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13 de diciembre de 2025

Perú: Los derechos humanos bajo ataque

Ronald Gamarra

"La ONU y sus agencias son torpedeadas cada día, como si no fuesen el fruto de la victoria contra el nazifascismo"

Los derechos humanos están bajo ataque. Una ola mundial reaccionaria pretende pisotear lo que en algún momento parecía una conquista irrenunciable de la democracia. Evidentemente esto tenía mucho de espejismo o ilusión. Lo avanzado laboriosamente en las décadas anteriores, sobre todo en el ámbito jurídico internacional y en las legislaciones de muchos países, no era todo lo que esperábamos, ni de lejos, pero era y es valioso en extremo. Los derechos humanos, que surgieron como una expresión esperanzada de un futuro a la medida de la dignidad del ser humano, y luego considerados como el corazón de la democracia, su razón de ser, ahora son estigmatizados, recortados y agredidos con impunidad.

Hemos sido testigos a nivel mundial de una masacre, un genocidio, perpetrado por el gobierno de Israel contra el pueblo palestino, sobre todo en Gaza, pero también en Cisjordania. Las ciudades de la Franja de Gaza fueron arrasadas por completo, hasta sus cimientos. Los hospitales, las escuelas, las mezquitas, los servicios comunales: todo fue devastado. El 90 por ciento de las viviendas fueron destruidas minuciosamente. La población civil fue bombardeada directamente, causando más de 70 mil muertos. Si se trasladase esa proporción al Perú, hablaríamos de un millón de muertos solo por bombardeos. 64,000 niñas y niños han sido asesinados o han sufrido mutilaciones.

No se registraba desde la segunda guerra mundial una masacre de proporciones tan brutales como la cometida contra el pueblo palestino. Y para mayor escarnio, este genocidio lo perpetra el gobierno de un país como Israel, fundado para acoger a los sobrevivientes del genocidio nazi. Para ello cuentan con la colaboración directa del gobierno de Estados Unidos y el silencio cómplice de las principales potencias europeas. Le han tolerado a Israel todas las atrocidades que ha cometido, incluido el asesinato de cientos de médicos, trabajadores sociales y periodistas que prestaban servicio a la población civil en Gaza. Y le han dado a Israel las armas necesarias para llevar adelante estos crímenes.

Estados Unidos vuelve a imponer con Trump la política del avasallamiento, la imposición y la violación de derechos fundamentales. Este ha convertido en política pública de odio la persecución de los inmigrantes para deportarlos sumariamente. Las ciudades norteamericanas son patrulladas intensamente por una policía especial, el ICE, cuya tarea es cazarlos, para lo cual no dudan en incursionar en escuelas e iglesias, ni en separar familias. La ola de odio contra los migrantes es una de las principales banderas de la ultraderecha europea.

En el plano internacional, Trump administra el conflicto de Ucrania como un negocio privado. Le ha impuesto la entrega de sus recursos minerales como pago por el apoyo militar norteamericano, una ayuda que de la noche a la mañana dejó de ser gratuita. A su vez, la guerra de Rusia contra Ucrania cumplirá cuatro años el próximo febrero. Hasta el momento van 1,400 días de matanza y nadie sabe cuántos soldados y civiles han perdido la vida en la peor conflagración europea desde la segunda guerra mundial, pero nadie duda de que suman cientos de miles.

El hambre vuelve una vez más a este escenario de terror contemporáneo. La hay en Gaza. También en África. Trump dispuso el cierre repentino de los programas de ayuda internacional de su país a través de la AID, dejando desprovistas de lo esencial a millones de personas. La aporofobia es todo un discurso contemporáneo. La ultraderecha la promueve culpando a los pobres de su propia situación, como si la gente eligiera tal condición por comodidad, para “vivir del Estado”, dicen los defensores de un sistema que concentra cada vez más la riqueza en proporciones obscenas en las manos de unos cuantos oligarcas en comparsa con los políticos y los Estados.

Los casos citados son apenas algunos de los ejemplos más resaltantes de lo que está ocurriendo con los derechos humanos y quienes los defienden en el mundo. Hoy, el globo está controlado por tres hombres poderosos que no creen en los derechos humanos: Donald Trump, Vladimir Putin y Xi Jinping. Pero de todos ellos, Trump lidera la superpotencia que se reclamaba como el custodio de los derechos humanos. Ya no más. Estados Unidos ahora está dedicado a socavar las instituciones internacionales que promueven la convivencia basada en el derecho internacional. La ONU y sus agencias son torpedeadas cada día, como si no fuesen el fruto de la victoria contra el nazifascismo.

En nuestro país, las cosas tienen la nota grotesca que le agrega la ultrarreacción local. Aquí se libra una campaña constante y persistente contra la misma idea de derechos humanos, que se califican como una mala palabra, que se siguen considerando como una cojudez, que se estigmatizan como pensamiento proterrorista: un lastre inventado por los caviares que puede lanzarse al tacho de la basura. Aquí está en marcha el mecanismo para repudiar los tratados más esenciales sobre derechos humanos, empezando por la Convención Americana de Derechos Humanos, y la jurisdicción de la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Aquí se aprueba con argumentos de tinterillo una “amnistía” para cientos de crímenes que repugnan a la humanidad. Aquí no se acepta que los derechos humanos son el parteaguas entre la civilización y la barbarie, el mínimo irrenunciable de la dignidad humana. Aquí se desconoce y se viola, por simple ley, derechos fundamentales previstos en la Constitución.

El panorama es adverso, qué duda cabe. Al mismo tiempo, debemos constatar que nunca como hoy hubo tantas personas vinculadas a la defensa de los derechos humanos en todos los países del mundo. Es posible y necesario resistir la ola reaccionaria. Recordemos que los avances se dieron, en el pasado, por el activismo insistente de grupos pequeños. Lo importante es reorganizarse y responder. Será costoso, no hay que dudarlo, si no veamos lo que ocurre en Gaza. Pero al final la vida tiene que dar la razón a quienes la defienden con convicción. Los defensores de derechos humanos tienen valores y principios éticos. Los reaccionarios solo intereses bastardos que traducen en discursos de odio. Es necesario desenmascararlos.

11-12-2025

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 762 año 16, del 12/12/2025

https://www.hildebrandtensustrece.com/

https://www.leerydifundir.com/2025/12/peru-los-derechos-humanos-ataque/

5 de septiembre de 2025

Recordando a Gary Webb

César Hildebrandt

"El prontuario de la CIA en materia de tráfico de drogas es largo y nutrido"

Cuando Nicaragua era “un peligro” y había que negociar con Irán a ver si así Hezbolá liberaba a algunos rehenes en el Líbano, Ronald Reagan autorizó dos operativos de lo más importantes: que Estados Unidos le vendiera clandestinamente armas a los iraníes –que estaban oficialmente impedidos de recibir armamento después del derrocamiento del Sha– y que la CIA se metiera en una masiva venta de drogas dentro de los Estados Unidos. Con ambos fondos, el surgido de las armas y la cocaína, la contra nicaragüense sería financiada y tendría en jaque al gobierno entonces izquierdista del Frente Sandinista de Liberación Nacional.

Irán liberó, en efecto, algunos rehenes. Y la contra obtuvo hasta decenas de millones de dólares en fondos para compra de armamento, instrucción de su guerrilla, operaciones de sabotaje y golpes contra la infraestructura eléctrica y agrícola de Nicaragua.

Todo un negocio redondo. Toda una exitosa podredumbre. Todo yanqui hasta la médula. Todo imperialismo sin escrúpulos.

Como ustedes recordarán, aquello se llamó el escándalo Irán-Contras. Y como muchos de ustedes habrán de saber, hubo una comisión del Congreso estadounidense por la que desfilaron un par de consejeros de seguridad del presidente (John Poindexter y Robert McFarlane), el malamente célebre teniente coronel Oliver North, director del Consejo Nacional de Seguridad, y hasta el mismísimo presidente de los libres mercados y los ningunos sindicatos: Ronald Reagan. El jefe de la CIA, William Casey, se salvó de los interrogatorios porque murió antes de que las sesiones empezaran (1987). Las conclusiones de aquella investigación oficial fueron duras: el trasiego de armas a Irán y el espantoso asunto de las drogas no se habrían dado si Reagan hubiese vigilado más de cerca a sus subordinados. Salvaron a Reagan, como era de esperar, pero no pudieron evitar salpicarlo.

La sanción, en todo caso, no duró mucho. En 1992 George H. W. Bush indultó a quienes habían sido condenados: Elliott Abrams, Duane R. Clarridge, Alan Fiers, Clair George, Robert McFarlane y Caspar Weinberger. La operación lavado de reputaciones se había completado otra vez.

Cuatro años después, en 1996, el reconocido periodista Gary Webb publicó, con la colaboración de sus colegas Georg Hodel y Leonore Delgado, una serie de artículos en el diario “San Jose Mercury News”. En ellos, tras un año de investigación, se demostraba que la participación de la CIA en el tráfico de drogas dentro de los Estados Unidos había sido mucho más grave de lo que se había supuesto originalmente.

Hubo una gran presión sobre el periódico que publicó esos artículos, que fueron la materia prima del libro “Dark Alliance”. Fue de tal magnitud ese chantaje desatado desde “las más altas esferas”, que el editor del diario, Jerome Ceppos, llegó a admitir que lo escrito por Webb “tenía deficiencias de redacción, edición y producción”, aunque “la historia tenía razón en muchos puntos importantes”.

Webb fue una víctima más de una campaña de descrédito, pero jamás se retractó de lo que había escrito. En el año 2004, su cuerpo fue hallado en casa con dos balas en la cabeza. La policía, sí señor, declaró que se trataba de un suicidio.

Con el tiempo, Webb ha sido reivindicado. En medios como “The Washington Post” y “Esquire” se han escrito notas valorando su trabajo y su coraje.

Y ahora, además, se sabe, por documentos que fueron revelándose a lo largo de estos últimos años, que el prontuario de la CIA en materia de tráfico de drogas es largo y nutrido.

La CIA recompensó a Hedayat Eslaminia, uno de sus agentes en el Irán del Sha, permitiéndole que traficara heroína en San Francisco. Un señor de las drogas hondureño –Juan Matta Ballesteros– fue simultáneamente agente de la CIA y patrón de la compañía aérea “Setco”, activa en la entrega de suministros a la contra que se entrenaba en Honduras. ¿Y no se hizo acaso una película biográfica sobre Adler Berriman Seal, alias Barry Seal, agente de la CIA e introductor en los Estados Unidos de cocaína procedente del cartel de Medellín? ¿Y podemos ignorar que Gulbudin Hekmatiar, uno de los muhaidines que luchaban contra la invasión soviética de Afganistán, tuvo el pleno apoyo de la CIA a pesar de ser uno de los jefes del tráfico internacional de heroína?

¿Y no fue Manuel Antonio Noriega, narco público y notorio, aliado de los Estados Unidos y dador de ayuda militar a la contra nicaragüense? Su carácter de socio de la Casa Blanca se terminó cuando un avión cargado de coca fue derribado por el sandinismo gobernante y en la nave, tripulada por Eugene Hasenfus, se halló documentación que probaba la sucia conexión de Noriega con la CIA y el tamaño de algunas de las operaciones encubiertas que la agencia realizaba en la región. Por eso cayó “cara de piña”, después de una invasión brutal que se presentó como una “guerra contra las drogas”.

Ahora, cuando Trump ha convertido a los Estados Unidos en una tragicomedia peligrosa –la Ópera de dos centavos sobre un barril de pólvora–, llegan los navíos de la redención a amenazar a Maduro, que es, en todo caso, el Noriega del 2025. Llegan los navíos del imperio liderado por un patán y se hunde una supuesta narcolancha con once tripulantes y sale Trump a jactarse de la épica jornada y a decir que el tráfico de drogas caribeño tiene las horas contadas. Y yo me caigo de la risa.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 748 año 16, del 05/09/2025

https://www.hildebrandtensustrece.com/

9 de enero de 2020

Trump incendia el Medio Oriente

Oswaldo de Rivero

El asesinato del siniestro y popular estratega General Suleimani, jefe de la Guardia Revolucionaria de Irán, volado en mil pedazos por un misil disparado por un drone de los EEUU, es un acto de guerra del presidente Trump que no favorece estratégicamente a los EEUU.

En efecto, este asesinato no consultado con sus aliados de la OTAN, hace que los países de Europa no tengan ningún deseo de apoyarlo. En cambio, para Rusia y China, que acaban de hacer maniobras navales conjuntas con la marina iraní, es un acto venido del cielo que los favorece porque hace que los EEUU, que está desgastado por los conflictos de Afganistán e Irak, se degaste aún más con un tercer conflicto en el Medio Oriente.

También Corea del Norte está feliz porque la actitud de Trump le sirve de excusa para no desnuclearizarse. Ademas, es posible que Corea del Norte, ahora que el acuerdo para que Irán no enriquezca uranio está muerto, ayude a Irán a lograr el arma nuclear.

Como se puede apreciar matar al general Suleimani no tiene ningún valor estratégico. En el Medio Oriente matar a los malos no implica que gane los buenos sino los más malos, La ejecución de Saddam Hussein origino el Estado Islámico, la de Ben Laden, fortaleció a los Talibanes, la de Gadafi creó el infierno de Libia. y la del General Suleiman ha fortalecido el régimen teocrático de los Ayatolas. Por todas estas razones, los más eminentes estrategas norteamericanos y europeos no están de acuerdo con este asesinato

Los Ayatolas han dicho que habrá una suprema represalia contra los EEUU. ¿Cómo será esta? nadie lo sabe. Se piensa que a plazo corto será un acto que guarde proporción con el asesinato del general Soleimani. Tal vez una personalidad norteamericana militar o diplomática equivalente o un acto material que haga gran daño los intereses económicos norteamericanos como un ataque cibernético.

También se piensa que podría ser un ataque a bases militares, embajadas y empresas norteamericanas en el Medio Oriente y no en el territorio norteamericano, pues esto traería como respuesta un ataque al territorio iraní.

Sin embargo, un ataque a territorio iraní, no será nada fácil para los EEUU porque Irán cuenta con gran capacidad de respuesta militar. En efecto, Irán tiene misiles que pueden hundir unidades de la flota de los EEUU en el Golfo Pérsico. Además, cuenta con el sistema antiaéreo S 300 ruso, que es sumamente efectivo.

Al mismo tiempo, tiene aliados como son el Hezbollá y Hamas, que, en caso de un ataque a Irán, el Hezbollá atacaría a Israel desde el Líbano. Por su parte, Hamas organizaría una violenta intifada desde en los territorios palestinos ocupados por Israel.

Además, Irán cuenta con 30 mil milicias Chiitas en Irak, que atacarían a los 5,000 efectivos militares norteamericanos que permanecen en ese país. En Afganistán, donde los Talibanes dominan la mayor parte del territorio afgano, aprovecharán el conflicto armado con Irán, para desencadenar una ofensiva final para tomar totalmente el poder. A todo esto, hay que añadir la probabilidad de ataques terroristas en los EEUU.

La más grave respuesta de Irán sería el bloqueo del estrecho de Ormuz. Esto cerraría el paso a 17 millones de barriles de petróleo diarios que pasan del Golfo Pérsico al mundo. Esta situación, provocará un conflicto armado entre Irán y los países árabes exportadores de petróleo del Golfo, apoyados por los EE.UU.

La consecuencia global de este conflicto haría que el barril de petróleo suba a un precio inimaginable, creando una crisis energética global que afectaría seriamente a todos los países del mundo.

Trump ha abierto la Caja de Pandora. Es increíble que un presidente bajo el impeachment de la institución más representativa del pueblo americano, como es la Casa de Representantes,, asesine un alto mando militar de un país rival sin consultar al Congreso, ni a sus aliados, y sobre todo, no calcular las consecuencias de este acto de guerra prohibido por el derecho internacional.

Los EEUU, gobernado por Donald Trump, se parecen cada vez más a la Roma gobernada por Calígula.


https://www.leerydifundir.com/2020/01/trump-incendia-medio-oriente/

6 de enero de 2020

Trump: una guerra para la re-elección

Atilio A. Boron

Una de las primeras lecciones que enseñan en todo curso sobre el sistema político de Estados Unidos es que las guerras suelen revertir la declinante popularidad de los presidentes. Con una tasa de aprobación de Donald Trump del 45 % en diciembre del 2019, los “déficit gemelos” (comercial y fiscal) creciendo inconteniblemente al igual que la deuda pública y una amenaza de juicio político en su contra los consejeros y asesores de la Casa Blanca seguramente recomendaron al presidente que apele al tradicional recurso e inicie una guerra (o una operación militar de alto impacto) para recomponer su popularidad y situarlo en mejor posición para encarar las elecciones de noviembre del corriente año.

Esta sería una plausible hipótesis para explicar el inmoral y sangriento atentado que acabó con la vida de Qassem Soleimani, ciertamente el general más importante de Irán. Washington informó oficialmente que la operación fue explícitamente ordenada por Trump, con la cobardía que es tradicional entre los ocupantes de la Casa Blanca, aficionados a arrojar bombas a miles de kilómetros de distancia de la Avenida Pennsylvania y de aniquilar enemigos o supuestos terroristas desde drones manejados por unos jóvenes moral y psicológicamente desquiciados desde algunas cuevas en Nevada. Esa misma prensa se encargó de presentar a la víctima como un desalmado terrorista que merecía morir de esa manera.

Con esta criminal actitud se tensa extraordinariamente la situación en Oriente Medio, para satisfacción del régimen neonazi que gobierna Israel, las bárbaras monarquías del Golfo Pérsico y los hampones dispersos del derrotado –gracias a Rusia- Estado Islámico. El perverso cálculo es que en los próximos días la popularidad del magnate neoyorquino comience a subir una vez que la maquinaria propagandística de Estados Unidos se ponga en marcha para embotar, por enésima vez, la conciencia de la población. Como decíamos más arriba, esta apelación a la guerra fue utilizada rutinariamente en la historia de ese país. Tal como el año pasado lo señalara el ex presidente James Carter Estados Unidos estuvo en guerra durante 222 años de sus 243 años de vida independiente. Esto no es casual sino que obedece a la nefasta creencia, profundamente arraigada tras siglos de lavado de cerebros, de que Estados Unidos es la nación que Dios ha puesto sobre la tierra para llevar las banderas de la libertad, la justicia, la democracia y los derechos humanos a los más apartados rincones del planeta. No se trata ahora de hacer un recuento puntual de las guerras iniciadas para ayudar a presidentes en apuros, pero conviene traer a colación un caso reciente que también involucra a Irak y cuyo resultado fue distinto al esperado.

En efecto, en 1990 el presidente George H. W. Bush (Bush padre) se encontraba en problemas de cara a su reelección. La operación “Causa Justa”, nombre edulcorado para designar la criminal invasión de Panamá en Diciembre de 1989, no había surtido el efecto deseado puesto que no tuvo el volumen, la complejidad y duración necesarias como para ejercer un impacto decisivo sobre la opinión pública. Tiempo después el Washington Post titulaba en primera página (16-X- 1990) que la popularidad de presidente se desplomaba y comentaba que “algunos republicanos temen que el presidente se sienta forzado a iniciar hostilidades para detener la erosión de su popularidad”. Previsiblemente, los demócratas triunfaron en las elecciones de medio término de Noviembre de 1990. Bush captó el mensaje y optó por el viejo recurso: duplicó la presencia militar de Estados Unidos en el Golfo Pérsico pero sin declarar la guerra. Poco después se filtraba la declaración de uno de los principales asesores de Bush, John Sununu, diciendo, en palabras que vienen como anillo al dedo para comprender la situación de hoy, que “una guerra corta y exitosa sería, políticamente hablando, oro en polvo para el presidente y garantizaría su re-elección.” La invasión de Irak a Kuwait le ofreció a Bush padre en bandeja esa oportunidad: ir a la guerra para “liberar” al pequeño Kuwait del yugo de su prepotente vecino.

A mediados de enero de 1991 la Casa Blanca lanzó la operación “Tormenta del Desierto” –a la cual se asoció, para desgracia de la Argentina, el gobierno de Carlos S. Menem- contra Irak, un país ya devastado por las sanciones económicas y su larga guerra con Irán, y contra un gobernante, Saddam Hussein, previamente satanizado hasta lo indecible por la mentirosa oligarquía mediática mundial con la imperdonable complacencia de las “democracias occidentales.” Pero, contrariamente a lo esperado por sus consejeros Bush padre fue derrotado por Bill Clinton en las elecciones de noviembre de 1992. Y lo hizo con cuatro palabras: “¡Es la economía, estúpido!” ¿Quién podría asegurar que un desenlace igual no podría repetirse esta vez? Esto, por supuesto, dicho sin la menor esperanza de que un eventual sucesor demócrata del sátrapa neoyorquino pueda ser más favorable, o menos funesto, para el futuro de la humanidad. No obstante, de lo que sí estamos seguros es que el “orden internacional” construido por Estados Unidos y sus socios europeos exhibe un avanzado estado de putrefacción.

De otro modo no se entiende el silencio cómplice o la hipócrita condena, cuando no la abierta celebración, de los aliados de la Casa Blanca y la “prensa libre” ante un crimen perpetrado en contra de un alto jefe militar –no de un supuesto ignoto “terrorista”- de un país miembro de Naciones Unidas ordenado por el presidente de Estados Unidos y en abierta violación de la legalidad internacional e, inclusive, de la propia Constitución y las leyes de Estados Unidos. Una nueva guerra asoma en el horizonte provocada por Washington invocando los habituales pretextos para encubrir sus insaciables ambiciones imperiales. El “complejo militar-industrial” festeja con champán mientras el mundo se estremece ante la tragedia que se avecina.


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10 de abril de 2019

Trump vs. Putin en Venezuela

Ángel Guerra Cabrera

Rusia “tiene que salir de Venezuela” y para conseguirlo “todas las opciones están sobre la mesa” declaró el presidente Donal Trump desde la Casa Blanca el miércoles 27 de marzo. A su lado, visitante de honor, la esposa del supertítere Juan Guaidó, el más lacayo y descolorido de la legión de lacayos del Grupo de Lima. Otra señal de que Estados Unidos, a consecuencia de su crisis de hegemonía, intenta restablecer la infame doctrina Monroe, como han reiterado varios de sus voceros oficiales.

Pero, ¿qué se puede esperar de Trump? Acaba de proclamar la soberanía de Israel sobre las ocupadas Alturas de Golán, territorio de Siria, hecho que subraya el desprecio por las leyes internacionales del magnate y la pandilla de maleantes a la que ha encargado la política exterior. Igual el ilegal reconocimiento que hizo de Jerusalén como capital del Estado sionista, el descarado golpe continuado y preparativos de intervención militar contra la República Bolivariana de Venezuela a plena luz del día y dirigidos a punta de tweets desde la Casa Blanca. Sin olvidar la degradación al mínimo de las relaciones diplomáticas con Cuba y el recrudecimiento brutal del bloqueo luego de los modestos avances logrados en el segundo mandato de Obama. En ambos casos su gobierno ha pretendido justificarse mediante una catarata de mentiras y calumnias, como que la isla mantiene más de 20 mil soldados en Venezuela o los fantásticos ataques sónicos contra su personal diplomático en La Habana.

Mal que bien, la relativa observancia de la legalidad en el sistema internacional con posterioridad a la fundación de la ONU en 1945 permitió mantener ciertos equilibrios y previsibilidad de los acontecimientos. Había guerras de agresión genocidas como en Vietnam o la larga campaña terrorista contra Cuba después del fracaso de la invasión por Playa Girón. No es nuevo que Estados Unidos pisotee el derecho internacional. Siempre lo ha hecho, pero había ciertos límites, líneas rojas como se dice últimamente, que ninguna de las grandes potencias cruzaba. Ahora Estados Unidos aplica pura la ley de la selva en las relaciones internacionales. Washington comenzó a violar de manera cada vez más impúdica no solo las leyes internacionales, sino sus propias Constitución y leyes desde Ronald Reagan, con su sangrienta intervención en los conflictos centroamericanos y el desencadenamiento de una guerra mercenaria contra la Nicaragua sandinista, origen del mayúsculo escandalo Irán-Contras. Esa conducta se incrementó con las administraciones posteriores, tal vez una relativa pausa durante el período de James Carter. Pero fue retomada por Bush padre, Clinton, Busch hijo y Obama. Justo a partir de este, además de la continuidad de las intervenciones militares directas, con “botas en el terreno”, como en Irak y Afganistán, o más enmascaradas como en Libia y Somalia, aumentaron considerablemente los asesinatos con drones, las operaciones con grupos de operaciones especiales y cobraron auge los cambios de régimen mediante el uso de los llamados golpes blandos o suaves. Un ilustrativo ejemplo de esto fueron las denominadas revoluciones de colores y el golpe de Estado en Ucrania, concebido en realidad para imponer un gobierno vasallo, que expulsara a la flota rusa del Mar Negro del puerto de Sebastopol y, al servicio de la OTAN, erigiera una grave amenaza a ese importante flanco defensivo de Rusia.

Así como se enarboló por George W, Bush el Eje del Mal (integrado por Corea del Norte, Irak e Irán) para justificar la llamada guerra contra el terrorismo, recientemente el consejero de seguridad nacional y neocon John Bolton habló de “una troika de la tiranía” en referencia a Venezuela, Cuba y Nicaragua, aunque por lo menos una fuente de la Casa Blanca afirma que también Bolivia está incluida no obstante no haber sido mencionada en aquel momento. Más tarde, en un discurso electoralista en Miami, Trump, con su ignorancia enciclopédica aseveró: "Cuando Venezuela, Cuba y Nicaragua sean libres, este será el primer hemisferio libre (de socialismo) en toda la historia de la humanidad”. Recuérdese que Bernie Sanders y varios diputados demócratas se reivindican como socialistas.

¿Basado en qué principio legal o moral puede Trump decir que Rusia se tiene que ir de Venezuela? Solo pensando en el uso de la fuerza tendría sentido práctico semejante declaración, porque Rusia y Venezuela tienen derecho como estados soberanos miembros de la ONU a mantener acuerdos de suministro de armas y cooperación militar. Por cierto, acuerdos que pronto cumplirán dos décadas. Nadie se los puede prohibir. Mucho menos cuando Washington practica una guerra contra Caracas en prácticamente todas las esferas vitales para la subsistencia de una sociedad y un estado, como son los sabotajes contra su sistema energético y, encima la amenaza con una inminente intervención militar, a la vez que observa una actitud cada vez más hostil hacia Moscú, que considera al país bolivariano su aliado estratégico.