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16 de noviembre de 2024

Gustavo Gutiérrez, el peruano más universal de la Iglesia y del mundo

Luis Zambrano

A Gustavo lo conocí al inicio de los años 60 cuando él, llegado de Europa, fue invitado a dar una charla en el Seminario «Santo Toribio» de Lima. Diez años después ya no era bienvenido en la Facultad de Teología, venida a menos por su galopante conservadurismo. Muchos alumnos pedíamos que Gustavo fuera nuestro rector, lo cual aparecía como algo imposible. Nunca fue aceptado como profesor en la Facultad. La Universidad Católica del Perú sí lo acogió para dar algunos cursos durante largos años. Curiosamente, recién en el 2001 fue profesor ordinario de Teología a lo largo de 17 años en la Universidad Notre Dame (Indiana- USA) hasta su jubilación.

En 1968 (Chimbote- Perú) Gustavo inició genialmente la «Teología de la liberación» (TL) frente a una aguada teología llamada «Teología del Desarrollo», que no tomaba en cuenta la opresión de los pueblos latinoamericanos. Se trataba de buscar la liberación para luego hacer posible el desarrollo. En 1971 salió publicada «Teología de la liberación», primera obra clave de esta corriente eclesial que fue a lo esencial del evangelio.

Poco después, la participación de Gustavo en la II Conferencia Episcopal latinoamericana de Medellín (Colombia) en calidad de asesor teológico del Cardenal de Lima, Juan Landázuri, fue decisiva. A él se debe, como me lo contó Gustavo en 1993, la redacción del valioso documento «Pobreza de la Iglesia» en una noche, con la atingencia de que fue a pedido de uno de sus adversarios teológicos.

En 1979, cuando se realizó la III Conferencia Episcopal latinoamericana en Puebla (México) la TL ya estaba siendo perseguido dentro de la Iglesia. Con la malévola intervención del arzobispo López Trujillo, las autoridades vaticanas prohibieron participar en dicha asamblea a los teólogos de la TL. Ellos fueron a Puebla y se pusieron a disposición de los obispos fuera del local de la asamblea. Muchos de ellos iban de noche a beber de la sabiduría de estos audaces teólogos proféticos.

Gustavo, a lo largo de esas décadas, se regaló a la Iglesia y al mundo. Fue requerido por innumerables universidades. Pero, a la vez, por tantos grupos de base, parroquias, diócesis, congregaciones religiosas de hombres y mujeres, iglesias protestantes. Ocupó un lugar especial en su apostolado la Unión nacional de estudiantes católicos (UNEC). Siempre los acompañaba en sus retiros. Los cursos de verano en la Universidad Católica de Lima, promovidos por Gustavo durante décadas, reunieron y fortalecieron la mente y el corazón de miles de creyentes, especialmente jóvenes. En la Iglesia surandina amazónica, especialmente en las asambleas del Instituto de Pastoral Andina (IPA) tuvimos el gozo de su constante presencia con sus valiosos resúmenes, llamados «tuercas». Hace 50 años fundó el Instituto «Bartolomé de las Casas» en Lima, que ha sido y sigue siendo un importante centro de concientización y de compromiso social desde la fe a nivel nacional e internacional.

Cuando tuve la oportunidad de seguir postgrado en Austria y Alemania, a fines de los 70, observé que en distintas universidades europeas muchos estudiantes tenían como temática la TL. Les llamaba mucho la atención y por un tiempo la tomaron como una moda. Sin embargo, teólogos serios de Europa, USA y de todo el mundo, católicos y protestantes, se enriquecieron con esta teología y la hicieron florecer en sus lugares. Para Gustavo la TL fue un compromiso enraizado en una fe inquebrantable, con todas sus consecuencias y peligros. En 1971, cuando Luis Figari, empezaba sus estudios en la facultad de Teología de Lima, fundó el Sodalitium. Según su propia afirmación el objetivo fue atacar la TL y planteó una pálida «teología de la reconciliación.» Su discípulo Alfredo Garland en 1978 publicó el libro «Como lobos rapaces» lleno de calumnias contra teólogos de la liberación.

Repetidas veces, ya sea en Lima o en Roma, conferencias programadas que tenían como ponente a Gustavo fueron canceladas a última hora. Fuerzas retrógradas de la Iglesia peruana desprestigiaban no solo a Gustavo, sino también a personas y grupos que maduraban su fe y compromiso en el marco de esta teología. Algunos eran despedidos de sus puestos en diversas instituciones de la Iglesia. A nivel del episcopado curiosamente fue elegida una ola de obispos pertenecientes al Opus Dei, que llegaban a una diócesis y se apropiaban de ella por décadas. Hubo años en los que, de unos 50 obispos en el Perú, 15 pertenecían al Opus Dei, caso único en la Iglesia mundial. El intento era contrarrestar la fuerza de la TL, pues había nacido en el Perú.

En el sur andino amazónico ocurrió algo más grave. Hubo por lo menos 4 sacerdotes encargados oficial y largamente de las prelaturas que nunca fueron nombrados obispos como represalia por su compromiso evangélico. Varios obispos contrarios a la TL intentaron que esta fuera condenada en Roma, pero solo la condenaron en sus sueños. Y en 1984, cuando el entonces responsable de la Doctrina de la fe, cardenal Joseph Ratzinger, llamó a los obispos del Perú a Roma para tratar el tema de la TL, un grupo de obispos viajaron diciendo que la TL sería condenada. Volvieron con los crespos hechos, porque la TL nunca fue condenada, ni entonces ni después.  Con la presencia del Papa Francisco la TL ha sido reconocida en su real dimensión.                                    

Ese tipo de persecución también se dio por parte del imperio norteamericano que vio a la TL como un grave peligro para el sistema económico y político actual. Por encargo del presidente Reagan, una Comisión de estudios sobre Latinoamérica, publicó el llamado Documento de Santa Fe, el cual recomendó que se atacara decididamente a la TL. porque era enemiga del «mundo libre»

Gustavo, y la corriente profética que él impulsó, no han inventado una teología apoyada en Marx, como algunos interesada y contradictoriamente todavía afirman. Él es un auténtico descubridor y sistematizador de lo más antiguo y lo más valioso que guarda la biblia desde hace miles de años: la injusta pobreza. Presente en el mundo desde milenios es repudiada por Yahveh, el Dios de Jesús, el Cristo. La esclavitud antigua y nueva, ejercida por grupos empoderados mediante sus armas y sus leyes, también fue rechazada por ese mismo Dios que no fue ni es neutral, que siempre se puso de lado de los pobres, oprimidos, explotados, burlados, insignificantes, ninguneados, descartados. Toda la biblia está regada de esta opción divina. Y en el corazón de la mujer y del hombre, como sello del mismo Dios, palpita desde siempre el ansia de liberación. Aquí, como en ninguna otra experiencia, se encuentran, se amalgaman, se confunden creador y creatura. La «opción preferencial por los pobres», experiencia clave en la TL es parte natural de esta vieja tradición. Y ya ha sido asumida por el magisterio papal. Es solo uno de los muchos ejemplos.

Sucede que los poderosos de este mundo pretenden dominarlo todo y hasta adueñarse de Dios. La Iglesia no se ha librado de este golpe. El emperador Constantino (siglo IV) al dejar de perseguirla la mundanizó y la convirtió en un imperio. Entonces la profecía fue ocultada y hasta perseguida. Pero siempre hubo un hilo profético que cruzó la historia de la Iglesia hasta hoy. Fue el Concilio Vaticano II que hizo prosperar la profecía. La Iglesia latinoamericana, en plena madurez, continuó lo que el Concilio había iniciado y dijo lo que el Concilio no había podido decir. Gustavo, inserto en esa amplia corriente de fe comprometida, se inscribe en la más antigua y auténtica tradición:  los profetas, el mismo Jesús, los santos Padres, Francisco de Asís, Santo Domingo de Guzmán, Antonio de Montesinos, Bartolomé de las Casas, Francisco de Valdivieso, Luz Marina Valencia, María Mejía, Enrique Angelelli, Luis Espinal, Rutilio Grande, Oscar Romero, etc. La lista es incontable. Los mártires de los últimos tiempos en Latinoamérica en su inmensa mayoría son quienes se comprometieron movidos por su fe con la liberación de sus pueblos.

Una característica que salta a la vista en Gustavo es que, siendo un teólogo de alto vuelo, lo primero en él fue su compromiso con los pobres y supo compaginar su servicio sacerdotal en una parroquia del Rimac con sus compromisos como profesor a nivel nacional e internacional,  al contrario de muchos teólogos de «profesión», por ejemplo, en Europa, que se dedican solo a investigar y a enseñar y pierden el contacto con los hombres y mujeres de carne y hueso, con sus diarias angustias y esperanzas.

Algo notorio en Gustavo, como profeta de nuestro tiempo, fue el ser querido por unos y odiado o mal entendido por otros. Infinidad de personas pobres y sencillas, organizadas y no organizadas, encontraron en él a un hermano solidario. También lo admiraron y siguieron personas de mayores recursos y profesionales de variados rubros, que tenían una mirada crítica frente a la actual (des) organización del mundo y que apostaban por un nuevo orden mundial y una Iglesia inundada por «la fuerza de los pobres» en busca de su libertad.

En el tiempo de Juan Pablo II y Benedicto XVI Gustavo sufrió acusaciones, investigaciones y requerimientos por parte de estamentos vaticanos. Como hombre de Iglesia él respondió a todos con paciencia. La Congregación para la doctrina de la fe le había pedido clarificación de los puntos problemáticos en algunas de sus obras. Requerido a confeccionar el artículo «La koinonia eclesial», la Congregación el 15. 9. 2004, de acuerdo con el episcopado peruano, no encontró ninguna objeción teológico- pastoral y recomendó su publicación.

El Papa Francisco lo miró con ojos positivos y tuvo varios encuentros con Gustavo en el Vaticano. En su 90 cumpleaños (2018) le escribió así:  «Te agradezco por cuanto has contribuido a la Iglesia y a la humanidad a través de tu servicio teológico y de tu amor preferencial por los pobres y los descartados de la sociedad.» En esa misma ocasión yo le escribí a Gustavo: » Si el Papa te nombra cardenal acéptalo por la causa de los pobres». Pero no sucedió. Sin embargo, hubiera sido un valioso reconocimiento después de tanto maltrato durante décadas.

Gustavo es un cristiano y teólogo del siglo XX, que ha llegado a tener una resonancia solo comparable a la que alcanzó Sto. Tomás de Aquino en el siglo XIII. Tomás entró en un diálogo fecundo con la obra de Aristóteles en vista de su obra filosófica y teológica. El diálogo decidido que emprendió Gustavo fue con las ciencias sociales. Ambos tuvieron que pagar su cuota histórica por adelantarse a su época…        

Gustavo no solo fue teólogo. También fue filósofo, sociólogo, buscador incansable de la belleza, pensador. Se relacionó con José Carlos Mariátegui aun sin conocerlo: ambos tuvieron osteomielitis, la misma pasión por los pueblos indígenas del Perú y la lectura como autoformación permanente. Geniales.

Tuvo asimismo una gran amistad con el poeta Juan Gonzalo Rosé, de profunda raigambre social, quien lo condujo a la humanísima poesía de César Vallejo, que lo ayudó a sobrellevar su delicada enfermedad. Conoció profundamente a José María Arguedas, quien llegó a confesarle que «en el Dios liberador de Gustavo sí creo.» Todos grandes. El papa Francisco ante la noticia del fallecimiento de Gustavo afirmó: «Un grande».

Gustavo partió a la eternidad el pasado martes 22 de octubre del 2024. ¡Bebamos de su inagotable grandeza humana!

QUERIDO GUSTAVO, AMIGO, HERMANO, PADRE ¡RUEGA POR NOSOTROS!

Luis Zambrano,

Juliaca – Perú

Se publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes
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2 de noviembre de 2024

Gustavo Gutiérrez, el teólogo de la iglesia de los pobres


Pedro Pierre

Ha fallecido a los 96 años el sacerdote peruano Gustavo Gutiérrez, universalmente conocido como el padre de la teología de la liberación, o sea, la voz teológica de los pobres organizados en Comunidades Eclesiales de Base. Vivió siempre de manera muy sencilla pasando la mayor parte de su vida en una parroquia de los sectores pobres de Lima.


Su pasión por los pobres fue confirmada por el Concilio Vaticano 2° donde acompañó el cardenal de Lima, Juan Landázuri, como su asesor teológico. El sueño del papa Juan 23 que convocó dicho Concilio era un volver de toda la Iglesia a sus raíces cristiana, o sea, al testimonio de Jesús y de las primeras Comunidades cristianas. Al convocar el Concilio, el papa Juan 23 marcó la meta a alcanzar: “La Iglesia es de todos, pero más particularmente es la Iglesia de los Pobres”. Los obispos más evangélicos de América Latina lo entendieron muy bien, ya que conformaron un grupo que llamaron Iglesia de los pobres. Se reunían regularmente para entender mejor lo que quería el papa Juan 23 y aportar en las sesiones conciliares la voz de los pobres de América Latina.

Gustavo Gutiérrez participó activamente de este proceso con los obispos latinoamericanos de la Iglesia de los Pobres. La marca de aquello está en las primeras palabras del mayor documento pastoral del Concilio “sobre la Iglesia en el mundo de hoy”, llamado “Gaudium et spes”, por sus palabras en latín. Consta en su primer párrafo: “El gozo y la esperanza, la angustia y la tristeza de los hombres de nuestros días, sobre todo de los pobres y toda clase de afligidos, son también gozo y esperanza, angustia y tristeza de los discípulos de Cristo y nada hay de verdaderamente humano que no tenga resonancia en su corazón”.

Gustavo Gutiérrez participó también, con unos 40 obispos de América Latina, en el “Pacto de las Catacumbas”. Fue una celebración que realizaron al final del Concilio donde se comprometían a llevar una “vida de pobreza” y a ser una Iglesia “servidora y pobre” como lo quería el papa Juan 23; por eso rechazaban “los símbolos o privilegios de poder” y se comprometían a colocar a “los pobres en el centro de su ministerio pastoral”.

En Roma, los obispos latinoamericanos decidieron realizar una reunión episcopal latinoamericana para aplicar el Concilio a la realidad del continente. Esta reunión tuvo lugar 3 años después del Concilio, en Medellín (Colombia, 1968). Allí los obispos definieron los nuevos caminos de “la presencia de la Iglesia en la actual transformación de América Latina”. También estuvo presente Gustavo Gutiérrez. Unos 3 años después, en 1971, escribió su famoso libro “La teología de la liberación”. Así nacía una nueva corriente teológica a partir de las Comunidades Eclesiales de Base, que iba a revolucionar no solamente la Iglesia latinoamericana sino también la Iglesia católica toda.

Las Comunidades Eclesiales de Base habían nacido en Brasil unos 10 años antes del Concilio. Son cristianos de los sectores populares de la ciudad y del campo que, confirmados por el Concilio en su vocación bautismal, se reúnen para profundizar su fe mediante la solidaridad y la transformación social a la luz de la Biblia, el Magisterio eclesial, en particular el Documento de Medellín. En ese Documento las Comunidades Eclesiales de Base habían sido ‘bautizadas’ como “el primer y fundamental núcleo eclesial, célula inicial de estructuración eclesial, foco de evangelización y factor primordial de promoción humana y desarrollo”.

El libro de Gustavo Gutiérrez, “la teología de la liberación”, era la expresión teológica de lo que decían y vivían las Comunidades Eclesiales de Base de América Latina: una nueva manera de entender la Biblia, una nueva manera de hablar de Dios y de Jesús de Nazaret, una nueva manera de ser Iglesia, más conforme a los Evangelios y a los Hechos de los Apóstoles. Eso fue el novedoso y mayor aporte de Gustavo Gutiérrez en más de 20 libros que escribió: Es la teología de la Iglesia de los pobres de América Latina. En 1984, el papa Juan Pablo 2° confirmó su importancia, escribiendo a los obispos de Brasil: “La teología de la liberación no sólo es oportuna, sino útil y necesaria”.

Actualmente, con la ‘sinodalidad’, el papa Francisco quiere profundizar las grandes intuiciones del Concilio Vaticano 2°: Se inspira de la Teología de la libración y de las experiencias de las Comunidades Eclesiales de Base latinoamericanas. La Asamblea Eclesial de América Latina et del Caribe de México en 2021 las ha calificado como “una experiencia de Iglesia sinodal” y el mismo papa Francisco afirmó que el Documento de conclusión de dicha Asamblea es “un laboratorio de la sinodalidad”.

Gustavo Gutiérrez puede “descansar en paz” por su labor teológica que contribuye a una renovación evangélica de todo la Iglesia católica. Las resistencias son muy fuertes tanto en la Iglesia con un clero y una jerarquía que están mayoritariamente opuesto tanto a la teología de la liberación, las Comunidades Eclesiales de Base y la sinodalidad, como en la sociedad en particular con el gobierno norteamericano. Pero el camino está trazado, porque, como dijo el papa Francisco en 2015: “La Iglesia del tercer milenio debe ser sinodal”. A los cristianos de hoy, siguiendo el ejemplo de Gustavo Gutiérrez, les toca, desde los pobres como protagonistas, renovar la Iglesia de Jesús para que sea más verdaderamente la artesana del Reino de Dios inaugurado por Jesús de Nazaret, o sea, de un mundo fraterno, equitativo y solidario, reconciliado entre sí, con la naturaleza y con Dios.

Pedro Pierre. Sacerdote diocesano francés, acompaña las Comunidades Eclesiales de Base (CEB ) urbanas y campesinas de Ecuador, país adonde llegó en 1976.

Se publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

26 de octubre de 2024

Perú: Gugú ha muerto

Rodrigo Núñez Carvallo

Hacía frío en aquella mañana cusqueña y el soroche amenazaba. Me hicieron pasar a una sala de conferencias donde no cabía un alfiler, pero antes me ofrecieron un humeante mate de coca. El animado murmullo se extinguió cuando apareció nada menos que el cura Gustavo Gutiérrez y se apoyó en la mesa del estrado. No estaba vestido de sotanas, ni siquiera llevaba la camisa negra con alzacuellos sino un enorme casacón térmico. ¿Su edad? Indescifrable.

El gran desafío de América Latina es cómo liberar a los pobres de las situaciones de miseria y marginación, fue lo primero que dijo recorriendo desordenadamente el estrado. Era de corta estatura, ancho, cojeaba un poco, pero la impresión cambió cuando su voz firme y metálica resonó en el auditorio.

La Teología de la Liberación intenta colocar la noción de desarrollo en un contexto más amplio que el meramente económico: se trata de hacer llegar el dios de la historia a los pobres de este mundo. Así de sencillo y de complejo. ¿Cómo surgió? Fue el fruto de una reflexión colectiva, que se dio en todo el continente y que yo me limité a sistematizar y poner por escrito, afirmó con una aprendida humildad. Estaba por realizarse la conferencia de Medellín y nuevos vientos comenzaban a soplar. Se trataba de acercar el Concilio Vaticano II a la realidad latinoamericana, donde la miseria y la explotación de los indígenas campeaba. Pero a estas alturas debo hacer una cauta confesión: en esta nueva teología tuvo un papel preponderante mi amistad con José María Arguedas.

Gutiérrez hizo un silencio premeditado. El auditorio abrió los ojos y afinó los oídos. Por entonces Arguedas estaba escribiendo a trompicones la que sería su última novela y acudió a Chimbote en busca de inspiración y de realidad y también de un poco de apoyo espiritual. Quédate el tiempo que necesites, le dije cuando se presentó con una bolsa serrana, un maletín de mano y su máquina de escribir. En el almuerzo y mirando la bahía que aún las anchoveteras no habían arruinado, me dijo que estaba otra vez a las puertas del suicidio. Amigo Gustavo, me siento incapaz de luchar y de trabajar, estoy baldado del alma, dijo. Supuse que necesitaba conversar. La literatura es y será tu salvación, será tu dios, le dije. Yo no tengo dios, replicó el escritor con escepticismo. Soy ateo, yo no siento a dios como los señores y los bienpensantes. Ese ser del que ustedes hablan solo hace sufrir sin consuelo, no es el dios de los indios. Ese dios solo sirve para envilecernos. Quizás la dura sentencia de Arguedas expresara en toda su crudeza la vida que compartió entre los pobres. Los conocía perfectamente. Su infancia había transcurrido entre las mamachas y los comunes de una hacienda serrana ubicada en Lucanas.

Por entonces Jorge Álvarez Calderón y Monseñor Dammert, del movimiento sacerdotal ONIS, me pidieron que diera una conferencia con vistas a la Conferencia Episcopal que se desarrollaría en Colombia. El mundo estaba cambiando. La revuelta estudiantil del mayo francés acababa de suceder, la guerra de Vietnam sacudía las conciencias de occidente y hacía pocos meses que el Che había caído inmolado en las selvas bolivianas. En medio de aquellos días tumultuosos, Paulo VI intentaba adecuar el Vaticano II a la realidad latinoamericana, donde la pobreza no tenía justificación evangélica. Ese era el trasfondo. Me acuerdo que me encerré unos días en la habitación de la parroquia a organizar mis ideas y pensé mucho en mis conversaciones con Arguedas. Nuestro dios o es esperanza o no es nada.  Esa es quizás la raíz profunda de la Teología de la Liberación. Era curioso, en el cuarto de al lado también mi amigo Arguedas se estaba peleando con el teclado.

No era la primera vez que escuchaba a Gutiérrez. En la universidad congregaba multitudes cuando dictaba el curso de Teología Social y acudían estudiantes de muchas facultades porque sus disertaciones magistrales en el anfiteatro de letras eran famosas. Me acuerdo que en la primera clase habló durante casi tres horas sobre Hegel y en las semanas siguientes expuso sobre Mariátegui y sobre Marx. ¿Si soy marxista? Bah, es difícil negar el papel de Marx en las ciencias sociales, así como el de Freud en la psicología, o Jean Piaget en la pedagogía, afirmó con rotundidad, pero además no podría ser marxista. El pensamiento del filósofo de Tréveris es unidimensional. El ancho mundo no puede caber en una estrecha teoría. La totalidad no tiene lugar en nuestros febles cerebros.

También sabía del cura Gutiérrez por un primo suyo. Mario me contaba que Gugú de niño, tal era su acrónimo con el que lo llamaban familiarmente, había vivido en la calle Cajamarca de Barranco y me sorprendí al saber que estuvo toda su infancia postrado en una silla de ruedas. ¿Qué tuvo? Lo atacó una infección a los huesos. ¿Como Mariátegui, como Gramsci? Igualito. Casi no salía de su casa y los hermanos del San Luis le permitieron rendir sólo los exámenes finales sin asistir a clases. Gugú, qué envidia te tengo, le dijo Juan Gonzalo, un compañerito que siempre se ofrecía a llevarle y traer las tareas escolares. Me encantaría quedarme en tu casa jugando y leyendo, pero soy esclavo del colegio. Mi tiranía es la silla de ruedas, añadió Gugú entre carcajadas.

Gugú, hijito mío, ahora tenemos que hacer una visita al santísimo, a ver si la lesión que te ha alcanzado la rodilla se mejora, le dijo su madre. Sus largos internamientos y extenuantes convalecencias lo habían acostumbrado a los hospitales y a los médicos, y estimularon su fervor religioso. Las cosas que haría si me sanara, pensaba en sus oraciones. Viajar, conocer el mundo… Finalmente, el milagro terapéutico se dio. Infiltraciones de penicilina en el mismo tejido óseo alejaron la enfermedad y paulatinamente pudo abandonar la silla de ruedas, primero apoyado por un bastón.  

Gutiérrez y Juan Gonzalo postularon juntos a San Marcos y no les fue difícil el ingreso. La biblioteca de ambos crecía, se prestaban libros, discutían de literatura y de cualquier cosa. El primero dudaba si elegir entre letras o medicina, mientras el segundo abrazó a la poesía como una amante perpetua. Uno se inscribió en la Acción Católica y el otro hizo lo propio en el Apra. Ambas apuestas eran religiosas, comentó alguna vez Juan Gonzalo sobre aquellas convergencias juveniles.

Al cabo de un año en la facultad de San Fernando, Gugú desistió y optó por la filosofía, al tiempo que se interesó en esas verdades inasibles que sombrean a la teología. La medicina no era para mí, la sangre un poco que me espantaba, tanta desgracia alrededor asfixia. Al poco tiempo y para sorpresa de muchos se enfundó los hábitos de novicio y se consiguió una beca para estudiar en la Universidad Católica de Lovaina, una suerte de meca de la teología. Sería cura diocesano y teólogo, pero no se encerraría en los claustros de la inteligencia. Tras un doctorado en Bélgica, se paseó por toda Europa y recaló primero en Lyon y luego en París. Allí conoció al Abate Pierre.

Salí de mis pensamientos y volví la atención sobre Gutiérrez que seguía hablando de Arguedas: Mi amigo escritor vino y volvió de Chimbote varias veces entre inicios de 1968 y mediados de 1969, y lo recuerdo meditabundo y cabizbajo, pero siempre cordial. Qué sería del destino de esos zorros andinos con las masivas migraciones a la costa. ¿Renegarían de su condición? ¿Se afirmarían en su cultura ancestral? El peligro es la aculturación, repetía, cuando volvía rendido de pasear por las barriadas cercanas a la parroquia. Otras veces se iba al puerto a ver el arribo de las bolicheras y hablar con los pescadores como un acucioso investigador de campo. Iba cogiendo historias de aquí y de allá y fui testigo de excepción de su proceso creativo, de su inacabada novela El zorro de arriba y el zorro de abajo. Tienen que leerla, por si aún no lo han hecho. Es una suerte de novela-diario, fragmentaria como la realidad que describía y también expresión de la honda crisis personal y social que supo volcar en blanco y negro. Debo decir que fracasé dándole consuelo, pues en diciembre de 1969 se suicidó de un balazo en las instalaciones de la Universidad de La Molina. Sin embargo, cuando revisé la edición póstuma de Los zorros, que apareció dos años más tarde, el buen Arguedas me definió como “el teólogo del dios liberador”, contraponiéndome al “cura del dios inquisidor” que aparecía en su anterior novela, Todas las sangres. Poco antes de verlo por vez última en aquellos aposentos de la parroquia de Chimbote me preguntó en qué texto andaba embarcado pues él también oía el concierto de mi máquina de escribir. Pretendo acercar a Dios a los pobres, exclamé con grandilocuencia y algo de humor. Arguedas esbozó una sonrisa y me dijo: Bueno, Gutiérrez, de ese dios yo nunca he sido ateo.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 706 año 14, del 25/10/2024

https://www.hildebrandtensustrece.com/

20 de julio de 2024

Perú: “El mensaje de la teología de la liberación es que el cristianismo no solo es rezar, es actuar”

Omar Coronel   (Entrevista María Elena Castillo)

-Con las diferencias que hay por los años transcurridos, ¿sigue vigente el libro La fuerza histórica de los pobres?

Sí. En general, es un libro del año 79 que compila ocho textos escritos entre 1968 y 1979, que tienen que ver con el corazón de la teología de la liberación. Están muy enraizados en el contexto de la conflictividad, pero también un contexto de mucha esperanza, de mucha utopía. Contemporáneamente, el contexto ha cambiado radicalmente. Ya no tenemos ese tipo de horizontes de macroideologías generando demasiado entusiasmo. Tampoco es un contexto de alta politización. Sin embargo, el texto La fuerza histórica de los pobres vincula mucho a las viejas utopías del siglo XX con una utopía más vieja todavía que tiene que ver con la historia del cristianismo. Yo estoy entre los que cree que la perspectiva de la teología de la liberación le hace justicia al corazón revolucionario que siempre tuvo el cristianismo. Y creo que la fuerza de esos textos en los años 70, si bien estaba muy vinculada al contexto político, contemporáneamente puede servir justamente como brújula para conectar muchos de los malestares individuales con un proyecto colectivo. La valentía que tiene la teología de la liberación está vinculada a no distanciar lo espiritual de lo material. La idea de que, en verdad, la promesa del cristianismo tiene que ver también con las luchas materiales, con reconocer las diferencias políticas y tomar una posición particular que es la opción preferencial por los pobres. Entonces, yo creo que contemporáneamente esa mirada, esa perspectiva ayuda mucho también a funcionar como una cierta brújula de unas ciertas luchas que ahorita están muy fragmentadas y que pueden orientarse en función de esa misma mirada.

-En el libro se habla de la necesidad de formas más democráticas, de defensa de los derechos humanos, de mejores condiciones económicas como parte de un mundo más justo. ¿Cuánto se ha avanzado en esos temas en Perú?

En mucho se ha retrocedido. Una forma de actualidad de la teología de la liberación y de este mensaje de la fuerza histórica de los pobres está vinculada ahora a las encíclicas del papa Francisco. Ha retomado mucho de la narrativa y la perspectiva que tenía esta mirada en los años 70 y los años 80. Tanto en Laudato Si, como en Fratelli Tutti hay mucho de eso. Y ahora la mirada se vincula al desarrollo humano, no solamente económico. Pero claro, creo que de eso se ha avanzado muy poco, sobre todo en los últimos años. Ahora estamos en un contexto más bien de recesión democrática a nivel internacional, y en un contexto de radicalismos en todos lados que limitan ese rumbo y ese orden bastante más ponderado que se propone.

-Los obispos en Perú han pedido al poder político actuar pensando en los pobres, no en sus propios intereses, pero siguen dando contrarreformas ¿Cuánto más puede retroceder y soportar?

En Perú estamos en un contexto de una autocratización muy particular porque no se centra en el Ejecutivo, como normalmente ocurre, sino en fuerzas, mafias, que han concertado dentro del Parlamento. Y claro, obviamente esas mafias terminan legislando por intereses privados, lo cual como consecuencia tiene una afectación muy grave para toda la sociedad, pero fundamentalmente para los pobres. Hay un Congreso capturado y estamos en un proceso de autocratización que hace todo más lúgubre, pero también hay ciertas resistencias de los pobres. Donde todavía se tiene que avanzar es en un amplio sector donde la ausencia del Estado de derecho ha facilitado redes de economías informales e ilegales que precisamente afectan sobre todo a los sectores populares. Y las leyes que están saliendo en los últimos meses del Congreso están afectando mucho más ahora y hacia el futuro.

-¿Por qué la gente ha dejado de salir a protestar?

Hay varias hipótesis. Una principal es que la oposición está dividida. La oposición contra el Gobierno de Boluarte y el Congreso es probablemente la más grande que hay en América Latina frente a un Gobierno, y en otros países dicen “¿por qué esta presidenta y este Parlamento que tienen una popularidad tan baja pueden seguir manteniendo el poder?”. Otro tema es que en un régimen autoritario es mucho más difícil protestar porque te criminalizan, te detienen y te matan, y no hay muchas consecuencias. Lo tercero es la falta de eficacia, pues en un régimen donde no hay democracia las protestas tienen mucho menos efecto. Y lo último, y esto lo voy a conectar con el mensaje de la teología de liberación, es la ausencia de expectativa de un futuro mejor. Cuando se movilizó en el año 2000, en contra de Fujimori, las fuerzas políticas más o menos habían concertado una especie de liderazgo, y había una expectativa de que caído el dictador iba a sobrevenir una transición democrática con elecciones. Ahora mucha gente percibe que caída Dina Boluarte, puede venir alguien peor, que las elecciones van a estar amañadas, no importa cuándo sean. La teología de la liberación tuvo un rol bien importante en los años 70 y 80 planteando un camino de esperanza, de proyectos colectivos que ayudaban a la unidad. Eso no es tan fácil, pero hay ejemplos como el de Guatemala, que hace un año estaba peor que Perú. Había mucho pesimismo y, sin embargo, la sociedad civil y los líderes de partidos, movimientos y gremios se juntaron y presionaron por un cambio.

-Nos falta actuar…

El principal mensaje de la teología de la liberación es que el cristianismo no solo son ideas, rezar, espiritualidad, es actuar, es la práctica, es obrar. Y eso es lo que necesitamos hacer quienes estamos en contra de esta mirada más conservadora y más autoritaria.

https://larepublica.pe/politica/2024/06/25/omar-coronel-el-mensaje-de-la-teologia-de-la-liberacion-es-que-el-cristianismo-no-solo-es-rezar-es-actuar-1477080

26 de enero de 2024

La Teología de la Liberación

Antonio Zapata

"El sacerdote ya no estaba encerrado, rezando tras los muros de un convento, sino que trabajaba y/o compartía plenamente la vida cotidiana de su grey. Los veía con frecuencia en Villa El Salvador".

El reciente fallecimiento del padre Luis Felipe Zegarra invita a repensar en la corriente que defendió a lo largo de su vida: la Teología de la Liberación. Como bien dijo Mirko Lauer hace unas semanas, estamos en la edad de los obituarios, si no es el nuestro corresponde a los amigos. En efecto, Pipo Zegarra, además de ser párroco y docente universitario, fue un buen amigo de medio mundo. Un poco desde fuera, porque nunca fui parte de los círculos católicos, observé que su naturaleza incluía una innata generosidad. Sin dificultad practicaba la caridad con el prójimo, una de las virtudes de los apóstoles.

La Teología de la Liberación surgió como un nuevo acercamiento al misterio de Dios y tuvo en el sacerdote peruano Gustavo Gutiérrez uno de sus principales protagonistas. Gutiérrez formó una legión de seguidores entre los que se encontraba Pipo Zegarra. Todo comenzó cuando el papa Pablo VI convocó a los obispos latinoamericanos y les pidió recibir creativamente los documentos emitidos por el Concilio Vaticano II. Ahí nació el impulso para realizar una Conferencia Episcopal Latinoamericana, que se reunió en Medellín en 1968.

Por su parte, el Concilio Vaticano II había sido el aggiornamento de la Iglesia católica, que dejó atrás la misa en latín y celebrada de espaldas a los fieles, para mirarlos cara a cara. Así, la Iglesia buscó derribar las barreras que habían separado a la comunidad de sus sacerdotes. Esa vocación se expresó en el diálogo con el tiempo actual y sus demandas. Por ello, Medellín reflexionó sobre el llamado “pueblo de Dios”, fundamentando el compromiso cristiano con las condiciones de vida de las mayorías latinoamericanas.

De este modo, la Teología de la Liberación renovó la relación entre religión y ciencia. El famoso libro de Gutiérrez construyó puentes imprevistos con las ciencias sociales. Las nociones de dependencia y desarrollo encontraron sitio en la reflexión religiosa. Incluso, en este libro, Gutiérrez criticaba abiertamente la opción desarrollista y adhería a la teoría de la dependencia. Hoy en día estos conceptos suenan pasados de moda, pero en su momento eran resonantes. En comparación con la vieja y tradicional Iglesia católica peruana, se había producido una revolución epistemológica. La Iglesia había decidido situarse de otra manera ante la modernidad.

El punto esencial era el énfasis en dialogar con el mundo; es más, la convicción sobre el lugar clave del mundo para la opción cristiana. Ella había dejado de ser contemplativa. Este era otro punto de la renovación que implicaba la Teología de la Liberación. El sacerdote ya no estaba encerrado, rezando tras los muros de un convento, sino que trabajaba y/o compartía plenamente la vida cotidiana de su grey. Los veía con frecuencia en Villa El Salvador, sobreviviendo codo a codo con sus vecinos, afrontando las dificultades y desafíos de la pobreza. Era gente que valía la pena, porque creía en su mensaje y buscaba vivirlo a plenitud.

En esa propuesta, la caridad ocupaba un puesto crucial, como vimos en el caso de Pipo Zegarra. Ella era entendida como la virtud cristiana por excelencia, porque obligaba a salir de uno mismo y entregarse a los demás. El punto era querer al otro y no permanecer indiferente a su suerte. La caridad de esta teología es un acto de amor. Es más, el pecado es una ofensa a Dios cometida por el egoísmo y la sensualidad de una vida orientada a los placeres individuales. Así, la misma noción de pecado derivaba de la falta de empatía con los demás.

Este razonamiento conducía a la opción preferencial por los pobres. Al estar desprovistos y multiplicadas sus carencias, la caridad conlleva un compromiso para socorrerlos. Así, el discurso de la Teología de la Liberación apela al espíritu humanista contenido en la tradición cristiana primigenia. Según este parecer, la realización personal consiste en buscar el bien de la sociedad. La escalera al cielo es la vida en comunidad.

Otro desarrollo clave fue el diálogo con el marxismo. Era la época de las guerrillas y del marxismo romántico que se expandió por el continente. La figura del Che estaba en todas partes y la Teología de la Liberación desarrolló una fecunda confrontación con el marxismo. Rechazó el ateísmo, pero apoyó la lucha contra la injusticia. Llamó a alejarse de la violencia, pero coincidió en denunciar las causas de la protesta social.

El punto era la justicia social. Esta teología sostuvo que la injusticia es el fundamento del conflicto al actuar como causa activa del malestar social. Por ello, la protesta contra la injusticia era percibida como legítima. Ante esta realidad, el marxismo de la época predicaba la rebelión armada; mientras que la Teología de la Liberación alentaba un compromiso pacífico con las comunidades cristianas de base para buscar la justicia en este mundo.

Asimismo, esta teología tuvo profunda influencia en las izquierdas latinoamericanas. A partir de la incorporación de un gran contingente de cuadros cristianos de izquierda, el socialismo latinoamericano dejó de ser ateo, como había sido habitual durante las etapas anarquista y marxista. Otro efecto poderoso fue el humanismo. Las izquierdas pos Teología de la Liberación adoptaron el tema de los derechos humanos, que antes era percibido como un discurso liberal y no revolucionario. De esa manera, esta teología fue el puente entre la izquierda marxista tradicional y la izquierda actual, preocupada por cuestiones identitarias, todas las cuales implican colocar al individuo en el centro de la reflexión política.

La contribución de la izquierda cristiana a los movimientos populares provocó un movimiento de envergadura durante los setenta y ochenta. Esta influencia era perceptible, sobre todo en América Latina, pero las redes de los cristianos también se extendían a EEUU y Europa Occidental. Gracias a ello, fundaciones del primer mundo con este perfil financiaron una enorme cantidad de proyectos de cultura y emprendimiento popular en América Latina. Seguramente existe, pero no ha caído en mis manos un buen balance de estas experiencias.

Luego, la caída de la URSS y el triunfo del neoliberalismo provocaron el retroceso de las izquierdas. El viento sopló en contra. En ese momento hubo un giro conservador en la Iglesia que ha durado varias décadas. Pero, once años atrás, la elección del papa Francisco marcó un punto de inflexión. Bienvenido sea, aunque no sabemos cuál será su proyección a futuro. ¿Un eterno vaivén, la Iglesia siempre irá de izquierda a derecha? Imposible saber, sobre todo desde fuera, como dije al comenzar.

Pero, al mirar nuevamente los textos fundamentales de la Teología de la Liberación, aparece una propuesta moral intacta. Conserva precisión, fortaleza y poder de convocatoria. Es evidente que la caridad como compromiso vital colaboraría con una recuperación del catolicismo de su compleja situación actual, generada por los interminables escándalos sexuales y abusos de todo tipo que remecen a la Iglesia de hoy.

P. D. Me despido de los lectores de esta columna, hasta otra oportunidad.

https://larepublica.pe/opinion/2024/01/22/la-teologia-de-la-liberacion-por-antonio-zapata-2079231

19 de noviembre de 2021

Teología de la liberación: para hablar con Dios

Eduardo González Viaña

“Este es el momento en que debo pedirles que recen el Padre Nuestro. Sin embargo, da lo mismo que reciten un poema de César Vallejo o canten La Internacional”.

Estábamos en misa por mi amiga Diana. El padre José Antonio “Chiqui” Mantecón nos hacía ver que para hablar con Dios, cualquier manera es buena.

Jesuita y nacido en Zaragoza, el padre Chiqui ha trabajado en diversos pueblos jóvenes del Perú. Cuando llegó al Agustino en 1984 había 37 pandillas y cada día se daban enfrentamientos a tiros, a pedradas o a machetazos.

Con estos jóvenes conflictivos, formó grupos de músicos como “Los Mojarras” o “La Sonora del Amparo Prodigioso”, los hizo conocidos, les consiguió a muchos un puesto de trabajo y logró formar una comunidad ejemplar entre los jóvenes.

Por fin, armó con ellos un equipo de fútbol y los llevó a Madrid, donde participaron en un  triangular Sub 13 de fútbol 7, con un equipo chileno y el mismísimo Real Madrid.

No terminó allí su misión. Mientras en Ayacucho el padre Cipriani colocaba en su parroquia el avisito de “No se atienden derechos humanos”, Chiqui entró en las cárceles y ayudó a las familias de los afectados por la terrible guerra interna que terminó el siglo pasado.

Como él, hay centenares, tal vez miles de sacerdotes peruanos que se acercan a todos y hablan el lenguaje de todos. ¿Ha cambiado la religión? No. Es la misma. Es el cristianismo. La Iglesia es la que está cambiando, la que está recuperando su acento inicial.

Se cumplen cincuenta años de la publicación de “Teología de la Liberación”, la obra del sacerdote peruano Gustavo Gutiérrez.

La opción preferencial por los pobres, que proclama ese libro, hace ver que la salvación cristiana no puede darse sin la liberación económica, política, social e ideológica que son los signos visibles de la dignidad del hombre.

El libro clama por la necesidad de suprimir la explotación, la falta de oportunidades y las injusticias de este mundo. En uno y otro lado, hombres y mujeres de diversas comuniones religiosas se han unido a este clamor y han comenzado a entenderse.

Por supuesto que defender el verdadero evangelio de Cristo no es fácil. Como lo dijo el propio teólogo Gutiérrez: “Hoy defender a los pobres conduce a la muerte en América. Y eso nos hace recordar al Cardenal Romero y a Martin Luther King,

Y aunque no es fácil, ésa es la línea que conduce la voz y la acción del papa Francisco, y ello explica además el rechazo que algunos hacen de su palabra.

Los defensores del orden establecido han jurado siempre que representaban a la sociedad occidental y cristiana. Ahora ya no lo pueden hacer, porque la propia Iglesia les dice que el camino de un cristiano es bien diferente.

Sin argumentos, y negada ya su filiación cristiana, los enemigos de la religión que predicara el humilde hijo de carpintero están tratando de estigmatizar a todos aquellos que de verdad lo siguen.

En nuestro país incluso, una guerra que terminó en las postrimerías del siglo XX está siendo resucitada hoy casi medio siglo después para llamar con el nombre de “terruco” manera alevosa a cualquiera que tenga una opción crítica a la suya. Hasta el Papa ha sido llamado así.

Cincuenta años después de proclamada la teología de la liberación, el odio de unos o la indiferencia de otros, no la ha hecho morir. Hoy está más vigente que nunca en cualquier lugar y sobre todo en un país donde si le das la mano a un ciego para cruzar la calle te pueden acusar de comunista.

Chiqui nos explica que para Dios, todo ser humano es único, valioso y digno de cariño y de compasión, aunque no siga las normas a las que la sociedad nos ha acostumbrado. Es bueno abandonar la apatía y hablar con Él de vez en cuando.

4 de junio de 2011

UN VOTO DE CONCIENCIA

Gustavo Gutiérrez

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En estos días, se ha dicho y repetido –con toda razón- que el voto del domingo debe ser un voto de conciencia. Hay que reconocer que el clima electoral, tal como lo estamos viviendo, no lo hace fácil. Favorece, más bien, lo emocional e intempestivo, la disputa personal con su corte de acusaciones, las imprecisiones, o indiferencia, acerca de hacia donde se quiere enrumbar el país, la miopía que se enreda en la coyuntura y no alcanza a ver lo estructural, una de cuyas expresiones es la institucionalidad democrática que todavía no se repone de los golpes que recibió en años anteriores. Clima que, además, obnubila en muchos la memoria, sin la cual personas y naciones discurren por un presente asumido en forma superficial, y está sujeto a retrocesos.

No debemos olvidar, sin embargo, que la palabra conciencia tiene dentro de ella el término ‘ciencia’, conocimiento, saber. Por ello, es tradicional, en el campo de la ética, decir que la conciencia debe disponer de un básico análisis de la realidad, y de los criterios necesarios para hacer un correcto discernimiento en una situación determinada, sobre todo, en decisiones que implican metas de mediano y largo plazo, valores, sentido y reconocimiento del otro. Supone también ir más allá de los intereses propios, particularmente cuando afectan los derechos de los otros. Lo acaba de recordar el comunicado de la conferencia episcopal peruana: “es el momento de pensar no solo en los beneficios individuales o grupales, sino en el desarrollo integral de toda nuestra sociedad” (“Confianza y esperanza en el Perú”, n.5). Un crecimiento económico que no beneficie al conjunto de la población no contribuye a un auténtico desarrollo humano.

Un voto de conciencia, así entendido, choca con viejos hábitos nacionales que es necesario confrontar y superar. Estilos que vienen precisamente de la in-conciencia de muchos ante la situación de los pobres y socialmente insignificantes de nuestra sociedad. Son aquellos que desde hace décadas, frente a la pobreza y exclusión de tantos, acostumbran a decir que es una situación que ‘no se arregla en una semana’, cosa que se comprendería si no fuera porque esas décadas estuvieron conformadas, como es natural, por numerosas semanas… ¿Cuánto tiempo más hay que esperar para erradicar la pobreza? Precisemos que cuando hablamos de esa situación inhumana e injusta que es la pobreza, no aludimos solo a lo económico –sin negar su importancia-. tenemos en mente que se trata de una condición compleja con dimensiones sociales, culturales, raciales y otras. Esos diferentes factores dan lugar a desigualdades intolerables. Los que las padecen pueden ser susceptibles, dadas sus necesidades, de convertirse en víctimas del clientelismo, con el riesgo de poner entre paréntesis sus derechos a una vida digna. Se configura, de este modo, una situación inaceptable para una conciencia humana y cristiana (“la Iglesia es abogada de la justicia y de los pobres”, dicen Benedicto XVI y la conferencia episcopal de Aparecida)

Un voto de conciencia significa, entonces, votar por la construcción de una sociedad en la que la dignidad humana y la libertad de todos sean respetadas; y que incluya, prioritariamente, a aquellos a los que no se reconoce “el derecho a tener derechos”, según la conocida y aguda expresión de H. Arendt. Sin justicia no hay paz permanente, una paz que no hay que confundir con la que resulta de una pacificación impuesta. Ningún camino político o económico se justifica si elimina la ética de su horizonte. La política está al servicio del ser humano y, ante todo, de los pobres y necesitados, así como de la vida y la justicia, de otro modo vamos hacia una sociedad inhumana. Los evangelios refieren que durante el juicio a Jesús, Pilatos le formula la pregunta: “¿qué es la verdad?”, pero, enseguida, se marcha sin esperar la respuesta; el escritor Van der Meersch sugiere lo que habría dicho Jesús: “la verdad, Pilatos es estar del lado de los pobres”. Hay, sin duda, un soplo profundamente humano y evangélico en esta afirmación.

Líneas arriba decíamos que se debe tener criterios para discernir en la presente situación electoral, un criterio ético importante es votar a favor de los últimos de la sociedad, reconocerlos como personas llamadas a asumir las riendas de su destino. Y desde esa toma de posición forjar una convivencia social justa para todos.

Eso sería un voto de y con conciencia.

http://debatik.lamula.pe/2011/06/02/gustavo-gutierrez-un-voto-de-conciencia/asunta

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