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13 de diciembre de 2025

Perú: Los derechos humanos bajo ataque

Ronald Gamarra

"La ONU y sus agencias son torpedeadas cada día, como si no fuesen el fruto de la victoria contra el nazifascismo"

Los derechos humanos están bajo ataque. Una ola mundial reaccionaria pretende pisotear lo que en algún momento parecía una conquista irrenunciable de la democracia. Evidentemente esto tenía mucho de espejismo o ilusión. Lo avanzado laboriosamente en las décadas anteriores, sobre todo en el ámbito jurídico internacional y en las legislaciones de muchos países, no era todo lo que esperábamos, ni de lejos, pero era y es valioso en extremo. Los derechos humanos, que surgieron como una expresión esperanzada de un futuro a la medida de la dignidad del ser humano, y luego considerados como el corazón de la democracia, su razón de ser, ahora son estigmatizados, recortados y agredidos con impunidad.

Hemos sido testigos a nivel mundial de una masacre, un genocidio, perpetrado por el gobierno de Israel contra el pueblo palestino, sobre todo en Gaza, pero también en Cisjordania. Las ciudades de la Franja de Gaza fueron arrasadas por completo, hasta sus cimientos. Los hospitales, las escuelas, las mezquitas, los servicios comunales: todo fue devastado. El 90 por ciento de las viviendas fueron destruidas minuciosamente. La población civil fue bombardeada directamente, causando más de 70 mil muertos. Si se trasladase esa proporción al Perú, hablaríamos de un millón de muertos solo por bombardeos. 64,000 niñas y niños han sido asesinados o han sufrido mutilaciones.

No se registraba desde la segunda guerra mundial una masacre de proporciones tan brutales como la cometida contra el pueblo palestino. Y para mayor escarnio, este genocidio lo perpetra el gobierno de un país como Israel, fundado para acoger a los sobrevivientes del genocidio nazi. Para ello cuentan con la colaboración directa del gobierno de Estados Unidos y el silencio cómplice de las principales potencias europeas. Le han tolerado a Israel todas las atrocidades que ha cometido, incluido el asesinato de cientos de médicos, trabajadores sociales y periodistas que prestaban servicio a la población civil en Gaza. Y le han dado a Israel las armas necesarias para llevar adelante estos crímenes.

Estados Unidos vuelve a imponer con Trump la política del avasallamiento, la imposición y la violación de derechos fundamentales. Este ha convertido en política pública de odio la persecución de los inmigrantes para deportarlos sumariamente. Las ciudades norteamericanas son patrulladas intensamente por una policía especial, el ICE, cuya tarea es cazarlos, para lo cual no dudan en incursionar en escuelas e iglesias, ni en separar familias. La ola de odio contra los migrantes es una de las principales banderas de la ultraderecha europea.

En el plano internacional, Trump administra el conflicto de Ucrania como un negocio privado. Le ha impuesto la entrega de sus recursos minerales como pago por el apoyo militar norteamericano, una ayuda que de la noche a la mañana dejó de ser gratuita. A su vez, la guerra de Rusia contra Ucrania cumplirá cuatro años el próximo febrero. Hasta el momento van 1,400 días de matanza y nadie sabe cuántos soldados y civiles han perdido la vida en la peor conflagración europea desde la segunda guerra mundial, pero nadie duda de que suman cientos de miles.

El hambre vuelve una vez más a este escenario de terror contemporáneo. La hay en Gaza. También en África. Trump dispuso el cierre repentino de los programas de ayuda internacional de su país a través de la AID, dejando desprovistas de lo esencial a millones de personas. La aporofobia es todo un discurso contemporáneo. La ultraderecha la promueve culpando a los pobres de su propia situación, como si la gente eligiera tal condición por comodidad, para “vivir del Estado”, dicen los defensores de un sistema que concentra cada vez más la riqueza en proporciones obscenas en las manos de unos cuantos oligarcas en comparsa con los políticos y los Estados.

Los casos citados son apenas algunos de los ejemplos más resaltantes de lo que está ocurriendo con los derechos humanos y quienes los defienden en el mundo. Hoy, el globo está controlado por tres hombres poderosos que no creen en los derechos humanos: Donald Trump, Vladimir Putin y Xi Jinping. Pero de todos ellos, Trump lidera la superpotencia que se reclamaba como el custodio de los derechos humanos. Ya no más. Estados Unidos ahora está dedicado a socavar las instituciones internacionales que promueven la convivencia basada en el derecho internacional. La ONU y sus agencias son torpedeadas cada día, como si no fuesen el fruto de la victoria contra el nazifascismo.

En nuestro país, las cosas tienen la nota grotesca que le agrega la ultrarreacción local. Aquí se libra una campaña constante y persistente contra la misma idea de derechos humanos, que se califican como una mala palabra, que se siguen considerando como una cojudez, que se estigmatizan como pensamiento proterrorista: un lastre inventado por los caviares que puede lanzarse al tacho de la basura. Aquí está en marcha el mecanismo para repudiar los tratados más esenciales sobre derechos humanos, empezando por la Convención Americana de Derechos Humanos, y la jurisdicción de la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Aquí se aprueba con argumentos de tinterillo una “amnistía” para cientos de crímenes que repugnan a la humanidad. Aquí no se acepta que los derechos humanos son el parteaguas entre la civilización y la barbarie, el mínimo irrenunciable de la dignidad humana. Aquí se desconoce y se viola, por simple ley, derechos fundamentales previstos en la Constitución.

El panorama es adverso, qué duda cabe. Al mismo tiempo, debemos constatar que nunca como hoy hubo tantas personas vinculadas a la defensa de los derechos humanos en todos los países del mundo. Es posible y necesario resistir la ola reaccionaria. Recordemos que los avances se dieron, en el pasado, por el activismo insistente de grupos pequeños. Lo importante es reorganizarse y responder. Será costoso, no hay que dudarlo, si no veamos lo que ocurre en Gaza. Pero al final la vida tiene que dar la razón a quienes la defienden con convicción. Los defensores de derechos humanos tienen valores y principios éticos. Los reaccionarios solo intereses bastardos que traducen en discursos de odio. Es necesario desenmascararlos.

11-12-2025

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 762 año 16, del 12/12/2025

https://www.hildebrandtensustrece.com/

https://www.leerydifundir.com/2025/12/peru-los-derechos-humanos-ataque/

12 de diciembre de 2025

Burdel


César Hildebrandt

"Si la vida eterna existiera, todos los fascistas difuntos podrían despertar en estos días y ser felices"

No es que el Perú parezca un burdel: es que el mundo es hoy un burdel gigante. Pablo Macera se quedó corto.

El truhan que llegó a la Casa Blanca se apodera de un petrolero y dice que se quedará con el barco y con el crudo que transportaba. Dice que Maduro tiene los días contados, que Petro puede ser el próximo y que la Unión Europea está en decadencia porque no imita del todo su política antimigratoria. Pero el truhan no se queda en eso: llama estúpida a una periodista que le hace una pregunta incómoda, cerdita a otra que insiste en un tema y portadora de falsedades a una tercera que se atreve a mencionar una contradicción entre sus palabras y las declaraciones de Peter Hegseth, el secretario de guerra.

Las derechas nacionalistas producen discursos que proponen un orden policiaco y la mesura se ve como un crimen de cobardes. Por eso hay quienes, desde el poder, están felices con lo que Netanyahu y el sionismo en banda han hecho en Gaza. Se masacra en nombre del derecho internacional, se mata a miles de niños como política preventiva, se cosifica a las víctimas para despojarse de toda culpa. Y de todo ello se alegran los Milei de esta América hundida en las tinieblas y los alemanes, siempre propensos a desatar o autorizar holocaustos.

No es la doctrina Monroe, que ahuyentaba a los europeos de cualquier cruzada restauradora, ni el corolario Roosevelt, que fue la versión chusca de la tesis de 1823: es el garrote de la caverna ancestral. No es el imperialismo de la United Fruit: es Corleone viendo qué puede robar. No es la compra de Panamá para hacer un canal: es la gula de la zafiedad. No es la geopolítica de una gran potencia: es el saqueo de Camagüey por el pirata Henry Morgan, que Inglaterra nombró caballero en 1674. No son tiempos recios: es como si los neandertales estuviesen vengándose.

Si la vida eterna existiera, todos los fascistas difuntos podrían despertar en estos días y ser felices. La barbarie digital les sería fascinante: miles de millones hipnotizados por sus celulares mientras la riqueza se concentra, la pobreza se considera voluntaria, los derechos sindicales hibernan, el medio ambiente se degrada. Ya no sería necesaria la mano dura: las multitudes balarían y votarían libremente por los lobos.

En el Perú hemos inventado una democracia proliferante. Tenemos decenas de candidatos a la presidencia. ¿Vienen de partidos? Muy pocos. Los demás proceden del emprendedurismo narcisista, de la aventura financiera, del embrutecimiento cada vez más audaz. En un país donde alguien que limita con la idiotez por el norte y con la indecencia por el sur se ha hecho millonario fundando universidades, no es extraño que de los matorrales a la vera de las trochas carrozables salgan mendigos de fama a ver si algo les liga. Mendigos y forajidos en busca de impunidad. Mendigos y forajidos que fueron surgiendo cuando la inteligencia huyó de la política, cuando el fujimorismo hizo norma el crimen y cuando los partidos históricos, viudos de sí mismos, dejaron las ideas y adoptaron los lemas.

Tenemos muchos candidatos porque no tenemos líderes. Tenemos decenas de partidos nominales porque no tenemos instituciones políticas. Esta abundancia no es prosperidad doctrinaria ni pluralismo. Es cáncer.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 762 año 16, del 12/12/2025

https://www.hildebrandtensustrece.com/

26 de septiembre de 2025

Perú: Profeta del odio

Maritza Espinoza

"Todo el discurso de Rafael López Aliaga es de odio e intolerancia, lo que contrasta todavía más con su supuesta fe católica, la misma que predica el amor al prójimo"

Los mismos que ni pestañean cuando Rafael López Aliaga invoca a sus huestes a “cargarse” a Gustavo Gorriti lloraron ríos tras el asesinato de Charlie Kirk, uno de los grandes íconos de la fachósfera mundial al que muy probablemente ni conocían hasta que su ídolo mayor, Donald Trump, decidió canonizarlo.

Es verdad que ni Charlie Kirk, ni nadie, merece morir de esa manera y que su asesino —Tyler Robinson, un muchacho proveniente de una conservadora familia republicana— debe recibir todo el peso de la ley, pero eso no significa que haya que convertir a Kirk, un personaje racista, misógino y violentista, en un mártir. La forma en que mueres no valida la forma en que viviste, y Kirk vivió gran parte de su vida propagando el odio y la violencia.

Murió en su ley, dirán algunos, y puede que tengan razón. No por nada la cita suya que más se ha mencionado en estos días es: “Creo que vale la pena asumir el costo de algunas muertes por armas de fuego cada año para que podamos contar con la Segunda Enmienda”. Lo que nunca imaginó es que ese “daño colateral” de la libertad de portar armas terminaría siendo él mismo.

También fue un agente de polarización en una sociedad ya fracturada como la norteamericana. En un artículo en una plataforma llamada The Federalist, Kirk incitaba a la persecución de los demócratas porque, para él, era casi imposible que no fueran todos unos delincuentes. Y sentenciaba: “Incluso para los delitos más menores, la regla debería ser: sin caridad, sin buena voluntad, sin misericordia”.

Sus fans señalan que Kirk era un hombre de familia y un buen padre —padre que, sin embargo, declaró que, en el caso de que su hija de diez años fuera violada, la obligaría a tener a ese hijo—, pero la experiencia demuestra que puedes ser un hombre de familia, ir a misa todos los domingos y adorar a tus mascotas, pero ser una bestia con los extraños, con quienes no piensan como tú o con todo aquel que identifiques como un contrario. Hasta Hitler adoraba a Blondi, su perra pastor alemán.

Y ya que hablamos de Hitler, tampoco estoy del lado de quienes, en las redes, dicen algo por este estilo: “Si Twitter hubiese existido cuando Hitler se pegó un tiro, muchos hubieran dicho: ‘Hizo cosas terribles, pero nadie merece esto’”. La ironía se evapora cuando pensamos que el líder nazi nunca mató a nadie con sus manos, sino que lavó el cerebro del pueblo alemán, que terminó justificando el asesinato de millones de judíos.

Pero volvamos a Rafael López Aliaga y su esquizofrénico discurso. Sí, esquizofrénico, porque mientras, de un lado, lamenta la muerte de Kirk y hasta ha anunciado, desde España, un “apoteósico homenaje” en Lima (esperemos que con su propio dinero), de otro lado no solo lanza una invocación pública al asesinato de un periodista, sino que apadrina a los grupos violentistas de ultraderecha que se dedican a acosar a todo el que él considera su enemigo político.

Todo el discurso de Rafael López Aliaga es de odio e intolerancia, lo que contrasta todavía más con su supuesta fe católica, la misma que predica el amor al prójimo. No hay día que no tuitee insultos contra gente que le disgusta o incomoda, y es capaz de lanzar amenazas y acusaciones gravísimas sin ningún sustento contra periodistas, especialmente si son mujeres.

Si ponemos en la balanza a López Aliaga y a Kirk, por lo menos el segundo, pese a sus ideas cuestionables, apostaba por el debate y propiciaba discusiones con jóvenes universitarios que discrepaban con él. No siempre usaba argumentos válidos y muchas de sus explicaciones estaban llenas de medias verdades y falacias de todo cuño, pero por lo menos no escupía odio y violencia contra sus contrincantes como sí hace el todavía alcalde de Lima. En ese sentido, López Aliaga lo hubiera derrotado en un campeonato de intolerancia.

Y a los intolerantes, por muy democrático que sea uno, no hay que tolerarlos. Eso no significa que haya que “cargárselos”, como sugeriría el propio López Aliaga, sino simplemente rechazarlos, repudiar sus expresiones, desenmascararlos. Es decir, pararlos en seco. Ya lo decía el filósofo y politólogo austríaco Karl Popper: “La tolerancia ilimitada conduce a la desaparición de la tolerancia”.

No es momento de ser blandos y hacerse los condescendientes con quienes propagan el odio y exaltan valores antidemocráticos. López Aliaga —así como sus congéneres— hace tremendo daño a la democracia y a la convivencia civilizada con sus discursos violentistas, aunque luego pretenda pegarla de gordito bonachón, en una esquizofrenia que ni Dr. Jekyll and Mr. Hyde.

Su doble moral es tan evidente que jamás ha emitido un solo mensaje ante tragedias como la matanza de niños inocentes en Gaza, la muerte de medio centenar de nuestros compatriotas en las protestas de 2022 ni el duelo de los deudos de los desaparecidos durante el conflicto armado interno (dicho sea de paso, su bancada apoyó la inhumana ley de amnistía a los violadores de derechos), pero sí elogia a un dudoso “mártir” que vivió su vida desparramando odios, a un exarzobispo sancionado por la Iglesia por depredador sexual y rinde homenaje a un fallecido alcalde procesado por corrupción.

Parafraseando lo que habría dicho Jesucristo, según el evangelio de Mateo: “Por sus hechos los conoceréis”. Y a López Aliaga, por suerte, ya lo conocemos muy bien.

Fuente: https://larepublica.pe/opinion/2025/09/17/profeta-del-odio-por-maritza-espinoza-hnews-1460215

23 de septiembre de 2025

¿Guerra cultural o lucha de clases?

Jorge Majfud

El 10 de septiembre de 2025, en un evento llamado “The American Comeback Tour” (“Gira por el regreso de Estados Unidos”) en la Utah Valley University, un estudiante le preguntó a Charlie Kirk:

-¿Sabes cuántos tiroteos en masa ha habido en los últimos diez años?

-¿Contando la violencia de pandillas? -respondió Kirk, irónico.

Kirk era un arengador profesional de la derecha, reconocido por el presidente Trump por haberlo ayudado a ganar las elecciones. Tiempo atrás, había afirmado que algunos muertos por violencia de armas (40.000 anuales) eran un precio razonable para mantener la sagrada segunda enmienda. Según la Asociación del Rifle, que dio vuelta la interpretación de la Suprema Corte, esta enmienda protege el derecho de los individuos a portar rifles AR-15. La letra impresa de 1791 no habla de individuos sino de “milicias bien reguladas”. Por armas se refería a unos mosquetes que no mataban un conejo a cien metros. Por “the people” ni soñando se refería a negros, mulatos, indios o mestizos.

Antes que pudiese articular una respuesta completa, Kirk recibió un poderoso disparo en la garganta desde un edificio ubicado a 140 metros. De paso, por casualidad o no, sus enemigos de la misma derecha, como Ben Shapiro y, tal vez Tel Aviv, se sacaron de encima a un traidor que había cuestionado el 7 de Octubre de 2023 ―como lo hicimos nosotros en Página 12, el 8 de octubre.

Los medios y las redes sociales explotaron culpando a “la izquierda”, pese a que, solo en los últimos cincuenta años, las matanzas de la derecha suman el 80 por ciento de los muertos y los de la izquierda apenas cinco por ciento.

Pero ¿a quién le importa la realidad, si el verbo creó el mundo? Desde Europa hasta el Cono Sur, quienes escucharon por primera vez el nombre de Kirk organizaron emotivas ceremonias por el nuevo mártir de la “violencia de los zurdos” y no ahorraron elogios a su “profunda influencia” que “marcó un camino” para la gente de bien.

Dos días después, el gobernador del estado mormón de Utah, Spencer Cox, dio a conocer la identidad del asesino. Casi llorando, reconoció que “había rezado 33 horas para que el asesino fuese alguien de afuera, de otro estado o de otro país”, pero Dios no lo escuchó. Dos días más tarde volvió a los medios más aliviado: el asesino, aunque conservador, amante de las armas, votante del presidente Donald Trump, había sido influenciado por las “ideas de izquierda” de su pareja, un joven transexual.

Los religiosos capitalistas no creen en el pecado colectivo sino en el pecado individual, pero siempre están buscando un pecador dentro de un grupo ajeno para para criminalizar al grupo entero. Cuando Cox reconoció: “Durante 33 horas recé para que el asesino fuera alguien de otro país… Lamentablemente, esa oración no fue escuchada”. No se le ocurrió pensar que “nosotros, que lideramos las donaciones en todo el país”, podíamos ser criminales, pecadores. Si cerramos los ojos para decirle a Dios lo que debe hacer, no podemos ser malos.

Ahora, ¿cuál es la lógica (sino la ingeniería) social en todo esto? Pongámoslo con una metáfora que atraviesa tres continentes y más de mil años de historia: el ajedrez.

Como las matemáticas modernas, las ciencias fácticas y los mecanos, en el siglo IX los árabes introdujeron el ajedrez indio a Al-Andalus (hoy España). Europa lo adoptó y adaptó. El sistema feudal europeo concentraba todo el prestigio social en la tenencia de tierras y en el honor de las guerras. Como hoy, los nobles inventaban guerras en las cuales sus súbditos iban a morir en nombre de Dios, mientras ellos recogían el botín y el honor. Los peones, esa línea de piezas sin rostros y sin nombres, son los soldados modernos y, más recientemente, los civiles que sólo sirven de carne de cañón.

¿Dónde está el truco? En geopolítica, los dos bandos representan dos bloques o alianzas de países. Igual, los de abajo son los primeros en morir. Si sobrevive un peón hasta el final de la partida, es porque se arrimó al rey para protegerlo.

A nivel nacional, representa una guerra civil, pero éstas suelen ser raras; son la última instancia de una guerra más prolongada que la precede. Cuando vemos estas piezas en acción, vemos las blancas contra las negras. Vemos una “guerra cultural”. Una guerra que hoy no es, porque, si realmente fuese una guerra cultural, la libertad de expresión estaría garantizada, algo que, en Estados Unidos y bajo el gobierno libertario de Trump-Rubio, ha ido muriendo cada día.

Es decir, la guerra cultural nos impide ver la verdadera guerra que precipita el conflicto: la guerra de clases. En la línea de fuego tenemos a los peones. Más atrás, la aristocracia, los ricos. Finalmente, los verdaderos dueños del combate: todos luchan y mueren por defender a un rey (¿BlackRock?) quien, sin sacrificio, se lo lleva todo.

En La narración de lo invisible (2004) propusimos una tesis sobre la lucha política de los campos semánticos: quien lograba definir y limitar el significado del ideoléxico (luego “guerra cultural”), marcaba la dirección de la historia. Esto sin negar que la principal fuerza de conflicto radica en la lucha de clases, que las clases en el poder (y sus amanuenses) niegan siempre o se la atribuyen, como intención perversa, a los críticos marxistas, conspiradores del mal.

Hoy podemos ver cómo esta lucha de clases, ejercida por las elites financieras, no ha cesado de promocionar una guerra cultural como distracción perfecta. Negras contra blancas, cristianos contra musulmanes, machistas contra feministas, elegidos de Dios contra creaciones defectuosas de Dios…

Esta oligarquía, que no para de secuestrar y concentrar la riqueza de las sociedades, se ha dado cuenta de dos problemas: (1) La brecha entre quienes lo tienen todo y quien no tienen nada se ha incrementado de forma logarítmica ―ergo, peligrosa. (2) La vampirización de las colonias que proveían a los imperios del capitalismo blanco se está secando y los pueblos, que apenas se beneficiaron de este genocidio histórico que dejó cientos de millones de muertos, ya no sienten el privilegio de ese sistema internacional. Están empobrecidos, endeudados, destruidos por las drogas duras y por las drogas de la argumentación apasionada e inútil de las redes de entretenimiento, productoras del odio sectario, nacionalista y tribal.

La droga principal de las elites es el dinero y el poder. Necesitan siempre más para mantener un mínimo de satisfacción, pero saben que esta situación, tanto nacional como internacional, no es sostenible. A nivel nacional, es la fórmula perfecta para una sangrienta rebelión. A nivel internacional, significa el derrumbe de un poder dictatorial que en el siglo XIX se llamó “democracia blanca”.

Adentro, para evitar o postergar esta rebelión, necesitan promover el odio entre los de abajo y la militarización como solución. Afuera, el objetivo es el genocidio, la aniquilación de cualquier potencia emergente o la tercera guerra mundial.

Palestina es el laboratorio perfecto donde se decide cómo alcanzar una brutalidad a pesar de la oposición de un mundo sin poder. La propaganda les está fallando, así que aceleran el recurso sordo de la violencia bélica, cuyo objetivo es la limpieza de humanos incómodos a fuerza de bombardeos masivos, interminables, impunes.

Todo para agradar a un dios extraño.

Se publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

29 de agosto de 2025

Gaza en el corazón

César Hildebrandt

"Una muerte rápida te extraerá del infierno del que no podías escapar porque el occidente podrido no quiso oírte"

Todos somos gazatíes hoy. O debíamos serlo.

Todos debiéramos estar en esa franja viendo qué comeremos, qué nuevo muerto enterraremos, qué niño saltará en la próxima explosión, qué huérfano repentino hará preguntas que no se pueden contestar, qué periodista dejará de tomar fotos o grabar con su cámara.

Gaza es la joya de la corona en la cultura de la muerte que por fin se impuso.

Esa cultura había hecho ensayos generales, simulacros de vastedad, maniobras conjuntas de bombas de racimo.

Pero Gaza es su obra maestra.

No hay crueldad que no se haya ensayado en ese territorio diminuto. No hay salvajismo que no se haya practicado. No hay maldad que no se haya vertido. No hay sadismo que no se haya expuesto.

Y luego están las palabras, los dichos funerarios del nazismo israelí, de algunas de sus autoridades, de más de un presentador de la TV oficialista: el aliento a que se siga matando, el reclamo de que no se tenga piedad, la solicitud de un exterminio censal.

Gaza es la muerte en todas sus variantes. Si te hieren de mala manera, la muerte viene lenta, infecciosa, arrastrándose entre pestilencias. Es que no hay medicinas y sólo un hospital está todavía en pie. Y el ejército israelí ha matado a más de 200 médicos y a más de mil trabajadores sanitarios.

Si el hambre te hace acudir a uno de esos centros de distribución de alimentos organizados por Israel, corres peligro de que te disparen. Médicos sin Fronteras ha llamado a esta operación de francotiradores “matanza orquestada”.

De modo que lo mejor que te puede pasar en Gaza es que te mueras de modo fulminante. Y para eso están las bombas, los drones, los tiros de precisión. Una muerte rápida te extraerá del infierno del que no podías escapar porque el occidente podrido no quiso oírte.

Nos hicieron creer que vivíamos en un mundo donde si eras Milosevic tenías tu castigo.

Pero no nos dijeron que si te apellidabas Netanyahu podías matar a 70,000 palestinos, dejar en escombros Gaza, bombardear hospitales y ambulancias, matar a niños con tiros en la cabeza y celebrar esa masacre con una sonrisa de vencedor ensangrentado.

No nos dijeron que había dos raseros, dos miradas, dos clases de difuntos, dos niñeces.

¿Pagarán algún día lo que están haciendo?

No lo sé. Lo más probable es que no tengan que pagar nada porque los poderosos se encargarán de que el olvido haga lo suyo. Y a Netanyahu le importa poco la censura moral, el descrédito, su propia condición formal de criminal de guerra.

Siempre aprecié a Israel y jamás estuve con quienes decían que debía desaparecer. Cuando en 1980 entrevisté a Arafat en Líbano, en plena guerra civil, lo hice enojar de tal modo que cortó la entrevista y me despidió con un mal gesto.

No he dejado de tener en cuenta que Einstein, Freud o Marx fueron judíos. Y que mi grande y querido amigo Isaac Bigio es uno de esos judíos dignos que están contra Netanyahu y denuncian el genocidio.

Pero la Europa de la hipocresía y el neofascismo y los Estados Unidos –esa Roma lumpen que llama a los bárbaros– están con el gobierno asesino de Israel. Netanyahu ha devuelto a los israelíes a la época del terrorismo de la Hagannah, el Stern o el Irgún: las raíces salvajes de un Estado concebido sobre el despojo y la desaparición de los palestinos.

Hoy no sólo se les quita los olivos, los animales y las casas en la Cisjordania invadida por sicarios que creen hablar en nombre de David. Hoy se les mata con la autorización de la Unión Europea y el contento del capo de los aranceles que retoza en Washington.

Gaza es Guernica a la N potencia. Es Auschwitz vía satélite. Es Nankín. Es el desastre moral de un mundo que la codicia corrompió hasta la médula.

De tanto verla, de tanto frecuentarla, de tanta sangre salpicada, nos acostumbramos a la muerte. Gaza es una dosis aturdidora para esa adicción. Jamás imaginé que el Estado fundado por los judíos sobrevivientes del holocausto organizado por Hitler y su banda adoptaría la política de sus verdugos. Si el Tercer Reich se levantara otra vez, demandaría a Israel por derechos de autor.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 747 año 16, del 29/08/2025

https://www.hildebrandtensustrece.com/

18 de agosto de 2025

¿Por qué el progresismo y la izquierda pierden elecciones?

Álvaro García Linera

Las izquierdas y progresismos en gobierno no pierden elecciones por los trolls de las redes sociales. Tampoco porque las derechas son más violentas ni mucho menos porque el pueblo que fue beneficiado por políticas sociales es ingrato.

Las batallas políticas en las redes no crean de la nada ambientes político-culturales expansivos en las clases populares mayoritarias. Los radicalizan y los conducen por caminos histéricos. Pero su influencia requiere previamente la existencia social de un malestar generalizado, de una disponibilidad colectiva al desapego y rechazo a posiciones progresistas.

Igualmente, las extremas derechas, autoritarias, fascistoides y racistas, siempre han existido. Vegetan en espacios marginales de enfurecida militancia enclaustrada. Pero su prédica se expande, a raíz del deterioro de las condiciones de vida de la población trabajadora, de la frustración colectiva que dejan progresismos timoratos, o a la pérdida de estatus de sectores medios. Y en cuanto a los que argumentan que la derrota se debe al “desagradecimiento” de aquellos sectores anteriormente beneficiados, olvidan que los derechos sociales nunca fueron una obra de beneficencia gubernamental. Fueron conquistas sociales ganadas en las calles y el voto.

Por todo ello, sin excusa alguna, un gobierno progresista o de izquierdas pierde en las elecciones por sus errores políticos.

Y estos errores pueden ser múltiples. Pero hay una falla que unifica a los demás. El error en la gestión económica al tomar decisiones que golpean los bolsillos de la gran mayoría de sus seguidores. En Brasil, el golpe de estado parlamentario de 2016 contra Dilma Rousseff, impulsado por las fracciones más antidemocráticas del espectro brasilero, se montó sobre el malestar económico que ya se arrastraba varios años y que tuvieron en el ajuste fiscal del 2015 una nueva vuelta de tuerca a la contracción de los ingresos populares.

En Argentina, el peronismo perdió las elecciones del 2023 por el aumento de la inflación durante la gestión de Alberto Fernández. Si bien la tendencia inflacionaria es una constante de la economía argentina desde hace décadas, hay una frontera histórica que tras ser sobrepasada da lugar a una licuefacción de lealtades políticas populares que los lanza a aferrarse a cualquier propuesta, por muy aterradora que sea, que resuelva esta asfixiante volatilidad del dinero. La anomalía política Milei es la manera retorcida de canalizar la frustración hacia el odio y la sanción.

En Bolivia, el instrumento político de los sindicatos y organizaciones comunales campesinas (MAS) ha de perder las elecciones por la desastrosa gestión económica de Luis Arce. Con una inflación de alimentos básicos que bordea el 100%, la falta de combustible que obliga a realizar filas de días para obtenerla y un dólar real que ha duplicado su precio frente a la moneda boliviana, no es extraño que el proceso de transformación democrática más profundo del continente pierda dos tercios de su votación popular a manos de vetustos vendepatrias que ofrecen botar a patadas a los indígenas del poder, regalar empresas públicas a extranjeros y enquistar, con la biblia en la mano, a las cipayas oligarquías de la tierra en la dirección del Estado. Si a todo ello sumamos el resentimiento de clases medias tradicionales desplazadas de sus privilegios por el ascenso social y empoderamiento político de las mayorías indígenas, está clara la arenga abiertamente revanchista y racializada que envuelve los discursos de las derechas bolivianas.

En todos los casos, también hay otros componentes políticos que apuntalan estos errores centrales que conducen a la derrota. En el caso de Brasil las denuncias de corrupción, luego políticamente manipuladas. En Argentina el hartazgo con el extendido encierro ante el coronavirus que destruyó parte del tejido económico popular, etc. En Bolivia, la guerra política interna. Por un lado, un mediocre economista que está por casualidad como presidente y que creyó que podía desplazar al líder carismático indígena (Evo) proscribiéndolo electoralmente. Por otro, el líder que, en su ocaso, ya no puede ganar elecciones, pero sin cuyo apoyo tampoco se gana, vengándose ayudando a destruir la economía sin comprender que en esta hecatombe también se está demoliendo su propia obra. El resultado final de este miserable fratricidio es la derrota temporal de un proyecto histórico y, como siempre, el sufrimiento de los humildes que nunca fueron tomados en cuenta por los dos hermanos embriagados de estrategias personales.

En suma, las derrotas políticas conducen a derrotas electorales.

Ahora, la pregunta que uno se hace es, cómo es que gobiernos progresistas y de izquierda pudieron fallar económicamente cuando, en sus inicios, esa fue la fuerza de legitimidad que les permitió ganar una y otra vez las elecciones. En el caso de Bolivia con el 55%, 64%, 61% y 47% en primeras vueltas. Ciertamente el progresismo latinoamericano del siglo XXI emergió de un fracaso de las gestiones neoliberales imperantes desde los años 80s. La mayoría implementó políticas redistributivas de riqueza, y ampliación de derechos. Los resultados fueron inmediatos. Más de 70 millones de latinoamericanos salieron de la pobreza en una década, las instituciones reservadas para rancias aristocracias se democratizaron y, en el caso de Bolivia, hubo una recomposición de las clases sociales en el Estado al convertir a los indígenas-campesinos en clases con poder estatal directo.

Ahí radicó la gran fuerza y legitimidad histórica del progresismo. Pero también el inicio de sus límites; pues completada esa obra redistributiva inicial, ella comenzó a mostrarse insuficiente a la hora de garantizar la continuidad en el tiempo de los derechos alcanzados. Se trata de un límite por cumplimiento de metas que obligaba a comprender que los países habían cambiado precisamente por obra del progresismo y que, por tanto, había que proponer a esta nueva sociedad en frente, unas reformas económicas de segunda generación capaces de consolidar lo logrado y de dar nuevos saltos de igualdad. Y es que el progresismo y las izquierdas están condenadas a avanzar si quieren permanecer. Quedarse quietos es perder. La nueva generación de reformas pasa necesariamente por construir una base productiva expansiva, de pequeña, mediana y gran escala, tanto en la industria como en la agricultura y los servicios; del sector privado, campesino, popular como estatal; para el mercado interno como para la exportación, que garantice un amplio soporte industrioso y duradero a la redistribución de la riqueza.

Pero, hasta hoy, los progresismos en los gobiernos, especialmente los que ya están en segunda o tercera gestión, o los que quieren volver a gobernar, están anclados en los logros pasados, en su defensa melancólica y, a diferencia de cuando comenzaron con su primera gestión, por ahora carecen de una nueva propuesta de transformación capaz de volver a levantar las esperanzas colectivas en torno a un mundo que conquistar. Que las derechas se hayan apropiado del paradigma del ímpetu por el cambio, no es una casualidad. Es un resultado del conservadurismo del actual progresismo. Y de sus derrotas electorales también.

Sin embargo, el espíritu del tiempo histórico aún no se ha decantado. Ni el continente ni el mundo que andan de tumbo en tumbo entre neoliberalismos recargados, proteccionismos soberanistas o capitalismos de Estado productivistas ha definido aún la nueva fase larga de acumulación económica y legitimación política. Por un tiempo más, seguimos en el portal liminal en el que las derrotas y las victorias son cortas. Pero ello no durará para siempre. Si el progresismo quiere seguir siendo protagonista de esta disputa del destino, está obligado a abalanzarse sobre un porvenir reinventado audazmente con más igualdad y democracia económica.  

Fuente: https://www.pagina12.com.ar/850114-por-que-el-progresismo-y-la-izquierda-pierden-elecciones

26 de julio de 2025

El mundo entre Bogotá y Bruselas

Cecilia Méndez

Entre marzo y mayo, las atrocidades se volvieron tan descarnadas que algunos países europeos empezaron a sentir resquemor de su imagen y emitieron por primera vez condenas enérgicas a Israel.

“No estoy bien”, dice la mujer.  “Hace cinco días que no como”. Sentada en una vereda, responde al reportero.  “Estoy sola, no tengo a nadie, mis padres murieron”.  No pude retener su nombre, ni tengo palabras para transmitir la enorme tristeza de su expresión. Su rostro es pálido, cadavérico. Solo sé que ahora veo en mi teléfono, cada vez más rostros y cuerpos similarmente desvalidos, sobre todo de niños, a medida que se prolonga el criminal bloqueo de alimentos, medicinas, agua, y todo lo que pueda mantener con vida a los palestinos de Gaza desde que Israel rompió unilateralmente, a comienzos de marzo, la frágil tregua establecida en enero en la franja, matando en una sola noche a unas 300 personas.

Los bombardeos, la destrucción de lo poco que quedaba de infraestructura se reanudaron aún con mayor intensidad, gracias a impunidad que le deparan a Israel sus aliados de la Unión Europea (UE) y los Estados Unidos:  el salvaje Occidente, para decirlo sin hipérbole.   Escenas de niños y gente de toda edad devorados por las llamas mientras dormían en sus tiendas de refugiados; cuerpos despedazados por el aire; secuestro, tortura y matanzas de médicos, paramédicos periodistas; ataques a ambulancias, escuelas, hospitales, panaderías, mercados…

 Entre marzo y mayo, las atrocidades se volvieron tan descarnadas que algunos países europeos empezaron a sentir resquemor de su imagen y emitieron por primera vez condenas enérgicas a Israel.  Macron programó un cónclave con Arabia Saudita para hablar del reconocimiento del estado palestino. Por esos mismos días se aproximaba a Gaza, tras zarpar de Italia, la embarcación Madleen de la coalición Flotilla de la libertad, tripulada por activistas de alto perfil, como Greta Thunberg, llevando alimentos, fórmula para bebé, medicinas, y otra ayuda humanitaria, en un intento simbólico por romper el cerco de hambre en Gaza ante la abdicación de los estados de asumir esas responsabilidades. Nunca llegaron a su destino; fueron secuestrados por Israel en aguas internacionales y deportados. La Flotilla hizo titulares en el mundo, poniendo a Israel como lo que es: además de un Estado genocida, piratas de mar.

Y fue en ese preciso momento, con su imagen por los suelos, que, en un alarde de genialidad psicopática, Netanyahu decidió bombardear Irán, matando a unas mil personas, incluyendo científicos y altos funcionarios del gobierno y a sus familias mientras dormían.  Irán contraatacó y, a diferencia de Israel, no apuntó deliberadamente a blancos civiles.  EEUU se sumó al cargamontón, bombardeando una planta nuclear de Irán, sin tampoco ser provocado.  La UE se olvidó de las posibles sanciones a Israel y Macron dejó de aparentar escrúpulos cancelando el cónclave a con Arabia Saudita y alineándose firmemente con Netanyahu.  Gaza salió de los titulares, que empezaron a ocuparse del supuesto “peligro de Irán” y la “guerra nuclear”.  Una jugada perfecta.

Matando a los muertos

A partir de ese momento, con Trump y la UE en el bolsillo de un Netanyahu sin líneas rojas, el lenguaje de los defensores del Estado sionista adquirió un tinte cada vez más orwelliano.  Una súbita amnesia hizo que se olvidaran de que fue Israel quien atacó a Irán y empezaron a referirse a Israel como la víctima; Irán pasó a ser el agresor y la realidad un detalle sin importancia; los iraníes asesinados por Israel no existían. Semanas después, en Washington, en una escena que pasará a la historia universal del absurdo, el cinismo o la infamia, el criminal de guerra con orden de arresto obsequio a su co-perpetrador una nominación para el premio Nobel de la paz, no sin antes haber atravesado el espacio aéreo de Italia, Francia, y Grecia, sin que ninguno esos estados se dignara a arrestarlo como era su deber, de acuerdo con lo ordenado por la CPI.

Desde entonces los ataques en Gaza se han intensificado. Los muertos diarios por ataques israelíes oscilan entre 100 y 130 y una parte de ellos son causados por la orwellianamente llamada “Gaza Humanitarian Foundation” (GHF) una entidad de contratistas privados, mercenarios estadounidenses y ex agentes de la CIA que coordina con el ejército israelí para entregar magras raciones de comida a la población, reemplazando a la ONU, a la que Israel ya no le permite operar en la franja;  en realidad la GHF es pieza de un engranaje para desplazar forzadamente y ejecutar palestinos. Desde Mayo, unos 850 han sido asesinados mientras esperaban comida.  Norman Finkelstein las ha comparado con trampas para ratones y las “duchas” de los nazis.  Con razón dijo Francesca Albanese: “Israel mata a la gente que se está muriendo de hambre”.

Bogotá y el Grupo de La Haya

Para poner fin a la impunidad histórica de Israel se constituyó en enero de este año el Grupo de La Haya, conformado por Bolivia, Colombia, Cuba, Honduras, Malasia, Namibia, Senegal y Sudáfrica y acaban de tener un cónclave de emergencia en Bogotá, al que asistieron un total de 30 países, entre ellos Brasil, China y España. El grupo se compromete a realizar acciones efectivas para que los estados cumplan con las recientes disposiciones de la Corte Internacional de Justicia (CIJ) para poner fin al genocidio y la ocupación ilegal de Israel de los territorios palestinos y que los estados cumplan con facilitar las órdenes de arresto de la Corte Penal Internacional contra Netanyahu y Yoav Galant por crímenes de guerra, como provocar hambruna y otros delitos de lesa humanidad.

Francesca Albanese, relatora especial de la ONU para de los territorios palestinos ocupados, que está muy comprometida con esta iniciativa y asistió Bogotá, dijo, según cita The Guardian: “por mucho tiempo la ley internacional ha sido tratada como si fuera opcional: aplicada selectivamente a aquellos percibidos como débiles e ignorada por los que actúan como los poderosos. Este doble estándar ha erosionado los verdaderos fundamentos del orden legal. Esta era debe terminar”.

Bruselas y el blindaje a la impunidad

No obstante, simultáneamente, en Bruselas, la UE decide mantener su asociación y tratados económicos con Israel, pese a que sus estatutos les impiden comerciar con países que estén violando los derechos humanos. Esta abdicación de la UE de sus responsabilidades provocó una enérgica respuesta de organizaciones de derechos humanos. Agnès Callamard, secretaria general de Amnistía Internacional, dijo que se trata “de una cruel e ilegal traición al proyecto y visión europeos, basados en la defensa del derecho internacional (…) y de las propias reglas de la UE y los derechos humanos de los palestinos (…) que será recordada como uno de los momentos más vergonzosos de la Unión Europea”.

Si bien el Grupo de la Haya es todavía pequeño, y su poder es limitado en comparación con el de EEUU y la UE, que insisten en avalar la ilegalidad, la criminalidad y la impunidad cuando se trata de Israel, el sentir de la ciudadanía global se acerca más a Bogotá que a Bruselas.  Da qué pensar, considerando la gravedad de lo que está en juego, que el cónclave bogotano no haya hecho noticia en el Perú… O quizá no tanto…

https://larepublica.pe/opinion/2025/07/21/el-mundo-entre-bogota-y-bruselas-por-cecilia-mendez-hnews-638967

31 de marzo de 2025

Trump y la agonía de Occidente

Juan De la Puente

Sucede con los ciclos acelerados en la historia. En medio de la sucesión caótica de escenas que tienen al gobierno de Trump como protagonista, son recurrentes las preguntas de cuándo empezó “esto” y hasta dónde llegará. La primera aguardará el juicio de los historiadores y a la segunda le espera cercanas vicisitudes.

Otra interrogante nos pertenece menos a los ciudadanos de la periferia del mundo. Se refiere a la naturaleza desnuda de los sucesos que detonan día a día, es decir, el qué de este convulsivo momento del mundo.

Sin duda se vive un clima revolucionario. Es la primera revolución global por el volumen de participantes, territorios y tendencias en pugna. Las redes digitales han convertido a gran parte de la humanidad en combatientes de una contienda en que, sin embargo, un pequeño grupo de países y apenas un puñado de personas tiene los medios y autoridad para encarar -y si pueden gobernar- los impulsos desatados.

La revolución conservadora está en auge. Es la más importante desde la derrota del nazismo. Su propósito es acabar con los derechos y las libertades. Occidente, ese extenso sistema de poder y sus valores heredados de la Ilustración, decisivo para derrotar al fascismo en el siglo XX, derribar el muro de Berlín y reconocerle a una buena parte del mundo libertades y derechos sustantivos, se revuelve en agonía.

Los marcos conceptuales de la geopolítica -clásica y crítica- crujen. Existe “un problema” de países, economías, esferas de influencia y relaciones internacionales. No obstante, lo dominante es el problema cultural donde la receta de Kissinger de combinar la moral y el sentido práctico, es insuficiente.

El problema cultural antecede a la batalla cultural. El discurso autoritario pugna menos por fronteras que por ideas. Es cierto que en principio exhiben un nacionalismo desbocado y el retorno a la soberanía de los estados nación. Sin embargo, esta pretensión es maleable cuando se trata de sus dos grandes ideas fuerza: la libertad económica sin regulación y -paradoja- una sociedad sin derechos sociales y políticos so pretexto de defender la vida y la familia. En ese punto se encuentran los radicalismos religiosos, el ultranacionalismo y los tecno conservadores.

Occidente es ahora un espacio de controversia más cultural que espacial y estatal. Allí se escenifica una pugna enmarañada donde lo natural/universal presiona sobre lo legal/nacional según convenga a la internacional conservadora. El discurso anti woke se mueve en esas cuatro dimensiones. Por esa razón sus enemigos íntimos son también la sociedad civil mundial que logró homogeneizar un grupo de nuevas reglas y estándares de derechos y convertirlos en tratados, y la mediación global, multilateral, integradora y pacificadora, es decir NNUU, UE, OCDE, OMC, Foro Económico Mundial, Corte Penal, CIDH, entre otros.

Ese Occidente, complejo e incompleto como lo hemos conocido hasta ahora, pierde oxígeno. Superó victorioso la guerra fría y la derrota que le infligió el fin del sistema colonial. Creó la OTAN, la Unión Europea y fue decisiva en la creación de la ONU y de la reciente Agenda 2030, pero está sucumbiendo frente a la arremetida de las criaturas que ha creado o subestimado.

El giro radical consiste en que Occidente es poseído por un espíritu iliberal que lo devora por dentro, en unos países más que en otros, aunque no creo que la clave de este tiempo se limite a defender a Occidente desde una visión acrítica.

Occidente nunca fue tan Occidente como en su rechazo a todo modelo que plantease reducir las utilidades y el poder del capitalismo y se resistió a volver a experimentar los programas keynesianos de los años 30 del siglo XX. Las crisis económicas de los años 80 para adelante fueron para Occidente el desorden ideal que permitió imponer en todos los continentes -incluida la UE en 2008 con la troika y los fondos buitre en la primera fila- un modelo de globalización neoliberal que interactuó con el aumento de la desigualdad, la pobreza, el paro y la migración. La crisis de la vivienda y la gentrificación de las grandes ciudades es también la seña de Occidente.

También se embarcó en guerras neocoloniales en África y Asia y en los países de mayoría musulmana, y en batallas contra regímenes progresistas en todo el mundo, avalando violaciones de DDHH. En estas batallas, el argumento central de Occidente fue la democracia y la defensa de sus valores humanistas y pluralistas. De hecho, la alianza entre Europa, EEUU y las ex colonias inglesas que libró guerras regionales en Indochina, Corea, los Balcanes, Oriente Medio, y África, y que participó estelarmente en las “primaveras” en Oriente y Eurasia, llevó el sello de la democracia liberal (pluripartidismo, alternancia, elecciones libres, apertura de los mercados y derechos de propiedad), aunque varios de esos valores fueron sacrificados.

En el liderazgo del Occidente, especialmente la UE, existe claridad sobre las amenazas sobre las libertades y el riesgo de la cancelación de lo público y diverso. El Occidente democrático está dispuesto a la batalla geopolítica y la defensa de las instituciones multilaterales. No obstante, salvo algunas políticas de regulación de la Inteligencia Artificial y de los mercados digitales y la defensa de la Ucrania invadida, no parece estar dispuesto a defender todos los valores de la Ilustración, la democracia y el humanismo del siglo XXI con la misma intensidad.

El caso de la migración es un ejemplo. En 2023, el Gobierno de Macron impulsó una ley seriamente xenófoba -la Ley Darmanin- que anuló el principio universal del ius soli y estableció el delito de migración ilegal, es decir, castigaba la pobreza. La ley fue aprobada con los votos del partido de extrema derecha de Le Pen y para entrar en vigencia debió ser “ajustada” por el Consejo Constitucional que anuló 35 de los 86 artículos de la norma.

Trump es una figura central, aunque no debería perderse de vista que es símbolo y síntoma. Sigue siendo tan errático como en su primer mandato y no se descarta que su administración fracase. El proceso, no obstante, es más intrincado, porque sea cual fuese el resultado de su gestión, la revolución conservadora está en auge.

En la guerra de los aranceles, inclusive, la clave cultural es decisiva. La relación entre Trump y Putin es una relación de oligarcas contra Occidente y aunque no evolucione hacia la traición de Rusia a China, es lo suficientemente útil para que el mundo quede a merced de un nuevo estadio cultural dominado por el miedo, la falta de reglas, el auge armamentista y el poder tecnofeudal, ese que, a diferencia del auge fascista de los años 20 y 30 del siglo pasado, ocupa espacios de dirección y comparten roles de Gobierno mundial.

No todo está perdido. También está en curso una vigorosa respuesta democrática universal. Aunque las naciones y los bloques de naciones demoran en reordenarse, el capitalismo se escinde y reordena. La reciente reunión de Xi Jinping con los líderes de 40 empresas transnacionales en la que el presidente chino ofreció proteger “la competencia leal en el mercado”, indican que el desmontaje de la estructura de las relaciones internacionales y sus regulaciones tiene detractores en el campo de la economía y el conocimiento.

El marco y alcance del consenso mundial conservador es visible, pero no previsible. Carece de límites porque, precisamente, Occidente normaliza cada incremento de la apuesta radical. Sucedió en los años 20 del siglo pasado con el fascismo. Entonces, al inicio, se creía con equívoco que el consenso liberal era suficiente para frenarlo. Como aquella vez es preciso un consenso mayor que trascienda la defensa de las instituciones. Se precisa de libertad, igualdad, equidad, un Estado de Derecho garantista y una lucha decidida contra la precariedad, el hambre y la amenaza de la guerra. Más que salvar a Occidente, hay que salvar a la humanidad. Hobbes ha muerto. No hay Leviatán, es el momento de Hela y Thanos.

https://larepublica.pe/opinion/2025/03/30/trump-y-la-agonia-de-occidente-por-juan-de-la-puente-1684080

20 de marzo de 2025

Fascismo y “obediencia anticipada”

Cecilia Méndez

“El fascismo es siempre el producto de un liberalismo en quiebra”

                                                            — Chris Hedges

Han sido semanas especialmente pavorosas aquí, en los Estados Unidos.  La destrucción de lo que queda del Estado de bienestar —es decir, de  las agencias estatales dedicadas a proporcionar un servicio público, desde educación hasta salud, pasando por pensiones de jubilación  e investigación científica—   han sufrido purgas, despidos en masa y recortes presupuestales que en apuntar a su desactivación y presumible reemplazo por corporaciones privadas. Ello hará que muchas personas  de escasos recursos o necesidades especiales ya no  perciban su jubilación, no puedan seguir estudiando, o pierdan el acceso a atención médica gratuita o de bajo costo. Su ejecutor  ha sido Elon Musk, el hombre más rico del mundo y brazo de derecho de Trump, otro millonario con déficit de ética, y criminal convicto convertido en presidente por segunda vez.  Este asalto a los bienes públicos esconde un obvio conflicto de interés y revela  el grado de bajeza moral del actual gobierno.

Escribo, entonces, como el escritor  Pankaj Mishra,  “para aliviar mi perplejidad desmoralizante  frente a una gran bancarrota moral y para invitar a los lectores a una búsqueda de clarificaciones”. Parafraseando al filósofo Karl Jaspers — quien se pregunta por responsabilidades diversas en la Segunda Guerra Mundial—  Mishra  siente una  “una  culpa metafísica” y escribe “con la aflicción  de quienes se vuelven impotentemente conscientes de una barbarie inconcebible en su entorno”. Existe, decía  Jaspers — prosigue Mishra— “una solidaridad entre los hombres como seres humanos que nos hace corresponsables los unos a los otros por cada mal e injusticia en el mundo, especialmente por crímenes cometidos en nuestra presencia o con nuestro conocimiento. Si fracaso en el intento de hacer todo lo que puedo para prevenirlos, yo también seré culpable” (The World After Gaza: A History, Nueva York: Penguin Press, 2025, p. 20).

Una bancarrota moral

Y es que la bancarrota moral a la que me refiero va mucho más allá de la demolición del Estado de bienestar fundado por F.D. Roosevelt  en los años 30 del siglo a  manos de  Trump y los multimillonarios  que lo rodean. Y tampoco empezó con Trump.  Este despojo de derechos a los ciudadanos es un proceso que inicia Reagan,  consolida Clinton y Trump acelera llevándolo a su forma más grotesca  en el marco de un asalto totalitario del  poder.

Me refiero  también, y más importante aún, a la perversión moral que supone  financiar y avalar un genocidio —el de los palestinos— con armas, distorsiones verbales y silencios; con apoyo político y blindaje diplomático, como en los innumerables vetos a resoluciones de cese al fuego por parte de EEUU en la ONU;  como cuando Biden suspendió los fondos para la  UNRWA, principal agencia humanitaria en Gaza para los refugiados palestinos, mientras aviones o drones soltaba bombas estadounidenses sobre escuelas, universidades,   almacenes con víveres y medicinas, hospitales con pacientes y doctores adentro, y mataban periodistas y familias enteras.

La abdicación de los  “liberales”

Me refiero a los vítores exaltados que los congresistas estadounidense ofrecieron al  Primer Ministro del Genocidio, Benjamin Netanyahu, invitado de Biden, en el Congreso hace unos meses, y los abrazos fraternos poco después en la Casa Blanca, ya con Trump. Todo ello, pese la orden internacional de captura que pesa sobre dicho Primer Ministro por crímenes de guerra y de lesa humanidad por parte de la Corte Penal Internacional y un juicio por genocidio contra  estado de Israel en la Corte Internacional de Justicia.  El establishment político de EEUU — republicanos y demócratas—  no ha mostrado la más leve intención de querer detener la exterminación de palestinos en curso,  pese a que Israel ha quebrado innumerables veces el último acuerdo de cese al fuego con Hamás  y ha bloqueado desde hace más de dos semanas el acceso a alimentos, víveres, agua, y electricidad.

Personalmente, siento que el establishment mediático supuestamente “liberal” y  del Partido Demócrata tienen la  mayor responsabilidad en la debacle moral que ha terminado conduciendo  al fascismo de Trump,  porque abdicaron de su responsabilidad de ofrecer una alternativa viable a Trump e informar con verdad.  Los congresistas trocaron cualquier principio democrático que podían haber tenido por los    millones del AIPAC   (la organización pro-Israelí de EEUU dedicada a la compra congresistas y políticos, digámoslo claro), que garantizaban la renovación de sus curules o cargos políticos.  Su complicidad con el silencio y distorsiones de los medios con respecto a la real situación de los palestinos y las responsabilidades de Israel (con raras excepciones como la Rashida Tlaib, la única palestina en el Congreso) debe ser sopesada. Los medios supuestamente  “liberales”,  por su parte, en lugar de ponerse firmes frente a Trump, como lo hicieron en su primer gobierno, ahora no solo se muestran complacientes sino que lo vienen  apoyado de maneras más o menos directas.   El New York Times se olvidó de indignarse y de contar escrupulosamente cada mentira de Trump, como lo hizo en su primer gobierno.  Bezos  y Zuckerberg han puesto el Washington Post y Meta, respectivamente, al servicio del dictador.

La traición  de Columbia

Pero es imposible tener una política imperialista y genocida en el frente externo, sin que afecte el frente interno, donde se ha empezado a perseguir severamente la disidencia,  violando el derecho a la libre expresión  y de cátedra con el falso mantra del  “antisemitismo”.  En “obediencia anticipada”,  muchas autoridades universitarias empezaron a ceder, ya desde el gobierno de Biden, reprimiendo brutalmente a sus  alumnos por  protestas pacíficas solidarias con Palestina y contra la política pro Israelí del gobierno de Biden,  realizadas en congruencia con los llamados de la ONU de que los países miembros  no deben colaborar con un Estado que está presumiblemente cometiendo genocidio.

Hace unos días  arrestaron a Mahmoud Khalil, un palestino recién graduado de la Universidad de Columbia y residente permanente  en EEUU, líder de las protestas de solidaridad con Palestina en ese campus.  Khalil  fue secuestrado de noche, por agentes de la ICE no uniformados, sin orden de arresto y frente a su esposa estadounidense, embarazada de 8 meses.  Mientras escribo sigue detenido sin explicaciones y sin que exista ningún cargo en su contra.  En las protestas que ocurrieron unos días después, en Nueva York,  había  muchos judíos en defensa de Khalil, entre ellos varias hijas y nietas de sobrevivientes  del Holocausto. Una de ellas le contó a una periodista cómo a su padre los agentes de la Gestapo lo  habían secuestrado de noche, sin explicaciones igual que a Khalil.

La ICE es la nueva Gestapo y los palestinos son los nuevos judíos. Está demasiado claro como para que alguien pueda darse el lujo de ser neutral.

Fuente: https://larepublica.pe/opinion/2025/03/16/fascismo-y-obediencia-anticipada-por-cecilia-mendez-hnews-464304

12 de marzo de 2025

Un cambio de era y el momento de resistir

Natalia Sobrevilla

Ya queda claro que estamos en un cambio de era. Y tampoco queda duda de que lo que estamos viviendo es un momento histórico diferente, uno en el que los avances de las ideas liberales se han detenido y han comenzado incluso a retroceder. El péndulo se mueve en la dirección contraria a lo que a muchos nos gustaría: las conquistas sociales que parecían afianzadas se revelan construidas sobre arena movediza.

Para quienes tenemos cierta edad y podemos recordar todavía el mundo bipolar de la Guerra Fría —que en algunas partes fue en realidad muy caliente— poseemos la conciencia plena de haber ya vivido un momento en el que cambió el mundo. Me refiero a noviembre de 1989, cuando cayó el muro de Berlín y frente a nuestros ojos se desvaneció una manera de ver el mundo; el comunismo que se desmoronaba.

Nuestros padres habían visto el mundo cambiar antes, un poco al menos, en 1968 con la primavera de Praga, los levantamientos estudiantiles en París y la matanza de Tlatelolco en México, pero mucho más estremecedor fue lo que vivieron nuestros abuelos durante la Segunda Guerra Mundial, que, si bien empezó de golpe y a trompicones con la invasión de Polonia el 1 de septiembre de 1939, ya se venía anunciando con la invasión de las huestes de Hitler a Checoslovaquia en marzo y la anexión de Austria un año antes.

La Guerra Civil española de 1936 a 1939 fue un preámbulo macabro de lo que habría de vivir el resto de Europa, y pronto quienes cruzaban de Portbou en Cataluña a Cerbère en Francia huyendo de Franco vieron cómo el tráfico se volcaba para el otro lado con miles de refugiados de Europa que buscaban llegar a Portugal y escapar con vida de una persecución que llevó al exterminio de millones.

Nuestra generación y la anterior a la nuestra también vio el mundo cambiar cuando esos aviones chocaron con las Torres Gemelas en Nueva York el 11 de septiembre de 2001 y podemos recordar qué estábamos haciendo en ese preciso instante, así como muchos de nuestros padres recuerdan dónde estaban cuando el presidente John F. Kennedy recibió la bala que lo mató. Todos estos puntos de inflexión nos resultan evidentes y nos sirven para marcar el inicio y el fin de los periodos, pero las cosas comienzan mucho antes y terminan mucho después.

Es por ello que en inglés se diferencia entre el fin del comienzo —the end of the beginning— y el comienzo del fin —the beginning of the end—. Esos momentos de inicio y fin de las transiciones son mucho más difíciles de dilucidar porque estamos inmersos en ellos, y muchas veces solo se hacen aparentes bastante después. Es labor de los historiadores encontrar, entonces, cuáles fueron los antecedentes, teniendo en cuenta que a veces no son los mismos que los detonadores de los momentos de cambio.

El tiempo es algo tan ilusorio que, si pensamos en nuestro día a día, todo parece ser más o menos igual. Nos despertamos, comemos, trabajamos, nos reímos, vivimos y dormimos; solo para hacerlo de la misma manera al día siguiente, y la semana siguiente, el año siguiente. El tiempo nos parece circular, con las estaciones que se suceden con su cadencia, las fechas que establecemos como festivas y que buscamos marcar para recordarnos que el tiempo sigue girando, y de pronto, sin darnos cuenta, han pasado cinco años, diez años, media vida y nada parece ser lo mismo.

Con el tiempo histórico sucede algo similar y son estos grandes momentos de cambio los que nos recuerdan que el tiempo no se detiene y que sus arenas siguen pasando de un lado al otro en el reloj; que no todos los momentos son los mismos, que no hay nada más permanente que el cambio, y que nada garantiza que ese cambio vaya a ser para mejor.

Hace cinco años nuestra noción del tiempo se vio suspendida por la pandemia. En marzo de 2020 los relojes parecieron detenerse cuando muchos nos vimos obligados a confinarnos en casa para protegernos del letal virus. Esto significó que los doctores, enfermeros, personal de apoyo, cocineros, empleados de supermercados y todos quienes trabajaban en áreas prioritarias de servicios tuvieran que seguir trabajando, mientras que casi todos los demás nos entregábamos a la virtualidad.

Por un tiempo todo cambió, y en algunas partes eso pasó de un día para el otro. Luego, poco a poco, las cosas fueron volviendo a la normalidad, de manera tan escalonada y tan diversa que a ratos se nos hace difícil recordar si algo pasó antes o después de la pandemia. Si fue en el primer verano, o el segundo. Si fue antes o después de las vacunas. Cuando los eventos no son muy claros, no resulta sencillo saber realmente cuándo ocurrieron las cosas. Pero lo que sí sabemos —y ahora ya tenemos pocas dudas— es que las cosas cambiaron de manera drástica en esos años.

Ahora nos encontramos en otro momento, uno más estridente, donde hay guerras de exterminio que no parecen tener solución. Donde quien dirige los Estados Unidos está convencido de que puede hacer lo que le dé la gana y que tiene el apoyo de la mayoría de personas. Algunos todavía están empeñados en darle el beneficio de la duda, mientras que a otros su retórica y estilo matonesco nos es suficiente para dejar en claro que no queremos que su visión cerrada del mundo se imponga.

Estamos claramente en un momento reaccionario, y lo llamo así, con su nombre decimonónico, porque —con algunas diferencias— eso es lo que vemos: una reacción a las ideas liberales de la igualdad de oportunidades y la noción de justicia que por muchos años prevaleció. Con la caída del mundo bipolar de la Guerra Fría pensamos que la democracia nos había convertido a todos en ciudadanos, cuando en realidad lo que sucedió fue que el capitalismo nos volvió a todos consumidores.

Ha llegado, pues, el momento de resistir esa noción y rescatar la idea del bien común.

https://jugo.pe/un-cambio-de-era-y-el-momento-de-resistir/

23 de febrero de 2025

Las tenebrosas sombras del fascismo se ciernen sobre Alemania y Estados Unidos

Amy Goodman y Denis Moynihan

“Nada es más indigno para un pueblo civilizado que dejarse 'gobernar', sin oponer resistencia, por una camarilla irresponsable de dirigentes guiados por instintos sombríos”. Así comienza el primer comunicado de la Rosa Blanca, un grupo clandestino de resistencia contra el nazismo integrado por jóvenes alemanes de la ciudad de Múnich, entre los que se encontraban los hermanos Hans y Sophie Scholl. Entre 1942 y 1943, el colectivo difundió seis panfletos en los que denunciaban el exterminio masivo de judíos, romaníes y otras comunidades, e instaban a la resistencia. Querían asegurarse de que, al finalizar la guerra, la población alemana no pudiera decir que no sabía nada de las atrocidades cometidas por los nazis. El grupo finalizó su cuarto panfleto con la frase: “No nos quedaremos callados”.

El Partido Nazi fue fundado en 1920, también en la ciudad de Múnich. Hace casi exactamente cien años, el 27 de febrero de 1925, Adolf Hitler pronunció un discurso ante una asamblea de 3.000 personas en una cervecería de Múnich. Recién salido de prisión por su participación en un golpe de Estado fallido, Hitler estaba relanzando el partido y afianzándose como su líder indiscutido.

En la actualidad, 80 años después del final de la Segunda Guerra Mundial, Donald Trump está siendo acusado de echar por tierra el orden internacional que ha prevalecido desde entonces. Esto quedó claro la semana pasada en la Conferencia de Seguridad de Múnich, donde el vicepresidente de Estados Unidos, J.D. Vance, dio un discurso que fue ampliamente considerado como una ominosa arenga contra la sostenida postura de las democracias europeas de mantener relegados a los partidos de extrema derecha en sus respectivos países.

“No se puede obtener un mandato democrático censurando o encarcelando a los oponentes”, sermoneó Vance, pareciendo ignorar que en los mítines de su agrupación política, el Partido Republicano, justamente se corea ‘¡Que lo encierren!’ o ‘¡Que la encierren!’, en referencia a sus oponentes. En su alocución, Vance arremetió también contra minorías raciales y étnicas, una manifestación poco afortunada de hacer en la ciudad donde Hitler inició su carrera política.

“Ningún votante de este continente acudió a las urnas para abrir las compuertas a millones de inmigrantes sin control. […] Cada vez más, en toda Europa, la gente está votando por líderes políticos que prometen poner fin a la inmigración descontrolada”.

Antes de la conferencia, Vance había visitado Dachau, el primer campo de concentración establecido por los nazis en 1933, que inicialmente se usó para encarcelar a los opositores políticos de los nazis y, posteriormente, a ciudadanos judíos y otras minorías perseguidas. El vicepresidente de Estados Unidos también se reunió con Alice Viye-del, la líder del partido ultraderechista Alternativa para Alemania (AfD, por sus siglas en alemán). Se anticipa que esa agrupación política, que en algún momento estuvo relegada a la marginalidad, quedará en segundo lugar en los comicios que se celebrarán el 23 de febrero en Alemania. En enero, Elon Musk —a quien muchos consideran el copresidente de Trump por el poder que tiene para despedir en masa a empleados del Gobierno federal— desató indignación en Alemania al participar de manera virtual en un acto de campaña electoral de la AfD.

Yanis Varoufakis, exministro de Finanzas de Grecia, dijo a Democracy Now!: “Sería un error calificar a Alternativa para Alemania como un partido nazi o neonazi. Sí es apropiado describirlo como un partido conservador, racista y xenófobo que rememora la sombría época del periodo nazi”.

Varoufakis se encontraba en Múnich para participar de las protestas que se estaban llevando a cabo en contra de la Conferencia de Seguridad de Múnich y de la OTAN. Es cofundador del partido político progresista MERA25, que tiene presencia en toda Europa.

Melanie Schweizer, candidata al parlamento alemán por el MERA25, también estuvo presente en las protestas celebradas en Múnich. En conversación con Democracy Now!, expresó:

“La situación actual en Alemania es realmente grave. Hay un ataque flagrante contra la libertad de expresión y el derecho de reunión. Estamos ante un desmantelamiento del Estado de derecho en Alemania, una crisis de la democracia. Estamos realmente preocupados por lo que sucederá en las próximas elecciones […] Estas podrían ser las últimas elecciones antes de [la llegada] del fascismo, porque los partidos de centro, especialmente el Partido Socialdemócrata, el Partido Verde y el partido La Izquierda, han adoptado no solo la retórica sino también las políticas de la extrema derecha”.

Schweizer es una abogada especialista en derechos humanos que ha alzado la voz en defensa del pueblo palestino, lo que le ha valido ataques de los medios de comunicación de derecha en Alemania y ser despedida de su trabajo en el Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales de Alemania.

Mientras tanto, Francesca Albanese, relatora especial de la ONU sobre los derechos humanos en los Territorios Palestinos Ocupados, iba a disertar el pasado domingo en una actividad en la Universidad de Múnich, pero su conferencia fue cancelada debido a su “orientación política”. El grupo de estudiantes que invitó a Albanese calificó la situación como “otro caso más en el que se silencia en Alemania un discurso académico sumamente necesario sobre la grave situación entre Israel y Palestina”.

Los hermanos Hans y Sophie Scholl estaban distribuyendo el sexto panfleto de la Rosa Blanca en esa misma institución educativa, la Universidad de Múnich —donde estudiaban— cuando fueron detenidos y arrestados el 18 de febrero de 1943. Cuatro días después fueron juzgados, condenados y decapitados, junto con otro activista de la Rosa Blanca. Otros miembros del grupo fueron detenidos y ejecutados en los meses siguientes. La mayoría de ellos están enterrados en el cementerio de Perlacher Forst, en Múnich. Hubiera sido más provechoso para J.D. Vance realizar una visita reflexiva allí, en lugar de reunirse con la líder de Alternativa para Alemania.

En este momento, en el que Estados Unidos se está aproximando al autoritarismo, las palabras de Hans y Sophie Scholl y del colectivo Rosa Blanca siguen siendo de vital importancia: no nos quedaremos callados.

Traducción al español de la columna original en inglés. Edición: Democracy Now! en español, spanish@democracynow.org

Amy Goodman. Conductora de Democracy Now!, un noticiero internacional que se emite diariamente en más de 800 emisoras de radio y televisión en inglés y en más de 450 en español. Es co-autora del libro “Los que luchan contra el sistema: Héroes ordinarios en tiempos extraordinarios en Estados Unidos”, editado por Le Monde Diplomatique Cono Sur.
FUENTE:  https://www.democracynow.org/es/2025/2/21/las_tenebrosas_sombras_del_fascismo_se

14 de febrero de 2025

José Carlos Mariátegui y la caracterización del fascismo en nuestra época

Freddy Ordóñez Gómez

José Carlos Mariátegui, “el primer marxista de América”1, dedicó parte de su prolífica obra al estudio del fascismo en Italia tras la Primera Guerra Mundial. Nació en Moquegua, Perú el 14 de junio del año 1894 y murió en Lima, el 16 de abril de 1930. En 1920 llega a Italia, en lo que fue una deportación eufemística del gobierno peruano por su militancia política, en donde estaría radicado hasta 1922, teniendo la posibilidad de interlocutar con personalidades socialistas, participar de eventos de la clase obrera, como el congreso fundacional del Partido Comunista de Italia, y observar el desarrollo del fascismo en ese país. Sería en su estancia en Italia donde Mariátegui se haría marxista.

Este 2025 se cumplen 95 años de su fallecimiento, y su pensamiento, definido por Martín Bergel como socialismo cosmopolita2 y descrito por Miguel Mazzeo como un ensamblaje de los elementos del socialismo práctico3, sigue actual y relevante en esta época4. Su legado resulta clave para abordar los desafíos, tanto nuevos como persistentes, que en los escenarios locales como globales, enfrenta la izquierda en su heterogeneidad. Como afirman Jaime Ortega y Carlos Segura, es necesario “repensar nuestros actuales debates políticos a la luz de las discusiones todavía abiertas que evocan al pasado no como arqueología, sino como una tradición actuante”5. Uno de esos desafíos fundamentales que podemos repensar desde Mariátegui es el resurgimiento del fascismo y los debates que este suscita actualmente.

Este texto presenta una síntesis de los planteamientos mariateguianos sobre el fascismo, abordando los principales elementos expuestos por el autor en los artículos que de manera central tratan el fascismo italiano, los cuales principalmente se encuentran incluidos en su libro La escena contemporánea (publicado en 1925), en el que se reúnen cinco escritos del Amauta, como parte de su interpretación de la época6. También fueron consultados algunos trabajos compilados en Cartas de Italia7, libro que forma parte de sus obras completas.

El fascismo se autoidentificó, señala Mariátegui, inicialmente como un movimiento, congregó una diversidad de categorías sociales y su dirigencia provenía de un amplio espectro político (disidentes del socialismo, excombatientes, literatos futuristas, exanarquistas, sindicalistas, republicanos, fiumanistas, monarquistas ortodoxos, etc), lo que evidenciaba, un confusionismo ideológico que se cubrió bajo la bandera de la patria, monopolizando el patriotismo en el escenario posguerra, encontrando cabida el discurso nacionalista principalmente en la clase media. Fue la burguesía, afirma el Amauta, la que “armó, abasteció y estimuló solícitamente al fascismo” y añade, “lo empujó a la persecución truculenta del socialismo, a la destrucción de los sindicatos y cooperativas revolucionarias, al quebramiento de huelgas e insurrecciones”, al uso del “revolver, el bastón y el aceite castor” contra el proletariado socialista, el fascismo fue, en síntesis, “una ofensiva de las clases burguesas contra la ascensión de las clases proletarias”. Así, llegó a ser una milicia civil antirevolucionaria más efectiva contra los revolucionarios que el Estado, aparato que inicialmente vio en este un aliado, en tanto movimiento de la clase que quiere conservarlo, logrando la reacción fascista alcanzar el poder con Mussolini para configurar un Estado recaudador y gendarme.

Para el duce, indica Mariátegui, el fascismo no es un concepto, sino una emoción, de allí que sus discursos no fueran elaboraciones teóricas sino pasionales, y se tuviera un fenómeno político sin programa, solo con un plan de acción. Él no fue un socialista a pesar de haber militado en el socialismo, era un extremista, que se ruboriza de su pasado, que optó por el “conservatismo más extremo” no desde un ejercicio intelectual, sino desde la irracionalidad, apelando a los sentimientos y emociones, en tanto “no ha sido nunca cerebral”. En este orden,

Mussolini no es el creador o artífice conceptual e ideológico del fascismo, sino el animador, el líder, el duce máximo, que atrajo a sus fasci di combattimento, a una clase media exaltada por los mitos patrióticos (principalmente los del escritor, poeta y dramaturgo Gabriele D’Annunzio) y hostil a la clase proletaria, a la revolución y al socialismo.

A la par de lo expuesto, los orígenes del fascismo, Mariátegui, los ubica en la guerra contra Austria: “el fascismo fue una emanación de la guerra”, y refiere además a cómo la toma de Fiume en 1919, liderada por D’Annunzio, fue la hermana gemela de los fasci, sucumbiendo el fiumanismo ante el fascismo, que adoptó su lugar en la lucha de clases, contra los obreros. Así, el fascismo enroló y concentró a todos los elementos reaccionarios y conservadores, tomando de D’Annunzio el gesto, la pose y el acento, para no mostrarse brutal y carente de principios, existiendo entonces un idilio entre intelectualidad y violencia, que terminó porque el fascismo necesita de la cachiporra y puede prescindir del arte y la literatura. Esto no se dio como consecuencia de la renuncia al fascismo de la artecracia, fue la burguesía la que cambió de actitud ante el régimen, de allí que el Amauta señale que “La inteligencia es esencialmente oportunista: El rol de los intelectuales en la historia resulta, en realidad, muy modesto. Ni el arte ni la literatura, a pesar de su megalomanía, dirigen la política; dependen de ella, como otras tantas actividades menos exquisitas y menos ilustres. Los intelectuales forman la clientela del orden, de la tradición, del poder, de la fuerza, etc, y, en caso necesario, de la cachiporra y del aceite de ricino. Algunos espíritus superiores, algunas mentalidades creadoras escapan a esta regla; pero son espíritus y mentalidades de excepción”.

Por su parte, únicamente hasta después de la marcha sobre Roma y el inicio de la dictadura el fascismo se propuso una construcción de su ideario y la teoría, oscilando entre una visión extremista y una revisionista, imponiéndose la primera a la segunda, saliendo del partido las tendencias liberales y democráticas que, por miedo a la revolución socialista, se habían sumado y los sostuvieron, dejando al fascismo nuevamente en una táctica de guerra, odiando ferozmente a la democracia y al socialismo, sin diferenciarlos. De esta forma, el fascismo se sostiene en la guerra, es allí donde puede vencer, en la paz no tiene capacidad de actuación, en tanto su configuración es más de ejército que de partido: “Es un ejército contrarrevolucionario, movilizado contra la re­volución proletaria, en un instante de fiebre y de belicosidad, por los diversos grupos y clases conservadores”, afirma Mariátegui, y lo que le espera al fascismo en la paz es la debacle, la disolución, la liquidación.

En el fascismo se encuentran una amalgama no homogénea de tendencias extremistas, reaccionarias y conservadoras, que invitan a liquidar el régimen parlamentario, deliran con el imperialismo, promueven el Estado fascista, junto a quienes paralelamente lo encarrilan en la legalidad burocrática, y promueven un nacionalismo de derecha liberal, estos últimos no son la mayor representación del fascismo, sino los reaccionarios. La burguesía que, expone Mariátegui, saluda al fascismo como un salvador y bate palmas “mientras la reacción se limita a decretar el ostracismo de la Libertad y a reprimir la Revolución”; cuando la reacción empezó a atacar los fundamentos de su poder y de su riqueza, sintió “la necesidad urgente de licenciar a sus bizarros defensores”. De esta forma, el liberalismo que se inclinó ante éste se le separa, pero ese aislamiento no lo debilitó, sino lo hace más beligerante, combativo e intransigente, queriendo configurar el Estado fascista, concentrado en una élite política y económica, pensado como un aparato sin políticas sociales y redistributivas, con mínimas funciones, principalmente políticas y jurídicas, al igual que ciertas actividades asociadas a la industria, y claro las militares y represivas; y también hacer del fascismo una religión. Eso hace que la democracia liberal, que ya no representa un mito, sea incapaz de hacer frente al misticismo reaccionario de los fascistas, lo que solo pueden lograr los comunistas, que sí tienen y configuran un mito, la revolución.

Mariátegui nos presenta en su obra estos elementos para caracterizar nuestra época, en la que el patriotismo, el conservadurismo y la violencia acceden bajo configuraciones políticas, culturales y sociales fascistas al aparato estatal en diferentes países, con peligrosos alcances regionales y globales; y en la que el fascismo social y civilizatorio vuelve a constituirse en régimen político, exigiendo a las izquierdas, nuevamente, hacer frente a la reacción.

Notas:

1 MELIS, Antonio (1980). Mariátegui, el primer marxista de América. En: J. Aricó (comp.). Cuadernos de Pasado y Presente, 60. Mariátegui y los orígenes del marxismo latinoamericano. México: Siglo XXI, pp. 201-225.

2 BERGEL, Martín (2021). José Carlos Mariátegui: un socialismo cosmopolita. En: J. Mariátegui. Antología. Buenos Aires: Siglo XXI, pp. 11-37.

3 MAZZEO, Miguel (2017). José Carlos Mariátegui y el socialismo de Nuestra América. Santiago: Quimantú; Tiempo robado.

4 Respecto a la vigencia del pensamiento de Mariátegui, se pueden consultar, entre otros: MAZZEO, Op. Cit., pp. 23-39; ALIMONDA, Héctor (2010). Presentación. La tarea americana de José Carlos Mariátegui. En: J. Mariátegui. La tarea americana. Buenos Aires: Clacso; Prometeo, pp. 11-28.

5 ORTEGA, Jaime; & SEGURA, Carlos (2024). Presentación a “Mariátegui y la revolución latinoamericana”. El ejercicio de pensar, 55, p. 6.

6 Estos conforman el primer apartado del libro, que se titula Biología del fascismo, e incluye los artículos: Mussolini y el fascismo; D’Annunzio y el fascismo; La inteligencia y el aceite de ricino; La teoría fascista; y Los nuevos aspectos de la batalla fascista. La edición revisada (Caracas: El perro y la rana, 2010), adiciona el artículo El fascismo y el monarquismo en Alemania, y presenta un capítulo complementario titulado El fascismo en Italia, ambos han sido igualmente revisados para este texto.

7 Obra publicada en 1969 por la editorial Amauta, de la que se consultaron los artículos: Las fuerzas socialistas italianas; Escenas de guerra civil; Algo sobre fascismo, ¿Qué es, qué quiere, qué se propone?; y La paz interna y el “fascismo”.

Freddy Ordóñez Gómez. Instituto Latinoamericano para una Sociedad y un Derecho Alternativos, ILSA

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