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30 de septiembre de 2025

La batalla cultural en apuros

Juan De la Puente

Cuando se inició en diciembre de 2023, la presidencia de Milei era prometedora e idealmente disonante para los oídos radicales, habida cuenta de que le precedían varios años de fracaso peronista y la experiencia neoliberal de Macri, igualmente desastrosa.

La presencia de los grupos ultraconservadores en A. Latina tiene diversa intensidad. En algunos países, como Brasil, Colombia y Argentina, llegaron al gobierno (Bolsonaro, Duque y Milei, respectivamente), en tanto que en otros, como en Chile y Perú, y nuevamente en Colombia, se encuentran en posición de ganar los próximos comicios. Ecuador y El Salvador son casos singulares de gobiernos autoritarios que no se integran a la corriente regional de lo que se autodenomina la batalla cultural.

Sobre el gobierno de Bolsonaro existe consenso sobre su trágico legado pleno de violencia, deforestación, empleo precario, pobreza e informalidad; de su manejo errático de la economía y su política internacional, que debilitó severamente la influencia de Brasil en la región y en el mundo. Su performance golpista y su condena por ello son el cierre en falso de la primera experiencia de gobierno de la derecha extremista en A. Latina.

Cuando se inició en diciembre de 2023, la presidencia de Milei era prometedora e idealmente disonante para los oídos radicales, habida cuenta de que le precedían varios años de fracaso peronista y la experiencia neoliberal de Macri, igualmente desastrosa. La Argentina que votó por Milei, harta de la corrupción, la inflación y la pobreza, sintonizó con su discurso contra la “casta”, su odio al Estado y su grito de batalla desde la economía libertaria. Era la apuesta más ultraconservadora de las últimas décadas en la región.

Ya no lo es. En las últimas semanas, Argentina experimenta la desilusión del mileísmo. Del éxito inicial en la rebaja de la inflación se ha pasado al descontrol de la economía, con el dólar al alza y la destrucción del empleo. Los primeros quiebres de sus promesas —como romper con China— empalidecen frente a otros, como endeudarse con el FMI por 20 mil millones de dólares, el poder global al cual Milei dijo en campaña que jamás acudiría. Ahora Argentina es el país de A. Latina que más le debe al FMI: 64 mil millones de dólares.

Fue más allá. Su lema de campaña fue “antes de subir un impuesto, me corto un brazo”, pero su política tributaria es otra: bajar los impuestos a los ricos y subirlos a los pobres. A los primeros les obsequió la rebaja general de las retenciones (pagos aduaneros) en beneficio del sector cerealero, lácteo y minero, y el alivio del pago de impuestos a las grandes inmobiliarias, pero restituyó el pago del IVA (IGV) a los productos de la canasta básica, aumentó 15 veces el precio del combustible y repuso el impuesto a las utilidades de más de un millón de trabajadores.

Milei demuestra que el extremismo no puede tener una política económica coherente, el equivalente de la esterilidad que en el mismo terreno muestra la economía venezolana, y acaso la boliviana de los últimos años. Faltando dos años para el término de su mandato, exhibe resultados dramáticos. Durante su gobierno, hasta mayo de 2025 se cerraron casi 16 mil pymes y se perdieron en ese sector 224 mil empleos registrados. La caída de los sectores industrial, textil y calzado exhibe cifras que van desde el 20% al 50%.

Impresiona el sentido errático del manejo económico, considerando que Milei se vendió como un economista erudito que calificaba de descerebrados a los que le llevaban la contra. Debe saberse que el Banco Central de Reserva argentino no es autónomo y la idea de no acumular reservas fue llevada al plano de política pública, de modo que el BCR decidió no acumular reservas en el segundo trimestre de este año, impulsando en parte la corrida cambiaria que sufre la economía argentina actualmente.

En lo político, no pudo formar una mayoría gobernante. Sin diálogo y sin cooperación, perdió el apoyo de los gobernadores provinciales, a los que insulta en público, y a una parte decisiva de sus aliados en el Congreso. Se distanció de su vicepresidenta y del expresidente Mauricio Macri, y agrede reiteradamente a la prensa y a la sociedad civil. Su gobierno es un ejemplo de improvisación gigantesca: cogobierna con su hermana, a quien dice reportar y a la que llama “jefe”; tiene asesores que no están en la planilla del Estado; habla poco con sus ministros y, cuando se produce una crisis, enmudece varios días y explota en episodios delirantes. Ese comportamiento es increíble, y más aún que, a pesar de las señales previas a su elección, apostaran por él la prensa conservadora y los grupos económicos más poderosos.

Los recientes escándalos de corrupción tocan directamente a Milei y a su hermana copresidenta. Los datos fluyen: los hombres de la casta se reciclaron en su gobierno, así como los lobbistas siguen arrancando decisiones mercantilistas, en tanto la corrupción privada se entiende con los funcionarios como en las épocas peronista y macrista.

Este no es un ramillete de anécdotas presidenciales. Interpretándose en clave de corto y largo plazo, nos avisan del fracaso del discurso que se asume extremadamente confrontativo y que afirma que la arena pública —actores y auditorio— protagonizan en pleno siglo XXI una batalla cultural que, al llegar al poder, debe erradicar a sus enemigos, suprimir derechos y libertades y edificar un futuro muy propio, que no sea compartido.

La batalla cultural es un discurso, pero no un proyecto. No es capaz de reflejarse con éxito en el gobierno, de lo que ya nos hablaban los fracasos de Duque y Bolsonaro, solo que el de Milei es más resonante por la radicalidad de sus propuestas. Intentar aniquilar a las universidades públicas, recortar las pensiones y suprimir los derechos de las personas con discapacidad son prácticas que, desde antes de que ganara las elecciones, estaban vetadas por el sentido común, pero él las implementó.

Y fue más allá. Recortó programas para jóvenes (-39,8%) y adultos mayores (-9,3%) y las becas Progresar (-63,3%). Se ensañó contra las políticas de género: eliminó el Ministerio de la Mujer, redujo el presupuesto para salud sexual y violencia de género, bajó a mínimos los programas Acompañar y ENIA, y pretende suprimir la figura del feminicidio.

La situación argentina es un aviso para las próximas elecciones en A. Latina. Revela la distancia entre los discursos radicales contra la democracia y los derechos, y la práctica cotidiana de gobernar, especialmente en sociedades en crisis políticas, económicas o en ambas esferas. Los hombres providenciales sin partido, sin historia, sin experiencia y sin equipo, financiados con nocturnidad y portadores de un furioso futuro que amenaza con pulverizar las formas, presentan límites inherentes. El fracaso empieza con ellos.

A. Latina ingresa a un superciclo electoral de corto plazo. En siete países (la segunda vuelta en Bolivia, Honduras, Chile, Costa Rica, Perú, Colombia, Brasil) se llevarán a cabo elecciones marcadas por novedosos fenómenos. Al mismo tiempo que se deterioran los partidos tradicionales, surgen liderazgos populistas, la mayoría ultraconservadores, portadores de la batalla cultural en escenarios cruzados donde se aprecia que polarización y fragmentación son un todo desafiante.

La tendencia es a que las elecciones sean penetradas por campañas que cruzan las líneas rojas de una deliberación democrática con la promesa de elegir un gobierno sin límites y capaz de combatir la inseguridad y corregir los problemas políticos y económicos. Donde es posible desarrollar debates y diálogo —como en Chile— se aprecia rápidamente la falta de profundidad, calidad, información y coherencia de quienes apuestan por un futuro no compartido. En cambio, en países donde el debate político transcurre con extrema violencia verbal, como en el Perú, o violencia física, como en Colombia, es imposible separar la verdad de la mentira y es más fácil que se filtren discursos que anuncian resonantes fracasos. Elecciones sin diálogo y sin deliberación no son una práctica democrática y no conducen a una nueva política.

Fuente: https://larepublica.pe/opinion/2025/09/28/la-batalla-cultural-en-apuros-por-juan-de-la-puente-hnews-1000748

18 de agosto de 2025

¿Por qué el progresismo y la izquierda pierden elecciones?

Álvaro García Linera

Las izquierdas y progresismos en gobierno no pierden elecciones por los trolls de las redes sociales. Tampoco porque las derechas son más violentas ni mucho menos porque el pueblo que fue beneficiado por políticas sociales es ingrato.

Las batallas políticas en las redes no crean de la nada ambientes político-culturales expansivos en las clases populares mayoritarias. Los radicalizan y los conducen por caminos histéricos. Pero su influencia requiere previamente la existencia social de un malestar generalizado, de una disponibilidad colectiva al desapego y rechazo a posiciones progresistas.

Igualmente, las extremas derechas, autoritarias, fascistoides y racistas, siempre han existido. Vegetan en espacios marginales de enfurecida militancia enclaustrada. Pero su prédica se expande, a raíz del deterioro de las condiciones de vida de la población trabajadora, de la frustración colectiva que dejan progresismos timoratos, o a la pérdida de estatus de sectores medios. Y en cuanto a los que argumentan que la derrota se debe al “desagradecimiento” de aquellos sectores anteriormente beneficiados, olvidan que los derechos sociales nunca fueron una obra de beneficencia gubernamental. Fueron conquistas sociales ganadas en las calles y el voto.

Por todo ello, sin excusa alguna, un gobierno progresista o de izquierdas pierde en las elecciones por sus errores políticos.

Y estos errores pueden ser múltiples. Pero hay una falla que unifica a los demás. El error en la gestión económica al tomar decisiones que golpean los bolsillos de la gran mayoría de sus seguidores. En Brasil, el golpe de estado parlamentario de 2016 contra Dilma Rousseff, impulsado por las fracciones más antidemocráticas del espectro brasilero, se montó sobre el malestar económico que ya se arrastraba varios años y que tuvieron en el ajuste fiscal del 2015 una nueva vuelta de tuerca a la contracción de los ingresos populares.

En Argentina, el peronismo perdió las elecciones del 2023 por el aumento de la inflación durante la gestión de Alberto Fernández. Si bien la tendencia inflacionaria es una constante de la economía argentina desde hace décadas, hay una frontera histórica que tras ser sobrepasada da lugar a una licuefacción de lealtades políticas populares que los lanza a aferrarse a cualquier propuesta, por muy aterradora que sea, que resuelva esta asfixiante volatilidad del dinero. La anomalía política Milei es la manera retorcida de canalizar la frustración hacia el odio y la sanción.

En Bolivia, el instrumento político de los sindicatos y organizaciones comunales campesinas (MAS) ha de perder las elecciones por la desastrosa gestión económica de Luis Arce. Con una inflación de alimentos básicos que bordea el 100%, la falta de combustible que obliga a realizar filas de días para obtenerla y un dólar real que ha duplicado su precio frente a la moneda boliviana, no es extraño que el proceso de transformación democrática más profundo del continente pierda dos tercios de su votación popular a manos de vetustos vendepatrias que ofrecen botar a patadas a los indígenas del poder, regalar empresas públicas a extranjeros y enquistar, con la biblia en la mano, a las cipayas oligarquías de la tierra en la dirección del Estado. Si a todo ello sumamos el resentimiento de clases medias tradicionales desplazadas de sus privilegios por el ascenso social y empoderamiento político de las mayorías indígenas, está clara la arenga abiertamente revanchista y racializada que envuelve los discursos de las derechas bolivianas.

En todos los casos, también hay otros componentes políticos que apuntalan estos errores centrales que conducen a la derrota. En el caso de Brasil las denuncias de corrupción, luego políticamente manipuladas. En Argentina el hartazgo con el extendido encierro ante el coronavirus que destruyó parte del tejido económico popular, etc. En Bolivia, la guerra política interna. Por un lado, un mediocre economista que está por casualidad como presidente y que creyó que podía desplazar al líder carismático indígena (Evo) proscribiéndolo electoralmente. Por otro, el líder que, en su ocaso, ya no puede ganar elecciones, pero sin cuyo apoyo tampoco se gana, vengándose ayudando a destruir la economía sin comprender que en esta hecatombe también se está demoliendo su propia obra. El resultado final de este miserable fratricidio es la derrota temporal de un proyecto histórico y, como siempre, el sufrimiento de los humildes que nunca fueron tomados en cuenta por los dos hermanos embriagados de estrategias personales.

En suma, las derrotas políticas conducen a derrotas electorales.

Ahora, la pregunta que uno se hace es, cómo es que gobiernos progresistas y de izquierda pudieron fallar económicamente cuando, en sus inicios, esa fue la fuerza de legitimidad que les permitió ganar una y otra vez las elecciones. En el caso de Bolivia con el 55%, 64%, 61% y 47% en primeras vueltas. Ciertamente el progresismo latinoamericano del siglo XXI emergió de un fracaso de las gestiones neoliberales imperantes desde los años 80s. La mayoría implementó políticas redistributivas de riqueza, y ampliación de derechos. Los resultados fueron inmediatos. Más de 70 millones de latinoamericanos salieron de la pobreza en una década, las instituciones reservadas para rancias aristocracias se democratizaron y, en el caso de Bolivia, hubo una recomposición de las clases sociales en el Estado al convertir a los indígenas-campesinos en clases con poder estatal directo.

Ahí radicó la gran fuerza y legitimidad histórica del progresismo. Pero también el inicio de sus límites; pues completada esa obra redistributiva inicial, ella comenzó a mostrarse insuficiente a la hora de garantizar la continuidad en el tiempo de los derechos alcanzados. Se trata de un límite por cumplimiento de metas que obligaba a comprender que los países habían cambiado precisamente por obra del progresismo y que, por tanto, había que proponer a esta nueva sociedad en frente, unas reformas económicas de segunda generación capaces de consolidar lo logrado y de dar nuevos saltos de igualdad. Y es que el progresismo y las izquierdas están condenadas a avanzar si quieren permanecer. Quedarse quietos es perder. La nueva generación de reformas pasa necesariamente por construir una base productiva expansiva, de pequeña, mediana y gran escala, tanto en la industria como en la agricultura y los servicios; del sector privado, campesino, popular como estatal; para el mercado interno como para la exportación, que garantice un amplio soporte industrioso y duradero a la redistribución de la riqueza.

Pero, hasta hoy, los progresismos en los gobiernos, especialmente los que ya están en segunda o tercera gestión, o los que quieren volver a gobernar, están anclados en los logros pasados, en su defensa melancólica y, a diferencia de cuando comenzaron con su primera gestión, por ahora carecen de una nueva propuesta de transformación capaz de volver a levantar las esperanzas colectivas en torno a un mundo que conquistar. Que las derechas se hayan apropiado del paradigma del ímpetu por el cambio, no es una casualidad. Es un resultado del conservadurismo del actual progresismo. Y de sus derrotas electorales también.

Sin embargo, el espíritu del tiempo histórico aún no se ha decantado. Ni el continente ni el mundo que andan de tumbo en tumbo entre neoliberalismos recargados, proteccionismos soberanistas o capitalismos de Estado productivistas ha definido aún la nueva fase larga de acumulación económica y legitimación política. Por un tiempo más, seguimos en el portal liminal en el que las derrotas y las victorias son cortas. Pero ello no durará para siempre. Si el progresismo quiere seguir siendo protagonista de esta disputa del destino, está obligado a abalanzarse sobre un porvenir reinventado audazmente con más igualdad y democracia económica.  

Fuente: https://www.pagina12.com.ar/850114-por-que-el-progresismo-y-la-izquierda-pierden-elecciones

15 de abril de 2025

Los medios contra la democracia

Atilio Borón

Mi reflexión sobre un tema cada vez más decisivo: el papel de los medios en la destrucción de la democracia

Desde los tiempos en que se discutía la “transición democrática” en una Latinoamérica liberada ya de las dictaduras militares que asolaron la región -es decir, en la década de los ochenta-, siempre hubo quienes sosteníamos que sin una auténtica democracia en el sistema de medios de comunicación de masas (recordar que aún estábamos a dos décadas de la aparición de las “redes sociales”) la democracia como sistema político estaría seriamente menoscabada. En otras palabras, si en el universo de los medios predomina una oligarquía: es decir, la “antidemocracia”, en el terreno de la gran política no podrá haber sino una “democracia de baja intensidad” o, en el peor de los casos, una “democradura.”

Y esto es lo que hoy tenemos en la Argentina: medios al servicio del bloque en el poder y sus esperpénticos representantes en el aparato estatal, que no sólo llegaron al Gobierno para destruir desde dentro al Estado -según la estúpida confesión del presidente, propia de un ignorante- sino que en el ejercicio de su gestión practican un constante atropello a la institucionalidad republicana, la división de poderes y al imperio de la Constitución y las leyes. En su desenfreno han convertido al Congreso y los poderes provinciales en un hediondo mercado de compraventa de votos y favores, todo realizado con el mayor descaro y sin que los severos custodios de la democracia y la República, tan activos en épocas del kirchnerismo, emitan sonido alguno. Al contrario, se hacen los distraídos y los medios y sus publicistas repiten las mentiras del Gobierno con total impunidad. Por ejemplo, hablando maravillas del “equilibrio fiscal” logrado por el Gobierno nacional y haciendo caso omiso de que esa ficción se logró gracias al despotismo de un Gobierno que deshonró sus compromisos, incumple con pagos y transferencias acordadas, se maneja con un presupuesto absolutamente anacrónico pues fue elaborado en el 2023, paraliza obras públicas imprescindibles para el bienestar y la seguridad de los habitantes, se niega a ajustar los haberes jubilatorios, se solaza en anunciar despidos en el sector público y privado y, fiel a su servilismo colonial, pone bandera de remate en todo el país al paso que alimenta sin pausa las fenomenales ganancias que la “bicicleta financiera” genera para los especuladores, re-editando una política que en el pasado condujo a este país a unas crisis de fenomenales dimensiones. Para los medios hegemónicos, representantes de la minoría que se enriquece con las políticas de Milei, está todo bien; solo les molesta, un poquitín, los malos modales y las groserías del Presidente. Pero en lo que hace a sus políticas de fondo: expropiar a los pobres y “agrandar el bolsillo de los ricos”, como dijo el Presidente, el acuerdo y el respaldo al régimen mileísta es total.

Medios que no solo mienten; también ocultan, o minimizan noticias que deberían recibir mucha más atención. Por ejemplo, el tremendo fiasco de esta décima -sí, tal cual se lee, décima- visita del presidente Milei a Estados Unidos, en su desesperada búsqueda de la foto con Donald Trump, fue ninguneada por Clarín, que no la puso en portada y se limitó a asignarle poco más de media plana, en la página 10, a la noticia. La Nación le dedicó un minúsculo espacio en el ángulo inferior derecho de su portada, remitiendo al lector a una pequeña nota en la página 17. Infobae, el periódico online, simplemente ignoró la noticia.  Página/12, en cambio, la puso en su tapa y le dedicó una nota editorial a cargo de Luis Bruschtein y un breve informe en la página 4 con el sugestivo título “Volver de Miami sin foto ni reunión.”

Este es tan solo un ejemplo de una obra que podría titularse “Los medios hegemónicos contra la democracia” porque mienten, ocultan y difaman no solo en la Argentina sino en casi todo el mundo. Se han convertido en poderes inmensos, fortalecidos con sus ejércitos de trolls y bots, y han perfeccionado las (malas) artes que les permiten, vía los algoritmos, manipular las conciencias y los corazones de la población. Compilar las mentiras que han dicho los medios en la Argentina sería una tarea de años, y sus resultados ocuparían tantos volúmenes como la Enciclopedia Británica.

Harold Pinter, dramaturgo, poeta, actor y activista político inglés, ganador del Premio Nobel de Literatura en 2005, dijo poco después de ser laureado que “la política exterior de Estados Unidos se define mejor de la siguiente manera: bésame el trasero o te patearé la cabeza.” Ya sabemos cuál es la opción preferida por los Milei, Noboa, Boluarte y otros políticos de su misma ralea. Y logra imponerse -sigue Pinter- porque el imperio “posee estructuras de desinformación, uso de la retórica, distorsión del lenguaje, que son muy persuasivas, pero en realidad son una sarta de mentiras. Es una propaganda muy exitosa. Tienen el dinero, tienen la tecnología, tienen todos los medios para salirse con la suya, y lo hacen”.

Los tentáculos de esas estructuras de desinformación cubren todo el planeta. Por eso, una de las tareas más urgentes, en Latinoamérica y el Caribe tanto como en Estados Unidos y en Europa, es aprobar una legislación que ponga fin a las oligarquías mediáticas, incompatibles con la promesa esencial de la democracia que no es otra que la de crear sociedades más justas y garantizar una vida plena, en lo espiritual y en lo material, para toda la población.

Fuente: https://atilioboron.com.ar/los-medios-contra-la-democracia/

Se publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

4 de marzo de 2025

Que no exista el Estado

Natalia Sobrevilla

La semana pasada conocí a alguien que me dijo que no creía que debía existir el Estado. Sorprendida, le pregunté qué era lo que tanto le molestaba de ese acuerdo en el que se basa vivir en comunidad con una serie de reglas pactadas entre todos, qué partes eran las que le parecían superfluas o innecesarias: si acaso no le gustaban las pistas y veredas, las leyes que hacen que las personas cumplan ciertas normas de convivencia; o si tal vez le parecía inútil que existieran la salud y la educación públicas, la policía, las leyes, los juzgados. De verdad que me pareció insólito que alguien pensara que podíamos vivir alegremente sin Estado, sin una base de acuerdo común mínimo.

Mi interlocutor me respondió que sí, que todas esas cosas le parecían necesarias. Le pregunté entonces, tal vez con exceso de vehemencia, si lo que quería era volver a un mundo anterior al Leviathan, ese acuerdo de mancomunidad entre las personas que Thomas Hobbes definió en su tratado del siglo XVI. Un tiempo donde, según el filósofo inglés, “la vida era solitaria, pobre, miserable, brutal y corta”. Formado en el contexto de guerras civiles y religiosas, Hobbes estaba convencido de que sin leyes, los humanos —que según él somos por naturaleza egoístas y malvados— nos dedicaríamos a robar y matar para sobrevivir. Su teoría contractual del Estado sigue siendo influyente, a pesar de todo lo que ha pasado desde entonces.

Hoy, pareciera que muchos quieren creer que no necesitamos del Estado. La famosa motosierra que Javier Milei ha puesto de moda con la idea de que hay que destruir el Estado ha viajado hasta el norte, donde Elon Musk, el principal asesor de Donald Trump, ha decidido mostrarse con una en mano diciendo que hay que arrasar con todo el constructo woke que, según él,predomina. Pero ¿es realmente que estos hombres no creen en el Estado como tal, o más bien es que no creen en las regulaciones que les impiden hacer lo que les da la gana desde el poder? Me inclino a pensar en lo segundo. Muchas de estas ideas en contra del Estado no son más que una reacción a las leyes que buscan contener su ambición desmedida.

En la última semana el presidente de Argentina se estrelló con la realidad de los mercados cuando la criptomoneda que promocionó desde su cuenta personal de X sirvió como base para estafar a miles de sus compatriotas con una pirámide donde los que estaban al tanto de lo sucedido sacaron millones de dólares de ganancias, mientras que los que se encontraban en la base perdieron todo. ¿No sería mejor que existieran medidas que limiten ese tipo de manejo, o que castigaran con el peso de la ley a quienes se aprovecharon del sistema? ¿Es la mejor respuesta a este tipo de abuso dejar de tener un Estado que vigile y ponga orden?

Lo que nos demuestran acciones como estas es que la idea no es simplemente dejar de tener Estado, sino que quienes están en el poder estén menos controlados. No es casualidad que las agencias y los organismos del Estado estadounidense que le pusieron freno a Musk en varias de sus alocadas aventuras hayan sido las primeras entidades que estén siendo desmanteladas. Una vez más, ¿se trata realmente de una aversión al Estado, o es más bien un deseo muy claro y evidente de querer ser capaces de hacer lo que quieren cuando quieren?

En el Perú llevamos años de deterioro y desmantelamiento del Estado. Quizás en eso hemos sido pioneros, aunque sin tanta fanfarria. La tragedia de esta semana en Trujillo es la muestra más clara de que ir quitándole dientes a la regulación ha permitido que los lugares de esparcimiento, como el centro comercial donde cayó un techo sobre los comensales, se conviertan en una trampa mortal. Hoy, en los análisis de lo sucedido, es evidente que la erosión de los poderes de fiscalización, en aras de defender a los inversionistas privados, ha llevado a que algunas personas hayan tenido que pagar con su vida. Y hoy resplandecen con un halo de vergüenza las leyes que ciertos congresistas impulsaron, así como las declaraciones de políticos y empresarios que repetían una vez más que el Estado es siempre incapaz, mientras que la empresa privada siempre es virtuosa. Ellos también tienen responsabilidad en esta tragedia.

No estoy tan segura de que lo que me quería decir la persona que conocí la semana pasada era que no creía en el Estado. Me parece, más bien, que pedía un Estado eficiente: que funcionara, que no fuera demasiado grande y que no se convirtiera en un monstruo que impidiera que los individuos puedan vivir de la mejor manera posible. Creo que, en el fondo, esa persona y yo no estamos tan alejadas en nuestras creencias, ya que yo tampoco pienso que debemos vivir bajo la tutela de un Estado aplastante que lo controle todo. Al contrario, estoy convencida que eso también ya lo hemos vivido y que los resultados han sido nefastos. Un ejemplo de cuan terrible puede ser el Estado cuando deja de tener límites y se adueña de todo se puede apreciar en la delicada y sutil película que se acaba de estrenar en cines, Aún estoy aquí, del brasileño Walter Salles. La cinta nos recuerda cómo los militares del país vecino dejaron de creer en el estado de derecho y atentaron contra sus mismos ciudadanos, sin que estos pudieran apelar a las leyes. Esto, que tan penosamente vivimos en casi todo el continente en el último cuarto del siglo XX, es un claro ejemplo de que el Estado no es siempre virtuoso y no en todos los casos nos protege.

En los tiempos que corren, cuando observamos atónitos al mundo cambiar a una velocidad vertiginosa, no debemos dejar de reclamar en favor del Estado. Pero no de cualquier Estado, sino de uno que nos defienda y proteja, uno que se encargue de que la vida en comunidad sea como la imaginó Hobbes: dejando de lado lo peor de la naturaleza humana.

https://jugo.pe/que-no-exista-el-estado/

1 de marzo de 2025

El influencer Francisco

Juan Manuel Robles

La hospitalización del Papa Francisco es un anuncio de que el final podría estar cerca (el pontífice tiene 88 años). Y yo que no soy católico ni creyente —y que, de hecho, detesto algunas prácticas del catolicismo, rechazo los temores que nos inocula y considero el laicismo como un valor— me sorprendo pensando en él en estos días, en su estampa, su sonrisa campechana y su voz cálida. Pronto me doy cuenta de que no me pasa solo a mí. En las redes, somos muchos los ateos, no religiosos, católicos renegados que hemos sentido algo similar: la tristeza anticipada por la partida posible.

La pregunta es por qué y cómo. ¿Cómo puede volverse relevante un hombre que representa a un Dios en el que no creo? ¿Cómo puede quedar en la conciencia el mensaje evangelizador de una religión que he descartado?

Tal vez porque Jorge Mario Bergoglio no buscó nunca representar a nadie. Tampoco evangelizar. Es un pontífice que no pontifica. Su poder surge allí.

Creo que lo empecé a mirar con reverencia el 27 de marzo del 2020. Habían pasado dos semanas de la cuarentena por la pandemia del covid-19 (que en el Perú fue absoluta y tremenda). El Papa Francisco salió con su sotana blanca a la plaza de San Pedro en el Vaticano. No había una sola alma, solo una luz tenue en el estrado. El Papa estaba solo, con un asistente, como en la escena de una película distópica. Entonces habló.

«Nos encontramos asustados y perdidos. Como a los discípulos del Evangelio, una tormenta inesperada y furiosa nos tomó con la guardia baja. Nos dimos cuenta de que estábamos en el mismo barco, todos frágiles y desorientados, pero al mismo tiempo importantes y necesarios, llamados a remar todos juntos, necesitados de consolarnos unos a otros. Estamos todos en este barco.»

Mientras líderes religiosos de todo el mundo minimizaban el virus y mostraban su salud como prueba de su cercanía a Dios, o aprovechaban el pánico para vendernos la salvación eterna, el pontífice decidió, en un momento de apocalipsis, no salir a pescar en río revuelto. Nos hablaba usando el “nosotros”, compartiendo la sensación de oscuridad, de incertidumbre, de “un silencio ensordecedor y de un vacío desolador, que paraliza todo a su paso”. Habló —lo recuerdo bien y acabo de confirmarlo— de su convicción de que no podríamos avanzar a ninguna parte si íbamos por nuestra cuenta, la única opción era juntarnos.

Cinco años y centenares de miles de muertos después —incluidos amigos y familiares de amigos—, ese momento resuena con una fuerza tremenda: la fuerza de la verdad y la humildad. Liderazgo espiritual, le llaman.

Los años lo fueron convirtiendo en ícono pop. Y con esa exposición Bergoglio ganó un nuevo tipo de seguidores: aquellos que valoramos al Papa en proporción inversa a la estofa de los críticos rabiosos que le aparecieron, a los fachos que lo hicieron su enemigo (unilateralmente). Javier Milei lo llenó de estiércol. Viniendo de quien viene, es un rosario de condecoraciones que vale la pena repasar. “El imbécil ese que está en Roma, que defiende la justicia social, que sepa que eso es un robo y va contra los mandamientos”. “El Papa es el representante de El Maligno en la Tierra”. “Zurdo hijo de puta que andás pregonando el comunismo por el mundo”.

Bergoglio, divino, lo recibió en el Vaticano, cuando fue a visitarlo luego, ya como presidente. El Papa miró, con esa sonrisa de paciencia tierna, cómo el libertario se comía una a una todas sus palabras.

Cuando en los 70, el arzobispo Arnulfo Romero, que temía por su vida, fue al Vaticano a hablar con el Papa Juan Pablo II sobre la persecución del gobierno de El Salvador contra curas a los que tildaban de “socialistas”, y le contó que incluso mataron a un colega acusándolo de guerrillero, el polaco le preguntó si de verdad era guerrillero. No le dio audiencia. Meses después, mataron a Romero.

No se me ocurre pensar que Francisco sería capaz de una desidia tan grande. Las comparaciones con Juan Pablo II son odiosas, pero para eso estamos. Francisco no tendrá una cantante pop que, llena de sensibilidad, rompa su foto en protesta por el encubrimiento de la iglesia católica a los pederastas (como lo hizo Sinéad O’Connor). Bergoglio ha hecho más por rectificar los legados horrorosos de los curas pedófilos católicos que ningún Papa en la historia.

Recientemente, en Bélgica, el Papa Francisco rompió el protocolo y, refiriéndose a los abusos de sacerdotes católicos en ese país, dijo: “es en la Iglesia donde se han producido esos crímenes y la Iglesia debe sentir vergüenza y pedir perdón”. También ha disuelto el Sodalicio, la secta pituca que abusó de menores en el Perú. Es un Papa que rechaza a los pederastas de una manera tan rotunda como Juan Pablo II rechazaba a los comunistas. Por eso es fácil hacerse fan.

Por supuesto, tampoco se puede esperar milagros de alguien en su posición. El Papa Francisco ha dejado intacta la posición de la iglesia en cuanto al aborto, la eutanasia y el matrimonio de personas del mismo sexo. Pero supo mantener la conversación abierta en temas LGTB. Cuando dijo que ser gay “no es delito”, aclaró días más tarde “pero sí es pecado”. Cuando, hablando sobre la posibilidad de que haya que admitir seminaristas gays, dijo que ya había suficiente aire de “mariconería” en los seminarios, se apuró a disculparse luego. Rechazó la reasignación de género, pero aceptó que personas trans puedan bautizarse y ser padrinos.

En un planeta donde un montón de sociópatas, histriones y cínicos descubrieron que podían abrir la boca para provocar los aplausos inmaduros y atizar el odio —y alimentarse de la reacción de sus opositores—, el Papa Francisco, el primero de la era de las redes sociales, se hizo figura tendiendo la mano, escuchando, hablando con actitud de párroco bueno del barrio. “El dinero es un instrumento de grandeza o de pobreza personal”. “Si vas a dar limosnas, mira a la persona a los ojos y dale la mano”.

Debo confesar —qué palabra— que dudé si escribir sobre el Papa esta vez. Me dije: mejor guárdalo para cuando nos deje, así el texto tendrá más impacto y llegada. Entonces, como en los memes, Francisco me miró juntando los dedos hacia arriba —la pigna argentina—. Así que escribo, escribo ahora mientras en Roma las horas se hacen largas.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 722 año 15, del 28/02/2025

https://www.hildebrandtensustrece.com/

22 de diciembre de 2024

Perplejidades del «milagro argentino»

Atilio A. Boron

El gobierno de Javier Milei ha cumplido un año y el balance difícilmente podría ser más desolador. El “ajuste más grande que tuvo la humanidad”, tal como lo calificara con mucho orgullo el presidente en su discurso, ha reducido el PBI en por lo menos un 4 %; desplomado el consumo de las clases populares; pauperizado a grandes segmentos de las capas medias; provocado la desaparición de casi trescientos mil puestos de trabajo y el cierre de 16.500 pymes y 10.000 kioscos. La gente come mucho menos carne, los niños toman mucho menos leche: un millón de éstos se van a dormir sin cenar, y según la UNICEF la cifra asciende a cuatro millones y medio de personas si se toma en cuenta a los adultos. Con ingresos cada vez más recortados las familias deben gastar mucho más que antes en agua, gas, electricidad, telefonía y transporte. Quien tenga la desgracia de enfermarse tendrá grandes dificultades para ser atendido en el hospital público, con presupuestos ferozmente recortados y su personal luchando desde hace años por una imprescindible recomposición salarial.

Agréguese a lo anterior que las cuotas de la medicina prepaga se fueron a la estratosfera y por eso ya son legión aquellas familias clasemedieras que antes podían pagarla pero ya no más, y que ahora se dirigen infructuosamente al hospital público. Esto para ni hablar del precio de los medicamentos requeridos por la población -sobre todo de la tercera edad- otrora distribuidos gratuitamente por el PAMI y hoy reducidos a una mínima expresión. La imagen de abuelos y abuelas rogando que en las farmacias les vendan un blíster o le regalen una muestra médica porque no pueden pagar el medicamento se ha convertido en un clásico del panorama social de la Argentina libertaria. Enfermos necesitados de remedios oncológicos se tropiezan con la indiferencia de un gobierno que ha hecho de la crueldad uno de sus rasgos definitorios. Y si se habla de la educación el gobierno ha profundizado hasta límites desconocidos el desfinanciamiento de la educación pública en todos sus niveles, siendo el ataque a las universidades nacionales uno de sus objetivos más encarnizadamente perseguidos. La situación es igualmente alarmante si se habla de la educación escolar y la escuela secundaria, también afectadas por un desfinanciamiento que viene de largos años. ¿Cómo es posible que en el distrito más rico de la Argentina, la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, sus escuelas públicas no tengan suficientes vacantes para atender a la población infantil?

Ante una situación como ésta, en la cual el Estado se desentiende de las funciones esenciales que garantizan el bienestar de su población (cosa que no ocurre en los capitalismos metropolitanos) no deja de sorprender la indiferencia oficial ante tanto sufrimiento. Pero basta con recordar que el emblema que sintetiza la ideología de este gobierno es “donde hay una necesidad hay un mercado”, frase que la Casa Rosada contrapone al supuesto “exceso populista” de Evita, cuando dijo con razón que “donde hay una necesidad nace un derecho”, algo que constituye una legítima reivindicación democrática. Aquel emblema, que emparenta la necesidad con el mercado, demuestra la ignorancia que prevalece en las filas del oficialismo, su fenomenal desconocimiento de la historia del capitalismo “realmente existente”, que nada tiene que ver con las idílicas imágenes de diligentes empresarios privados respondiendo a los estímulos de mercados, promoviendo el bienestar general y actuando en el marco de una total deserción de estados cuya única preocupación es que ninguna regulación gubernamental entorpezca el accionar de estos “héroes” civilizatorios La idea de que la necesidad genera un mercado no sólo es empíricamente errónea, también adolece de una imperdonable inmoralidad.

La lista de los horrores producidos a lo largo de este primer año de gobierno libertario sería interminable. Me abstengo de hablar de la política exterior porque en este caso el catálogo de aberraciones y chapucerías sería aún más extenso. En lo social, este experimento ha producido ricos más ricos gracias a la enjundia con que Milei luchó para “agrandar sus bolsillos”; y pobres mucho más numerosos -mínimo la mitad de nuestra población, con una metodología que subestima las dimensiones reales de la pobreza- y también más pobres que antes. No es el socialismo sino el “anarco-capitalismo” gobernante el que merece el adjetivo de “empobrecedor”, que Milei adjudica a todo gobierno progresista o de izquierda. ¿O hay alguna duda que la gran mayoría de los argentinos hemos sido empobrecidos por este gobierno? Aparte de eso ¿cómo calificar a destrucción del sistema científico, el ataque a las artes y a la cinematografía, el desprecio por todo lo que se aparte de esa lógica bolichera que reduce las más excelsas creaciones del género humano a la condición de mercancía, objetos sólo valiosos en la medida en que puedan ser fuente de lucro? Ese es el verdadero significado de la batalla cultural que proponen los libertarios. No deja de ser asombroso que este verdadero desastre económico, social, cultural y político producido en apenas un año haya sido calificado por el presidente como “el milagro argentino”. Una frase que, sin duda, pasará a la historia, seguramente que no por buenas razones.

Para terminar permítame decir unas palabras sobre las cifras que el presidente tiró al voleo en su discurso. Reparemos apenas en aquellas relacionadas con la inflación, en donde el tenebroso número de 17.000 por ciento aparece por enésima vez como un espectro terrible que se agita en el fondo de la caverna donde se guardan las pócimas mágicas del “anarco-capitalismo”. Es evidente que Milei busque fortificarse apelando al “éxito” de su combate a la inflación. La última cifra, de noviembre, fue de 2.4%, y fue celebrada en la Casa Rosada como un logro histórico. Pero una somera mirada al vecindario aporta un necesario baño de sobriedad ya que demostraría que, por ejemplo, en octubre ese valor fue del 0.33 % en Uruguay, 0.56 % en Brasil y 1 % en Chile, al paso que en Colombia el indicador fue negativo: -0.13 %. Se comprende la necesidad que tiene este gobierno de convencer a la opinión pública que ha controlado a la inflación dado que su victoria en el balotaje del año pasado se explica en buena medida por la ineptitud del gobierno del Frente de Todos para contener ese flagelo. Pero presentar como positivo un índice de inflación mensual que es unas ocho veces superior al de Uruguay y casi cinco al de Brasil suena como un tanto excesivo, para decir lo menos. Además, tanto Milei como sus numerosos voceros en el ecosistema mediático amén de los políticos que avalan sus proyectos en el Congreso y en las provincias mucho se cuidan de decir que el relativo control de la inflación es resultado de la terapia de shock que castiga al conjunto de la economía. La caída en los niveles de consumo a causa del deterioro en los salarios del sector formal e informal y de los haberes jubilatorios tuvo como efecto reducir el consumo y de este modo “planchar” los precios, creando la ilusión de que la inflación -que tiene causas estructurales y no es un tema de exceso de emisión monetaria como dice el gobierno- ha sido derrotada. La inflación es expresión de la puja distributiva y refleja el control que los oligopolios formadores de precios ejercen sobre los mercados, mismos que en el momento actual pueden actuar a su antojo sin temer ningún tipo de regulación gubernamental. Que hay un cambio de tendencia en los índices de la inflación es indudable; pero ni se la derrotó ni nada autoriza a pensar que ni bien se supere la recesión actual la inflación no vaya a retornar con renovados bríos. Los factores estructurales que la explican no han sido controlados en lo más mínimo por un gobierno que concibe a su misión como “destruir al estado desde dentro” y que se desvive por eliminar todas las restricciones que las autoridades deben imponer para evitar el darwinismo social de mercado, una de cuyas consecuencias es precisamente la inflación.  

Fuente: https://www.pagina12.com.ar/789815-perplejidades-del-milagro-argentino

26 de noviembre de 2024

La guerra de Milei contra las mujeres

Andrés Kogan Valderrama

Sobre el documento que se debatió el lunes en la Asamblea General y fue aprobado por 170 países, 13 se abstuvieron mientras que el gobierno de Milei ordenó a la delegación argentina se opusiera

La reciente votación de Argentina en contra de una resolución de la ONU que pretende prevenir y eliminar todas las formas de violencia contra las mujeres y niñas (1), es un capítulo más de los delirios negacionistas y conspiranoides de un gobernante como Javier Milei.

Lo menciono ya que Argentina fue el único país del mundo que se atrevió a votar en contra de una resolución tan básica e importante, que incluso gobiernos autoritarios que vulneran los derechos de las mujeres día a día, como Irán y Rusia, no fueron capaces de votar en contra de algo así.

Las razones para votar en contra de parte de Argentina, se enmarca dentro de la llamada batalla cultural contra lo woke que estaría dando Javier Milei, junto a otros personajes en aquel país como Agustín Laje y Emmanuel Dannan, quienes pretenden estar a la vanguardia de lo estúpidamente incorrecto de las ultraderechas actuales.

De ahí que lleven al extremo un discurso ideológico dogmático que cree que existe un plan mundial macabro de la ONU para destruir a las naciones llamado globalismo, siendo las políticas de género su instrumento principal para llevarlo a cabo.

Parece una mala broma, pero no lo es, Javier Milei cree realmente que el patriarcado y la lucha de las mujeres por vivir en un mundo menos violento y más igualitario, es un plan de la izquierda mundial para destruir a los hombres e imponer un dominio totalitario en contra de nosotros.

En consecuencia, Milei niega la desigualdad de género, señalando que en el fondo es una guerra entre sexos promovida por la izquierda mundial, la cual luego de la caída del muro de Berlín y de la Unión Soviética, creó una nueva oposición para seguir generando conflictos.

Es el mal llamado marxismo cultural, usado hasta el cansancio de parte de la ultraderecha actual, que hace que cualquier reivindicación colectiva o de algún grupo en particular, sea visto como parte de un plan promovido por una ensalada de actores, que va desde la Agenda 2030 de la ONU, el grupo de Puebla, Disney, China y de George Soros.

No hay que sorprenderse por tanto que Argentina haya votado en contra también de una resolución sobre los derechos de los pueblos indígenas en la ONU (2), con la misma retórica contra el globalismo y de un plan maquiavélico para destruir a los países.

Podrá parecer ser ridículo todo esto, pero estos discursos se siguen viralizando y atraen a mucha gente, sobre todo hombres, quienes votan a personajes como Milei o Trump, dentro de un mundo cada vez más distópico y surreal, que busca desesperadamente certezas de cualquier manera.

Ante esto, sin duda este tipo de votaciones contra las mujeres es una amenaza para su integridad física y de toda índole, pero por lo mismo, a no bajar los brazos, que los intentos de Milei por negar desigualdades de género y de toda índole es solo un intento desesperado de una masculinidad tradicional y enojada, que se resiste a toda costa a la pérdida de privilegios.

En otras palabras, finalmente la batalla cultural de Milei no es otra cosa que una guerra para seguir defendiendo el racismo, el machismo, la homofobia, la transfobia, el especismo, la destrucción de la Naturaleza y de toda forma de discriminación y rechazo a la pluralidad existente, así como pasó hace un siglo atrás con el fascismo y nacionalsocialismo, sólo que ahora endiosan el mercado en vez del estado.

Dicho lo anterior, que este 25 de noviembre, Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres, sea un momento especial de conmemoración, en donde todos y todas acompañemos la lucha histórica que han dado las compañeras en Argentina, que hoy en día más que nunca necesitan de nuestro apoyo y solidaridad.

1:  https://www.infobae.com/politica/2024/11/14/argentina-fue-el-unico-pais-de-la-onu-que-voto-en-contra-de-una-resolucion-para-eliminar-y-prevenir-la-violencia-contra-las-mujeres/

2:  https://www.infobae.com/politica/2024/11/11/argentina-fue-el-unico-pais-de-la-onu-que-voto-en-contra-de-una-resolucion-sobre-derechos-de-los-pueblos-indigenas/

Andrés Kogan Valderrama​. Sociólogo, Diplomado en Masculinidades y Cambio Social Magíster en Comunicación y Cultura Contemporánea

Se publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

https://www.leerydifundir.com/2024/11/la-guerra-milei-las-mujeres/

22 de noviembre de 2024

Milei según Borges

César Hildebrandt

Javier Milei odia a los periodistas que le preguntan cosas que no puede responder con insultos. Por eso habla de “ensobrados” a los que les ha llegado la hora.

Argentina, como se sabe, es el país en el que Borges no quiso ser enterrado y en el que un tal Raúl Alfonsín, el presidente que huyó antes de terminar su mandato, no quiso recibir a Julio Cortázar (que, dicho sea de paso, está sepultado en París como ciudadano francés fallecido en 1984).

Esa Argentina, no la de los que se rompen el alma tratando de sobrevivir, no la de muchos de sus notables artistas y escritores, ha encontrado en Milei el compadrito con chaira que los sacará del apuro.

Milei quiere una América Latina llena de las Meloni y los Bukele que le gustan. Milei es el embajador informal de Donald Trump, el hermano putativo de Marco Rubio, el bisnieto del general Julio Argentino Roca, fundador de la república oligárquica. Milei es lo que le pasó a la Argentina cuando el peronismo se convirtió en banda de ladrones.

Entonces, como si de un tango extremo se tratara, vino un loco con una motosierra y fue elegido. Un pueblo sin esperanza optó por una derecha drogada que quiere someterse al dólar, abolir el Banco Central, privatizar todo lo que esté en Registros Públicos y lograr que los jubilados, entre otros, se mueran de hambre para que dejen de molestar con sus vejeces y sus cánceres. Los argentinos, hartos del populismo salteador de caminos, eligieron al hombre cuyo programa, si así puede llamarse, es convertir a la Argentina en una colonia de los Estados Unidos. Se trata de vengarse del Reino Unido, vencedor en las Malvinas, entregándose a la potencia que bien podría interceder en alguna futura negociación. Pero Milei va más allá: quiere una federación internacional de derechas, un frente amplio de momias que termine con la resistencia sindical, las quejas de los expulsados del sistema y la respuesta de quienes conservan algún poder de negociación. Milei es el virrey procaz del globalismo inspirado en la muerte de la sociedad, la extinción de lo público, el dominio de la codicia, la reducción a niveles microscópicos del Estado.

Milei es el fujimorismo que llevó en las suelas de una zapatilla algún peruano migrante. Es el fujimorismo brotado en un potrero de Buenos Aires. Pero a diferencia de la infección multidrogorresistente que aquí padecemos, Milei tiene el mérito de mostrarse como es. No es que sale a la tele a decir que ama a la gente, que lucha por la justicia y que espera el beneficio de las mayorías. Milei no se maquilla: quiere un país que sea aliado de Trump, cómplice de Israel, favorito de la Unión Europea en la versión putón ibérico de Borrell, socio de la ultraderecha emergente. Quiere, vamos, la caverna. Y la quiere grande y ecuménica. Es el Trotsky del mercado. Dice que es anarcoliberal, pero cuando necesita a la policía federal para romper crismas en las manifestaciones, ahí sí que se acuerda de la maquinaria del Estado. Derrotar la inflación dejando sin capacidad de compra a buena parte de la población es algo que podría hacer cualquier contador encarnizado. Mandar apalear a los discapacitados que protestan por la merma en ayudas estatales es ejercer el neoliberalismo con el terno de solapas cruzadas de Al Capone. Y jugarse entero por los poderosos y lo que representan es una práctica tan vieja como la que ejercía Rahab, la prostituta cananea que, en su papel de espía, ayudó a las tropas israelíes a conquistar Jericó y masacrar a sus habitantes.

Milei es la nueva versión de la decrepitud neoliberal. Y políticamente morirá igual que Francisco Real, el Corralero: apuñalado borgianamente por “el hombre de la esquina rosada”.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 710 año 15, del 22/11/2024

https://www.hildebrandtensustrece.com/

14 de septiembre de 2024

Condenadas a repetir su historia

Luis Pásara

En Guatemala, un prolongado conflicto armado interno, que costó miles de vidas, se cerró definitivamente en 1996 al completarse la firma de una serie de acuerdos, entre el gobierno y la guerrilla, que delineaban el perfil de una nueva sociedad. Menos discriminatoria y más justa, en esa sociedad no debía volver a ocurrir un enfrentamiento trágico como el que ocurrió prolongándose durante décadas.

Fui testigo del esfuerzo que se hizo en favor de ese cambio desde la Misión que Naciones Unidas estableció en el país para supervisar los acuerdos de paz y promover el cambio institucional a un costo multimillonario que pagó la comunidad internacional. Un amigo con quien trabajé me escribe esta nota:

A Julio Ariz Leiva –47 años, entrenador del club San Pedro de Guatemala– lo llamaron por celular el domingo pasado, al mediodía. Almorzaba con el plantel en el restaurante Texas, de Huehuetenango. Salió a la puerta. Hombres con chalecos policiales se bajaron de un auto. Lo acribillaron de 15 disparos. Una hipótesis de la investigación indica que se había negado a “arreglar” el partido que San Pedro jugaría horas más tarde ante La Democracia por la cuarta fecha del Torneo Apertura de la segunda división de Guatemala. Otra, que había seducido a una mujer “prohibida” de una familia del narcotráfico. Ariz Leiva acostumbraba decir: “El fútbol me cambió la vida”. Acaso también lo llevó a la muerte.

En la Guatemala de hoy nunca será posible saber con certeza qué lo llevó a la muerte. El sistema de justicia, que se trató en vano de “fortalecer” en el país, es hoy en día absolutamente ineficaz, mucho peor que aquel de un cuarto de siglo atrás. Ilusamente, creímos entonces que con una serie de instrumentos, legales y organizativos, podría cambiarse el curso de aquello que había sido producto de una terrible trayectoria histórica.

Argentina y Perú, tan diferentes, en un entrampamiento similar

Guatemala no es una excepción. Tómese el caso peruano y, para tener algún criterio comparativo, cotéjeselo con Argentina, país que no es andino, hecho por inmigrantes a partir de otro tipo de recursos. Sin haber llegado al caso sin duda extremo de Guatemala, ambos países parecen encadenados a su propia historia, incapaces de superar una huella en la que las sociedades mismas han generado Estados ineficientes y corruptos.

La elite argentina fue bastante mejor que la peruana. Los recursos naturales del Perú fueron y son bastante más variados que los argentinos. Mientras que la sociedad argentina alcanzó cierta homogeneidad –al costo de exterminar sangrientamente a la población aborigen–, la peruana mantuvo, aunque de mala manera, una gran diversidad cultural. No obstante las marcadas diferencias entre un caso y otro, dos siglos después de proclamarse su independencia de España, ambos países se hallan enfangados en una condición deplorable.

A miradas de corto plazo, ese panorama sin salida no siempre aparece evidente. En los dos países, como en muchos, periódicamente se producen momentos de auge económico que conducen a una mejora de ingresos entre los sectores de abajo y, entonces, el espejismo de un futuro diferente se proyecta en las expectativas ciudadanas. Argentina ha vivido eso en cada repunte de sus exportaciones, ayer de trigo, hoy de soja. Perú ha pasado por lo mismo en cada subida de los precios de los minerales en el mercado internacional, pero en el siglo XIX ya había ocurrido con el guano y en el XX con la harina de pescado.

De otro lado, la escena política también conoce algo así como estrellas fugaces de las cuales al cabo de pocos años no queda huella. En Argentina eso fue Raúl Alfonsín, quien luego de la última y sangrienta dictadura militar intentó la reconstrucción nacional. En el Perú fue Juan Velasco, quien siendo militar se propuso cambiar el país de arriba a abajo. Ambos intentos fueron lapidados por mezquindades, ambiciones e incomprensiones que, por supuesto, aprovecharon una crisis económica para liquidarlos.

No para todos hay un futuro mejor

En la historia no siempre ha ocurrido así. El establecimiento del parlamento en el siglo XIII en Inglaterra y su evolución como institución política no solo limitó el poder del monarca y redujo el papel de la nobleza; fue la vía de democratización del país. Cinco siglos después, al costo de grandes derramamientos de sangre, la Revolución Francesa cambió el rumbo del país y del mundo. Ambos ejemplos son los más reconocidos de diversos casos en los que una sociedad determinada logró cancelar su pasado para emprender el camino hacia un ser distinto.

En América Latina se puso una gran esperanza en la Revolución Cubana que derrocó a Fulgencio Batista en 1958 para luego entronizar otra dictadura, la de los Castro y su círculo. Similar camino ha seguido Nicaragua, donde la satrapía de Somoza también fue derrotada con las armas por el Frente Sandinista para que ahora la pareja Ortega-Murillo ejerza aún más despóticamente el poder. En El Salvador, la lucha del Frente Farabundo Martí, prolongada durante más de una década, abrió paso a una serie de gobiernos civiles de bajo rendimiento y a la entronización de las “maras”, que han sido combatidas por Bukele al precio de acabar con el estado de derecho. Y la corrupción instalada en la Venezuela del petróleo dirigida por gobiernos democráticos ha sido sustituida por la dictadura de Chávez, primero, y Maduro después.

Pero esto no ha ocurrido solo en los países tropicales de nuestra América. En el resto de la región hemos permanecido dispuestos a glorificar a héroes que no supieron o no pudieron cambiar verdaderamente aquello que no tenemos más remedio que reconocer como nuestro destino. Que es el de un sube y baja, entre económico y político, que se presenta en ciclos en los que habitualmente a la caída sucede la desesperanza. Miles de ciudadanos abandonan entonces cada país en busca de un futuro mejor, un futuro personal, claro está, porque el de su país no parece posible. Escarmentados, pocos son los que vuelven cuando el ciclo recomienza y, de nuevo, el futuro parece prometedor.

¿Qué es lo que nos encadena a esta trayectoria al parecer insuperable? Como no solo ocurre entre nosotros, el asunto ha sido estudiado por quienes postularon la teoría de path dependency. Esto es decir, en términos simplificados, que la trayectoria que sigue una sociedad condiciona, en determinada medida, el camino que puede seguir en el futuro. Es algo así como lo que se dice de las personas: cada quien construye su porvenir. De un modo equivalente, cuando se toma una decisión y se adopta una ruta, luego no puede tomarse otra porque resulta muy difícil, es muy costoso o simplemente ya no tenemos el criterio para percatarnos de lo equivocado que fue tomar este rumbo y poder cambiarlo.

Esa última razón parece la que más peso tiene en nuestras sociedades, que no atinan a darse cuenta del rumbo equivocado en el que se encuentran y, entonces, dan palos de ciego al elegir a Pedro Castillo o a Javier Milei. Y esos nombres son solo un par de ejemplos recientes. La lista de desatinos surgidos de las urnas es muy larga. Y, sin embargo, no dudamos en afirmar con aparente convicción que la culpa es de los políticos, sin preguntarnos de dónde salieron y por qué los elegimos.

El hecho más grave es que nuestra path dependency está conduciendo a sociedades cada vez más degradadas, en las que un futuro mejor parece casi imposible. Pero en Argentina pervivirá la ilusión de ganar el próximo mundial de fútbol en el que millones creerán que el país se hará grande. Y en el caso del Perú, aunque muy pocos sigan creyendo en aquello de que “Dios es peruano”, se seguirá comprando un huachito de la lotería, a ver si “la suerte” cambia.

https://luispasara.lamula.pe/2024/09/13/condenadas-a-repetir-su-historia/luispasarapazos/

29 de agosto de 2024

Imaginar el fin del capitalismo

Ekaitz Cancela   (Entrevista de Hernán Borisonik)

La velocidad a la que circulan las ideas conservadoras gracias a las redes sociales ha asestado un golpe profundo al sentido común progresista. Cualquier reacción que no responda con una agenda de transformación igual de radical está destinada a perecer.

¿Es posible programar la tecnología de manera que fomente la libertad y la autonomía humana en lugar de la expropiación y la alienación capitalista Esa interrogante recorre Utopías digitales. Imaginar el fin del capitalismo (Prometeo, 2024), el último libro de Ekaitz Cancela, escritor español que lleva una década investigando la intersección entre tecnología y capitalismo. Editado inicialmente bajo el sello de Verso Libros, este ensayo pone el foco sobre algunos experimentos, principalmente ocurridos en el Sur global, para plantear una alternativa a la hegemonía cultural de Silicon Valley y enriquecer el proyecto comunista.

Utopías digitales aborda, entre otros temas, la potencia nunca probada de los cables submarinos desarrollados por la India, los centros de modelación del clima de Brasil, la visualización y colectivización de las prácticas de trabajo en Chile, los experimentos en soberanía tecnológica de Argentina o incluso las lecciones que arroja el crédito social en China. Actualmente, Cancela trabaja para el Center for the Advancement of Infrastuctural Imagination fundado por Evgeny Morozov, un meta think-tank que desarrolla software, distribuye trabajos intelectuales y produce conocimiento. Está terminando un doctorado sobre la transformación del Estado en la era digital en la Universidad Abierta de Cataluña (UOC) y milita en la revista radical vasca Hordago-El Salto.


HB. En la introducción de Utopías digitales hablas de disputar la libertad y haces afirmaciones veladas sobre las políticas neoliberales de privatización que trata de impulsar Javier Milei en la Argentina mediante la conquista de todo el poder del Estado. ¿Cómo sobrevive el proyecto neoliberal y su defensa de la libertad de mercado?

EC. El triunfo de Milei es un fenómeno particular de la Argentina, pero nos dice algo a nivel abstracto o filosófico. Expresa un shock neoliberal, practicado como austericidio (aumento de la pobreza y la desigualdad, pauperización de las clases subalternas), que tiene como objetivo derribar ideológicamente la «modernidad popular» establecida en la época de Perón. En efecto, trata de estabilizar las turbulencias de la economía de mercado que afronta el país mediante la privatización de los activos públicos y la financiarización de la economía. La llamada «Ley bases» expresa eso: un intento por cambiar la Argentina en solo un mes.

Su ataque se dirige principalmente contra el Estado, hasta ahora entendido como una espacio para la redistribución colectiva de los recursos y el desarrollo; contra un modelo de sociedad altruista y colaborativo, en lugar de competitivo y egoísta. Además procura avanzar contra un tipo de economía, si bien atada a la relación capital-trabajo y la propiedad privada, con un carácter menos dependiente de las inversiones extranjeras o transferencias tecnológicas.

La vida bajo el régimen de Milei —y el uso de ese concepto es, per se, una innovación reaccionaria— se entiende como la libertad del capital para conquistar cada esfera de la vida. Su ofensiva política busca colocar al mercado como la única institución de coordinación social, lo que explica por qué la represión de los movimientos autoorganizados es tan importante. Es un proyecto anticomunista en un país donde esta ideología no existe, que ofrece una respuesta sencilla a las ambivalencias (políticas, culturales y sociales) de esta modernidad: «estás tú solo ahí fuera, sobrevive». No hay rastro alguno de «lo popular» en esa enunciación.

HB. ¿Cuándo se produce esta ruptura, si se quiere, epistémica?

EC. Como muestran los trabajos en sociología económica publicados en ese país, las reformas neoliberales se inician con Menem y se agudizan con la infame receta ajustadora de Macri. Pero el éxito de La Libertad Avanza, una iteración mucho más desacomplejada en lo que respecta a la profundidad de sus reformas de mercado, encuentra su explicación en la crisis del peronismo hegemónico a la hora de reaccionar ante la ofensiva neoliberal. De manera más concreta, es la reiterada incapacidad de la tentativa kirchnerista para reformar de manera radical las instituciones de la modernidad popular (o, más simplemente, asegurar el bienestar entre las capas sociales poco pudientes y trabajadoras, que eran el sujeto político del primer peronismo) la que lo explica. Este proceso se puso de manifiesto especialmente tras la recuperación económica de la mano de Cristina Fernández de Kirchner.

Al margen de las cuestiones materiales, también existe sobrada evidencia en otros lugares del mundo como para afirmar que la velocidad a la que circulan los marcos ideológicos conservadores gracias a las redes sociales, en propiedad de empresas de Estados Unidos, así como la incapacidad para desarrollar canales de comunicación soberanos (recordemos que Milei es un estúpido experimento mediático del kirchnerismo), ha asestado un golpe profundo al sentido común progresista y alimentado un perfil político absolutamente alineado con la hegemonía cultural de Silicon Valley. Cualquier intento por combatirlas que no responda con una agenda de transformación igual de radical está destinado a perecer.

HB. En el libro dices que la izquierda es incapaz de salir del marco de la Guerra Fría (el libre albedrío del mercado versus la planificación central del Estado) a la hora de pensar alternativas…

EC. En La larga revolución, Raymond Williams señala que la cultura es una de las esferas más estratégicas para superar la dicotomía Estado-mercado desde posiciones emancipatorias. Desde las filas socialistas, el debate ha girado sobre cómo distribuir y asignar los recursos. Pero los neoliberales han sabido politizar cuestiones más relacionadas con el ser y la existencia en la sociedad moderna. La pregunta que debemos hacernos es cómo despertar las partes más imaginativas del ser humano, articular el deseo desde la solidaridad de clase y el altruismo, colocando en el centro las actividades creativas y de cuidados para generar otra forma de valor —social y no de cambio—, descubrir nuevos procesos productivos y atisbar usos de la tecnología más sociales y sostenibles, así como encarar formas de trabajar colectivamente en proyectos posindustriales de los que sentirnos parte activa. Ese es el reto para cualquier visión poscomunista del mundo.

Me refiero a la importancia que, como muestra la economía digital, tienen los aspectos más mundanos y cotidianos de la estructura de sentimientos que organiza nuestra vida, eso de los que hablaba Williams cuando se refería a lo ordinario: lo que vemos y hacemos cada día, las instituciones necesarias para el aprendizaje y la coordinación entre seres humanos. Son procesos lingüísticos y comunicativos que cada vez más tiene lugar a través de redes sociales y aplicaciones de mensajería corporativas. Debemos impulsar «infraestructuras del ser», dispositivos tecnológicos, plataformas e incluso feeds que sean capaces de sacar lo mejor de nosotros mismos.

HB. ¿Cómo crees que se puede resignificar la libertad para plantear la batalla cultural en Argentina?

EC. Creo que tenemos que resignificar este término, quitárselo al neoliberalismo, para escalar todo eso que ahora se nos aparece como las únicas salidas al régimen de verdad actual. Necesitamos crear otros incentivos, circuitos de comunicación e intercambios de información para que toda esa energía humana se canalice de manera radical y pueda desembocar en una existencia digital que nos permita realizarnos como individuos que se relacionan en comunidad para alcanzar objetivos colectivos. No solo se trata de garantizar las necesidades (pan, techo, tierra y trabajo), sino de entender cómo la esfera de las libertades puede contribuir a un proyecto mucho más innovador, complejo y asentado sobre formas de emprendimiento no mercantiles, acciones que fomenten la igualdad y el bienestar.

Al fin y al cabo, tras la derrota en la lucha capital-trabajo, el «sujeto posperonista» se entiende a sí mismo como alguien que debe buscar alternativas para desarrollarse en economías populares, locales y autogestionadas, y que canaliza su ingenio en espacios culturales o sociales. Plantear la batalla implica reconocer eso que Marx expresaba en sus escritos filosóficos: la distinción entre necesidad y libertad, como hace Milei, pero con una agenda distinta a la destrucción de las clases desposeídas.

En cierto modo, en Argentina ya se opera desde los márgenes del Estado y el mercado como los conocemos actualmente. Me refiero al trabajo de artistas, militantes, académicos y otras profesiones avanzadas, donde convergen lo material con lo espiritual, lo gozoso con lo indispensable, la oficina con lo lúdico o recreativo.

HB. ¿Cuál es tu propuesta para crear instituciones para esa modernidad popular de la que hablas, en la que la necesidad y la libertad convergerían en un proyecto único?

EC. En cierto modo, Javier Milei ha triunfado porque su idea de libertad lleva más de una década en funcionamiento gracias a las herramientas de Silicon Valley. Ahora necesitamos instituciones para desarrollar todo aquello que promete el «modernismo sin mercado», como lo define Evgeny Morozov, una sociedad con hábitos y costumbres cada vez más complejas pero también diferentes, diversas, compuestas de distintas identidades definidas por los propios sujetos (como muestra la iteración queer del feminismo), cambiantes, pero sin que desemboquen en discriminaciones jerárquicas (raza, género, etnia y clase), sino en su abolición y en la posterior organización colectiva y democrática de la producción y la reproducción para solucionar los grandes problemas de nuestra época: la desigualdad y el calentamiento global.

HB. En la introducción hablas del proyecto de ARSAT (Empresa Argentina de Soluciones Satelitales) como garante de la soberanía tecnológica. ¿Qué rol puede jugar esta empresa pública —junto con otras instituciones culturales— a la hora de pensar en formas de desarrollo nacional distintas a la venta del país a los grandes capitales?

EC. Las infraestructuras del Estado, como ARSAT, deberían servir para sostener plataformas públicas digitales que permitan afrontar nuestros problemas así como las nuevas necesidades biológicas —en palabras de Marcuse, que escribía en los albores de Mayo del 68— de una manera más eficiente que el mercado. Las universidades públicas, pero también las galerías, museos, bibliotecas, filmotecas, centros de documentación (archivo e investigación), los circuitos teatrales, dado que operan como espacios dedicados a garantizar el acceso conocimiento y el arte y no la circulación mercancías, son un buen ejemplo del tipo de institución que podrían convertirse en pilares centrales de la modernidad popular y en un garante de la libertad creativa.

Diego Tatián afirmaba que la universidad es una institución «dedicada a la vida no universitaria y a prácticas de producción de un plusvalor ético-político que excede los intereses corporativos, profesionales, empresariales o estatales», y Micaela Cuesta, profesora de la Universidad Nacional de San Martín, añadía que nos permiten conocer nuestras determinaciones y anteponer a ellas una mediación institucional que garantice autonomía subjetiva y capacidad de autogobierno. Dado que existe esta potencia no realizada, ¿por qué no imaginar las universidades como motores para el desarrollo nacional?

Debemos reactivar todas esas instituciones de manera que permitan, además, la interacción entre distintas habilidades y disciplinas (ingeniería, arte, ciencias sociales, matemáticas, etc.). Las universidades deben ser espacios donde interactúan perfiles diversos y crean sinergias que hacen progresar a la sociedad. Son algo así como motores espirituales donde descubrimos quiénes queremos ser y cómo queremos aportar al resto de personas; un espacio de felicidad, pero también de trabajo digno, sin hambre y sin exclusión, como rezaban las manifestaciones en las calles de Argentina en favor de la universidad pública, la base para alcanzar la soberanía científica y tecnológica que después enriquezca al país, en lugar de sub desarrollarlo debido a la competencia con los países del Norte. Esta debe ser la base sobre la que debe erigirse el modelo civilizatorio alternativo al de Milei.

HB. ¿Qué rol crees que tienen las criptomonedas, como proyecto libertario, a la hora de consolidar los marcos neoliberales y llegar a esa nueva generación, milenial o Z, e insertarlas dentro de los circuitos del dinero en lugar de politizarlas?

EC. Antes de que estallara la burbuja de las criptomonedas (cuándo se derrumbó el precio de una parte de ellas, dejando a millones de personas sin ahorros) o se reconociera que la gran mayoría de las NFT eran en realidad un fraude, escribí que estos instrumentos financieros eran el producto de una pesadilla milenial.

Somos la generación más educada de la historia, con las mayores habilidades y conocimientos técnicos, capaz de imaginar otras formas de relacionarnos y existir en sociedad, pero todo ello se encuentra bloqueado. Somos víctimas de las dos grandes turbulencias económicas más grandes ocurridas a nivel sistémico en la historia (en Argentina, de hecho, cuatro: el Rodrigazo, en 1975, la crisis hiperinflacionaria de 1989, la bancarrota de 2011 y el estancamiento derivado del crash global al que asistimos desde 2012). Heredamos un mundo sin recursos y que se extingue.

Las élites se han esforzado en negar que es necesaria una organización de los recursos económicos y políticos a escala planetaria, y que esta debe recaer en los movimientos sociales. No han parado de poner en marcha experimentos digitales hiperpragmáticos contra el Estado, pero sobre todo contra la autorganización, para garantizar la supervivencia del sistema, sean las redes sociales, la inteligencia artificial o las criptomendas. Milei lo ha entendido perfectamente y ha instrumentalizado la situación económica (pobreza, incapacidad de ahorro, salarios paupérrimos) y existencial (nula formación financiera, falta de un horizonte esperanzador y un ácido individualismo ) para decantar la lucha del lado de los capitalistas, consolidando sus proceso de expropiación y explotación.

También ha comprendido algo que el kirchnerismo no: existe un tipo de sujeto o espíritu emprendedor entre los jóvenes al que se debe responder políticamente, no a través del mercado. La gente en este país es increíblemente creativa y, debido a las dificultades económicas de los últimos años, ha desarrollado la capacidad para montar proyectos y sacar plata de cualquier lugar. En lugar de canalizar esa agencia creativa, esa pulsión hacia el emprendimiento, de manera similar a como hacen los movimientos sociales o los espacios artísticos (es decir, para crear sujetos que llevan a cabo tareas de militancia política o son simpatizantes culturales), Milei lo ha orientado hacia la guerra entre individuos, aunque ya son varios los estudios que coinciden en que quizá no sea capaz de hacerlo. Las criptomonedas son un intento por solucionar los problemas del neoliberalismo, pero lo más probable es que terminen creando otros nuevos.

HB. ¿Existen utopías, tal y como las definís en el libro, que nos permitan imaginar una salida?

EC. Siempre existen afueras al sistema en las prácticas sociales de las personas y organizaciones que las imaginan y después las llevan a la práctica, especialmente en el Sur global. Pero hemos de quitarnos de la cabeza que las criptomonedas son herramientas descentralizadas o neutras: están al servicio de una agenda, en este caso la de los buitres financieros. Por ejemplo, pensemos, como hizo Ecuador, en una criptomoneda atada a las directrices del banco central argentino que además sea capaz de financiar proyectos colectivos que faciliten la integración económica del país, su cohesión y su movilización en favor de proyectos de desarrollo nacional. ¿Por qué jugar y ganar al estilo neoliberal, entrenando jugadores para luego venderlos más caros a cambio de criptomonedas con las que especular en una pirámide de Ponzi? De la mano de Andrés Arauz, incluso se crearon hackatones para mejorar la integración financiera de los ciudadanos y avanzar en tácticas para desdolarizar el país.

La base de nuestro pensamiento radical debe asentarse sobre la solidaridad, no la competencia, y después pensar en las tecnologías necesarias para llevar a cabo esta reorganización de la vida moderna. Existen muchos experimentos con valiosas lecciones sobre cómo llevarlo a cabo, pero antes necesitamos crear bloques regionales entre países progresistas, como los del Sur, que sean capaces de construir dichas infraestructuras de manera colectiva, con acuerdos comerciales asentados sobre la libre transferencia tecnológica, relaciones entre los distintos pueblos que permitan escalar las innovaciones derivadas y codificar todas esas prácticas dentro de un orden mundial alternativo, antisistémico. La alternativa es la austeridad, la guerra y la destrucción ambiental.

Ekaitz Cancela. Periodista oriundo del País Vasco que investiga las transformaciones estructurales del capitalismo, sus expresiones culturales y la posición de Europa en el mundo. Es autor de Utopías digitales. Imaginar el fin del capitalismo (Prometeo, 2024).

Fuente: https://jacobinlat.com/2024/08/imaginar-el-fin-del-capitalismo/

21 de enero de 2024

El fascismo libertario

Carlos Alberto Rozanski

Entender las razones profundas que posibilitaron la irrupción de Javier Milei como opción de “salvación” de nuestra sociedad en crisis, es una tarea compleja pero imprescindible. Igualmente necesario es preguntarse cómo un personaje de esas características, que anunciaba tragedias, sufrimiento, y sobre todo, violencia, pudo llegar a ganar una elección presidencial. Finalmente hay que interrogarse acerca de los espacios en los que pudo insertarse el grupo de inadaptados que hoy ocupan la casa rosada y que abrevaron en los principios más estereotipados del racismo y la discriminación.

Se trata de un nuevo y peligroso escenario político-social que intentan instalar en el corazón mismo de la comunidad. Es aquel en el cual los hoy gobernantes diferencian dos sectores muy marcados: “la gente de bien” (los libertarios) y “el resto”.

Es bueno recordar que el grupo negacionista libertario comenzó su actividad pública hace poco más de dos años con apariciones esporádicas durante la pandemia. Desde la apología de la dictadura genocida, la negación de la existencia del virus covid 19 y la denostación de la vacuna hasta la quema de barbijos en alguna vereda, el grupo inició el camino hacia el actual discurso único de los “unos” y “los otros”. En esa primera etapa, los actos aparentaron desvinculación entre sí, asemejándose más a un producto del azar o la casualidad que a un plan organizado.

Bolsas mortuorias en el frente de la Casa de Gobierno con nombre de personalidades y guillotinas en la Plaza de Mayo, eran noticias en algunos medios, las que, aún dispersas, comenzaban a impregnarse en la mente de los telespectadores. Se trataba aún de una primera etapa en la cual las agresiones aparecen fragmentadas simulando agotarse en cada acto.

En esos momentos -2021-, irrumpió en esa escena el personaje de Javier Milei que terminaría canalizando esos impulsos aparentemente dispersos, hacia un verdadero movimiento político. En ese contexto el 1 de septiembre de 2022, se produjo el intento de magnicidio a Cristina Fernández de Kirchner. Así, las manifestaciones esporádicas y en apariencia desconectadas pasaron a la etapa siguiente de la secuencia, lo cual se materializó en un partido político (La Libertad Avanza) cuyo fundador luego ganaría las elecciones presidenciales en el Balotaje de 2023.

Se trataba de un personaje extraño, de cabellos revueltos y labia agresiva que desde su particular desaliño personal anunciaba la superioridad “moral, productiva y estética” de su agrupación libertaria. A partir de allí, la demonización de un sector variado y creciente de la comunidad monopolizó la mayor parte de su discurso político.

Una vez instalado en las redes sociales y mediáticas, Milei comenzó de ese modo una brutal agresión expresiva hacia objetivos específicos. Calificó de “imbécil” y de “representante del maligno en la tierra” al Papa Francisco y de “zurdos de mierda” a los militantes y dirigentes de la izquierda política de quienes dijo reiteradamente que había que destruir. Sin embargo, el objetivo central y obsesivo de Javier Milei fue el movimiento nacional justicialista. Comenzando por su figura más representativa, la primera etapa de estigmatización se centró en Cristina Fernández de Kirchner, en ese momento vicepresidenta de la nación y en el “Kirchnerismo” a quienes tanto Milei como sus socios atribuyeron la mayor parte de los males del universo. Ese espectro demonizante se fue ampliando al resto del partido político mayoritario en nuestro país y al mismo tiempo el que mayores conquistas sociales logró a través de leyes que ahora el presidente se propone derogar.

Es útil recordar que el peronismo ha basado su doctrina y lucha política en el concepto de “justicia social”. La mejor síntesis de ese principio trascendente es la idea de equidad, solidaridad, bien común, igualdad de oportunidades, en suma, el respeto por la dignidad humana.

En sentido opuesto y como parte de su estrategia destructiva, Milei ha definido reiteradamente la justicia social como una “aberración”. Con ese sustantivo, el presidente intenta demoler aquello que durante muchas décadas ha encabezado las luchas no sólo del peronismo, sino de toda la clase política progresista argentina. De hecho que la extensa lista de víctimas del genocidio de la última dictadura se ha nutrido de un colectivo políticamente heterogéneo en un abanico que va desde el radicalismo hasta la izquierda trotskista pasando, por supuesto, por el peronismo.

Actualmente, a escasas semanas de haber asumido el nuevo presidente, estamos entrando en una tercera etapa de avance de la extrema derecha que excede la actividad específica partidaria. Milei está tratando de instalar los conceptos centrales de su discurso reaccionario y violento, en el corazón mismo de gestión comunitaria que es el propio Estado. Ese Estado que cínicamente demonizó en cada discurso, anunciando su desaparición al igual que la de la mayoría de las dependencias ministeriales desde las que en los gobiernos anteriores -exceptuando el de Macri-, se impulsaban las políticas de contención y ayuda social. Su real intención al respecto nunca fue la de extinción del Estado. El objetivo real de Javier Milei y de quienes están detrás, es el reemplazo de un Estado presente y solidario por uno prebendario y orientado a una entrega de recursos humanos y naturales como nunca se vio en la historia de nuestro país.

Esta tercera etapa en marcha prevé un estado organizado en base a la exclusión absoluta del sector social que los libertarios consideren que no son “argentinos de bien”.

Al respecto, con la claridad que lo caracteriza Rocco Carbone señaló que “…cuando se nos dice que se gobernará para “los argentinos de bien” se está trazando un límite que va a separar a millones de seres del reconocimiento de su condición humana. En ese gesto segregatorio yace un núcleo del pensamiento fascista”. Agrega sobre el poder que ganó las elecciones que “… Está animado por lógicas mafiosas y por un catalizador fascista”. (1)

Esa vinculación estrecha que Carbone plantea entre la mafia -representada por Mauricio Macri- y el fascismo en la lógica de los discursos y actos de Javier Milei, resulta esencial para comprender el momento actual.

Es bueno recordar también que Milei afirmó públicamente por televisión: “Entre el Estado y la Mafia me quedo con la Mafia. Porque la mafia tiene códigos, la mafia cumple” (SIC). (2)

Y en esa disyuntiva planteada, Milei optó por la construcción de un Estado mafioso. Se convirtió así en el primer presidente electo en un país luego de afirmar su devoción por una organización criminal como es la mafia.

Macri, a su vez, fue denunciado por citas textuales de “mi Lucha” de Adolfo Hitler. El ex presidente definió públicamente a los alemanes como “raza superior” (SIC). Como señala un reconocido autor, Mauricio Macri es el primer político en el mundo fuertemente sospechado de pertenecer de manera orgánica a una organización mafiosa (la ‘Ndrangheta calabresa) que llega a la presidencia de un país. (3)

En el actual escenario, hay cuestiones que por su aparente extravagancia deben llamar nuestra atención y sobre todo la de nuestros dirigentes responsables de dar respuesta. Así, en el programa de la televisión chilena antes citado, Milei propuso privatizar las calles de nuestras ciudades para que quienes viven en cada cuadra puedan tener ingresos cobrando peaje. Igualmente, sus pintorescos diputados se han manifestado públicamente impulsando por ejemplo alambrar y privatizar los océanos o asegurando que los hombres que tuvieron relaciones sexuales con una mujer, deberían tener 15 dias de tiempo después de notificados del embarazo de sus parejas, para decidir si se harán cargo o no de las obligaciones parentales respecto del futuro hijo recien concebido. Por su parte, la actual canciller propuso la creación de un “mercado de órganos” (sic).

Baste para completar la idea recordar que el presidente eligió como Procurador del Tesoro (abogado del país) a un ex Nazi que participó del ataque a una sinagoga.

Como se sintetizó, la estrategia libertaria tanto para llegar al gobierno como para intentar sostenerse en él se erige sobre una sucesión de propuestas tan violentas como inverosímiles. La alianza mafioso-fascisita que describe Carbone es inédita en el país y eso explica algunas de las situaciones extrañas que se están viviendo. La magnitud del absurdo y lo bizarro de los personajes, permiten pensar que estamos ante la posibilidad de un saqueo sin precedentes con final abierto.

El actual escenario representa un desafío tan grave como la alianza que lo nutre. En él, es muy difícil determinar si la Argentina está presidida por un perverso, un desequilibrado o simplemente un megalómano. Lo que sí es posible afirmar es que los riesgos a los que el personaje en cuestión está sometiendo a una nación de 47 millones de habitantes, son superlativos.

La esperanza está hoy depositada en aquel sector de la política que supo luchar contra la dictadura genocida hasta recuperar la democracia. En aquellos jueces y fiscales decentes que no se doblegan ante la corrupción más reaccionaria de la corporación. En ese maravilloso pueblo que en las calles y sin vacilar, va a seguir poniendo el cuerpo para apoyar a sus dirigentes e impedir nuevos y brutales atropellos.

(1) La Tecl@ Eñe, 30/11/2023

(2) Programa Vía Pública Santiago de Chile 18/12/2019.

(3) “El lado oculto de la Famiglia Macri”. Edit. Ciccus. Jorge Beinstein, Daniel Cieza, 2019

https://www.pagina12.com.ar/701609-el-fascismo-libertario