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4 de enero de 2025

Perú: Tres científicas y una pregunta

Anna Zucchetti

¿Qué expectativas hay para la ciencia en el Perú en el 2025?

Alejandra Ruiz León, bioquímica y divulgadora científica:

Cuando me pongo el traje de optimista, sueño con un 2025 lleno de oportunidades para la ciencia, la tecnología y el conocimiento. Desde mi perspectiva en el ambiente académico estadounidense, el año comienza con un calendario rebosante de becas, financiamientos y congresos científicos: puertas que solo esperan ser tocadas.  Por eso, anhelo que mis colegas en el Perú hagan lo mismo: ¡apliquen a ese postgrado soñado, escriban ese correo que abre puertas, atrévanse a lanzarse a la piscina!

Sin embargo, cuando me visto de realista, recuerdo que el 2025 será probablemente uno de los años más restrictivos en apoyo público y privado a las ciencias, especialmente con el nuevo gobierno en Estados Unidos. En el Perú, el pequeño respaldo a las ciencias parece convertirse en un recuerdo lejano. En años recientes, los calendarios de instituciones públicas que financiaban iniciativas de ciencia y tecnología —como Concytec o ProInnóvate— se complementaban con oportunidades para equipar laboratorios, proyectos de transferencia al conocimiento e, incluso, la comunicación de la ciencia. Hoy día, poco a poco, el calendario de la ciencia peruana se ve cada vez más vacío. Y, lo que es más decepcionante, en el 2024 hemos vuelto a hablar de la ciencia como un lujo. Mientras que durante la pandemia del Covid-19 el conocimiento se instaló en el debate público como una necesidad, esta conversación se ha diluido frente a problemas apremiantes como el tráfico, la corrupción, las guerras y el cambio climático. ¿Quién necesita a las ciencias ante semejantes desafíos? La respuesta es clara: todos. No necesitamos la última utopía tecnológica, como la inteligencia artificial, sino aplicar los conocimientos que ya tenemos en nuestros contextos. Requerimos encuentros de saberes basados en la conversación y la equidad, con un apoyo firme a las instituciones, y personas que gestionen, promuevan y generen conocimiento. De otra manera, seguiremos llegando, cada año, más agotados y menos ilusionados con la ciencia en el Perú.

Gisella Orjeda, bióloga, expresidenta de CONCYTEC, vicepresidenta de la Academia Nacional de Ciencias:

Mi mayor anhelo para la ciencia en 2025 es que los responsables de tomar decisiones en este ámbito —desde las altas esferas gubernamentales hasta los líderes académicos— comprendan el impacto de sus acciones (o inacciones) en el desarrollo del país. En el Perú, autoridades, congresistas e incluso rectores y vicerrectores universitarios subestiman el poder transformador que tienen en sus manos. A través de políticas públicas bien diseñadas y orientadas a fortalecer la ciencia y la innovación, podrían transformar la sociedad de manera significativa.

Es alentador observar iniciativas como el incremento y la distribución de becas para jóvenes peruanos, pero estas no deben limitarse a ser estímulos individuales u oportunidades temporales para algunas universidades. ¿Cómo garantizamos que dichas becas realmente fortalezcan la investigación científica en el país? No basta con enviar talento al extranjero o apoyar trayectorias académicas individuales. No es suficiente financiar proyectos de investigación aislados; es imprescindible transformar el ecosistema científico nacional, ampliarlo, dotarlo de espacios e instituciones que permitan a los investigadores insertarse y prosperar.

Esto requiere diseñar políticas públicas con una visión estratégica, acompañadas de un plan integral, infraestructura adecuada y financiamiento sostenido. Anhelo una transformación de la burocracia de compras públicas universitaria y un país que valore la ciencia y el talento. De lo contrario, perpetuaremos un círculo vicioso en el que nuestros jóvenes más brillantes migran y no regresan, privándonos de su contribución al desarrollo nacional.

Anna Zucchetti, bióloga y divulgadora en Jugo.pe:

El Perú parece un cangrejo. En las últimas dos décadas hemos dado algunos pasos hacia adelante en el apoyo a la ciencia y el fortalecimiento de sus instituciones promotoras. Sin embargo, como país, siempre sucumbimos al vicio de retroceder. Pero, mientras que para el cangrejo moverse lateralmente es una adaptación evolutiva que le permite avanzar sin perder de vista al depredador, en el caso del Perú retrocedemos por falta de visión. Nuestro propio think tank nacional de desarrollo, el Centro de Planeamiento Estratégico (CEPLAN), lo dice claramente: nuestros indicadores de innovación y ciencia están empeorando.

Frente a este panorama, ¿qué deseo para el 2025? Tengo tres anhelos. Mi primer deseo es que, mientras esperamos el necesario recambio de autoridades que traerá el próximo ciclo electoral, muchos jóvenes científicos se animen a explorar la posibilidad de involucrarse en los programas políticos de algunos (buenos) partidos. Que comiencen a prepararse para asumir, en un futuro cercano, el liderazgo de las instituciones científicas del país.

Mi segundo deseo es una renovación integral —y radical— de la agenda y las estrategias del Instituto de Investigaciones de la Amazonía Peruana (IIAP). Un relanzamiento completo antes de la próxima Conferencia de las Partes (COP) en Belén nos daría no solo un brillo a corto plazo, sino también réditos sustanciales a largo plazo, fundamentales para proteger ese bioma esencial para nuestra sobrevivencia.

Por último, una gran aspiración es que se diseñe y financie un ambicioso programa de investigación en el desarrollo urbano sostenible y resiliente en el Perú. Abandonamos, hace años, un modesto Instituto Nacional de Desarrollo Urbano (INADUR) apoyado por el Ministerio de Vivienda. Hoy, ocho de cada diez peruanos viven en las ciudades y los desafíos urbanos se vuelven cada vez más complejos. Para el Perú, podría ser relevante un modelo de investigación urbana aplicada y participativa, que fomente la colaboración entre gobiernos, universidades, comunidades y empresas privadas, y permita enfrentar desafíos como la urbanización sin frenos, la falta de vivienda social, servicios e infraestructuras adecuados, y las inequidades socioeconómicas.Quizás, con esfuerzo y visión, podamos abrir la puerta a un período de transformación urbana en el Perú, una transformación que necesitamos con suma urgencia.

Anna Zucchetti. Microbióloga con máster en Tecnología Ambiental del Imperial College of Science, Technology and Medicine (Londres) y un M.Phil en Biotecnología de la Universidad de Cambridge.
 
https://jugo.pe/tres-cientificas-y-una-pregunta/

4 de diciembre de 2024

¿No hacer nada?

Natalia Sobrevilla

Reflexiones sobre el valor del trabajo y la productividad en mitad de un año sabático

El artículo de Giacomo Roncagliolo del pasado viernes en Jugo nos llevó a debatir entre los compañeros jugueros sobre lo que significa realmente no hacer nada. En lo particular, dicho intercambio me llevó a pensar en conceptos como el trabajo, el conocimiento, la creatividad, y el valor que le asignamos en nuestra sociedad capitalista.

¿Por qué tiene tal peso la idea de hay que “ganarse el pan” con el sudor de la frente? ¿Qué sucede con las artes y las letras? ¿Hay un valor en ellas más allá del tiempo en hacerlas posibles? ¿Cómo se mide su valor? ¿Depende simplemente de lo que diga el mercado?

Estas semanas, el mundo del arte se vio conmocionado porque un plátano pegado con cinta a una pared se vendió por 6.2 millones de dólares y el comprador, un millonario que ha hecho su fortuna con criptomonedas, se lo comió ante una atónita audiencia durante una conferencia de prensa en el carísimo hotel Península en Hong Kong. Luego declaró que sabía mucho mejor que cualquier otra banana.

La pieza del italiano Maurizio Cattelan, llamada Comedy, había sido estrenada cinco años atrás en la feria Art Basel de Miami y causó entonces sensación cuando otro artista sacó la cinta y se comió el plátano. Esta ha sido la tercera vez que se vendía, las otras veces se pagó entre $ 120.000 y $ 150.000. Justin Sun, el fundador de la criptomoneda Tron, le compró a Sotheby’s —tras una subasta— el derecho de pegar un plátano a una pared con una cinta y llamarlo Comedy. Ya que cualquiera de nosotros simplemente pegaría un plátano a la pared y muy probablemente evitaría la excentricidad de pagar esa suma, ¿dónde está el “trabajo” de Cattelan? ¿Por qué cuesta así? ¿Qué es lo que se está pagando? ¿Su idea?

Algo similar plantea un meme que desde hace tiempo da vueltas por internet: existe un motor muy caro de avión —o de barco— que tiene que ser reparado y, después de mucho buscar una solución, aparece un ingeniero que da un martillazo en el lugar correcto y envía una factura por un millón de dólares. Cuando le reclaman que solo ha dado un golpe, su respuesta es una factura donde detalla que $ 10 corresponden al combazo y que $ 999.990 corresponden al conocimiento de dónde darlo. En este hipotético caso, el valor está en el conocimiento y en la posibilidad de recibir una recompensa por tenerlo.

Durante la pandemia de Covid-19 se habló sobre cómo ciertos trabajos que se siguieron haciendo, mientras la gran mayoría permanecíamos encerrados, eran particularmente importantes a pesar de que muchas veces no se remuneran de manera especialmente generosa: los médicos y las enfermeras, así como todo el personal que hacía posible que se sostuvieran los hospitales; las fábricas, los campos de cultivo, los productores de medicamentos, los encargados del alimento. Así como muchas actividades dedicadas a que no nos faltara la luz, el agua o la comida siguieron funcionando, muchísimos tuvimos que ver cómo nos las agenciábamos trabajando de manera remota o virtual. Recuerdo, además, que por entonces se pensó mucho en la importancia de quienes se dedican a producir entretenimiento y conocimiento. Durante esos meses de encierro, la música, las películas, las series, los libros y todas las formas de mantener nuestro cerebro alerta y en algún tipo de actividad fueron catalogados como de vital importancia. Quienes nos dedicamos a estos campos nos pusimos en acción y también recuerdo que en ese par de años mi agenda de presentaciones virtuales y las de mis colegas se multiplicaron de manera exponencial. Al no tener a dónde ir, me dediqué a escribir y casi en tiempo récord escribí un libro y senté las bases para varios otros.

Cuando volvimos a la actividad presencial, quizá debido al ímpetu de la sobrevivencia, no hice más que incrementar mi producción, y ahora, a casi cinco años del inicio de la pandemia, puedo decir que mis desplazamientos son quizás mayores que al periodo anterior al encierro. Lo que sí se perdió en gran magnitud fue el espacio universitario donde ejercía mi práctica docente, pues lo que ya era una crisis profunda antes del Covid terminó con el desmantelamiento de mi departamento. Es así como desde hace cuatro meses ya no doy clases en la universidad y, gracias a una generosa indemnización, me he declarado en año sabático.

Lo cual me lleva al título de este artículo.

Debo de confesar que, a pesar del año sabático, no he dejado de hacer cosas. Este año es para mí el cierre de un gran ciclo conmemorativo del Bicentenario de la Independencia peruana. Ha sido un periodo muy intenso, que me llevó desde 2021 al presente a publicar cinco libros sobre el tema, además de muchas presentaciones de las que ya he perdido la cuenta. Tengo, además, la mala costumbre de seguir aceptando encargos que me resultan interesantes, así que la lista sigue creciendo.

Algunos de estos trabajos son remunerados, aunque, por supuesto, ninguno me paga como si pegara un plátano a la pared, o le pegara un combazo al motor de un avión, pero todo suma. Me considero increíblemente afortunada por poder dedicarme a hacer lo que me gusta y, sobre todo, por compartir los conocimientos que he pasado tantos años adquiriendo en espacios más allá de la universidad inglesa donde trabajé por diecisiete años.

Cuando me preguntan qué voy a hacer en el futuro se me ocurren miles de cosas, a pesar de que bien podría desacelerar la máquina. ¿Es una condición especial de mi cerebro? ¿Es un condicionamiento social? ¿Soy parte del engranaje de un sistema capitalista que te dice que eres útil en la medida que produces?

Mientras pienso en la respuesta, no pierdo la esperanza de aprender, algún día, a no hacer nada.

Pero, conociéndome, eso va a ser bien difícil.

https://jugo.pe/no-hacer-nada/