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11 de octubre de 2025

Premio Nobel golpista

 

Jorge Majfud

En 2002, el presidente democráticamente electo de Venezuela, Hugo Chávez, fue secuestrado y recluido en la isla La Orchila. Corina Machado, varios empresarios y el New York Times apoyaron el golpe. La oposición proclamó a Pedro Carmona (exitoso empresario y miembro del Opus Dei) como nuevo presidente. Carmona decretó la disolución de la Asamblea Nacional, la Corte Suprema y otras instituciones. Corina Machado firmó la declaración de apoyo a esas medidas, pero luego se corrigió diciendo que firmó sin saber.

En su editorial, el New York Times saludó el cambio de régimen encabezado por “un respetado hombre de negocios”, el que tenía como propósito acabar con la dictadura electa en Venezuela. Según documentos desclasificados, la CIA sabía que el presidente George Bush sabía. El 25 de abril, desacreditando su propio editorial a favor del golpe, el Times informará que este dinero para la agitación social previa al golpe había sido canalizado por terceros, como el National Endowment for Democracy con 877.000 dólares. Según un cable del 13 de julio de 2004 filtrado por Wikileaks, organizaciones como la USAID habían enviado casi medio millón de dólares para proveer “entrenamiento para los partidos políticos”.

El cubano Otto Reich (uno de los organizadores del acoso de los Contras en Nicaragua veinte años atrás, parte de la maniobra Irán-Contras) fue otro encargado de contribuir a la desestabilización del presidente venezolano. Como en la fallida invasión de Bahía Cochinos cuarenta años antes, el fiasco fortalece al presidente electo de Venezuela.

Devuelto al poder por las protestas populares, Chávez indultó a varios responsables del golpe de Estado en su contra. Entre ellos, los opositores Henrique Capriles y Leopoldo López, quienes continuarán su actividad política “denunciando la dictadura”. El 14 de agosto, el Tribunal Supremo de Justicia de Venezuela absolverá a los militares Efraín Vásquez, Pedro Pereira, Héctor Ramírez y Daniel Comisso, también participantes del golpe de Estado “contra la dictadura”.

Frustrado por el fracasado golpe, el 23 de agosto de 2005 el influyente televangelista Pat Robertson, frente a las cámaras de televisión de su poderoso Club700, se dirigió a un millón de fieles para proponer asesinar a Hugo Chávez “por destruir la economía de Venezuela, por permitir la infiltración de los comunistas y de los extremistas islámicos en su gabinete”. No importa que nada de esto sea cierto. “La opción de un asesinato es claramente más económica que lanzar una guerra… no creo que con esto vayamos a interrumpir el suministro de petróleo desde Venezuela… tenemos la doctrina Monroe y otras doctrinas para aplicar, tenemos el poder de sacarlo de ahí… no vamos a gastar 200 mil millones en otra guerra”. El influyente pastor, amigo del dictador Efraín Ríos Montt de Guatemala y de otros genocidas cristianos como Roberto D’Aubuisson de El Salvador o Mobutu Sese Seko de Zaire, quería asesinar a un presidente legítimo elegido por el pueblo que, además, también era un ferviente cristiano.

El 9 de diciembre de 2007, en la University of Miami. Una voz del evento anunció, para la cadena Univision, el “primer Foro Presidencial del Partido Republicano en español”, mencionando las reglas: en el foro no se hablará español.

Una de las moderadoras del no debate es la simpática María Elena Salinas.

Salinas: “Hace exactamente una semana Venezuela rechazó cambios a la constitución pero el Presidente Hugo Chávez…”

Los aplausos interrumpen a María Elena, quien hace algún esfuerzo por impedir una sonrisa.

Salinas: “Muchos creen que el presidente Chávez es una amenaza para la democracia en la región. Si usted fuera presidente ¿Cómo lidiaría con Chávez?”

Paul: “Bueno, él no es la persona más fácil con quien lidiar, pero tenemos que lidiar con todas las personas en el mundo de la misma manera, con amistad, oportunidad de dialogar y comerciar con…”

Los abucheos lo interrumpen. Ron Paul, con su mirada cansada pero con el rostro ya curtido por largos años de disidente, insiste, imperturbable, tal vez resignado.

Paul: “…hablamos con Stalin, hablamos con Krushev. Hablamos con Mao y hemos hablado con el mundo entero y de hecho estamos en un momento en que debemos hablar con Cuba.”

Ahora los abucheos crecen como un huracán sobre Miami.

Paul: “…y viajar a Cuba y tener comercio con Cuba. Pero déjenme decirles por qué tenemos problemas con ellos: porque hemos estado metidos en sus asuntos internos hace tanto tiempo… Nosotros creamos a los Chávez, a los Castros de este mundo, interfiriendo y creando caos en sus países y ellos respondieron con sus líderes legítimos”.

Los abucheos alcanzan su clímax. Miami se lo quiere comer crudo, sin ron. Las reglas civilizadas del Foro obligan a seguir indiferentes al próximo candidato, que ha escuchado muy bien la voz del pueblo.

Huckabee (futuro embajador de Trump en Israel): “Aunque a Chávez lo eligieron, no lo eligieron para ser un dictador… Mi mamá decía: “si uno le da suficiente soga a alguien, se van a colgar” y yo pienso…”

Giuliani: “Yo estoy de acuerdo con la manera en que el rey Juan Carlos le habló a Chávez. (Aplausos) Mejor que lo que quiere hacer el congresista Paul… Hay esperanza de que la gente entienda la necesidad de mercados abiertos, de la libertad… Yo creo que al presidente Calderón, lo eligieron, pero yo creo que Chávez tuvo algo que ver con eso…”

Sin contar con la participación de Corina Machado en el golpe del 2002 (se podría decir que eso ocurrió hace dos décadas y todos pueden corregir en la marcha) sus últimas peticiones públicas, en 2025, a una invasión militar de Estados Unidos a Venezuela, la inhabilitaban para cualquier Nobel de la Paz.

La tan deseada invasión de Venezuela, vieja brutalidad imperialista apoyada por el clásico cipayismo del colonizado con privilegios, dejaría miles de muertos, sino una guerra civil o una nueva Palestina a la cual desangrar con sucesivos bombardeos y estratégicos “acuerdos de paz”.

Hasta Henrique Capriles se opuso a esa petición. Al mismo tiempo que Corina Machado golpeaba las puertas del Pentágono, a finales de agosto Capriles reconocía algo de mero sentido común: “la mayor parte de las personas que quieren una invasión de Estados Unidos no viven en Venezuela”. No así Juan Guaidó; todos saben, es un mercenario barato y ni los venezolanos de Florida lo quieren.

Si querían premiar a alguien de la oposición en Venezuela, es bastante obvio que había muchos otros venezolanos de a pie que están allá luchando, legítimamente, por sus convicciones y sin dinero extranjero o de grandes capitales. Si querían intervenir en la política venezolana de una forma menos obscena, podrían haber considero que el dinero del Nóbel los hubiese financiado por un tiempo. Pero no, tenía que ser Corina Machado.

Parece bastante obvio que el petróleo, la “malbendición” de Venezuela, es el factor central en todo esto. Justo cuando Trump asesina a desconocidos venezolanos en el Caribe, buscando distraer al pueblo estadounidense y una excusa para invadir Venezuela, premian a una figura conocida que llama a una invasión. No la premian con el Nobel de Business sino con el “Nobel de la Paz”. Esas ejecuciones sumarias a piacere, sin juicio debido, fueron aplaudidas por Corina Machado. En Fox News, las calificó de “valentía y claridad ante una empresa criminal que trae miseria a nuestro pueblo y desestabiliza la región para dañar a los Estados Unidos”.

Claro, qué se puede esperar de un galardón, más famoso que prestigioso, que distinguió a genocidas históricos como Henry Kissinger y a ángeles como Obama quien, mientras sonreía, bombardeaba todo lo que se movía en el Medio Oriente, récord que incluye desde niños masacrados por drones hasta la destrucción de Libia, un país con un desarrollo remarcable y con un independentismo peligroso. Siempre en nombre de la democracia y la libertad que, en Estados Unidos hoy, ya ni siquiera se respeta en los discursos.

Es todo muy surrealista, pero lógico en el fondo.

Se publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

21 de septiembre de 2025

Las guerras del imperio en Latinoamérica y el Caribe

Atilio A. Boron

El título de esta nota puede inducir a creer que el objeto de estas breves líneas será recordar las numerosas aventuras militares del imperialismo norteamericano en Nuestra América, sobre todo en Centroamérica y el Caribe, “la tercera frontera imperial” como felizmente la definiera el profesor y ex presidente de la República Dominicana Juan Bosch. Pero no: nuestro propósito es examinar las guerras actuales del imperialismo, las que al día de hoy se libran en contra de Cuba y Venezuela. Pese a que la Cumbre de la CELAC 2014 declaró a Nuestra América como Zona de Paz, lo cierto es que los países arriba nombrados son víctimas de una guerra no declarada pero no por ello menos perjudicial.

Los cambios en “el arte de la guerra” a lo largo de las últimas décadas han tenido como una de sus consecuencias invisibilizar el enorme daño que hoy se puede infligir a las poblaciones agredidas y ocultar, al menos parcialmente, la responsabilidad criminal que le cabe al país agresor. En los casos que nos ocupan, Estados Unidos es quien sin mediar una declaración formal de guerra, que requeriría una ley del Congreso de ese país, lleva más de sesenta años haciéndole la guerra a Cuba, con total impunidad, y diez años a Venezuela.

El caso venezolano se distingue del cubano porque existe una Orden Ejecutiva firmada el 9 de marzo del 2015 por el entonces presidente Barack Obama mediante la cual se declaraba la “emergencia nacional” ante la “amenaza inusual y extraordinaria que la situación de Venezuela suponía para la seguridad nacional y la política exterior de Estados Unidos.” Es difícil al re-leer estas líneas no pensar en la soberana ridiculez de dicha Orden Ejecutiva. ¡La “seguridad nacional” de la mayor potencia militar y financiera del planeta amenazada por la Venezuela bolivariana! El pretexto, porque para todo el imperio tiene un pretexto, fue sancionar a siete funcionarios de los organismos de seguridad del estado venezolano que habían participado en el combate a las sangrientas “guarimbas” que asolaron al país entre febrero y mayo del 2014 y a los cuales se les acusaba de haber incurrido en prácticas violatorias de los derechos humanos.

En el caso cubano las medidas coercitivas unilaterales comenzaron poco después del triunfo de la Revolución cuando el presidente Dwight Eisenhower en enero de 1960 prohibió la exportación de todo producto a Cuba (excepto alimentos y medicinas) y redujo la cuota de azúcar que la isla exportaba a Estados Unidos, afectando seriamente la economía cubana. En marzo de ese año había autorizado a la CIA que organizara, entrenara y equipase a emigrados cubanos y otros mercenarios para organizar una invasión a Cuba con el objeto de derrocar a Castro, cosa que infructuosamente se intentó en Abril de 1961 en Playa Girón. Pocos meses antes, el 3 de enero de 1961, Eisenhower había roto las relaciones diplomáticas con Cuba. La perversa progresión del bloqueo en contra de Cuba es harto conocida tanto como los efectos devastadores sobre la vida económica, social y política de la isla. No existe ninguna experiencia en la historia universal, repito: en la historia universal, de un país o región que hubiese estado sometida por una gran potencia dominante a una agresión económica, comercial, financiera, diplomática, cultural, mediática, deportiva y migratoria como la que Cuba, con una dignidad y heroísmo ejemplares, viene resistiendo desde hace 65 años. Los problemas de la economía cubana son incomprensibles al margen de las devastadoras consecuencias de una guerra que se extiende por tantas décadas

Con la aceleración del curso declinante del imperio americano y ante su creciente pérdida de influencia en Asia, cada vez más girando en torno a los dos gigantes regionales: China y la India; con su tenue presencia en el continente africano; el debilitamiento irreversible de los países europeos, reducidos a la condición de dóciles sirvientes del amo imperial y sin gravitación siquiera en su entorno geopolítico inmediato como Oriente Medio a lo cual hay que añadir el inesperado renacimiento de Rusia como actor global, Washington reorganiza las prioridades de su agenda de política exterior y vuelve sus ojos hacia Latinoamérica y el Caribe, esa “retaguardia estratégica” del imperio como la denominaran Fidel y el Che. En efecto, nuestra región es un fenomenal emporio de recursos naturales como lo definiera un venezolano ilustre y gran secretario general de la UNASUR, Alí Rodríguez Araque. Y ante el cambio en la correlación mundial de fuerzas, en detrimento de Estados Unidos, Donald Trump alentado por sus halcones -entre ellos el fiel lobista del sionismo, Marco Rubio- ordena a su flota de mar patrullar el Caribe meridional, acosar a pescadores venezolanos en sus aguas territoriales, agredirlos e intimidarlos y, según confesión propia, en un par de casos asesinarlos fríamente luego de acusarlos, sin aportar prueba alguna, de ser narcotraficantes. Estas supuestas narcolanchas pretendían lograr una verdadera proeza náutica en un mar protegido por unas cuarenta bases militares estadounidenses amén de una decena de navíos de guerra que se hallaban patrullando la región, pese a lo cual desafiantemente se dirigían con sus pequeñas embarcaciones supuestamente cargadas de cocaína y fentanilo con destino en las costas estadounidenses. La mentira es tan flagrante que la única conclusión posible es que en su desesperación Trump apela a cualquier expediente, mintiendo sin escrúpulos e inclusive ejecutando a sangre fría a pescadores de atún en abierta violación de la legalidad de su país que exige la detención de los supuestos delincuentes para ser llevados a juicio y la incautación de su cargamento para confirmar su naturaleza.

Se trata, entonces, de actos de agresión militar en una guerra no declarada, pero guerra al fin. Actos que se inscriben en una larga lista de agresiones no militares pero letales que Venezuela ha sufrido en esta larga guerra que comienza con la infame Orden Ejecutiva de Obama del 2015. Si el objetivo de una guerra convencional es destruir mediante el empleo de la fuerza las instalaciones militares, la infraestructura y desestructurar por completo la vida económica del país agredido, en la guerra de quinta generación esos objetivos se logran por otros medios: medidas coercitivas unilaterales (vulgo: “sanciones”) que producen gravísimos daños en la economía, perjudicando las relaciones comerciales con terceros países, desalentando inversiones en Venezuela y destruyendo la normalidad de la vida económica al interior del país; también con atentados mediante ciberataques a represas, puentes, refinerías, abastecimiento de agua y energía eléctrica y el desplome de las redes sociales y la Internet; con campañas de desinformación, satanización de las autoridades del país agredido (por ejemplo, inventando una organización criminal, el Cartel de los Soles, y diciendo que su jefe es el presidente Nicolás Maduro Moros); o con la organización y financiamiento de grupos criminales como las tristemente célebres “guarimbas” de 2014 y 2017 (o, en Oriente Medio, la banda criminal de los degolladores seriales del ISIS, según confesión de Hilary Clinton) y la creación de climas de terror y temor en la población.

En pocas palabras, debemos reconocer que Venezuela, igual que Cuba, está en guerra y que la unión del pueblo con su gobierno y sus fuerzas armadas fue la que hasta ahora erigió una formidable barrera a las pretensiones del imperio, dispuesto a cometer cualquier crimen con tal de apoderarse de la mayor reserva comprobada de petróleo del mundo que se encuentra en la patria de Bolívar y de Chávez y a poner fin a la Revolución Cubana, ese faro ejemplar que ha dado muestras de una resiliencia absolutamente excepcional, sin precedentes en la historia universal. Para lograr estos dos objetivos Trump y sus compinches son capaces de hacer cualquier cosa. Y si hasta ahora no lo hicieron es porque todavía está muy fresca la memoria de las derrotas experimentadas en Corea, en Vietnam, el Líbano, en Afganistán y en Playa Girón. O la “victoria” conseguida en Irak que a poco andar se convirtió en una derrota política, al igual que la más reciente en Siria, donde Washington causó estupor y repulsa universal porque luego de urdir la “primavera de colores” que acabó con el “régimen” de Bashar al Ásad ungió como presidente de ese país a Al-Sharaa, un criminal serial sobre cuya cabeza reposaba una recompensa de diez millones de dólares por ser el líder del grupo terrorista islámico Hayat Tahrir al-Sham (HTS). Y saben en la Casa Blanca que si escalan la agresión en contra de Cuba y Venezuela un tsunami antiestadounidense recorrerá toda Latinoamérica y probablemente también el Sur Global, donde hay actores muy poderosos que desean importar el petróleo venezolano. Un nuevo tsunami que tal como ocurriera a comienzos de siglo culminó con la derrota del ALCA, el gran proyecto que los expertos y analistas del imperio habían elaborado para todo el siglo veintiuno.

Fuente: https://www.pagina12.com.ar/858663-las-guerras-del-imperio-en-latinoamerica-y-el-caribe

Se publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

5 de septiembre de 2025

Recordando a Gary Webb

César Hildebrandt

"El prontuario de la CIA en materia de tráfico de drogas es largo y nutrido"

Cuando Nicaragua era “un peligro” y había que negociar con Irán a ver si así Hezbolá liberaba a algunos rehenes en el Líbano, Ronald Reagan autorizó dos operativos de lo más importantes: que Estados Unidos le vendiera clandestinamente armas a los iraníes –que estaban oficialmente impedidos de recibir armamento después del derrocamiento del Sha– y que la CIA se metiera en una masiva venta de drogas dentro de los Estados Unidos. Con ambos fondos, el surgido de las armas y la cocaína, la contra nicaragüense sería financiada y tendría en jaque al gobierno entonces izquierdista del Frente Sandinista de Liberación Nacional.

Irán liberó, en efecto, algunos rehenes. Y la contra obtuvo hasta decenas de millones de dólares en fondos para compra de armamento, instrucción de su guerrilla, operaciones de sabotaje y golpes contra la infraestructura eléctrica y agrícola de Nicaragua.

Todo un negocio redondo. Toda una exitosa podredumbre. Todo yanqui hasta la médula. Todo imperialismo sin escrúpulos.

Como ustedes recordarán, aquello se llamó el escándalo Irán-Contras. Y como muchos de ustedes habrán de saber, hubo una comisión del Congreso estadounidense por la que desfilaron un par de consejeros de seguridad del presidente (John Poindexter y Robert McFarlane), el malamente célebre teniente coronel Oliver North, director del Consejo Nacional de Seguridad, y hasta el mismísimo presidente de los libres mercados y los ningunos sindicatos: Ronald Reagan. El jefe de la CIA, William Casey, se salvó de los interrogatorios porque murió antes de que las sesiones empezaran (1987). Las conclusiones de aquella investigación oficial fueron duras: el trasiego de armas a Irán y el espantoso asunto de las drogas no se habrían dado si Reagan hubiese vigilado más de cerca a sus subordinados. Salvaron a Reagan, como era de esperar, pero no pudieron evitar salpicarlo.

La sanción, en todo caso, no duró mucho. En 1992 George H. W. Bush indultó a quienes habían sido condenados: Elliott Abrams, Duane R. Clarridge, Alan Fiers, Clair George, Robert McFarlane y Caspar Weinberger. La operación lavado de reputaciones se había completado otra vez.

Cuatro años después, en 1996, el reconocido periodista Gary Webb publicó, con la colaboración de sus colegas Georg Hodel y Leonore Delgado, una serie de artículos en el diario “San Jose Mercury News”. En ellos, tras un año de investigación, se demostraba que la participación de la CIA en el tráfico de drogas dentro de los Estados Unidos había sido mucho más grave de lo que se había supuesto originalmente.

Hubo una gran presión sobre el periódico que publicó esos artículos, que fueron la materia prima del libro “Dark Alliance”. Fue de tal magnitud ese chantaje desatado desde “las más altas esferas”, que el editor del diario, Jerome Ceppos, llegó a admitir que lo escrito por Webb “tenía deficiencias de redacción, edición y producción”, aunque “la historia tenía razón en muchos puntos importantes”.

Webb fue una víctima más de una campaña de descrédito, pero jamás se retractó de lo que había escrito. En el año 2004, su cuerpo fue hallado en casa con dos balas en la cabeza. La policía, sí señor, declaró que se trataba de un suicidio.

Con el tiempo, Webb ha sido reivindicado. En medios como “The Washington Post” y “Esquire” se han escrito notas valorando su trabajo y su coraje.

Y ahora, además, se sabe, por documentos que fueron revelándose a lo largo de estos últimos años, que el prontuario de la CIA en materia de tráfico de drogas es largo y nutrido.

La CIA recompensó a Hedayat Eslaminia, uno de sus agentes en el Irán del Sha, permitiéndole que traficara heroína en San Francisco. Un señor de las drogas hondureño –Juan Matta Ballesteros– fue simultáneamente agente de la CIA y patrón de la compañía aérea “Setco”, activa en la entrega de suministros a la contra que se entrenaba en Honduras. ¿Y no se hizo acaso una película biográfica sobre Adler Berriman Seal, alias Barry Seal, agente de la CIA e introductor en los Estados Unidos de cocaína procedente del cartel de Medellín? ¿Y podemos ignorar que Gulbudin Hekmatiar, uno de los muhaidines que luchaban contra la invasión soviética de Afganistán, tuvo el pleno apoyo de la CIA a pesar de ser uno de los jefes del tráfico internacional de heroína?

¿Y no fue Manuel Antonio Noriega, narco público y notorio, aliado de los Estados Unidos y dador de ayuda militar a la contra nicaragüense? Su carácter de socio de la Casa Blanca se terminó cuando un avión cargado de coca fue derribado por el sandinismo gobernante y en la nave, tripulada por Eugene Hasenfus, se halló documentación que probaba la sucia conexión de Noriega con la CIA y el tamaño de algunas de las operaciones encubiertas que la agencia realizaba en la región. Por eso cayó “cara de piña”, después de una invasión brutal que se presentó como una “guerra contra las drogas”.

Ahora, cuando Trump ha convertido a los Estados Unidos en una tragicomedia peligrosa –la Ópera de dos centavos sobre un barril de pólvora–, llegan los navíos de la redención a amenazar a Maduro, que es, en todo caso, el Noriega del 2025. Llegan los navíos del imperio liderado por un patán y se hunde una supuesta narcolancha con once tripulantes y sale Trump a jactarse de la épica jornada y a decir que el tráfico de drogas caribeño tiene las horas contadas. Y yo me caigo de la risa.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 748 año 16, del 05/09/2025

https://www.hildebrandtensustrece.com/

21 de abril de 2025

Cómo la CIA se adueñó de las embajadas estadounidenses en el mundo

Marc Becker

Revelaciones del archivo JFK y el paso de Philip Agee por la estación de la CIA en Quito a inicios de los años 60

El denunciante de la CIA Philip Agee fue uno de los oficiales de la CIA que trabajaron encubiertos bajo el Departamento de Estado

Los documentos publicados recientemente como parte del archivo JFK revelan cómo la CIA se adueñó de las embajadas estadounidenses en todo el mundo, operando bajo la fachada del Departamento de Estado

El reciente documental de la Colección de Registros del Asesinato del presidente John F. Kennedy, ordenado por una directiva presidencial, reveló hasta qué punto la Agencia Central de Inteligencia (CIA) había penetrado las funciones del Departamento de Estado.

En junio de 1961, el asesor de la Casa Blanca Arthur Schlesinger, Jr. se quejó ante el presidente John F. Kennedy de que la CIA tenía en sus embajadas casi tantas personas bajo cobertura oficial como diplomáticos reales del Departamento de Estado.

Schlesinger citó cifras sorprendentes: en la sección política de la embajada de Estados Unidos en Viena, 16 de las 20 personas que figuraban en la Lista del Servicio Exterior de octubre de 1960—una publicación trimestral del Departamento de Estado sobre asignaciones de personal—eran oficiales de la CIA, al igual que más de la mitad de los 31 funcionarios involucrados en actividades de información.

De manera similar, 11 de los 13 funcionarios de la sección política de la embajada en Chile pertenecían a la CIA. En la embajada de París, la CIA contaba con 128 personas y se había hecho cargo de las funciones de información política que antes correspondían a los diplomáticos del Departamento de Estado. De hecho, estos oficiales de la CIA habían comenzado a monopolizar el contacto con los políticos franceses.

Según Schlesinger, el Departamento de Estado contaba con unos 3.900 funcionarios en el extranjero, mientras que la CIA tenía 3.700. En otras palabras, casi la mitad del personal político en las embajadas estadounidenses eran funcionarios de la CIA. Alrededor de 1.500 de estos estaban bajo cobertura del Departamento de Estado, mientras que, presumiblemente, los otros 2.200 operaban bajo cobertura militar u otras dependencias gubernamentales.

La CIA se refería eufemísticamente a sus oficiales destinados en embajadas bajo cobertura diplomática como Fuentes Americanas Controladas (CAS, por sus siglas en inglés). El origen del término es oscuro, pero según el fallecido John Prados del Archivo de Seguridad Nacional, «probablemente se originó como un indicador de que la información provenía de un activo estadounidense, pero terminó siendo un sinónimo de estación de la CIA». El término formaba parte de la ficción que la agencia intentó mantener durante décadas: que «no existían estaciones de la CIA».

En su memorándum a Kennedy, Schlesinger señaló que el acuerdo de la CIA con el Departamento de Estado para utilizar la cobertura diplomática se remontaba a la fundación de la agencia en 1947. Inicialmente, se trataba de un arreglo temporal y estrictamente limitado. La CIA no debía confiar en la cobertura diplomática como una solución fácil para insertar a sus oficiales en el exterior, sino que debía desarrollar sus propios sistemas de cobertura y así reducir su dependencia del Departamento de Estado. Sin embargo, nunca dejó de recurrir a dicha cobertura.

La cobertura diplomática ofrecía múltiples ventajas a la CIA, lo que llevó a la agencia a abandonar sus planes de crear sistemas de cobertura privada no oficial. El sistema actual era más rápido, simple, conveniente y rentable. Mejoraba la seguridad operativa y la comunicación, y garantizaba un estilo de vida más cómodo para su personal en el extranjero que si la agencia hubiera hecho los arreglos por su cuenta.

Todo esto ocurrió a costa de una creciente intromisión de la CIA en las funciones diplomáticas. En algunos casos, los jefes de estación (COS, por sus siglas en inglés) de la CIA llevaban más tiempo en el país que los embajadores, tenían mayor acceso a los funcionarios del gobierno, disponían de más fondos y ejercían más influencia política. A veces, el jefe de la CIA perseguía objetivos diferentes a los de los diplomáticos, e incluso excluía al jefe de misión de sus operaciones. Para socavar aún más esta ficción legal, en ocasiones no era ningún secreto quiénes eran los oficiales de la CIA.

A pesar de estos problemas, la CIA mantuvo un firme compromiso con la expansión de sus operaciones CAS como una solución permanente al problema de colocar a sus funcionarios en otros países. Incluso presionó al Departamento de Estado para que otorgara a su personal cargos más altos en las embajadas.

Schlesinger advirtió que, antes de que el Departamento de Estado perdiera completamente el control de la diplomacia internacional y los funcionarios de la CIA se afianzaran permanentemente en el Servicio Exterior, era crucial que los embajadores restablecieran el control sobre los puestos de la CIA en sus embajadas. Sugirió una revisión para reducir progresivamente el personal de CAS y así devolverle al Departamento de Estado su rol primordial en la diplomacia.

Philip Agee

Medio año antes de que Schlesinger escribiera su memorándum, el entonces joven oficial de la CIA Philip Agee llegó a su primer destino: Quito, Ecuador. Aparece por primera vez en la Lista del Servicio Exterior en enero de 1961 como agregado adjunto, oficial político de la embajada—la cobertura diplomática para su trabajo con la CIA. Su rango era R-8, u Oficial de Reserva del Servicio Exterior (FSR), una categoría frecuentemente asignada a oficiales de la CIA. Los compañeros de Agee en la CIA, adscritos a la sección política de la embajada, eran el Jefe de Estación (COS) James B. Noland, asignado el 14 de julio de 1957 con el rango R-6, y el oficial de informes John E. Bacon, asignado el 29 de noviembre de 1959, con rango R-7.

Otro oficial de operaciones de la CIA en la embajada era Robert J. Weatherwax, destinado como asesor de seguridad pública en la Misión de Operaciones de los Estados Unidos (USOM), perteneciente al programa de la Administración de Cooperación Internacional (ICA, conocido luego como USAID), también con rango R-6. Como nuevo empleado, Agee tenía el rango más bajo—así como el salario más bajo—de los cuatro. La Lista del Servicio Exterior indica como fecha de asignación el 9 de noviembre de 1960, aunque en realidad no llegó a Ecuador sino casi un mes después. Aparentemente, dicha fecha corresponde a su asignación formal.

Durante todo el tiempo que permaneció en Ecuador, Agee fue uno de los oficiales menos relevantes, no solo dentro de la estación de la CIA en Quito, sino también en el conjunto de la embajada. En una lista de precedencia entre 26 funcionarios y esposas de la embajada distribuida en junio de 1962—tras un año y medio en su puesto—Agee ocupaba el último lugar. Medio año después, en noviembre de 1962, y tras casi dos años de servicio, continuaba en el último puesto, solo por encima del tercer secretario y vicecónsul John P. Steinmetz, funcionario consular adjunto en la sección consular.

Steinmetz era un FS0-8 “rotativo” que había llegado a Quito en agosto. John E. Karkashian, funcionario del Departamento de Estado encargado de asuntos ecuatorianos en Washington, lo describió como “un joven muy inteligente y competente, que debería ser un activo para el personal”. Steinmetz era uno de los tres miembros del personal diplomático de la embajada que no estaba casado.

La embajada de Estados Unidos dio la bienvenida a Agee en Quito—como hacía con todo el personal, fueran auténticos diplomáticos u operativos encubiertos—mediante una serie de notas dirigidas al Ministerio de Relaciones Exteriores. Una carta del 12 de diciembre de 1960, enviada una semana después de la llegada de Agee, informaba al ministerio de “la llegada el 6 de diciembre del Sr. Philip B. F. Agee, Agregado Asistente de esta Embajada, quien está acompañado por su esposa”. La embajada solicitaba que se le expidiera el cupo diplomático habitual. Una nota manuscrita en el margen de la carta indica “Concedido Cupo Ene. 16/61”, lo que confirma que disfrutaría de las mismas exenciones aduaneras que cualquier otro diplomático.

Tres días más tarde, una segunda carta proporcionó al ministerio información sobre el registro de Agee y su esposa Janet. Los formularios incluían el cargo de Agee (agregado adjunto), su fecha de nacimiento (19 de enero de 1935) y lugar de nacimiento (Takoma Park, Maryland). El Departamento de Estado emitió sus pasaportes diplomáticos el 17 de noviembre de 1960 (números 24356 y 24355, respectivamente) y los visados diplomáticos correspondientes (números 81 y 80) el 21 de noviembre del mismo año. Como era costumbre, la cancillería ecuatoriana respondió con un acuse de recibo formal.

Dos semanas más tarde, la embajada solicitó que el ministerio emitiera permisos de conducir diplomáticos y carnets de identidad diplomática para su nuevo «agregado asistente» y para su esposa Janet. La carta incluía cuatro fotografías de cada uno, así como sus descripciones físicas (Agee medía cinco pies, ocho pulgadas, o sea 1,72 m, y tenía ojos marrones; Janet medía cinco pies, cinco pulgadas, o sea 1,65 m, tenía ojos color avellana, ambos eran de cabello castaño y tenían 25 años). Notas manuscritas indican que el ministerio expidió los carnets 08-61 y 09-61 el 12 de enero de 1961, y los permisos de conducir 09-61 y 10-61 una semana después.

Agee, al igual que otros oficiales de la CIA, aprovechó sus privilegios diplomáticos para importar artículos personales, como ropa y un árbol de Navidad. Poco después de su llegada, también importó un pequeño sedán Renault de cuatro puertas, tal como lo permitía el gobierno ecuatoriano a otros miembros de la embajada, tanto al personal diplomático regular como a los oficiales de la CIA. Los vehículos debían destinarse al uso personal y no a la reventa inmediata. Cuando Agee vendió el coche dos años más tarde, recibió una exención que lo libró del pago de derechos aduaneros. Los oficiales también solían importar regularmente licores y otros artículos de lujo, presumiblemente destinados a sus agentes y demás colaboradores.

Pero, ¿qué decir de la ropa interior femenina y el pintalabios?

Tras varios meses de servicio de Agee en Ecuador, el consejero de la embajada Edward S. Little escribió al ministro de Relaciones Exteriores del Ecuador, José Ricardo Chiriboga Villagómez, solicitando permiso para importar libre de impuestos “1 paquete: conteniendo ropa interior de seda para señora y lápiz labial, para uso del señor Philip B. Agee”. ¿Estaban destinados a su esposa Janet, a una operación de soborno a un agente de la CIA o se trataba de algo completamente distinto?

Durante años, circularon rumores salaces y difamatorios sobre Agee, tildándolo de «mujeriego». El periodista John Barron, en su libro KGB Today, lo acusó de “haber sido obligado a dimitir por diversas razones, entre ellas su consumo irresponsable de alcohol, sus continuas y vulgares proposiciones a las esposas de diplomáticos y su incapacidad para gestionar sus finanzas”.

La declaración de Barron formaba parte de una campaña más amplia lanzada por la agencia en su contra. Un documento que la CIA divulgó en respuesta a una solicitud bajo la Ley de Libertad de Información (FOIA) afirma: “Durante su carrera en la Agencia, Agee demostró ser un joven egoísta, superficialmente inteligente, pero esencialmente frívolo, que no mostraba interés por la política ni tenía convicciones ideológicas. Si acaso, su orientación política era conservadora de derechas”. Agee, por supuesto, negó rotundamente estas acusaciones, calificándolas de ataques ad hominem destinados a desacreditarlo a él y, por extensión, a sus revelaciones sobre las operaciones de inteligencia.

Las estaciones de la CIA estaban plagadas de masculinidad tóxica, por lo que no sería en absoluto sorprendente que Agee tuviera dificultades para relacionarse con las mujeres en condiciones de igualdad. En Inside the Company, apenas menciona a las asistentes de estación, que por lo general eran mujeres jóvenes y, por ende, tienden a quedar invisibilizadas en los registros históricos. Una excepción fue Barbara Svegle, una secretaria mecanógrafa de la estación en Quito a principios de los años sesenta, quien servía como correo para Aurelio Dávila Cajas, uno de los agentes ecuatorianos de la estación.

Sin embargo, ese caso era más la excepción que la norma. Dado que mecanografiaban los cables y despachos salientes, leían el tráfico entrante desde la sede central y mantenían los registros financieros, el oficial disidente de la CIA John Stockwell describió a estas ayudantes como parte de un reducido grupo de personas “que sabe todo lo que hace la CIA”. No obstante, aparentemente no existen memorias, estudios ni debates sustantivos sobre su papel en las operaciones de la agencia. La historiografía ha ignorado sus actividades, en detrimento de una comprensión más completa del funcionamiento interno de la CIA.

Más extraño aún es el caso de la secretaria del subjefe de estación de la CIA, Sharon V. Hurley. En sus memorias posteriores, On the Run, Agee relata que la conoció en Alemania en los años setenta, después de haber dejado la agencia. Asegura que «apenas se había fijado» en ella en Quito, a pesar de que su «escritorio estaba a un minuto andando por el pasillo» del suyo.

Lo más insólito de esta historia es que sus estancias en Ecuador coincidieron casi exactamente. De hecho, cuando Agee se marchó en diciembre de 1963, la embajada de Estados Unidos los incluyó a ambos—Agee y Hurley—en el mismo despacho dirigido a la cancillería, informando que habían concluido sus funciones y abandonaban el país.

Igualmente llamativa es una omisión en sus memorias Inside the Company. Poco antes de marcharse, en diciembre de 1963, Agee solicitó permiso para vender su Renault de 1959 e importar un Triumph TR4. Sin embargo, apenas un par de semanas después, tuvo que dar marcha atrás y vender el Triumph recién llegado a bordo del vapor Salinas. ¿Por qué compró un coche deportivo rojo nuevo justo antes de marcharse? ¿Fue su salida inesperada? ¿Se trató de un signo de una temprana crisis de mediana edad? Como suele ocurrir, las revelaciones archivísticas plantean más preguntas que respuestas.

Más enigmática aún es la ausencia de cualquier mención a su sustituto en Ecuador. Poco antes de su salida, William F. Frederick llegó a Quito como nuevo agregado adjunto en la sección política de la embajada. Después de citar cientos de nombres de oficiales de caso, agentes y otros colaboradores de la CIA, ¿por qué omitir precisamente al funcionario que asumió su puesto? Una vez más, los documentos de archivo revelan silencios significativos.

Agee, en cambio, concluye la sección de sus memorias sobre Ecuador con una reflexión sobre cuánto había cambiado la situación del país desde su llegada tres años antes. Señala que los oficiales anteriores probablemente ya no reconocerían la estación, pues esta había crecido considerablemente y se esperaba la llegada de más personal. También menciona que el presupuesto de la estación había aumentado de forma sustancial.

Aunque Agee nunca utiliza el término “fuente Americana controlada” (CAS), la mayoría de los oficiales seguían operando bajo cobertura diplomática, aunque Warren Dean, el jefe de la base en Guayaquil, tenía planes para ampliar las operaciones con cobertura no oficial. Sin embargo, en términos generales, mientras más cambiaban las cosas, más permanecían igual.

Marc Becker​.. Profesor de Historia, Truman State University.

Se publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

18 de febrero de 2025

Operación Northwoods

Gustavo Espinoza M.

Al inicio de los años 60 los servicios secretos de los Estados Unidos idearon un conjunto de operaciones destinada a quebrar la Revolución Cubana. Derribar al gobierno de Fidel y someter a su pueblo, apoderándose incluso de la isla para considerarla parte del territorio USA, fue el sueño que alentó los operativos que diseñó la política yanqui, y que subsisten hasta hoy. Uno de estos acaba de salir a luz y se conoce como la Operación Northwoods (“Buen Norte”, en traducción literal).

La acuciosidad de amigos que viven en un país hermano y que comparten con nosotros combates e ilusiones, registró el caso, que llegó a mis manos recientemente y que, por cierto, ha sido ocultado  sigilosamente por la “Prensa Grande”  empeñada siempre en  encubrir los latrocinios del Imperio. Veamos.

 Se trata, en efecto, de un documento de 12 páginas suscrito por el Estado Mayor Conjunto de los Estados Unidos en 1962 y a través del cual se presenta un “plan secreto”, orientado cometer acciones atroces destinadas a justificar una agresión armada contra Cuba dispuesta por la Casa Blanca. Para ser más verosímil la provocación, los actos debían consumarse contra ciudadanos de los Estados Unidos, sobre todo políticos y personalidades diversas particularmente notables.

El objetivo era ejecutar actos terroristas en ciudades de La Unión, en lo que se conoce como una «operación de bandera falsa», vale decir, culpar a Cuba para engañar a los estadounidenses y lograr que apoyen la guerra destinada a derribar a Fidel Castro.

«Podríamos desarrollar una campaña de terror comunista cubano en el área de Miami, en otras ciudades de Florida e incluso en Washington», afirma el documento, entre docenas de otras ideas violentas de cómo incitar la hostilidad estadounidense contra la isla considerada objetivo inmediato.

En el texto se propone incluso asesinar a soldados norteamericanos y hasta una iniciativa macabra: «Podríamos hacer estallar un barco estadounidense en la Bahía de Guantánamo y culpar a Cuba» y «las listas de bajas en los periódicos estadounidenses causarían una útil ola de indignación nacional»”.

Según parece, el entonces presidente Kennedy rechazó el conjunto de propuestas de la Operación Northwoods cuando éste llegó a su escritorio. Luego de ello, como se sabe, fue asesinado. Y el primer intento de la CIA estuvo orientado a vincular a Cuba y a la Unión Soviética de este crimen, atribuyéndolo a  Lee Harvey Oswald. a quien consideraron un “francotirador al servicio de los comunistas”. Como se recuerda, éste, a su vez, fue asesinado en la misma sede policial en la que se hallaba detenido, por Jack Ruby, en una acción altamente sospechosa.

En contra de esta tesis, sin embargo, se manejó la idea que Kennedy fue asesinado por Israel que supuestamente “controla el Estado Profundo” de Estados Unidos. Hoy Donald Trump considera dicho “Estado profundo” como “un supuesto grupo oscuro que ejerce una influencia indebida sobre las políticas gubernamentales, independientemente de la administración elegida”.

Hoy se sabe que la propuesta de la Operación Northwoods forma parte de un texto más extenso que bajo el título de “Justificación de la intervención militar de los Estados Unidos en Cuba”, el gobierno norteamericano tuvo en carpeta varios años.

También se sabe que esta colección ultrasecreta de borradores de memorandos fue escrita por el Departamento de Defensa (DoD) y el JCS y presentada al entonces Secretario de Defensa Robert McNamara en 1962. Pero el documento fue desclasificado en la biblioteca de la Agencia Central de Inteligencia, la CIA.

La idea era planificar incidentes eslabonados en Guantánamo y alrededores para dar una apariencia genuina de “obra de fuerzas cubanas hostiles»”. El plan incluía todo, desde iniciar rumores hasta «desembarcar cubanos amigos en uniforme para realizar actos en bases militares y hacer estallar municiones dentro de las instalaciones»”. La lista también incluía un plan para «quemar aviones en una base aérea» y hundir un barco cerca de la entrada del puerto de una base no especificada y luego «realizar funerales para víctimas simuladas».

El fin, era engañar al público estadounidense y a la comunidad internacional para que apoyaran un esfuerzo bélico y derrocar al entonces líder de Cuba, el comunista Fidel Castro. Eisenhower desarrolló el plan para derrocar a Castro conocido como la Invasión de Bahía de Cochinos, que fue llevada a cabo en abril de 1961 por su sucesor, John F. Kennedy.

Este no se atrevió, sin embargo, a ordenar la participación directa de tropas norteamericanas en el ataque, razón por la cual fue duramente criticado por los grupos contrarrevolucionarios que operaban en Miami. Ellos habrían tenido que ver luego con su asesinato.

La Operación Northwoods se mantuvo en secreto durante casi 40 años hasta que la Junta de Revisión de Registros del Asesinato de JFK lo publicó como parte de 1.521 páginas de registros militares anteriormente clasificados que abarcaban el período 1962 a 1964.

Ahora, Donald Trump ha prometido hacer públicos todos los documentos clasificados relacionados con el asesinato de JFK, lo que podría conducir a nuevas revelaciones sobre las actividades del gobierno Norteamericano en los años 60. Hay, sin duda, numerosos archivos secretos por desclasificar en los Estados Unidos.

Algunos de ellos estarán sin duda relacionados con Cuba, Nicaragua y Venezuela; pero otros con operativos norteamericanos en Medio Oriente -Irak, Irán y otros países; pero también en Afganistán, Libia y Siria donde el “trabajo” de Inteligencia desarrollado por USA, ha sido notorio.

Es importante que estos documentos desclasificados, salgan a luz; pero sería igualmente importante que la “Prensa Grande” de nuestros países los entregue al dominio ciudadano.

Se publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

Perú: Mi experiencia con USAID

Pedro Francke

El ataque frontal contra USAID por Elon Musk y Donald Trump genera debate. Me llama la atención que esta arremetida de un gobierno de ultraderecha cuyas pretensiones imperialistas son las más desenfrenadas que hemos visto en décadas sea compartida en nuestro país por sectores que aparentan ser radicales de izquierda y de orientación antiimperialista. Vladimir Cerrón coincide con Rafael López-Aliaga y con Trump y Musk. Es evidente que hay acá algo que merece mayor análisis.

Empiezo por mi experiencia con USAID. El 2004 fui elegido por más de ochocientos participantes en la II Conferencia Nacional de Salud como coordinador nacional de Forosalud. El lema de esta organización era luchar por los derechos en salud. Forosalud juntaba activistas, intelectuales y ONG, algunas de ellas financiadas por USAID. Casi al poco de iniciar funciones, activistas de la ONG Acción Internacional por la Salud nos alertaron de que en las negociaciones del Tratado de Libre Comercio (TLC) los Estados Unidos empujaban varias cláusulas que bajo varias argucias reforzarían el monopolio de las transnacionales farmacéuticas y elevarían el precio de las medicinas. En el comité directivo de Forosalud de entonces había directivos de varias ONG financiadas por USAID, incluyendo Manuela Ramos. Decidimos en forma unánime que, consecuentes con la defensa del derecho a la salud, debíamos oponernos a esas cláusulas del TLC. Sacamos un pronunciamiento público en ese sentido. Pocos días después los representantes de USAID dieron la orden de que ninguna actividad de Forosalud podría ser apoyada con sus fondos. Era un golpe económico para nosotros, pero seguimos en la lucha sin retroceder un centímetro. Un proyecto con financiamiento inglés de una ONG nos apoyó para sacar un folleto explicativo en un diario nacional, resaltando que se ponía en riesgo el derecho a la salud al encarecer las medicinas. Otra ONG financiada por USAID buscó un subterfugio para apoyar nuestro trabajo, replanteándolo como apoyo a los foros regionales de salud, los que operaban coordinadamente dentro de nuestro plan nacional. Promovimos movilizaciones por las calles. Entramos al debate público y aunque los gobiernos de Toledo y Alan García no tomaron en cuenta el derecho a la salud de los peruanos, logramos que se retiraran algunas de las cláusulas del TLC más nocivas.

En resumen: no necesito que me cuenten que USAID puede actuar como un brazo del gobierno norteamericano defendiendo grandes transnacionales e intereses imperiales. Lo he enfrentado directamente. Sé también que proyectos financiados por USAID han promovido salud pública, equidad de género y democracia. Es además falso que su dinero doblegue todas las voluntades. Aunque los intereses económicos tienen mano larga, las organizaciones ciudadanas pueden mantenerse firmes. Aunque hoy sea poco común, hay peruanos y peruanas que defienden con convicción sus valores fundamentales y resisten las presiones.

​ESTADOS UNIDOS: UN ANIMAL COMPLEJO

Circula la narrativa de que USAID no es más que un brazo de la CIA y que la política norteamericana ha sido y siempre será la de un imperialismo desembozado. Pero en esta historia hay una pregunta clave: si el gobierno actual de los Estados Unidos es tan imperialista como siempre lo ha sido, ¿por qué antes mantenían USAID y ahora Trump quiere desactivarla? Una mirada de un antiimperialismo simplón no alcanza una respuesta.

Combatir el imperialismo exige esforzarse en entender a los Estados Unidos, que es una sociedad compleja y contradictoria. El gobierno de Trump no es igual al de Obama. Eso es distinto a creerse el cuento de que Obama era pura bondad: firmó el Acuerdo de París contra el cambio climático, pero invadió Libia. Mirando un poco más de historia, Jimmy Carter entregó el canal de Panamá como no lo hubiera hecho su sucesor Ronald Reagan. Estados Unidos mantiene bases propias en un centenar de lugares en el mundo y derrocó a Salvador Allende, pero antes dio independencia a las Filipinas. Con Eleanor Roosevelt como su representante, los Estados Unidos impulsaron la Convención Universal de los Derechos Humanos. Durante siete décadas, los Estados Unidos buscaron dos objetivos contradictorios: promover derechos humanos y algunos bienes comunes mundiales, y dominar a otros países usando la violencia de manera abierta y encubierta. Ahora Trump da un giro marcado hacia una política más agresiva y desembozadamente imperialista, reniega de los derechos humanos, el cambio climático y la salud pública y no le interesa la democracia. Eso es muy malo. La desactivación de USAID es parte de ese cambio y por eso la izquierda norteamericana de Bernie Sanders y Alexandra Ocasio-Cortez se oponen. El que en vez de “cooperación” (resaltando el entrecomillado) nos amenacen con sanciones económicas y agresiones militares, no hace más nítidas las contradicciones y sí nos lleva a un mundo más violento. La desactivación de USAID, el respaldo al genocidio de Gaza con la propuesta de sacar a todos los palestinos de ahí y la amenaza de tomar el canal de Panamá son parte de una misma política más brutalmente imperialista.

En el Perú la ultraderecha apoya la desactivación de USAID porque todo lo relacionado a derechos humanos y equidad de género les apesta. Quieren regresarnos al siglo 19. Ellos venden el humo de que USAID es parte de una gran conspiración mundial “woke” mientras Cerrón dice que se trata sólo de un brazo imperialista. Pero una ONG recibiendo financiamiento de USAID no es esclava de nadie, como un trabajador que recibe su salario mensual no es siervo de la empresa. Aunque el dinero ejerce mucho poder, hay mujeres y hombres que se mantienen firmes en su dignidad. Debemos ser duros críticos de quienes venden sus almas al diablo por unos dólares, sin dejar de respaldar a quienes defienden el desarrollo sostenible, la salud pública y los derechos humanos. Para ellos mi aplauso ciudadano.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 720 año 15, del 14/02/2025

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