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9 de febrero de 2019

Los “cambios de régimen” propiciados por Estados Unidos: Antecedentes históricos

James Petras

Mientras Estados Unidos procura por todos los medios derrocar al gobierno democrático e independiente de Venezuela, las consecuencias a corto, medio y largo plazo de los golpes de Estado que propició en el pasado son contradictorias.
En este artículo, nos proponemos examinar las consecuencias y el impacto de las intervenciones de EE.UU. en Venezuela a lo largo del último medio siglo para posteriormente pasar a analizar el fracaso y el éxito de los “cambios de régimen” impulsados por Estados Unidos en toda América Latina y el Caribe.

Venezuela: Resultados y perspectivas 1950-2019

Durante la década posterior a la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos, a través del Pentágono y de la CIA, aupó al poder a regímenes clientelares autoritarios en Venezuela, Cuba, Perú, Chile, Guatemala, Brasil y otros países.

En el caso de Venezuela, Estados Unidos apoyó una dictadura de casi una década (la de Pérez Jiménez), entre 1951 y 1958. Esta fue sustituida por una coalición de centro-izquierda un breve periodo de tiempo. Posteriormente, EE.UU. reestructuró su política para promover regímenes democristianos y socialdemócratas de centro-derecha, que gobernaron en alternancia durante casi cuarenta años.

En los años noventa, los regímenes clientelares de EE.UU., acorralados por la corrupción y profundas crisis socioeconómicas, fueron apartados del poder y dieron paso a un gobierno independiente y antiimperialista dirigido por Hugo Chávez.

La elección libre y democrática del presidente Chávez derrotó varios intentos de “cambio de régimen” dirigidos desde Estados Unidos a lo largo de las siguientes dos décadas.

Tras la elección de Nicolás Maduro como presidente, Washington organizó la maquinaria política para impulsar un nuevo cambio de régimen. EE.UU. ha lanzado a todo gas un golpe de Estado en el invierno de 2019.

El historial de las intervenciones estadounidenses en Venezuela es variado: un golpe de Estado que duró menos de una década; regímenes electorales pro-EE.UU. durante cuarenta años que fueron reemplazados por un gobierno populista y antiimperialista nacido de las urnas, que ha mantenido el poder casi veinte años. Hasta llegar al despiadado golpe de Estado dirigido por Estados Unidos activo en estos momentos.

La experiencia de “cambio de régimen” venezolana nos permite entender la capacidad estadounidense para conseguir el control a largo plazo reorganizando su base de poder de una dictadura militar a un régimen electoral, financiado mediante el expolio petrolero, con el respaldo de un ejército de confianza y “legitimado” por la alternancia de partidos políticos vasallos que acepten su sumisión a Washington.

Los regímenes clientelares de EE.UU. están gobernados por élites oligárquicas, con escasa capacidad empresarial, que viven de las rentas estatales (petroleras). Al tener una estrecha relación con EE.UU., las élites gobernantes no son capaces de conseguir la lealtad del pueblo. Por dicha razón, los regímenes clientelares dependen de la fuerza militar del Pentágono para conservar el poder, pero esa es precisamente su mayor debilidad.

El cambio de régimen bajo una perspectiva histórica y regional

La imposición de gobiernos títeres es un objetivo estratégico primordial del Estado imperial. Los resultados varían a lo largo del tiempo en función de la capacidad que tengan gobiernos alternativos independientes para la construcción nacional.

Esos gobiernos-títere tienen más éxito en naciones pequeñas con una economía vulnerable. El golpe de Estado de Guatemala ha durado más de sesenta años, de 1954 a 2019. En este país, las principales insurgencias indígenas han sido reprimidas gracias a los asesores militares y la cooperación estadounidense.

Otros gobiernos-títere que han tenido un éxito similar son los de Panamá, Granada, República Dominicana y Haití. Cuando se es pobre y pequeño y se tiene un ejército débil, Estados Unidos no tiene ningún problema en invadir y ocupar directamente el país, con un reducido coste económico y en bajas militares.

En los países mencionados, Estados Unidos consiguió imponer y mantener regímenes títere durante largos periodos de tiempo.

Los resultados de los golpes de Estado dirigidos por Estados Unidos en el último medio siglo han sido contradictorios.

En el caso de Honduras, el Pentágono consiguió derribar un gobierno liberal-democrático progresista de muy corta duración. El ejército de Honduras estaba bajo dirección de EE.UU. y el elegido presidente Manuel Zelaya dependía de una mayoría popular de electores sin acceso a las armas. Tras el triunfo del golpe de Estado, el régimen títere de Honduras ha permanecido bajo tutela de Estados Unidos durante una década y probablemente lo seguirá estando.

Chile ha permanecido también bajo el tutelaje de Estados Unidos durante la mayor parte del siglo XX, salvo el breve respiro que le supuso el gobierno del Frente Popular, entre 1937 y 1941, y el gobierno socialista democrático de Salvador Allende, entre 1970 y 1973. El golpe de Estado orquestado por EE.UU. en 1973 impuso la dictadura de Pinochet, que duró 27 años. La siguió un régimen electoral que continuó la agenda neoliberal de Pinochet-Estados Unidos, que incluía el desmantelamiento de todas las reformas nacionales y sociales del gobierno popular de Allende. En resumen, Chile ha permanecido dentro de la órbita política de EE.UU. durante la mayor parte del último medio siglo.

El régimen socialista democrático de Allende nunca dio armas al pueblo ni estableció relaciones económicas en el extranjero capaces de sostener una política exterior independiente. No sorprende que estos días Chile haya seguido el llamamiento de Trump para derribar al presidente venezolano Maduro.

Los resultados contrapuestos de los regímenes títere

Algunos de los golpes de Estado orquestados por EE.UU. fueron derrotados antes o después.

El clásico ejemplo que ilustra la derrota de un régimen clientelar es el de Cuba, que logró derribar la dictadura de casi diez años de Batista y ha conseguido resistir una invasión directa organizada por la CIA y un bloqueo económico durante el último medio siglo (hasta nuestros días).

Cuba fue capaz de derrotar la política restauracionista gracias a la decisión de Fidel Castro de armar al pueblo, expropiar y tomar el control de las multinacionales hostiles de Estados Unidos y establecer aliados estratégicos en el exterior: la URSS, China y, mucho después, Venezuela.

Por el contrario el golpe de Estado respaldado por el ejército estadounidense en Brasil (1964) mantuvo el poder más de veinte años, hasta que se restauró parcialmente la política electoral bajo la dirección de las élites.

Dos décadas de programas económicos neoliberales fallidos propiciaron la elección de los reformistas sociales del Partido del Trabajo (PT), que comenzó a poner en marcha grandes programas para combatir la pobreza encuadrados en el contexto de políticas neoliberales.

Tras década y media de reformas sociales y una política exterior relativamente independiente, el PT sucumbió ante la recesión de una economía dependiente de las materias primas y ante unos estamentos hostiles (la judicatura y el ejército, concretamente) y fue reemplazado por un par de regímenes clientelares de extrema derecha que han funcionado bajo la dirección de Wall Street y del Pentágono.

Estados Unidos ha intervenido con frecuencia en Bolivia, apoyando golpes militares y regímenes clientelares y en contra de regímenes nacional-populistas (1954, 1970 y 2001). En 2005, un levantamiento popular dio paso a elecciones libres que llevaron al poder a Evo Morales, líder de los movimientos cocaleros. Entre 2005 y el momento actual, el presidente Morales ha dirigido un gobierno moderado de centro-izquierda y antiimperialista.

El fracaso de las iniciativas estadounidenses para derribar a Morales es consecuencia de diversos factores: Morales organizó y movilizó una coalición de campesinos y obreros (especialmente mineros y cocaleros). Se ganó la lealtad del ejército, expulsó a las “agencias de cooperación” que actuaban como caballo de Troya, amplió el control sobre los hidrocarburos y promovió los vínculos con la agroindustria.

La combinación de una política exterior independiente, una economía mixta, alto crecimiento y reformas moderadas neutralizó los intentos estadounidenses por derribar su gobierno.

No es ese el caso de Argentina. Tras el sangriento golpe de Estado de 1976, en el que el ejército respaldado por EE.UU. asesinó a 30.000 ciudadanos, el ejército fue derrotado por la Arma da Británica en la guerra de las Malvinas y se retiró después de siete años en el poder.

El régimen títere nacido tras el de los militares gobernó y saqueó el país durante casi una década antes de hundirse en 2001 a causa de una insurrección popular. Sin embargo, la izquierda radical, carente de cohesión, fue reemplazada por gobiernos de centro izquierda (Kirchner-Fernández) durante alrededor de una década (2003-2015).

Los regímenes neoliberales del bienestar entraron en crisis y fueron reemplazados en 2015 por otro régimen títere de Washington encabezado por Macri, que procedió a revertir las reformas, privatizar la economía y subordinar el Estado a los banqueros y especuladores estadounidenses.

Tras dos años en el poder, el gobierno títere se tambaleó, la economía entró en una espiral descendente y comenzó otro ciclo de represión y protestas populares. La debilidad del gobierno lanzó a la gente a la calle mientras el Pentágono afila sus cuchillos y prepara nuevos títeres para reemplazar al actual régimen clientelar.

Conclusión

Estados Unidos no ha podido consolidar los cambios de régimen en aquellos países grandes que cuentan con organizaciones de masas y un ejército leal. Sí lo ha conseguido en regímenes nacional-populares como Brasil y Argentina. Pero, con el tiempo, los gobiernos títere han sido derrotados.

Así como Estados Unidos recurre a una única “vía” (golpes militares e invasiones) para aplastar a los gobiernos populares pequeños y más vulnerables, utiliza una estrategia de “múltiples vías” con los grandes países poderosos.

Por lo general, en el primer caso es suficiente una llamada al ejército o el envío de los marines para acabar con una democracia electoral. En el caso de países poderosos, EE.UU. utiliza una estrategia de múltiples agentes que incluye el bombardeo propagandístico en los medios de comunicación y, catalogar a demócratas como dictadores, extremistas, corruptos, amenaza para la seguridad, etc.

Cuando la tensión aumenta, los clientes regionales y los estados europeos se organizan para apoyar a los títeres locales.

El presidente de EE.UU., cuyo dedo índice vale tanto como el voto de millones de electores, corona a presidentes impostores. Las manifestaciones en la calle y la violencia organizada y pagada por la CIA desestabilizan la economía; las élites empresariales boicotean y paralizan la producción y la distribución. Se gastan millones en sobornar a jueces y altos oficiales del ejército. Si el cambio de régimen puede lograrse a través de sátrapas militares locales, Estados Unidos evita la intervención militar directa.

Los cambios de régimen en los países más grandes y más ricos duran entre una y dos décadas. Sin embargo, el cambio a un régimen electoral títere puede consolidar el poder imperial durante un periodo más prolongado, como fue el caso de Chile.

Cuando el régimen democrático tiene un fuerte apoyo popular, Estados Unidos proporciona la asistencia ideológica y militar para una masacre a gran escala, como ocurrió en Argentina.

La próxima confrontación en Venezuela será un caso de cambio de régimen sangriento, pues Estados Unidos tendrá que asesinar a cientos de miles y derrotar a los millones de personas comprometidas con los avances sociales, con su lealtad a la nación y con su dignidad.

Por el contrario, la burguesía y los traidores políticos que la siguen buscarán venganza y recurrirán a las más infames formas de violencia para despojar a los pobres de sus avances sociales y sus recuerdos de libertad y dignidad.

No debe sorprender que el pueblo venezolano se esté preparando para una lucha prolongada y decisiva: se lo juegan todo en esta confrontación final con el imperio y sus títeres.

Traducido para Rebelión por Paco Muñoz de Bustillo

13 de abril de 2018

El proteccionismo de Trump, un gran salto atrás

James Petras

Introducción

Los presidentes de Estados Unidos, los líderes europeos y sus portavoces académicos han atribuido la creciente participación, el superávit comercial y la potencia tecnológica de China al “robo” de tecnología occidental que esta ha hecho, al comercio “desleal” o carente de reciprocidad y sus restrictivas prácticas de inversión. El presidente Trump ha lanzado una “guerra comercial”–aumentando fuertemente los aranceles, especialmente a las exportaciones chinas–, una guerra diseñada para instaurar un régimen económico proteccionista.

Quienes en el mundo occidental condenan a China ignoran las experiencias de desarrollo en los últimos 250 años, empezando por la política del Estados Unidos post-revolucionario destinada a proteger las “industrias recién nacidas”.

En este ensayo procederemos a criticar el modelo que subyace en el actual ataque occidental a China. Después describiremos la experiencia de países que superaron el atraso mediante una exitosa industrialización.

El desarrollo en perspectiva histórica

Los ideólogos occidentales sostenían que las “economías atrasadas” debían transitar el camino originalmente seguido por los países triunfantes, específicamente el Reino Unido.

Decían que las “etapas de desarrollo” deben comenzar por la adopción de las políticas de libre mercado, especialmente sus “ventajas comparativas”, concretamente, la exportación de materias primas. La “modernización” económica conduciría, etapa a etapa, a la sociedad madura de alto consumo.

Los defensores de la teoría liberal de las etapas dominaban en los departamentos económicos de las principales universidades de Estados Unidos y estaban al servicio de la planificación de la estrategia favorecida por los responsables políticos estadounidenses.

Al principio, los historiadores económicos que discrepaban señalaron serias anomalías. Por ejemplo, a los “primeros desarrolladores”, les encantaban las seguras ventajas comerciales proporcionadas por un imperio de ámbito mundial, que obligaba a que las colonias exportaran materias primas en desfavorables condiciones comerciales, una ventaja de la que carecían los “países tardíos”.*

Después, el Estados Unidos post-revolucionario conducido por el secretario del Tesoro Alexander Hamilton promovió –con éxito– políticas de proteccionismo industrial para proteger sus “industrias recién nacidas” frente al Imperio Británico ya establecido. La guerra civil estadounidense tuvo lugar precisamente para impedir que los propietarios de las plantaciones vincularan sus exportaciones con los comerciantes libres y los fabricantes británicos.

A mediados del siglo XIX y comienzos del XX, los países en vías de desarrollo como Alemania, Japón y la Rusia soviética rechazaron la ideología del libre comercio y mercados abiertos en favor de la industrialización protegida por el Estado. Consiguieron vencer el atraso, competir y superar a los “primeros desarrolladores”, como lo había hecho el Reino Unido.

En el periodo que siguió a la Segunda Guerra Mundial, después de varios intentos fallidos de seguir el modelo del “libre mercado occidental”, Corea del Sur, Taiwan y Malaysia siguieron exitosamente modelos estatistas de protección de las exportaciones.

Las regiones y los países que, adoptando las políticas occidentales de libre mercado, se especializaron en la exportación de materias primas –como América latina, África, Oriente Medio y Filipinas– fracasaron en la lucha contra el estancamiento y el atraso.

El importante historiador económico Alexander Gerschenkron sostenía –en Economic Backwardness in Historical Perspective: A Book of Essays (Atraso económico en perspectiva histórica: un ensayo)– que el atraso económico proporcionaba a los países emergentes ciertas ventajas estratégicas, entre ellas la sustitución sistemática de la importación por una industria nacional que asegurara el crecimiento dinámico y la consiguiente pericia competitiva para exportar.

Los países en vías de desarrollo que triunfaron más adelante tomaron prestadas las últimas tecnologías de producción y se apropiaron de ellas, mientras que los que se habían realizado su desarrollo industrial más tempranamente continuaron con los anticuados modos de producción. En otras palabras, guiados por el Estado, los países en desarrollo se “saltaron” etapas de crecimiento y superaron a sus competidores.

China es un magnífico ejemplo del modelo descrito por Gerschenkron. Con la intervención del Estado, se impuso a las limitaciones existentes en el imperio –impuestas por el control monopólico– y avanzó rápidamente mediante la apropiación de las tecnologías e innovaciones más avanzadas; después, avanzó para convertirse en el más activo aportante de patentes de avanzada en el mundo. En 2017, con 225 nuevas patentes, China superó a Estados Unidos, que le seguía con 91 (Financial Times, 3/16/18 p.13).

Un excelente ejemplo de los avances de China en innovación tecnológica es el Grupo Huawei, que en 2017 gastó 13.800 millones de dólares en investigación y desarrollo y proyecta aumentar la financiación de esta actividad a los 20.000 millones de dólares anuales. En la próxima generación, las empresas chinas estarán a la cabeza en relación con las tecnologías, entra ellas las de interconexión (Financial Times, 3/31/18 p.12). Que Washington recurra a la exclusión de China de los mercados estadounidenses no tiene nada que ver con el supuesto “robo” de patentes y secretos de Estados Unidos y, sí, todo que ver con el gasto en Investigación y Desarrollo de Huawei dirigido a conseguir talento, tecnología, equipo y socios internacionales. El chinofóbico proteccionismo de la Casa Blanca está motivado por su temor a los adelantos chinos en las redes informátixas de alta velocidad de quinta generación, que están debilitando la capacidad estadounidense de competir en la tecnología más avanzada.

La excelencia competitiva de China es el resultado de la sustitución sistemática de tecnología avanzada realizada por el Estado, lo que ha permitido que la economía se liberalice poco a poco y compita ventajosamente con Estados Unidos tanto en el mercado global como en los nacionales.

China ha seguido y superado el ejemplo de los países de desarrollo temprano (Alemania y Japón). Ha combinado el crecimiento de las exportaciones industriales de avanzada del sector de punta con un sector agrícola relativamente atrasado que ha proporcionado mano de obra barata y alimentos de bajo costo.

En estos momentos, China está subiendo la escalera del desarrollo, profundizando el marcado interno, adelantando su sector de la tecnología de punta y reduciendo gradualmente la importancia del consumidor de poco valor y las industrias obsoletas.

Las economías lloronas se vuelven hacia el proteccionismo

El fracaso competitivo de Estados Unidos en relación con China y –debido a ello– su déficit comercial son la consecuencia de su incapacidad para incorporar nuevas tecnologías, aplicarlas a la producción civil nacional, aumentar los ingresos, y mejorar e incorporar a los trabajadores en los sectores competitivos, que podrían defender el mercado nacional.

El Estado ha renunciado a ejercer su papel destacado ante las elites financiera y militar que erosionaron el espíritu competitivo de la industria estadounidense. Por otra parte, a diferencia de China, el Estado ha fracasado en la provisión de un liderazgo capaz de identificar los objetivos prioritarios compatibles con la extendida competencia por parte de China.

Mientras China exporta productos de precios económicos, Estados Unidos exporta armas y guerras. Este país tiene superávit en la exportación de armas y un déficit comercial cada vez mayor.

China ha invertido muchos miles de millones de dólares en la infraestructura de más de 50 países; esto mejora su superávit comercial. Estados Unidos ha gastado muchos miles de millones de dólares en más de 800 bases militares en el extranjero.

Conclusión

La acusación de Estados Unidos a China de haberse convertido en una potencia económica mundial haciendo comercio desleal y robando tecnología estadounidense desconoce la totalidad de la historia de los países de desarrollo temprano, empezando por el ascenso Estados Unidos y el declive del Reino Unido en el siglo XIX.

El intento de Estados Unidos de regresar al pasado, a una anticuada etapa proteccionista no aumentará su competitividad ni su participación en el mercado interior.

El proteccionismo de Estados Unidos solo conseguirá precios más altos, mano de obra no calificada, deudas de guerra y monopolios financieros. Una “guerra comercial” por parte de EEUU, sencillamente permitirá que el Estado chino desvíe el comercio desde Estados Unidos hacia otros mercados, redireccione sus inversiones para profundizar la economía de China y aumente sus vínculos con Rusia, Asia, África, América latina y Oceanía.

Estados Unidos se equivoca al culpabilizar a China. En lugar de eso, debería cuestionar su confianza en una economía basada en el laissez faire, sin plan ni inteligencia. El recurso a los aranceles hará crecer los costos sin que aumenten los ingresos ni mejore la innovación.

El actual proteccionismo estadounidense nació muerto. La Casa Blanca ya ha reducido los aranceles destinados a algunos de sus competidores. Además, los 60.000 millones de dólares en aranceles a los productos provenientes de China afectan a menos del 3 por ciento sus exportaciones.

En vez de tratar de culpabilizar a sus competidores extranjeros –como China– sería más inteligente aprender de su experiencia y absorber sus avances tecnológicos e inversiones estratégicas en infraestructuras y consumo interior. Mientras Estados Unidos no reduzca en dos tercios sus gastos bélicos y no subordine su sector financiero a la industria y a la población nacional continuará estando detrás de China.

En lugar de volver a la estrategia de los países atrasados, que confían en la protección de industrias pueriles, Estados Unidos debería asumir su responsabilidad de competir mediante un desarrollo dirigido por el Estado y asociado con la mejora de la fuerza de trabajo, el aumento de sus destrezas y la expansión del bienestar social.

* El autor llama “países tardíos” a que aquellos que se incorporaron al comercio mundial unos cuantos años después del Reino Unido. (N. del T.)

Traducción del inglés para Rebelión de Carlos Riba García 

23 de noviembre de 2016

Estados Unidos: La élite política promueve la guerra mientras la opinión pública estadounidense se opone al militarismo

James Petras

Introducción

Al atacar al electorado de EE.UU. como cómplices y facilitadores de las guerras o, en el mejor de los casos, desestimarlos como gente ignorante que sigue el rebaño encabezado por las élites políticas, se está parcializando la realidad. Las encuestas de opinión pública, incluso las que tienen un fuerte sesgo de centro-derecha, describen una ciudadanía opuesta al militarismo y a las guerras, pasadas y presentes.

Tanto la derecha como la izquierda no comprendieron la contradicción que define la vida política de EE.UU.: Principalmente la profunda brecha entre el público y la élite de Washington en cuestiones de guerra y paz dentro del proceso electoral que avanza constantemente hacia un mayor militarismo.

Este es un análisis de recientes encuestas de opinión sobre el resultado de las últimas elecciones. El ensayo concluye con un comentario sobre las contradicciones más enraizadas y propone diversas maneras posibles de resolución de estas contradicciones.

Método

Una de las principales encuestas de opinión pública, patrocinada por el Instituto Charles Koch y el Centro por el Interés Nacional y realizada por Survey Sampling International, entrevistó a una muestra de mil personas.

Los resultados: Guerra o Paz

Más de la mitad del público estadounidense se opone a un incremento del rol militar de EE.UU. en el exterior, mientras que solo el 25% apoya la expansión militar.

El público ha expresado su desilusión con la política exterior de Obama, especialmente sus nuevos compromisos militares en el Medio Oriente, los que han sido fuertemente promovidos por Israel y los representantes sionistas en EE.UU.

El público estadounidense muestra una sólida memoria histórica con respecto a las debacles militares promovidas por los presidentes Bush y Obama. Más de la mitad de la población (51%) cree que EE.UU. es menos seguro en los últimos 15 años (2001-2015), mientras que un octavo (13%) se siente más seguro.

En el presente periodo, más de la mitad del público se opone al despliegue de tropas en Siria y Yemen, y solo un 10% apoya continuar respaldando al Reino de Arabia Saudita.

Con respecto a las guerras específicas de EE.UU., más de la mitad cree que la invasión de Irak ordenada por Bush disminuyó la seguridad en EE.UU., mientras que solo el 25% cree que esta ni aumentó ni disminuyó. Hubo respuestas similares con respecto a Afganistán: 42% cree que la Guerra de Afganistán aumentó la inseguridad y alrededor de un tercio (34%) cree que no afectó la seguridad interna de EE.UU.

En términos de perspectivas para el futuro, tres cuartos (75%) del público estadounidense quiere que el próximo presidente se enfoque menos en operaciones militares en el extranjero o se sienten inseguros ante el tema. Solo el 37% apoya un incremento de gastos militares.

Los medios masivos y los poderosos financistas de la candidata Demócrata a la presidencia están enfocados en demonizar a Rusia y China como "las mayores amenazas de nuestro tiempo". En contraste, casi dos tercios (63,4%) de los estadounidenses cree que la mayor amenaza proviene del terrorismo extranjero y local. Solo un 18% considera a Rusia y China como las mayores amenazas de seguridad.

Con respecto al Pentágono, 56% quiere reducir o congelar el actual gasto militar, mientras que solo el 37% quiere aumentarlo.

Guerra y Paz: La élite política

Contrario a lo que cree la mayoría del público, los últimos cuatro presidentes de EE.UU., desde los 90 han incrementado el presupuesto militar, enviando cientos de miles de soldados a librar guerras en tres países del Medio Oriente, mientras promovían guerras civiles sangrientas en tres países del Norte de África y dos países europeos. A pesar de que las mayorías creen que las invasiones de Afganistán e Irak han aumentado las amenazas de seguridad nacional, Obama mantuvo tropas en tierra, mar y aire, al igual que operaciones con drones en esos países. A pesar de que solo un 10% aprueba sus políticas militares, el régimen de Obama ha enviado armas, asesores y Fuerzas Especiales para apoyar la invasión del diminuto Yemen por parte de las fuerzas sauditas dictatoriales.

Obama y la candidata demócrata a la presidencia, Hillary Clinton han impulsado una política de cerco en contra de Rusia y han demonizado al presidente Putin rotulándolo como la mayor amenaza para EE.UU., en contraste con lo que piensa la opinión mayoritaria en el país, que considera la amenaza de terrorismo islámico como cinco veces más grave.

Mientras que la élite política y los candidatos presidenciales prometen expandir la cantidad de tropas en el exterior y aumentar el gasto militar, más de tres cuartos del público estadounidense se opone o no está seguro sobre la expansión del militarismo de EE.UU.

Mientras que la candidata Clinton hizo campaña por el despliegue de naves de la Fuerza Aérea y misiles de EE.UU. para patrullar "la zona de exclusión aérea" en Siria, incluso derribando aviones de Siria y de Rusia, la mayoría (51%) del público estadounidense se opuso a ello.

Con respecto a las leyes, cuatro quintos (80%) del público cree que el Presidente debe contar con el apoyo del Congreso para incrementar la presencia militar en el extranjero. Sin embargo, los presidentes de ambos partidos, Bush y Obama iniciaron guerras sin la aprobación del Congreso, creando un precedente que el nuevo presidente probablemente aprovechará.

Análisis y perspectivas

En todos los temas principales de política exterior relacionados con guerras en el extranjero, la élite política es mucho más beligerante que el público de EE.UU. La élite es extremadamente más propensa a iniciar guerras que con el tiempo constituirán amenazas a la seguridad interna, y a no respetar las previsiones constitucionales sobre declaraciones de guerra. La élite está comprometida a incrementar el gasto militar, incluso al riesgo de desfinanciar programas sociales esenciales.

La élite política es más propensa a intervenir en guerras en el Medio Oriente, sin apoyo interno y a pesar de la oposición a la guerra expresada por las mayorías populares. Sin ninguna duda, los ejecutivos del complejo militar-industrial oligárquico, del poder pro-Israel y de los medios corporativos masivos tienen mucha más influencia que el público pro-democrático.

El futuro presagia una continuación del militarismo de la élite política, un incremento de las amenazas a las seguridad interna y menos representación de la voluntad popular.

Algunas hipótesis sobre la contradicción entre opinión popular y resultados electorales

Hay claramente una brecha sustancial entre la mayoría de estadounidenses y la élite política con respecto al rol militar en guerras en el extranjero, el debilitamiento de las prerrogativas constitucionales, la demonización de Rusia, el despliegue de fuerzas armadas estadounidenses en Siria y un incremento en la intervención en las guerras de Medio Oriente para beneficiar a Israel.

Sin embargo es también un hecho que el electorado estadounidense continúa votando por los dos partidos políticos principales que continuamente han apoyado guerras, formado alianzas con estados beligerantes del Medio Oriente, especialmente Arabia Saudita e Israel, y agresivamente sancionando a Rusia como la mayor amenaza para la seguridad de Estados Unidos.

Algunas hipótesis sobre esta contradicción que merecen ser analizadas:

1. Cerca del 50% de los votantes se abstienen de votar en las elecciones presidenciales y legislativas. Entre ellos se incluyen muchos del sector mayoritario que se opone a la expansión militar en el extranjero. De hecho, el partido de la guerra "ganador" proclama su victoria con menos del 25% de los votos, y lo considera como un mandato para librar más guerras.

2. El hecho que los medios de comunicación masivos apoyan fervorosamente a uno de los dos partidos de la guerra influye probablemente sobre la parte del electorado que participa en las elecciones. Sin embargo, los críticos han exagerado la influencia de los medios masivos y son incapaces de explicar por qué la mayoría del público estadounidense está en desacuerdo con la guerra y se opone a la propaganda militarista.

3. Muchos estadounidenses, si bien se oponen al militarismo, votan por el "mal menor" entre los dos partidos pro-guerra. Quizás creen que hay diferentes niveles de posturas pro-guerra, y eligen la menos estridente.

4. Los estadounidenses, que se oponen al militarismo de manera coherente, pueden decidir dar su voto a políticos militaristas por otras razones, independientes de las guerras en el extranjero. Por ejemplo, pueden votar por un político militarista que les garantice el financiamiento de programas locales de infraestructura o subsidios para proteger actividades agro-ganaderas o que prometa creación de puestos de trabajo, reducción de la deuda pública o se oponga a candidatos corruptos.

5. Los estadounidenses, que se oponen al militarismo de manera coherente, pueden ser engañados por las declaraciones de un candidato presidencial demagogo de uno de los dos partidos pro-guerra, cuyas promesas de paz serán -una vez elegido- reemplazadas por un incremento de las guerras.

6. De igual manera, el énfasis en las "políticas de identidad" pueden resultar engañosas para los votantes anti-guerra, impulsándolos a votar por un militarista comprobado que levante estandartes de raza, etnicidad, género, preferencias sexuales o lealtades a estados extranjeros.

7. Los partidos pro-guerra trabajan juntos para impedir que los partidos anti-guerra puedan acceder a los medios masivos, evitando especialmente su participación en debates electorales nacionales vistos por decenas de millones de votantes. Los partidos por la guerra complotan para establecer restricciones severas contra la participación de los partidos anti-militaristas en las elecciones nacionales, excluyendo del voto a ciudadanos con un récord policial por actividades no violentas o impidiendo que voten personas que ya han cumplido su sentencia. Excluyen a los ciudadanos pobres que no tienen un documento de identificación con foto, limitan acceso al transporte hacia los sitios de votación, restringen la cantidad de sitios de votación en barrios pobres o de minorías y niegan permiso para votar a los trabajadores. A diferencia de otros países, las elecciones de EE.UU. tienen lugar un día laboral y muchos trabajadores no pueden concurrir a votar.

En otras palabras, el proceso electoral está amañado, conlleva un "voto forzado" y abstención: el complot entre los dos partidos pro-guerra limita la posibilidad de elegir y causa la abstención o el voto por "el mal menor" entre los dos partidos pro-guerra.

Las contradicciones entre los deseos de las mayorías anti-militaristas y los votos por la élite pro-guerra solo se podrían resolver si hubiera elecciones abiertas y democráticas, si los partidos anti-militaristas tuvieran igualdad de derechos para registrarse, participar y debatir en los medios masivos y si el financiamiento de las campañas fuera equitativo.

Se publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

13 de junio de 2016

Hillary Clinton, ¿se elegirá a una espía como presidente?

James Petras

Introducción

Durante sus 4 años como secretaria de Estado de Estados Unidos (2009-2014), Hillary Clinton controló la política exterior de EE.UU. Tuvo acceso a información y a cientos de miles de documentos de Estado, clasificados como de alta confidencialidad y provenientes de todas las principales áreas y agencias gubernamentales: Inteligencia, FBI, Pentágono, Tesoro y la oficina presidencial. Tuvo acceso irrestricto a información secreta y esencial sobre la política estadounidense en todas las regiones clave del imperio.

Hoy, las críticas a la Sra. Clinton se han enfocado en los aspectos técnicos de sus infracciones a procedimientos y normativas del Departamento de Estado con respecto el manejo de las comunicaciones oficiales y sus descaradas mentiras sobre el uso de su correo electrónico privado en el desempeño de asuntos gubernamentales, incluyendo materiales clasificados como ultra secretos -violando las leyes del Registro Federal- al igual que el ocultamiento de documentos oficiales del Freedom of Information Act (Acta de la Libertad de Información) y la fabricación de su propio sistema, fuera de toda supervisión oficial, a diferencia de los demás funcionarios gubernamentales.

Por ello, para numerosos analistas el asunto involucra procedimientos, moral y ética. La Sra. Clinton se ha situado a sí misma por encima y más allá de las normas disciplinarias del Departamento de Estado. Esta prueba de su arrogancia, deshonestidad y claro menosprecio por las normas debería descalificarla como candidata a presidente de EE.UU. Mientras que las revelaciones de uso indebido de documentos oficiales, la creación de un sistema privado de comunicación y correspondencia y la destrucción de decenas de miles de intercambios oficiales, incluyendo documentos ultra secretos, son temas importantes que deben ser investigados. Esto no responde a la pregunta política primordial¿En beneficio de quién la Secretaria de Estado Clinton desempeñaba las funciones de política exterior de EE.UU. sin ninguna supervisión gubernamental?

El significado político y las motivaciones de los graves delitos cometidos por Clinton contra el Estado

El manejo privado e ilegal de documentos oficiales de EE.UU. realizado por la exsecretaria de Estado generó una investigación del FBI. Adicionalmente, hay otra investigación realizada por la Oficina del Inspector General, en torno a infracciones a la seguridad nacional.

Hay diferentes líneas de indagación contra la Sra. Clinton:

1) ¿Trabajó con, nombres todavía sin identificar, gobiernos y servicios de inteligencia extranjeros en beneficio de aquellos y contra los intereses de EE.UU.?

2) ¿Dio información sobre operaciones y posturas políticas de diversas figuras clave de la política de EE.UU. a rivales, adversarios o aliados en detrimento de las actividades militares, de Inteligencia y del Departamento de Estado?

3) ¿Obró contra funcionarios veteranos del Departamento de Estado y el Pentágono, que estaban a favor de métodos diplomáticos y menos violentos, en pos del objetivo de incrementar su poder personal dentro del gobierno de EE.UU. y para imponer su política agresiva de guerras seriales de "prevención"?

4) ¿Preparó un "equipo encubierto", integrado por agentes extranjeros o de doble nacionalidad, para sentar las bases de su candidatura presidencial y su objetivo final de alcanzar el poder militar y político total?

Contexto de las operaciones clandestinas de Clinton

No hay duda de que la Sra. Clinton intercambió cartas y documentos oficiales, de poca y de gran importancia, a través de su correo electrónico privado. Comunicaciones personales, familiares, e incluso íntimas pueden haber circulado en el mismo servidor de internet. Pero el asunto clave es el gran volumen de información gubernamental de alta confidencialidad enviada a Clinton desde una cuenta "back channel" (indirecta), privada e insegura, que le permitió mantener comunicaciones gubernamentales secretas.

¿Pero quiénes eran los correspondientes más constantes, persistentes e influyentes de la secretaria de Estado Clinton? ¿Qué tipos de intercambio requerían eludir la supervisión normal y arriesgar la seguridad?

Las políticas de guerra encubierta de Clinton, entre las que se incluye el violento derrocamiento del gobierno electo de Ucrania, fueron dirigidas por su "lugarteniente" la vicesecretaria de Estado Victoria Nuland. Esta funcionaria es una neoconservadora virulenta, heredada del gobierno de Bush, y comprometida con la provocación a Rusia y el apoyo al poder de Israel en el Medio Oriente. La idea política de Clinton, extremadamente peligrosa y económicamente desestabilizadora, del cerco militar a China, el llamado "pivote a Asia", debe haber requerido intercambios clandestinos con gente del Pentágono, al margen de la supervisión del Departamento de Estado y posiblemente del Poder Ejecutivo.

Dicho de otra manera, dentro del circuito político de Washington, la intensificación de las políticas de guerra nuclear contra Rusia y China llevada a cabo por la secretaria Clinton requirió de correspondencia secreta que no necesariamente estuvo dentro de las normativas políticas y de inteligencia de otras agencias gubernamentales y de negocios.

Clinton, constante e intensivamente, mantuvo comunicaciones privadas con numerosos regímenes indeseables, incluyendo Arabia Saudí, Israel, Honduras y Turquía, para realizar actividades violentas, clandestinas e ilegales. Trabajó con los partidos opositores y grotescamente corruptos de Venezuela, Argentina y Brasil.

Los intercambios de Clinton con las fuerzas armadas y la brutal oligarquía de Honduras condujo al golpe militar contra el presidente electo Zelaya, a la secuela de violencia y a la falsedad de las elecciones para nombrar a un títere sumiso. Dada la campaña gubernamental con escuadrones de la muerte para asesinar a activistas civiles, Clinton obviamente habría querido ocultar su rol directo como organizadora del golpe de Estado. De igual manera, la Sra. Clinton habría querido destruir todas sus comunicaciones con el presidente turco Erdogan sobre las operaciones de inteligencia en apoyo de terroristas-mercenarios musulmanes en Siria e Irak.

Los mensajes de e-mail de la secretaria Clinton probablemente demostraban su respaldo a la brutal invasión saudí de Bahrein y Yemen para suprimir las organizaciones sociales independientes y los rivales políticos de la región.

Pero el compromiso de Clinton hacia Israel, de larga data y a gran escala, supera con creces su discurso público de lealtad y fidelidad a Israel. Toda la carrera política de Clinton ha dependido básicamente del dinero y de la propaganda sionista y de las operaciones del Partido Democrático Sionista.

Clinton, a cambio del respaldo político del aparato de poder sionista en EE.UU., podría haber sido el principal conducto de información confidencial desde EE.UU. hacia Israel; y la correa de transmisión para promover políticas a favor de los intereses de Israel dentro del gobierno estadounidense.

La totalidad del complejo de enlaces y correspondencia entre Clinton e Israel ha puesto en peligro el trabajo de los servicios de Inteligencia, del Departamento de Estado y del Pentágono.

Hillary Clinton le ha dado un servicio extraordinario a Israel, sin escatimar ningún esfuerzo, incluso actuando contra los propios intereses de Estados Unidos. Es extraño que ella haya recurrido a medidas tan burdas, como instalar un servicio privado de internet para desempeñar funciones gubernamentales. Ignoró sin disimulo el reglamento y la supervisión del Departamento de Estado y envió aproximadamente 1300 documentos confidenciales y 22 documentos ultra secretos relacionados con el "Special Access Program" (Programa de acceso especial). Destacó los documentos militares y de inteligencia sobre políticas estratégicas de EE.UU. en Siria, Irak, Palestina y otros regímenes importantes. El reporte del Inspector General indica que "a ella se le advirtió" sobre este tema. Las acciones de Clinton no han sido juzgadas como de alta traición solamente por el dominio único que Tel Aviv e Israel, como la Quinta Columna de EE.UU., ejercen sobre el gobierno y el sistema judicial de Estados Unidos. ¡Es el colmo de la hipocresía que el gobierno de Obama haya enjuiciado y encarcelado a denunciantes de conciencia por hacer públicas sus preocupaciones dentro del sistema de vigilancia del Inspector General, mientras que la secretaria Clinton está en camino a convertirse en presidenta del país!
Conclusión

Muchos de los principales críticos de Clinton, entre ellos dos docenas de exagentes de la CIA, han creado el mito de que la principal infracción de Hillary es su "descuido" en el manejo de documentos oficiales y sus deliberados engaños y mentiras al gobierno.

Estos críticos han trivializado, personalizado y moralizado algo que es en realidad una conducta política deliberada y altamente politizada. La Sra. secretaria de Estado Hillary Clinton no fue descuidada por usar un servidor de internet inseguro. Si Clinton mantuvo una relación política con funcionarios extranjeros de manera calculada usó un servicio privado de internet para la correspondencia con el fin de evitar ser detectada por agentes de seguridad del gobierno de Estados Unidos. Ella le mintió al gobierno de EE.UU. sobre el uso y la destrucción de documentos oficiales porque los documentos eran intercambios políticos entre una traidora y sus interlocutores.

Los 22 reportes ultra secretos del "Special Access Program", que Clinton tuvo en sus computadora privada, le proveyeron a gobiernos extranjeros los nombres y fechas de agentes y representantes de EE.UU.; permitiendo contrarrestar acciones con el costo de miles de millones de dólares en perjuicios y posiblemente pérdida de vidas.

El Reporte del Inspector General solo se refiere al delito superficial. El FBI ha ido un paso más allá al identificar las conexiones políticas, pero enfrenta obstáculos enormes, puestos por los aliados internos de Hillary, para realizar una investigación delictiva. El puesto de director del FBI es político, y esta agencia ha sufrido una serie de derrotas en sus intentos de investigar y enjuiciar el espionaje a favor de Israel, incluyendo el caso Rosen & Weismann de espionaje de AIPAC y su larga oposición contra la liberación del notorio espía de EE.UU. e Israel, Jonathan Pollard. El poder de los sionistas dentro del gobierno detuvo la investigación de una docena de espías israelíes capturados en EE.UU. justo después de los ataques del 11 de septiembre de 2001.

La decisión de Clinton de mantener comunicaciones privadas y secretas, a pesar de las advertencias que recibió a lo largo de muchos años del Departamento de Estado para que cumpliera con las normas estrictas de seguridad, es un indicio de su base de poder sionista, y no una simple reflexión sobre su carácter egocéntrico o su arrogancia.

Clinton ha hecho circular más documentos ultra secretos y más material clasificado que Jonathan Pollard.

El presidente Obama y otros funcionarios de alto nivel comparten las alianzas políticas de Clinton, pero operan a través de canales "legítimos" y sin arriesgar personal, misiones, financiamiento o programas.

Actualmente, el liderazgo ejecutivo enfrenta el problema de qué hacer con una traidora, que podría ser la próxima candidata del Partido Demócrata a presidente de EE.UU., sin perjudicar el objetivo de poder global de EE.UU. ¿Cómo pueden hacer el liderazgo ejecutivo y las agencias de inteligencia para respaldar como presidente a alguien que espió para un país extranjero? ¿Y que estuvo profundamente comprometida y que podría ser chantajeada? Esto explica las reticencias del FBI, la NSA y la CIA para presentar cargos; las reticencias incluso para investigar seriamente, a pesar de lo descarado de los delitos. Y más que nada, explica por qué no hay ninguna mención a la identidad de los correspondientes de la secretaria Clinton en los diversos reportes hechos públicos hasta ahora.

Como diría Sherlock Holmes: "Estamos entrando en aguas profundas, Watson".

Traducido por Silvia Arana