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29 de noviembre de 2025

¿Qué está pasando en América Latina?

Álvaro García Linera

La región vuelve a ser un laboratorio de oleadas progresistas y contraoleadas derechistas que se disputan nuestro futuro político.

Una oleada política reaccionaria recorre el continente. Allá donde las izquierdas y los progresismos colapsan por errores propios (Argentina, El Salvador, Ecuador, Bolivia, Chile) un desembozado antiigualitarismo se abalanza sobre las expectativas colectivas para intentar desmontar derechos y reconocimientos populares conquistados. Allá donde la oleada progresista persiste (Brasil, Colombia, México, Uruguay, Honduras), la asedian y agrietan por todos lados para intentar derrocarlos. Donde puede (Venezuela), ensayan intervenciones extranjeras.

América Latina siempre ha sido un continente convulso y extremo. De revoluciones populares, golpes de Estado y dictaduras militares. Pero también de ciclos de estabilidad institucional. El neoliberalismo, por ejemplo, que en algunos casos se inició con dictaduras (Chile, Argentina) o en momentos de transición democrática (Bolivia, Paraguay, Uruguay, Ecuador, Brasil), dio lugar a un periodo de 20 años de relativa normalización del régimen de acumulación económica y un sistema de partidos políticos convergentes en la des-sindicalización, la privatización de empresas públicas y la apertura comercial. Si bien al principio no estuvo exento de resistencias sociales, logró comandar el horizonte predictivo de las sociedades.

Igualmente, los gobiernos progresistas y de izquierda que emergieron a inicios del siglo XXI en buena parte del continente, también lograron estabilizar el crecimiento económico y el sistema político por más de una década. En el caso boliviano hasta cerca de dos décadas.

No obstante, pese a esta aparente similitud de temporalidades y extensión territorial, se tratan de procesos cualitativamente muy diferentes. El neoliberalismo vino de la mano de una alianza de los grandes exportadores, los financistas, clases medias letradas y las grandes corporaciones occidentales, asesoradas por los organismos de financiación internacional (FMI, BM). La resistencia a su implementación la encabezaron las declinantes clases asalariadas vinculadas a la sustitución de importaciones de los tiempos del capitalismo de Estado. En el caso del progresismo, este vino de la mano de coaliciones flexibles de los agraviados por el neoliberalismo: trabajadores asalariados sin sindicato, clases medias desplazadas por las elites management, pobladores multioficios de las zonas periurbanas, bolsones de sindicalistas y, en el caso de Bolivia y Ecuador, de un potente movimiento campesino e indígena.

Pero, además, y esto resultara decisivo a la hora de entender el presente, la estabilidad neoliberal continental se construyó sobre los pilares de una reforma general del orden económico y político global: EE.UU. y Europa desmantelaban gradualmente los pactos sociales del Estado de bienestar construido desde los años 30. China abrazaba el “libre comercio” y, la economía planificada de la URSS se desmoronaba ante el ímpetu de los mercados globales. La sentencia thatcherista de “no hay alternativa”, en su brutalidad, tenía soporte plausible en una triunfante globalización legitimada por un liberalismo político atemperado. Los lideres latinoamericanos de entonces no tuvieron nada que inventar para desplazar el desarrollismo nacional en crisis. Simplemente bastaba con hacer copy page y traducir los papers del FMI para presentarse como “estadistas” ante un electorado expectante de alternativas.  

El ciclo progresista latinoamericano en cambio, tuvo que nadar contra la corriente mundial globalista. Allá cuando surgió en los años 2000-2006, lo hizo quebrantando algunas, o muchas según el caso, de las normas prevalecientes a escala global: ampliar derechos sociales, re-sindicalizar, proteger producción local, subir impuestos a las corporaciones extranjeras, redistribuir riqueza, nacionalizar empresas, etc. Es decir, llevo adelante políticas contrarias al sentido común neoliberal aun dominante en el mundo (con excepción de China). Y ahí estuvo su creatividad y audacia. De hecho, el continente se adelanto 15 años a lo que ahora las propias economías “desarrolladas” intentan implementar selectivamente bajo el paraguas de “políticas industriales”, “proteccionismo” o guerras arancelarias. Pero este desacople de temporalidades entre el continente y el resto del mundo, también ha contribuido al actual cansancio e inestabilidad del progresismo latinoamericano que lo lleva hoy a coexistir al lado de una oleada ultraderechista.  

La oleada de izquierdas

El neoliberalismo continental tuvo dos momentos de consolidación. El primero, cuando logró parar la inflación emergente de la crisis de la deuda de los años 80 mediante la contracción de la inversión pública y la liberalización las importaciones. Y segundo, cuando dinamizó la economía interna con la inyección de capitales extranjeros atraídos por la subasta de las empresas estatales. Pero, con ello, se sentaron las bases de su posterior caída. El “ajuste fiscal” deterioró la red básica de protección social con el que cualquier Estado del mundo cohesiona a su población; en tanto que, con la privatización, el capital extranjero comenzó a externalizar las ganancias de sus inversiones, lo que llevó a una nueva fuga de dólares. Esto, más la caída de los precios de materias primas, lanzaron a las economías regionales al estancamiento, inflación y posterior recesión económica.  

Los distintos gobiernos de izquierda y progresistas de Latinoamérica son la respuesta social a ese declive estructural del neoliberalismo continental a inicios del siglo XXI.

A la frustración material colectiva le acompañara una corrosión de las lealtades al individualismo competitivo y al sistema de partidos que lo legitimó. Vino una crisis nacional general en la mayoría de los países. Ahí es que lograron irrumpir distintas formas de protagonismo popular que revitalizaron nuevos horizontes predictivos apegados a la igualdad, la justicia social y la soberanía.

Y es que la acción colectiva no sólo es un mecanismo de protesta legítima de la sociedad. Cuando es amplia y expansiva bajo las formas de estallidos, protestas masivas, levantamientos o insurrecciones, es además un productor de nuevos esquemas cognitivos compartidos con los que las personas trastocan su ubicación en el mundo y reinventan nuevas direcciones de la vida en común de los pueblos. Genera una disponibilidad social general a revocar antiguas creencias asociadas a decepción y fracaso; al tiempo que empujan a adherirse a nuevos sistemas de certidumbres capaces de proyectar otros destinos posibles.

Es sobre este espíritu colectivo subyacente, y sus límites, que las actuales izquierdas y progresismos continentales llevaron adelante un conjunto de reformas económicas y sociales entre el 2003-2015. Lograron estabilizar la economía y ampliar los derechos colectivos. Con variaciones en cada país, se elevaron algunos impuestos de las empresas exportadoras. En otros casos, se nacionalizaron empresas privatizadas, logrando una mayor retención del excedente que fue redistribuido en amplios sectores populares mediante políticas de protección social universales y focalizadas. Se apostó a una mayor inversión publica que dinamizó la economía y amplió el consumo interno. A la par, se combinaron políticas de apertura comercial selectiva que incrementaron las exportaciones, con acciones proteccionistas de las industrias locales. El bienestar social se elevó.  

En una década y media la economía retomó tasas de crecimiento saludables, cerca de 70 millones de latinoamericanos salieron de la pobreza y hubo una notable movilidad social ascendente de sectores populares. En el caso boliviano, mayoritariamente indígenas.

Pero, alrededor del 2015, este programa de reformar comenzó a mostrar síntomas de agotamiento y a traducirse en derrotas electorales de aquellas fuerzas de izquierda que estaban en gobierno.

Dejo para otro momento el debate sobre las causas de este retroceso político, especialmente con aquellas que hablan de una “pasivización” inducida, del papel omnipresente de las redes o de clases populares “malagradecidas”. Son especulaciones contrafácticas. Lo real fue que aquellas reformas, exitosas para resolver los principales problemas que angustiaban a la población en la primera década del siglo XXI, para la segunda década ya eran insuficientes. Ello dio lugar a un agotamiento por cumplimiento. Las reformas iniciales modifican la estructura social. La ampliación de los servicios básicos, la mejora salarial de abajo a arriba y la ampliación del consumo de amplios sectores populares e indígenas, un hecho básico de justicia social, modificó las demandas de esos sectores, al igual que sus formas organizativas. Y con ello su manera de ubicarse aspiracionalmente en el mundo. Pero esta mutación social, fruto de la propia obra del progresismo, él no la comprendió y siguió refiriéndose a lo popular como si se mantuviera igual que antes de las reformas. Desde entonces, parte de las propuestas de las izquierdas y el progresismo se han vuelto anacrónicas. En Argentina, la incapacidad actual para interpelar a los sectores de la llamada “economía popular”, que ya abarca a mas del 50% de la fuerza laboral, es paradigmático. En el caso boliviano, la incomprensión de las reivindicaciones de las emergentes clases medias indígena-populares, es igual de dramático a la hora de querer volver a construir mayorías políticas con efecto estatal.  

A ello se sumó el declive de la acción colectiva (con excepción de Chile y Colombia) y las modificaciones del contexto mundial. La caída de los precios de las materias primas desde el 2013 y la ralentización de la economía global, redujeron los ingresos públicos y puso en jaque las políticas redistributivas de las izquierdas. Todas estas realidades requerían, y aún requieren, una segunda generación de iniciativas progresistas. La primera fase se internalizó el excedente económico y se lo redistribuyó con parámetros de justicia social. Esta nueva fase requiere un abordaje audaz en políticas productivas y tributarias que permitan darle sostenibilidad en el tiempo a las acciones redistributivas. Ello pasa por un programa de inversiones en políticas industriales del Estado y guiada desde el Estado hacia el sector privado de la pequeña y mediana producción, además de los servicios. Igualmente, se necesita una modificación sustancial del actual sistema impositivo regresivo. Pasar a la progresividad de tal forma que los millonarios, menos del 1% de la población, paguen muchísimo más, sin afectar a sectores medios y populares. De esta manera se reduce la brecha de desigualdad y se concentra el malestar en una pequeña minoría opulenta.  

Pero no se tomaron esas medidas. De hecho, hasta el día de hoy ni siquiera se debate esta u otras acciones que permitan recuperar la iniciativa política y la convocatoria hacia un nuevo porvenir esperanzador. Lo que hay es una recuperación melancólica de los “buenos tiempos” y los antiguos logros del progresismo; pero en medio de una frustrante carencia de nuevos horizontes que superen los agobios existentes. Así, el progresismo atraviesa, esperemos sólo temporalmente, una fase defensiva y de baja intensidad de su oleada, que apela a preservar lo conquistado para que el futuro no sea peor que el presente. Cuando en realidad de lo que se trata en la lucha política hegemónica es la disputa por el monopolio de un futuro que sea mejor, mucho mejor, que el presente y el pasado. Una medida del actual conservadurismo propositivo del progresismo, es verlo formular simplemente variantes más “humanas” de las mismas políticas de ajuste macroeconómico que realiza el bloque de derechas.

La oleada de extrema derecha

Como en el resto del mundo, las extremas derechas autoritarias y anti-igualitarias no son nuevas. Durante mucho tiempo han vegetado como fuerzas políticas marginales de un centro político de derechas neoliberal que se fagocitó casi todo el espectro político conservador. Pero las crisis económicas, como también para las izquierdas, son la posibilidad de su despliegue. Es la cualidad del actual tiempo liminal.

El tiempo liminal es el periodo histórico turbulento y confuso que separa, a veces por décadas, un ciclo relativamente estable de acumulación económica y legitimación política, de otro ciclo.  

Claro, ante la crisis económica que pone en evidencia el límite o fracaso del régimen anteriormente prevaleciente, la manera de salir de ese atolladero empuja a las fuerzas políticas a divergir unas de otras, y a dar espacio a fuerzas políticas emergentes. Cuando la crisis se manifiesta en una gestión gubernamental de derechas, ello habilitara disponibilidad a coaliciones de izquierdas o progresistas abanderando propuestas de igualdad, justicia social y ampliación de los bienes comunes estatales. Aunque también crecerán, simultáneamente, las extremas derechas que propugnarán una manera autoritaria de recuperar el orden perdido. Cuando la crisis económica no se soluciona o se profundiza por la gestión de un gobierno progresista, fermentaran las condiciones de una coalición gubernamental de extrema derecha, que propondrá recortes de los derechos colectivos, restricción a la participación democrática y contracción de los bienes públicos.

Pero aún con gobiernos progresistas exitosos y relativamente estables, las derechas autoritarias crecen. Son la contracara de la expansión de la igualdad. Ya sea por el ascenso social de sectores populares e indígenas, el empoderamiento de las mujeres, la mejora del consumo popular o la inserción laboral exitosa de migrantes, ello dará lugar a un pánico moral de sectores medios tradicionales que creerán ver devaluado antiguos pequeños privilegios. De ahí la base de clase media, y en parte popular, de las extremas derechas. Son la expresión virulenta y cruel de una revancha anti-igualitaria por la pérdida de estatus.

Con todo, el régimen de las extremas derechas tampoco son aún el inicio de un nuevo ciclo de acumulación y legitimación. El neoliberalismo autoritario de Bolsonaro en Brasil no logró consolidarse y dio paso al regreso del progresismo. La experiencia pseudolibertaria de Milei, al final tuvo que comerse sus palabras referidas a las virtudes de la “mano invisible del mercado” y arrodillarse ante la mano visible del Estado (norteamericano). La presencia de gobiernos de izquierda en Brasil y México, las economías mas grandes del continente, mantienen el equilibrio inestable regional.  
En realidad, en la siguiente década, el continente seguirá ejerciendo de laboratorio de coetáneas oleadas progresistas y contraoleadas derechistas. Es un tiempo de victorias cortas y derrotas cortas simultaneas. Y, si ninguna de las dos oleadas se impone concluyentemente, el desenlace vendrá a escala global; de la mano de las economías más influyentes del mundo capaces de proponer una base tecnológica y organizativa del nuevo ciclo de acumulación y legitimación global.    

Álvaro García Linera. Figura intelectual relevante del marxismo latinoamericano. Estudiante de matemáticas en la UNAM, participó en la fundación del Ejército Guerrillero Tupaj Katari (EGTK) y pasó varios años como prisionero político en la cárcel de Chonchocoro de La Paz. Fue elegido vicepresidente de Bolivia en 2006 y reelegido hasta el golpe de Estado de 2019 que le obligó a exiliarse junto al presidente Evo Morales. Autor de más de dos decenas de libros, su última obra “El concepto de Estado en Marx: lo común por monopolios” (Akal, 2025).

Fuente: https://www.diario-red.com/opinion/alvaro-garcia-linera/que-pasando-america-latina/20251121213935058642.html

29 de octubre de 2025

Si no me obedeces eres terrorista o narcotraficante

Hedelberto López Blanch

​La obsesión del convicto presidente Donald Trump por volver a imponer la Doctrina Monroe en la América Latina ha llegado al extremo de declarar que si un gobierno legítimamente elegido se opone a sus intereses, se le declarará terrorista o narcotraficante.

La última confrontación de Trump con una nación democrática ocurrió recientemente, después que el presidente colombiano Gustavo Petro ofreció ante la Asamblea General de Naciones Unidas uno de los discursos más valientes al denunciar las arbitrarias y agresivas acciones que cometen Estados Unidos, y su actual presidente, contra numerosos países del mundo.

Petro, entre las  falacias que refutó, se refirió a las infundadas acusaciones a Venezuela como un país traficante de drogas y las amenazas militares de Estados Unidos en el Caribe y en específico contra la Revolución Bolivariana.

Y reafirmó «los narcotraficantes viven en Miami, Nueva York, París, Madrid, Dubai. Muchos tienen ojos azules y pelo rubio y no viven en lanchas donde caen los misiles. Los narcotraficantes viven al lado de la casa de Trump en Miami».

Trump primero le retiró la visa al presidente colombiano y ahora canceló la ayuda financiera a Colombia alegando inacción del gobierno en la lucha contra el narcotráfico. Asimismo, con su usual prepotencia, calificó sin pruebas a Petro de «líder del narcotráfico» y dijo que si no cierra los campos de exterminio (drogas), Washington lo hará.

Contra Venezuela, en el afán de apoderarse de sus riquezas naturales como petróleo, gas, oro, coltán y reservas de agua potable, Washington ofreció 50 millones de dólares por la captura del legítimo presidente Nicolás Maduro, quien como su predecesor Hugo Chávez Frías, no ha permitido que la Casa Blanca vuelva a colonizar Caracas como ocurrió en décadas anteriores.

En un movimiento militar sin precedentes, Estados Unidos ha desplegado una fuerza militar en el Caribe con 10 buques de guerra, un submarino nuclear, decenas de aviones, miles de marines y 1.200 misiles para operar cerca de las costas de Venezuela con la vieja excusa de «luchar contra el narcotráfico» y la supuesta droga que entra en Estados Unidos desde esa nación latinoamericana.

De agosto a la fecha, Estados Unidos ha bombardeado siete supuestas embarcaciones de narcotraficantes en el Caribe.

En ninguno de los casos ha presentado pruebas de que las embarcaciones atacadas transportaran drogas ni de que sus tripulantes estuvieran vinculados al narcotráfico pese a que ya ha asesinado a unas 32 personas.

Para Petro, la estrategia de Estados Unidos de juntar «la mal llamada guerra contra las drogas» con «la búsqueda real del petróleo», mediante ataques contra Venezuela, «es un doble fracaso».

Otro de los casos más arbitrarios y extensos por el tiempo es el de Cuba. Washington ha mantenido a la Isla del Caribe bajo un férreo bloqueo económico, comercial y financiero por más de 60 años y además puso al país como patrocinador del terrorismo sin ninguna prueba.

Por el contrario, Cuba ha llevado a más de un centenar de países ayuda solidaria cuando han ocurrido desastres naturales (como ciclones, inundaciones, terremotos) además de enviar a personal de salud experimentado a combatir epidemias como malaria y ébola a diferentes naciones.

Washington no ha podido doblegar al gobierno y pueblo cubanos pese haber lanzado contra la Isla, agresiones, invasiones, atentados y bloqueos. Cuba ha mantenido con estoicidad y sacrificio, desde 1959, su soberanía e independencia y eso les duele a los propulsores de la Doctrina Monroe que intenta imponer nuevamente el derrotero de América para los americanos, o mejor dicho para Estados Unidos.

Son tiempos de unidad en América Latina para luchar contra un régimen antidemocrático establecido en Estados Unidos que intenta nuevamente convertir en neocolonia a toda la región del hemisferio occidental.

Y hay que estar alerta porque un imperio en decadencia es muy peligroso y hará cualquier locura por tratar de preservar un mundo unipolar cada vez más debilitado.

Hedelberto López Blanch​. Periodista, escritor e investigador cubano, especialista en política internacional.  

Se publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

30 de septiembre de 2025

La batalla cultural en apuros

Juan De la Puente

Cuando se inició en diciembre de 2023, la presidencia de Milei era prometedora e idealmente disonante para los oídos radicales, habida cuenta de que le precedían varios años de fracaso peronista y la experiencia neoliberal de Macri, igualmente desastrosa.

La presencia de los grupos ultraconservadores en A. Latina tiene diversa intensidad. En algunos países, como Brasil, Colombia y Argentina, llegaron al gobierno (Bolsonaro, Duque y Milei, respectivamente), en tanto que en otros, como en Chile y Perú, y nuevamente en Colombia, se encuentran en posición de ganar los próximos comicios. Ecuador y El Salvador son casos singulares de gobiernos autoritarios que no se integran a la corriente regional de lo que se autodenomina la batalla cultural.

Sobre el gobierno de Bolsonaro existe consenso sobre su trágico legado pleno de violencia, deforestación, empleo precario, pobreza e informalidad; de su manejo errático de la economía y su política internacional, que debilitó severamente la influencia de Brasil en la región y en el mundo. Su performance golpista y su condena por ello son el cierre en falso de la primera experiencia de gobierno de la derecha extremista en A. Latina.

Cuando se inició en diciembre de 2023, la presidencia de Milei era prometedora e idealmente disonante para los oídos radicales, habida cuenta de que le precedían varios años de fracaso peronista y la experiencia neoliberal de Macri, igualmente desastrosa. La Argentina que votó por Milei, harta de la corrupción, la inflación y la pobreza, sintonizó con su discurso contra la “casta”, su odio al Estado y su grito de batalla desde la economía libertaria. Era la apuesta más ultraconservadora de las últimas décadas en la región.

Ya no lo es. En las últimas semanas, Argentina experimenta la desilusión del mileísmo. Del éxito inicial en la rebaja de la inflación se ha pasado al descontrol de la economía, con el dólar al alza y la destrucción del empleo. Los primeros quiebres de sus promesas —como romper con China— empalidecen frente a otros, como endeudarse con el FMI por 20 mil millones de dólares, el poder global al cual Milei dijo en campaña que jamás acudiría. Ahora Argentina es el país de A. Latina que más le debe al FMI: 64 mil millones de dólares.

Fue más allá. Su lema de campaña fue “antes de subir un impuesto, me corto un brazo”, pero su política tributaria es otra: bajar los impuestos a los ricos y subirlos a los pobres. A los primeros les obsequió la rebaja general de las retenciones (pagos aduaneros) en beneficio del sector cerealero, lácteo y minero, y el alivio del pago de impuestos a las grandes inmobiliarias, pero restituyó el pago del IVA (IGV) a los productos de la canasta básica, aumentó 15 veces el precio del combustible y repuso el impuesto a las utilidades de más de un millón de trabajadores.

Milei demuestra que el extremismo no puede tener una política económica coherente, el equivalente de la esterilidad que en el mismo terreno muestra la economía venezolana, y acaso la boliviana de los últimos años. Faltando dos años para el término de su mandato, exhibe resultados dramáticos. Durante su gobierno, hasta mayo de 2025 se cerraron casi 16 mil pymes y se perdieron en ese sector 224 mil empleos registrados. La caída de los sectores industrial, textil y calzado exhibe cifras que van desde el 20% al 50%.

Impresiona el sentido errático del manejo económico, considerando que Milei se vendió como un economista erudito que calificaba de descerebrados a los que le llevaban la contra. Debe saberse que el Banco Central de Reserva argentino no es autónomo y la idea de no acumular reservas fue llevada al plano de política pública, de modo que el BCR decidió no acumular reservas en el segundo trimestre de este año, impulsando en parte la corrida cambiaria que sufre la economía argentina actualmente.

En lo político, no pudo formar una mayoría gobernante. Sin diálogo y sin cooperación, perdió el apoyo de los gobernadores provinciales, a los que insulta en público, y a una parte decisiva de sus aliados en el Congreso. Se distanció de su vicepresidenta y del expresidente Mauricio Macri, y agrede reiteradamente a la prensa y a la sociedad civil. Su gobierno es un ejemplo de improvisación gigantesca: cogobierna con su hermana, a quien dice reportar y a la que llama “jefe”; tiene asesores que no están en la planilla del Estado; habla poco con sus ministros y, cuando se produce una crisis, enmudece varios días y explota en episodios delirantes. Ese comportamiento es increíble, y más aún que, a pesar de las señales previas a su elección, apostaran por él la prensa conservadora y los grupos económicos más poderosos.

Los recientes escándalos de corrupción tocan directamente a Milei y a su hermana copresidenta. Los datos fluyen: los hombres de la casta se reciclaron en su gobierno, así como los lobbistas siguen arrancando decisiones mercantilistas, en tanto la corrupción privada se entiende con los funcionarios como en las épocas peronista y macrista.

Este no es un ramillete de anécdotas presidenciales. Interpretándose en clave de corto y largo plazo, nos avisan del fracaso del discurso que se asume extremadamente confrontativo y que afirma que la arena pública —actores y auditorio— protagonizan en pleno siglo XXI una batalla cultural que, al llegar al poder, debe erradicar a sus enemigos, suprimir derechos y libertades y edificar un futuro muy propio, que no sea compartido.

La batalla cultural es un discurso, pero no un proyecto. No es capaz de reflejarse con éxito en el gobierno, de lo que ya nos hablaban los fracasos de Duque y Bolsonaro, solo que el de Milei es más resonante por la radicalidad de sus propuestas. Intentar aniquilar a las universidades públicas, recortar las pensiones y suprimir los derechos de las personas con discapacidad son prácticas que, desde antes de que ganara las elecciones, estaban vetadas por el sentido común, pero él las implementó.

Y fue más allá. Recortó programas para jóvenes (-39,8%) y adultos mayores (-9,3%) y las becas Progresar (-63,3%). Se ensañó contra las políticas de género: eliminó el Ministerio de la Mujer, redujo el presupuesto para salud sexual y violencia de género, bajó a mínimos los programas Acompañar y ENIA, y pretende suprimir la figura del feminicidio.

La situación argentina es un aviso para las próximas elecciones en A. Latina. Revela la distancia entre los discursos radicales contra la democracia y los derechos, y la práctica cotidiana de gobernar, especialmente en sociedades en crisis políticas, económicas o en ambas esferas. Los hombres providenciales sin partido, sin historia, sin experiencia y sin equipo, financiados con nocturnidad y portadores de un furioso futuro que amenaza con pulverizar las formas, presentan límites inherentes. El fracaso empieza con ellos.

A. Latina ingresa a un superciclo electoral de corto plazo. En siete países (la segunda vuelta en Bolivia, Honduras, Chile, Costa Rica, Perú, Colombia, Brasil) se llevarán a cabo elecciones marcadas por novedosos fenómenos. Al mismo tiempo que se deterioran los partidos tradicionales, surgen liderazgos populistas, la mayoría ultraconservadores, portadores de la batalla cultural en escenarios cruzados donde se aprecia que polarización y fragmentación son un todo desafiante.

La tendencia es a que las elecciones sean penetradas por campañas que cruzan las líneas rojas de una deliberación democrática con la promesa de elegir un gobierno sin límites y capaz de combatir la inseguridad y corregir los problemas políticos y económicos. Donde es posible desarrollar debates y diálogo —como en Chile— se aprecia rápidamente la falta de profundidad, calidad, información y coherencia de quienes apuestan por un futuro no compartido. En cambio, en países donde el debate político transcurre con extrema violencia verbal, como en el Perú, o violencia física, como en Colombia, es imposible separar la verdad de la mentira y es más fácil que se filtren discursos que anuncian resonantes fracasos. Elecciones sin diálogo y sin deliberación no son una práctica democrática y no conducen a una nueva política.

Fuente: https://larepublica.pe/opinion/2025/09/28/la-batalla-cultural-en-apuros-por-juan-de-la-puente-hnews-1000748

21 de septiembre de 2025

Las guerras del imperio en Latinoamérica y el Caribe

Atilio A. Boron

El título de esta nota puede inducir a creer que el objeto de estas breves líneas será recordar las numerosas aventuras militares del imperialismo norteamericano en Nuestra América, sobre todo en Centroamérica y el Caribe, “la tercera frontera imperial” como felizmente la definiera el profesor y ex presidente de la República Dominicana Juan Bosch. Pero no: nuestro propósito es examinar las guerras actuales del imperialismo, las que al día de hoy se libran en contra de Cuba y Venezuela. Pese a que la Cumbre de la CELAC 2014 declaró a Nuestra América como Zona de Paz, lo cierto es que los países arriba nombrados son víctimas de una guerra no declarada pero no por ello menos perjudicial.

Los cambios en “el arte de la guerra” a lo largo de las últimas décadas han tenido como una de sus consecuencias invisibilizar el enorme daño que hoy se puede infligir a las poblaciones agredidas y ocultar, al menos parcialmente, la responsabilidad criminal que le cabe al país agresor. En los casos que nos ocupan, Estados Unidos es quien sin mediar una declaración formal de guerra, que requeriría una ley del Congreso de ese país, lleva más de sesenta años haciéndole la guerra a Cuba, con total impunidad, y diez años a Venezuela.

El caso venezolano se distingue del cubano porque existe una Orden Ejecutiva firmada el 9 de marzo del 2015 por el entonces presidente Barack Obama mediante la cual se declaraba la “emergencia nacional” ante la “amenaza inusual y extraordinaria que la situación de Venezuela suponía para la seguridad nacional y la política exterior de Estados Unidos.” Es difícil al re-leer estas líneas no pensar en la soberana ridiculez de dicha Orden Ejecutiva. ¡La “seguridad nacional” de la mayor potencia militar y financiera del planeta amenazada por la Venezuela bolivariana! El pretexto, porque para todo el imperio tiene un pretexto, fue sancionar a siete funcionarios de los organismos de seguridad del estado venezolano que habían participado en el combate a las sangrientas “guarimbas” que asolaron al país entre febrero y mayo del 2014 y a los cuales se les acusaba de haber incurrido en prácticas violatorias de los derechos humanos.

En el caso cubano las medidas coercitivas unilaterales comenzaron poco después del triunfo de la Revolución cuando el presidente Dwight Eisenhower en enero de 1960 prohibió la exportación de todo producto a Cuba (excepto alimentos y medicinas) y redujo la cuota de azúcar que la isla exportaba a Estados Unidos, afectando seriamente la economía cubana. En marzo de ese año había autorizado a la CIA que organizara, entrenara y equipase a emigrados cubanos y otros mercenarios para organizar una invasión a Cuba con el objeto de derrocar a Castro, cosa que infructuosamente se intentó en Abril de 1961 en Playa Girón. Pocos meses antes, el 3 de enero de 1961, Eisenhower había roto las relaciones diplomáticas con Cuba. La perversa progresión del bloqueo en contra de Cuba es harto conocida tanto como los efectos devastadores sobre la vida económica, social y política de la isla. No existe ninguna experiencia en la historia universal, repito: en la historia universal, de un país o región que hubiese estado sometida por una gran potencia dominante a una agresión económica, comercial, financiera, diplomática, cultural, mediática, deportiva y migratoria como la que Cuba, con una dignidad y heroísmo ejemplares, viene resistiendo desde hace 65 años. Los problemas de la economía cubana son incomprensibles al margen de las devastadoras consecuencias de una guerra que se extiende por tantas décadas

Con la aceleración del curso declinante del imperio americano y ante su creciente pérdida de influencia en Asia, cada vez más girando en torno a los dos gigantes regionales: China y la India; con su tenue presencia en el continente africano; el debilitamiento irreversible de los países europeos, reducidos a la condición de dóciles sirvientes del amo imperial y sin gravitación siquiera en su entorno geopolítico inmediato como Oriente Medio a lo cual hay que añadir el inesperado renacimiento de Rusia como actor global, Washington reorganiza las prioridades de su agenda de política exterior y vuelve sus ojos hacia Latinoamérica y el Caribe, esa “retaguardia estratégica” del imperio como la denominaran Fidel y el Che. En efecto, nuestra región es un fenomenal emporio de recursos naturales como lo definiera un venezolano ilustre y gran secretario general de la UNASUR, Alí Rodríguez Araque. Y ante el cambio en la correlación mundial de fuerzas, en detrimento de Estados Unidos, Donald Trump alentado por sus halcones -entre ellos el fiel lobista del sionismo, Marco Rubio- ordena a su flota de mar patrullar el Caribe meridional, acosar a pescadores venezolanos en sus aguas territoriales, agredirlos e intimidarlos y, según confesión propia, en un par de casos asesinarlos fríamente luego de acusarlos, sin aportar prueba alguna, de ser narcotraficantes. Estas supuestas narcolanchas pretendían lograr una verdadera proeza náutica en un mar protegido por unas cuarenta bases militares estadounidenses amén de una decena de navíos de guerra que se hallaban patrullando la región, pese a lo cual desafiantemente se dirigían con sus pequeñas embarcaciones supuestamente cargadas de cocaína y fentanilo con destino en las costas estadounidenses. La mentira es tan flagrante que la única conclusión posible es que en su desesperación Trump apela a cualquier expediente, mintiendo sin escrúpulos e inclusive ejecutando a sangre fría a pescadores de atún en abierta violación de la legalidad de su país que exige la detención de los supuestos delincuentes para ser llevados a juicio y la incautación de su cargamento para confirmar su naturaleza.

Se trata, entonces, de actos de agresión militar en una guerra no declarada, pero guerra al fin. Actos que se inscriben en una larga lista de agresiones no militares pero letales que Venezuela ha sufrido en esta larga guerra que comienza con la infame Orden Ejecutiva de Obama del 2015. Si el objetivo de una guerra convencional es destruir mediante el empleo de la fuerza las instalaciones militares, la infraestructura y desestructurar por completo la vida económica del país agredido, en la guerra de quinta generación esos objetivos se logran por otros medios: medidas coercitivas unilaterales (vulgo: “sanciones”) que producen gravísimos daños en la economía, perjudicando las relaciones comerciales con terceros países, desalentando inversiones en Venezuela y destruyendo la normalidad de la vida económica al interior del país; también con atentados mediante ciberataques a represas, puentes, refinerías, abastecimiento de agua y energía eléctrica y el desplome de las redes sociales y la Internet; con campañas de desinformación, satanización de las autoridades del país agredido (por ejemplo, inventando una organización criminal, el Cartel de los Soles, y diciendo que su jefe es el presidente Nicolás Maduro Moros); o con la organización y financiamiento de grupos criminales como las tristemente célebres “guarimbas” de 2014 y 2017 (o, en Oriente Medio, la banda criminal de los degolladores seriales del ISIS, según confesión de Hilary Clinton) y la creación de climas de terror y temor en la población.

En pocas palabras, debemos reconocer que Venezuela, igual que Cuba, está en guerra y que la unión del pueblo con su gobierno y sus fuerzas armadas fue la que hasta ahora erigió una formidable barrera a las pretensiones del imperio, dispuesto a cometer cualquier crimen con tal de apoderarse de la mayor reserva comprobada de petróleo del mundo que se encuentra en la patria de Bolívar y de Chávez y a poner fin a la Revolución Cubana, ese faro ejemplar que ha dado muestras de una resiliencia absolutamente excepcional, sin precedentes en la historia universal. Para lograr estos dos objetivos Trump y sus compinches son capaces de hacer cualquier cosa. Y si hasta ahora no lo hicieron es porque todavía está muy fresca la memoria de las derrotas experimentadas en Corea, en Vietnam, el Líbano, en Afganistán y en Playa Girón. O la “victoria” conseguida en Irak que a poco andar se convirtió en una derrota política, al igual que la más reciente en Siria, donde Washington causó estupor y repulsa universal porque luego de urdir la “primavera de colores” que acabó con el “régimen” de Bashar al Ásad ungió como presidente de ese país a Al-Sharaa, un criminal serial sobre cuya cabeza reposaba una recompensa de diez millones de dólares por ser el líder del grupo terrorista islámico Hayat Tahrir al-Sham (HTS). Y saben en la Casa Blanca que si escalan la agresión en contra de Cuba y Venezuela un tsunami antiestadounidense recorrerá toda Latinoamérica y probablemente también el Sur Global, donde hay actores muy poderosos que desean importar el petróleo venezolano. Un nuevo tsunami que tal como ocurriera a comienzos de siglo culminó con la derrota del ALCA, el gran proyecto que los expertos y analistas del imperio habían elaborado para todo el siglo veintiuno.

Fuente: https://www.pagina12.com.ar/858663-las-guerras-del-imperio-en-latinoamerica-y-el-caribe

Se publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

30 de julio de 2025

Perú: La letra con sangre entra

Gustavo Espinoza M.

Cuando un gobernante acumula excesivo Poder y lo usa con fines protervos, recusables o personales, se dice que estamos ante un Dictador.

La historia de nuestro país nos ha brindado numerosos casos de ese tipo de gentes, desde Leguía hasta Fujimori, pasando ciertamente por Sánchez Cerro, Benavides, Odría y algunos más.  Pero el escenario continental ha sido aún más notorio: Batista,  Trujillo, Somoza,  Pérez Jiménez, Rojas Pinilla  y hasta Javier Milei, en  nuestros días.  

Todos ellos tuvieron un rasgo distintivo al margen de su origen como mandatarios. Ejercieron la tarea de manera impositiva, caprichosa, arbitraria y abusaron de su función gubernativa para imponer su voluntad a las grandes mayorías. Adicionalmente, registraron la tendencia a ensañarse particularmente con sus enemigos personales.

Todos ellos, tuvieron otro elemento común:  fueron varones, y actuaron de manera “machista” como un modo de confirmar su arrojo y su capacidad de decisión. En otras palabras, no conocimos en el pasado el caso de mujeres que tuvieran ese perfil.

Aunque Keiko Fujimori diseña esa imagen con alucinante nitidez, Dina Boluarte, lo encarna y lo luce en su condición de Mandataria.  Es dictadora neta. Con ella, ocurre por primera vez.    

Las personas de este signo están marcados con rasgos sicopáticos: no distinguen el bien y el mal, no les importa la opinión del entorno, no muestran la menor empatía, carecen por completo de escrúpulos, pero también de valores, y muestran absoluta indiferencia ante el daño que causan.  Sienten una avidez desmedida por el dinero, y son propensas a ceder ante las tentaciones del lujo y la ostentación. Actúan por capricho, que algunos confunden con tenacidad La riqueza, los obnubila. Pero, además, guardan rencores. Incuban odios profundos con respecto a quienes “obstruyen” sus designios o “les hacen sombra”

Adicionalmente, no les importa lo que ocurra a partir de sus acciones y no se sienten en el deber de justificar su conducta. En el fondo, son indiferentes al juicio que les genere su conducta. Suelen usar el ataque como su “mejor defensa” y prestos pasan a la ofensiva para evitar cuestionamientos ajenos.

Para los peruanos, el caso de la Boluarte es singular porque es la primera mujer que ejerce tan alta función. Y ella no la admite como producto de una casualidad de la historia, sino como un reconocimiento expreso a sus supuestas calidades personales. Como si ella misma hubiese sido elegida para cumplir una determinada misión que le depara el destino.

En América Latina, y también en otros continentes, hemos tenidos mujeres que han cumplido funciones similares, pero lo han hecho de otro modo. Michelle Bachelet, en Chile, Cristina Kirchner en Argentina, o Dilma Rousseff en Brasil; han desempeñado sus funciones con sencillez y altura, como actualmente lo vienen haciendo la Presidenta de México Claudia Sheinbaum o la mandataria de Honduras, Xiomara Castro.

Todas hicieron honor   a su condición de mujeres, tal como antes ocurriera con Angela Merkel, la Canciller alemana que tuvo durante 16 años las riendas del Poder en sus manos.

En contrario, en nuestra región se han presentado dos casos que merecen atención. Jeaninne Añez, en Bolivia, constituye el antecedente más inmediato de Dina Boluarte. Ambas fueron el corolario de un confuso Golpe Blando concretado para derribar a gobiernos considerados populares o incluso de Izquierda: Evo Morales y Pedro Castillo.

La Añez ya está tras las rejas, y sin duda la Boluarte seguirá ese mismo camino, pero las dos encarnan el mismo perfil de dictadoras surgido a la luz del modelo Neoliberal que nos oprime.

Que no le importa nada, la confirma la precaria inquilina de Palacio cuando recuerda sin resuello la herencia de la vieja escuela: la letra, con sangre entra.

Es por esa idea que se atrevió a explicar por qué se atenuó la violencia en las movilizaciones de masas ejecutadas recientemente por la población. Los peruanos -dijo. “han aprendido la lección”. Si hacen disturbios, los matamos, pareció añadir.  Y es que, en efecto, y como antes, la letra con sangre entra. Lo´ prueban más de 60  muertos

Esa “enseñanza”, para que nadie la olvide, fue actualizada y recobró vigencia con el asesinato de Alexander Checa Montalvo, caído en Chala con  un balazo en pleno rostro cuando protestaba al lado de los mineros.  

Es claro que ahora las “autoridades” dirán dos cosas: que fue él quien provocó su muerte, y que quien disparo lo hizo “en defensa de su propia vida”. Después de todo, la ley lo ampara. Ella dice que la policía tiene derecho a hacer uso de armas letales cuando considere que está en riesgo su seguridad.

Por lo pronto, lo adelanto ya el ministro del Interior, quien aseguró que el abatido estaba “entre los manifestantes”, y que obraba agresivamente “contra las fuerzas del orden”. Bien muerto está, entonces,.

Por si eso fuera poco, acaba de “renovarse” esta idea cuando se atacó a balazos en Iquitos a los trabajadores que enarbolaban banderas de la CGTP. 19 heridos dejaron estas manifestaciones de repudio efectuada por la población amazónica que se expresó abiertamente con motivo de la presencia en la ciudad, de la espuria mandataria.  

¿Algún pesar por lo ocurrido? ¿Algún lamento, acaso?  No. Nada. Para la señora fue quizá apenas como una tenue lluvia en una región del país donde llueve con frecuencia.  Es claro que ni siquiera preguntó por el estado de salud de los afectados, ni se preocupó por la angustia de sus familiares, ni le importó saber si podrían ser atendidos en alguna posta o centro hospitalario.

Nada de eso. Para ella, lo importante se produjo: estuvo ella donde se habla propuesto.

En los últimos días hemos visto los vejámenes que ha sufrido Betsy Chávez Chino, indebidamente encarcelada desde hace dos años en el Penal de Chorrillos. A ella la odia desde antes, incluso durante el gobierno de Castillo. Hoy, la detesta. Eso explica el trato que recibe.

Y éste se muestra también con el médico Cabani, a quien consideraba algo así como su “wayki”, pero al que ahora aborrece. Y es que es muy temperamental. Incuba odios.        
Coincidiendo con las Fiestas Patrias las organizaciones sociales y políticas representativas de la sociedad peruana, han programado diversas movilizaciones y protestas. Se proyecta un Paro en el Transporte, demandas mineras, acciones regionales orientadas a expresar la voluntad ciudadana, Marchas y Mítines.

El aparato represivo del Estado estará presto a servir los designios de quien manda, Y la dictadora dirá sin rubor: “es que todavía hay quienes no han aprendido la lección”.

En el fondo, lo que ocurre, es que la sangre que se derrama no es la de ella, es la del pueblo. Por eso no le importa.

Se publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

26 de julio de 2025

Europa comienza a despertar

Diego García Sayán

Francia, Reino Unido y Canadá rompen el silencio y advierten a Israel sobre posibles sanciones si no cesa la ofensiva en Gaza y permite ayuda humanitaria, ante el apoyo tardío de Europa.

Por fin. Tras meses de una ofensiva brutal, desproporcionada y sin freno del gobierno de Benjamín Netanyahu contra la población civil en la Franja de Gaza —con un saldo de decenas de miles de muertos, la mayoría civiles, y una destrucción que recuerda los peores episodios del siglo XX—, algunas potencias occidentales comienzan a romper el silencio cómplice y el titubeo diplomático.

Francia, Reino Unido y Canadá advierten a Israel con posibles sanciones si no detiene su ofensiva y permite ayuda humanitaria. Alemania calla. Naciones Unidas, paralizada. El lenguaje —por fin— ha cambiado. ¿Y América Latina? Tuvo un papel importante en 1967 con la Resolución 242. Hoy, silente, pero también puede y debe levantar su voz.

No se trata ya del retórico llamado a la moderación, sino de una afirmación explícita con base sólida en el derecho internacional: la expansión de asentamientos en Cisjordania es ilegal, debe detenerse y el desplazamiento forzado permanente constituye una violación del derecho internacional humanitario. Se habla incluso, por primera vez desde estas capitales, de la posibilidad de imponer sanciones específicas. Giro diplomático modesto pero significativo.

Cese inmediato de operaciones

La operación militar del gobierno de Netanyahu, rebautizada como “Carros de Gedeón”, ha desplegado tropas simultáneamente por el norte y el sur de Gaza, intensificando los ataques a zonas densamente pobladas. Han ofrecido una ayuda humanitaria mínima, controlada militarmente, como si se tratara de una concesión, no de una obligación.

El comunicado de París, Londres y Ottawa no se deja engañar: califica ese gesto como “totalmente insuficiente”. Y, lo medular: reclama un cese inmediato de las operaciones, acceso sin restricciones para la asistencia humanitaria y cooperación plena con Naciones Unidas.

Giro tardío pero necesario

Durante demasiados meses, las diplomacias europeas han mirado hacia otro lado, atadas por alianzas geopolíticas, lastradas por temores internos y con la vista fija en los movimientos de Washington. Han permitido que el gobierno de Netanyahu actúe con impunidad, al margen del derecho internacional y de la proporcionalidad más elemental. En ese contexto, este comunicado marca un antes y un después. Introduce un nuevo principio en la conversación internacional: si no hay freno, habrá consecuencias.

Sin embargo, no toda Europa parece dispuesta a cruzar esa línea. Alemania, uno de los principales proveedores de armamento a Israel, guarda silencio. El gobierno de Olaf Scholz, hasta ahora firme en su apoyo a Tel Aviv, no ha dado señales de que esté dispuesto a suspender los envíos de armas, a pesar de las crecientes denuncias por crímenes de guerra y del pronunciamiento de la Corte Internacional de Justicia.

Silencios…

¿Y Naciones Unidas? De perfil. A pesar de que la devastación de Gaza desafía todos los principios del derecho internacional humanitario, el Consejo de Seguridad ha permanecido paralizado por vetos, presiones y cálculos diplomáticos. La ONU ha cedido su papel de liderazgo a actores dispersos: Estados Unidos, Catar, Egipto. Con ello, la legitimidad del sistema internacional se erosiona con cada hospital bombardeado y cada niño enterrado bajo los escombros.

Esta semana, las tropas de Netanyahu atacaron el local de la Organización Mundial de la Salud en la ciudad de Deir al-Balah: esposaron y desnudaron al personal masculino y a sus familiares, y los retuvieron a punta de pistola. Así lo confirmó en declaración pública el Dr. Tedros Adhanom Ghebreyesus, director general de la OMS. La ONU, pues, vapuleada.

¿Y América Latina? También tiene un papel que jugar. Aunque sin el peso militar o económico de las potencias occidentales, varios países de la región —como Colombia, Chile o Bolivia— ya han roto relaciones diplomáticas o han llamado a consultas a sus embajadores. Otros, como Brasil, han tenido una voz crítica en foros multilaterales. Pero falta más coordinación regional, más firmeza, más diplomacia activa. América Latina, con su historia de solidaridad con los pueblos colonizados y su compromiso histórico con el derecho internacional, no puede quedarse muda ni indiferente frente a una tragedia que interpela los principios más elementales de humanidad.

Ya en 1967, tras la Guerra de los Seis Días, América Latina actuó con firmeza y unidad en Naciones Unidas, promoviendo una resolución —la histórica Resolución 242— que exigía el retiro de Israel de los territorios ocupados, como Cisjordania. Hoy, más de medio siglo después, el drama de Gaza exige una respuesta de similar contundencia ética y política. Porque cuando el derecho se diluye y el dolor se vuelve costumbre, el silencio ya no es neutral: es complicidad.

https://larepublica.pe/opinion/2025/07/24/europa-comienza-a-despertar-por-diego-garciasayan-hnews-317352

9 de mayo de 2025

Imaginar el mundo sin Trump

Juan De la Puente

El revés de Trump en la guerra arancelaria con China y su tosco retroceso marca el hito más importante en los primeros 100 días de su presidencia. La idea de un estratega rudo, audaz y victorioso se deteriora y es reemplazada por variadas lecturas, desde la que sostiene que preside un gobierno errático contestado por el mundo, hasta aquella que cree que a pesar de sus reveses sigue siendo el líder del resurgimiento de EEUU.

La euforia ultraconservadora mundial de enero ha sido sustituida por un silencio todavía admirativo. En A. Latina se tienen las primeras críticas desde ese sector a Trump, aunque todavía en un tono poco explícito. En cualquier caso, la imagen de Trump tiende a alejarse como referencia de la ultraderecha regional, una independencia emocional que, sin embargo, no dañará sustantivamente el auge extremista en la región. Puede ser que en breve plazo no sea rentable ser trumpista, pero la ultraderecha regional es más que Trump.

Sin desconocer el aspecto universal de la arremetida conservadora, las claves internas de los países latinoamericanos parecen guiarse menos de lo que presumimos de las constantes internacionales, por lo menos en esta etapa de duda sobre una recesión o depresión generada por las guerras arancelarias.

Eso sucede también en EEUU. La encuesta de Gallup de cara a los 100 días de Trump en el poder revela una seria caída de su aprobación. El 45% de estadounidenses lo aprueba, muy por debajo del promedio de la aprobación de presidentes desde 1952, que es de 60%; no obstante, si bien el mayor cambio de humor se registra entre los independientes (que inclinaron la balanza a su favor en las elecciones que ganó con 1,6%) donde la aprobación de Trump cayó al 37%, es entre los votantes republicanos su aprobación sigue siendo alta, situándose en 90%.

El auge conservador posee consistencias estructurales locales que pueden subsistir sin referentes mundiales, inclusive. Esa consistencia puede ser igualmente testaruda cuando se trata de referentes nacionales. En Brasil, estando pendiente un reclamo judicial que anule su inhabilitación, Bolsonaro, cuyo gobierno fue desastroso, tiene una intención de voto que supera el 30% y al parecer goza de capacidad de endose; y en Argentina, los escándalos protagonizados por Milei y el desorden de su gobierno, no impiden que su aprobación se sitúe sobre el 40%, en tanto que para las elecciones legislativas de octubre su partido empata o supera al peronismo en la mayoría de encuestas.

Hay reveses y reveses. Algunos no disuadirán al extremismo regional y operarán como un ejemplo de lo que es posible y realizable. La experiencia de los primeros meses del gobierno de EEUU indica que una política extremista que emerge de una democracia sólida y que se ve limitada por las reglas, quiebra con cierto éxito esas reglas para avanzar en sus propósitos. Si hay una primera lección de Trump II, es que la política extremista está destinada a no ser democrática y tiene espacio para ello.

Trump acumula casi 50 órdenes judiciales contra decretos arbitrarios y a pesar de ello sus decisiones siguen siendo improvisadas, temerarias e inconstitucionales. En 100 días de gobierno, el mandatario de EEUU ha firmado 124 órdenes ejecutivas, contra 162 de Biden en todo su gobierno y, en cambio, solo ha enviado 5 proyectos de ley al Congreso.

La idea sobre que en EEUU se ha desatado una crisis constitucional ascendente es avalada por la evidencia. Luego de una elección democrática se impuso una forma de gobierno de emergencia permanente caracterizada por el uso abusivo del poder y de la mayoría parlamentaria, decisiones impulsivas sin deliberación, coerción abierta a los gobiernos y sustitución autoritaria de sistemas que proveen o garantizan derechos y libertades. La desactivación del Departamento de Educación es un caso clamoroso.

Los académicos de EEUU, pero ya no solo ellos, se refieren a esta política como fascista o neofascista, una caracterización todavía ausente en el debate latinoamericano. Es probable que algunas señas indiquen que esa calificación es temprana en un área que en los últimos 60 años experimentó variantes neofascistas de un corte distinto, es decir, militarizadas y no partidarias, y en algunos casos contrainsurgentes, y que es todavía escenario de experiencias que originándose en experiencias progresistas -Nicaragua y Venezuela- acabaron en formas violentas de autoritarismo corrupto. En cualquier caso, con o sin precisiones conceptuales, A. Latina podría sumar en los próximos años nuevos regímenes depredadores de las libertades.

Los reveses de Trump pueden operar también como señales de lo que será difícil replicar en la región, entre ellos la política nacionalista y proteccionista al mismo tiempo, un cóctel que contiene otras claves, especialmente la crítica al llamado globalismo, argumento en el que se sustentan las campañas conservadoras iliberales contra el sistema de las NNUU, el enfoque de género, cambio climático y la transición energética, entre otros.

A. Latina es una región con economías en general abiertas, con tratados de libre comercio, inmersas en dinámicas asociativas diversas. Una relativa diversificación de su comercio ha convertido a la región en un área donde es difícil implementar políticas proteccionistas esencialmente como una herencia neoliberal, aunque tres de sus economías, Argentina, Brasil y México, registran más normas proteccionistas que en otros países. Extrañamente, los grupos ultraconservadores en los tres países mencionados y en los otros en la región profesan una firme adhesión neoliberal en lo económico cruzada con un conservadurismo político y moral igualmente duro.

¿Es posible la compatibilizar neoliberalismo económico con conservadurismo político y moral? En la teoría si, y cierta práctica así lo acredita, aunque mientras dure el gobierno de Trump los principales riesgos de una política económica aperturista provienen precisamente de EEUU interesado en nuevas relaciones comerciales privilegiadas que no pasen por los tratados de libre comercio conseguidas a través de un juego de presiones arancelarias a los países que comercian más con China, la presión a sus empresas para poner fin del nearshoring y el deseo de controlar la exportación de recursos estratégicos. No olvidemos que A. Latina tiene el 50% de las reservas de litio del mundo y el 17% de tierras raras.

Paradójicamente, el éxito del MAGA de Trump depende del fin del libre comercio de A. Latina.

Con o sin Trump en escena, la política ultraconservadora tiene espacio en Latinoamérica. Su principal baza es la crisis de la democracia liberal y de las experiencias progresistas. El trasvase de la derecha tradicional hacia la ultraderecha -Perú. Argentina, Colombia, Ecuador, Chile- y el increíble inmovilismo de la izquierda no autoritaria garantizan esta capacidad de movimiento.

Es obvio que las posibilidades son desiguales. En los países donde la ultraderecha ha capturado una parte del Estado -Perú, Ecuador y Guatemala- el terreno es más inclinado y desafiante y es menos resistida la conexión entre los caudillos extremistas y las masas.

Por otro lado, si bien la esperanza no tiene que ser, necesariamente, democrática, altruista y racional, el límite de las políticas contra la democracia es la política democrática en las instituciones y en las calles. Ahora mismo, en EEUU decenas de miles se manifiestan contra el gobierno en tanto los jueces, universidades y autoridades locales y estatales le plantan cara.

https://larepublica.pe/opinion/2025/04/27/imaginar-el-mundo-sin-trump-por-juan-de-la-puente-hnews-2182410

9 de febrero de 2025

USAID: Tiburón bueno

Juan Manuel Robles

Cuando Estados Unidos entendió que, por más superpotencia militar que fuera, no podía dejar que las guerritas se le multiplicaran hasta lo ingestionable, nació Usaid. Cuando Estados Unidos estimó que —salvo invasiones elegidas y muy rentables— era mejor la zanahoria que el garrote, nació Usaid, tu mano amiga. Cuando Estados Unidos, unos cuantos hombres muy astutos de Estados Unidos, se dieron cuenta de que el antiimperialismo es un fuego que prende bien donde hay hambre y que en esas economías pequeñas los dólares se hacen gigantescos, nació Usaid y consolidó su ayuda y cooperación interesada: dinero a cambio de influencia.

Cuando Estados Unidos notó que con esos fondos no solo podía ganarles lugar a las izquierdas locales en el negocio de la ayuda social, sino que además podía captar a esos izquierdistas —robarles el corazón y sus banderas domesticadas—, Usaid se volvió indestructible. O, bueno, casi.

Cuando los izquierdistas se dieron cuenta de que la revolución no era posible, empezaron a pensar que, tal vez, era más divertida la guerrilla de juguete con fondos del imperialismo (que ya tenía bien pensado el asunto). Y empezaron a ver a Usaid como algo bueno. Ciertamente lo es. Es bueno tener a Usaid en la tierra y no un dron en el cielo.

Así, la presencia de Usaid se fue fortaleciendo, fomentando un discurso en favor de una justicia social, una que dejaba de lado, naturalmente, cualquier lucha por subvertir el orden y cuestionar las relaciones de dominación y la necesidad de autonomías.

Como parte del trabajo de la agencia ha sido limitar el sentido común de varias generaciones de progresistas, yo se los explico apelando a la condición de fanáticos de Star Wars (que sé que varios de ellos comparten). Pues es como si Darth Vader, después de orden 66 y ya bien sentado al lado de Palpatine, hubiera decidido abrir una Escuela de Jedis, con sucursales en toda la galaxia y financiamiento del imperio.

Para fomentar el espíritu noble de aquella orden venerable, con talleres en que se entrene a los jóvenes en el arte de mover rocas con la mente, para el aplauso y ferias en Tatooine. Por supuesto, no estarían permitidos los sables láser. Esos Jedis de exhibición son modernos y pacíficos.

Seamos claros: no es que Usaid, generosa, altruista, humana, “también” promueva agendas políticas. Es que esa es su función principal, para eso fue creada. En Estados Unidos, a funcionarios y políticos —a favor y en contra— se les escapa decir que la agencia es una “fachada de la CIA”. Por primera vez sale en los cables internacionales algo que siempre se supo, y han tenido que ser los trumpistas quienes lo digan: que las actividades de Usaid están destinadas a desestabilizar gobiernos. Eso es lo importante. El dinero, el apoyo a los programas sociales, es una forma de ganar lealtades y colaboradores. Usaid está tan metida en ese entramado social que financia cursos a jueces y fiscales, y patrocina el Lugar de la Memoria (ya saben por qué en ese museo no encontrarán un rinconcito dedicado a Usaid y su participación en las esterilizaciones forzadas).

Por supuesto, es válido ser financiado por Usaid. Es legítimo domesticarse, ser pragmático, realista, capitular. Lo que resulta un poco desubicado es recibir dinero de Usaid y decir que la preocupación de Usaid es “el fortalecimiento de la democracia”. ¿La democracia? Será la democracia que no choca con Estados Unidos. La que no se subleva, la que procura revisar contratos con grandes transnacionales, la que no abre el mapamundi para buscar alianzas con otras potencias.

Que a veces los intereses de Usaid coincidan con los nuestros —como cuando se sumó a la oposición contra Fujimori, cosa que ocurrió debido a que Estados Unidos le bajó el pulgar al presidente, como antes había hecho con su exaliado Pinochet—, no la hace neutral ni bienintencionada. La injerencia estadounidense en América Latina, cuando sus pueblos quieren empoderar a un gobernante que no les gusta, tiene una historia dolorosa de muertes y mentiras, y Usaid es parte de ella.

Por eso, a quienes vimos con interés el surgimiento de movimientos progresistas de la región, a los que hubiéramos querido un Evo Morales o un Rafael Correa en el Perú, a los que todavía tenemos la esperanza de, al menos, una Claudia Sheinbaum peruana, el destino de una agencia que contribuyó a minar todos esos proyectos nos vale madre. Claro, hubiera sido mejor que nos pasara como a Bolivia, donde el presidente se levantó un día y decidió anunciar que cojan sus maletas y se larguen, por injerencistas, y no como podría ocurrir ahora, por un reacomodo interno expresado en el zarpazo de un megalómano impresentable.

Y por cierto, todos los argumentos que apelan a los desposeídos que se verán perjudicados si cesa la ayuda de Usaid confirman lo que dijo el presidente Gustavo Petro: eso no es ayuda. No lo es. Era justamente lo que buscaban y lo lograron: la creación de una dependencia que nunca debió haber existido en primer lugar.

¿Las medidas contra la agencia de cooperación significan que Trump es de pronto aliado de la causa progresista en América Latina? ¿Es un hombre cruel pero sensato que cree que nuestros países deben vivir plenamente su soberanía? De ninguna manera. El cierre significa, tal vez, que algo más siniestro está por venir. Trump, que ya ha mostrado sus ansias de intervenir militarmente en países y mostrar el músculo, cambia la zanahoria y vuelve al garrote. Reencauza el dinero para otras cosas y comienza a hablar con lenguaje militar. El tiburón de Blades quiere volver a la orilla (y no sabes de qué hablo, Usaid hizo su trabajo demasiado bien).

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 719 año 15, del 07/02/2025

https://www.hildebrandtensustrece.com/

2 de febrero de 2025

Trump contra los inmigrantes y el libre comercio

Diego García Sayán

La fuerza de trabajo de los inmigrantes es fundamental. Cancelar esos trabajadores sería un duro golpe, en particular en sectores de la economía como la agricultura o la construcción.

Paul Krugman, premio Nobel de Economía (2008), es reconocido por su calidad como investigador por sus brillantes análisis sobre los patrones de comercio, la localización de la actividad económica y la teoría del comercio internacional.

Sus conceptos tienen especial actualidad ahora, cuando Trump ha empezado su “guerra contra los inmigrantes” y a utilizar como “arma” política herramientas técnicas como los aranceles.

“Trump morderá más de lo que ladra”

“Visto desde mi perspectiva de profesor, bloquear las importaciones de productos fabricados en el extranjero y deportar a los trabajadores nacidos en el extranjero son, en cierto modo, similares en sus implicaciones económicas. Pero los aranceles son cuestión de dólares y centavos; la represión de los inmigrantes es cuestión de personas”, sostiene Krugman.

Y como se trata de personas, es probable que la hostilidad de Trump hacia los inmigrantes cause mucho más daño humanitario e incluso económico que su política comercial. Hay en eso poco —o nada— de “técnico”, todo es político.

Y lo precisa Krugman: “En lo que respecta a la represión de los inmigrantes, ya estamos viendo las primeras pruebas de que la administración morderá más de lo que ladra (…) cualquier persona de piel morena correrá el riesgo de ser detenida, al menos temporalmente”.

Ola de represión

Muy lejos de ayudar a la economía estadounidense, los “mordiscos” de Trump tendrían dramáticos efectos negativos en la producción y el comercio, como sostiene Krugman en The New York Times. La fuerza de trabajo de los inmigrantes es fundamental. Cancelar esos trabajadores sería un duro golpe, en particular en sectores de la economía como la agricultura o la construcción. No son un “adorno” o algo “extra”: los inmigrantes, incluso los indocumentados, constituyen la mayor parte de la mano de obra agrícola. Ocupan, pues, puestos difíciles de reemplazar con trabajadores locales.

Sin este grupo laboral, los costos de producción se incrementarán. Otros servicios, como la limpieza pública, también están usualmente a cargo de mexicanos o inmigrantes latinos.

Este asunto remite —o tiene que ver— con la película satírica A Day Without a Mexican (Un día sin mexicanos), dirigida por Sergio Arau (2004). La trama se centra en un incidente científico a partir del cual, de repente, todos los residentes mexicanos y de origen mexicano en California desaparecen sin explicación.

La película explora cómo la ausencia de estos trabajadores afecta, de improviso, a varios sectores. Muestra cuán fundamental es su trabajo en las labores que sostienen la economía y la vida diaria en California: alimentos, limpieza pública, cuidado de los niños, etc. Todo en torno a una serie de estereotipos que reflejan racismo y xenofobia.

Golpee… y observe qué sucede con los precios

Se estima que de 2 a 3 millones de inmigrantes trabajan en la agricultura en EE. UU. Entre el 50 y el 70 % son inmigrantes indocumentados y desempeñan funciones fundamentales en la agricultura, la ganadería y la construcción.

En un momento como el actual, en el que los estadounidenses (como todos los países del mundo) están molestos por la inflación que sucedió a la pandemia, así como por la creciente inaccesibilidad de vivienda, la represión de Trump contra los inmigrantes obstaculiza directamente la producción y la cadena de suministro de alimentos y de productos. Es decir, golpea en la médula.

“Expulse a esos trabajadores, ya sea mediante la deportación o la detención, o simplemente creando un clima de miedo, y observe lo que sucede con los precios de los alimentos”, advierte Krugman. O los de la vivienda, teniendo en cuenta que el 40 % de quienes trabajan en la construcción en Texas y California son inmigrantes. Nada menos.

Y a todo se suma el impacto de la guerra arancelaria que Trump ya inició, lo que viola los principios de libertad de comercio y las reglas adoptadas en la Organización Mundial del Comercio, que prohíben el uso político de los aranceles. Sin olvidar algo crucial: las expulsiones masivas están prohibidas por el derecho internacional.

La insostenible situación actual solo parece estar esperando una reacción para parar las pretensiones “trumpistas” de persecución y represión. A lo que se suman las amenazas imperiales de atacar Panamá para apropiarse del canal, en artera violación del derecho internacional.

Mientras tanto, el mundo y América Latina observan. Se siente que fuerzas diversas se preparan para reaccionar y actuar con el derecho internacional y la diplomacia, al servicio de reglas decentes en las relaciones internacionales y del respeto a la soberanía de los pueblos y de las naciones.

América Latina ha demostrado en el siglo XX capacidad de concertación y de acción conjunta. En la década de los ochenta hervía Centroamérica en la “guerra de baja intensidad”, lanzada por el presidente Reagan, propuesta esencial de Washington para procesar y manejar los conflictos armados internos en El Salvador, Guatemala y Nicaragua.

En ese contexto, algunos Gobiernos latinoamericanos “se pusieron las pilas”. Crearon el Grupo de Contadora, que fue decisivo en la pacificación centroamericana, propugnando —y facilitando— soluciones negociadas. Acuerdos de paz, más el activo papel de Naciones Unidas, permitieron voltear la página de camino al futuro.

El momento actual merece una semejante —y decisiva— acción latinoamericana concertada.

https://larepublica.pe/opinion/2025/01/30/trump-contra-los-inmigrantes-y-el-libre-comercio-por-diego-garciasayan-2597970

https://www.leerydifundir.com/2025/02/trump-los-inmigr…s-libre-comercio/


21 de enero de 2025

Una salud enferma

Sergio Ferrari

La mitad de la humanidad sin acceso a la atención básica

El año 2024 cerró con casi ninguna buena noticia para la humanidad. A los gastos militares crecientes se le suman presupuestos decrecientes para la salud.

El último Informe 2024 de la Organización Mundial de la Salud (OMS) sobre el gasto mundial en ese rubro, publicado en diciembre pasado, concluye que los gobiernos destinaron en 2022 a la salud disminuyó con respecto a las cifras de 2021.  La conclusión de la OMS es resultado de un cuidadoso procesamiento de la más abundante y confiable información disponible desde 2000 procedente de 190 países. El informe anual de esta organización de Naciones Unidas se publica regularmente desde 2017 y es una referencia imprescindible para el análisis de la situación sanitaria en el mundo, https://www.who.int/es/news/item/12-12-2024-new-who-report-reveals-governments-deprioritizing-health-spending.

Por su parte, en abril 2024, el Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo (SIPRI, por sus siglas en inglés) informó que el gasto militar mundial en 2023 aumentó un 6,8% en términos reales con respecto a 2022, la subida más pronunciada de los últimos 15 años. Tendencia que se contrapone con la caída constante de los presupuestos destinados a la salud.

Radiografía desoladora

Según el Informe 2024 de la Organización Mundial de la Salud, 4.500 millones de personas –más de la mitad de la población del planeta– no tienen acceso a servicios básicos de salud y 2.000 millones se confrontan con mayores dificultades financieras porque deben asumir de forma privada una parte importante de esos costos. La paradoja develada por este organismo de las Naciones Unidas es de fondo: aunque el acceso a los servicios de salud ha mejorado con el paso del tiempo, su encarecimiento representa una carga financiera muy problemática para un vasto sector de la población. Al punto que muchas personas caen en la pobreza por tener que financiar su atención médico-sanitaria.

Según la OMS, el gasto directo (personal y privado) sigue siendo la principal forma de financiamiento de la salud en 30 países de bajos y medianos ingresos. En 20 de ellos, “más de la mitad del gasto total en salud lo pagaron directamente los pacientes, lo que supone un factor desencadenante del ciclo de pobreza y vulnerabilidad”.

Las dificultades que plantea la falta de protección financiera para la salud no se limitan a los países pobres. También en los de altos ingresos los pagos directos en concepto de salud generan serias dificultades. Como consecuencia, no se puede dar respuesta a toda la atención médico-sanitaria necesaria, especialmente en los hogares con menos ingresos.

Los datos no mienten: en más de un tercio de los países ricos, es decir, aquellos que cuentan con altos ingresos, por lo menos un 20% del gasto total en salud lo asumen directamente los pacientes. En muchas ocasiones, esta situación fuerza a los pacientes a reducir al mínimo sus costos médicos o de medicamentos para evitar que sus presupuestos familiares exploten.

Un mal ejemplo  

Por ejemplo en Suiza –que goza de un sistema de salud propio de un país de alto desarrollo–, lo que cada habitante abona mensualmente en concepto de seguro médico obligatorio (unos 500 dólares por adulto) varía según el monto de la franquicia (es decir, lo que el asegurado debe abonar antes de que su seguro comience a funcionar). Cuanto más baja la franquicia, más alta la mensualidad. De más en más, existe un amplio sector de la población, especialmente jóvenes y personas de bajos ingresos, que optan por una franquicia alta de 2.750 dólares (2.500 francos) por año y de esta forma buscan reducir la mensualidad. Esto significa que los gastos médicos hasta ese monto tendrán que abonarlos individualmente los propios asegurados.

De ahí que la salud esté hoy en el centro de la preocupación de los sectores medios y bajos de la población helvética dado el aumento continuo de la mensualidad, de entre un 5 y un 10% anual según cada Cantón (provincia, Estado) y dependiendo de cada una de las decenas de cajas médicas, todas privadas. Los sindicatos y organizaciones sociales suizas se movilizan desde años a favor de una Caja Médica Única, con fuerte participación del Estado, en la perspectiva de reducir los costos en el sector. La mayoría parlamentaria de derecha y extrema derecha, con fuerte presencia e intensivo cabildeo de representantes de las aseguradoras privadas y de la gran industria de medicamentos, se opone a tal propuesta que reduciría sustancialmente sus actuales ganancias astronómicas en el sector salud.

Reforzar la sanidad pública

La OMS propone que los gobiernos prioricen a nivel nacional la Cobertura Sanitaria Universal (CSU) y reduzcan el empobrecimiento generado por los gastos relacionados con atención médico-sanitaria. De esta manera, se estaría cumpliendo con los Objetivos del Desarrollo del Milenio y alcanzando soluciones de fondo hacia 2030. Esta prioridad en la salud pública en todas sus esferas es condición fundamental para el logro de dichos objetivos.

Ya a fines de 2023 la OMS alertaba que más de 1.000 millones de personas en el mundo podrían caer en la pobreza debido a los gastos directos de salud, que representan aproximadamente un 10%, o más, de sus presupuestos familiares. El organismo onusiano aboga por ampliar la atención primaria de salud, lo que hacia 2030 podría salvar 60 millones de seres humanos en los países de bajos y medianos ingresos y aumentaría la esperanza de vida en 3,7 años.

Entre las estrategias eficaces para fortalecer la protección legal y financiera de la salud, la OMS enfatiza en la necesidad de minimizar o eliminar las franquicias para los usuarios más necesitados (incluidas las personas con bajos ingresos y/o enfermedades crónicas) y establecer mecanismos de financiación de la salud a través de fondos públicos que beneficiaran a toda la población.

Según la OMS, salud pública implica definir presupuestos para los “servicios de salud esenciales que vayan desde la promoción hasta la prevención, el tratamiento, la rehabilitación y los cuidados paliativos, utilizando un enfoque de atención primaria de salud”. Este concepto “incluye a toda la sociedad y tiene por objeto garantizar el mayor nivel posible de salud y bienestar y su distribución equitativa mediante la atención centrada en las necesidades de las personas”.

La atención primaria, pilar esencial de la salud pública, incluye tres componentes interdependientes y sinérgicos. Primero, el conjunto de servicios de salud integrados e integrales que engloban ese nivel básico de la atención. Segundo, políticas e iniciativas multisectoriales para abordar la salud de forma amplia y global. Tercero, un elemento esencial basado en la participación ciudadana y que la OMS define como “la movilización y el empoderamiento de las personas, las familias y las comunidades para lograr una mayor participación social y mejorar la autoasistencia y la autosuficiencia en materia de salud, https://www.who.int/es/news-room/fact-sheets/detail/primary-health-care.

América Latina y el Caribe: el déficit de la medicina pública

Aunque en la inversión pública en la salud en América Latina y el Caribe experimentó un aumento en la primera parte del siglo, no fue suficiente para alcanzar las metas propuestas. En 2021 se destinó un 4,5% del Producto Interior Bruto (PIB) cuando se proyectaba por lo menos un 6,0%. Según la Organización Panamericana de la Salud (OPS) y la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), ese mismo año solo un 61% de lo que se invirtió en salud en la región correspondió a recursos financieros públicos.

Como señalan ambos organismos en su informe conjunto de octubre de 2024, las contribuciones directas –es decir, pagadas del bolsillo de los usuarios– alcanzaron el 28%. En 14 países, los pagos directos, o de bolsillo, superaron el 30% de sus respectivas inversiones nacionales en salud. Cuba fue el país del continente con más cobertura pública y menos gasto de bolsillo (8,4%). Los hogares guatemaltecos, en el otro extremo, debieron soportar más del 60% de sus gastos en salud. En Argentina y Brasil, más del 22% de los recursos familiares fueron para la salud, https://www.paho.org/es/noticias/21-10-2024-cepal-ops-llaman-priorizar-inversion-salud-para-reducir-desigualdad-alcanzar).

La OPS y la CEPAL afirman que estas cifras “resultan preocupantes, ya que los gastos de bolsillo reproducen las desigualdades en acceso y calidad de la atención y pueden traducirse en gastos catastróficos o empobrecedores”. Para estas dos organizaciones rectoras en materia sanitaria del continente, dichas desigualdades dejan en evidencia la necesidad urgente “de incrementar el gasto público en salud, de la mano de una gestión eficiente de los recursos”.

A menos que se bregue con los principales problemas estructurales del sector de la salud pública –fundamentalmente el subfinanciamiento crónico y la fragmentación y segmentación de los sistemas de salud– estas desigualdades y el resultante empobrecimiento de un vasto sector latinoamericano y caribeño seguirán agravándose irremediablemente, según la OPS y la CEPAL.

Panorama mundial en el que se instala el sube y baja de la irracionalidad planetaria. En uno de los asientos del balancín global, la salud que cae, despreciando así el esfuerzo humano a su cuidado y sobrevivencia. Y en el otro, más armas sofisticadas, municiones y la industria militar en pleno progreso para alimentar las guerras esparcidas en todo el planeta, responsables de millones de víctimas y causa del retroceso ambiental y civilizatorio.

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