de EEUU bajo Donald Trump (que ha continuado con el Presidente Biden) y el ascenso del grupo BRICS, que incluye a Brasil y China, equivalen a un cambio irreversible en el orden mundial”. Eso exige que los países no tienen por qué alinearse con uno o con otro.

El ascenso tecnológico de China

El hito fundamental de la disputa por la hegemonía se sitúa en el campo tecnológico. Y pareciera que la competencia va a ser fuerte. Dice James Kynge, del Financial Times de Londres, “(En) la carrera china hacia la supremacía tecnológica” (4/7/2024), las innovaciones chinas están en camino de sobrepasar a las de EEUU y convertirse en las mejores del mundo”.

Kynge visita Shenzhen, en China, que se ha convertido en el nuevo Silicon Valley. Ahora, en China no solamente se copia la tecnología de EEUU, sino que desarrolla la suya propia. Eso se ve en la empresa de telefonía Huawei, en la empresa DJI que fabrica Drones y en BYD, la empresa de vehículos eléctricos (Brasil se ha convertido en uno de sus principales compradores).

Agrega Kynge que China ya no es competitiva solo por la mano de obra barata, sino porque se ha constituido en “el ecosistema manufacturero más sofisticado e intrincado del mundo”. El Instituto Australiano de Política Estratégica dice que China está adelantado en 37 de las 44 áreas de acceso crítico a la tecnología. En su reportaje cita a Matt Sheahan: “No se puede saber si China estará por encima de EEUU dentro de poco tiempo. Pero EEUU tampoco puede asumir que mantendrá su liderazgo de manera permanente”.

El colofón político más importante de Kynge es que “hay esta idea de que la innovación tecnológica solo puede salir adelante si es que hay libertad de prensa, libertades políticas, internet y democracia porque están unidas intrínsecamente. Eso se había convertido en un artículo de fe. Pero lo que se ve aquí es que casi todos los días hay una nueva empresa y un proyecto nuevo”. Esto es, sin duda, un cambio radical de paradigma.

Las implicancias que plantea Kynge son un tema mayor y es importante decir que no las asume. Ello significaría que las sociedades pueden tener avances tecnológicos de primera línea (como aquellos del garaje de Steve Jobs para Apple) en regímenes distintos al de la democracia parlamentaria. Un amplio debate sobre este tema es de la más alta importancia.

Conclusión

La discusión sobre la construcción del puerto de Chancay parece haber terminado. Pero nunca se sabe porque el telón de fondo no es peruano sino de la hegemonía global. Es clave saber por qué hubo todas estas discusiones dentro del Gobierno acerca de la viabilidad de Chancay.

Pero lo más importante es la discusión sobre el enfoque económico que significa Chancay para el Perú, lo cual está aún en pañales. Y también sobre la política exterior peruana, tema que comienza en Torre Tagle pero no termina allí. Aquí la sociedad civil, los partidos políticos, la academia y el periodismo tienen un rol clave que cumplir. Se piensa que el viaje a China de la presidenta Boluarte tuvo como objetivo “ganar tiempo” para asegurar su presidencia. Puede ser. Pero el viaje mismo marca una opción de política exterior de la más alta importancia, pues los intereses de las grandes potencias van a continuar con sus posiciones. Dicho de otra manera, trasciende a la política de la coyuntura, a la “política politiquera”.

Los intereses permanentes del país están en juego.

1) “EEUU teme que la marea haya cambiado con el acuerdo portuario de Cosco en Perú”, 2/7/2024 https://www.scmp.com/opinion/article/3268874/us-fears-tide-has-turned-cosco-port-deal-peru?campaign=3268874&module=perpetual_scroll_0&pgtype=article
2) “La presencia de China en América Latina se ha expandido drásticamente”, https://www.economist.com/the-americas/2024/07/04/chinas-presence-in-latin-america-has-expanded-dramatically
3) Financial Times, https://www.ft.com/content/535b3bd4-349d-45d2-8673-eeceefe3bb51

https://larepublica.pe/opinion/2024/07/12/chancay-entre-dos-visiones-por-humberto-campodonico-1013748

3 de octubre de 2023

Cultura de la dependencia tecnológica

Fernando Buen Abad Domínguez

Acostumbrados como estamos a consumir (mayormente) lo ajeno, la tecnología no fue ni es excepción que honre a gobierno alguno en términos brutos. Aunque el consumismo tecnológico adquirió modalidades muy diversas, en cantidad y en calidad, el resultado es el mismo

Pagamos sumas incalculables (y con ellas todas sus consecuencias) cada minuto que se posterga la soberanía tecnológica amordazada con palabrerío de ocasión. No confundamos la oferta seductora, y sus facilidades para el endeudamiento, con la verdadera y concreta tarea de sustituir importaciones tecnologías en todas las áreas. Que el mercado se presente “seductor” con la oferta de “maravillas tecnológicas” a granel, deja sobre la mea de nuestras realidades la muy amaga impotencia que nos asalta ante los escaparates de lo inalcanzable o lo contradictorio. Aunque hagamos “sacrificios” para mantenernos al día.

También la concentración monopólica de la tecnología es una amenaza contra las democracias. Y parece que nos acostumbramos, a costos incalculables, a consumir mansamente, planificada y adictamente, todo cuanto nos imponen los consorcios tecnológicos trasnacionales frecuentemente con matriz en la industria bélica. Internet no nos dejará mentor, por ejemplo. Transferimos al aparato empresarial bélico, bancario y mediático -sin frenos y sin auditorias-, sumas ingentes. Entiéndase aquí “dependencia” en su sentido amplio que incluye las adicciones más variadas y las más “novedosas”. Adquirimos tecnología sin soberanía; no consolidamos nuestras fuerzas de producción, no creamos una corriente internacionalista para una tecnología emancipada y emancipadora; no creamos las usinas semióticas para la emancipación y el ascenso de las conciencias hacia la praxis transformadora; en la producción de tecnologías y no creamos un bastión ético y moral para el control político del discurso y el gasto. No es que falten talentos o expertos, no es que falte dinero ni que falten las necesidades con sus escenarios. Hizo estragos, nuevamente, la crisis de dirección política transformadora. Hablamos mucho, hicimos poco. Ni el “Informe MacBride” (1980) supimos escuchar y usar, como se debe.

Estamos bajo el fuego de (al menos) tres guerras simultáneas: una Guerra Económica desatada para dar otra “vuelta de tuerca” contra la clase trabajadora; una Guerra Territorial para asegurarse el control, metro a metro, contra las movilizaciones y protestas sociales que se multiplican en todo el planeta; y una Guerra Cognitivo-Mediática para anestesiarnos y criminalizar las luchas sociales y a sus líderes. Tres fuegos que operan de manera combinada desde las mafias financieras globales, la industria bélica y el re-editado “plan cóndor comunicacional” empecinado en silenciar a los pueblos.

En particular, la guerra cognitivo-mediática es extensión de la guerra económica imperial no se contenta con poner su bota explotadora en el cuello de los pueblos, quiere, además; que se lo agradezcamos; que reconozcamos que eso está “bien”, que nos hace “bien”; que le aplaudamos y que heredemos a nuestra prole los valores de la explotación y la humillación como si se tratara de un triunfo moral de toda la humanidad, como si se tratara de un patrimonio digno de ser heredado. El discurso financiado es un sistema de defensa estratégica transnacional operada desde las centrales imperiales con ayudas vernáculas. Para eso ha servido buen parte de la tecnología que nos imponen y buena parte de nuestras adicciones inducidas para el consumismo de sus “fierros”. Una parte del poder económico-político de las empresas trasnacionales productoras de tecnología tiene sus contrapartes cómplices vernáculas que operan de manera, unas veces desembozada y otras veces maquillada por prestanombres de todo tipo. Se trata de una doble articulación de la dependencia que supera a los poderes nacionales (muchos de ellos no tributan, no respeta leyes y no respeta identidades) mientras ofrece respaldo a operaciones locales en las que se inclina la balanza del capital contra el trabajo.

Nuestra dependencia tecnológica en materia de comunicación es pasmosa; gastamos sumas enormes en producir comunicación generalmente efímera y poco eficiente; nuestras bases teóricas están mayormente infiltradas por las corrientes ideológicas burguesas que se han adueñado de las academias y escuelas de comunicación; no tenemos escuelas de cuadros especializadas y no logramos desarrollar usinas semánticas capaces de producir contenidos y formas pertinentes y seductoras en la tarea de sumar conciencia y acción transformadora. Con excepción de las excepciones.

Han instrumentado modelos bancario-financieros de endeudamiento y dependencia económica inspirados en la retracción del papel del Estado para reducir y suspender el derecho histórico a la soberanía tecnológica.  Así les compramos desde medicamentos hasta instrumentos, desde maquinarias hasta Filosofías de la Tecnología. Compramos teléfonos, pantallas, trasponders más la catarata de refacciones pergeñada por la “obsolescencia planificada”. Nuestra independencia tecnológica duerme el sueño del “subdesarrollo” anestesiada por contratos jugosos que, además de someternos nos “educan” para estar agradecidos y embelesados con los avances tecnológicos más sorprendentes. Mayormente ajenos.  

Esa dependencia es una emboscada porque incluso algunos intentos por desplegar fabricaciones propias suelen ir pegados a los modelos de producción y consumo diseñados por las ideas y las necesidades empresariales. Tan delicado como imitar contenidos es imitar formas. Las formas tecnológicas no son entidades a-sexuadas o inmaculadas, y no quiere decir esto que no se pueda expropiar (consciente y críticamente) el terreno de las formas para ponerlas al servicio de una transformación cultural y comunicacional pero debe tenerse muy en cuenta, qué realmente es útil y por qué no somos capaces de idear formas mejores.

No obstante, contra todas las dificultades y no pocos pronósticos pesimistas, los pueblos luchan desde fretes muy diversos y en condiciones asimétricas. Con experiencias victoriosas en más de un sentido es necesaria una revisión autocrítica de urgencia mayor. Intoxicados, hasta en lo que ni imaginamos, vamos con nuestras “prácticas comunicacionales” repitiendo manías y vicios burgueses a granel. La andanada descomunal de ilusionismo, fetichismo y mercantilismo con que nos zarandea diariamente la ideología de la clase dominante, nos ha vuelto, a muchos, loros empiristas inconscientes capaces de repetir modelos hegemónicos pensando, incluso convencidos, que somos muy “revolucionarios”. Salvemos de inmediato a las muy contadas excepciones.

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